Incluyo las poesías de Garcilaso en orden cronológico siguiendo a Lapesa para ir comprobando las características de las dos etapas. El estudio de las églogas lo






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títuloIncluyo las poesías de Garcilaso en orden cronológico siguiendo a Lapesa para ir comprobando las características de las dos etapas. El estudio de las églogas lo
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ALBANIO

     Si mi turbada vista no me miente,
paréceme que vi entre rama y rama
una ninfa llegar a aquella fuente.
     Quiero llegar allá: quizá si ella ama,
me dirá alguna cosa con que engañe,
con algún falso alivio, aquesta llama.
     Y no se me da nada que desbañe
mi alma si es contrario a lo que creo,
que a quien no espera bien, no hay mal que dañe.
     ¡Oh santos dioses!, ¿qué’s esto que veo?
¿Es error dc fantasma convertida
en forma de mi amor y mi deseo?
     Camila es ésta que está aquí dormida;
no puede d’otra ser su hermosura.
La razón está clara y conocida:
     una obra sola quiso la natura
hacer como ésta, y rompió luego apriesa
la estampa do fue hecha tal figura;
     ¿quién podrá luego de su forma espresa
el traslado sacar, si la maestra
misma no basta, y ella lo confiesa?
     Mas ya qu’es cierto el bien que a mí se muestra,
¿cómo podré llegar a despertalla,
temiendo yo la luz que a ella me adiestra?
     Si solamente de poder tocalla
perdiese el miedo yo... Mas ¿si despierta?
Si despierta, tenella y no soltalla.
     Esta osadía temo que no es cierta.
¿Qué me puede hacer? Quiero llegarme;
en fin, ella está agora como muerta.
     Cabe ella por lo menos asentarme
bien puedo, mas no ya como solía...
¡Oh mano poderosa de matarme!,
     ¿viste cuánto tu fuerza en mí podía?
¿Por qué para sanarme no la pruebas?,
que su poder a todo bastaría.

 




CAMILA

     ¡Socórreme, Dïana!

 

ALBANIO

                                        ¡No te muevas,
que no t’he de soltar; escucha un poco!

 




CAMILA

¿Quién me dijera, Albanio, tales nuevas?
     ¡Ninfas del verde bosque, a vos invoco;
a vos pido socorro desta fuerza!
¿Qué es esto, Albanio? Dime si estás loco.

 




ALBANIO

     Locura debe ser la que me fuerza
a querer más qu’el alma y que la vida
a la que a aborrecerme a mí se  ’sfuerza.

 




CAMILA

     Yo debo ser de ti l’aborrecida,
pues me quieres tratar de tal manera,
siendo tuya la culpa conocida.

 




ALBANIO

     ¿Yo culpa contra ti? ¡ Si la primera
no está por cometer, Camila mía,
en tu desgracia y disfavor yo muera!

 




CAMILA

     ¿Tú no violaste nuestra compañía,
quiriéndola torcer por el camino
que de la vida honesta se desvía?

 




ALBANIO

     ¿Cómo, de sola una hora el desatino
ha de perder mil años de servicio,
si el arrepentimiento tras él vino?

 




CAMILA

     Aquéste es de los hombres el oficio:
tentar el mal, y si es malo el suceso,
pedir con humildad perdón del vicio.

 




ALBANIO

     ¿Qué tenté yo, Camila?

 

CAMILA

                                            ¡Bueno es eso!
Esta fuente lo diga, que ha quedado
por un testigo de tu mal proceso.

 




ALBANIO

     Si puede ser mi yerro castigado
con muerte, con deshonra o con tormento,
vesme aquí; estoy a todo aparejado.

 




CAMILA

     Suéltame ya la mano, que el aliento
me falta de congoja.

 

ALBANIO

                                  He muy gran miedo
que te me irás, que corres más qu’el viento.

 




CAMILA

     No estoy como solía, que no puedo
moverme ya, de mal ejercitada;
suelta, que casi m’has quebrado un dedo.

 




ALBANIO

     ¿Estarás, si te suelto, sosegada,
mientras con razón clara te demuestro
que fuiste sin razón de mí enojada?

 




CAMILA

     ¡Eres tú de razones gran maestro!
Suelta, que sí estaré.

 

ALBANIO

                                     Primero jura
por la primera fe del amor nuestro.

 




CAMILA

     Yo juro por la ley sincera y pura
del amistad pasada de sentarme
y de  ‘scuchar tus quejas muy segura.
     ¡Cuál me tienes la mano d’apretarme
con esa dura mano, descreído!

 




ALBANIO

¡Cuál me tienes el alma de dejarme!

 




CAMILA

     ¡Mi prendedero d’oro, si es perdido!
¡Oh cuitada de mí, mi prendedero
desde aquel valle aquí se m’ha caído!

 




ALBANIO

     Mira no se cayese allá primero,
antes d’aquéste, al val de la Hortiga.

 




CAMILA

Doquier que se perdió, buscalle quiero.

 




ALBANIO

     Yo iré a buscalle; escusa esta fatiga,
que no puedo sufrir que aquesta arena
abrase el blanco pie de mi enemiga.

 




CAMILA

     Pues ya quieres tomar por mí esta pena,
derecho ve primero a aquellas hayas,
que allí estuve yo echada un’ hora buena.

 




ALBANIO

     Yo voy, mas entretanto no te vayas.

 




CAMILA

Seguro ve, ¡que antes verás mi muerte
que tú me cobres ni a tus manos hayas!

 




ALBANIO

     ¡Ah, ninfa desleal!, ¿y desa suerte
se guarda el juramento que me diste?
¡Ah, condición de vida dura y fuerte!
     ¡Oh falso amor, de nuevo me hiciste
revivir con un poco d’csperanza!
¡Oh modo de matar nojoso y triste!
     ¡Oh muerte llena de mortal tardanza,
podré por ti llamar injusto el cielo,
injusta su medida y su balanza!
     Recibe tú, terreno y duro suelo,
este rebelde cuerpo que detiene
del alma el espedido y presto vuelo;
     yo me daré la muerte, y aun si viene
alguno a resistirme... ¿a resistirme?:
¡él verá que a su vida no conviene!
     ¿No puedo yo morir, no puedo irme
por aquí, por allí, por do quisiere,
desnudo espirtu o carne y hueso firme?

