Titulo del original: The Devils of Loudun






descargar 1.11 Mb.
títuloTitulo del original: The Devils of Loudun
página14/51
fecha de publicación18.09.2015
tamaño1.11 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Derecho > Documentos
1   ...   10   11   12   13   14   15   16   17   ...   51

Pero en lo que se refiere a esta consumación, hay que decir que puede ofrecerse de muy diversas maneras, pues no toda ins¬piración es divina, o siquiera moral o pertinente. Mas ¿cómo distinguiremos entre las enseñanzas del no-yo que es el Espíritu Santo y las de ese otro no-yo que puede ser un imbécil, un luná¬tico o un malvado? Bayle cita el caso de un joven y piadoso anabaptista que un día sintió como una extraña inspiración: un arrebato que le impulsaba a cortarle la cabeza a su hermano. La víctima predestinada a morir había leído su Biblia y sabía que una cosa parecida había acontecido en la historia. Así, pues, re¬conoció el origen divino de la extraña inspiración y, en presencia de una grande y piadosa muchedumbre, se dispuso, como un segundo Isaac, a ser decapitado.

Tales suspensiones teológicas de moralidad, como elegante¬mente las denomina Kíerkegaard, están muy bien en el libro del Génesis, pero de ningún modo en la vida real. En la vida real tenemos que guardarnos de las terribles jugarretas de los maniá¬ticos que viven con nosotros. Lallemant sabía muy bien que muchas de las inspiraciones no proceden del soplo divino, y que por eso es necesario tomar las debidas precauciones para no caer en la ilusión sin fundamento. A sus propios colegas, que a veces le objetaban que su doctrina de la docilidad a la inspiración del Espíritu Santo era sospechosamente similar a la doctrina calvi¬nista del espíritu interior, les contestaba, en primer lugar, que era artículo de fe que no podía ser cumplida ninguna buena obra sin la guía del Espíritu Santo en forma de inspiración; después, que la divina inspiración suponía la fe católica, las tradiciones de la Iglesia y la obediencia debida a las jerarquías eclesiásticas. Si la inspiración impulsaba a un hombre a obrar contra la fe, o contra la Iglesia, no podía ser divina.

Este es un procedimiento muy efectivo para prevenirse con¬tra las extravagancias del maniático con el cual convivimos. Los cuáqueros tenían otro: a las personas que se sentían acuciadas a realizar algo que no fuera corriente o importante, se les acon¬sejaba que consultasen con algunos «sesudos amigos», a fin de que se rigieran por su criterio en todo lo referente a la inspiración. Lallemant aboga por el mismo procedimiento, pues asegura que el Espíritu Santo «nos impulsa, en efecto, a consultar con personas de claro juicio y a conformar nuestra conducta al criterio de otros».

Ninguna buena obra puede ser cumplida sin la inspiración del Espíritu Santo. Tal afirmación —diría Lallemant a sus críticos— es un artículo de fe de la doctrina católica. A aquellos de sus correligionarios que se quejaban de no gozar de esa especie de inspiración emanada del Espíritu Santo y de no sentirse capaces de esa experiencia, les contestaba que si se hallasen en estado de gracia, tal inspiración nunca les faltaría, aunque ellos no se sintieran en situación de alcanzarla. Y añadía que llegarían a sentirse dotados de divina inspiración, sin duda alguna, si obrasen como debían. Pero en vez de obrar como debían, «preferían vivir frívolamente, sin recogerse casi nunca al mundo interior de sus propias almas para hacer el examen de conciencia al que estaban obligados por sus mismos votos, y marchaban siempre movidos por intereses superficiales, tomando en consideración, solamente, aquellas faltas notorias a los demás, sin esforzarse en indagar en las raíces interiores de sus actos, en sus pasiones, en sus hábitos dominantes y sin importarles nada el estado y tendencias de su alma ni los sentimientos de su corazón». No es de extrañar que tales personas no fueran objeto de la inspiración del Espíritu Santo. «¿Cómo podían conocerlo, si ni siquiera conocían sus pecados secretos, que eran actos suyos, libremente realizados por ellos mismos? Pero en cuanto se entreguen a la tarea de crear dentro de sí mismos las condiciones apropiadas para tal conocimiento, infaliblemente lo tendrán.»

