La primera expedición misionera salesiana al Amazonas






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6. El viaje de exploración del P. Enrique De Ferrari
El 24 de Noviembre de 1927 El P. De Ferrari le avisaba al Rector Mayor D. Felipe Rinaldi, que estaba preparando el viaje al Alto Orinoco. Había recibido del Gobierno el dinero prometido, y del Nuncio todas las facultades necesarias «para poder hacer todo el bien posible en aquellas tierras» (31)

En diciembre de aquel mismo año, las fuentes no precisan el día, (32), acompañado por su secretario el P. Carlos Engel (33), y del Coadjutor Simón Planas (34), el P. De Ferrari inició su viaje de Inspección.

El 9 de abril de 1928 estaba ya de regreso en Caracas. (35) Y en mayo, envió a los Superiores de Turín el Informe detallado de su visita de inspección. (Cfr. Anexo Nº 3)

Aparte de la abundante correspondencia de estos años (1923-1932), son piezas documentales de primera categoría para rehacer la historia de los comienzos de la Misión, las tres Relaciones o Informes a los que nos hemos referido ya varias veces: la Relación del P. Bálzola en 1924, la del P. Marchesi de 1927 y este Informe de D. Enrique De Ferrari de 1928. (36)

La Comisión volvió del Alto Orinoco bien impresionada. Reafirmó la necesidad de atender cuanto antes el Territorio, creando la Prefectura Apostólica. Trajo consigo algunos jóvenes banibas, makiritares y guajibos para educarlos en Caracas. También transportó a Caracas algunos objetos típicos del Territorio para hacer una pequeña Exposición.
7. Nuevas insistencias y nuevas evasivas
Conocida en la Nunciatura de Caracas la exploración hecha por el P. De Ferrari, fueron comunicados los resultados a la Secretaría de Estado del Vaticano. El Card. Gasparri propuso a los Superiores la aceptación definitiva, efectuando enseguida la erección canónica de la Misión.(37)

La respuesta de los Superiores Mayores deja otra vez todo en suspenso. Las razones que dan son que las noticias recibidas del Sr. Inspector de Venezuela son poco confortantes y además, hay que concretar primero «qué acuerdos tomará el Superior de los Salesianos con el Gobierno de Venezuela». (38)

Quedaba pues, diferida la solución. Es más, se pedía una prórroga de algún año debido a las difíciles condiciones de la nueva misión y a la imposibilidad momentánea de enviar el personal necesario, por la obligación adquirida de atender a otras cuatro misiones. (39)

Al Inspector de Venezuela, el P. De Ferrari, se le encomendó obtener del Gobierno una nueva prórroga. Y si no la pudiere conseguir, al menos iniciar la Misión «con una sola Residencia, y con dos o tres misioneros y uno o dos coadjutores, porque no es posible mandar más de momento».(40)

En octubre de 1928 llegó a la Dirección General de Turín un despacho firmado por Mons. Borgongini-Duca, llamándole la atención a los Superiores por no haber respondido a las cartas del Card. Gasparri.(41) Los Superiores no contestaron a Mons. Borgongini-Duca, pero sí lo hicieron al Procurador General D.Tomasetti haciéndole ver con la copia de archivo que toda comunicación de la Secretaría de Estado había sido respondida por parte de la Congregación.(42)

Los sucesos acaecidos en Venezuela en el trienio siguiente, hicieron, por de pronto, dejar a un lado el asunto de la Misión, ante las graves y urgentes cuestiones que surgieron.
8. La crisis político-religiosa de los años 1929-1931
8.1. El Ministro del Interior, Rubén González
El general Juan Vicente Gómez, verdadero dueño y señor de la política venezolana desde 1908, aún teniendo un férreo y total control de todas las libertades republicanas, jamás había perseguido a la Iglesia de una manera abierta y descarada. Pero tampoco había permitido que la Iglesia influyera mucho en la sociedad civil.

