Incluyo las poesías de Garcilaso en orden cronológico siguiendo a Lapesa para ir comprobando las características de las dos etapas. El estudio de las églogas lo






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títuloIncluyo las poesías de Garcilaso en orden cronológico siguiendo a Lapesa para ir comprobando las características de las dos etapas. El estudio de las églogas lo
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Epístola a Boscán







 

     Señor Boscán, quien tanto gusto tiene
de daros cuenta de los pensamientos,
hasta las cosas que no tienen nombre,
no le podrá faltar con vos materia,
ni será menester buscar estilo
presto, distinto d’ornamento puro
tal cual a culta epístola conviene.
Entre muy grandes bienes que consigo
el amistad perfeta nos concede
es aqueste descuido suelto y puro,
lejos de la curiosa pesadumbre;
y así, d’aquesta libertad gozando,
digo que vine, cuanto a lo primero,
tan sano como aquel que en doce días
lo que sólo veréis ha caminado
cuando el fin de la carta os lo mostrare.







     Alargo y suelto a su placer la rienda,
mucho más que al caballo, al pensamiento,
y llévame a las veces por camino
tan dulce y agradable que me hace
olvidar el trabajo del pasado;
otras me lleva por tan duros pasos
que con la fuerza del afán presente
también de los pasados se me olvida;
a veces sigo un agradable medio
honesto y reposado, en que’l discurso
del gusto y del ingenio se ejercita.
Iba pensando y discurriendo un día
a cuántos bienes alargó la mano
el que del amistad mostró el camino,
y luego vos, del amistad enjemplo,
os me ofrecéis en estos pensamientos,
y con vos a lo menos me acontece
una gran cosa, al parecer estraña,
y porque lo sepáis en pocos versos,
es que, considerando los provechos,
las honras y los gustos que me vienen
desta vuestra amistad, que en tanto tengo,
ninguna cosa en mayor precio estimo
ni me hace gustar del dulce estado
tanto como el amor de parte mía.
Éste comigo tiene tanta fuerza
que, sabiendo muy bien las otras partes
del amistad y la estrecheza nuestra
con solo aquéste el alma se enternece;
y sé que otramente me aprovecha
el deleite, que suele ser pospuesto
a las útiles cosas y a las graves.
Llévame a escudriñar la causa desto
ver contino tan recio en mí el efeto,
y hallo que’l provecho, el ornamento,
el gusto y el placer que se me sigue
del vínculo d’amor, que nuestro genio
enredó sobre nuestros corazones,
son cosas que de mí no salen fuera,
y en mí el provecho solo se convierte.
Mas el amor, de donde por ventura
nacen todas las cosas, si hay alguna,
que a vuestra utilidad y gusto miren,
es gran razón que ya en mayor estima
tenido sea de mí que todo el resto,
cuanto más generosa y alta parte
es el hacer el bien que el recebille;
así que amando me deleito, y hallo
que no es locura este deleite mio.
     ¡Oh cuán corrido estoy y arrepentido
de haberos alabado el tratamiento
del camino de Francia y las posadas!
Corrido de que ya por mentiroso
con razón me ternéis; arrepentido
de haber perdido tiempo en alabaros
cosa tan digna ya de vituperio,
donde no hallaréis sino mentiras,
vinos acedos, camareras feas,
varletes codiciosos, malas postas,
gran paga, poco argén, largo camino;
llegar al fin a Nápoles, no habiendo
dejado allá enterrado algún tesoro,
salvo si no decís que’s enterrado
lo que nunca se halla ni se tiene.
A mi señor Durall estrechamente
abrazá de mi parte, si pudierdes.
Doce del mes d’otubre, de la tierra
do nació el claro fuego del Petrarca
y donde están del fuego las cenizas.

 

   SONETO VIII


     De aquella vista pura y excelente
salen espirtus vivos y encendidos,
y siendo por mis ojos recebidos,
me pasan hasta donde el mal se siente;

     éntranse en el camino fácilmente
por do los mios, de tal calor movidos,
salen fuera de mí como perdidos,
llamados d’aquel bien que ’stá presente.

     Ausente, en la memoria la imagino;
mis espirtus, pensando que la vían,
se mueven y se encienden sin medida;

     mas no hallando fácil el camino,
que los suyos entrando derretían,
revientan por salir do no hay salida.

 

   SONETO XII


     Si para refrenar este deseo
loco, imposible, vano, temeroso,
y guarecer de un mal tan peligroso,
que es darme a entender yo lo que no creo,

     no me aprovecha verme cual me veo,
o muy aventurado o muy medroso,
en tanta confusión que nunca oso
fiar el mal de mí que lo poseo,

     ¿qué me ha de aprovechar ver la pintura
d’aquel que con las alas derretidas,
cayendo, fama y nombre al mar ha dado,

     y la del que su fuego y su locura
llora entre aquellas plantas conocidas,
apenas en el agua resfrïado?

 

   SONETO XV


     Si quejas y lamentos pueden tanto
que enfrenaron el curso de los ríos
y en los diversos montes y sombríos
los árboles movieron con su canto;

     si convertieron a escuchar su llanto
los fieros tigres y peñascos fríos;
si, en fin, con menos casos que los míos
bajaron a los reinos del espanto:

     ¿por qué no ablandará mi trabajosa
vida, en miseria y lágrimas pasada,
un corazón comigo endurecido?