 




SALICIO

     Escucha, que algún mal hacerse quiere.
¡Oh, cierto tiene trastornado el seso!

 




ALBANIO

¡Aquí tuviese yo quien mal me quiere!
     Descargado me siento d’un gran peso;
paréceme que vuelo, despreciando
monte, choza, ganado, leche y queso.
     ¿No son aquéstos pies? Con ellos ando.
Ya caigo en ello: el cuerpo se m’ha ido;
sólo el espirtu es este que ora mando.
     ¿Hale hurtado alguno o escondido
mientras mirando estaba yo otra cosa?
¿O si quedó por caso allí dormido?
     Una figura de color de rosa
estaba allí dormiendo: ¿si es aquélla
mi cuerpo? No, que aquélla es muy hermosa.

 




NEMOROSO

     ¡Gentil cabeza! No daria por ella
yo para mi traer solo un cornado.

 




ALBANIO

¿A quién iré del hurto a dar querella?

 




SALICIO

     Estraño enjemplo es ver en qué ha parado
este gentil mancebo, Nemoroso,
ya a nosotros, que l’hemos más tratado,
     manso, cuerdo, agradable, virtüoso,
sufrido, conversable, buen amigo,
y con un alto ingenio, gran reposo.

 




ALBANIO

     ¡Yo podré poco o hallaré testigo
de quién hurtó mi cuerpo! Aunque esté ausente,
yo le perseguiré como a enemigo.
     ¿Sabrásme decir d’él, mi clara fuente?
Dímelo, si lo sabes: así Febo
nunca tus frescas ondas escaliente.
     Allá dentro en el fondo está un mancebo,
de laurel coronado y en la mano
un palo, propio como yo, d’acebo.
     ¡Hola! ¿quién está ’llá? Responde, hermano.
¡Válasme, Dios!, o tú eres sordo o mudo,
o enemigo mortal del trato humano.
     Espirtu soy, de carne ya desnudo,
que busco el cuerpo mío, que m’ha hurtado
algún ladrón malvado, injusto y crudo.
     Callar que callarás. ¿Hasme ’scuchado?
¡Oh santo Dios!, mi cuerpo mismo veo,
o yo tengo el sentido trastornado.
     ¡Oh cuerpo, hete hallado y no lo creo!
¡Tanto sin ti me hallo descontento,
pon fin ya a tu destierro y mi deseo!

 




NEMOROSO

     Sospecho qu’el contino pensamiento
que tuvo de morir antes d’agora
le representa aqueste apartamiento.

 




SALICIO

     Como del que velando siempre llora,
quedan, durmiendo, las especies llenas
del dolor que en el alma triste mora.

 




ALBANIO

Si no estás en cadenas,   sal ya fuera
a darme verdadera   forma d’hombre,
que agora solo el nombre   m’ha quedado;
y si allá estás forzado   en ese suelo,
dímelo, que si al cielo   que me oyere
con quejas no moviere   y llanto tierno,
convocaré el infierno   y reino escuro
y rompiré su muro   de diamante,
como hizo el amante   blandamente
por la consorte ausente   que cantando
estuvo halagando   las culebras
de las hermanas negras,   mal peinadas.

 




NEMOROSO

¡De cuán desvarïadas    opiniones
saca buenas razones   el cuitado!

 




SALICIO

El curso acostumbrado   del ingenio,
aunque le falte el genio   que lo mueva,
con la fuga que lleva   corre un poco,
y aunque éste está ora loco,   no por eso
ha de dar al travieso   su sentido,
en todo habiendo sido   cual tú sabes.

 




NEMOROSO

No más, no me le alabes,   que por cierto
como de velle muerto   estoy llorando.

 




ALBANIO

Estaba contemplando   qué tormento
es deste apartamiento   lo que pienso.
No nos aparta imenso   mar airado,
no torres de fosado   rodeadas,
no montañas cerradas   y sin vía,
no ajena compañía   dulce y cara:
un poco d’agua clara   nos detiene.
Por ella no conviene   lo que entramos
con ansia deseamos,   porque al punto
que a ti me acerco y junto,   no te apartas;
antes nunca te hartas   de mirarme
y de sinificarme   en tu meneo
que tienes gran deseo   de juntarte
con esta media parte.   Daca, hermano,
écham’ acá esa mano,   y como buenos
amigos a lo menos   nos juntemos
y aquí nos abracemos.   ¡Ah, burlaste!
¿Así te me ’scapaste?   Yo te digo
que no es obra d’amigo   hacer eso;
quedo yo, don travieso,   remojado,
¿y tú estás enojado?   ¡Cuán apriesa
mueves –¿qué cosa es esa?–   tu figura!
¿Aun esa desventura   me quedaba?
Ya yo me consolaba   en ver serena
tu imagen, y tan buena   y amorosa;
no hay bien ni alegre cosa   ya que dure.

 




NEMOROSO

A lo menos, que cure   tu cabeza.

 




SALICIO

Salgamos, que ya empieza   un furor nuevo,

 




ALBANIO

¡Oh Dios! ¿por qué no pruebo    a echarme dentro
hasta llegar al centro   de la fuente?

 




SALICIO

¿Qué’s esto, Albanio?    ¡Tente!

 

ALBANIO

                                                    ¡Oh manifesto
ladrón!, mas ¿qué’s aquesto?   ¡Es muy bueno
vestiros de lo ajeno   y ante’l dueño,
como si fuese un leño   sin sentido,
venir muy revestido   de mi carne!
¡Yo haré que descarne   esa alma osada
aquesta mano airada!

 

SALICIO

                                         ¡Está quedo!
¡Llega tú, que no puedo   detenelle!

 




NEMOROSO

Pues ¿qué quieres hacelle?

 

SALICIO

                                             ¿Yo?   Dejalle,
si desenclavijalle   yo acabase
la mano, a que escapase   mi garganta.

 




NEMOROSO

No tiene fuerza tanta;   solo puedes
hacer tú lo que debes   a quien eres.

 




SALICIO

¡Qué tiempo de placeres   y de burlas!
¿Con la vida te burlas,   Nemoroso?
¡Ven, ya no ’stés donoso!

 

NEMOROSO

                                            Luego vengo;
en cuanto me detengo   aquí un poco,
veré cómo de un loco   te desatas.