Se han hecho estudios serios sobre la dictadura gomecista y sería innecesario e inoportuno insistir aquí sobre ello. En cuestiones religiosas, el gobierno de Gómez se atuvo al derecho del Patronato eclesiástico con gran rigidez y controló todos los aspectos de la vida eclesiástica venezolana. A la Iglesia venezolana no le quedó otra alternativa que aceptar aquella situación de hecho, reconociendo su debilidad estructural y renunciando a otros ideales y reivindicaciones que no fueran estrictamente los de tipo netamente espiritual. (43)

El Presidente nominal de la República para 1929 era Juan Bautista Pérez, pero la eminencia gris del Gobierno fue el Ministro del Interior, Rubén González. Tildado por algunos como «ateo y anticlerical» (44), y por otros considerado como de «ideas masónicas, aunque religioso en el fondo», era en resumen, «una personalidad desconcertante», según escribió el Cardenal Quintero, Arzobispo de Caracas.(45)

El hecho fue que en 1929 empezó a perseguir abiertamente a la Iglesia, especialmente al clero «extranjero» que ejercía en Venezuela. Prohibió la enseñanza de la Religión en las Escuelas, se cerraron las fronteras a la entrada de sacerdotes y religiosos extranjeros, y los que por cualquier necesidad salían de Venezuela, no se les permitía volver a entrar. Y para colmo, el 11 de octubre de 1929, acusado de rebelión contra la Constitución, fue expulsado del país en forma irrespetuosa el Obispo de Valencia, Mons. Salvador Montes de Oca.

El Cardenal José H. Quintero ha estudiado detenidamente las relaciones entre la Iglesia y el Estado en este trienio, recogiendo los documentos de la época. Además de haber sido testigo y protagonista de algunos acontecimientos, actuó como secretario del Arzobispo de Mérida, Mons. Acacio Chacón. Estudió y dilucidó algunos aspectos del problema religioso en un volumen al que remitimos para mayor profundización.(46)

En todos estos acontecimientos, Gómez dejó hacer a Rubén González y sólo se movió para remediar algún que otro caso particular, como por ejemplo, el del P .E. De Ferrari, antiguo profesor de sus hijos en el Colegio Don Bosco de Valencia, y el de algún otro salesiano más.

Era obvio que, ante tales problemas de tipo nacional, el asunto de la Misión del Alto Orinoco se olvidara por el momento. Porque, tanto el Nuncio como la Santa Sede, tenían otras cosas más urgentes que resolver y mucho más graves.

Lo mismo le sucedió a la Obra Salesiana en Venezuela, que pasó graves peligros, por lo que se dejó provisionalmente de hablar y de pensar en la Misión del Orinoco.

El 17 de diciembre de 1929, el Ministro Rubén González envió una carta a todos los obispos venezolanos exhortándolos a «que dirigiesen todos sus esfuerzos a fin de que en diciembre del año siguiente, primer centenario de la muerte del Libertador Simón Bolívar, todas las parroquias y beneficios eclesiásticos se encontrasen en manos de sacerdotes venezolanos por nacimiento o nacionalización». (47) Tal vez fue este el motivo por el que se nacionalizó el Inspector Salesiano, P. Enrique De Ferrari, en 1930.

Con estas medidas, el Gobierno privaba al país, carente de clero autóctono, de la ayuda de cuantos clérigos venían a Venezuela, especialmente de las Órdenes y Congregaciones religiosas.

La reacción del Episcopado no tardó en sentirse. En 1930 mandó una protesta pública al Congreso (48), que se acogió a la Ley del Patronato eclesiástico. (49)

En una carta el Obispo de Maracaibo, Mons. Sergio Godoy hizo saber al Ministro Rubén González cómo era contrario a la libertad y a la justicia que, bajo el pretexto de un falso y nocivo patriotismo, se discriminase al clero en nacional o no, y se cerrase la frontera a los extranjeros, únicamente por su condición de sacerdotes o religiosos profesos, como si tales títulos fuesen infamantes o perjudiciales a la nación.(50)

El Card. Quintero hace notar en su libro la existencia de cierta hostilidad entre el clero nativo y el proveniente del extranjero.(51)
8.2. ¿Afectó a los Salesianos tal situación?
El primer perjudicado fue el P. Enrique De Ferrari, Inspector de los Salesianos en Venezuela.