     Con más piedad debria ser escuchada
la voz del que se llora por perdido
que la del que perdió y llora otra cosa.

 

   SONETO XIX


     Julio, después que me partí llorando
de quien jamás mi pensamiento parte
y dejé de mi alma aquella parte
que al cuerpo vida y fuerza ’staba dando,

     de mi bien a mí mismo voy tomando
estrecha cuenta, y siento de tal arte
faltarme todo’l bien que temo en parte
que ha de faltarme el aire sospirando.

     Y con este temor mi lengua prueba
a razonar con vos, oh dulce amigo,
del amarga memoria d’aquel día

     en que yo comencé como testigo
a poder dar, del alma vuestra, nueva
y a sabella de vos del alma mía.

 

   SONETO XXVIII


     Boscán, vengado estáis, con mengua mía,
de mi rigor pasado y mi aspereza,
con que reprehenderos la terneza
de vuestro blando corazón solía;

     agora me castigo cada día
de tal selvatiquez y tal torpeza,
mas es a tiempo que de mi bajeza
correrme y castigarme bien podría.

     Sabed qu’en mi perfeta edad y armado,
con mis ojos abiertos, m’he rendido
al niño que sabéis, ciego y desnudo.

     De tan hermoso fuego consumido
nunca fue corazón; si preguntado
soy lo demás, en lo demás soy mudo.

    SONETO XXX


     Sospechas que, en mi triste fantasía
puestas, hacéis la guerra a mi sentido,
volviendo y revolviendo el afligido
pecho con dura mano noche y día:

     ya se acabó la resistencia mía
y la fuerza del alma; ya rendido,
vencer de vos me dejo, arrepentido
de haberos contrastado en tal porfía.

     Llevadme a aquel lugar tan espantable
que, por no ver mi muerte allí esculpida,
cerrados hasta aquí tuve los ojos.

     Las armas pongo ya, que concedida
no es tan larga defensa al miserable:
colgad en vuestro carro mis despojos.

   SONETO XXXI


     Dentro en mi alma fue de mí engendrado
un dulce amor, y de mi sentimiento
tan aprobado fue su nacimiento
como de un solo hijo deseado;

     mas luego d’él nació quien ha estragado
del todo el amoroso pensamiento;
en áspero rigor y en gran tormento
los primeros deleites ha tornado.

     ¡Oh crudo nieto, que das vida al padre
y matas al agüelo!, ¿por qué creces
tan desconforme a aquél de que has nacido?

     ¡Oh celoso temor!, ¿a quién pareces?,
que aun la invidia, tu propia y fiera madre,
se espanta en ver el monstruo que ha parido.

