Titulo del original: The Devils of Loudun






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Tras una confesión vinieron otras confesiones. El párroco la escuchaba atentamente. A veces le hacía alguna pregunta, por su parte, cosa que a ella le probaba cuan lejos estaba él de sospechar la verdad y cuan grande era la ignorancia en que lo tenía sumido, gracias a la inocente superchería de que hacía uso con él. Sacando fuerzas de flaqueza le iba diciendo todo, le iba confesando todo, hasta el más íntimo detalle. Su felicidad parecía haber rebasado los límites de lo posible: era una especie de prolongado paroxismo, un exquisito frenesí que ella podía renovar a voluntad y que podía seguir renovando siempre. Siempre, siempre. Enton¬ces llegó el momento en que desató su lengua y en vez de decir «él», dijo «tú». En el acto intentó desdecirse, manifestó confusión y, presionada por el interrogatorio de Grandier, estalló en un mar de lágrimas y confesó la verdad.

«¡Por fin! —se dijo Grandier—, ¡por fin!»

Desde aquel momento todo iría viento en popa: desde la palabra cuidadosamente medida y compulsada, los gestos repri¬midos, sosegados, la ternura que va tomando cuerpo, siempre sometida a regla en su progresión creciente, en una marcha que adelanta desde un cabal sentido cristiano a un amor a lo Petrarca y desde un amor a lo Petrarca a la pasión ardiente del hombre, hasta la auto-trascendencia instintiva. Descender siempre es fácil, y en aquel caso había muchas posibilidades de dialéctica para ir limando asperezas y hacer fáciles las cosas y llegar hasta el fondo del asunto y poder así librar la absolución a una muchacha.

Unos meses más tarde el «embarque» seguía su rumbo. Francamente, había un ligero contratiempo. ¿Por qué no lograba sentirse satisfecho con la viuda?

Entretanto, para Philippe la falta de acontecimientos y su íntima felicidad habían dado lugar a muchas cosas: a la tremenda realidad de una pasión manifiesta y correspondida, a los prolongados tormentos de un combate interior y moral, a las plegarias que imploraban la firmeza y la virtud, a las solemnes promesas de que nunca flaquearía y, por fin, en una especie de desesperación, y como si fuera a despeñarse a un precipicio, a la renuncia y a la entrega. La entrega no le había traído ninguna de las cosas que se había imaginado; al contrario: le había traído la revelación de que el arcángel no era un arcángel, sino una bestia enloquecida; y le había traído también, desde lo más profundo de su mente y de su propio cuerpo, el descubrimiento del dolor o de martirio inefable y feliz. Y después, súbitamente, apocalípticamente, el descubrimiento de un extraño; un extraño tan distinto a ella como eran distintos aquella feroz pasión animal de la carne y el elocuente predicador: el ingenioso, exquisito y culto humanista del cual se había enamorado. Se daba cuenta de que una cosa es enamorarse y otra muy distinta es amar. Enamorarse es algo imaginario y el objeto del que uno se enamora es sólo una abstracción. En cambio, cuando uno ama, ama una existen¬cia real, y la ama con todo su ser, con el alma entera y con todas las fibras del cuerpo, con el propio yo que es uno mismo y con ese otro, con ese extraño con que uno se encuentra de pronto por debajo, por detrás y por dentro de uno mismo. Ella era todo amor y solamente amor. Nada existía sino el amor: nada. ¿Nada? Con una risa apenas audible, el destino liberó la trampa que ella había estado preparando para sí misma. Entre el orden fisiológico, que seguía su proceso, y el social, que tenía sus exigencias, se encon¬traba atrapada: encinta, pero soltera; deshonrada y sin posibili-dad de redención. Lo inconcebible se había vuelto real: aquello que ni podía pensarse era ahora un hecho. La luna, en su pleni¬tud, flotó en el cielo durante una noche o dos, resplandeciente en su magnífico esplendor. Luego empezó a menguar, pronto se acentuó su menguante; se acentuó más aún como en adiós a su esperanza, hasta que por fin terminó por desaparecer en las sombras. Sólo podría morir en los brazos de su amante. O, si eso no era posible, poder al menos olvidar y ser otra persona.