Para tratar asuntos de su Inspectoría había tenido que ir a Turín a finales de 1929 (52). Cuando regresó a Venezuela en Agosto, el Gobierno le negó la entrada y permanencia en el país. Y además tenía una cita judicial con la acusación de que había usado indebidamente, con manifiesta malversación, los 50.000 bolívares que el Gobierno le había suministrado en 1928 para el viaje al Alto Orinoco. De tal acusación tuvo que defenderse ante el mismo Gómez y presentar un minucioso informe al Gobierno, aún antes de salir para Italia.

Se demostró que la acusación era fruto de malévolas maquinaciones. Parecía que todo se había arreglado, pero al salir el Inspector al extranjero, volvió a airearse el asunto con el manifiesto propósito de alejarlo de Venezuela.

Fue una situación delicada en aquellos momentos, en los que toda la cuestión religiosa atravesaba una crisis.

Se presentó pues, difícil el regreso del P. De Ferrari por las exigencias ilógicas del Ministro Rubén González. En un primer momento se pensó hacerlo entrar clandestinamente, pero lo desaconsejaron los miembros del mismo Episcopado.

Entonces se recurrió personalmente a Gómez, amigo personal del Inspector y de los Salesianos. Gómez autorizó su entrada y el Ministro Rubén González tuvo que ceder. Al firmar Gómez el permiso de entrada, cayó también y se abandonó la denuncia contra De Ferrari sobre malversación de fondos públicos.(53)

Con el regreso del P. Inspector, por el momento parecía normalizada la situación de los salesianos. Pero la correspondencia del P. De Ferrari con los Superiores Mayores durante los años 1930 y 31 está sembrada de frases desesperanzadoras y saturadas de continuo temor, ante el peligro de una posible expulsión. Dice por ejemplo:

«La posición de los religiosos no es todavía segura; se teme una próxima expulsión de todos... Hay quien dice que nos dejarán por fin en paz. Pero yo tengo temor..»(54)

Hasta fines de 1929 la tensión se mantuvo, amenazando siempre «y en peligro de precipitarse de un momento a otro». (55)

El personal ya escaso, ante las nuevas dificultades políticas, se abate y desazona. Algunos piden volver a su patria. He aquí lo que escribe a D. Pedro Ricaldone, Prefecto General de la Congregación Salesiana, el director del Colegio D. Bosco de Valencia, el P. Rodolfo Fierro:

«Comprendo muy bien que en estos momentos, cuando tantas dificultades existen para la entrada de los religiosos extranjeros, es un deber mantenerse en el puesto de trabajo y no privar a la Congregación aquí de un individuo. Pero cuando se constata la impotencia para poder trabajar y se preveen amarguras propias y ajenas. ¿Qué hacer? El espíritu reinante en la Inspectoría para mí resulta irrespirable. La contraposición entre los ideales y la realidad del ambiente ha causado en los Salesianos una especie de desánimo invencible, que en algunos se manifiesta en una irritación nerviosa y en otros, en un fatalismo liberal de dejar hacer y que corran las cosas». (56)

La situación política está tirante. Y pone también en tensión el ambiente externo de las Casas Salesianas. La correspondencia del P. Inspector y y de otros salesianos lo refleja: «Estamos sufriendo la influencia del medio ambiente», escribe el P. Inspector. (57)

Se vive la psicosis de la expulsión y se comienza a pensar en clausurar ciertas obras. Desaparece de la dirección de las casas la titulación clerical de sus destinatarios. (58)

A mediados de 1930 empieza a respirarse «una aparente calma, pero no se tiene seguridad». (59)

«La situación religiosa - escribe el P. De Ferrari - también con el clero secular, continúa siempre tirante.No sabemos a dónde llegarán las cosas. Ahora parece que no quieren agudizarlas más, porque están ocupados en el centenario de la muerte de Bolívar» (60)
8.3. Repercusiones en el asunto de la Misión
En el decurso de estos dos años (1929-30) en la correspondencia con los Superiores, sólo se hacen dos referencias al asunto de la Misión del Alto Orinoco.