Todo esto explica por qué la mayor parte de aquellas que podrían ser buenas obras, son ineficaces hasta el punto de llegar a ser casi nulas. Si el infierno está empedrado de buenas intenciones, es porque la mayor parte de las personas están ciegas a toda luz interior y son verdaderamente incapaces de tener una intención buena y pura. Por tal razón, dice Lallemant, la acción debe estar siempre en razón directa de la contemplación. «Cuanto más nos recogemos dentro de nosotros mismos, tanto mejor podemos acometer nuestras tareas en el mundo; y cuanto menos nos miramos interiormente, más debemos refrenarnos en nuestros intentos de hacer el bien.» «A veces uno se entrega a obras de piedad y de caridad, pero, ¿se trata verdaderamente de piedad y de caridad? ¿No será, tal vez, que en esa tarea encuentra uno motivo de satisfacción personal, que de ese modo no tiene uno que practicar la oración o dedicarse al estudio, porque no soporta permanecer en su cuarto, ni la reclusión y el recogimiento?» Un sacerdote puede practicar a lo largo de los años y con todo fervor una vida religiosa, pero sus palabras y sus obras darán fruto «solamente en virtud de y en proporción con su unión con Dios y el desprendimiento de sus propios intereses». Las supuestas buenas obras son a veces profundamente decepcionan¬tes. Las almas se salvan por la santidad, no por la ocupación. «Nunca debemos consentir que la acción sea un obstáculo para nuestra unión con Dios; antes bien, tenemos que tratar con ahínco de unirnos cada vez más estrechamente y más amorosamente con El.» Pues «del mismo modo que ciertos humores, cuando se producen con exceso, ocasionan la muerte del cuerpo, en la vida religiosa, cuando la acción predomina excesivamente y no se halla atemperada por la oración y la meditación, infaliblemente ahoga la vida del espíritu». De ahí la esterilidad de tantas vidas, aparentemente tan meritorias, tan brillantes y tan productivas. Sin una sinceridad plenamente desinteresada como condición de la inspiración, el talento es infructífero, y de este modo también el fervor y el trabajo arduo y penoso carecen de valor espiritual. «Un hombre de oración puede hacer más en un solo año que un hombre de acción en toda su vida.» El trabajo exclusivamente externo puede ser efectivo si cambia las circunstancias exterio¬res; pero el trabajador que desea acomodar las reacciones de los hombres a las circunstancias —y uno puede reaccionar nega¬tivamente e inclusive como un suicida aun en las mejores cir¬cunstancias—, debe empezar por purificar su alma y hacerla capaz de inspiración. Un hombre dado enteramente a las cosas exteriores puede trabajar como un troyano y hablar como un Demóstenes. Pero el que se vuelca a su interior produce, con una sola palabra animada por el espíritu de Dios, más impresión en el corazón y en el pensamiento de los que le escuchan, que los otros con todos sus esfuerzos, con toda su clarividencia y con toda su doctrina.

¿Qué es lo que se siente cuando se está «poseído y gobernado por el Espíritu Santo?» Ese estado de consciente o inconsciente inspiración fue descrito, con la más delicada precisión de un análisis instrospectivo, por la más joven contemporánea de Surin, Armelle Nicolás, denominada afectuosamente, en su Bretaña natal, la bonne Armelle. Armelle era una ignorante muchacha de servicio que vivía la vida de un santo contemplativo, tanto cuando preparaba la comida en la cocina como cuando regaba las flores o cuidaba de los niños; pero incapaz, a todas luces, de escribir su propia historia. Afortunadamente, esa historia fue escrita por una inteligente monja que supo dibujar los perfiles de Armelle y recordar sus confidencias casi al pie de la letra.8 «Apartando la vista de sí y de su propio pensamiento, Armelle ya no se veía a sí misma realizando algo, sino que se veía sufriendo y sometiéndose obedientemente a los trabajos que Dios cumplía en ella y por medio de ella; así que le parecía, en tanto tenía cuerpo, que toda ella era movida y gobernada por el espíritu de Dios. Se hallaba en un estado especial desde que Dios le había conminado perentoriamente a que fuera abriéndole el camino interior... Cuando pensaba en su cuerpo o en su propio pensamiento, no decía nunca "mi cuerpo", "mi pensamiento"; la palabra "mío" había sido barrida de su mente, y siempre se la oía decir que todas las cosas pertenecen a Dios.