 




SALICIO

¡Ay, paso, que me matas!

 

ALBANIO

                                               ¡Aunque mueras!

 




NEMOROSO

¡Ya aquello va de veras!   ¡Suelta, loco!

 




ALBANIO

Déjame ’star un poco,    que ya acabo.

 




NEMOROSO

¡Suelta ya!

 

ALBANIO

                     ¿Qué te hago?

 

NEMOROSO

                                                ¡A mí, no nada!

 




ALBANIO

Pues vete tu jornada,   y no entiendas
en aquestas contiendas.

 

SALICIO

                                               ¡Ah, furioso!
Afierra, Nemoroso,   y tenle fuerte.
¡Yo te daré la muerte,   don perdido!
Ténmele tú tendido   mientras l’ato.
Probemos así un rato   a castigalle;
quizá con espantalle   habrá algún miedo.

 




ALBANIO

Señores, si  ’stoy quedo,    ¿dejarésme?

 




SALICIO

¡No!

 

ALBANIO

          Pues ¿qué, matarésme?

 

SALICIO

                                                ¡Sí!

 

ALBANIO

                                                          ¿Sin falta?
Mira cuánto más alta   aquella sierra
está que la otra tierra.

 

NEMOROSO

                                                Bueno es esto;
él olvidará presto   la braveza.

 




SALICIO

¡Calla, que así s’aveza    a tener seso!

 




ALBANIO

¿Cómo, azotado y preso?

 

SALICIO

                                          ¡Calla, escucha!

 




ALBANIO

Negra fue aquella lucha   que contigo
hice, que tal castigo   dan tus manos.
¿No éramos como hermanos   de primero?

 




NEMOROSO

Albanio, compañero,   calla agora
y duerme aquí algún hora,   y no te muevas.

 




ALBANIO

¿Sabes algunas nuevas   de mí?

 

SALICIO

                                                       ¡Loco!

 




ALBANIO

Paso, que duermo un poco.

 

SALICIO

                                               ¿Duermes cierto?

 




ALBANIO

¿No me ves como un muerto?    Pues ¿qué hago?

 




SALICIO

Éste te dará el pago,   si despiertas,
en esas carnes muertas,   te prometo.

 




NEMOROSO

     Algo ’stá más quieto   y reposado
que hasta ’quí. ¿Qué dices tú, Salicio?
¿Parécete que puede ser curado?

 




SALICIO

     En procurar cualquiera beneficio
a la vida y salud d’un tal amigo,
haremos el debido y justo oficio.

 




NEMOROSO

     Escucha, pues, un poco lo que digo;
contaréte una ’straña y nueva cosa
de que yo fui la parte y el testigo.
     En la ribera verde y deleitosa
del sacro Tormes, dulce y claro río,
hay una vega grande y espaciosa,
     verde en el medio del invierno frío,
en el otoño verde y primavera,
verde en la fuerza del ardiente estío.
     Levántase al fin della una ladera,
con proporción graciosa en el altura,
que sojuzga la vega y la ribera;
     allí está sobrepuesta la espesura
de las hermosas torres, levantadas
al cielo con estraña hermosura,
     no tanto por la fábrica estimadas,
aunque ’straña labor allí se vea,
cuanto por sus señores ensalzadas.
     Allí se halla lo que se desea:
virtud, linaje, haber y todo cuanto
bien de natura o de fortuna sea.
     Un hombre mora allí de ingenio tanto
que toda la ribera adonde él vino
nunca se harta d’escuchar su canto.
     Nacido fue en el campo placentino,
que con estrago y destrución romana
en el antiguo tiempo fue sanguino,
     y en éste con la propia la inhumana
furia infernal, por otro nombre guerra,
le tiñe, le rüina y le profana;
     él, viendo aquesto, abandonó su tierra,
por ser más del reposo compañero
que de la patria, que el furor atierra.
     Llevóle a aquella parte el buen agüero
d’aquella tierra d’Alba tan nombrada,
que éste’s el nombre della, y d’él Severo.
     A aquéste Febo no le´scondió nada,
antes de piedras, hierbas y animales
diz que le fue noticia entera dada.
     Éste, cuando le place, a los caudales
ríos el curso presuroso enfrena
con fuerza de palabras y señales;
     la negra tempestad en muy serena
y clara luz convierte, y aquel día,
si quiere revolvelle, el mundo atruena;
     la luna d’allá arriba bajaría
si al son de las palabras no impidiese
el son del carro que la mueve y guía.
     Temo que si decirte presumiese
de su saber la fuerza con loores,
que en lugar d’alaballe l’ofendiese.
     Mas no te callaré que los amores
con un tan eficaz remedio cura
cual se conviene a tristes amadores;
     en un punto remueve la tristura,
convierte’n odio aquel amor insano,
y restituye’l alma a su natura.
     No te sabré dicir, Salicio hermano,
la orden de mi cura y la manera,
mas sé que me partí d’él libre y sano.
     Acuérdaseme bien que en la ribera
de Tormes le hallé solo, cantando
tan dulce que una piedra enterneciera.
     Como cerca me vido, adevinando
la causa y la razón de mi venida,
suspenso un rato ’stuvo así callando,
     y luego con voz clara y espedida
soltó la rienda al verso numeroso
en alabanzas de la libre vida.
     Yo estaba embebecido y vergonzoso,
atento al son y viéndome del todo
fuera de libertad y de reposo.
     No sé decir sino que’n fin de modo
aplicó a mi dolor la medicina
qu’el mal desarraigó de todo en todo.
     Quedé yo entonces como quien camina
de noche por caminos enriscados,
sin ver dónde la senda o paso inclina;
     mas, venida la luz y contemplados,
del peligro pasado nace un miedo
que deja los cabellos erizados:
     así estaba mirando, atento y quedo,
aquel peligro yo que atrás dejaba,
que nunca sin temor pensallo puedo.
     Tras esto luego se me presentaba,
sin antojos delante, la vileza
de lo que antes ardiendo deseaba.
     Así curó mi mal, con tal destreza,
el sabio viejo, como t’he contado,
que volvió el alma a su naturaleza
y soltó el corazón aherrojado.

