Aprendiza de chamán un extraordinario viaje iniciático en el corazón de la selva peruana corine sombrun






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APRENDIZA DE CHAMÁN



Un extraordinario viaje iniciático en el corazón de la selva peruana
CORINE SOMBRUN

Este libro fue pasado a formato digital para facilitar la difusión, y con el propósito de que así como usted lo recibió lo pueda hacer llegar a alguien más. HERNÁN





Para descargar de Internet:

ELEVEN” – Biblioteca del Nuevo Tiempo

Rosario – Argentina


Adherida a: Directorio Promineo: www.promineo.gq.nu

Libros de Luz: http://librosdeluz.tripod.com

Contraportada
"Ya está, mañana me voy a la Amazonia. Sachamama, el pedacito de selva de Francisco, también es un centro de estudio de métodos de curación heredados de las culturas indias y precolombinas. Allí me lleva el deseo de encontrar mi canción. Quiero volver a ti." Las razones por las que las personas se embarcan en búsquedas espirituales pueden ser a la vez misteriosas y profundamente personales. Este diario de viaje de una joven compositora que, bajo los efectos de un duelo inconsolable, cambia Paris y Londres por la selva ama­zónica para seguir los rigurosos métodos de un chamán peruano, constituye un relato iniciático sincero y original. Sin perder de vista el humor ni las ganas de reírse de ella misma, y a través de aventuras tan singulares como emocionantes, Corine Sombrun nos conduce por laberintos ajenos a los límites del tiempo a su reencuentro con ese amor más fuerte que la muerte.

El día que me dejaste era francesa, y compositora. Y tomé el tren. Bajo el mar. Para engullir mis sueños. Para devorar tus cenizas. Me convertí en inglesa, y compositora. Así estaba bien. Y luego ocurrió allí, donde tenía que ocurrir. Una noche lluviosa. En Londres. Me acuerdo muy bien de todos los «azares» que me llevaron hasta esa inauguración. Como si se tratara de una cita en la que ni siquiera me atrevía a pensar de tanto como me dolía, aunque la esperanza de que se produjera le diera a mi vida la forma de un embudo por el que me dejaba deslizar para no perder la oportunidad. Para reencontrarte, dondequiera que estés. Esa noche, en Londres, llovía a cuadros. La temporada artística acababa de empezar...
Londres, 4 de noviembre
Exterior: noche.

Interior (mi interior): noche también, 182 días después de tu muerte.
Estoy invitada a una exposición de pinturas de la Amazonia. Otra exposición más en la que mostrar mi tarjeta de visita... ¡Con lo que me cuesta en este momento penetrar en los meandros ego espaciales de los artistas...! No tengo ningunas ganas de ir. Llueve a cántaros en este inicio de temporada artística. El aire huele a rancio, y es frío, incluso glacial. Razones de más para no exponer mi cuerpo mortificado a este mundo sin compasión. ¡Vaya! El timbre. Suena otra vez, y todavía no me he preparado para salir. No, no estoy lista. Para componer sí. De hecho, estaba componiendo un gran éxito. Sentía que la inspiración excitaba mis neuronas. Sííí, ya va, ya va.

Cuando estás en el lado equivocado de la puerta la espera siempre es demasiado larga.

Es Claudia. Viene a buscarme. A arrancarme, mejor dicho. Bien, me pongo un vestido-negro de lana, medias de lana, guantes de lana, boina de lana, bufanda de lana. Voy hecha un ovillo, un ovillo negro. Bastaría con tirar de un hilo para que... No, nunca me acostumbraré al frío húmedo.

Claudia está rabiosa con el tiempo, y yo también. Venga, vamos. Salida del nido. El impacto es de un frío cortante. Transporte sobre ruedas: un enorme taxi negro inglés, una caja hermética cuyas puertas se bloquean automáticamente al llegar a destino. Un vidrio separa al chofer de nuestro habitáculo de fieras potencialmente peligrosas. Para hablarle hay que apretar un interruptor. Se enciende una lucecita roja. Me gusta. ¡Y pensar que estaba inspirada, que sentía la música de ese éxito superventas invadir con violencia mi vientre...! Ésa es siempre la señal. Ganas de abrir ese vientre. Además, estoy sin blanca. Me lo merezco. No tenía que haberlo dejado todo. Un superventas. Me doy risa. ¿Cómo iba a componer yo un superventas? Estoy seca. De mí no surge nada, nada que no sea la música de las palabras que no tuve tiempo de decirte, esa música que llena de calambres mis pensamientos.