El 21 de Julio de 1930 el P. E. De Ferrari le escribe a D. Ricaldone:

«El asunto de la Misión se arregló. Me refiero al asunto del dinero que usted sabe y que parecía al principio que yo me había apropiado fondos de la Misión. El Sr. Nuncio, vista la solución del pleito, desearía que reanudase yo el «affaire» de la Misión. Yo no opino lo mismo... No creo oportuno que puedan pensar que nosotros tenemos interés en hacernos cargo de la Misión». (61)

La otra referencia es de febrero de 1931, y da a entender cómo se opinaba en la Inspectoría acerca de la empresa misionera del Alto Orinoco: «Creo que lo de las Misiones es un imposible, y que ha sido la Divina Providencia que nos quiere bien, quien nos las ha cerrado, sirviéndose de los errores y la maldad de los hombres». (62)
8.4. Retorna la calma
En junio de 1931 cesan las incertidumbres y temores, después que el Parlamento de la República exigió la renuncia del Presidente Pérez y de su Gabinete.

El 13 de julio, Gómez volvió a tomar personalmente las riendas del mando como Presidente de la República. Arregló el pleito del Obispo exilado y volvió poco a poco la tranquilidad religiosa al país.

El 16 de julio escribía D. Rodolfo Fierro, Director de la Casa salesiana de Sarría, a D. Calógero Gusmano:

«Han mejorado las cosas respecto a la Iglesia. No existen ya desasosiegos. Con ciertas condiciones se permite la entrada de sacerdotes y religiosos... y según me dijo el Ministro del Interior, podrán venir los sustitutos de los que se fueron por motivo de salud o de familia».(63)

Ya en octubre, escribe el P. Inspector:

«Gracias a Dios, las cosas van volviendo a su cauce normal. Con el cambio de Gobierno, parece que toda oposición a la Iglesia ha desaparecido». (64)

Con la calma, vuelve el optimismo.

La idea de la Misión del Alto Orinoco aparece otra vez en el horizonte de la Inspectoría. Y el P. De Ferrari, vuelve a comunicar a los Superiores de Turín: «El Sr. Nuncio ha tratado de nuevo con el Sr. Ministro acerca de nuestra Misión del Orinoco. El Ministro respondió que en este mismo año se resolvería todo. Y el Nuncio ha escrito a la Santa Sede para que se reanuden los acuerdos tomados con ustedes». (65)

Y, efectivamente, se reanudaron las relaciones. En otro Capítulo veremos cómo se creó la Prefectura del Alto Orinoco, pero antes, demos las motivaciones y objetivos que se buscaban con esta creación.
9. Motivaciones y objetivos de la Misión del Alto Orinoco
El fin fundamental de la Misión es la propagación de la fe y el establecimiento de la Iglesia en el país donde los habitantes todavía no han recibido el Evangelio.(66). Los misioneros tienen ese mandato de Jesús: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a todos los hombres» (Mc. 16,15).

El documento de erección de la Prefectura Apostólica del Alto Orinoco recalca precisamente esa idea. Fue erigida «con el fin de atender mejor y con mayor fruto las necesidades espirituales de aquellas gentes». (67) Esta es la motivación radical desde el punto de vista cristiano.

Pero puede haber también motivos secundarios. Y los hubo en la creación de la Misión del Alto Orinoco.
a) Por parte de la Santa Sede
De la correspondencia del Card. Gasparri, de los Superiores Mayores y de los escritos de los Salesianos aparecía claro que el objetivo era la salvación de las almas y la evangelización y promoción integral de los habitantes del Territorio Amazonas.

