Titulo del original: The Devils of Loudun






descargar 1.11 Mb.
títuloTitulo del original: The Devils of Loudun
página4/51
fecha de publicación18.09.2015
tamaño1.11 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Derecho > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   51

La lealtad partidaria es socialmente desastrosa, pero para los individuos puede ser altamente compensadora, más aprovecha¬ble, en muchos casos, que la concupiscencia y la avaricia, puesto que los lujuriosos y los avaros difícilmente se enorgullecen del ejercicio de sus actividades. Pero la condición de partidario o correligioso constituye una pasión muy compleja que permite a quienes la ejercen desenvolverse con satisfacción en sus diversos mundos. Puesto que la actividad que realizan la ejercen en nombre de un grupo, que es, por definición, bueno e inclusive sagra¬do, pueden admirarse a sí mismos y aborrecer a sus vecinos, pueden ambicionar el poder y el dinero, pueden gozar de los placeres de la agresión y de la crueldad, no sólo sin sentimiento de culpa, sino con un rasgo positivo de virtud consciente. La lealtad a su grupo convierte esos vicios placenteros en actos de heroísmo. Los partidarios se ven a sí mismos como al¬truistas e idealistas, nunca como pecadores o criminales. Y con ciertas salvedades, lo cierto es que sí lo son. El único problema consiste en que su altruismo es, simplemente, egolatría, y su ideal, por el cual se hallan dispuestos a entregar la vida, no es otra cosa que la racionalización de los intereses corporativos y de las pasiones de facción.

Cuando Grandier criticaba a los monjes de Loudun, lo hacía —estamos seguros— con un sentido de justo celo, con la con¬ciencia de estar realizando la obra de Dios. Puesto que Dios, es obvio, estaba del lado del clero secular y de los buenos amigos de Grandier, los jesuitas. Los carmelitas y los capuchinos esta¬ban muy bien dentro de los muros de sus conventos o dirigiendo misiones en las aldeas perdidas en el campo, lo que no podían hacer era meter las narices en los asuntos de una burguesía urbana. Dios había decretado que los ricos y respetables debían ser orientados por el clero secular, aunque con alguna ayuda, quizá, de los buenos padres de la Compañía de Jesús. Uno de los primeros actos de Grandier fue anunciar, desde el púlpito, que los fieles estaban obligados a confesarse con su párroco, no con alguien extraño a la parroquia. Las mujeres, que eran quie¬nes más se confesaban, estuvieron dispuestas a obedecer de in-mediato. El párroco que tenían ahora era un joven erudito, pulcro, de buena apariencia, y poseía la distinción de un caballero. No podría decirse lo mismo del término medio de los directores de los capuchinos o de los carmelitas. En muy poco tiempo los frailes perdieron a la mayoría de sus penitentes y, junto con ellos, gran parte de su influencia en la ciudad. Grandier proseguía su campaña con una serie de referencias nada halagüeñas a la princi¬pal fuente de ingresos de los carmelitas, un recurso taumatúrgico conocido con el nombre de Nuestra Señora de la Salud. Hubo un tiempo en que todo un barrio de la ciudad se hallaba col¬mado de mesones y posadas para acomodo de los peregrinos que iban a arrodillarse ante la imagen, a fin de implorar salud, un marido, un hijo, o mejor suerte. Pero ahora Nuestra Señora de la Salud tenía un formidable competidor en Nuestra Señora de Ardilliers, cuya iglesia se encontraba en Saumur, a pocas leguas de Loudun. Hay modas de santos, lo mismo que hay modas de tratamientos médicos y de sombreros de mujer. Toda gran igle¬sia tiene su historia de imágenes encumbradas, de reliquias que desplazan sin piedad a los viejos hacedores de milagros, y que son desplazadas, a su turno, por algún taumaturgo nuevo y, momentáneamente, más atractivo. ¿Por qué Nuestra Señora de Ar¬dilliers surgió tan súbitamente apareciendo a los ojos de las gentes con virtudes superiores a las de la Virgen de la Salud? La más obvia de las múltiples razones indudables, era que Nuestra Señora de Ardilliers estaba a cargo de los hermanos del Orato¬rio y, como señala Aubin, el primer biógrafo de Grandier, «todo el mundo está de acuerdo en considerar que los sacerdotes per¬tenecientes a la Congregación del Oratorio son más capaces y más astutos que los carmelitas». Los del Oratorio —y esto debe ser tenido en cuenta— eran sacerdotes seculares. Tal vez eso ayude a explicar la escéptica frialdad de Grandier con respecto a Nuestra Señora de la Salud. La lealtad a su casta le indujo a trabajar en provecho y gloria del clero secular para el descrédito y ruina de los monjes. Nuestra Señora de la Salud se hubiera hundido en el olvido, con toda seguridad, aun en el caso de que Grandier no hubiese asomado nunca por Loudun. Pero los car¬melitas prefirieron pensar de otra manera. Porque considerar los acontecimientos con un sentido realista, entender cada caso como posible efecto de muchas causas, no es fácil ni acarrea satisfacción. ¡Cuánto más fácil, cuanto más agradable, es atri¬buir cada efecto a una causa única y, de ser posible, personal! A 1a ilusión de comprender se sumará, en este caso, el placer del culto de la personalidad si las circunstancias son favorables y si no lo fuesen, el semejante, o superior deleite, de perseguir a una víctima propiciatoria. A estos insignificantes enemigos, Grandier pronto añadió otro, capaz de ocasionarle inconmensurable daño. A principios de 1618, en una convención religiosa a la que concurrieron todos los dignatarios eclesiásticos de la vecindad, Grandier se excedió al ofender al prior de Coussay por la manera grosera de solicitar prioridad sobre él en una solemne procesión que tendría lugar en las calles de Loudun. Desde el punto de vista de un procedimiento regular, la posición del párroco era inexpugnable; en una procesión que tiene origen en su propia iglesia, un canónigo de la Santa Cruz tenía derecho a marchar delante del prior de Coussay. Era un derecho que mantenía su fuero aun en el caso, como acontecía en esta ocasión, de que el prior fuese además obispo. Pero una cosa es la cortesía y otra la circunspección. El prior de Coussay era el obispo de Luçon, y el obispo de Luçon era Armand-Jeandu Plessis de Richelieu. En ese momento —y ésta era una razón más para conducirse con generosa cortesía—, Richelieu había caído en desgracia. En 1617 su protector Concini, el gángster italiano, había sido asesinado. Este coup d'état había sido maquinado por Luynes y aprobado por el joven rey. Richelieu fue excluido del poder y arrojado de la Corte sin miramientos. Pero, ¿había alguna razón para suponer que este exilio sería perpetuo? No había ra¬zón alguna. En efecto, un año más tarde, después de un breve des¬tierro en Avignon, el indispensable obispo de Luçon fue llamado nuevamente a París. Hacia 1622, fue designado primer minis¬tro del rey y cardenal.