   ELEGÍA I


AL DUQUE D’ALBA EN LA MUERTE
DE DON BERNALDINO DE TOLEDO

     Aunque este grave caso haya tocado
con tanto sentimiento el alma mía
que de consuelo estoy necesitado,
     con que de su dolor mi fantasía
se descargase un poco y s’acabase
de mi continuo llanto la porfía,
     quise, pero, probar si me bastase
el ingenio a escribirte algún consuelo,
estando cual estoy, que aprovechase
     para que tu reciente desconsuelo
la furia mitigase, si las musas
pueden un corazón alzar del suelo
     y poner fin a las querellas que usas,
con que de Pindo ya las moradoras
se muestran lastimadas y confusas;
     que según he sabido, ni a las horas
que’l sol se muestra ni en el mar s’asconde,
de tu lloroso estado no mejoras,
antes, en él permaneciendo donde-
quiera que estás, tus ojos siempre bañas,
y el llanto a tu dolor así responde
     que temo ver deshechas tus entrañas
en lágrimas, como al lluvioso viento
se derrite la nieve en las montañas.
     Si acaso el trabajado pensamiento
en el común reposo s’adormece,
por tornar al dolor con nuevo aliento,
     en aquel breve sueño t’aparece
la imagen amarilla del hermano
que de la dulce vida desfallece,
     y tú tendiendo la piadosa mano,
probando a levantar el cuerpo amado,
levantas solamente el aire vano,
     y del dolor el sueño desterrado,
con ansia vas buscando el que partido
era ya con el sueño y alongado.
     Así desfalleciendo en tu sentido,
como fuera de ti, por la ribera
de Trápana con llanto y con gemido
     el caro hermano buscas, que solo era
la mitad de tu alma, el cual muriendo,
quedará ya sin una parte entera;
     y no de otra manera repitiendo
vas el amado nombre, en desusada
figura a todas partes revolviendo,
     que cerca del Erídano aquejada
lloró y llamó Lampecia el nombre en vano,
con la fraterna rnuerte lastimada:
"¡Ondas, tornáme ya mi dulce hermano
Faetón; si no, aquí veréis mi muerte,
regando con mis ojos este llano!"
     ¡Oh cuántas veces, con el dolor fuerte
avivadas las fuerzas, renovaba
las quejas de su cruda y dura suerte;
y cuántas otras, cuando s’acababa
aquel furor, en la ribera umbrosa,
muerta, cansada, el cuerpo reclinaba!
     Bien te confieso que s’alguna cosa
entre la humana puede y mortal gente
entristecer un alma generosa,
     con gran razón podrá ser la presente,
pues te ha privado d’un tan dulce amigo,
no solamente hermano, un acidente;
     el cual no sólo siempre fue testigo
de tus consejos y íntimos secretos,
mas de cuanto lo fuiste tú contigo:
     en él se reclinaban tus discretos
y honestos pareceres y hacían
conformes al asiento sus efetos;
     en él ya se mostraban y leían
tus gracias y virtudes una a una
y con hermosa luz resplandecían,
     como en luciente de cristal coluna
que no encubre, de cuanto s’avecina
a su viva pureza, cosa alguna.
     ¡Oh miserables hados, oh mezquina
suerte, la del estado humano, y dura,
do por tantos trabajos se camina,
     y agora muy mayor la desventura
d’aquesta nuestra edad cuyo progreso
muda d’un mal en otro su figura!
     ¿A quién ya de nosotros el eceso
de guerras, de peligros y destierro
no toca y no ha cansado el gran proceso?
     ¿Quién no vio desparcir su sangre al hierro
del enemigo? ¿Quién no vio su vida
perder mil veces y escapar por yerro?
     ¡De cuántos queda y quedará perdida
la casa, la mujer y la memoria,
y d’otros la hacienda despendida!
     ¿Qué se saca d’aquesto? ¿Alguna gloria?
¿Algunos premios o agradecimiento?
Sabrálo quien leyere nuestra historia:
     veráse allí que como polvo al viento,
así se deshará nuestra fatiga
ante quien s’endereza nuestro intento.
     No contenta con esto, la enemiga
del humano linaje, que envidiosa
coge sin tiempo el grano de la espiga,
     nos ha querido ser tan rigurosa
que ni a tu juventud, don Bernaldino,
ni ha sido a nuestra pérdida piadosa.
     ¿Quién pudiera de tal ser adevino?
¿A quién no le engañara la esperanza,
viéndote caminar por tal camino?
     ¿Quién no se prometiera en abastanza
seguridad entera de tus años,
sin temer de natura tal mudanza?
     Nunca los tuyos, mas los propios daños
dolernos deben, que la muerte amarga
nos muestra claros ya mil desengaños:
     hános mostrado ya que en vida larga,
apenas de tormentos y d’enojos
llevar podemos la pesada carga
     hános mostrado en ti que claros ojos
y juventud y gracia y hermosura
son también, cuando quiere, sus despojos.
     Mas no puede hacer que tu figura,
después de ser de vida ya privada,
no muestre el arteficio de natura:
     bien es verdad que no está acompañada
de la color de rosa que solía
con la blanca azucena ser mezclada,
porque’l calor templado que encendía
la blanca nieve de tu rostro puro,
robado ya la muerte te lo había;
     en todo lo demás, como en seguro
y reposado sueño descansabas,
indicio dando del vivir futuro.
     Mas ¿qué hará la madre que tú amabas,
de quien perdidamente eras amado,
a quien la vida con la tuya dabas?
     Aquí se me figura que ha llegado
de su lamento el son, que con su fuerza
rompe el aire vecino y apartado,
     tras el cual a venir también se ’sfuerza
el de las cuatro hermanas, que teniendo
va con el de la madre a viva fuerza;
     a todas las contemplo desparciendo
de su cabello luengo el fino oro,
al cual ultraje y daño están haciendo.
     El viejo Tormes, con el blanco coro
de sus hermosas ninfas, seca el río
y humedece la tierra con su lloro,
     no recostado en urna al dulce frío
de su caverna umbrosa, mas tendido
por el arena en el ardiente estío;
     con ronco son de llanto y de gemido,
los cabellos y barbas mal paradas
se despedaza y el sotil vestido;
     en torno dél sus ninfas desmayadas
llorando en tierra están, sin ornamento,
con las cabezas d’oro despeinadas.
