Titulo del original: The Devils of Loudun






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3. De los procedimientos del sínodo De hugonote de Poitiers, pertenecientes a 1560, se desprende con evidencia que los sacerdotes se casaban frecuentemente en secreto con sus concubinas y que cuando la mujer era calvinista, su equívoca posición originaba un motivo de grave preocupación con respecto a la Iglesia. (Henry C. Lea, History of sacerdotal Celibacy. Desde cap. XXIX, «The Post-Tridentine Church».)

4. La verdad legal tiene fuerza y prevalecerá.

Después de todo, su madre había sido una Chauvet y su primo era de Cerisay; por otra parte, de Brou había emparentado con los Tabarts, los Dreux, los Genebaux. Hiciese lo que hiciese, una joven cuyos parientes tenían tan alto rango, no podía ser otra cosa que una filie de bien et d'honneur. En cambio, resultaba por demás exce¬sivo que el farmacéutico hubiese quedado arruinado. Pero así es la vida, así las misteriosas disposiciones de la Providencia. Todos llevamos nuestra pequeña cruz, y todos y cada uno de los hombres, como advirtió tan justamente el apóstol, debemos cargar con nuestro fardo.

Dos nuevos reclutas se incorporaron a la tertulia de intrigan¬tes contra el párroco Grandier. El primero era un letrado de cierta importancia llamado Pierre Menuau, abogado del rey. Años antes había importunado a Madeleine con propuestas de matri¬monio. Su negativa no le había desalentado, y aún mantenía esperanzas de convencer a la joven y alzarse así con su dote y con la poderosa influencia de la familia. Grande fue su furia al saber que Madeleine le había engañado en aquello mismo que él miraba como derecho propio y que ella le otorgaba graciosa-mente al párroco. Trincant, muy complacido, no sólo prestó oídos a la furia de ese nuevo contertulio sino que, a modo de consuelo, le ofreció un puesto en el consejo de guerra. La invitación fue aceptada inmediatamente y desde ese momento Menuau se cons¬tituyó en uno de los miembros más activos de la confabulación.

El segundo de esos dos nuevos enemigos de Grandier era un amigo de Menuau, llamado Jacques de Thibault, un hacendado que había sido soldado y era a la sazón suboficial agente del cardenal Richelieu y se hallaba comprometido en la politiquería provinciana. Desde el primer momento a Thibault le disgustó el párroco Grandier: aquella basura de sacerdote, aquel miembro de la más baja clase media, que hacía alarde de sus mostachos de soldado de caballería imitando los modales de un lord y pavoneándose con sus latines como si fuera un doctor de la Sorbona. ¡Y ahora había llegado hasta la impudicia de seducir a la prometida de un letrado del Rey! ¡Una cosa semejante no podía permitirse!

El primer paso de Thibault fue dirigirse en persona a uno de los amigos y protectores más poderosos de Grandier, el marqués de Bellay. Le habló con tanta vehemencia, apoyando sus denuncias con un catálogo de tantas ofensas, reales e imaginarias que el marqués cambió de campo y, a partir de aquel momento, consideró a su amigo de antes como persona non grata. Grandier estaba profundamente herido y algo desasosegado. Amigos oficiosos se apresuraron a informarle del rol que había Desempeñado Thibault en aquel asunto, y cuando volvieron a encontrarse, el párroco Grandier, que iba vestido con sus hábitos eclesiásticos y estaba a punto de entrar en la iglesia de la Santa Cruz, al ver a su enemigo se le acercó apostrofándole con acerbas palabras de reproche. Por toda respuesta Thibault levantó su bastón y le asestó un buen bastonazo en la cabeza. Había comenzado una nueva fase en la batalla de Loudun.

E1 primero en actuar fue Grandier. Jurando venganza contra Thibault, a la mañana siguiente siguió rumbo a París. La violencia contra la persona de un sacerdote constituía un sacrilegio, era algo así como la blasfemia en acción. Apelaría al Parlamento, al Secretario General, al Canciller, al mismo Rey.

