Titulo del original: The Devils of Loudun






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2. Cuando estemos en el templo, / arrodillados, obraremos / cual devotos, a la manera / de aquellos que, para rapar a Dios, / humildemente se inclinan / en el rincón más secreto de la iglesia. / Pero cuando estemos en la cama, / entrelazados, obraremos / cual lascivos, a la manera / de los amantes que libremente / y retozando / practican caricias sin cuento

En opinión de las señoras mojigatas de la congregación, las inclinaciones amorosas del nuevo párroco venían a constituir el más horrible de los escándalos. Pero las mojigatas se hallaban en minoría. Para el resto, inclusive para aquellas que tenían inten¬ción de permanecer virtuosas, había algo placenteramente exci¬tante en la situación creada por la incumbencia de un hombre de la figura, hábitos y reputación de Grandier. Las cuestiones relativas a lo sexual vinculadas con la religión y su combinación tienen un sabor ligeramente repulsivo, pero exquisito y picante, que sobrecoge al paladar como una revelación. ¿Revelación de qué? Esa es, precisamente, la cuestión.

La popularidad de Grandier con las mujeres era suficiente, en sí misma, para volverle extremadamente impopular entre los hombres. Desde el primer momento los maridos y padres de sus feligresas, sospecharon de este inteligente joven dandy, de finas maneras y atrayente conversación. Aunque el nuevo párroco hu¬biese sido un santo, ¿por qué motivo disfrutaría un forastero del beneficio eclesiástico de San Pedro? ¿Es que no había razón para que pudieran disfrutarlo los hijos de la localidad? Los diezmos de Loudun deberían beneficiar a los propios hijos de Loudun. Para peor, el forastero no había llegado solo: había traído consigo a su madre, tres hermanos y una hermana. En cuanto a uno de sus hermanos, ya le había encontrado ocupación en las oficinas del primer magistrado de la ciudad; otro, que era sacerdote, había sido nombrado primer vicario de San Pedro; el tercero, también ordenado sacerdote, no tenía puesto oficial pero acechaba alrededor de un puesto en los servicios eclesiásticos. Era una invasión.

No obstante, inclusive los más descontentos tenían que admitir que Grandier podía predicar sermones extraordinarios y que era un párroco muy capaz, pleno de doctrina ortodoxa y de erudición

en lo profano. Pero sus más altos méritos testimoniaban contra él. Tratándose de un hombre de gran ingenio y de vasta cultura, Grandier fue recibido, desde el primer momento, por los personajes más aristocráticos y cultos de la ciudad. Las puer¬tas que siempre habían permanecido cerradas para los ricos pa¬tanes, para los toscos funcionarios, para los zafios bien nacidos, que constituían la alta —pero no la más alta— sociedad de Loudun, fueron abiertas de inmediato a este joven mequetrefe venido de otra provincia. Amargo fue el resentimiento de los notables excluidos cuando se enteraron de su familiaridad, primero con Jean d'Armagnac, el recientemente nombrado gobernador de la ciudad y del castillo, y después con el más conspicuo ciudadano de Loudun, el anciano Scévole de Sainte-Marthe, eminente tanto como jurisconsulto y hombre de Estado, que como historiador y poeta. En tal alta consideración tenía Armagnac el talento y la discreción del párroco, que durante sus ausencias para ir a la Corte, le confiaba a Grandier la dirección de todos sus asuntos. Para Sainte-Marthe, el curé se recomendaba por sí mismo, sobre todo como humanista que conocía los clásicos y podía, en consecuencia, apreciar en todo su valor la virgiliana obra maestra titulada: Paedotrophiae Libri Tres, un poema didáctico acerca del cuidado y alimentación de los niños. Se hizo tan popular aquella obra que, durante la vida de su autor, fueron publicadas no menos de diez ediciones. A la vez, era un poema tan elegante y tan correcto que Ronsard pudo decir que él «prefería al autor de estos versos por encima de todos los poetas de nuestra época» y que lo sostendría «a pesar del enorme disgusto que pudiera provocarles a Bembo, a Navagero y al divino Fracastoro.» ¡Ah, qué transitoria es la fama, qué absoluta la vanidad de las pre¬tensiones humanas! Para nosotros, el cardenal Bembo es apenas algo más que un nombre; Andrea Navagero tal vez menos, y la inmortalidad con la cual se dio aureola al divino Fracastoro se le ha atribuido únicamente por el hecho de que inventó un mote más delicado para nombrar la enfermedad de las pústulas, escri-biendo, en un latín sin tacha, una égloga médica sobre el des¬dichado Príncipe Syphilus quien, después de muchos sufrimien¬tos, pudo verse libre del morbus Gallicus, a fuerza de apurar brebajes de un cocimiento de palo santo. Las lenguas muertas están cada vez más muertas, y los tres libros de Paedotrophiae tratan de una fase del ciclo sexual menos dramática que los libri tres del Syphilid. Una vez leído por todo el mundo y estimado más como agorero que como pensador, Scévole de Sainte-Marthe se fue disipando en la oscuridad. Pero en el momento en que Grandier se relacionó con él, todavía gozaba del reflejo de la gloria y era considerado grande entre los grandes y una especie de monumento nacional. Ser recibido en su intimidad era algo así como cenar con Notre-Dame de París o entrar en conversa¬ción con el Pont du Gara. En la espléndida mansión en la que este anciano hombre de Estado y decano en humanidades vivía retirado, Grandier conversaba familiarmente con el grande hom¬bre y sus apenas menos distinguidos hijos y nietos. Allí le visi¬taban diversas celebridades: el Príncipe de Gales, de incógnito; Théophraste Renaudot, médico heterodoxo, filántropo y padre del periodismo francés: Ismaël Boulliau, futuro autor de la mo¬numental Astronomía Philolaica y primer observador que deter¬minó con precisión la periodicidad de una estrella variable. A todos éstos hay que agregar algunas luminarias locales, como Guillaume de Cerisay, el bailli, o magistrado supremo de Loudun, y el fiscal Louis Trincant, hombre piadoso y culto que había sido condiscípulo de Abel de Sainte-Marthe y que compartía con su familia el gusto por la literatura y la investigación arqueológica.