Gratuitamente, por el mero placer de hacerse valer, Grandier había ofendido a un hombre que muy pronto se convertiría en gobernante absoluto de Francia. Tiempo después, el párroco ten¬dría motivos para lamentar su exabrupto. Mientras tanto, el re¬cuerdo de su proeza no dejaba de proporcionarle una alegría infantil. Un plebeyo, un oscuro sacerdote parroquial, había aba-tido el orgullo de un favorito de la reina, de un obispo, de un aristócrata. Sentía el mismo júbilo que el muchacho que logra escapar al castigo del maestro dejándole con un palmo de na¬rices.

El propio Richelieu, años más tarde, sentía el mismo placer en su trato con los príncipes de sangre azul, con quienes se comportaba de la misma manera que Urbain Grandier se había comportado con él. «¡Pensar —decía su anciano tío, mientras observaba al Cardenal caminando tranquilamente delante del du¬que de Saboya—, que he vivido para ver al nieto del abogado Laporte entrar a una habitación delante del nieto de Carlos V!»

El plan de vida de Grandier en Loudun había quedado esta¬blecido. Cumplía con sus deberes eclesiásticos y en los intervalos frecuentaba discretamente a las viudas más atractivas de la ciu¬dad, pasaba las tardes en las casas de sus amigos intelectuales y discutía con un círculo de enemigos cada vez más amplio. Era una existencia verdaderamente agradable que satisfacía tanto a la cabeza como al corazón, a las gónadas como a los riñones, a la persona social como al yo privado. Hasta el momento no había tenido que lamentar grandes contratiempos a lo largo de su vida. Todavía podía imaginar que sus diversiones eran gratuitas, que sus deseos eran impunes y que podía odiar sin consecuencias. De hecho, el destino ya había comenzado a pedirle cuentas, aun¬que sin hostilidad. Todavía ninguna herida le había causado su¬frimiento: sólo un imperceptible endurecimiento, sólo un oscu¬recimiento progresivo de la comprensión interna, una gradual estrechez de las ventanas del alma en la vertiente que se abre al horizonte de los valores eternos. A un hombre del tempera¬mento de Grandier, colérico-sanguíneo, según la tipología de la medicina de la época, le parecía obvio que todo estaba bien. Y si estaba bien Dios debía hallarse en la gloria. El párroco era feliz. O, para expresarlo con mayor precisión, en sus cambios de predominaba el maníaco.

