Titulo del original: The Devils of Loudun






descargar 1.11 Mb.
títuloTitulo del original: The Devils of Loudun
página9/51
fecha de publicación18.09.2015
tamaño1.11 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Derecho > Documentos
1   ...   5   6   7   8   9   10   11   12   ...   51

A Trincant y a los otros miembros de la conjura, la noticia de que Grandier tenía intención de apelar no les fue nada grata. El Arzobispo era íntimo amigo de D'Armagnac y no andaba en buenas relaciones con el señor de la Rochepozay; había, pues, buenas razones para temer que la apelación, si se llevaba a efecto, terminse con un éxito, en cuyo caso Loudun se vería obligada a cargar con el párroco mientras éste viviera. Para evitar que se diera curso a la apelación, los enemigos de Grandier apelaron, a su vez, no al más alto tribunal eclesiástico, sino al Parlamento de París. El Obispo y sus curiales eran jueces eclesiásticos y no tenían facultad para imponer otros castigos que los espirituales, tales como ayunos y, en casos extremos, excomuniones. No podían condenar a la horca, ni a la mutilación, ni a la marca del hierro, ni a galeras, que eran atribuciones de la magistratura civil. No obstante, si Grandier era culpable que había merecido la interdicción a divinis, con mayor razón era su culpa lo bastante grave como para ser llevado al Supremo Tribunal. La apelación fue admitida, fijándose como fecha de la vista uno de los últimos días del próximo mes de agosto.

Ahora le tocaba a Grandier sentirse inquieto. El caso de René Sophier, aquel párroco rural que hacía menos de seis años había sido quemado vivo por «incestos espirituales y sacrílegas impudicias», se hallaba tan fresco en su memoria como en la del fiscal público. D'Armagnac, en cuya casa de campo pasó la mayor parte de la primavera y del verano, le tranquillo. Después de todo, a Sophier le habían sorprendido in fraganti; Sophier no tenía ami¬gos en la Corte. Por el contrario, en su caso no había evidencia alguna y el Procurador General había prometido su ayuda, o, cuando menos, su benévola neutralidad. La cosa marcharía bien. En efecto, cuando se vio la causa los jueces procedieron

____________________________________________________________________________________

6. Sería perjudicial para vuestra inocencia.

precisamente como los enemigos de Grandier esperaban que no lo hicieran: ordenaron que se celebrase un nuevo juicio ante el Lieutenant Criminel de Poitiers. Aquella vez los jueces serían imparciales y los testigos quedarían sometidos a una investiga¬ción muy rigurosa. Las perspectivas se presentaron tan alarman¬tes que Cherbonneau se evaporó como por encanto y Bougreau no solamente retiró su acusación, sino que confesó que había sido pagado para firmarla. De los dos sacerdotes que también intervenían, el de más edad, Martin Boulliau, hacía ya tiempo que había rechazado las declaraciones que el fiscal le atribuía, y en cuanto al otro, Gervais Meschin, más joven, en un arrebato de pánico, mezclado tal vez de remordimiento, se había entre¬vistado con el hermano de Grandier pocos días antes de comen¬zar esa nueva vista y le dictó una declaración en la que afirmaba que todo lo que había dicho sobre la impiedad de Grandier, o so¬bre sus expansiones revolcándose en el suelo de la iglesia con muchachas solteras y con señoras casadas, o sus reuniones con mu¬jeres a media noche en la casa parroquial, todo aquello era total¬mente falso; que todas aquellas declaraciones las había hecho como sugestionado y a instancias de los promotores de la inda¬gación. No menos condenatorio fue el testimonio espontáneo de uno de los canónigos de la Santa Cruz, que manifestó cómo Trincant había ido a verle secretamente, con el ánimo de hala¬garle primero y de intimidarle después, maquinando infundadas acusaciones contra su colega el canónigo Grandier.

A lo largo del juicio no apareció evidencia alguna contra el párroco; en cambio, quienes quedaron en evidencia fueron sus acusadores. Totalmente desacreditado, el fiscal público se vio en un dilema. Si decía la verdad con respecto a las relaciones de su hija con Grandier, éste sería condenado, a la vez que quedaría explicada y en parte excusada la vergonzosa manera de condu¬cirse él en todo aquel asunto. Pero decir la verdad equivalía a exponer a Philippe a la deshonra y a él mismo al desprecio de todos o a una piedad burlona e irrisoria. Optó por mantener su paz. Cierto es que Philippe se salvó de la ignominia, pero Grandier, el objeto de todo su odio, fue absuelto y en cambio él y su reputación de verdadero caballero, de letrado y de hombre público, quedaron mancillados para siempre.

