La primera expedición misionera salesiana al Amazonas






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6. La Primera Expedición misionera: Protagonistas
La Misión fue aplaudida por muchos y aceptada con entusiasmo en Venezuela. (41) Pero desde sus comienzos, presentó serias dificultades para el nuevo Prefecto Apostólico, apenas intentó reunir los fondos económicos y buscarse el personal salesiano que debería ir con él al Orinoco.

Visitó todas las Casas para despedirse de los Salesianos de la Inspectoría y exponerles los objetivos y dificultades de su futuro trabajo, pidiéndoles ayuda. La animación misionera era fundamental, porque de aquellos salesianos tendría que sacar a sus próximos colaboradores.

Por la escasez de medios de la Inspectoría, podría llevarse consigo pocos misioneros en la primera expedición. Y como los subsidios materiales que le proporcionaba el Gobierno eran insuficientes, pidió ayuda a Propaganda Fide y también a sus amistades y bienhechores venezolanos.

El P.Ignacio Burk, primer cronista de la Misión, escribe así:

«..Mientras tanto, trabajó Monseñor con el fin de conseguir todo lo necesario para la Misión, porque sabía que allá no encontraría nada. Golpeó a la puerta de diversas casas de comercio amigas, tanto en Caracas como en Valencia, y siempre fue bien atendido y complacido. Compró todo lo necesario para el personal. Se procuró víveres, como arroz, caraotas, café, sal, harina, galletas, frijoles y una infinidad de cosas necesarias para principiar la nueva misión. No se olvidó de un motor para la luz eléctrica, de una radio, una camioneta y una lancha para las incursiones apostólicas. También consiguió máquinas para la carpintería, zapatería, y una multitud de objetos necesarios para la vida en estas lejanas tierras» (42)

«Buscó también ayuda entre las personalidades del Gobierno, entre las cuales contaba con muy buenos amigos, comenzando por el Presidente Juan Vicente Gómez, cuyos hijos se habían educado en el Colegio D. Bosco de Valencia, cuando él lo dirigía.

Tras muchas promesas y muchos desengaños, debidos especialmente al frecuente cambio de ministros, obtuvo que le pagaran el viaje y el transporte de todos los materiales que llevaba hasta Puerto Ayacucho.

Por intervención del Sr. Nuncio, el Gobierno le ofreció los materiales para la construcción de la iglesia y de la primitiva residencia del Prefecto Apostólico; le regalaron 500 sacos de cemento, 1000 viguetas de hierro, y entre otras cosas, palas, carretillas de mano, recogedores y mucha madera» (43)
Propaganda Fide le contestó positivamente a su petición y le envió la asignación de 40.000 liras.

En continuos aprietos económicos, solicitó de los Superiores Mayores una ayuda para el viaje de los nuevos misioneros que enviaban de Italia, pero esta ayuda le fue denegada.

Era el sentido de responsabilidad que pesaba sobre él y el temor de no encauzar bien la Misión, lo que le movía a buscar cuanto antes lo imprescindible y necesario.
7. La selección de los primeros misioneros
La Inspectoría Salesiana de Venezuela contaba sólo con 82 salesianos, de los cuales 30, eran todavía jóvenes clérigos en formación. Seleccionar el personal para la Misión era un verdadero problema. Escribía a los Superiores Mayores:

«Debo preparar el personal para la Misión. La inspectoría no tiene personal suficiente ni siquiera para las obras ya existentes. El próximo curso escolar tendremos que cerrar algunas clases en los colegios, porque algunos tirocinantes comenzarán la Teología, y del Teologado todavía no sale ninguno... ¡Tenga compasión de nosotros!». (44)

El Nuncio Apostólico, Mons. Cento, presionado por el Gobierno venezolano, desea que se comience cuanto antes el trabajo en la Misión del Orinoco. Pero sin el personal adecuado y sin saber en concreto con cuántos puede contar, escribe Mons. De Ferrari: «No me parece justo ir allá sin saber con quién debemos contar». (45)

Piensa que es más oportuno dejar en la Inspectoría los nuevos que llegan de Italia hasta que se aclimaten y aprendan el idioma, y llevar consigo en cambio, gente ya curtida en el trabajo en estas tierras y que además él conoce personalmente.