     Cese ya del dolor el sentimiento,
hermosas moradoras del undoso
Tormes; tened más provechoso intento:
     consolad a la madre, que el piadoso
dolor la tiene puesta en tal estado
que es menester socorro presuroso.
     Presto será que’l cuerpo, sepultado
en un perpetuo mármol, de las ondas
podrá de vuestro Tormes ser bañado;
     y tú, hermoso coro, allá en las hondas
aguas metido, podrá ser que al llanto
de mi dolor te muevas y respondas.
     Vos, altos promontorios, entretanto,
con toda la Trinacria entristecida,
buscad alivio en desconsuelo tanto.
     Sátiros, faunos, ninfas, cuya vida
sin enojo se pasa, moradores
de la parte repuesta y escondida,
     con luenga esperiencia sabidores,
buscad para consuelo de Fernando
hierbas de propriedad oculta y flores:
     así en el ascondido bosque, cuando
ardiendo en vivo y agradable fuego
las fugitivas ninfas vais buscando,
     ellas se inclinen al piadoso ruego
y en recíproco lazo estén ligadas,
sin esquivar el amoroso juego.
     Tú, gran Fernando, que entre tus pasadas
y tus presentes obras resplandeces,
y a mayor fama están por ti obligadas,
     contempla dónde estás, que si falleces
al nombre que has ganado entre la gente,
de tu virtud en algo t’enflaqueces,
     porque al fuerte varón no se consiente
no resistir los casos de Fortuna
con firme rostro y corazón valiente;
     y no tan solamente esta importuna,
con proceso crüel y riguroso,
con revolver de sol, de cielo y luna,
     mover no debe un pecho generoso
ni entristecello con funesto vuelo,
turbando con molestia su reposo,
     mas si toda la máquina del cielo
con espantable son y con rüido,
hecha pedazos, se viniere al suelo,
     debe ser aterrado y oprimido
del grave peso y de la gran rüina
primero que espantado y comovido.
     Por estas asperezas se camina
de la inmortalidad al alto asiento,
do nunca arriba quien d’aquí declina.
     Y en fin, señor, tornando al movimiento
de la humana natura, bien permito
a nuestra flaca parte un sentimiento,
     mas el eceso en esto vedo y quito,
si alguna cosa puedo, que parece
que quiere proceder en infinito.
     A lo menos el tiempo, que descrece
y muda de las cosas el estado,
debe bastar, si la razón fallece:
     no fue el troyano príncipe llorado
siempre del viejo padre dolorido,
ni siempre de la madre lamentado;
     antes, después del cuerpo redemido
con lágrimas humildes y con oro,
que fue del fiero Aquiles concedido,
     y reprimiendo el lamentable coro
del frigio llanto, dieron fin al vano
y sin provecho sentimiento y lloro.
     El tierno pecho, en esta parte humano,
de Venus, ¿qué sintió, su Adonis viendo
de su sangre regar el verde llano?
     Mas desque vido bien que, corrompiendo
con lágrimas sus ojos, no hacía
sino en su llanto estarse deshaciendo,
     y que tornar llorando no podía
su caro y dulce amigo de la escura
y tenebrosa noche al claro día,
     los ojos enjugó y la frente pura
mostró con algo más contentamiento,
dejando con el muerto la tristura.
     Y luego con gracioso movimiento
se fue su paso por el verde suelo,
con su guirlanda usada y su ornamento;
     desordenaba con lascivo vuelo
el viento sus cabellos; con su vista
s’alegraba la tierra, el mar y el cielo.
     Con discurso y razón, que’s tan prevista,
con fortaleza y ser, que en ti contemplo,
a la flaca tristeza se resista.
     Tu ardiente gana de subir al templo
donde la muerte pierde su derecho
te basta, sin mostrarte yo otro enjemplo;
     allí verás cuán poco mal ha hecho
la muerte en la memoria y clara fama
de los famosos hombres que ha deshecho.
     Vuelve los ojos donde al fin te llama
la suprema esperanza, do perfeta
sube y purgada el alma en pura llama;
     ¿piensas que es otro el fuego que en Oeta
d’Alcides consumió la mortal parte
cuando voló el espirtu a la alta meta?
     Desta manera aquél, por quien reparte
tu corazón sospiros mil al día
y resuena tu llanto en cada parte,
     subió por la difícil y alta vía,
de la carne mortal purgado y puro,
en la dulce región del alegría,
     do con discurso libre ya y seguro
mira la vanidad de los mortales,
ciegos, errados en el aire ’scuro,
     y viendo y contemplando nuestros males,
alégrase d’haber alzado el vuelo
y gozar de las horas immortales.
     Pisa el immenso y cristalino cielo,
teniendo puestos d’una y d’otra mano
el claro padre y el sublime agüelo:
     el uno ve de su proceso humano
sus virtudes estar allí presentes,
que’l áspero camino hacen llano;
     el otro, que acá hizo entre las gentes
en la vida mortal menor tardanza,
sus llagas muestra allá resplandecientes.
     (Dellas aqueste premio allá s’alcanza,
porque del enemigo no conviene
procurar en el cielo otra venganza).
     Mira la tierra, el mar que la contiene,
todo lo cual por un pequeño punto
a respeto del cielo juzga y tiene;
puesta la vista en aquel gran trasunto
y espejo do se muestra lo pasado
con lo futuro y lo presente junto,
     el tiempo que a tu vida limitado
d,a1lá arriba t’está, Fernando, mira,
y allí ve tu lugar ya deputado.
     ¡Oh bienaventurado, que sin ira,
sin odio, en paz estás, sin amor ciego,
con quien acá se muere y se sospira,
     y en eterna holganza y en sosiego
vives y vivirás cuanto encendiere
las almas del divino amor el fuego!
     Y si el cielo piadoso y largo diere
luenga vida a la voz deste mi llanto,
lo cual tú sabes que pretiende y quiere,
     yo te prometo, amigo, que entretanto
que el sol al mundo alumbre y que la escura
noche cubra la tierra con su manto,
     y en tanto que los peces la hondura
húmida habitarán del mar profundo
y las fieras del monte la espesura,
     se cantará de ti por todo el mundo,
que en cuanto se discurre, nunca visto
de tus años jamás otro segundo
será, desde’l Antártico a Calisto.

