Rafael alberti ángel con plumas de acero






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títuloRafael alberti ángel con plumas de acero
fecha de publicación19.09.2015
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RAFAEL ALBERTI

Ángel con plumas de acero





  1. El ángel bueno

  2. El alba denominadora Canción

  3. El ángel superviviente

  4. Balada del que nunca fue a Granada Canción

  5. Elegía a un poeta que no tuvo su muerte

  6. Monólogo La arboleda perdida

  7. De La Habana ha venido un barco Canción

  8. Recuérdame en alta mar

  9. La mar Canción

  10. Si mi voz muriera en tierra

  11. Danza – Voz Alberti

  12. Pis Canción

  13. Se prohíbe hacer aguas

  14. Metamorfosis del clavel / Poetas andaluces Canción

  15. Ven, mi amor, en la tarde del Aniene

  16. Monólogo Entre el clavel y la espada

  17. Negra Flor Canción

  18. Nana de Negra – Flor

  19. El ángel sin suerte Canción

  20. Canción del ángel sin suerte

EL ÁNGEL BUENO
Vino el que yo quería

el que yo llamaba.
No aquel que barre cielos sin defensas,

luceros sin cabañas,

lunas sin patria,

nieves.

Nieves de esas caídas de una mano,

un nombre,

un sueño,

una frente.
No aquel que a sus cabellos

ató la muerte.
El que yo quería.
Sin arañar los aires,

sin herir hojas ni mover cristales.
Aquel que a sus cabellos

ató el silencio.
Para sin lastimarme,

cavar una ribera de luz dulce en mi pecho

y hacerme el alma navegable.

EL ÁNGEL SUPERVIVIENTE



Acordaos.

La nieve traía gotas de lacre, de plomo derretido

y disimulos de niña que ha dado muerte a un cisne.

Una mano enguantada, la dispersión de la luz y el lento asesinato.

La derrota del cielo, un amigo.

Acordaos de aquel día, acordaos

y no olvidéis que la sorpresa paralizó el pulso y el color de los astros.

En el frío, murieron dos fantasmas.

Por un ave, tres anillos de oro

fueron hallados y enterrados en la escarcha.

La última voz de un hombre ensangrentó el viento.

Todos los ángeles perdieron la vida.

Menos uno, herido, alicortado.

ELEGÍA A UN POETA QUE NO TUVO SU MUERTE

(FEDERICO GARCÍA LORCA)
No tuviste tu muerte, la que a ti te tocaba.

Malamente, a sabiendas, equivocó el camino.

¿Adónde vas? Gritando, por más que aligeraba,

no paré tu destino.
¡Que mi muerte madruga! ¡Levanta! Por las cales,

los terrados y torres tiembla un presentimiento.

A toda costa el río llama a los arrabales,

advierte a toda costa la oscuridad al viento.
Yo, por las islas, preso, sin saber que tu muerte

te olvidaba, dejando mano libre a la mía.

¡Dolor de haberte visto, dolor de verte

como yo hubiera estado, si me correspondía!
Debiste de haber muerto sin llevarte a tu gloria

ese horror en los ojos de último fogonazo

ante la propia sangre que dobló tu memoria,

toda flor y clarísimo corazón sin balazo.
Mas si mi muerte ha muerto, quedándome la tuya,

si acaso le esperaba más bella y larga vida,

haré por merecerla, hasta que restituya

a la tierra esa lumbre de cosecha cumplida.

LA ARBOLEDA PERDIDA Fragmento
De muchos azules está llena y hecha mi infancia en aquel Puerto de Santa María. Mas ya los repetí, hasta perder la voz, en las canciones de mis primeros libros. Pero ahora se me resucitan, bañándome de nuevo. Entre aquellos azules de delantales, blusas marineras, cielos, río, bahía, isla, barcas, aires, abrí los ojos y aprendí a leer. Yo no puedo precisar ahora en qué momento las letras se me juntan formando palabras, ni en qué instante estas palabras se asocian y encadenan revelándome un sentido. ¡Cuántas oscuras penas y desvelos, cuántas lágrimas contra el rincón de los castigos, cuántas tristes comidas sin postre siento hoy con espanto que se agolpan en mí desde aquella borrosa mañana del p-a, pa, hasta ese difícil y extraordinario día en que los ojos, redondos ante un libro cualquiera, concentran todo el impulso de la sangre en la lengua, haciéndola expeler vertiginosamente, como si la desprendieran de un cable que la imposibilitara, un párrafo seguido: «Salieron los soldados al combate y anduvieron nueve horas sin descansar ... »! ¡Día de asombro, hora de maravilla en que el silencio rompe a hablar, del viento salen sílabas, uniéndose en palabras que ruedan de los montes a los valles y, del mar, himnos que se deshacen en arenas y espumas!

¿Cómo era mi madre en esta época lejana? Alta y blanca: muy hermosa. Se llamaba María. Hoy me la represento como a ciertas bellas mujeres italianas vistas en los museos o quizás en películas y revistas que ya no existen. Mi madre vivía sola casi siempre, porque mi padre andaba viajando por Madrid, Galicia, San Sebastián, Bilbao..., pasándose, a veces, sin volver por casa hasta más de año y medio. Puedo afirmar que no lo traté ni supe cómo era hasta en los últimos años de su vida, ya trasladados todos a Madrid. Creo que mi madre en este tiempo de mi infancia fue una mujer graciosa, aunque algo triste, seguramente a causa de su juventud en continua separación matrimonial y descenso económico.

Lo bueno y bello de la fe religiosa de mi madre era la parte inocente, popular, de que estaba contaminada. Por eso hoy, en el recuerdo, no me hiere ni ofende, como sí la fea, rígida, sucia y desagradable beatería de otros miembros de mi familia.