El señor Adam fue inmediatamente informado de su partida y del propósito del viaje. Soltando el mortero, salió rápidamente a comunicárselo al fiscal, quien a su vez envió a un criado con una cita para los otros miembros de la confabulación. Acudieron éstos a la llamada y, después de un cambio de impresiones, acordaron un plan de contraataque. Al mismo tiempo que el párroco se hallaba camino de París con el propósito de elevar su queja al Rey, ellos irían a Poitiers a quejarse al Señor Obispo. En el más perfecto estilo legal redactaron un documento en el que Grandier era acusado de haber corrompido a un número considerable de mujeres casadas y de muchachas solteras, de ser irreverente e impío, de no leer el breviario y de haber cometido fornicación dentro del recinto de su iglesia. Transformar en ver¬dad legal un escrito como ése fue fácil. Al señor Adam le con¬fiaron una misión en el mercado de ganado. Al poco rato regresó con dos individuos de andrajoso aspecto, que estaban dispuestos a firmar cualquier declaración por una exigua retribución. El uno, Bougreau, sabía escribir, pero el otro, Cherbonneau, no sabía más que poner su firma. No bien cumplieron su cometido, echaron mano al dinero que tan fácilmente se habían ganado y, la mar de contentos, se fueron camino de la taberna. Al día siguiente el señor fiscal y el Lieutenant Criminel montaron en sus caballos y se dirigieron sin prisa a Poitiers. Allí fueron a visitar al representante oficial del Obispo, el señor gestor. Gran¬de fue su alegría cuando supieron que Grandier ya estaba inclui¬do en la lista negra diocesana; los rumores y las aventuras amo¬rosas del párroco habían llegado a oídos de sus superiores. Y no sólo se le había acusado de lubricidad y de indiscreción, sino también del grave pecado de soberbia. Una de las actitudes de desplante de ese tipo fue la insolencia de usurpar la autoridad episcopal, llegando a otorgar dispensa para casarse sin la exigen¬cia de las preliminares amonestaciones. Ya era hora de detener sus abusos. Aquellos caballeros habían llegado de Loudun en el momento más oportuno.

Portadores de una carta de recomendación del gestor oficial, Trincant y Hervé salieron al trote a entrevistarse con el Obispo, que residía en su espléndido castillo de Dissay, a cuatro leguas de allí.

Henry-Louis Chasteignier de la Rochepozay era aquel raro fe¬nómeno: un prelado de noble cuna, hombre de letras y autor de portentosos tratados de exégesis bíblica. Su padre, Louis de la Rochepozay, fue el protector y amigo de toda la vida de Joseph Scaliger, y el joven lord, predestinado a ser obispo, había gozado del privilegio de tener como preceptor a aquel doctor incom¬parable, «el más grande entendimiento —en opinión de Mark Pattison— que ha habido en la historia de la cultura». Engran¬dece su figura el hecho de que, a pesar del protestantismo de Scaliger y a despecho de la abominable campaña de difamación que hacían los jesuitas contra el autor de «De emendatione temporum», él permaneció leal a su viejo maestro. En cambio, con respecto a los otros herejes, el señor de la Rochepozay se mostró siempre como implacable enemigo. Detestaba a los hugonotes, muy numerosos en su diócesis, y hacía todo lo posible por vol¬verles la vida imposible. Pero, lo mismo que la caridad, lo mismo que la lluvia que riega igualmente las parcelas del hombre justo que las del hombre injusto, el mal humor es divinamente imparcia1. Cuando sus propios católicos llegaban a ocasionarle un con¬tratiempo, se hallaba prontamente dispuesto a obrar con ellos con tanto rigor como con los protestantes. Así, en 1614, según una carta que el Príncipe de Condé dirigió a la Regente, María de Médicis, había doscientas familias acampadas fuera de la ciudad, al pie de las murallas, que no podían reintegrarse a sus casas porque su Pastor, plus meschant que le diable, había dado orden a sus arcabuceros de que disparasen contra ellas si intentaban cruzar las puertas. ¿Qué crimen había cometido? Fidelidad al gobernador nombrado por la reina, pero aborrecido por el señor de la Rochepozay. El Príncipe pidió a la reina que castigase la inaudita insolencia de aquel sacerdote. Pero nada se hizo, desde luego, y el buen obispo continuó reinando en Poitiers hasta que en 1651, ya de edad avanzada, se lo llevó un ataque de apoplejía.

Un quisquilloso aristócrata, un despreciado tirano, un docto amante de los libros, para quien el mundo de más allá de su estudio no era otra cosa que una fuente de fastidiosas interrupciones o impedimentos en la seria y conspicua ocupación de la lectura: así era el hombre que concedía audiencia en tales mo¬mentos a los enemigos de Grandier. No más de media hora le costó el decidirse. Sí. El párroco era un engorro y había que darle una lección. Con apremiantes consignas fue despachado inmediatamente su secretario a Poitiers, donde se firmó y selló una orden para encerrar a Grandier en la prisión episcopal. El documento fue entregado a Trincant y al Lieutenant Criminel para que hiciesen uso de él a discreción.

