Titulo del original: The Devils of Loudun






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Ese templo de la ciencia que, al mismo tiempo que el laboratorio de un mago es la barraca de exhibición de una feria de pueblo, constituye la muestra más expresiva y fehaciente de la extraña aglomeración de incongruencias que prosperaron en el siglo XVII. Porque la época de Descartes y de Newton fue también la de Fludd y de Sir Kenelm Digby; la época de los logaritmos y la geometría analítica fue la misma de los emplastos, de los polvos simpáticos y de la teoría de las rúbricas. Robert Boyle, autor de El químico escéptico y uno de los fundadores de la Royal Society, dejó un volumen de recetas para remedios caseros. Co¬giendo de entre las ramas de un roble y en noche de luna llena unas bayas secas de muérdago, reduciéndolas a polvo y mezclan¬do éste con jugo de cerezas negras, tenemos un remedio contra la epilepsia. Contra los ataques de apoplejía, es bueno el aceite de lentisco, arbusto que produce una resina y crece en abundancia en la isla de Chíos. De él se extrae el aceite esencial por desti¬lación en un alambique de cobre; obtenido el aceite, se sopla a través de una canilla para depositar dos o tres gotas, primero en una de las ventanas de la nariz del paciente «y, después de un rato, en la otra». El espíritu científico estaba realmente vivo. Pero no menos vivo se hallaba el espíritu del

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1. ...una tortuga pendía allí, / un lagarto disecado y otros pellejos / de peces de apariencia rara, y alrededor, en los estantes / un mísero conjunto de botes vacíos / y de cacharros verdes de barro cocido, de semillas llenas de moho, de vejigas...

2. Allí hay momias que se enrancian lo más respetuosamente posible / allí también se ve colgando la cota de malla de una tortuga / y no lejos de la boca devoradora de un escualo / el pez. volador despliega sus alas. / Arriba, en grandes ristras, ensartadas las cabezas de las adormideras / y, colgando cerca de ellas, un escamoso lagarto; / allí las drogas en mohosas pilas se corrompen, / allí se resecan las vejigas y se sabe encajar las dentaduras.

exorcista y el de las hechiceras.

La farmacia del señor Adam, situada en la rue des Marchands, era de clase media, ni pobre ni suntuosa, sino enteramente pro¬vinciana. Demasiado modesta para todo un aparato de momias o de cuernos de rinoceronte, podía, sin embargo, hacer alarde de varias tortugas de las Indias occidentales, del feto de una ballena y de un cocodrilo de tres metros. Y de una provisión copiosa y variada. En los estantes, toda clase de hierbas del re¬pertorio de los galenos, todos los nuevos potingues de los segui¬dores de Valentine y Paracelso. Ruibarbo y palo de áloe había en abundancia, y asimismo calomel o, como prefería llamarle el señor Adam, Draco mitigatus, el mitigado dragón. Y coloquíntida, por si alguien quería alguna píldora vegetal para el hígado. También había vomitivo tártaro y antimonio en atención al que prefiriera aventurarse a un tratamiento más moderno. Y si usted hubiese tenido la desgracia de tener amores con una persona inadecuada, podía elegir allí entre el Arbor vitae y el Hydrargyrum cum Creta, o entre la simple zarzaparrilla y unas friegas de ungüento azul. Con todo ese material, al que cabe añadir los residuos de víboras resecas, acopio de cascos de caballo y algunos huesos humanos, el señor Adam procuraba surtir a toda su clientela. Los específicos más caros —zafiros pulverizados, o perlas-—, había que encargarlos y pagarlos por adelantado.

Desde el singular acontecimiento, la botica del señor Adam se convirtió en el lugar de reunión y cuartel general de la intriga, cuyo único propósito consistió en maquinar una venganza contra Urbain Grandier. Los autores principales de aquella maquinación fueron el señor fiscal, su sobrino el canónigo Mignon, el Lieutenant Criminel y su suegro Mesmin de Silly, el cirujano Mannoury y el propio señor Adam, cuyo centro de operaciones o laboratorio como fabricante de píldoras, además de sacamuelas y experto en lavativas, le ofrecía oportunidades sin competencia para lograr las informaciones más completas y oportunas. Así, gracias a la señora Chauvin, la esposa del notario, había sabido confidencialmente, mientras confeccionaba un vermífugo para su pequeño Théophile, comido por las lombrices, que el párroco había invertido exactamente ochocientas libras en una primera hipoteca. El bellaco se estaba haciendo rico.