Alarmado por tanta vehemencia, por aquel temerario aban¬dono de sí misma, el párroco trató de calmarla, confesándole su pasión de una manera más clara y menos trágica. Acompañó sus caricias con las citas más pertinentes sacadas de los lásicos más ingeniosos: Quantum, quale latus, quam

juvenile fémur! 9 En las treguas que el amor les permitía, le relataba las picantes histo¬rietas del Dames Galantes de Brantôme y le susurraba al oído algunas de aquellas escenas escabrosas tan diligentemente catalo¬gadas por Sánchez en su infolio sobre el matrimonio. Pero el rostro de Philippe nunca cambiaba de expresión; era como una faz de mármol, una faz en la lápida de una tumba, una faz ce¬rrada, muda, carente de toda vida. Cuando, por fin, volvía ella a abrir los ojos, parecía que se quedase mirándole desde otro mundo, un mundo donde tan sólo existiesen el sufrimiento y la desesperación. Aquella mirada le producía un gran desasosiego. Pero a las solícitas preguntas que él le hacía, ella tan sólo con¬testaba estrechándole las manos, agarrándole de sus espesos y negros mechones, atrayéndole a su boca y ofreciéndole en un brindis de total entrega su cuello y sus blancos senos.

Un día, en medio de un relato sobre el rey Francisco y sus copas para debutantes, copas que tenían grabadas en su interior animadas escenas de amor que se iban asomando poco a poco según iba desapareciendo el vino a cada trago, Philippe le interrumpió con el escueto y frío anuncio de que iba a tener un hijo. Inmediatamente cayó en un paroxismo de sollozos y lágrimas incontrolables.

Grandier llevó su mano a la cabeza y cambiando de tono, sin transición alguna, saltó sin más de las impúdicas ocurrencias que acababa de contarle a las amonestaciones clericales, advirtiéndole que debía soportar su cruz con cristiana resignación. En seguida, recordando la visita que le había prometido a la pobre señora Brou, que padecía un cáncer de matriz y necesitaba del consuelo espiritual que él podía darle, se despidió.

Después de aquello, él ya no se hallaba en disposición de darle ninguna lección más. A no ser como penitente, Philippe nunca volvió a verle a solas. Y cuando en el confesonario trataba de hablarle como al hombre que había amado, al hombre —según ella aún creía— que la había amado, sólo encontró frente a frente al sacerdote, sólo al ser extraordinario que podía transubstanciar el pan y el vino, al dador de absoluciones, al impositor de peni¬tencia. ¡Con qué elocuencia la apremiaba a arrepentirse, a entre¬garse por entero a la misericordia divina! Y cuando ella hacía referencia a su pasado amor, él la increpaba con una indignación de tono profético, satisfaciéndose así en revolcarla en su impureza. Cuando ella le preguntaba desesperadamente qué era lo que tenía que hacer, él le contestaba lleno de unción que, como cristiana que era, no sólo tenía el deber de resignarse a la humillación, pues era designio de Dios que hubiese de sufrir, sino que tenía que aceptarlo y desearlo vivamente. De la parte que a él le correspondía en su desgracia, no le permitía que hablase. El alma de cada uno está obligada a soportar la carga de sus propias fechorías; los pecados de cada cual no quedan excusados por los que puedan cometer o no los demás. Si ella se acercó al confesonario, fue para implorar perdón por lo que había hecho, y no para indagar en la conciencia de los otros. De esa manera, atur¬dida y anegada en sus propias lágrimas, la despedía.

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9. ¡Qué macizos, qué hermosos, qué muslos rebosantes!

