Titulo del original: The Devils of Loudun






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4. A menudo he fingido los juegos / nocturnos, teniéndote en mis brazos / retozona y desnuda; / pero, hay de mí, este goce / lo desconozco aún.

5. Adiós, amada mía; / Adiós, mi garganta y mi pecho; / Adiós, mi mano delicada; / Adiós, mi pezón de alabastro; / Adiós, mis muslos juguetones, / Adiós, mi luz; adiós mi corazón. / Adiós, mi delicada golosina. / Pero antes que me vaya / Antes que me aleje de ti, / Déjame que toque esa cadera / Y la curva de ese mármol blanco.

aún tenía los delicados y lindos brazos de una doncella, los pechos redondos como dos manzanas y el cuello esbelto y pu¬lido como el de una adolescente. ¡Qué arrebatadora esa combi-nación de gracia juvenil y de juvenil torpeza e ignorancia! ¡Qué conmovedoras y al mismo tiempo qué provocativas y excitantes eran esas transiciones de un coqueteo atrevido y casi temerario a un súbito temor! Exagerando el rol de Cleopatra, invitaba a todo hombre a constituirse en un Marco Antonio. Pero si algún hombre daba muestras de aceptar la invitación, la reina de Egip¬to se evaporaba; sólo quedaba una niña amedrentada mendigan¬do una merced. Y entonces, tan pronto como hubiese sido con¬cedida, surgiría la sirena cantando halagos y lisonjas, ofreciendo frutos prohibidos con una impudicia de la que sólo son capaces los totalmente depravados o los totalmente inocentes. Inocen¬cia, pureza: ¡Qué gloriosa perorata compuso Grandier sobre el más sublime de los temas! Las mujeres florarían cuando lo pro¬nunciara —ya estruendosamente, ya en el más tierno de los susurros—, desde el pulpito de su

iglesia. Hasta los hombres se sentirían conmovidos. ¡La pureza del lirio bañado por el rocío! ¡La inocencia de los corderillos y de los niños! Sí, hasta los frailes se pondrían verdes de envidia. Ahora bien, excepto en los sermones y en el cielo, todos los lirios se marchitan tarde o temprano y terminan por convertirse en carroña. La ovejita está predestinada a caer, primero, bajo las garras del insaciable y lascivo carnero, y luego, bajo las del carnicero. En el infierno, los condenados caminan sobre un pavimento viviente, formado por los diminutos esqueletos de los niñitos que murieron sin bautizar. Desde la caída, la inocencia total ha sido siempre idéntica a la depravación total. En toda jovencita existe potencialmente todo el conocimiento que acredita una viuda y, gracias al pecado original, cada impureza en potencia está ya, hasta en el ser más inocente, más que medianamente realizada. Ayudarla a comple¬tar su realización, esto es: asistir a la maravillosa transfiguración de un virginal pimpollo que se despliega en toda la magnifi-cencia de una flor exuberante, sería, en realidad, no sólo un placer de los sentidos, sino también del entendimiento reflejo y de la voluntad. Sería una sensualidad del espíritu y, por decirlo así, metafísica.

Philippe no sólo era joven y virginal: pertenecía, además, a una buena familia y la habían educado en la piedad con el mayor esmero. Bella como una imagen, pero conocía su catecismo; tocaba el laúd, pero iba regularmente a la iglesia; tenía la prestancia de una dama, pero gustaba de la lectura y hasta sabía un poco de latín. La captura de un botín como aquél tenía que hala¬gar la propia estimación del cazador y, sin duda alguna, sería considerada por todos como una grande y memorable conquista.