En marzo de 1933 mandó a Turín la lista de los misioneros. Irían con él tres sacerdotes: Rottmayr, Bierold y Bonvecchio. Dos Coadjutores: Odúber y Conti.

Después, tiene reservas respecto a Rottmayr y añade al coadjutor Moisés Cerón, su chofer, porque era un buen mecánico y experto en motores. Le hace falta entre el personal laico un agricultor, un carpintero y un albañil. Después cambia el albañil por un zapatero.

Por consejo de los Superiores, el P. Rottmayr fue cambiado por el P. Ignacio Burk. (46)

Así, a fines de junio, tenía ya hecha la lista del personal que iba a llevar consigo:

- El P. Bierold, administrador del Colegio de Valencia.

- El P. Ignacio Burk, profesor y consejero escolar del colegio de Sarría.

- El P. Bonvecchio, profesor del Colegio Don Bosco de Valencia.

- El Sr. Moisés Cerón, coadjutor, mecánico.

- El Sr. Gregorio Odúber, coadjutor, zapatero del Noviciado de La Vega, Caracas.

- El Sr. Fridolino Busch, coadjutor, que sustituyó al Sr. Conti, pues a éste se le descubrió una insuficiencia cardíaca.

Esta sustitución privó en un primer momento del agricultor que se necesitaba, pero pronto fue cubierta esta ausencia con la incorporación al año siguiente con el Coadjutor Francisco del Mazo, el popular y querido «Hermano Chiva», que pasará 55 años ininterrumpidos en el T. F. Amazonas.

Aunque al seleccionar este personal había procurado no desequilibrar los cuadros de las siete Obras de la Inspectoría, no pudo evitarse del todo. Porque se llevaba consigo salesianos en plenitud de rendimiento, hábiles y experimentados, y muy capaces para el difícil trabajo que se les presentaba en la nueva Misión.

Junto con aquellos primeros salesianos, se llevó consigo otros tres laicos no salesianos: los Sres. Paulino Miranda, Luis Tomabes y Rafael Mosquera. (47)

Después de una emotiva despedida en el Santuario de María Auxiliadora de Caracas, el 28 de Agosto de 1933 zarpaba la primera expedición misionera salesiana rumbo al Alto Orinoco.
NOTAS:
(1. LISCANO, Juan, ‘Aspectos de la vida social y política de Vernezuela», en Ciento cincuenta años de vida republicana. Caracas, 1963,198.)

(2. MIJARES Augusto, «La revolución política (1810-1960)», en Venezuela Independiente 1910-1960,148.)

(3. ACS 275, Balzola Giovanni, Relazione, 3. ASIC, Marchesi Giovanni, Relazione, 5.)

(4. Sobre la época de Funes y la explotación del caucho en el T. F. Amazonas. Cfr. Amazonas: El hombre y el caucho. Tesis de grado en Antropología del P. Ramón Iribertegui. Hablan también de Funes las fuentes salesianas. Cfr.Marchesi O. Relazione, 2 y 5.)
(5. CORDOBA Diego, Los desterrados y Juan Vicente Gómez. Memorias de Pedro Elías Aristiguieta, Caracas 1968,42.)

(6. ACS 275 Bálzola Giovanni .Carta de D. B álzola a D. Amadei del 19 de julio de 1924.)

7. ACS 64.21 Missioni, Río Negro, (Brasile). Carta de Mons. Massa a D. Ricaldone del 28 de octubre de 1926),

(8. ACS 275 Bálzola Giovanni, Carta de D. Bálzola a D. Amadei del 19 de julio de 1924).