Llegada. October Gallery. Here we are! ¡Qué calorazo aquí dentro! Y yo disfrazada de ovillo: ¡me moriré! Bueno. Saludo imperceptible a todos los que conozco. Me presentan a un francés que conoce mucho a los pintores. Simpático. Se llama Philippe. Me acompaña a ver los cuadros. Son de Pablo Amaringo y Francisco Montes Shuna. No están mal. Quizás incluso me pongan de mejor humor. Por lo visto los han pintado inspirándose en unas visiones que tuvieron, unas visiones provocadas por una droga, una planta alucinógena denominada ayahuasca.

Nunca había oído hablar de ella. Se podría decir que en todo lo que concierne a las drogas soy virgen. Me preocupo demasiado por mí para arriesgarme tanto. Hasta tu muerte siempre había sido así. Pero hoy es diferente, hoy tengo menos miedo. Menos miedo de la muerte o menos miedo, sólo eso. ¡Qué raro!

Un tío me mira. Espero que no me agobie, ése. Esta noche no estoy de humor. ¿Te envío mi foto por e-mail?

Oh , qué bonita esta pintura. Algo así como un árbol de hojas muy verdes, y las raíces parten de un cuerpo enterrado. Pienso en ti. Pero tú no eres ningún cuerpo enterrado, eres ceniza. Sobre el suelo, una serpiente. Me dan miedo, pero ésa tiene un aire especial. Cómo diría...

¿Un aire protector? No sé. Muy primario. Trazos simples con colores, de pigmento natural o en esa onda, verde, marrón, negro, ocre, amarillo. Me encanta.

¡Jo, que viene hacia aquí! Y encima con bigotillo. ¿Qué querrá ése? No, no tengo ganas. Rápido movimiento oblicuo hacia mi compatriota... que recibe a ese chico con

una enorme sonrisa!

—Corine, quería presentaros...

Y en ese momento le interrumpen. Unos que tienen algo que decirle. En estas exposiciones siempre va así, la cosa.

Son gente muy desenvuelta. En fin... El chico se queda ahí plantado. Me hace un gesto con la cabeza a modo de «hola!». Le respondo desde el otro extremo de la línea que dibuja el hilo de mi ovillo, reconcentrada en el papel «estoy inmersa en esta pintura».Y sí, me encanta, de verdad. Tiene mucha fuerza. Aquí dirían terrific. Sigue ahí, a mi lado. Tipo indio. Silencioso. Formal. Una

impresión:

las palabras buscan una vía de salida. Y de pronto, surgen:

—En usted hay algo triste...

¡Vaya! Es la primera vez que me abordan así. Además, ¿cómo lo sabe? No lo conozco de nada. Ojo, también es verdad que se me nota mucho. Claudia hasta me dijo que —12— al mirar la cara que pongo daban ganas de suicidarse. ¡Qué simpáticas, las amigas! Siempre con esa frase directa al núcleo del ego. Y por lo visto a este hombre se le ha contagiado. Bueno, empieza a interesarme. Va, voy a decidir que no estoy tan ocupada. Hablo: —Por qué lo dice?

—Las plantas de la Amazonia pueden ayudarla a encontrar la respuesta.

No entiendo nada. Me pone nerviosa, haciéndose la esfinge. ¡Y encima se larga! Me deja ahí, plantada, con un montón de preguntas.

Por una vez, eso que me sirve de cerebro intenta superar la velocidad permitida: ¿quién demonios es ese tío? Phiippe sigue hablando por los codos con los desenvueltos, pero al final lo averiguo: ¡era Francisco Montes Shuna, el pintor del cuadro que estaba mirando! ¡Vaya! La verdad es que tenía una mirada muy dulce, una mirada como de vaca. Como la de las vacas normandas. Eso me tranquiliza. Philippe me informa de que Francisco vive en la Amazonia, en Perú, y que además de su actividad de pintor también es un especialista en plantas de la selva amazónica. En 1990 había fundado el Jardín Etnobotánico Sachamama, una especie de reserva en la que estudiosos de la botánica registran y estudian mil doscientas especies de árboles y plantas con las que preparar los medicamentos del futuro. Ya me parecía a mí que tenía un aire simpático...