En el mundo aristocrático de años posteriores, las mujeres —en opinión de Bussy-Rabutin— «adquirieron, para los hombres, un valor semejante al de las armas». La conquista de una belleza célebre era casi equivalente a la conquista de una provincia. Por sus triunfos en el gabinete privado y en el lecho, hombres como Marsillac y Nemours y el Caballero de Grammont alcanzaron una fama comparable a la de Gustavo Adolfo o la de Wallenstein. En la jerga de moda en ese tiempo, uno se «embarcaba» en alguna de aquellas gloriosas aventuras, consciente y deliberadamente, con el expreso propósito de alcanzar una figura más considerable. El sexo podía utilizarse tanto para la autoafirmación como para la auto-trascendencia: tanto para intensificar el ego y consolidar a la persona social mediante algún «embarque» conspicuo y conquista heroica, como para aniquilar a la persona y trascender el ego, en un oscuro pasmo de sensuali¬dad, en un frenesí de romántica pasión o, más verosímilmente, en la caridad mutua del matrimonio perfecto. Con sus aldeanas y viudas de clase media, de escrúpulos escasos y apetitos sin me¬dida, el párroco podía lograr la auto-trascendencia que deseaba. Philippe Trincant le ofrecía una ocasión, muy a la moda de la época, para la más agradable clase de auto-afirmación, con la esperanzada secuela —cuando la conquista hubiera sido consu¬mada— de alguna clase particularmente rara de auto-trascen¬dencia sensual. ¡Oh, delicioso ensueño! En el camino de su cum¬plimiento se interponía, no obstante, un obstáculo casi insupe¬rable. El padre de Philippe era Louis Trincant, y Louis Trincant era el mejor amigo del párroco, su más leal y resuelto aliado con¬tra los frailes, contra el Lieutenant Criminel, y contra el resto de sus adversarios. Louis Trincant tenía fe ciega en él: tan se¬guro estaba de Grandier que hizo que sus hijas abandonasen a su viejo confesor para ponerlas como penitentes en sus manos. ¿Estaría el cura dispuesto a leerles los tratados del caso sobre los deberes filiales y sobre la modestia y el candor? ¿No estaba de acuerdo en que Guillaume Rogier no era lo suficientemente apropiado para Philippe, pero que haría buena pareja con Francoise? Desde luego, Philippe debía seguir cultivando su latín. ¿No habría posibilidad de que él encontrase tiempo para darle alguna lección? Abusar de esa confianza sería el más vil de los crímenes. Sin embargo, su misma vileza era una razón para co¬meterlo. En todos los niveles de nuestro ser, desde el muscular y sensorial hasta el intelectual y moral, toda tendencia genera su opuesta. Mirando un objeto rojo resulta que la inducción visual intensifica nuestra percepción del verde y, en ciertas circunstan¬cias, es causa de que veamos un halo verde alrededor del objeto rojo y una imagen verde perdurable cuando el objeto desaparece. Cuando nuestra voluntad tiende a ejecutar un movimiento, un grupo de músculos es estimulado y, automáticamente, por medio de la inducción medular, los músculos opuestos quedan inhibi¬dos. Estos mismos principios tienen vigencia determinante en los más altos niveles del campo de la conciencia. Todo sí sus¬cita su correspondiente no. «Creedme que en toda duda sincera hay mayor fe que en todos los credos.» Y existen más dudas en la fe sincera (como lo señaló Butler hace mucho tiempo, y como tendremos ocasión de observar, repetidas veces, en el curso de esta historia), créeme, que en todos los manuales marxistas y en todos los Bradlaughs. En lo que se refiere a la educación moral, la inducción plantea un problema de extraordinaria dificultad. Si resulta que cada sí tiene una fuerza automática que induce a evocar su correspondiente no, ¿cómo podremos inculcar una conducta recta, justa, sin despertar al propio tiempo una inclinación a la torcida conducta que es su opuesta? Existen métodos para alterar la inducción, es verdad, pero no siempre se saben aplicar, y lo prueba suficientemente el hecho de que hay un número de muchachos obstinados y «resistentes», de adolescen¬tes que están tozudamente tensos contra toda autoridad, de adul¬tos indeseables al margen de la ley. Hasta los más equilibrados y los más dueños de sí mismos se sienten a veces paradójicamen¬te tentados a hacer exactamente lo contrario de lo que saben que deben hacer. Es una tentación al mal que muy a menudo se da sin motivo ni finalidad, una tentación gratuita y, por así decirlo, un ultraje desinteresado contra el sentido común y la decencia establecida. La mayor parte de estas tentaciones inductivas son resistidas con éxito: la mayor parte, no todas. A veces la gente honrada se lanza, repentinamente, a aventuras que ellos mismos son los primeros en censurar. En tales casos, el sujeto actúa como si estuviese poseído por alguna entidad distinta y hostil a su ser habitual. De hecho, es la víctima de un mecanismo neutral que —como ocurre frecuentemente con las máquinas— se le escapa de las manos: de esclavo se convierte en amo. Philippe era excesivamente atractiva y «los más fuertes juramentos son paja en el fuego cuando la sangre clama». Y lo mismo que hay fuego en la sangre, hay inducción en el cerebro. Trincant era el mejor amigo del párroco. El mismo acto de reconocer que una cosa como aquélla sería monstruosa, provocaba en Grandier el perverso deseo de llevarla a cabo. En lugar de realizar un supremo esfuerzo para resistir la tentación, el párroco se esforzaba en encontrar razones para justificarla. Se decía a sí mismo que el padre de tan deliciosa presa no tenía derecho a comportarse tan confiadamente. Tal comportamiento era más grave que una insensatez: era un crimen que merecía el condigno castigo. ¡Lecciones de latín! Se renovaría la historia de Abelardo y Eloísa y el fiscal público haría en ella el papel del tío Fulbert, invitando al estuprador a sentirse cómodo en su casa. Sólo hacía falta una cosa: el privilegio, concedido con tanta facilidad al preceptor de Eloísa, de hacer uso del látigo. Y quizá, si Grandier lo solicitara, el imbécil de Trincant también lo concedería...