Colmado de años y de honores, Scévole de Sainte-Marthe mu¬rió en la primavera del año 1623 y fue enterrado con toda pompa en la iglesia de San Pedro del Mercado.

Seis meses después, en un acto conmemorativo al que asistie¬ron los notables de Loudun y Châtellerault, de Chinon y Poitiers, turo Grandier a su cargo la oración fúnebre correspondiente. Fue un extenso y magnífico discurso a la manera de los «humanistas religiosos». A lo largo de sus frases primorosamente ela¬boradas, las sentencias abrillantaron el discurso en alternancia con las citas de los clásicos y de la Biblia. Porque, de cuando en cuando, dejaba el orador flotando en sus palabras su erudición tan ostentosa como superflua; los altisonantes períodos rugían como una tan grandiosa y artificial tronada que todos aquellos que gustaban de esta clase de discursos —¿quién no en el año de 1623?— se sentían arrebatados en las turbadoras oleadas de una elocuencia sin igual. Un aplauso unánime y clamoroso cerró el discurso de Grandier. Abel de Sainte-Marthe quedó tan impresionado, que no pudo menos de escribir y publicar en latín un epigrama con tal motivo. No menos encomiásticas y lisonjeras fueron las líneas que el fiscal Trincant le dedicó en lengua ver¬nácula:

Ce n'est pas sans grande raison

Qu'on a choisi ce personnage

Pour entreprendre l'oraison

Du plus grand homme de son age;

Il fallait véritablement

Une éloquence sans faconde

Pour louer celuy dignement

Qui n'eut point de second au monde.3

¡Pobre señor Trincant! Su pasión por las musas era genuina pero sin esperanza. El las amaba, pero ellas no le correspondían. Aunque, bien es cierto que si no podía crear poesía, podía al menos hablar de ella. Después de 1623 los salones de la casa del fiscal se convirtieron en el centro de la vida intelectual de Loudun. Una vida placentera y grata, pero asimismo lánguida, ahora que Sainte-Marthe se había ido para siempre. El propio Trincant era un hombre muy leído; no obstante, la mayoría de sus amigos y relaciones no lo eran. Sus amigos venían a ser un público excluido del hotel Sainte-Marthe,

una gente que, por desgracia, tenía como un derecho propio a la invitación del se¬ñor fiscal. Pero cuando ellos se asomaban a la puerta, la cultura y la buena conversación volaban por la ventana. ¿Cómo podría ser de otro modo con todo aquel hato de mujeres chachareando, aquellos letrados que apenas conocían otra cosa que no fueran estatutos y procedimientos y aquellos caballeros provincianos cuyas únicas preocupaciones eran sus perros y sus caballos? Fi¬nalmente, también estaban el farmacéutico, Adam, y el cirujano, Mannoury; el narigón Adam y el mofletudo panzón Mannoury. Lo mismo al uno que al otro había que verlos explicar, con toda la gravedad y suficiencia de un doctor de la Sorbona, ora la vir¬tud del antimonio, ora la virtud de la sangría, cuando no la pro¬badísima eficacia del jabón aplicado en lavativas o el poder cu¬rativo del cauterio sobre las heridas causadas por arma de fuego. Luego, bajando el tono de sus voces, hablaban —desde luego en estricta confianza— de la sífilis de la marquesa, del segundo aborto de la mujer del consejero del rey, de la hija menor de la hermana del bailío y su clorosis. Absurdos y presuntuosos, so¬lemnes y grotescos a la vez, ni el boticario ni el galeno podían comportarse de otro modo. Ambos invitaban al sarcasmo, soli¬citaban los dardos de la mofa. Con la despiadada crueldad de un hombre inteligente que llega a cualquier extremo en nombre de la burla, el párroco les proporcionó lo que pedían. En poco tiem¬po, tuvo dos nuevos enemigos.

Al mismo tiempo, había otro enemigo en ciernes. El fiscal era un viudo de mediana edad que tenía dos hijas casaderas; la mayor, Philippe, era tan hermosa y atrayente que, durante el invierno de 1623, el párroco se encontró mirando cada vez más frecuentemente en su dirección.