Tengo que volver a hablar con él. Tengo que averiguarlo. No sé por qué, pero me invade la seguridad de que puede ayudarme. O eso, o voy directa a complicarme la vida...

Ah, por fin lo encuentro. Me mira, ¡y además sonríe! Me siento idiota de necesitarlo ahora, después de la acogida que le he dispensado. Bueno. Sigue sonriendo, sin un gramo de victoria en su mirada. Lo prefiero así. Y ahora, ¿qué le digo? Introducción clásica: —Me encantan sus cuadros. Parece que le alegra, pero sin más. Presentaciones: Conne-Francisco-Encantado.

Me dice que podría recibir las enseñanzas de las plantas de la Amazonia, que tengo un son por descubrir, mi propia canción, una vibración que debo entonar... ¿Podría explicármelo mejor? Sonríe. No puede explicármelo todo, pero de alguna manera cada individuo tendría su propio son, una tonada que sería como una clave vibratoria que permite que se reequilibren las energías de cada uno, de modo que restituye cierta armonía interior. Ahora sí que empieza a interesarme de verdad. Siento que mi tercera oreja de compositora se levanta. Silencio. Escucho.

Francisco piensa que por alguna razón que ignora yo habría perdido esa armonía interior. Si quiero intentar reencontrarla debería ir a la Amazonia, y beber allí la sustancia de ciertas plantas cuyo papel esencial sería ayudarme a redescubrir y a cantar esa canción. Silencio. Pienso. ¿Me está diciendo que existiría un son primordial, una nota única, propia de cada uno de nosotros, y que bastaría con cantarla para reequilibrar nuestras energías? ¡Sí! Ésa es la respuesta de Francisco. Aunque no se trata de una sola nota. En general es una suma de notas diferentes, algo así como una melodía única. No es que lo entienda con exactitud, pero mi tercera oreja está entusiasmada, quiere aplaudir. Ya está. El buen humor ha vuelto. Sí, como cada vez que la canción me llama. Como cada vez que asalta mis tripas con tal fuerza que me hace salir de ese instante. De pronto, comprendo que es ahí donde tú te encuentras, y que solamente ese son me podrá curar, llevándome a ti... Porque eso ha tenido un efecto en mi corazón, como una caricia de tu aliento, como un rayo en la noche. En ese instante lo sé, en una de esas certezas que la razón odia: sé que estoy en el embudo que va a conducirme a esa cita que tengo contigo. Haga lo que haga para escapar, esa melodía será la pista sobre la que pondré como prenda mi vida.

Interiorizo las coordenadas de Francisco. El aire se carga de alegría. Y lo inspiro...
Londres, 11 de julio

Aquí sigo, todavía no me he ido. Estoy informándome sobre la Amazonia. Me arrastro, doy media vuelta. Me parece que estoy asustada. Tengo el miedo propio de la que sabe que no escapará a su propia decisión. El trabajo me sirve de excusa para no avergonzarme tanto de aceptar en mí a esa mujer que tiene miedo. Soy mi única enemiga, sólo yo me ofrezco palabras con las que escapar a mi pro­mesa. ¿Cómo encontraré esa fuerza que necesito? Actúo, y quiero decir que actúo de verdad, sobre un escenario... ¡En una obra que dura veinticuatro horas! Es lo que más les conviene a mis neuronas apalizadas. La obra se llama The Warp, «La urdimbre». Me meto en ella uno de cada dos fines de semana, durante tres meses. El trabajo me lo ofreció Claudia cuando me presenté en Londres después de dejarlo todo en Francia. Después de tu muerte. No, no podía vivir en esos objetos que ya no habitabas. Lo eché todo a rodar. En ese momento en que las consecuencias de un acto se vuelven invisibles. En ese momento en que la huida es el único gesto que impide gritar. Claudia es la ayudante del director. Me encargan que improvise durante veinticuatro horas ininterrumpidas la música que deberá subrayar y acompañar la interpretación de los actores. Así me convierto en pianista de cine no mudo. Minuto a minuto, vierto al teclado las emociones que recibo. Hasta ese día en que, tras catorce horas de improvisación, apoyé la cabeza sobre el teclado para transmitirle las vibraciones musicales de mis ronquidos. Sí, me quedé dormida. Y el público se reía. Alguien dijo que las teclas habían dejado sus marcas sobre mi mejilla derecha... Semejante hazaña no impidió que una productora de la BBC World me encargara una música para el Sacred Voice Festival de Londres. Querían que creara un concepto entre música contemporánea y percusiones iraníes con textos de Rumi, el poeta persa. Tal como me lo pidieron lo hice... ¡Y hoy es el concierto!