Ya no había peligro para Grandier de ser quemado vivo por incestos espirituales, pero la interdicción a divinis permanecía vigente y, mientras el señor de la Rochepozay no se aplacase, no había otro recurso que apelar al Metropolitano. El arzobispado de Burdeos en aquel tiempo era un privilegio familiar de la casa de Escoubleau de Soudis gracias al hecho de que su madre, Isabeau Babou de la Boudaisiére, era tía de Gabrielle d'Estrées, la manceba favorita de Enrique IV, Francois de Soudis había progresado rápidamente en su carrera. A los veintitrés años recibió el birrete de cardenal y el año siguiente, 1599, fue nombrado Arzobispo de Burdeos. En 1600 hizo un viaje a Roma, donde le motejaban, poco amablemente, I/ Cardinale Sordido, arcivescovo di Bordello. De regreso a su sede, distribuyó su tiempo entre la fundación de casas de religión y las disputas. Disputas sobre bagatelas, pero mantenidas brava y furiosamente con la junta local, a la cual excomulgó en cierta ocasión con toda la solemnidad de misal, candelero y campanillas. Al cabo de un reinado arzobispal de casi treinta años, en 1628 murió, sucediéndole en el puesto su joven hermano Henri de Sourdis.

Las notas de Tallemant sobre el nuevo Arzobispo comienzan de este modo: «La señora Soudis, su madre, le confesó en su lecho de muerte que él era hijo del Canciller de Chiverny, que ella le había procurado el obispado de Maillezais y todos los otros beneficios, y que le rogaba se contentase con un diamante y no le preguntase sobre los bienes que poseía su difunto marido. El le respondió: "Madre, nunca quise creer que no fueseis mejor de lo que debíais ser; (que vous ne valiez ríen) pero ahora me doy cuenta de que era verdad". Esto no le impidió conseguir las 50.000 coronas que le correspondían, lo mismo que a sus hermanos y hermanas, pues ganó el pleito que con tal motivo se había entablado».7

Como Obispo.de Maillezais (otro beneficio eclesiástico que su tío había ocupado antes que él), Henri de Sourdi hizo la vida de un cortesano joven y alegre. Liberado de las responsabilidades que acarrea el matrimonio, no creía que debiera negarse a sí mismo los placeres del amor. La señorita Tillet, con su catacterística parsimonia gala, aconsejó a la esposa de su hermano, Jeanne de Sourdis faire l'amour avec M. l'évesque de Maillezais, vostre beau-frére. «¡Jesús, señorita! ¿Qué estáis diciendo?», ex¬clamó la señora de Sourdis. «¿Qué digo? —replicó la otra—. Pues digo que no es nada bueno que la moneda corra fuera de la familia. Vuestra suegra hizo lo mismo con su cuñado, que también era arzobispo de

___________________________________________________________________________________________________

7. Tallemant des Raux, Historietíes (París, 1854), vol. II, pág. 317.

Maillezais».8

Alternando con sus lances de amor, el joven obispo se dedicó principalmente al ejercicio de la guerra, primero en tierra, como comisario del ejército e intendente de artillería, y después en el mar, como capitán de navío y lugarteniente general de la Ar¬mada. Fue en este último puesto donde creó virtualmente la Marina de Guerra de Francia.

En Burdeos, Henri de Souris, siguiendo las huellas de su her¬mano, no hacía más que disputar con el Gobernador, señor d'Épernon, sobre ciertas cuestiones, tales como los derechos de entrada del Arzobispo, que era él, o la demanda del propio Go¬bernador, reclamando preferencia para escoger el pescado más fresco. Algunas cuestiones les llevaron a tal extremo y acalora¬miento que un día el Gobernador llegó a dar orden de detener el coche del Arzobispo y obligarle a volver atrás. Para vengar aquella afrenta, el Arzobispo excomulgó a los guardias del señor d'Épernon y dejó en suspenso a un sacerdote que tenía que cele¬brar misa en la capilla privada de aquél. Al propio tiempo dispu¬so que en todas las iglesias de Burdeos se hicieran plegarias públi¬cas por la conversión del duque d'Épernon. El duque emprendió el contraataque prohibiendo las reuniones de más de tres perso¬nas dentro del recinto del Palacio Arzobispal. Cuando le comuni¬caron esa orden al señor de Sourdis salió a la calle incitando al pueblo a defender la libertad de la Iglesia. El gobernador, sa¬liendo de su propio acantonamiento, con el propósito de sofocar el tumulto promovido, se encontró frente a frente con el Arzo¬bispo. Arrebatado por la ira le golpeó con el bastón de mando. El señor de Sourdis, ipso facto, promulgó su excomunión. Richelieu, desde el momento en que tuvo conocimiento del episo¬dio, se puso de parte del señor de Sourdis. El duque fue deste¬rrado a sus posesiones y el Arzobispo se afirmó como triunfador y dueño absoluto del campo. Al final de su vida, el señor de Sourdis cayó en desgracia. «Durante su exilio —escribe Tallemant— aprendió un poco de teología.»