Mientras tanto, en París, Grandier había presentado su denuncia al Parlamento y, gracias a D'Armagnac, había sido recibido en audiencia privada por el Rey. Luis XIII, profundamente afectado por el relato que de los agravios recibidos le había hecho el párroco Grandier, dio las órdenes oportunas a fin de que se hiciese justicia sin dilación alguna. De acuerdo con tales órdenes, Thibault recibió una citación requiriéndole a presentarse sin demora ante el Parlamento de París. Thibault, cumpliendo la orden, s puso inmediatamente en camino, cuidándose de llevar consigo la orden de arresto contra Grandier. El pleito siguió su curso. Todo parecía favorecer al párroco, cuando Thibault, con gesto dramático, sacó la orden de prisión contra Grandier y se la entregó a los jueces. Los jueces la leyeron y suspendieron la vista hasta que Grandier hubiese aclarado la situación con su superior. Fue un triunfo para los enemigos del párroco.

Al mismo tiempo se llevó a cabo en Loudun una investigación oficial sobre la conducta de Grandier, primero bajo la dirección imparcial del Lieutenant Civil, Louis Chauvet, y más adelante, una vez que éste renunció contra su voluntad, bajo la parcialísima dirección del fiscal. Desde aquel momento se amontonaron las acusaciones que de todas partes iban cayendo. El reverendo Meschin, uno de los vicarios de Grandier en la iglesia de San Pedro, afirmó que había visto al párroco divirtiéndose con mujeres en el mismo suelo de su propia iglesia. Otro clérigo, el reverendo Martín Boulliau, oculto detrás de un pilar, espió a su colega mientras en el reclinatorio familiar hablaba con la se¬ñora Dreux, la difunta suegra del señor de Cérisay, el bailli. Trincant modificó este testimonio con las palabras «cometiendo el acto venéreo», en lugar de las de la declaración original, que decían, simplemente, «hablar a la susodicha dama teniéndola co¬gida por el brazo». Las únicas personas que no testimoniaron contra el párroco fueron precisamente aquellas cuyo testimonio hubiera sido el más convincente. Las bonachonas muchachas de servicio, las esposas descontentas, las viudas demasiado conso¬lables, Philippe Trincant y Madeleine de Brou.

Aconsejado por D'Armagnac, que prometió escribir al señor de la Rochepozay y al gestor oficial, Grandier decidió presentarse al Obispo. Al regresar secretamente de París, no pasó más que una noche en la parroquia. Al día siguiente, al romper el alba, volvía a montar su caballo. A la hora del desayuno, el boticario se enteraba de todo; una hora después Thibault, que había regre¬sado a Loudun hacía dos días, marchaba a todo galope camino de Poitiers. Dirigiéndose directamente al palacio episcopal, informó a las autoridades que Grandier se hallaba en la ciudad con el fin de eludir la humillación del arresto haciendo voto de vo¬luntaria sumisión. Había que impedirle a toda costa que pros¬perase la treta. El gestor oficial quedó convencido, y así fue que cuando Grandier salió de su alojamiento para dirigirse al palacio fue arrestado por un agualcil del Rey que lo condujo protestan¬do, pero sans scandale ès prisons episcopales du dict Poitiers.5

Las prisiones episcopales de Poitiers estaban situadas en una de las torres del Palacio de su señoría. Allí fue puesto Grandier bajo el cuidado del carcelero Lucas Gouiller, encerrado en un calabozo húmedo y casi sin luz. Era el 15 de noviembre de 1629. No había pasado un mes desde la reyerta con Thibault.

Hacía mucho frío, pero no se le permitió al prisionero tener ropas de abrigo y cuando su propia madre solicitó permiso para visitarle le fue rehusado. A las dos semanas de un confinamiento tan extremadamente riguroso, escribió una lastimera misiva al señor de la Rochepozay: «Milord —comenzaba-—: Siempre he creído y pensado que la aflicción es el verdadero camino que conduce al cielo, pero nunca había hecho la prueba hasta que vuestra bondad, incitada por el miedo a mi perdición y por el deseo de salvarme, me arrojó a este lugar donde quince días de miseria me han acercado a Dios más que cuarenta años de previa prosperidad que había gozado». A esto seguía un párrafo finamente elaborado y lleno de conceptos y alusiones a la Biblia. El Señor, parece, «ha asociado felizmente la faz del hombre con la del león o, en otras palabras, vuestra moderación con el odio de mis enemigos, que queriendo destruirme, como a otro José, me han colocado en la antesala del reino de Dios». De tal manera que su odio se había transformado en amor, su anhelo de venganza en deseo de servir a aquellos mismos que tan cruelmente le habían ofendido. Después de todas estas manifestaciones, un florido párrafo acerca de Lázaro, para concluir con el argumento de que, puesto que la finalidad de un castigo es la enmienda de la vida y después de quince días en prisión su vida se había enmendado, era justo que fuese puesto en libertad inmediatamente.