(9. ASIC, Marcliesi Giovanni, Relazione, 7).

(10. ACS 64.12 Missioni, Puerto Ayacucho, Resoconto di un viaggio, 5).

(11. ACS 31.22 Venezuela Correspondencia entre D. Berruti y el P. De Ferrari)

(12. RODRIGUEZ ITURBE, José, Aportación al estudio de las relaciones entre la Iglesia y el Estado Venezolano. Tesis doctoral. Pamplona, 1966.)

(13. ACS 3122 Venezuela. Carta de D. E. De Ferrari a D. Ricaldone del 30 de marzo de 1932.)

(14. Ibidem.)

(15. D. Luis Pedemonte. Nació en Buenos Aires (Argentina) en 1876. Falleció en Bernal (Argentina) en 1962. Inspector de la Patagonia, Perú-Bolivia, Antillas-México y Visitador Apostólico de Perú y Bolivia).

(16. D. Albino DEL CURTO. Nació en Italia (1875) y murió en Ecuador (1954). Trabajó durante 50 años en las misiones de Méndez en Ecuador).

(17. D. Domingo BORTOLASO. Nació en Italia. Trabajó durante 24 años en México. Vino a Venezuela como Maestro de Novicios. Murió en Caracas en 1938 a los 66 años de edad. Cf. DELGADO Miguel, In Memoriam).

(18. ACS 64.12 Missioni, Puerto Ayacucho. Prefecto Apostólico).

(19. ACS 64.12 Missioni, Puerto Ayacucho. Carta de D. Ricaldone a D. Tomasetti del 31 de marzo de 1932).

(20. ACS 273, Mons. De Ferrari. Documentos relacionados con el nombramiento. Carta de Mons. Salotti a D. Ricaldone del 22 de octubre de 1932).

(21. ACS 31.22. Venezuela. Memorandum que el Inspector de Venezuela presenta al Capítulo Superior, 1932).

(22. ACS273, Mons.De Ferrari. CartadeMons. Salotti aD. Ricaldone del 22deoctubre de 1932. Documentos relativos al nombramiento).

(23. ACS 3122 Venezuela. Carta de D. E. De Ferrari a D. Ricaldone desde Caracas el 24 de diciembre de 1931).

(24. ACS 273, Mons. De Ferrari. Documentos adjuntos al nombramiento. El P. Enrique Riva fue el primer Director de los Salesianos en Caracas. Sus restos están enterrados en la Iglesia de María Auxiliadora de Sarría, C aracas.)

(25. ACS 273, Mons. De Ferrari. Decreto de nombramiento del Prefecto Apostólico a favor del P. E. De Ferrari, del 14 de noviembre de 1932).

(26. AVAPA, Documentos fundamentales de 1932. Carta de Mons. Salotti a D. Ricaldone del 16 de noviembre de 1932).

(27. Cfr. La Religión (Caracas, 21 de noviembre de 1932).

(28.ACS31.22 Venezuela. Cartade D .E. De Ferrari a D. Ricaldone del 21 de noviembre de 1932).

(29. Ibidem. Carta de D. E. De Ferrari a D. Ricaldone del 24 de noviembre de 1932).

(30. «Obra civilizadora», en el periódico EI SoI, XI, 5.528 (Caracas 22 de noviembre de 1932)

(31 ACS 273, Mons. De Ferrari. Documentos relacionados al nombramiento. Carta enviada desde la Inspectoría venezolana al Procurador D. Tomasetti del 25 de noviembre de 1932. La firman: los PP. Martín Caroglio, Rodolfo Fierro, Nicolás Grondona y Máximo Piwowarczyk).

(32. AVAPA, Documentos fundamentales 1932. Carta de D. Gusmano a D. E. De Ferrari del 2 de diciembre de 1932. D. Ricaldone le sugirió lo que debía hacer para atender a la Inspectoría antes de marchar al Alto Orinoco.)