Un hombre como aquél era el más adecuado para comprender y apreciar a Grandier. Como él mismo era esclavo del sexo, no podía dejar de ver los pecadillos del párroco con simpática indulgencia; como era un espadachín, admiraba la combatividad, aunque la encontrase en sus mismos subordinados. Además, el párroco era valiente, no usaba de subterfugios, poseía un gran caudal de provechosa información y de divertidas anécdotas y era el más agradable de los amigos. «II vous affectionne bien fort»9 —escribía D'Armagnac al párroco después de la última visita al señor de Sourdis en la primavera de 1631. Esa estima encontró bien pronto la forma de expresarse: el Arzobispo cursó órdenes para que el caso Grandier fuera revisado por la curia de Burdeos.

Durante todo este tiempo, la revolución nacionalista iniciada por el cardenal Richelieu había ido asegurándose sólidos progresos y, casi súbitamente, empezaba a afectar la vida privada de los personajes que se hallaban envueltos en aquel insignificante drama provinciano. A fin de quebrar el poder de los protestantes yde los señores feudales, Richelieu había persuadido al Rey y al Consejo para que ordenasen la demolición de todas las fortalezas del reino. Eran innumerables las torres ya demolidas, los fosos terraplenados. Le tocaba su turno al castillo de Loudun. Fundado por los romanos, reconstruido y ampliado varias veces a lo largo de la Edad Media, fue la fortaleza más solida de Poitou. Un circuito de murallas defendidas por dieciocho torres coronaban la colina sobre la cual se hallaba asentada la ciudad. Dentro de este circuito había un segundo foso, una segunda muralla y, dominándolo todo, el imponente torreón medieval, restaurado en 1626 por el Gobernador Jean D'Armagnac. La restauración, con las refacciones interiores, le había costado una verdadera fortuna; pero el Rey, a quien había servido como primer caballero de cámara, le había prometido reservadamente que, aunque el castillo fuese destruido, la torre de homenaje sería respetada.

Por su parte, Richelieu tenía sus propios puntos de vista en esta cuestión, y no coincidían con los del Rey. Para él, D'Armagnac No era más que un cortesano de menor cuantía y Loudun un nido de hugonotes potencialmente peligrosos. Verdad es que estos hugonotes permanecieron leales durante las sublevaciones de sus correligionarios del Sur, en La Rochelle, bajo la jefatura del duque de Rohan, en alianza con los ingleses. Pero la lealtad de hoy no garantiza contra la rebelión de mañana. Y de todos modos, eran herejes. No, no: el castillo debía ser destruido, y con el castillo todos los privilegios de una ciudad que continuaba siendo predominantemente protestante y que, por lo tanto, no los merecía. El

____________________________________________________________________________________________________

8. Op. cit., vol. I, pág. 189.

9. Os aprecia mucho.

plan del Cardenal consistía en transferirlos a su propia ciudad, la vecina y hasta el momento hipotética ciudad de Richelieu, que estaba en construcción o iba a ser construida alrededor de la mansión de sus antepasados.

En Loudun el sentimiento público se oponía a la demolición del castillo. En aquellos tiempos la paz interna era todavía una precaria novedad. Privada de su fortaleza, la población de una ciudad, católica o protestante, daba la impresión de hallarse, según las palabras de D'Armagnac, «a merced de toda especie de soldadesca y sometida al pillaje». Además, se rumoreaba por doquier acerca de las secretas intenciones del Cardenal. De cum¬plirse sus designios, la pobre y vieja ciudad de Loudun quedaría reducida a una simple aldea y, peor aún, a una aldea semide¬sierta. En cuanto a Grandier, se hallaba del lado de la mayoría a causa de su amistad con el Gobernador. Sus enemigos decla¬rados eran, casi sin excepción, partidarios del Cardenal. Les tenía sin cuidado el futuro de Loudun; lo único que les interesaba era la adulación de Richelieu; por lo tanto, abogaban por la demolición de las murallas y hacían labor de zapa contra el Go¬bernador. Precisamente en el momento en que Grandier parecía hallarse próximo a alcanzar la victoria final, estaba amenazado por un poder enormemente más fuerte que ninguno de aquellos con los que había tenido que enfrentarse.