»Recuerdo haberle oído decir que desde el momento en que Dios se había hecho dueño absoluto de su ser, ella había quedado en efecto "despachada" del mismo modo que ella, en el pasado había "despachado" (las metáforas de que se valía Armelle las sacaba del vocabulario profesional de las muchachas de servicio) a todas aquellas cosas suyas que eran sus malos hábitos, sus atojos... las cosas que le daba la gana.» «Una vez despachada, su mente ni podía ver ni comprender que Dios estaba trabajando en lo más recóndito de su alma, ni podía interferir sus obras. Era como si su pensamiento permaneciese acurrucado fuera de su cámara central, donde sólo Dios puede entrar libremente, y ella esperase como un lacayo las órdenes de su Señor. En tal situación, la mente no se encontraba sola; le parecía, por el contrario, que un número infinito de ángeles le hacían compañía, formando como un inmenso baluarte alrededor de la augusta morada de Dios, a fin de que nadie pudiese cruzar aquel umbral.» Tal estado de ánimo perduró algún tiempo. Después permitió a su yo consciente que entrase en la cámara central del alma, que entrase y viese las divinas perfecciones con las cuales ahora se colmaba, con las cuales, ciertamente, se había complacido siempre, pero que, lo mismo que cualquiera otra criatura, ella tampoco había reconocido. La luz interior era tan intensa que rebasaba su capacidad para soportarla, y durante cierto tiempo todo su cuerpo sufría como si estuviese en carne viva. Por fin se fue aclimatando, y comenzó a ser capaz de soportar la con¬ciencia de su propia iluminación sin demasiadas angustias.

Notable en sí misma, la introspección de Armelle es doble¬mente interesante por tratarse de una evidencia entre muchas otras que apuntaban a la misma conclusión: que el yo fenomé¬nico está condicionado por un Ego puro o Atman de la misma naturaleza que el Divino Fundamento de todo ser. Fuera de la cámara central, donde «nadie más que Dios puede entrar», entre el divino Fundamento y el yo consciente, se encuentra la con¬ciencia subliminal, casi impersonal en sus contornos difusos, pero tomando cuerpo a veces en el subconsciente personal, con sus acumulaciones de putrefactos residuos, sus enjambres de ratas y negros escarabajos y sus fortuitos escorpiones y sus víboras. Este subconsciente personal es la guarida donde se esconde un morador criminal y lunático: el locus del pecado original. Pero no importa, también hemos nacido con virtud original, con ca¬pacidad para la gracia, según los términos de la teología de occi¬dente, con un «destello», con un punto crítico del alma, con un fragmento de conciencia lúcida, que persiste desde el estado de primitiva inocencia y que en la esfera de la ciencia se deno¬mina sindéresis. Los psicólogos freudianos prestan mucha más atención al pecado original que a la virtud original. Investigan sobre las ratas y los negros escarabajos, pero se resisten a ver la luz interior.

__________________________________________________________________________________

8. Gouvello, Armelle Nicolás (1913); H. Brémond, Histoire Litteraire du Sentiment Religieux en France (Parí)

Jung y sus seguidores han demostrado ser algo más realis¬tas. Traspasando los límites de la subconsciencia personal, han comenzado a explorar la zona donde la mente, haciéndose cada vez más impersonal, se sumerge en un medio psíquico en el que lo individual no se manifiesta. La psicología de Jung y sus dis¬cípulos va más allá de lo maniático inmanente, pero se queda cor-ta en lo inmanente divino.

No obstante —repito— hay evidencias de la existencia de una virtud original subyacente al pecado original. La experiencia de Armelle no era única. El conocimiento de que existe una cámara central del alma que resplandece con la luz divina de la sabiduría y del amor, es algo que en el curso de la historia ha sido experiencia de muchas personas. Alcanzó este conocimiento, entre otros, el Padre Surin, y lo alcanzó, como lo veremos más adelante, en relación con el conocimiento, no menos inmediato y no menos irresistible, de una larga serie de horrores que se producen en el medio psíquico impersonalizado y de imágenes terroríficas de sabandijas ponzoñosas en el subconsciente personal. En el mismo instante tenía conocimiento, simultáneamente, de Dios y de Satán; sabía, fuera de toda duda, que se hallaba eternamete unido con el divino Fundamento de todo ser y tenía la seguridad de que se hallaba irremisiblemente condenado. Al fin de ese proceso —como ya veremos— lo que prevalecía en su mente era la conciencia de Dios. En aquel pensamiento atormentado, el pecado original quedaba finalmente sumergido en la infinitud de algo mucho más original, que es la Virtud, y no se halla sometida a la ley de la temporalidad.