La enemistad de que hacían gala los indeseables no dejaba de ser casi tan satisfactoria como la amistad de aquellos espíritus elegidos. Los estúpidos le desconfiaban porque era inteligente, los ineptos le envidiaban porque era apto, los incultos le aborre¬cían por su talento, los patanes por su buena crianza y por su propia falta de atractivo y poco éxito entre las mujeres: ¡qué tributo a su superioridad universal! El odio no era unilateral: Grandier odiaba a sus enemigos tan profundamente como sus enemigos le odiaban a él. «Vituperar» fortalece, «bendecir» de¬bilita. Para mucha gente el aborrecimiento y la ira ofrecen dividendos de inmediata satisfacción, más elevados que el amor. Congénitamente agresivos, a menudo se convierten en adictos a la adrenalina, dando rienda suelta a sus más bajas pasiones, en nombre del placer que obtienen de sus glándulas de secreción interna, psíquicamente estimuladas. Sabiendo que toda asevera¬ción termina siempre suscitando otras aserciones necesariamente contrapuestas, cultivan diligentemente su truculencia y, muy se¬guros de sí mismos, no tienen inconveniente en hallarse metidos de lleno en la refriega. La pelea es lo que más les satisface, por¬que mientras pelean, su sangre efervescente les permite sentirse con mayor intensidad a sí mismos. Aceptan con naturalidad que «sentirse buenos» significa ser buenos. Racionalizan su adición a la adrenalina mediante una «justa indignación» y finalmente se convencen, como el profeta Jonás, en forma inamovible, que hacen muy bien en indignarse.

Casi desde el primer momento de su llegada a Loudun, Grandier se vio envuelto en una serie de disputas indecorosas aunque, por lo que a él respecta, plenamente gozosas. Un caballero, verdaderamente, desenvainó su espada contra él. Con otro, el Lieutenant Criminel, que encabezaba las fuerzas locales de policía, se enzarzó en una disputa pública que pronto degeneró en violencia física. Para resistir a la fuerza pública, el párroco y sus acólitos tuvieron que apostarse en la capilla del castillo. Al día siguiente Grandier se quejó a las altas autoridades de la Iglesia y el Lieutenant Criminel fue severamente reconvenido por su participa¬ción en aquel lance escandaloso. Para el párroco fue un triun¬fo, pero le costó su precio: un hombre influyente que só¬lo había sentido disgusto por él, se transformó en su mortal e inveterado enemigo, al acecho de una oportunidad para ven¬garse.