Pasaba el tiempo. La viuda continuaba disfrutando de sus martes. Los martes, porque los demás días de la semana Grandier solía encontrarse en casa del señor fiscal. Françoise se había ca¬sado y Phílippe continuaba en el hogar paterno haciendo gran¬des progresos en el estudio del latín.

Omne adeo genus in terris hominumque ferarumque

et genus aequoreum, pecudes pictaeque volucres,

in furias, ignemque ruunt; amor ómnibus ídem.6

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6. Y así, todos los hombres de la tierra y todas las fieras de los montes y todos los peces del mar y toda clase de ganado y las aves de brillante plumaje, todos se precipitan en el fuego de la pasión: el amor es lo mismo para todos.

Hasta los vegetales sienten tan tierna pasión:

Nutant ad mutua palmae

foedera, populeo suspirat populus ictu,

et platani platanis, alnoque assibilat alnus.7

Philippe le traducía con mucho esfuerzo los más tiernos pasa¬jes líricos y los más escabrosos episodios de la mitología. Con una abnegación ejemplar, que no pudiera haber tenido sin la complaciente colaboración de la viuda, conseguía el párroco re¬frenar sus impulsos a punto de dispararse contra el honor de su discípula y hasta reprimir también la ansiedad de decirle algo... Algo que no debía decir, porque podía sonar a una declaración de amor o a una proposición atrevida. Cuando más, lo que hacía era mostrarse agradable e interesante, y, si acaso, tanteándola hasta dos o tres veces por semana, se atrevía a decirle que ella era la muchacha más inteligente que había conocido en su vida, no sin lanzarle de vez en cuando tales miradas que Philippe bajaba los ojos turbada y llena de rubor. Todo esto era una pérdida de tiempo, pero no dejaba de ser entretenido. Afortunadamente, siempre estaba Ninon; afortunadamente también, la muchacha no podía leer sus pensamientos.

Los dos estaban en la misma habitación pero no en el mismo universo. Ella, desde luego, no era una niña, pero tampoco era una mujer. Philippe era habitante de ese rosado limbo de la fan-tasía que se halla entre el candor y la experiencia. Su casa no estaba en Loudun, entre viejas gruñonas, majaderos y patanes. Vivía con un dios, en un Elíseo privado, transfigurada por las fulguraciones de un amor en alborada y por la imaginación del sexo. Aquellos ojos oscuros, aquellos mostachos, aquellas manos blancas y tan bien cuidadas, la perseguían como una conciencia culpable. ¡Y qué talento el suyo! ¡Qué profundidad de cono¬cimientos! Un arcángel, tan sabio como hermoso, tan gentil como sabio. El la consideraba inteligente, alababa su diligencia y, sobre todo, tenía cierta manera de mirarla. ¿Sería posible que é1...? No, no; era sacrílego tener tales pensamientos, era un pe¬cado. Pero ¿cómo podría luego confesárselo?