También se lee en una carta: «... aceptar la misión... demostrando así corresponder a la benevolencia extraordinaria que en estos últimos años ha tenido la República de Venezuela hacia ellos (los salesianos)». (68) Aparte de esta referencia esporádica, todo el resto de la documentación habla siempre de evangelización y apostolado.
b) Por parte del Obispo Administrador Apostólico de Guayana.
La Misión se erigía en la jurisdicción de la antigua diócesis de Guayana, cuyo prelado era Mons. Sixto Sosa. El Obispo sólo esperaba, al crear la Prefectura, el bien espiritual de aquellos pueblos sureños. En la imposibilidad de atenderlos él personalmente o por medio de sus escasos sacerdotes, entregaba la pastoral de aquel extenso Territorio a quienes podían desempeñarla dignamente. Y cuando Mons. Massa, desde el Brasil, pidió autorización para visitar el Alto Orinoco, Mons. Sosa no sólo la otorga, sino que concede todas sus facultades pastorales a los visitadores salesianos.(69)
c) Por parte del Nuncio Apostólico de Caracas
Dos nuncios intervinieron en la creación de la Misión: Mons. Felipe Cortesi y Mons. Fernando Cento. Ambos buscaron ante todo, el bien espiritual de las almas. Pero también se vieron empujados por ciertas «atenciones debidas al Gobierno» (70), puesto que ambos, especialmente Mons. Cento se vio a veces presionado por el Gobierno.(71)

Mons. Felipe Cortesi siempre apreció y distinguió a los Salesianos de Venezuela. (72) (Les aconsejó abrir nuevas fundaciones (73) y escribió a los Superiores de Turín para su aprobación.(74) Fue Mons. Cortesi quien presentó al Gobierno venezolano el proyecto ideado por los Salesianos del Brasil, de acuerdo con Mons. Sosa, para erigir una Prefectura Apostólica en el Territorio Amazonas.(75)

Cuando dejó Venezuela para desempeñar otros cargos en países latinoamericanos, continuó interesándose, por medio de los Salesianos, del proyecto de la Misión amazónica. Palió y corrigió las noticias pesimistas que mandaron a los Superiores desde el Río Negro brasileño, sobre el Territorio. (76)

Intuyó que, aceptando la Misión, la Obra de D. Bosco se desarrollaría mucho mejor en Venezuela. Tanto que el P. De Ferrari escribirá diciendo que el Nuncio consideraba esta oportunidad «como un momento de particular importancia que no se debe dejar pasar, porque, si se deja, quedaría muy perjudicada la obra salesiana en Venezuela» .(77)

En 1926 Mons. Cortesi fue relevado por el nuevo Nuncio Mons. Fernando Cento, que inmediatamente reanudó los trámites con los Superiores Mayores para la apertura de la Misión.(78) Y cuando vio la Prefectura Apostólica convertida en realidad, pudo escribir a Turín con satisfacción: «Nuestros largos esfuerzos y anhelos han sido bendecidos finalmente por Dios nuestro Señor. Después de tantas peripecias, la Misión del Alto Orinoco, confiada a los hijos de D. Bosco, es una realidad» .(79)

Tales esfuerzos y peripecias fueron afrontadas por el Nuncio con espíritu evangélico y preocupación de apostolado. Pero también pudo haber cierta satisfacción personal por obra tan positiva y de tal trascendencia. El P. E. De Ferrari escribió a D. Ricaldone: «El pobre Nuncio, ya que no ha logrado obtener nada respecto a otros negocios, quisiera aprovechar nuestra influencia para demostrar a Roma que, por fin, ha logrado hacer algo importante» (80)
d) Los Salesianos
Desde el primer momento trataron de ayudar espiritualmente a aquella población amazonense abandonada y necesitada.

Al proyectar la futura misión, también se tuvieron en cuenta las ventajas que podría reportar a la Prefectura Apostólica del Río Negro brasileño. Pero más tarde, Mons. Massa y el P. Bálzola, se mostraron titubeantes e incluso contradictorios.