 




SALICIO

¡Oh gran saber, oh viejo frutüoso,
qu’el perdido reposo   al alma vuelve,
y lo que la revuelve   y lleva a tierra
del corazón destierra   encontinente!
Con esto solamente   que contaste,
así le reputaste   acá comigo
que sin otro testigo   a desealle
ver presente y hablalle   me levantas.

 




NEMOROSO

¿Desto poco te ’spantas    tú, Salicio?
De más te daré indicio   manifesto,
si no te soy molesto   y enojoso.

 




SALICIO

¿Qué’s esto, Nemoroso,    y qué cosa
puede ser tan sabrosa   en otra parte
a mi como escucharte?  No la siento,
cuanto más este cuento   de Severo;
dímelo por entero,   por tu vida,
pues no hay quien nos impida   ni embarace.
Nuestro ganado pace,   el viento espira,
Filomena sospira   en dulce canto
y en amoroso llanto   s’amancilla;
gime la tortolilla   sobre’l olmo,
preséntanos a colmo   el prado flores
y esmalta en mil colores   su verdura;
la fuente clara y pura,   murmurando,
nos está convidando   a dulce trato.

 




NEMOROSO

¿Escucha, pues, un rato,   y diré cosas
estrañas y espantosas   poco a poco.
Ninfas, a vos invoco;   verdes faunos,
sátiros y silvanos,   soltá todos
mi lengua en dulces modos   y sotiles,
que ni los pastoriles   ni el avena
ni la zampoña suena   como quiero.
Este nuestro Severo   pudo tanto
con el süave canto   y dulce lira
que, revueltos en ira   y torbellino,
en medio del camino   se pararon
los vientos y escucharon   muy atentos
la voz y los acentos,   muy bastantes
a que los repugnantes   y contrarios
hiciesen voluntarios   y conformes.
A aquéste el viejo Tormes,   como a hijo,
le metió al escondrijo   de su fuente,
de do va su corriente   comenzada;
mostróle una labrada   y cristalina
urna donde él reclina   el diestro lado,
y en ella vio entallado   y esculpido
lo que, antes d’haber sido,   el sacro viejo
por devino consejo   puso en arte,
labrando a cada parte   las estrañas
virtudes y hazañas   de los hombres
que con sus claros nombres   ilustraron
cuanto señorearon   de aquel río.
Estaba con un brío   desdeñoso,
con pecho corajoso,   aquel valiente
que contra un rey potente   y de gran seso,
qu’el viejo padre preso   le tenía,
cruda guerra movía   despertando
su ilustre y claro bando al ejercicio
d’aquel piadoso oficio.   A aquéste junto
la gran labor al punto   señalaba
al hijo que mostraba   acá en la tierra
ser otro Marte en guerra,   en corte Febo;
mostrábase mancebo   en las señales
del rostro, qu’eran tales que ’speranza
y cierta confianza   claro daban,
a cuantos le miraban,   qu’él sería
en quien se informaría   un ser divino.
Al campo sarracino   en tiernos años
daba con graves daños   a sentillo,
que como fue caudillo   del cristiano,
ejercitó la mano   y el maduro
seso y aquel seguro   y firme pecho.
En otra parte, hecho   ya más hombre,
con más ilustre nombre,   los arneses
de los fieros franceses   abollaba.
Junto, tras esto, estaba   figurado
con el arnés manchado   de otra sangre,
sosteniendo la hambre   en el asedio,
siendo él solo el remedio   del combate,
que con fiero rebate   y con rüido
por el muro batido   l’ofrecían;
tantos al fin morían   por su espada,
a tantos la jornada   puso espanto,
que no hay labor que tanto   notifique
cuanto el fiero Fadrique   de Toledo
puso terror y miedo   al enemigo.
Tras aqueste que digo   se veía
el hijo don García,   qu’en el mundo
sin par y sin segundo   solo fuera
si hijo no tuviera.   ¿Quién mirara
de su hermosa cara   el rayo ardiente,
quién su replandeciente   y clara vista,
que no diera por lista   su grandeza?
Estaban de crüeza   fiera armadas
las tres inicuas hadas,   cruda guerra
haciendo allí a la tierra   con quitalle
éste, qu’en alcanzalle   fue dichosa.
¡Oh patria lagrimosa,   y cómo vuelves
los ojos a los Gelves,   sospirando!
Él está ejercitando   el duro oficio,
y con tal arteficio   la pintura
mostraba su figura   que dijeras,
si pintado lo vieras,   que hablaba.
El arena quemaba,   el sol ardía,
la gente se caía   medio muerta;
él solo con despierta   vigilancia
dañaba la tardanza   floja, inerte,
y alababa la muerte   glorïosa.
Luego la polvorosa   muchedumbre,
gritando a su costumbre,   le cercaba;
mas el que se llegaba   al fiero mozo
llevaba, con destrozo   y con tormento,
del loco atrevimiento   el justo pago.
Unos en bruto lago   de su sangre,
cortado ya el estambre   de la vida,
la cabeza partida   revolcaban;
otros claro mostraban,   espirando,
de fuera palpitando   las entrañas,
por las fieras y estrañas   cuchilladas
d’aquella mano dadas.   Mas el hado
acerbo, triste, airado   fue venido,
y al fin él, confundido   d’alboroto,
atravesado y roto   de mil hierros,
pidiendo de sus yerros   venia al cielo,
puso en el duro suelo   la hermosa
cara, como la rosa   matutina,
cuando ya el sol declina   al mediodía,
que pierde su alegría   y marchitando
va la color mudando;   o en el campo
cual queda el lirio blanco   qu’el arado
crudamente cortado   al pasar deja,
del cual aun no s’aleja   presuroso
aquel color hermoso   o se destierra,
mas ya la madre tierra   descuidada
no le administra nada   de su aliento,
que era el sustentamiento   y vigor suyo:
tal está el rostro tuyo   en el arena,
fresca rosa, azucena   blanca y pura.
Tras ésta una pintura   estraña tira
los ojos de quien mira   y los detiene
tanto que no conviene   mirar cosa
estraña ni hermosa   sino aquélla.
De vestidura bella   allí vestidas
las gracias esculpidas   se veían;
solamente traían   un delgado
velo qu’el delicado   cuerpo viste,
mas tal que no resiste   a nuestra vista.
Su diligencia en vista   demostraban;
todas tres ayudaban   en una hora
una muy gran señora   que paría.
Un infante se vía   ya nacido
tal cual jamás salido   d’otro parto
del primer siglo al cuarto   vio la luna;
en la pequeña cuna   se leía
un nombre que decía   "don Fernando".
Bajaban, d’él hablando,   de dos cumbres
aquellas nueve lumbres   de la vida
con ligera corrida,   y con ellas,
cual luna con estrellas,   el mancebo
intonso y rubio, Febo;   y en llegando,
por orden abrazando   todas fueron
al niño, que tuvieron   luengamente.
Visto como presente,   d’otra parte
Mercurio estaba y Marte,   cauto y fiero,
viendo el gran caballero   que encogido
en el recién nacido   cuerpo estaba.
Entonces lugar daba   mesurado
a Venus, que a su lado   estaba puesta;
ella con mano presta   y abundante
néctar sobre’l infante   desparcía,
mas Febo la desvía   d’aquel tierno
niño y daba el gobierno   a sus hermanas;
del cargo están ufanas   todas nueve.
El tiempo el paso mueve;   el niño crece