RECUÉRDAME EN ALTA MAR

Recuérdame en alta mar,

amiga, cuando te vayas

y no vuelvas.
Cuando la tormenta, amiga,

clave un rejón en la vela.
Cuando alerta el capitán

ni se mueva.
Cuando la telegrafía

sin hilos ya no se entienda.
Cuando ya al palo-trinquete

se lo trague la marea.
Cuando en el fondo del mar

seas sirena.
SI MI VOZ MURIERA EN TIERRA
Si mi voz muriera en tierra,

llevadla al nivel del mar

y dejadla en la ribera.
Llevadla al nivel del mar

y nombradla capitana

de un blanco bajel de guerra.
¡Oh mi voz condecorada

con la insignia marinera:

sobre el corazón un ancla

y sobre el ancla una estrella

y sobre la estrella el viento

y sobre el viento la vela!
SE PROHÍBE HACER AGUAS

Stavo a ppissià jjerzera lli a lo scuro...

  1. G. BELLI.



Verás entre meadas y meadas,

más meadas de todas las larguras :

unas de perros, otras son de curas

y otras quizá de monjas disfrazadas.
Las verás lentas o precipitadas,

tristes o alegres, dulces, blandas, duras,

meadas de las noches más oscuras

o las más luminosas madrugadas.
Piedras felices, que quien no las mea,

si es que no tiene retención de orina,

si es que no ha muerto es que ya está expirando.
Mean las fuentes... Por la luz humea

una ardiente meada cristalina...

Y alzo la pata... Pues me estoy meando.

VEN, MI AMOR, EN LA TARDE...
Ven, mi amor, en la tarde del Aniene

y siéntate conmigo a ver el viento.

Aunque no estés, mi solo pensamiento

es ver contigo el viento que va y viene.
Tú no te vas, porque mi amor te tiene.

Yo no me iré, pues junto a ti me siento

más vida de tu sangre, más tu aliento,

más luz del corazón que me sostiene.
Tú no te irás, mi amor, aunque lo quieras.

Tú no te irás, mi amor, y si te fueras,

aun yéndote, mi amor, jamás te irías.
Es tuya mi canción, en ella estoy.

Y en ese viento que va y viene voy.

Y en ese viento siempre me verías.

BALADA PARA LOS POETAS ANDALUCES

(recitado)
¿Qué cantan los poetas andaluces de ahora ?

¿Qué miran los poetas andaluces de ahora ?

¿Qué sienten los poetas andaluces de ahora ?
Cantan con voz de hombre, ¿pero dónde los hombres ?

Con ojos de hombre miran, ¿pero dónde los hombres ?

Con pecho de hombre sienten, ¿pero dónde los hombres ?
Cantan, y cuando cantan parece que están solos.

Miran, y cuando miran parece que están solos.

Sienten, y cuando sienten parece que están solos.

ENTRE EL CALVEL Y LA ESPADA Fragmento
Si yo no viniera de donde vengo; si aquel reaparecido, pálido, yerto horror no me hubiera empujado a estos nuevos kilómetros todavía sin lágrimas; si no colgara, incluso de los mapas más tranquilos, la continua advertencia de esa helada y doble hoja de muerte; si mi nombre no fuera un compromiso, una palabra dada, un expuesto cuello constante, tú, libro que ahora vas a abrirte, lo harías solamente bajo un signo de flor, lejos de él la lisa espada que lo alerta.
Hincado entre los dos vivimos: de un lado, un seco olor a sangre pisoteada; de otro, un aroma a jardines, a amanecer diario, a vida fresca, fuerte, inexpugnable. Pero para la rosa o el clavel hoy cantan pájaros más duros, y sobre dos amantes embebidos puede bajar la muerte silbadora desde esas mismas nubes en que soñaran verse viajando, vapor de espuma por la espuma.
No te muevas. Silencio. No te muevas.
Sobre las alamedas de los verdes más íntimos, un decreto de fuego. Sobre el sueño, en la noche, ausente bajo sábanas de temores rendidos, la ley del sobresalto, la explosión imprecisa. E igual sobre la torre, el cristal, el humo, el charco de las ranas, el césped madruguero...
Espada, espada, espada, espadas.
Y mientras, en acoso, en abrazo, en sitio, la imaginación siempre atónita, con ojeras y párpados de asombro, ardiendo por la fuerza de la sangre; mandando desmandada, aferrándose ansiosa, imperecedera, en lo que deseáramos eterno por debajo de los escombros, aplastado por las ruinas.
Clavel, clavel, clavel, claveles.
Salta, gallo de alba: mira qué alcobas encendidas van a abrírsete. Caballo, yerba, perro, toro: tenéis llama de hombre. Aceleraos. Hay cambios en el aire. Errores floridos. Pero... Silencio. Oíd. Esperad. No os mováis.
Entre el clavel y la espada.
NEGRA FLOR
Negra flor, no despiertes.
Ya la flor de la noche

duerme la nana,

con la frente caída

y las alas plegadas.
¡No despiertes!

hasta que la mañana

te haga flor del corpiño

de la alborada.
Negra flor, no despiertes.
Ya la flor de la noche

duerme la nana,

con la frente caída

y las alas plegadas.
No despiertes

hasta que el aire

en su corpiño rosa

te haga un encaje.
Negra flor, no despiertes.

CANCIÓN DEL ÁNGEL SIN SUERTE
Tú eres lo que va:

agua que me lleva,

que me dejará.
Buscadme en la ola.
Lo que va y no vuelve:

viento que en la sombra

se apaga y se enciende.
Buscadme en la nieve.
Lo que nadie sabe:

tierra movediza

que no habla con nadie.
Buscadme en el aire.

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