 

   ELEGÍA II


A BOSCÁN

     Aquí, Boscán, donde del buen troyano
Anquises con eterno nombre y vida
conserva la ceniza el Mantüano,
     debajo de la seña esclarecida
de César africano nos hallamos
la vencedora gente recogida:
diversos en estudio, que unos vamos
muriendo por coger de la fatiga
el fruto que con el sudor sembramos;
     otros (que hacen la virtud amiga
y premio de sus obras y así quieren
que la gente lo piense y que lo diga)
     destotros en lo público difieren,
y en lo secreto sabe Dios en cuánto
se contradicen en lo que profieren.
     Yo voy por medio, porque nunca tanto
quise obligarme a procurar hacienda,
que un poco más que aquéllos me levanto;
     ni voy tampoco por la estrecha senda
de los que cierto sé que a la otra vía
vuelven, de noche al caminar, la rienda.
     Mas ¿dónde me llevó la pluma mía?,
que a sátira me voy mi paso a paso,
y aquesta que os escribo es elegía.
     Yo enderezo, señor, en fin mi paso
por donde vos sabéis que su proceso
siempre ha llevado y lleva Garcilaso;
     y así, en mitad d’aqueste monte espeso,
de las diversidades me sostengo,
no sin dificultad, mas no por eso
     dejo las musas, antes torno y vengo
dellas al negociar, y varïando,
con ellas dulcemente me entretengo.
     Así se van las horas engañando;
así del duro afán y grave pena
estamos algún hora descansando.
     D’aquí iremos a ver de la Serena
la patria, que bien muestra haber ya sido
de ocio y d’amor antiguamente llena.
     Allí mi corazón tuvo su nido
un tiempo ya, mas no sé, triste, agora
o si estará ocupado o desparcido;
daquesto un frío temor así a deshora
por mis huesos discurre en tal manera
que no puedo vivir con él un’hora.
     Si, triste, de mi bien yo estado hubiera
un breve tiempo ausente, no lo niego
que con mayor seguridad viviera:
     la breve ausencia hace el mismo juego
en la fragua d’amor que en fragua ardiente
el agua moderada hace al fuego,
     la cual verás que no tan solamente
no le suele matar, mas le refuerza
con ardor más intenso y eminente,
     porque un contrario, con la poca fuerza
de su contrario, por vencer la lucha
su brazo aviva y su valor esfuerza.
     Pero si el agua en abundancia mucha
sobre’l fuego s’esparce y se derrama,
el humo sube al cielo, el son s’escucha
     y, el claro resplandor de viva llama
en polvo y en ceniza convertido,
apenas queda d’él sino la fama:
     así el ausencia larga, que ha esparcido
en abundancia su licor que amata
el fuego qu’el amor tenía encendido,
     de tal suerte lo deja que lo trata
la mano sin peligro en el momento
que en aparencia y son se desbarata.
     Yo solo fuera voy d’aqueste cuento,
porque’l amor m’aflige y m’atormenta
y en el ausencia crece el mal que siento;
     y pienso yo que la razón consienta
y permita la causa deste efeto,
que a mí solo entre todos se presenta,
     porque como del cielo yo sujeto
estaba eternamente y diputado
al amoroso fuego en que me meto,
     así, para poder ser amatado,
el ausencia sin término, infinita
debe ser, y sin tiempo limitado;
     lo cual no habrá razón que lo permita,
porque por más y más que ausencia dure,
con la vida s’acaba, qu’es finita.
     Mas a mí ¿quién habrá que m’asegure
que mi mala fortuna con mudanza
y olvido contra mí no se conjure?
     Este temor persigue la esperanza
y oprime y enflaquece el gran deseo
con que mis ojos van de su holganza;
     con ellos solamente agora veo
este dolor qu’el corazón me parte,
y con él y comigo aquí peleo.
     ¡Oh crudo, oh riguroso, oh fiero Marte,
de túnica cubierto de diamante
y endurecido siempre en toda parte!,
     ¿qué tiene que hacer el tierno amante
con tu dureza y áspero ejercicio,
llevado siempre del furor delante?
     Ejercitando por mi mal tu oficio,
soy reducido a términos que muerte
será mi postrimero beneficio;
     y ésta no permitió mi dura suerte
que me sobreviniese peleando,
de hierro traspasado agudo y fuerte,
     porque me consumiese contemplando
mi amado y dulce fruto en mano ajena,
y el duro posesor de mí burlando.
     Mas ¿dónde me trasporta y enajena
de mi propio sentido el triste miedo?
A parte de vergüenza y dolor llena,
     donde, si el mal yo viese, ya no puedo,
según con esperalle estoy perdido,
acrecentar en la miseria un dedo.
     Así lo pienso agora, y si él venido
fuese en su misma forma y su figura,
ternia el presente por mejor partido,
     y agradeceria siempre a la ventura
mostrarme de mi mal solo el retrato
que pintan mi temor y mi tristura.
     Yo sé qué cosa es esperar un rato
el bien del propio engaño y solamente
tener con é1 inteligencia y trato,
     como acontece al mísero doliente
que, del un cabo, el cierto amigo y sano
le muestra el grave mal de su acidente,
     y le amonesta que del cuerpo humano
comience a levantar a mejor parte
el alma suelta con volar liviano;
     mas la tierna mujer, de la otra parte,
no se puede entregar al desengaño
y encúbrele del mal la mayor parte;
     él, abrazado con su dulce engaño,
vuelve los ojos a la voz piadosa
y alégrase muriendo con su daño:
     así los quito yo de toda cosa
y póngolos en solo el pensamiento
de la esperanza, cierta o mentirosa;
     en este dulce error muero contento,
porque ver claro y conocer mi ’stado
no puede ya curar el mal que siento,
     y acabo como aquel qu’en un templado
baño metido, sin sentillo muere,
las venas dulcemente desatado.
     Tú, que en la patria, entre quien bien te quiere,
la deleitosa playa estás mirando
y oyendo el son del mar que en ella hiere,
     y sin impedimiento contemplando
la misma a quien tú vas eterna fama
en tus vivos escritos procurando,
     alégrate, que más hermosa llama
que aquella qu’el troyano encendimiento
pudo causar el corazón t’inflama;
     no tienes que temer el movimiento
de la fortuna con soplar contrario,
que el puro resplandor serena el viento.
     Yo, como conducido mercenario,
voy do fortuna a mi pesar m’envía,
si no a morir, que aquéste’s voluntario;
     solo sostiene la esperanza mía
un tan débil engaño que de nuevo
es menester hacelle cada día,
     y si no le fabrico y le renuevo,
da consigo en el suelo mi esperanza
tanto qu’en vano a levantalla pruebo.
     Aqueste premio mi servir alcanza,
que en sola la miseria de mi vida
negó fortuna su común mudanza.
     ¿Dónde podré hüir que sacudida
un rato sea de mí la grave carga
que oprime mi cerviz enflaquecida?
     Mas ¡ay!, que la distancia no descarga
el triste corazón, y el mal, doquiera
que ’stoy, para alcanzarme el brazo alarga:
     si donde’l sol ardiente reverbera
en la arenosa Libya, engendradora
de toda cosa ponzoñosa y fiera,
     o adond’él es vencido a cualquier hora
de la rígida nieve y viento frío,
parte do no se vive ni se mora,
     si en ésta o en aquélla el desvarío
o la fortuna me llevase un día
y allí gastase todo el tiempo mío,
     el celoso temor con mano fría
en medio del calor y ardiente arena
el triste corazón m’apretaría;
     y en el rigor del hielo, en la serena
noche, soplando el viento agudo y puro
qu’el veloce correr del agua enfrena,
     d’aqueste vivo fuego, en que m’apuro
y consumirme poco a poco espero,
sé que aun allí no podré estar seguro,
y así diverso entre contrarios muero