En atención a los principios de la prudencia más elemental, no menos que a los preceptos de la doctrina cristiana, el párroco debería haber hecho lo imposible para atenuar los conflictos con las enemistades que le rodeaban. Mas, a pesar de todos los años que vivió con los jesuítas, Grandier estaba aún demasiado lejos de ser un cristiano y, a despecho de los buenos consejos que recibió de Armagnac y de sus otros amigos, ya no sería capaz de actuar con prudencia en cuanto tuviese que luchar contra sus propias pasiones. Toda su larga educación religiosa no había lo¬grado abolir, ni tan siquiera disminuir en algo, su amor propio. Sólo había servido para proveer a su ego de alguna disculpa de carácter teológico. El ególatra no cultivado sólo desea aquello que desea. Dadle una educación religiosa y le parecerá evidente, se le hará axiomático que lo que él desea es lo que Dios desea, que su causa es la causa de lo que él entiende como Iglesia ver¬dadera, y que un compromiso cualquiera es un Munich metafísico, un apaciguamiento del demonio. «Ponte de acuerdo con tu adversario mientras vayas con él por el camino.» Para los hombres como Grandier, el consejo de Jesucristo se les aparece como una invitación blasfema a pactar con Belcebú. En vez de procurar llegar a un acuerdo con sus enemigos, el párroco de Loudun se dedicaba a exacerbar su hostilidad por todos los medios a su alcance. Y su alcance, en este sentido, casi llegaba a la genialidad.

El hada buena que visita la cuna de los privilegiados se con¬vierte, a menudo, en el hada maligna en cuanto se la ve con su disfraz a plena luz. Llega cargada de presentes, pero su genero¬sidad, demasiado reiterada, resulta fatal. A Urbain Grandier, por ejemplo, el hada madrina le había traído, además de su sólido talento, el más deslumbrante de todos los dones, y el más peli¬groso también: la elocuencia. Las palabras que salen de la boca de un actor inspirado —y todo gran predicador, todo abogado famoso, todo verdadero político son, entre otras cosas, actores consumados—-, las palabras de un buen actor, repito, pueden llegar a ejercer una mágica influencia en el ánimo del auditorio. Pero no olvidemos una cosa: que la esencial irracionalidad de ese formidable poder de que gozan los oradores públicos —aun de los mejor intencionados— causa más mal que bien. Cuando un orador, con la magia de su palabra y de su voz de oro, per-suade a sus oyentes de la justicia de una causa que no es justa, quedamos seriamente afectados. Deberíamos sentir el mismo dis¬gusto toda vez que nos encontramos con que esas mismas tretas se usan para convencer al pueblo de la justicia de una buena causa. La creencia engendrada de este modo puede ser deseable, pero sus fundamentos son intrínsecamente erróneos y todos aquellos que apelan a los recursos de la oratoria para inculcar creencias correctas son culpables de utilizar los elementos menos estimables con que cuenta la naturaleza humana. Ejercitando el lamentable don de su verborrea profundizan el trance, casi hipnótico, en que suelen vivir la mayoría de los seres humanos. Ese estado de hipnosis es un blanco permanente al cual apuntan la verdadera filosofía y las religiones genuinamente espirituales, a fin de liberar a la persona humana. Además, la oratoria no tiene eficacia alguna si busca sus efectos al margen de la máxima simpli¬ficación. Pero no es posible obtenerla sin distorsionar los hechos. Aunque se esfuerce en volcar todos sus propósitos y sus recursos con intención de proclamar la verdad, el orador aplaudido resulta ipso facto un embustero. Y cuanto más aplaudidos son los oradores, tenemos que decir que tanto menos dispuestos se hallan a decir la verdad, pues en tales casos de éxito y de aplauso, de lo único que se preocupan es de suscitar la simpatía de sus ami¬gos y la animadversión de sus adversarios. Grandier pertenecía a esta mayoría. Domingo tras domingo iba despachando sus celebradas exégesis de Jeremías y Ezequiel, de Demóstenes, de Savonarola y hasta de Rabelais, pues sus facultades oratorias se prestaban tan fácilmente para ejercitarse con la mofa y el sarcasmo como para la justa indignación, y lo mismo para la ironía que para la tronada apocalíptica.