(33. ACS 31 22 Venezuela. Carta de D. E. De Ferrari a D. Ricaldone del 24 de noviembre de 1932).

(34. Ibidem. Carta de D. E. De Ferrari al Card. Fumasoni-Biondi, Prefecto de Propaganda Fide, de 130 de abril de 1933).

(35. ACS 64.21, Missioni, Puerto Ayacucho. Carta del Nuncio Mons. Cento a D. Ricaldone del 2 de enero de 1933.)

(36. ACS 64.21 Missioni, Puerto Ayacucho. Carta de Mons. De Ferrari a D.R icaldone del 15 de noviembre de 1933).

(37. AVAPA. Informes anuales a la Santa Sede. Prospectus status missionis Puerto Ayacucho, 30 d ejunio de 1934).

(38. AVAPA, Documentos fundaciones 1932. Convenio entre el Gobierno venezolano y la Congregación Salesiana sobre la Misión del Alto Orinoco).

(39. Gaceta oficial de los Estados Unidos de Venezuela. LXV, 19.241 (Caracas, martes 20 de abril de 1937) 112.490-112.492).

(40. Gaceta Oficial de los Estados Unidos de Venezuela. LXX, 20.867.(Caracas, jueves 6 de agosto de 1942)138.326).

(41. AVAPA, Crónica de la Prefectura Apostólica del Alto Orinoco (1933-1942). Recortes de los artículos periodísticos publicados en La Religión, El Universal y Nuevo Diario de Caracas en noviembre de 1932).

(42. AVAPA, Crónica de la Prefectura Apostólica... 1,2. Desde la pág. la la 12 esta Crónica está escrita por el P. Bierold. A partir de la pág. 13 está escrita por el P. Ignacio Burk.)

(43. ACS 21.22 Venezuela. Carta de Mons. De Ferrari a D. Ricaldone del 29 de junio de 1933. Ibidem. Carta del 9 de julio de 1933).

(44. ACS 64.12 Missioni, Puerto Ayacucho. Carta de Mons. De Ferrari a D. Berruti del 13 de diciembre de 1932).

(45. Ibidem. Carta de Mons. De Ferrari a D. Ricaldone del 21 de abril de 1933).

(46.ACS 31.22 Venezuela. Carta de Mons. De Ferrari a D. Ricaldone del 11 de junio de 1933).

(47. ACS 31.22. Venezuela. Carta de D.José Raymondi a D. Pedro Ricaidone del 30 de julio de 1933).

CAPITULO VII
El T. F. Amazonas de los años 30.

Panorámica general

Mons. De Ferrari cuando visitó Atures en su viaje de exploración en 1928, escribió así a los Superiores:

«El primer poblado que visitamos fue el antiguo Atures (misión antigua de los Jesuitas). Pero no encontramos alma viviente. El único recuerdo religioso hallado en una cabaña, fue la imagen de S. Juan (Nepomuceno) y una campana». (1)

A unas dos horas de Atures, en el año 1924, cuando se celebraba en Latinoamérica el centenario de la batalla de Ayacucho, acontecida el 9 de diciembre de 1824 en el Perú, el ingeniero Santiago Aguerrevere fundó el poblado de Puerto Ayacucho que en 1928, precisamente cuando Mons. De Ferrari exploraba el T. F. Amazonas, sustituyó a S. Fernando de Atabapo como capital del Amazonas. Es extraño que Mons. De Ferrari no escribió en su Informe a los Superiores Mayores, ni una palabra sobre esta incipiente población.