En su Relación de 1924, el P. Bálzola cree necesaria e indispensable la Misión salesiana, «incluso podría ser útil a las misiones limítrofes del Brasil, por intercambio de personal, noticias y ayudas mutuas, dada la facilidad de intercomunicación fluvial entre S. Carlos de Río Negro en Venezuela y S. Gabriel y Manaus en el Brasil». (81)

Pero cuando se percató que tal proyecto tenía en la práctica muchas más dificultades de las previstas, se puso en contra de la aceptación de la Misión venezolana.(82) Mons. Massa y el P. Marchesi explicaron tal cambio de opinión por la crisis depresiva que tuvo el P. Bálzola en sus últimos años.(83)

Tampoco fue uniforme ni constante el comportamiento de Mons. Massa. Fue él quien solicitó los permisos de exploración al Sr. Obispo de Guayana, y preparó el proyecto de Misión presentado a Mons. Cortesi.(84)

Pero en 1926 estaba también en trámite de aprobación y aceptación la Misión brasileña de Porto Velho, y escribe a los Superiores, diciéndoles que no querría «poner en peligro la aceptación de Porto Velho en el Brasil» que es mejor que la misión venezolana y ya había sido aceptada en 1925. (85)

Pero en el año 1926, cuando ya estuvo segura la aceptación de Porto Velho y constituida «Prelatura nullÍus» la misión de Río Negro, Mons. Massa vuelve a defender la causa de la Misión del Alto Orinoco. Y escribe: «Nos ayudaremos mutuamente. Nos será confortable hallarnos en vecindad en el campo del deber y del sacrificio... Tendremos un vastísimo campo de acción, y tendremos los Salesianos a nuestro cargo la evangelización de toda esta vasta región amazónica, que desde el Orinoco se extenderá hasta el río Madeira, abarcando una extensión de unos 800.000 Km2 aproximadamente, confiados por la Santa Sede al celo apostólico de los hijos de D. Bosco».(86)

Los Superiores de Turín estaban dispuestos a aceptar la Misión venezolana, si eran pasables las condiciones climáticas y geográficas: y estaban incluso dispuestos al intercambio de personal con el Río Negro brasileño,(87) como lo demuestra esta comunicación de D. Rinaldi al Card. Gasparri: «Tendremos necesidad de una región saludable, que sirviera también de descanso para nuestros pobres misioneros del Río Negro, que se enferman y mueren por la inclemencia del clima». (88)

Cuando desde Brasil empezaron a enviar a Turín malas noticias acerca del Alto Orinoco, en Venezuela empezaron a mandarlas buenas. Los Superiores quisieron acabar con tanto confusionismo, mandando al P. Juan Marchesi que efectuara en 1927 su expedición al Territorio para que enviara informes objetivos. Y en el mismo año aprobaron la inspección del P. E. De Ferrari, efectuada en 1928.

Cuando llegaron a la Dirección General los Informes de estos dos salesianos, vieron en Turín que las condiciones objetivas del Alto Orinoco no eran fiables, y el país además estaba en problemas. Entonces trataron de volverse atrás. Pero ya no era posible, porque se le había dado la palabra a la Santa Sede de aceptar la Misión venezolana, a más tardar para 1930. (89) Se trató, pues, de retardar la aceptación lo más posible presentando las dificultades ambientales de la selva, la falta de vías de comunicación y la real escasez de personal para una empresa de tal género. Si desde el comienzo de la propuesta se hubiera usado más claridad, se hubieran evitado esas zozobras.

En un Memorial presentado al Consejo General en 1929, Mons. Massa volvió a sus ideas poéticas y ponderativas:

«Así, a la Prelatura del Río Negro brasileño, se unirá por una parte la Prelatura del Río Negro venezolano y el Orinoco, y por la otra, a la del Papury colombiano, formando un bloque compacto de Misiones salesianas... No menos ventajoso será el hecho de ser confiada a una única Congregación la asistencia moral, civil y religiosa de tres territorios geográficos unidos, aunque políticamente distintos. En ellos surgen con frecuencia cuestiones políticas de límites, de intereses nacionalistas o diplomáticos con las consiguientes luchas y contiendas. Si los salesianos evangelizan los límites de las tres Repúblicas y los civilizan, podrán ganarse la simpatía de los tres Gobiernos y obtener su apoyo financiero, indispensable para sostener nuestras obras misioneras...» (90)

Pueden ser sugestivas estas razones de Mons. Massa. Pero la Misión del Alto Orinoco fue aceptada por los Superiores no por fines y objetivos políticos y diplomáticos, sino por motivaciones meramente evangélicas y humanitarias.