Y había malas noticias. Por la cuñada del segundo lacayo del señor D'Armagnac, la cual padecía una enfermedad propia de mujeres y era clienta habitual de la hierba artemisa, había sabido el boticario que Grandier iría el día siguiente a comer al castillo. Esto no le gustó al fiscal, que puso ceño al enterarse, ni al Lieutenant Criminel, que meneando la cabeza no pudo reprimir un juramento. D'Armagnac no era solamente el gobernador; era, además, uno de los favoritos del Rey. Era deplorable que un hombre tal fuese amigo del párroco Grandier y resultase su pro-tector.

Se produjo un largo y pesado silencio, que por fin rompió el canónigo Mignon para manifestar que, para él, la única esperanza consistía en un escándalo mayúsculo. De una forma o de otra tendrían que arreglárselas para pescarle en flagrante delicto. ¿Qué había de la viuda del tabernero?

Por desgracia, el boticario tenía que admitir que en su jurisdicción no podía obtener ninguna información satisfactoria con respecto a aquel concubinato. La propia viuda sabía muy bien tener cerrada la boca, su criada se había acreditado como incorruptible, y hacía unas noches, cuando intentó él atisbar por una rendija del postigo, alguien desde la ventana del piso alto, con un orinal enteramente lleno...

El tiempo pasaba. Con serena y majestuosa impudicia, el párroco seguía atendiendo a sus habituales ocupaciones y continuaba regodeándose en sus acostumbrados esparcimientos. De pronto, los más extraños rumores empezaron a zumbar en los oídos del boticario: el párroco prodigaba cada vez más tiempo a la señorita Brou, la más distinguida mojigata y dévote de la ciudad.

Madeleine era la segunda de las tres hijas de Rene de Brou, hombre de acaudalada fortuna y noble nacimiento, emparentado con las mejores familias de la provincia. Las hermanas de Made¬leine estaban casadas, una con un médico, la otra con un terra¬teniente; pero ella, a sus treinta años, todavía se hallaba soltera y sin compromiso. Pretendientes no le faltaban, pero ella los rechazaba uno tras otro, prefiriendo permanecer en casa para cuidar a sus padres, ya de edad, y acunarse en sus propios pensamientos. Era una de aquellas jóvenes sosegadas y enigmáticas que, complaciéndose en reprimir sus emociones, procuraban ocul¬tarlas siempre bajo una actitud de reserva. Estimada por las personas de mayor edad que ella, tenía pocas amigas, ya fuese entre las que contaban sus años, ya fuese entre las que eran más jóvenes, pues todas ellas la consideraban presuntuosa. Y como nunca manifestaba contento alguno en las colectivas expansiones de alegría, la llamaban aguafiestas. Madeleine era muy piadosa. La religión estaba muy bien, pero no le está permitido meterse en la santidad de la vida privada. Cuando se practica la comunión frecuente, confesándose todos los días y manteniéndose de ro¬dillas horas y horas, como solía hacer Madeleine ante la imagen de Nuestra Señora, ya es demasiado. Sus compañeras la dejaban sola, que era exactamente lo que deseaba Madeleine.

En aquel tiempo murió su padre. Poco después su madre enfermó de cáncer. Durante su larga y penosa enfermedad Grandier había encontrado tiempo, en los intervalos que mediaban entre las lecciones a Philippe Trincant y las asistencias a la viuda del tabernero, para visitar a la pobre señora y llevarle los con¬suelos de la religión. En su lecho de muerte, la señora Brou encomendó su hija a su pastoral cuidado. El párroco le prometió cuidar de los intereses materiales y espirituales de Madeleine como si se tratase de los suyos propios. Y desde luego —a su modo—, trató de cumplir su promesa.