Al contemplar su gentileza y observar aquella gracia con que se movía entre las visitas de su padre, no podía menos de com¬parar su verdadera valía con algo que le bailaba pesadamente en la cabeza y era la imagen de su fastidiosa viudita, una viudita con aires de hechicera a quien él iba a consolar todos los martes por la tarde desde el trance doloroso de la prematura muerte de su pobre y

__________________________________________________________________________________

3. No ha sido sin gran razón / Elegir a esta persona / Para decir la oración / Del más grande hombre de su tiempo, / Pues el caso requería / Una auténtica elocuencia / Y alabar cual merecía / Al que no tuvo rival.

querido esposo el bodeguero. Ninon era ignorante: apenas sabía firmar. Bajo la inconsolable negrura de sus gasas de luto, la carne madura de la viuda se hallaba precisamente en el momento en que su maciza consistencia comenzaba a declinar. Sin embargo, allí había tesoros de ternura y de candor; allí había un inagotable caudal de sensualidad, al mismo tiempo frenética y dosificada, violenta y admirablemente dócil y bien entrenada. Y, gracias a Dios, lo que allí no había eran barreras de gazmoñería que hubieran de ser barridas con grandes esfuerzos y tesón, ni hubo tampoco, a su tiempo, necesidad de fastidiosos preliminares de idealismo platónico ni de petrarquianos y dono¬sos galanteos. A la tercera entrevista, él se había aventurado a citar las primeras líneas de uno de sus poemas favoritos:

Souvent j'ai menti les ébats

Des nuits, t'ayant entre mes bras

Folâtre toute nue;

Mais telle jouissance, hélas!

Encor m'est inconnue. 4

No hubo protestas: sólo una franca carcajada y una mirada con el rabillo del ojo, breve pero inequívoca. Al finalizar la quin¬ta visita, él ya estaba en condiciones de citar nuevamente a Tahureau:

Adieu, ma petite maltresse,

Adieu, ma gorgette et mon sein,

Adieu, ma délicate main,

Adieu, donc, mon téton d'albâtre,

Adieu, ma cuissette folâtre,

Adieu, mon oeil, adieu, mon coeur,

Adieu, ma. friande douceur!

Mais avant que je me départe,

Avant que plus loin je m'écarte,

Que je tâte encore ce flanc

Et le rond de ce marbre blanc.5

Adiós, pero sólo hasta pasado mañana, hasta el momento en que ella fuera a la iglesia de San Pedro a su confesión semanal y consecuente penitencia. Grandier era tenaz e incisivo en las confesiones semanales. Entre aquel momento y el próximo martes ya habría predicado el sermón que estaba preparado con mo¬tivo de la fiesta de la Purificación de la Santa Virgen. Fue su creación más delicada desde la oración fúnebre en honor del señor de Sainte-Marthe. ¡Qué elocuencia y qué intuición, qué profunda sabiduría, qué sutil y a la vez eminente y profunda teo¬logía! ¡Aplausos, felicitaciones! El Lieutenant Criminel debía de estar furioso, y los frailes verdes de envidia. «Señor Cura, se ha superado usted a sí mismo. Su Reverencia es incompara-ble.» Parecía como arrastrado a nuevas dignidades en un carro de gloria. Y así era, pues como corona de vencedor, Ninon le daría sus brazos en círculo amoroso, y como galardón, como premio, sus besos, sus caricias, aquellos besos, aquellas caricias que culminaban la apoteosis en el paraíso de su regazo. Dejemos que los carmelitas hablen de sus éxtasis, de sus arrebatos celes-tiales, de sus gracias extraordinarias y de sus nupcias espiritua¬les. El tenía su Ninon, y Ninon ya era bastante. Pero, mirando nuevamente a Philippe se preguntaba si, después de todo, Ninon le era suficiente. Las viudas ofrecían un gran consuelo y él no encontraba razón alguna para renunciar a sus martes. Ahora bien, las viudas no eran vírgenes, las viudas sabían demasiado, las viu¬das empezaban a ponerse demasiado gordas. Por el contrario, Philippe
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   51

similar:

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTÍtulo original: ai-mei título ingléS

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTitulo original: the way of intelligence

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTítulo do original em inglês

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTítulo original: The last barrier

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTítulo de la obra original

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTítulo original: Mother Teresa

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTítulo Original: Deception Point

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTítulo Original: Confessions (1996)

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTítulo Original: Confessions (1996)

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTítulo original IL pendolo di Foucault






© 2015
contactos
l.exam-10.com