El P. Bierold, en una de sus descripciones, se refiere a Puerto Ayacucho de la siguiente manera:

«Ayacucho es un nombre que sabe a gloria. Pronunciándolo nos vienen a la imaginación repiques de tambores, clarinazos de trompetas, vítores de combatientes... Se nos presenta la gallarda figura de Sucre cabalgando el corcel de la fama y coronado por la gloria. Sin embargo, Puerto Ayacucho es bien poca cosa». (2)

En efecto, Puerto Ayacucho, a la llegada de los primeros misioneros salesianos, era una aldea mal urbanizada que no llegaba a 200 habitantes. El paisaje del poblado estaba constituido por unas peñas negras quemadas por el sol tropical, lavadas por las abundantes lluvias, azotadas y barridas por el viento. Junto al cerro Perico habían construido unos ranchitos pobres y miserables. Los techos de palma casi bajaban hasta el suelo. En tales ranchos se cobijan empleados y señores.

Social, cultural y religiosamente hablando, vegetaban en un total abandono. «La capilla - escribe el P. Bierold - es pequeñísima. A nuestra llegada tocaron las dos campanas, que tienen fecha de 1750 (época de las misiones jesuíticas).

Encontramos un antiguo S. Juan Nepomuceno con vestidos de cardenal u obispo. La estatua es de madera, y no carece de mérito.(3) Nosotros pusimos las estatuas de María Auxiliadora y de S. José, y con un altar portátil arreglamos el altar mayor. Cada día decimos tres misas, comenzando a las cinco y media de la mañana. Monseñor celebra en su residencia oficial la misa de comunidad. A las cinco y media de la tarde se reza públicamente el Rosario. Los domingos y fiestas hay también bendición con S. D. M. Algunos árboles de hoja áspera, rugosa y escasa se abren camino... entre losas y piedras, encontrando su flaco alimento entre las hendiduras de un terreno sumamente quebrado.

Dan vida al paisaje unas cuantas vacas.., como las vacas flacas del sueño del Faraón. Corona todo un montículo de un centenar de metros, desde cuya cumbre un vigía señala la llegada de los barcos por el Orinoco o por la carretera de Samariapo. Desde esa altura se divisa la floresta magnífica, llena de encantos misteriosos, que es como un océano de verdor...» (4)
1. La Residencia del Prefecto Apostólico y de los Misioneros
Al principio fue una sencilla choza con techo de palma, en bastante mal estado. Tenía unos 20 m. de largo por 5 de ancho. Sólo la mitad de la choza tenía paredes de barro, hasta una altura de metro y medio. En el extremo sur, había un pequeño departamento completamente oscuro, estrechísimo y con paredes de tierra hasta el techo. El P. Burk nos sigue explicando:

«Esta choza servía anteriormente de cuartel. El cuarto oscuro era el calabozo. Aquí estalló la sublevación de la guardia en la noche del 1 de noviembre de 1931 que le costó la vida al Gobernador Carrillo y a varios de sus oficiales (5) Esta choza está situada a unos 90 metros del río, en la punta oriental del poblado, entre la carretera y la corriente fluvial.

Llegamos nosotros con unas seis toneladas de equipaje, objetos generalmente de mucho volumen. En manera alguna era suficiente el espacio disponible. Las provisiones de boca, apenas cabían en el cuarto oscuro o calabozo, que destinamos para despensa.

El resto del equipaje, ni con mucho, pudo ser colocado bajo techado. Pero eran objetos que, en gran parte, debían ser resguardados de la intemperie. Llegaron entonces a ser utilísimos los toldos que habíamos traído. Y ya en la primera noche los tendimos, de momento, en forma provisional.

Como dormitorio nos vimos obligados a habilitar la parte Norte de la choza, sin paredes y abierta a los cuatro vientos. Pero los montones de cajas y bultos constituían algo así como una muralla alrededor del techo.

Las primeras noches tendimos nuestros chinchorros sobre cajones y baúles, sacos y latas, barriles y guacales. Éramos doce personas en total. La estrechez era insoportable en aquel dormitorio provisional. Pero lo peor eran las vacas y los cochinos de nuestros vecinos, que habían descubierto nuestros sacos de sal, y venían a visitarlos todas las noches... Y para realzar aún más la poesía bucólica de aquellas noches, las ratas realizaban carreras y danzas por encima de nuestras cabezas ya que tenían minado el techo...