Concentró toda su atención en el latín:

Turpe senex miles, turpe senilis amor 8

Pero un momento después se hallaba como arrebatada en la corriente de una violenta ansiedad no muy concreta. Su ima¬ginación la llevaba a los recuerdos de placeres apenas intuidos y que súbitamente se asociaban a aquellos ojos encantadores e incisivos, a aquellas manos blancas y vellosas a la vez. Las líneas impresas de la página flotaban ante sus ojos. Vacilaba, balbucía. Y terminaba deletreando: «El obsceno viejo soldado». Grandier le dio un golpecito en los nudillos, con la regla y le dijo que tenía suerte de no ser un muchacho, porque si un muchacho hubiese cometido semejante desatino, se hubiera visto obligado a tomar medidas más rigurosas. Y seguía blandiendo la regla. Decididamente más rigurosas. Ella le miró y luego, rápidamente, abandonó el salón. La turbación coloreaba sus mejillas.

Sólidamente asentada en la prosaica y desilusionada satisfac¬ción de un feliz matrimonio, Françoise le comentó a su hermana las cuestiones de la vida matrimonial. Philippe escuchaba con interés pero sabía que, en lo que a ella se refería, todo sería muy distinto. Los ensueños diurnos se prolongaban y cada vez estaban elaborados con mayor detalle. En determinado momento se imaginaba viviendo en la casa rectoral, como si fuera el ama de llaves. En otros se daba a soñar que él había sido elevado a la sede de Poitiers y que entre el Palacio episcopal y su propia casa, situada en los suburbios, había un pasadizo subterráneo por el que po¬dían comunicarse. Según el caso, ella había heredado cien mil coronas y él había abandonado la Iglesia, y pasaban su tiempo entre la Corte y su casa de campo.

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7. La palma mueve a la palma en mutuo balanceo, el álamo suspira con la caricia del álamo y al susurro del aliso responde otro susurro.

8. Obsceno viejo soldado, obsceno amor senil

Pero siempre, tarde o temprano, tenía que despertar a la realidad: ella era Philippe Trincant y él el señor párroco; que, aun¬que él la amase (y ella no tenía razón alguna para suponerlo) nunca se lo confesaría, y, que si a pesar de todo llegase a confesár¬selo, ella tendría el deber de no prestar oídos a semejante declara¬ción. Sin embargo, ¡qué felicidad todo aquello, qué felicidad ir enhebrando lo imposible, inclinada sobre la costura, sobre el libro de latín o sobre el bastidor del bordado! Y de ese modo expe¬rimentar la punzante alegría de escuchar su llamada, sus pasos, su voz. La deliciosa ordalía, el celestial purgatorio de estar sen¬tada a su lado en la biblioteca de su padre, traduciendo a Ovidio y cometiendo adrede errores para que él la amenazara con el lá¬tigo, escuchando su agradable voz sonora, que le hablaba del car¬denal, de los rebeldes protestantes, de la guerra de Alemania, del criterio de los jesuítas sobre la gracia, o de sus esperanzas y pers-pectivas de ascenso. ¡Si uno pudiera seguir soñando siempre! Pero era como pedir —porque el final de un madrigal es tan hermoso, porque la luz del crepúsculo transforma todo lo que toca en algo más digno de amor— una puesta de sol permanente o eternos crepúsculos. Por una parte, se daba cuenta de que se estaba engañando a sí misma, pero, por otra, en sólo unas cuan¬tas semanas se encontró en tal disposición que, cerrando los ojos a todo raciocinio, podía creer que la vida había hecho alto en el paraíso y que allí había anclado para siempre. Era algo así como si el abismo que mediaba entre la fantasía y la realidad hubiese sido abolido. La vida real y concreta y sus sueños cotidianos ve¬nían a ser, por el momento, la misma cosa. Sus fantasías

no eran ya la negación consoladora de los hechos, sino que los hechos se habían identificado con sus fantasías. Todo era como un arro¬bamiento que sentía sin pecado, porque todo ello se resolvía hondamente en su interior; un arrobamiento casi celestial al cual podía entregarse totalmente, sin miedo y sin reproche por su par¬te. Cuanto más completamente se abandonaba a ello, tanto más intenso se volvía hasta que, finalmente, le resultó imposible se¬guir guardándolo para sí. Un día, por fin, amparada por la pro¬picia penumbra del confesonario se sintió impelida a la confiden¬cia, aunque sin insinuar que era el propio confesor la verdadera causa de esas emociones.
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