   SONETO XXI


     Clarísimo marqués, en quien derrama
el cielo cuanto bien conoce el mundo,
si al gran valor en qu’el sujeto fundo
y al claro resplandor de vuestra llama

     arribare mi pluma y do la llama
la voz de vuestro nombre alto y profundo,
seréis vos solo eterno y sin segundo,
y por vos inmortal quien tanto os ama.

     Cuanto del largo cielo se desea,
cuanto sobre la tierra se procura,
todo se halla en vos de parte a parte;

     y, en fin, de solo vos formó natura
una estraña y no vista al mundo idea
y hizo igual al pensamiento el arte.

 

   SONETO XXIV


     Ilustre honor del nombre de Cardona,
décima moradora de Parnaso,
a Tansillo, a Minturno, al culto Taso
sujeto noble de imortal corona:

     si en medio del camino no abandona
la fuerza y el espirtu a vuestro Laso,
por vos me llevará mi osado paso
a la cumbre difícil d’Elicona.

     Podré llevar entonces sin trabajo,
con dulce son qu’el curso al agua enfrena,
por un camino hasta agora enjuto,

     el patrio, celebrado y rico Tajo,
que del valor de su luciente arena
a vuestro nombre pague el gran tributo.

 

   SONETO XI


     Hermosas ninfas, que en el rio metidas,
contentas habitáis en las moradas
de relucientes piedras fabricadas
y en columnas de vidrio sostenidas,

     agora estéis labrando embebecidas
o tejiendo las telas delicadas,
agora unas con otras apartadas
contándoos los amores y las vidas:

     dejad un rato la labor, alzando
vuestras rubias cabezas a mirarme,
y no os detendréis mucho según ando,

     que o no podréis de lástima escucharme,
o convertido en agua aquí llorando,
podréis allá despacio consolarme.

   SONETO XIII


     A Dafne ya los brazos le crecían
y en luengos ramos vueltos se mostraban;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos qu’el oro escurecían;

     de áspera corteza se cubrían
los tiernos miembros que aun bullendo ’staban;
los blancos pies en tierra se hincaban
y en torcidas raíces se volvían.

     Aquel que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer hacía
este árbol, que con lágrimas regaba.

     ¡Oh miserable estado, oh mal tamaño,
que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón por que lloraba!

 

   SONETO XXIII


     En tanto que de rosa y d’azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
con clara luz la tempestad serena;

     y en tanto que’l cabello, que’n la vena
del oro s’escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:

     coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto antes que’l tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

     Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.

   SONETO XXIX


     Pasando el mar Leandro el animoso,
en amoroso fuego todo ardiendo,
esforzó el viento, y fuése embraveciendo
el agua con un ímpetu furioso.

     Vencido del trabajo presuroso,
contrastar a las ondas no pudiendo,
y más del bien que allí perdía muriendo
que de su propia vida congojoso,

     como pudo, ’sforzó su voz cansada
y a las ondas habló d’esta manera,
mas nunca fue su voz dellas oída:

     "Ondas, pues no se escusa que yo muera,
dejadme allá llegar, y a la tornada
vuestro furor esecutá en mi vida."