Una noche, al caer el primer aguacero, las goteras se multiplicaron hasta no dejar ni un sólo rincón del suelo, seco. El viento, además, nos oreaba bien porque no había paredes que se lo impidieran. Nos prestaron entonces muy buenos servicios las planchas de hojalata galvanizada que habíamos traído... En los días de nuestra llegada hubo unos vendavales violentos. Pusimos las planchas alrededor de nuestra choza, asegurándolas con mecates. En una de esas tempestades se rompió la amarra de un toldo, con peligro de que varias cosas volaran y se hicieran pedazos. Pero logramos salvar la situación trabajando esforzadamente. Entonces fue cuando cayó del techo una tabla que hirió a Monseñor en la coronilla.

Después de la primera semana, puso el Gobernador, don Jesús Canelón Garmendia, una casita cerca de la capilla, a disposición de Monseñor. En ella durmieron más o menos durante un mes, los PP. Bonvecchio y Burk.

La primera ampliación de la casa se verificó por el lado sur de la choza ya existente. La prolongamos unos 10 metros. El nuevo espacio cubierto fue utilizado para cocina, para poner el generador de luz eléctrica y un banco de carpintería. La construcción se hizo en unos diez días.

En este tiempo nos mandaba a diario la comida Doña María de Maniglia, nuestra vecina.

Apenas tuvimos lugar donde poner la cocina comenzó a ejercer de cocinero el señor Rafael Mosquera, al principio con bastantes peripecias, porque no estaba acostumbrado a guisar en el suelo sobre tres piedras que hacían de fogón. Y repetía continuamente: «Si yo tuviera aquí mi cocina de gas como en La Vega...»

En la segunda semana comenzamos a tener luz eléctrica. Antes habíamos instalado la radio, pero no nos dio buen resultado, porque la antena no servía. En Enero de 1934 ya escuchamos con buena audición las emisoras de Caracas y de otras partes» (6)
En resumen: que en los meses de octubre y noviembre de 1933 trabajaron de sol a sol en la ampliación y acomodo de las chozas que le sirvieron de vivienda.

Para atender a las necesidades del personal y de la misión levantaron cuatro chozas más, próximas a la que le entregó el Gobernador cuando llegaron. En ellas pudieron guardar el equipaje para alejarlo de las continuas lluvias y vientos. Tenían 8 metros de largo por 6 de ancho. La choza vieja se habilitó para comedor y sala de usos múltiples.

En la choza del extremo norte, acomodaron la residencia de Monseñor. En otra pusieron los talleres de zapatería y sastrería. Una la acomodaron para estudio, dormitorio y sala de estar de los misioneros. Las medicinas y objetos de enfermería los reunieron en una pieza próxima a la que valía de despensa.

Se edificó además, otra construcción, al oeste de la choza primitiva, dándole 10 m. de largo por 5 m. de ancho, para dormitorio de los obreros de la Misión y de los niños internos que se fueron admitiendo. Fue el primer Asilo Pío XI.

Prolongando el techo de esta construcción hacia el norte, se habilitó una iglesita. Se le pusieron al presbiterio paredes hasta el techo; las demás paredes tuvieron una altura de unos 80 cms. y eran todas de planchas de hojalata galvanizada; el resto de la pared era de lona blanca hasta la altura del techo, pero podían ser corridas y levantadas, dejando así visibilidad para que el pueblo siguiera las funciones de la iglesia cuando la concurrencia no cabía dentro de la capilla.

En las proximidades de esta primera Residencia Misional, Mons. De Ferrari planificó y fue levantando la Residencia del Prefecto, la Iglesia y los talleres sobre la laja cercana a la carretera. Posteriormente el P. Bonvecchio, a un lado de la futura Plaza Mayor de Puerto Ayacucho, construiría el segundo Asilo Pio XI. Estos edificios eran ya de cemento armado y materiales modernos.
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