Siempre cuesta creer que la emoción franca y sincera pueda tener su auténtica expresión en las ingeniosidades de un estilo recargado. Pero la literatura no es lo mismo que la vida. El arte se rige por un conjunto de reglas y es conducido por otras. En el siglo XVII, aquel aparente absurdo de la actitud epistolar de Grandier era perfectamente compatible con una auténtica sinceridad de sentimientos. No hay razón alguna para poner en duda su declaración de que el infortunio le había acercado a Dios. Desgraciadamente para él, él mismo sabía muy poco acerca de su propia naturaleza y no alcanzaba a prever que, vuelto de nuevo a la prosperidad, sería anulada, sin duda alguna, la influencia de las pasadas aflicciones (a no ser que hiciese enormes y persistentes esfuerzos por mantenerla), no en el término de quince días, sino en quince escasos minutos.

La carta de Grandier no ablandó al Obispo. Menos todavía le ablandaron las que recibió del señor D'Armagnac y de su buen amigo, el Arzobispo de Burdeos. No resultaba edificante que un hombre tan odioso tuviera amigos tan influyentes. Pero que aquellos amigos se aventurasen a dictarle a él, al señor de la Rochepozay —un erudito comparado con el cual el Arzobispo no resultaba más estimable que el peor de sus caballos—, que se atreviesen a aconsejarle lo que había de hacer con un insu¬bordinado cleriguillo, eso era absolutamente intolerable. El re¬sultado fue que dio orden de que Grandier fuese tratado con mayor rigor todavía.

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5. Sin escándalo a la prisión episcopal de Poitiers.

Los únicos visitantes del párroco durante todo su cautiverio fueron los jesuitas. El había sido alumno de ellos y ellos no le abandonaban. A la par que consuelos espirituales, aquellos bue¬nos padres le llevaban calcetines de lana y referencias del mundo libre. Por ellos supo que D'Armagnac le había ganado la partida al Procurador General, que el Procurador General había orde¬nado a Trincant, como fiscal de Loudun, que volviera a dar curso a la causa contra Thibault; que éste había acudido a D'Armag¬nac con el fin de llegar a un arreglo, pero que Messieurs les esclezeasticques (la ortografía del Gobernador era asombrosa) habían aconsejado rechazar todo compromiso, puesto que esa solución sólo daría lugar a faire tort a vostre ynosance.6 El pá¬rroco prestó atención a todas aquellas informaciones y escribió otra carta al Obispo sobre su situación. Pero no recibió respues¬ta. Volvió a escribirle cuando Thibault fue a visitarle con el pro¬pósito de ofrecerle el arreglo de la cuestión al margen de los tribunales, y tampoco recibió contestación. Poco después, en di¬ciembre, los testigos que habían sido comprados para acusarle, comparecieron en Poitiers. A pesar de que los jueces se mostra¬ban inclinados a escuchar a esos testigos, la impresión que pro¬dujeron fue deplorable. Los primeros en declarar fueron Gervais Meschin, vicario de Grandier, y el otro clérigo, Peeping Tom, que habían visto al párroco con la señora Dreux en un banco de la iglesia. Sus testimonios resultaron tan poco convincentes como los de Bougreau y Cherbonneau. Parecía imposible declarar culpable a nadie con semejantes testimonios, pero al señor de la Rochepozay fruslerías tales como la equidad o la legalidad del procedimiento no le desviarían de la ruta que se había tra-zado. Por fin, el día 3 de marzo del año 1630 se pronunció la sentencia. Grandier fue condenado a mantenerse a pan y agua todos los viernes durante tres meses y a abstenerse de ejercer las funciones propias del sacerdocio durante cinco años en la diócesis de Poitiers y durante el resto de su vida en la ciudad de Loudun. Para el párroco, esta sentencia significaba su ruina económica y la disolución de todas sus esperanzas de rehabilitación futura. Pero, mientras tanto, era otra vez un hombre libre —un hombre libre que podía gozar de su casa bien acondicionada y disfrutar de la buena comida (a excepción de los viernes) y conversar con sus relaciones y amigos y ser visitado (pero ¡con cuánto sigilo y precauciones!) por la mujer enteramente entregada a él y absolutamente convencida de ser su esposa— y libre, también, para poder apelar a su superior eclesiástico, el Arzobispo de Burdeos. Con reiteradas expresiones de respeto, pero con firmeza, Grandier escribió a Poitiers anunciando su decisión de pasar su caso al Metropolitano. Encolerizado sobremanera por una decisión de tal índole, el señor de la Rochepozay no podía hacer nada para evitar aquella intolerable afrenta inferida a su orgullo. El derecho canónico —¿podía haber algo más subversivo?— declaraba que hasta los hombres más viles se hallan en posesión de derechos y les es permitido redimirse en ciertas circunstancias.
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