Me acompaña a la percusión Bijane Chémirani. Raficq Abdulla es el recitador. Lee los textos de Rumi, sacados del libro que acaba de editar. Es un éxito rotundo. ¡Sí, de verdad!

Hablo de mi proyecto de viaje a la Amazonia con Kristine, la productora. Le cuento lo de la búsqueda de mi canción, los encuentros con chamanes... Me dice que eso le interesa. No podía ser de otra manera: trabaja para la radio como productora especializada en world music, así que incluso me propone hacer emisiones radiofónicas en las que podría compartir mi experiencia. Ya me prestaría el material. No tendría más que grabar todo lo que viva, piense y descubra, para la BBC World. ¿Qué, me interesa? Eso mismo me pregunto yo...
París, 11 de octubre
Exterior: día.

Interior (mi interior): deseo desesperado de escapar.

Edad: variable.

Peso: 7 (euro-kilos).
Ya está, mañana me voy a la Amazonia. Un mes, para reencontrarme con Francisco. Mucho correo, muchas

preguntas entre nosotros desde aquel encuentro en la October Gallery. Sachamama, el pedacito de selva de Francis­co, también es un centro de estudio de métodos de cura­ción heredados de las culturas indias y precolombinas. Allí me lleva el deseo de encontrar mi canción. Quiero volver a ti. Eso es todo.

He comprado una mochila. No tenía ninguna. Tendré que caminar, y eso que caminar no me gusta nada. Por eso no tenía ninguna, supongo. La palabra «paseo» me depri­me. Por fin lleno la mochila. Es bicolor, verde oscuro y verde bronce. Superbonita. Superprofesional. Me parece que caben veinte litros que se revelan insuficientes, aun­que empuje.

Debate interno sobre lo que es indispensable. Una mosquitera, cinco frascos de antimosquitos... Sí, nada de tratamiento antipalúdico, no me da la gana de tragarme semejante mejunje.Y vacunas, tampoco. Ya morí una vez, por una vacuna contra la viruela. Fue en Uagadugu, la capital de Burkina Faso. Mis padres vivían allí, y yo lo mis­mo, desde que tenía un mes. Once tenía cuando la reac­ción a la vacuna desencadenó un edema pulmonar agudo. «No hay remedio para su hija», había dicho el médico del hospital. Dicen que ya estaba completamente morada. Entonces probó el tratamiento «última oportunidad»... Y volví. Quizá fuera la necesidad de besar al que acababa de salvarme la vida. En Uagadugu.

Bien, así que nada de vacunas. De todos modos ningu­na es obligatoria para ir a la Amazonia. Probaré así, a ver. Un cepillo de dientes plegable rojo y verde, dentífrico, tú eras dentista, lloro, dos pantalones, uno negro de lino y uno beis en nuevo material hiperresistente, dos camisas, una gris sin mangas y una caqui llena de mangas y bolsi­llos, dos bragas, dos sujetadores, una toallita, un saco de dormir azul cielo de algodón tamaño dos personas para mí sólita, jabón de Marsella, una navaja suiza con tijeras y sacacorchos, un diccionario de inglés (no hay que olvidar que he aceptado trabajar para la BBC, así que me lo me­rezco), dos micros, dos MiniDisc recorder, veinte Mini-Disc pro, dos pies de micro, uno pequeño y uno grande, muchas pilas, pigmentos naturales para las pinturas de Francisco, crema para el cutis, dos pares de botas de mar­cha de lona, uno caqui y el otro beis, Vous qui habitez le temps, de Valere Novarina, Le Fou de Khalil Gibran, y li­bretas, para lo que yo también pueda escribir. Se acabó. Trece kilos con quinientos cincuenta y ocho gramos en total. Si pienso que es para un mes entero y descuento los cinco kilos que pesa el material de grabación, me doy por satisfecha en cuanto a sobriedad. Un poco de orgullo incluso tiene el atrevimiento de venir a molestar al pánico que siento, que sigue ahí, aderezado desde hace unas ma­ñanas con una gran angustia en el vientre.Y en todo lo de­más también. Siempre en aumento. Me lo merezco. Así aprenderé a apreciar esa vida tranquila de compositora bien equilibrada entre el piano y el ordenador. Mañana...
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