El primer pensamiento de Madeleine, una vez muerta su ma¬dre, fue el de cortar todas sus ligaduras con el mundo y entrar a un convento, mas cuando consultó a su director espiritual, se encontró con su rotunda oposición a tal proyecto. Fuera del claus¬tro, insistió Grandier, podía ella hacer mucho más bien que dentro. Entre las ursulinas o las carmelitas tendría que disimular su inteligencia debajo de una toca. Su lugar estaba allí, en Loudun; su vocación consistiría en dar brillante ejemplo de buen criterio a todas las vírgenes tontas cuyo único pensamiento estaba henchido de perecederas vanidades. Hablaba elocuentemente y sus palabras llevaban como un aliento de unción divina. Sus ojos chispeaban, toda su cara parecía encenderse con un resplandeciente fuego interior lleno de entrega e inspiración. Parecía —pensaba Madeleine— un apóstol, un ángel. Para ella todo lo que él decía era verdad; una verdad axiomática, evidente.

Madeleine siguió viviendo en la vieja casa. Pero la casa le parecía ahora muy oscura, muy vacía; por eso, pasaba todos los días muchas horas en casa de su amiga (casi la única que tenía) Françoise Grandier, la cual vivía con su hermano en la casa parroquial. Algunas veces —nada más natural—, Urbain se acercaba a ellas cuando, sentadas una junto a la otra, cosían para los pobres o bordaban espléndidas labores para la Virgen o para algún santo de la iglesia. Entonces, súbitamente, el mundo le parecía a ella resplandecer de tal modo y tan lleno de divina significación, que su alma se esponjaba y se sentía pletórica y rebosante de felicidad.

Esta vez Grandier cayó en su propia trampa. Su estrategia, la vieja y familiar estrategia del servidor profesional, había exigido frialdad escueta delante de un fuego deliberadamente encendido, había exigido una especial sensualidad de simple picoteo contra la ardiente pasión para explotar las inmensidades del amor en provecho de sus peculiares y limitados propósitos. A medida que avanzaba en sus planes, algo anduvo mal o, mejor dicho, algo anduvo bien. Por vez primera en su vida Grandier se sintió enamorado de verdad: no enamorado con la mera ansiedad de satisfacer sus apetitos, ni por la satisfacción de seducir a una inocente cuya humillación hubiera de constituir su triunfo, sino enamorado de una mujer a quien se considera como persona y a la cual se ama por lo que realmente es. Destino del libertino de convertirse a la monogamia. Era un paso adelante, pero un paso adelante que un sacerdote de la Santa Iglesia Romana no podía dar sin quedar envuelto él mismo en infinitas dificultades éticas, teológicas, eclesiásticas y sociales. Para zafarse de algún contratiempo de esa especie fue que escribió Grandier su pequeño tratado sobre el celibato de los clérigos, al cual hicimos referencia en el capítulo anterior. A nadie le gusta considerarse a sí mismo como inmoral o como hereje, pero al mismo tiempo, nadie quiere renunciar a aquellos actos a los cuales es llevado por sus más hondos impulsos, especialmente cuando se considera que ellos proceden de un buen corazón y apuntan a una vida más alta y más fecunda. De aquí toda la curiosa literatura de racionalización y justificación —racionalización de impulsos o de intuiciones, en los términos de cualquier filosofía que esté de moda en un tiempo y lugar determinados—, justificación de acciones que resultan heterodoxas desde el punto de vista del código moral en vigencia, pero no si se interpreta este código aco¬modándolo a las circunstancias del caso. El tratado de Grandier es el característico espécimen de una patética y tal vez demasiado estrambótica rama de la apologética. Grandier ama a Madeleine de Brou y sabe que ese amor es por sí mismo intrínsecamente bueno; pero de acuerdo con los estatutos de la organización a la cual pertenece, aunque intrínsecamente bueno, ese amor es malo. Por tal razón él tiene que encontrar algún argumento que demuestre que los estatutos no quieren significar lo que la letra dice o, a la inversa, que lo que él ha hecho no tiene que ver con lo que dijo cuando, bajo juramento, se comprometió a cumplir¬los. Para un hombre inteligente, nada más fácil que encontrar argumentos que le convenzan que hace lo que debe cuando está haciendo lo que quiere. A Grandier las argumentaciones que esgrime en su tratado le parecen convincentes de manera irrefu¬table. Y lo que es más interesante: le parecían irrefutablemente convincentes a Madeleine de Brou. Religiosa casi hasta la extre¬ma escrupulosidad, virtuosa no sólo por principios, sino también por hábito y por temperamento, entendía que los preceptos de la Iglesia están dotados de una fuerza tan imperativa y categó¬rica que habría muerto por cumplirlos antes que pecar contra la castidad. Pero estaba enamorada, y enamorada por primera vez y con una pasión de lo más violenta, puesto que acababa de tomar posesión de una naturaleza tan introvertida, tan larga y fuertemente sofocada. El corazón tenía sus razones, y cuando Grandier argüía que el voto de celibato no obligaba, y que un sacerdote tenía derecho a casarse, ella asentía plenamente. Si ella fuese su mujer le sería permitido amarle; es así que su deber era amarle, luego —toda vez que la lógica es irresistible— la ética y la teología de su tratado de amor quedaban al margen de todo reproche. Y así fue que un día, a media noche, en la vacía iglesia, cuyos ecos resonaban sordamente, Grandier cum¬plió su promesa a la señora Brou, mediante una ceremonia de casamiento con la huérfana que había sido confiada a su cuidado. Como sacerdote se preguntó a sí mismo si tomaba a esa mujer por esposa. Como contrayente contestó diciendo que sí, y le puso el anillo a la novia. Como sacerdote invocó la bendición del Señor. Y como novio, se arrodilló para recibirla. Fue una ceremonia de verdadera fantasía, un desafío a la ley y a la costumbre, a la Iglesia y al Estado, y de cuya validez se sentían seguros él y ella. Amándose mutuamente, ellos sabían que a los ojos de Dios estaban realmente casados.3