y en tierna edad florece   y se levanta
como felice planta   en buen terreno.
Ya sin precepto ajeno   él daba tales
de su ingenio señales que ’spantaban
a los que le crïaban;   luego estaba
cómo una l’entregaba   a un gran maestro
que con ingenio diestro   y vida honesta
hiciese manifiesta   al mundo y clara
aquel ánima rara   que allí vía.
Al niño recebía   con respeto
un viejo en cuyo aspeto   se via junto
severidad a un punto   con dulzura.
Quedó desta figura   como helado
Severo y espantado,   viendo el viejo
que, como si en espejo   se mirara,
en cuerpo, edad y cara   eran conformes.
En esto, el rostro a Tormes   revolviendo,
vio que ’staba rïendo   de su ’spanto.
"¿De qué t’espantas tanto?",   dijo el río.
"¿No basta el saber mío   a que primero
que naciese Severo,   yo supiese
que habia de ser quien diese   la doctrina
al ánima divina   deste mozo?"
Él, lleno d’alborozo   y d’alegría,
sus ojos mantenía   de pintura.
Miraba otra figura   d’un mancebo,
el cual venia con Febo   mano a mano,
al modo cortesano;   en su manera
juzgáralo cualquiera,   viendo el gesto
lleno d’un sabio, honesto   y dulce afeto,
por un hombre perfeto   en l’alta parte
de la difícil arte   cortesana,
maestra de la humana   y dulce vida.
Luego fue conocida   de Severo
la imagen por entero   fácilmente
deste que allí presente   era pintado:
vio qu’era el que habia dado   a don Fernando
su ánimo formando   en luenga usanza,
el trato, la crïanza   y gentileza,
la dulzura y llaneza   acomodada,
la virtud apartada   y generosa,
y en fin cualquiera cosa   que se vía
en la cortesanía   de que lleno
Fernando tuvo el seno   y bastecido.
Después de conocido,   leyó el nombre
Severo de aqueste hombre,   que se llama
Boscán, de cuya llama   clara y pura
sale’l fuego que apura   sus escritos,
que en siglos infinitos   ternán vida.
De algo más crecida   edad miraba
al niño, que ’scuchaba   sus consejos.
Luego los aparejos   ya de Marte,
estotro puesto aparte,   le traía;
así les convenía   a todos ellos
que no pudiera dellos   dar noticia
a otro la milicia   en muchos años.
Obraba los engaños   de la lucha;
la maña y fuerza mucha   y ejercicio
con el robusto oficio   está mezclando.
Allí con rostro blando   y amoroso
Venus aquel hermoso   mozo mira,
y luego le retira   por un rato
d’aquel áspero trato   y son de hierro;
mostrábale ser yerro   y ser mal hecho
armar contino el pecho   de dureza,
no dando a la terneza   alguna puerta.
Con él en una huerta   entrada siendo,
una ninfa dormiendo   le mostraba;
el mozo la miraba   y juntamente,
de súpito acidente   acometido,
estaba embebecido,   y a la diosa
que a la ninfa hermosa   s’allegase
mostraba que rogase,   y parecía
que la diosa temía   de llegarse.
Él no podía hartarse   de miralla,
de eternamente amalla   proponiendo.
Luego venia corriendo   Marte airado,
mostrándose alterado   en la persona,
y daba una corona   a don Fernando.
Y estábale mostrando   un caballero
que con semblante fiero   amenazaba
al mozo que quitaba   el nombre a todos.
Con atentados modos   se movía
contra el que l’atendía   en una puente;
mostraba claramente   la pintura
que acaso noche ’scura   entonces era.
De la batalla fiera   era testigo
Marte, que al enemigo   condenaba
y al mozo coronaba   en el fin d’ella;
el cual, como la estrella   relumbrante
que’l sol envia delante,   resplandece.
D’allí su nombre crece,   y se derrama
su valerosa fama   a todas partes.
Luego con nuevas artes   se convierte
a hurtar a la muerte   y a su abismo
gran parte de sí mismo   y quedar vivo
cuando el vulgo cativo   le llorare
y, muerto, le llamare   con deseo.
Estaba el Himeneo   allí pintado,
el diestro pie calzado   en lazos d’oro;
de vírgines un coro   está cantando,
partidas altercando   y respondiendo,
y en un lecho poniendo   una doncella
que, quien atento aquélla   bien mirase
y bien la cotejase   en su sentido
con la qu’el mozo vido   allá en la huerta,
verá que la despierta   y la dormida
por una es conocida   de presente.
Mostraba juntamente   ser señora
digna y merecedora   de tal hombre;
el almohada el nombre   contenía,
el cual doña María   Enríquez era.
Apenas tienen fuera   a don Fernando,
ardiendo y deseando   estar ya echado;
al fin era dejado   con su esposa
dulce, pura, hermosa,   sabia, honesta.
En un pie estaba puesta   la fortuna,
nunca estable ni una,   que llamaba
a Fernando, que ’staba   en vida ociosa,
porque en dificultosa   y ardua vía
quisiera ser su guía   y ser primera;
mas él por compañera   tomó aquella,
siguiendo a la qu’es bella   descubierta
y juzgada, cubierta,   por disforme.
El nombre era conforme   a aquesta fama:
virtud ésta se llama,   al mundo rara.
¿Quién tras ella guïara   igual en curso
sino éste, qu’el discurso   de su lumbre
forzaba la costumbre   de sus años,
no recibiendo engaños   sus deseos?
Los montes Pireneos,   que se ’stima
de abajo que la cima   está en el cielo
y desde arriba el suelo   en el infierno,
en medio del invierno   atravesaba.
La nieve blanqueaba,   y las corrientes
por debajo de puentes   cristalinas
y por heladas minas   van calladas;
el aire las cargadas   ramas mueve,
qu’el peso de la nieve   las desgaja.
Por aquí se trabaja   el duque osado,
del tiempo contrastado   y de la vía,
con clara compañía   de ir delante;
el trabajo constante   y tan loable
por la Francia mudable   en fin le lleva.
La fama en él renueva   la presteza,
la cual con ligereza   iba volando
y con el gran Fernando   se paraba
y le sinificaba   en modo y gesto
qu’el caminar muy presto   convenía.
De todos escogía   el duque uno,
y entramos de consuno   cabalgaban;
los caballos mudaban   fatigados,
mas a la fin llegados   a los muros
del gran París seguros,   la dolencia
con su débil presencia   y amarilla
bajaba de la silla   al duque sano
y con pesada mano   le tocaba.
Él luego comenzaba   a demudarse
y amarillo pararse   y a dolerse.
Luego pudiera verse   de travieso
venir por un espeso   bosque ameno,
de buenas hierbas lleno   y medicina,
Esculapio, y camina   no parando
hasta donde Fernando   estaba en lecho;
entró con pie derecho,   y parecía
que le restituía   en tanta fuerza
que a proseguir se ’sfuerza   su vïaje,
que le llevó al pasaje   del gran Reno.
Tomábale en su seno   el caudaloso
y claro rio, gozoso   de tal gloria,
trayendo a la memoria   cuando vino
el vencedor latino   al mismo paso.
No se mostraba escaso   de sus ondas;
antes, con aguas hondas   que engendraba,
los bajos igualaba,   y al liviano
barco daba de mano,   el cual, volando,