El espectáculo de aquella desolación no suscitaba en el párroco piedad o remordimiento, sino tan sólo un sentimiento de agravio. El asedio había sido tedioso, la conquista la había rea-lizado sin gloria, el subsiguiente placer fue apenas moderado. Y ahora, con su precipitada e inoportuna fecundidad, estaba amenazando su honor, su verdadera existencia. Aquello que se atravesaba en su camino era algo ilegítimo y bastardo que, como corona de sus otras pesadumbres, se convertiría en su ruina. Si nunca había tenido verdadero interés por la muchacha, ahora no sentía por ella más que aversión. Y además, ya no era bonita. El embarazo y la angustia habían contribuido a darle la expre¬sión de un perro abandonado y la apariencia de un niño con lombrices. Unido a todo ello, esta momentánea falta de atracción fue causa de que no se sintiese sujeto a ulteriores obligaciones para con ella y de que pensase que era ella la que le había infe¬rido agravio en más de una ocasión. Tenía conciencia plena de que tomaba el camino que se debe tomar cuando no hay alter¬nativa. Sin pensarlo más, se determinó a desligarse del problema y a negar todo. No solamente actuaría y hablaría, sino que deja¬ría correr su pensamiento y su sentir en lo más íntimo, como si nada de aquello hubiese nunca acontecido o podido acontecer; es decir, como si la idea de una intimidad con Philippe Trincant fuera totalmente absurda, absolutamente descabellada y entera¬mente al margen de toda discusión.

Le caeur le mieux donné tient toujours a demi;

Chacun s'aime un peu mieux toujours que son ami.10

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10. El corazón mejor dotado sólo se entrega a medias; / cualquiera se ama a si mismo mucho más que su amigo.

Capítulo II

Pasaban las semanas. Philippe salía cada vez menos hasta que, finalmente, dejó de ir a la iglesia. Estaba enferma, decía, y tenía que permanecer en su habitación. Su amiga Marthe le Pelletier, una muchacha de buena familia, pero huérfana y muy pobre, fue a vivir con ella, no sólo para hacerle compañía, sino también en calidad de enfermera. El señor Trincant, que no sospechaba nada y que todavía bramaba de indignación, si alguno se aven¬turaba a insinuarle la verdad o lanzaba una palabra contra el párroco, manifestaba su opinión explicando, con celo paternal, autorizadas teorías sobre la debilidad de un organismo o la posibilidad de una tisis. El. doctor Fanton, que la atendía, se mantenía en la más discreta reserva. Casi todo Loudun hacía la vista gorda, o, guiñándose unos a otros, intercambiaban sus intencionadas risitas o bien se ofrecían a sí mismos el placer de la más usta y honrada indignación. Cuando los enemigos del párroco se encontraban con él, le lanzaban las pullas más envenenadas, y en cuanto a sus más serios e íntimos amigos, movían la ca¬beza. Los más rabelesianos le palmeaban y le brindaban sus más obscenas congratulaciones. A todos Grandier respondía que no sabía de qué estaban hablando. Para los que no tenían prejuicio alguno contra su persona, no había duda que sus maneras francas pero dignas y sus sinceras palabras, eran prueba suficiente de su inocencia. Resultaba moralmente imposible que un hombre como Grandier hubiera podido consumar los hechos de que sus calumniadores le acusaban. Tanto en la casa de la señora Cerisay como en la de la señora Brou, personas de distinción, todavía era un invitado bien recibido. Sus puertas permanecieron abiertas para él, aun después que las del fiscal se le cerraron. Porque, finalmente, hasta los mismos ojos de Trincant se abrieron a la verdadera naturaleza de la indisposición de su hija. Some¬tida a un apremiante interrogatorio, la joven terminó por confesar. De ser el mejor amigo del párroco, Trincant se convirtió, de la noche a la mañana, en el más implacable y peligroso de sus enemigos. Grandier había forjado, por sí mismo, otro eslabón muy importante en la cadena que iba a arrastrarle a su ruina.