Fue definitivo el empeño del P. Enrique De Ferrari para que se aceptara la Misión. Tanto, que fue acusado de inspirador y animador de los trámites hasta en la propia Secretaría del Estado Vaticano.

Cierto que parecía una ocasión adecuada para que la Obra de D. Bosco se desarrollara más y mejor en Venezuela. Por eso escribe: “Es un momento de desarrollo que no debemos desperdiciar , a mi juicio, ya que conozco muy bien esta región en la que trabajo desde hace 30 años. Si los Superiores nos hacen la caridad de ayudarnos, tendrán el mérito del mucho bien que los Salesianos harán aquí. Pero si desperdiciamos esta oportunidad, nuestra Obra perderá todas estas ventajas». (91)

Además, cuando en 1929, las Casas de Venezuela fueron constituídas en Visitaduría, independiente de la Inspectoría de Colombia, una de las dificultades aducidas para hacer con ellas una nueva Inspectoría era que tenía muy pocas Casas y Obras. Creando las Casas de la nueva Misión, el número de Obras crecería. Y podría ser hecha con plena independencia y plena juridicidad la Inspectoría Salesiana de Venezuela. (92)

El P. De Ferrari veía también en la Misión del Orinoco una posibilidad de ayuda para la Misión Salesiana del Río Negro brasileño: «Las comunicaciones (de los Salesianos brasileños) con Manaus para ir a buscar alimentos etc. son dificilísimas, y emplean mucho tiempo: al menos 40 días. Mientras que si vienen a Venezuela, llegarán en cuatro o seis días a S. Fernando de Atabapo, sede de la nueva Misión, y en otros cuatro a Caracas». (93)

Los de Brasil, en cambio, decían todo lo contrario respecto a la facilidad de comunicaciones. (94)

También aducía el P. De Ferrari la realización del Sueño de D. Bosco, que ya en 1883 vio toda la extensión de tierra que va desde los Andes hasta el Atlántico cubierta de Obras Salesianas, trabajando por la evangelización de toda clase de gentes y razas.(95)
e) ¿Y los demás Salesianos de Venezuela? ¿Qué pensaban sobre la Misión del Alto Orinoco?
En los comienzos, ni siquiera sabían la existencia de tal proyecto. En un Memorial presentado a los Superiores Mayores por el Consejo de la Visitaduría, en Agosto de 1926, aún admitiendo la necesidad de que la Obra de D. Bosco se extendiera más por Venezuela, ni se menciona el proyecto.(96) Tal vez todo permanecía como mero sondeo e intercambio de opiniones entre el Nuncio, la Santa Sede, los Superiores Mayores y el Visitador venezolano. Pero ya en este Memorial enviado al Consejo General, se ve el deseo de consolidación y expansión que tienen los Salesianos de Venezuela.(97)

También lo aconsejaban los Superiores de Turin. (98)

Al P. De Ferrari, en cambio, se le acusaba de tener «puntos de vista ambiciosos». (99) Se le acusaba de promocionar nuevas fundaciones, entre ellas las de la Misión, sólo por complacer al Nuncio, de quien esperaba que lo nombrara Prefecto Apostólico.(100)

No sabemos si esta opinión la condividían muchos salesianos o pocos. Pero en el trienio de anticlericalismo que ya hemos descrito, un director lo consideraba como providencial, porque había puesto fin a «la veleidad de las Misiones Amazónicas». (101)

La aceptación o rechazo de la Misión traería ventajas e inconvenientes. Unos se fijaban en las ventajas; otros en los inconvenientes. Para estos últimos, lo primero era potenciar adecuadamente las obras ya existentes en la Visitaduría; por lo tanto, no debía aceptarse la Misión que forzosamente restaría personal a las Casas. Para los primeros en cambio, rechazar la Misión, era encerrarse en unas perspectivas de futuro limitadas y estrechas. Todo esto era también un factor de indecisión para los Superiores Mayores de Turín.