atrás iba dejando   muros, torres.
Con tanta priesa corres,   navecilla,
que llegas do amancilla   una doncella,
y once mil más con ella,   y mancha el suelo
de sangre que en el cielo   está esmaltada.
Úrsula, desposada   y virgen pura,
mostraba su figura   en una pieza
pintada; su cabeza   allí se vía
que los ojos volvía   ya espirando.
Y estábate mirando   aquel tirano
que con acerba mano   llevó a hecho,
de tierno en tierno pecho,   tu compaña.
Por la fiera Alemaña   d’aquí parte
el duque, a aquella parte   enderezado
donde el cristiano estado   estaba en dubio.
En fin al gran Danubio   s’encomienda;
por él suelta la rienda   a su navío,
que con poco desvío   de la tierra
entre una y otra sierra   el agua hiende.
El remo que deciende   en fuerza suma
mueve la blanca espuma   como argento;
el veloz movimiento   parecía
que pintado se vía   ante los ojos.
Con amorosos ojos,   adelante,
Carlo, César triunfante,   le abrazaba
cuando desembarcaba   en Ratisbona.
Allí por la corona   del imperio
estaba el magisterio   de la tierra
convocado a la guerra   que ’speraban;
todos ellos estaban   enclavando
los ojos en Fernando,   y en el punto
que a sí le vieron junto,   se prometen
de cuanto allí acometen   la vitoria.
Con falsa y vana gloria   y arrogancia,
con bárbara jactancia   allí se vía
a los fines de Hungría   el campo puesto
d ‘aquel que fue molesto   en tanto grado
al húngaro cuitado   y afligido;
las armas y el vestido   a su costumbre,
era la muchidumbre   tan estraña
que apenas la campaña   la abarcaba
ni a dar pasto bastaba,   ni agua el río.
César con celo pío   y con valiente
ánimo aquella gente   despreciaba;
la suya convocaba,   y en un punto
vieras un campo junto   de naciones
diversas y razones,   mas d’un celo.
No ocupaban el suelo   en tanto grado,
con número sobrado   y infinito,
como el campo maldito,   mas mostraban
virtud con que sobraban   su contrario,
ánimo voluntario,   industria y maña.
Con generosa saña   y viva fuerza
Fernando los esfuerza   y los recoge
y a sueldo suyo coge   muchos dellos.
D’un arte usaba entr’ellos   admirable:
con el diciplinable   alemán fiero
a su manera y fuero   conversaba;
a todos s’aplicaba   de manera
qu’el flamenco dijera   que nacido
en Flandes habia sido,   y el osado
español y sobrado,   imaginando
ser suyo don Fernando   y de su suelo,
demanda sin recelo   la batalla.
Quien más cerca se halla   del gran hombre
piensa que crece el nombre   por su mano.
El cauto italiano   nota y mira,
los ojos nunca tira   del guerrero,
y aquel valor primero   de su gente
junto en éste y presente   considera;
en él ve la manera   misma y maña
del que pasó en España   sin tardanza,
siendo solo esperanza   de su tierra,
y acabó aquella guerra   peligrosa
con mano poderosa   y con estrago
de la fiera Cartago   y de su muro,
y del terrible y duro   su caudillo,
cuyo agudo cuchillo   a las gargantas
Italia tuvo tantas   veces puesto.
Mostrábase tras esto   allí esculpida
la envidia carcomida,   a sí molesta,
contra Fernando puesta   frente a frente;
la desvalida gente   convocaba
y contra aquél la armaba   y con sus artes
busca por todas partes   daño y mengua.
Él, con su mansa lengua   y largas manos
los tumultos livianos   asentando,
poco a poco iba alzando   tanto el vuelo
que la envidia en el cielo   le miraba,
y como no bastaba   a la conquista,
vencida ya su vista   de tal lumbre,
forzaba su costumbre   y parecía
que perdón le pedía,   en tierra echada;
él, después de pisada,   descansado
quedaba y aliviado   deste enojo
y lleno del despojo   desta fiera.
Hallaba en la ribera   del gran río,
de noche al puro frío   del sereno,
a César, qu’en su seno   está pensoso
del suceso dudoso   desta guerra;
que aunque de sí destierra   la tristeza
del caso, la grandeza   trae consigo
el pensamiento amigo   del remedio.
Entramos buscan medio   convenible
para que aquel terrible   furor loco
les empeciese poco   y recibiese
tal estrago que fuese   destrozado.
Después de haber hablado,   ya cansados,
en la hierba acostados   se dormían;
el gran Danubio oían   ir sonando,
casi como aprobando   aquel consejo.
En esto el claro viejo   rio se vía
que del agua salía   muy callado,
de sauces coronado   y d’un vestido,
de las ovas tejido,   mal cubierto;
y en aquel sueño incierto   les mostraba
todo cuanto tocaba   al gran negocio,
y parecia qu’el ocio   sin provecho
les sacaba del pecho,   porque luego,
como si en vivo fuego   se quemara
alguna cosa cara,   se levantan
del gran sueño y s’espantan,   alegrando
el ánimo y alzando   la esperanza.
El río sin tardanza   parecía
qu’el agua disponía   al gran viaje;
allanaba el pasaje   y la corriente
para que fácilmente   aquella armada,
que habia de ser guïada   por su mano,
en el remar liviano   y dulce viese
cuánto el Danubio fuese   favorable.
Con presteza admirable   vieras junto
un ejército a punto   denodado;
y después d’embarcado,   el remo lento,
el duro movimiento   de los brazos,
los pocos embarazos   de las ondas
llevaban por las hondas   aguas presta
el armada molesta   al gran tirano.
El arteficio humano   no hiciera
pintura que esprimiera   vivamente
el armada, la gente,   el curso, el agua;
y apenas en la fragua   donde sudan
los cíclopes y mudan   fatigados
los brazos, ya cansados   del martillo,
pudiera así exprimillo   el gran maestro.
Quien viera el curso diestro   por la clara
corriente bien jurara   a aquellas horas
que las agudas proras   dividían
el agua y la hendían   con sonido,
y el rastro iba seguido;   luego vieras
al viento las banderas   tremolando,
las ondas imitando   en el moverse.
Pudiera también verse   casi viva
la otra gente esquiva   y descreída,
que d’ensoberbecida   y arrogante
pensaban que delante   no hallaran
hombres que se pararan   a su furia.
Los nuestros, tal injuria   no sufriendo,
remos iban metiendo   con tal gana
que iba d’espuma cana   el agua llena.
El temor enajena   al otro bando
el sentido, volando   de uno en uno;
entrábase importuno   por la puerta
de la opinión incierta,   y siendo dentro
en el íntimo centro   allá del pecho,
les dejaba deshecho   un hielo frío,
el cual como un gran río   en flujos gruesos
por medulas y huesos   discurría.
Todo el campo se vía   conturbado,
y con arrebatado   movimiento
sólo del salvamiento   platicaban.
Luego se levantaban   con desorden;
confusos y sin orden   caminando,
atrás iban dejando,   con recelo,
tendida por el suelo,   su riqueza.
Las tiendas do pereza   y do fornicio