La posición social del párroco por aquel entonces era extra¬ñamente paradójica. Había sufrido interdicción a divinis; no obs¬tante, seguía siendo el cura de San Pedro, donde su hermano el primer vicario, actuaba a sus órdenes. Sus amigos se mostra¬ban todavía benévolos, pero sus enemigos le trataban como a un proscrito y como si no perteneciese a la sociedad más respe¬table. Pese a ello, aquel proscrito iba ejerciendo, por detrás de la escena, la mayor parte de las funciones atribuibles a un gobernador real. D'Armagnac se veía obligado a gastar la mayor parte de su tiempo en la Corte al servicio del Rey. Durante su ausencia quedaba representado en Loudun por su esposa y un fiel lugarteniente. Ambos, el lugarteniente y la señora D'Arma¬gnac, habían recibido órdenes de consultar con Grandier antes de tomar cualquier decisión importante. El destituido y difa¬mado sacerdote actuaba en aquellas circunstancias como un vicegobernador de la ciudad y guardián de la familia de sus primeros ciudadanos.

En el curso de aquel verano de 1631, el señor Trincant se retiró a la vida privada. Lo mismo sus colegas que el público en general habían quedado profundamente impresionados con las revelaciones que se hicieron en el segundo juicio de Grandier. Un hombre que, movido por venganza personal, se hallaba dispuesto a cometer perjurio, a sobornar testigos, a falsificar testimonios escritos, estaba incapacitado, sin duda, para ocupar una posición legal responsable. Cediendo a la presión serena pero persistente, Trincant renunció. En lugar de vender los derechos de ejercicio de su empleo como podía haberlo hecho, los traspasó a Louis Moussaut. Pero con una condición: el joven letrado no se convertiría en fiscal público de Loudun sino después de haberse casado con Philippe Trincant. Si para Enrique IV París había valido una misa, para el señor Moussaut un buen empleo bien valía el cargar con una novia ya desflorada y con la rechifla de los protestantes. Después de una ceremonia nupcial sencilla, Philippe se retiró a cumplir la sentencia: cuarenta años de matrimonio sin amor.

En el mes de noviembre Grandier fue llamado a la Abadía de Saint-Jouin-de-Marnes, una de las residencias favoritas del rico Arzobispo de Burdeos. Allí le notificaron que su apelación a la sentencia del señor de la Rochepozay había tenido un éxito completo. La interdicción a divinis había quedado sin efecto y podía, desde entonces, ejercer sus funciones sacerdotales en San Pedro. El señor de Sourdis, al hacerle la notificación, no dejó de darle los consejos más amistosos y prudentes. «La rehabilitación legal —le advirtió— no desarmará la furia de vuestros enemigos; antes bien, la incrementará. Y si os dais cuenta de que vuestros enemigos son muchos y poderosos ¿no será lo más sensato para lograr una vida tranquila abandonar Loudun y reemprender la tarea en otra parroquia?» Grandier prometió reflexionar sobre esas sugerencias, pero ya había pensado no hacer caso alguno de ellas. Era el párroco de Loudun y entendía que era en Loudun donde debía estar y permanecer, a pesar de sus enemigos o, más bien, precisamente por ello. ¿Ellos esperaban que se fuera? Muy bien; se quedaría, y se quedaría para irritarlos, pues él gozaba por el mero hecho de la disputa y porque, como Martín Lutero, gozaba con la propia ira.
1   ...   5   6   7   8   9   10   11   12   ...   51

similar:

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTÍtulo original: ai-mei título ingléS

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTitulo original: the way of intelligence

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTítulo do original em inglês

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTítulo original: The last barrier

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTítulo de la obra original

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTítulo original: Mother Teresa

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTítulo Original: Deception Point

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTítulo Original: Confessions (1996)

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTítulo Original: Confessions (1996)

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTítulo original IL pendolo di Foucault






© 2015
contactos
l.exam-10.com