Las experiencias místicas, las teofanías, los destellos de lo que ha sido llamado conciencia cósmica, no pueden ser sometidos a cuestionario, ni repetidos uniformemente y a voluntad en el laboratorio. Pero si bien la experiencia de la cámara interior del alma no puede ser sometida a revisión, algunas experiencias sobre las proximidades de ese centro —que tienen lugar a la puerta (según la expresión de Armelle), en medio de una compañía de ángeles— son repetibles, si no con rigurosidad uniforme, pues sólo las experiencias psicológicas más elementales pueden ser repetidas con cierta precisión, al menos suficientemente reiteradas para que puedan indicar la naturaleza del límite de lo trascendente hacia el cual todas convergen. Por ejemplo: los que han hecho experiencias de hipnosis se encuentran con que a cierta profundidad del trance hipnótico acontece no pocas veces que los sujetos de experimentación, cuando se los deja solos y no se les perturba, se vuelven conscientes de una serenidad inmanente y de una benevolencia que se asocia con frecuencia a una percepción de luz y de vastos espacios. Ocurre también que la persona hipnotizada se siente impelida a hablar de la experiencia que está viviendo. Deleuze, que fue uno de los mejores observadores de la segunda generación de científicos que se ocuparon del magnetismo animal, recuerda que ese estado de sonambulismo se caracteriza por un desprendimiento absoluto de todo interés personal, por la ausencia de pasiones, por la indiferencia hacia las opiniones adquiridas y los prejuicios, y por «una manera de mirar los objetos, un juicio directo y rápido acompañado de una convicción íntima... De ahí que el hipnotizado posea no sólo la antorcha que le procura su luz, sino también el compás con que va puntuando su camino». «Esta antorcha y este compás —concluye Deleuze— no son productos de la hipnosis, sino que se dan siempre en nosotros; ahora bien, las perturbadoras preocupaciones de la vida, las pasiones y, por encima de todo, el orgullo y el apego a los bienes perecederos, nos impiden darnos cuenta de algunas cosas y considerar muchas otras.»9 (Menos peligrosamente y con mayor efectividad»,10 el hipnotis¬mo elimina temporalmente las distracciones y aquieta las pasio¬nes, dejando libre a la conciencia para que pueda ocuparse de lo que yace más allá de la guarida del maniático inmanente.) «En esta nueva situación —continúa Deleuze—, la mente está repleta de ideas religiosas, de las cuales tal vez nunca se había preocu-pado.» Entre el nuevo modo de visión que del mundo tiene el hipnotizado y su visión normal hay una diferencia «tan prodi¬giosa, que él se siente como inspirado y se mira a sí mismo como al instrumento de una inteligencia superior, lo cual, por otra parte, no excita su vanidad».

_____________________________________________________________________________________

9. Véase J. P. F. Deleuze, Practical Instruction in animal Magnetism. (Nueva York, 1890.)

10. William James, Varieties of Religious Experience.

Los descubrimientos de Deleuze están confirmados por los de una psiquiatra muy experimentada que se ha dedicado a estu¬dios de escritura automática durante muchos años. En una con¬versación con ella, esa señora me ha informado que, tarde o temprano, en los escritos de los más señalados autómatas siempre aparecen algunas ideas metafísicas. El tema de estos escritos es siempre el mismo: el fundamento del alma individual es el mismo que el divino Fundamento de todo ser. Al tornar los autómatas a su estado normal y leer lo que ellos mismo han escrito, lo encuentran muchas veces en oposición a lo que siempre habían creído.
1   ...   10   11   12   13   14   15   16   17   ...   51

similar:

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTÍtulo original: ai-mei título ingléS

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTitulo original: the way of intelligence

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTítulo do original em inglês

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTítulo original: The last barrier

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTítulo de la obra original

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTítulo original: Mother Teresa

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTítulo Original: Deception Point

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTítulo Original: Confessions (1996)

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTítulo Original: Confessions (1996)

Titulo del original: The Devils of Loudun iconTítulo original IL pendolo di Foucault






© 2015
contactos
l.exam-10.com