con todo bruto vicio   obrar solían,
sin ellas se partían;   así armadas,
eran desamparadas   de sus dueños.
A grandes y pequeños   juntamente
era el temor presente   por testigo,
y el áspero enemigo   a las espaldas,
que les iba las faldas   ya mordiendo.
César estar teniendo   allí se vía
a Fernando, que ardía   sin tardanza
por colorar su lanza   en turca sangre.
Con animosa hambre   y con denuedo
forceja con quien quedo   estar le manda,
como lebrel de Irlanda   generoso
qu’el jabalí cerdoso   y fiero mira;
rebátese, sospira,   fuerza y riñe,
y apenas le costriñe   el atadura
qu’el dueño con cordura   más aprieta:
así estaba perfeta   y bien labrada
la imagen figurada   de Fernando
que quien allí mirando   lo estuviera,
que era desta manera   lo juzgara.
Resplandeciente y clara,   de su gloria
pintada, la Vitoria   se mostraba;
a César abrazaba,   y no parando,
los brazos a Fernando   echaba al cuello.
Él mostraba d’aquello   sentimiento,
por ser el vencimiento   tan holgado.
Estaba figurado   un carro estraño
con el despojo y daño   de la gente
bárbara, y juntamente   allí pintados
cativos amarrados   a las ruedas,
con hábitos y sedas   varïadas;
lanzas rotas, celadas   y banderas,
armaduras ligeras   de los brazos,
escudos en pedazos   divididos
vieras allí cogidos   en trofeo,
con qu’el común deseo   y voluntades
de tierras y ciudades   se alegraba.
Tras esto blanqueaba   falda y seno
con velas, al Tirreno,   del armada
sublime y ensalzada   y glorïosa.
Con la prora espumosa   las galeras,
como nadantes fieras,   el mar cortan
hasta que en fin aportan   con corona
de lauro a Barcelona;   do cumplidos
los votos ofrecidos   y deseos,
y los grandes trofeos   ya repuestos,
con movimientos prestos   d’allí luego,
en amoroso fuego   todo ardiendo,
el duque iba corriendo   y no paraba.
Cataluña pasaba,   atrás la deja;
ya d’Aragón s’aleja,   y en Castilla
sin bajar de la silla   los pies pone.
El corazón dispone   al alegría
que vecina tenía,   y reserena
su rostro y enajena   de sus ojos
muerte, daños, enojos,   sangre y guerra;
con solo amor s’encierra   sin respeto,
y el amoroso afeto   y celo ardiente
figurado y presente   está en la cara.
Y la consorte cara,   presurosa,
de un tal placer dudosa,   aunque lo vía,
el cuello le ceñía   en nudo estrecho
de aquellos brazos hecho   delicados;
de lágrimas preñados,   relumbraban
los ojos que sobraban   al sol claro.
Con su Fernando caro   y señor pío
la tierra, el campo, el río,   el monte, el llano
alegres a una mano   estaban todos,
mas con diversos modos   lo decían:
los muros parecían   d’otra altura,
el campo en hermosura   d’otras flores
pintaba mil colores   desconformes;
estaba el mismo Tormes   figurado,
en torno rodeado   de sus ninfas,
vertiendo claras linfas   con instancia,
en mayor abundancia   que solía;
del monte se veía   el verde seno
de ciervos todo lleno,   corzos, gamos,
que de los tiernos ramos   van rumiando;
el llano está mostrando   su verdura,
tendiendo su llanura   así espaciosa
que a la vista curiosa   nada empece
ni deja en qué tropiece   el ojo vago.
Bañados en un lago,   no d’olvido,
mas de un embebecido   gozo, estaban
cuantos consideraban   la presencia
d’éste cuya ecelencia   el mundo canta,
cuyo valor quebranta   al turco fiero.
Aquesto vio Severo   por sus ojos,
y no fueron antojos   ni ficiones;
si oyeras sus razones,   yo te digo
que como a buen testigo   le creyeras.
Contaba muy de veras   que mirando
atento y contemplando   las pinturas,
hallaba en las figuras   tal destreza
que con mayor viveza   no pudieran
estar si ser les dieran   vivo y puro.
Lo que dellas escuro   allí hallaba
y el ojo no bastaba   a recogello,
el río le daba dello   gran noticia.
"Éste de la milicia",   dijo el río,
"la cumbre y señorío   terná solo
del uno al otro polo;   y porque ’spantes
a todos cuando cantes   los famosos
hechos tan glorïosos,   tan ilustres,
sabe qu’en cinco lustres   de sus años
hará tantos engaños   a la muerte
que con ánimo fuerte   habrá pasado
por cuanto aquí pintado   dél has visto.
Ya todo lo has previsto;   vamos fuera;
dejarte he en la ribera   do ’star sueles".
"Quiero que me reveles   tú primero",
le replicó Severo,   "qué’s aquello
que de mirar en ello   se me ofusca
la vista, así corrusca   y resplandece,
y tan claro parece   allí en la urna
como en hora noturna   la cometa".
"Amigo, no se meta",   dijo el viejo,
"ninguno, le aconsejo,   en este suelo
en saber más qu’el cielo   le otorgare;
y si no te mostrare   lo que pides,
tú mismo me lo impides,   porque en tanto
qu’el mortal velo y manto   el alma cubren,
mil cosas se t’encubren,   que no bastan
tus ojos que contrastan   a mirallas.
No pude yo pintallas   con menores
luces y resplandores,   porque sabe,
y aquesto en ti bien cabe,   que esto todo
qu’en ecesivo modo   resplandece,
tanto que no parece   ni se muestra,
es lo que aquella diestra   mano osada
y virtud sublimada   de Fernando
acabarán entrando   más los días,
lo cual con lo que vías   comparado
es como con nublado   muy escuro
el sol ardiente, puro   y relumbrante.
Tu vista no es bastante   a tanta lumbre
hasta que la costumbre   de miralla
tu ver al contemplalla   no confunda;
como en cárcel profunda   el encerrado
que súpito sacado   le atormenta
el sol que se presenta   a sus tinieblas,
así tú, que las nieblas   y hondura
metido en estrechura   contemplabas,
que era cuando mirabas   otra gente,
viendo tan diferente   suerte d’hombre,
no es mucho que t’asombre   luz tamaña.
Pero vete, que baña   el sol hermoso
su carro presuroso   ya en las ondas,
y antes que me respondas,   será puesto".
Diciendo así, con gesto   muy humano
tomóle por la mano.   ¡Oh admirable
caso y cierto espantable!,   qu’en saliendo
se fueron estriñendo   d’una parte
y d’otra de tal arte   aquellas ondas
que las aguas, que hondas   ser solían,
el suelo descubrían   y dejaban
seca por do pasaban   la carrera
hasta qu’en la ribera   se hallaron;
y como se pararon   en un alto,
el viejo d’allí un salto   dio con brío
y levantó del río   espuma’l cielo
y comovió del suelo   negra arena.
Severo, ya de ajena   ciencia instruto,
fuese a coger el fruto   sin tardanza
de futura ’speranza,   y escribiendo,
las cosas fue exprimiendo   muy conformes
a las que había de Tormes   aprendido;
y aunque de mi sentido   él bien juzgase
que no las alcanzase,   no por eso
este largo proceso,   sin pereza,
dejó por su nobleza   de mostrarme.
Yo no podia hartarme   allí leyendo,
y tú d’estarme oyendo   estás cansado.