 

   CANCIÓN V


ODE AD FLOREM GNIDI

1.

     Si de mi baja lira
tanto pudiese el son que en un momento
     aplacase la ira
     del animoso viento
y la furia del mar y el movimiento,

2.

     y en ásperas montañas
con el süave canto enterneciese
     las fieras alimañas,
     los árboles moviese
y al son confusamente los trujiese:

3.

     no pienses que cantado
seria de mí, hermosa flor de Gnido,
     el fiero Marte airado,
     a muerte convertido,
de polvo y sangre y de sudor teñido,

4.

     ni aquellos capitanes
en las sublimes ruedas colocados,
     por quien los alemanes
     el fiero cuello atados,
y los franceses van domesticados;

5.

     mas solamente aquella
fuerza de tu beldad seria cantada,
     y alguna vez con ella
     también seria notada
el aspereza de que estás armada,

6.

     y cómo por ti sola
y por tu gran valor y hermosura,
     convertido en vïola,
     llora su desventura
el miserable amante en tu figura.

7.

     Hablo d’aquel cativo
de quien tener se debe más cuidado,
     que ’stá muriendo vivo,
     al remo condenado,
en la concha de Venus amarrado.

8.

     Por ti, como solía,
del áspero caballo no corrige
     la furia y gallardía,
     ni con freno la rige,
ni con vivas espuelas ya l’aflige;

9.

     por ti con diestra mano
no revuelve la espada presurosa,
     y en el dudoso llano
     huye la polvorosa
palestra como sierpe ponzoñosa;

10.

     por ti su blanda musa,
en lugar de la cítera sonante,
     tristes querellas usa
     que con llanto abundante
hacen bañar el rostro del amante;

11.

     por ti el mayor amigo
l’es importuno, grave y enojoso:
     yo puedo ser testigo,
     que ya del peligroso
naufragio fui su puerto y su reposo,

12.

     y agora en tal manera
vence el dolor a la razón perdida
     que ponzoñosa fiera
     nunca fue aborrecida
tanto como yo dél, ni tan temida.

13.

     No fuiste tú engendrada
ni producida de la dura tierra;
     no debe ser notada
     que ingratamente yerra
quien todo el otro error de sí destierra.

14.

     Hágate temerosa
el caso de Anajárete, y cobarde,
     que de ser desdeñosa
     se arrepentió muy tarde,
y así su alma con su mármol arde.

15.

     Estábase alegrando
del mal ajeno el pecho empedernido
     cuando, abajo mirando,
     el cuerpo muerto vido
del miserable amante allí tendido,

16.

     y al cuello el lazo atado
con que desenlazó de la cadena
     el corazón cuitado,
     y con su breve pena
compró la eterna punición ajena.

17.

     Sentió allí convertirse
en piedad amorosa el aspereza.
     ¡Oh tarde arrepentirse!
     ¡Oh última terneza!
¿Cómo te sucedió mayor dureza?

18.

     Los ojos s’enclavaron
en el tendido cuerpo que allí vieron;
     los huesos se tornaron
     más duros y crecieron
y en sí toda la carne convertieron;

19.

     las entrañas heladas
tornaron poco a poco en piedra dura;
     por las venas cuitadas
     la sangre su figura
iba desconociendo y su natura,

20.

     hasta que finalmente,
en duro mármol vuelta y transformada,
     hizo de sí la gente
     no tan maravillada
cuanto de aquella ingratitud vengada.

21.

     No quieras tú, señora,
de Némesis airada las saetas
     probar, por Dios, agora;
     baste que tus perfetas
obras y hermosura a los poetas

22.

     den inmortal materia,
sin que también en verso lamentable
     celebren la miseria
     d’algún caso notable
que por ti pase, triste, miserable.

 
Adjunto archivo sobre las églogas estudiadas por Rivers, está muy bien para entenderlas.


Su vida termina trágicamente el 14 de octubre de 1536, en el asalto al castillo de Le Muy, en Provenza, pero como escribió Luis Cernuda “Cambian las modas literarias, pero la poesía de Garcilaso aparece hoy tan fresca y bella como ayer, como acaso ha de parecer siempre. En un sentido profano se puede decir que las puertas del infierno no han de prevalecer nunca contra ella», y Rafael Alberti, en 1924, dejó prendido a su poesía el nombre de Garcilaso en aquellos versos inolvidables de Marinero en tierra: «Si Garcilaso volviera, / yo sería su escudero; / que buen caballero era», mientras Pedro Salinas titularía su primer libro de la trilogía amorosa, con palabras de la Égloga III de Garcilaso: La voz a ti debida (1933). La primera composición del «Poema doble del Lago Edem», de Poeta en Nueva York (1929), la abrió García Lorca con este epígrafe de Garcilaso: «Nuestro ganado pace, el viento espira». En 1936, otro epígrafe de Garcilaso abriría Cántico de Jorge Guillén: «Que el puro resplandor serena el viento».

Pero hemos de señalar como indica Díaz de Revenga, que la poesía del siglo XX ha acudido a Garcilaso de la Vega en sólo contadas ocasiones y sometiendo al gran poeta renacentista toledano a tensiones muy fuertes en las que el impulso puramente retórico (1936) e incluso el impulso sociopolítico (1941) pudieron desvirtuar la lozanía de su figura y el significado real de su impecable obra poética.