A la vista de Dios, tal vez; pero de ningún modo a la vista de los hombres. En opinión de la gente de orden de Loudun, Madeleine no era otra cosa que la concubina más reciente que se había agenciado el párroco: su concubina actual, una pequeña .sainte nitouche de mirada inocente, como si nunca hubiese roto un plato, pero que dejaba mucho que desear; era una beata gazmoña que se había revelado súbitamente como una prostituta y que iba enfangando su cuerpo de la manera más desvergonzada con ese Príapo ensotanado, ese macho cabrío de bonete.

La indignación fue más tumultuosa en aquella ocasión y la malignidad destiló más cantidad de veneno entre los que día a día formaban tertulia junto al cocodrilo del señor Adam que en ningún otro lugar de la ciudad. Tan discretamente había operado Grandier que, detestándole como le detestaban, se sentían incapaces de manejar ese último ultraje como instrumento de desdoro contra él y se daban por satisfechos, para compensarse de algún modo, soltándole todas las suciedades que de la boca pudieran salir. Como no podían hacer otra cosa, hablaban lo que podían. Y hablar sí que pudieron. Hablaron a tantas gentes y en términos tan insultantes, que los parientes de Madeleine decidieron. que no había más remedio que tomar una determinación. Lo que pensaban de las relaciones de Madeleine con su confesor nos es desconocido. Todo lo que sabemos es que, lo mismo que Trincant, confiaban en que el poder de la verdad legal hiciese sentir su peso sobre la verdad no legalizada. Magna est veritas legitima, et praevalebit.4 Lanzándose a la acción bajo la inspiración de esta máxima, persuadieron a Madeleine para que plantease una querella por calumnia contra Adam. Fue planteado el caso ante un tribunal de París que declaró culpable al boticario. Entonces un terrateniente del país, que no era amigo de los Brou y que detestaba a Grandier, pagó fianza por Adam y promovió apelación. Se celebró, en consecuencia, una segunda vista, y la decisión del tribunal quedó confirmada. El pobre Adam fue con¬denado a pagar seiscientas cuarenta libras de indemnización, a sufragar las costas de los dos juicios, a arrodillarse, con la cabeza descubierta, en presencia de los magistrados de la ciudad y de Madeleine de Brou y sus relaciones, y declarar «en voz alta e inteligible que temeraria y maliciosamente había proferido pala¬bras injuriosas y escandalosas contra la citada damisela, por lo cual demandaba perdón de Dios, del Rey, de la Justicia y de la susodicha señorita de Brou, reconociéndola como una doncella virtuosa y honorable». Y así se hizo. La verdad se había impuesto triunfalmente. Los mismos jurisconsultos, el señor fiscal y el Lieutenant Criminel admitieron la derrota. Se daban cuenta que si habían de lanzar más adelante un nuevo ataque contra Gran¬dier, tendrían que dejar en paz a Madeleine.
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