Terminado el conflicto político-religioso de 1929-31, la aceptación de la Misión, podía considerarse también como prueba de agradecimiento al Gobierno, por las deferencias que Gómez había tenido con los Salesianos y, concretamente con el P. De Ferrari y con la nueva Inspectoría venezolana.
f) El Gobierno de Venezuela
Para el Gobierno de Venezuela, los objetivos de la Misión eran, como lo decía la Ley de Misiones de 1915, fundamentalmente dos:

- La civilización y nacionalización de los indígenas.

- La repoblación de aquellas regiones marginales del Territorio nacional y la defensa de las fronteras con Brasil y Colombia.

Eran fines netamente políticos, aunque no excluían ni impedían la evangelización y la formación de la Iglesia local. (102)

Decía, en efecto, el texto de la Ley de Misiones:

«Art. 1: Con el fin de reducir y atraer a la vida ciudadana las tribus y parcialidades indígenas no civilizadas que aún existen en diferentes regiones de la República, y con el propósito, al mismo tiempo, de poblar regularmente estas regiones de la Unión, se crean en los Territorios Federales y en los Estados Bolívar, Apure, Zulia, Zamora y Monagas, tantas misiones cuantas sean necesarias, a juicio del Ejecutivo Nacional». (103)

No queremos entrar ahora en la cuestión de la terminología totalmente desfasada y anacrónica de esta Ley, que reiteradamente se ha pedido sustituir por una moderna Ley de Etnias. Solamente decimos aquí que el objetivo y finalidad del Estado al crear una Misión dentro del territorio nacional venezolano, aparece en este artículo con claridad meridiana. Es un objetivo meramente político: la aculturación de los indígenas aparece en función de su sometimiento y de la seguridad de las zonas fronterizas, mediante la repoblación.

El abandono de aquellas tierras sureñas, limítrofes con Brasil y Colombia, debían ser una espina dolorosa para el Gobierno, tanto bajo el punto de vista político, como bajo el punto de vista económico y jurídico. Según el P. De Ferrari, un cronista de aquellos años, describía así esta triste realidad:

«El éxodo a las Repúblicas vecinas y la falta de habitantes en el Territorio constituyen una seria amenaza para Venezuela; porque no tener gente en aquella parte del territorio nacional, es como abandonarlo a las especulaciones y a los exploradores extranjeros. Y esto sería motivo suficiente para que más tarde o más temprano las vecinas Repúblicas alegaran derechos adquiridos sobre aquella parte de nuestra nación».(104)

Por lo tanto, ya desde el primer Memorandum que el P. De Ferrari envió a Turín, puso de manifiesto las verdaderas intenciones y objetivos del Gobierno, que por otra parte no podía discordar con la legislación vigente. «Lo que el Gobierno desea – escribía - es que los Misioneros hagan Residencias en los pueblos fronterizos, para impedir que los habitantes abandonen aquellos lugares y para asegurar las fronteras» (105)

Y en la relación que mandó al Consejo superior en mayo de 1928 hacía alusión clara a estos objetivos gubernamentales: «El Gobierno de Venezuela está dispuesto a dar todas las facilidades necesarias para aumentar los medios de comunicación en estas regiones, atraer a los indígenas y reconstruir los poblados» (106)

En una palabra: el Gobierno buscaba los objetivos políticos ya contemplados en la legislación nacional. Si los Ministros y gobernantes particularmente tenían motivaciones de tipo religioso, era cuestión totalmente privada. A lo más, sin impedir ni oponerse a los objetivos evangelizadores y religiosos, se perseguían finalidades político-patrióticas, mezcladas a veces con vanidades personales o motivaciones humanitarias.
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