De los poetas del siglo XX es Juan Ramón Jiménez el primero que redescubre a Garcilaso de la Vega y se lanza a una interpretación que tendrá a lo largo de todo el siglo muchas y muy variadas versiones. Cuando Luis García Montero, ya en el declinar de la centuria escribe su poema «Garcilaso 1991», que figura en Habitaciones separadas, su musa, que viste pantalones vaqueros, no se hallará muy lejos del inolvidable poema en prosa de Juan Ramón «Garcilaso en New York», que forma parte de Diario de un poeta recién casado (1917) y se refiere a la estancia «¿Quién me dijera, Elisa, vida mía?» (Égloga II): «…en estos once versos de Garcilaso, que yo digo en voz alta… Leyéndolos yo, cada verso, doncella o doncel desnudo, con toda la hermosura tierna de abril, ha dejado, corriendo al mar por la calle, verdes, inesperadas y alegres las once avenidas de New York…».

Y entre Juan Ramón y Luis García Montero, todo un siglo lleno de variaciones y reinterpretaciones poéticas, que Antonio Gallego Morell (1958), Jorge Urrutia (1983) y Emilia de Zuleta (1987) han estudiado y recopilado con detalle, pasando naturalmente por el 27 y llegando a los poetas de la revista Garcilaso en la posguerra española. Jorge Guillén y sus referencias de Federico en persona a Garcilaso; Pedro Salinas y sus alusiones en las Cartas de amor a Margarita; García Lorca en su «Teoría y juego del duende»; y sobre todo Cernuda, que siguió de cerca a Garcilaso en su homenaje poético, Égloga, Elegía y Oda, señalará proximidades refrendadas en su «Historial de un libro» y dedicará muchas páginas de estudio, luminosas, al poeta toledano, al que también estudiarán otros poetas excepcionales: Manuel Altolaguirre en una singular biografía (1933) y Dámaso Alonso en las inolvidables páginas de Poesía española (1950).

Pero el ascenso definitivo de Garcilaso vendrá, en lo que Emilia de Zuleta llama el momento neorromántico, hacia 1936, cuando se va a conmemorar el centenario del poeta toledano, y Miguel Hernández publica El rayo que no cesa, lleno de clasicismo expresado en los magníficos sonetos que el poeta de Orihuela escribe en ese año crucial. 1936 supondrá, en el recuerdo de Garcilaso, el regreso al soneto de muchos de estos poetas, junto a Hernández: Sonetos amorosos de Germán Bleiberg, Sonetos del amor oscuro, de Federico García Lorca, Alondra de verdad, de Gerardo Diego, mientras Guillermo Díaz-Plaja reúne, en 1937, su Garcilaso y la poesía española (1536-1936). Federico escribía en 1936, refiriéndose a su libro de Sonetos: «significa la vuelta a las formas después de un amplio paseo por la libertad de metro y rima. En España el grupo de poetas jóvenes emprende hoy esta cruzada». Miguel Hernández escribiría, además, su «Égloga» dedicada al poeta toledano, «Claro caballero del rocío, / un pastor, un guerrero de relente / eterno es bajo el Tajo», y Rafael Alberti una «Elegía a Garcilaso»: «Hubierais visto llorar sangre a las hiedras / cuando el agua más triste se pasó toda una…».


El fervor garcilasista que distinguió a los jóvenes del momento derivó, inmediatamente después de terminada al guerra civil, entre los poetas del nuevo régimen hacia la exaltación heroica y la tergiversación de la impecable figura del poeta, convertido en un símbolo de la España Imperial: Luis Rosales escribirá una «Égloga de la soledad»; Luis Felipe Vivanco, una «Elegía a Garcilaso»; y ambos reunirán, con patrocinio estatal, los dos inmensos volúmenes de Poesía heroica del imperio (1941-1943), que muestran una recepción de la mejor poesía áurea, mediatizada por la situación de la España de los primeros años del franquismo.

En 1943 aparece la revista Garcilaso, fundada por José García Nieto, que viene a unir a la significación militar y castrense que se le había dado en los años inmediatamente anteriores, una voluntad de clasicismo o de neorrenacimiento, ideales de la nueva «juventud creadora», contra los que reaccionaron algunos inmediatamente, como Antonio G. de Lama en 1943 («Si Garcilaso volviera / yo no sería su escudero / aunque buen caballero era») o Victoriano Crémer desde Espadaña, y otros algo más tarde, como José Agustín Goytisolo, que en 1958, todavía se burlaba en «Los celestiales», de Salmos al viento: «Es la hora, dijeron, de cantar los asuntos / maravillosamente insustanciales».

En el fin de siglo el entusiasmo por Garcilaso se reduce a menciones como la antes citada de García Montero, la de Caballero Bonald, de Descrédito del héroe (1977), «Meditación en Ada-Kaleh», recordando la isla del Danubio en la que Garcilaso sufrió destierro, o estos versos, de Enigmas y despedidas, de 1999, de Juan Luis Panero: «un testamento de ceniza / que el viento mueve, esparce y desordena», con los que se cierra un siglo de garcilasismo en nuestros poetas variado en interpretaciones.

 
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