La naturaleza le tiene horror al vacío y eso pasa con el pro¬pio pensamiento. Actualmente, el vacío desasosiego que el abu¬rrimiento promueve se llena y se renueva perpetuamente con el cine y con la radio, con la televisión y las historietas. Más afor¬tunados que nosotros, o acaso menos (¿quién lo sabe?), nuestros antepasados contaban, para alivio de su aburrimiento, con las visitas semanales de su párroco y, de cuando en cuando, con el suplemento de los discursos de visitadores capuchinos o de je¬suítas de viaje. La predicación es un arte, y en ella, como en todas las otras artes, los malos artistas exceden en número a los buenos. Los feligreses de la parroquia de San Pedro del Mercado podían congratularse de poseer en su reverendo Grandier un soberbio virtuoso, capaz de improvisar divertidamente acerca del tema que se le ofreciese, lo mismo sobre el misterio más sublime del cristianismo que sobre la anécdota más delicada, más atre¬vida o más escabrosa de la vida parroquial. ¡Con qué facilidad denunciaba los abusos, con qué intrepidez reprendía hasta a las más altas jerarquías! La mayoría, afectada de aburrimiento cró-nico, estaba encantada. Su aplauso servía, meramente, para incre¬mentar la furia de cuantos habían sido víctimas de la elocuencia del párroco.

Entre tales víctimas había que contar algunos monjes de di¬versas órdenes que, desde el cese de las manifiestas hostilidades mantenidas entre hugonotes y católicos, habían establecido sus casas respectivas en la ciudad protestante de otros tiempos. La primera razón de Grandier para aborrecer a los monjes radicaba en su misma condición de sacerdote seglar, tan leal a su propia casta como el buen soldado a su regimiento, el estudiante sin grados a su colegio y el buen comunista o el nazi a su partido. La lealtad a la organización A, por ejemplo, no deja de promover alguna especie de sospecha, de menosprecio o de acusada aver¬sión a todas las demás organizaciones. Y eso vale también para los grupos subordinados con respecto a la totalidad a la cual se subordinan. La historia de la Iglesia nos muestra una conca¬tenación de verdaderas inquinas, que van descendiendo gradual¬mente desde el odio oficial y ecuménico de la propia Iglesia contra los herejes y los infieles hasta el odio particular de una orden contra otra orden, de una escuela contra otra escuela, de una provincia contra otra provincia y de teólogo contra teólogo.

«Sería beneficioso —escribía San Francisco de Sales en 1612—que por medio de la intervención de piadosos y prudentes pre¬lados llegásemos a conseguir unión y comprensión mutua entre la Sorbona y los jesuítas. Si en Francia se hallasen estrechamente unidos entre sí los obispos, la Sorbona y las órdenes religiosas, en el término de diez años terminaríamos con la herejía.» (Oeuvres, XV, 188) Y se terminaría con la herejía porque, como dice el Santo en otro lugar: «Aquel que predica con amor predica contra la herejía con verdadera eficiencia, por más que no haya proferido nunca una palabra de controversia.» (Oeuvres, VI, 309.) Una Iglesia corroída por odios intestinos no puede ejercitar el amor de modo sistemático, ni puede, sin manifiesta hipocresía, predicarlo. Lo cierto, era que, en lugar de vivir en armonía, se vivía en continua disensión; en lugar de sentir amor, te sentía el odium theologicum y el agresivo patriotismo de casta, de orden y de escuela. A la pendencia entre los jesuítas y la Sorbona vino a sumarse en seguida la de los jansenistas contra una alianza de jesuítas y salesianos. Y después de esto, la larga y sofocante batalla del quietismo y el amor desinteresado. Fi¬nalmente, las querellas, internas o externas, de la Iglesia francesa se vieron aplacadas, no por amor o persuasión, sino por ucase autoritario. En lo que respecta a los herejes, se dictaron las dragonnades y la revocación del Edicto de Nantes. Y en cuanto a los eclesiásticos pendencieros se promulgaron bulas papales y amenazas de excomunión. El orden fue restablecido, pero del modo menos edificante posible y por los medios más groseros y menos espirituales.
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