Finalmente, el niño nació. A través de los cerrados postigos, a través de las colchas espesas, a través de las cortinas, con todo lo cual se había intentado eliminar hasta el menor ruido, los gritos de la madre primeriza, ahogados, pero perfectamente ine¬quívocos, dieron conocimiento del bienaventurado trance al ex¬pectante y curioso vecindario de la familia Trincant. En el tér-mino de una hora, no sólo había llegado la noticia a todos los con¬fines de la ciudad, sino que ya a la mañana siguiente apareció cla¬vada en las puertas del Tribunal de Justicia una infamante «Oda a la nieta bastarda del señor fiscal». Se sospechó de algún pro¬testante, toda vez que Trincant era un ortodoxo excesivamente riguroso que había aprovechado todas las oportunidades para hostilizar y perseguir a sus conciudadanos tachados de hetero¬doxia.

Mientras tanto, con una generosidad maravillosa y una volun¬tad de sacrificio que se hacían más visibles y apreciables en la inmundicia moral reinante en aquel entonces, Marthe le Pelletier había asumido públicamente la maternidad de la pequeña. Era ella la que había pecado, la que se había visto forzada a es¬conder su vergüenza. Philippe era, simplemente, la amiga buena y generosa que le había ofrecido el seguro refugio de su casa. Desde luego, nadie creyó ni una palabra, pero el gesto fue ad¬mirado. A la semana del nacimiento de la niña, Marthe la llevó a una joven aldeana que estaba conforme en ser su madre adop¬tiva. Fue aquél un trámite realizado a la luz pública, de modo que nadie dejó de enterarse del caso. No convencidos por tales apariencias, los protestantes seguían hablando. Entonces, el fis¬cal, para poner silencio a aquel impúdico escepticismo, apeló a una estratagema legal, singularmente detestable: hizo arrestar en plena calle a Marthe le Pelletier y la hizo conducir a magistra¬tura. Allí, bajo juramento y en presencia de varios testigos, la instaron a firmar un acta en la cual reconocía oficialmente a la criatura como suya y aceptaba la responsabilidad de su futura crianza. Movida por el entrañable afecto que sentía por su amiga, Marthe la firmó. Una copia del acta quedó depositada en el archivo y el señor Trincant guardó triunfalmente la otra. Debi¬damente atestiguada, la ficción se había convertido en una verdad legal. Para las mentalidades habituadas al manejo de las cuestio¬nes jurídicas, la verdad legal viene a ser la misma cosa que la verdad sin calificación. Para los demás, todo lo que podía mani¬festarles el fiscal no ofrecía garantía de verdad. Inclusive sus amigos, después de haber leído el acta en voz alta, de haber visto la firma con sus propios ojos y palpado el sello con sus propios dedos, no le respondían de otro modo que con la leve insinuación de una sonrisa muy cortés, tras la cual se ponían a conversar de lo primero que se les ocurría. No así sus enemigos, compla¬cidos en lanzarle sonoras carcajadas a la vez que se permitían alguna que otra observación llena de veneno. Era tal la maligni¬dad de los protestantes, que uno de sus dignatarios declaró pú¬blicamente que el perjurio es un pecado tan grave como la fornicación, y que el mentiroso que perjura con el fin de ocultar el escándalo es más merecedor del fuego eterno que la persona que con su liviandad promovió el escándalo.

Una larga centuria colmada de acontecimientos separaba el momento medio de la vida del doctor Samuel Garth de la ju¬ventud de William Shakespeare. En asuntos de gobierno, en organización económica y social, en física y matemáticas, en fi¬losofía y en arte, se habían producido cambios verdaderamente revolucionarios. No obstante, una institución se había manteni¬do, hasta el final de ese período, exactamente igual que al principio: la farmacología. Así, en la farmacia que describe Romeo:

a tortoise hung,

An alligator stujf'd, and other skins

Of ill-shap'd fishes, and about the shelves

A beggavly account of empty boxes,

Creen earthen pots, bladders and musty seeds.1

Garth, en su Dispensario, hace una descripción casi idéntica:

Here mummies lay, most rever ently stale,

And there the tortoise hung her coaí of mail;

Not jar from some lar ge shark's devouring head

The flying fish finny pinions spread.

Aloft in roes large poppy heads were strung

And, near, a scaly alligator hung;

In this place drugs in musty heaps decay'd,

In that dried bladders and drawn teeth were laid.2

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