 




SALICIO

            Espantado me tienes
        con tan estraño cuento,
y al son de tu hablar embebecido.
        Acá dentro me siento,
        oyendo tantos bienes
y el valor deste príncipe escogido,
        bullir con el sentido
        y arder con el deseo
        por contemplar presente
        aquel que, ’stando ausente,
por tu divina relación ya veo.
        ¡Quién viese la escritura,
ya que no puede verse la pintura!

            Por firme y verdadero,
        después que t’he escuchado,
tengo que ha de sanar Albanio cierto,
        que según me has contado,
        bastara tu Severo
a dar salud a un vivo y vida a un muerto;
        que a quien fue descubierto
        un tamaño secreto,
        razón es que se crea
        que cualquiera que sea
alcanzará con su saber perfeto,
        y a las enfermedades
aplicará contrarias calidades.

 




NEMOROSO

     Pues ¿en qué te resumes, di, Salicio,
acerca deste enfermo compañero?

 




SALICIO

En que hagamos el debido oficio:
     luego de aquí partamos, y primero
que haga curso el mal y s’envejezca,
así le presentemos a Severo.

 




NEMOROSO

     Yo soy contento, y antes que amanezca
y que del sol el claro rayo ardiente
sobre las altas cumbres se parezca,
     el compañero mísero y doliente
llevemos luego donde cierto entiendo
que será guarecido fácilmente.

 




SALICIO

     Recoge tu ganado, que cayendo
ya de los altos montes las mayores
sombras con ligereza van corriendo;
     mira en torno, y verás por los alcores
salir el humo de las caserías
de aquestos comarcanos labradores.
     Recoge tus ovejas y las mías,
y vete tú con ellas poco a poco
por aquel mismo valle que solías;
     yo solo me averné con nuestro loco,
que pues él hasta aquí no se ha movido,
la braveza y furor debe ser poco.

 




NEMOROSO

     Si llegas antes, no te ’stés dormido;
apareja la cena, que sospecho
que aun fuego Galafrón no habrá encendido.

 
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