Incluyo las poesías de Garcilaso en orden cronológico siguiendo a Lapesa para ir comprobando las características de las dos etapas. El estudio de las églogas lo






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ALBANIO

     Ora, Salicio, escucha lo que digo,
y vos, ¡oh ninfas deste bosque umbroso!,
adoquiera que estáis, estad comigo.
     Ya te conté el estado tan dichoso
adó me puso amor, si en él yo firme
pudiera sostenerme con reposo;
     mas como de callar y d’encubrirme
d’aquélla por quien vivo m’encendía
llegué ya casi al punto de morirme,
     mil veces ella preguntó qué había
y me rogó que el mal le descubriese
que mi rostro y color le descubría;
     mas no acabó, con cuanto me dijiese,
que de mí a su pregunta otra respuesta
que un sospiro con lágrimas hubiese.
     Aconteció que en un’ ardiente siesta,
viniendo de la caza fatigados
en el mejor lugar desta floresta,
     qu’es éste donde ’stamos asentados,
a la sombra d’un árbol aflojamos
las cuerdas a los arcos trabajados;
     en aquel prado allí nos reclinamos,
y del Céfiro fresco recogiendo
el agradable espirtu, respiramos.
     Las flores, a los ojos ofreciendo
diversidad estraña de pintura,
diversamente así estaban oliendo;
     y en medio aquesta fuente clara y pura,
que como de cristal resplandecía,
mostrando abiertamente su hondura,
     el arena, que d’oro parecía,
de blancas pedrezuelas varïada,
por do manaba el agua, se bullía.
     En derredor, ni sola una pisada
de fiera o de pastor o de ganado
a la sazón estaba señalada.
     Después que con el agua resfrïado
hubimos el calor y juntamente
la sed de todo punto mitigado,
     ella, que con cuidado diligente
a conocer mi mal tenia el intento
y a escodriñar el ánimo doliente,
     con nuevo ruego y firme juramento
me conjuró y rogó que le contase
la causa de mi grave pensamiento,
     y si era amor, que no me recelase
de hacelle mi caso manifesto
y demostralle aquella que yo amase;
     que me juraba que también en esto
el verdadero amor que me tenía
con pura voluntad estaba presto.
     Yo, que tanto callar ya no podía
y claro descubrir menos osara
lo que en el alma triste se sentía,
     le dije que en aquella fuente clara
veria d’aquella que yo tanto amaba
abiertamente la hermosa cara;
     ella, que ver aquésta deseaba,
con menos diligencia discurriendo
d’aquélla con qu’el paso apresuraba,
     a la pura fontana fue corriendo,
y en viendo el agua, toda fue alterada,
en ella su figura sola viendo;
     y no de otra manera arrebatada
del agua rehuyó que si estuviera
de la rabiosa enfermedad tocada,
     y sin mirarme, desdeñosa y fiera,
no sé qué allá entre dientes murmurando,
me dejó aquí, y aquí quiere que muera.
     Quedé yo triste y solo allí, culpando
mi temerario osar, mi desvarío,
la pérdida del bien considerando;
     creció de tal manera el dolor mío
y de mi loco error el desconsuelo
que hice de mis lágrimas un río.
     Fijos los ojos en el alto cielo,
estuve boca arriba una gran pieza
tendido, sin mudarme en este suelo;
     y como d’un dolor otro s’empieza,
el largo llanto, el desvanecimiento,
el vano imaginar de la cabeza,
     de mi gran culpa aquel remordimiento,
verme del todo, al fin, sin esperanza
me trastornaron casi el sentimiento.
    .Cómo deste lugar hice mudanza
no sé, ni quién d’aquí me condujiese
al triste albergue y a mi pobre estanza;
     sé que tornando en mí, como estuviese
sin comer y dormir bien cuatro días
y sin que el cuerpo de un lugar moviese,
     las ya desmamparadas vacas mías
por otro tanto tiempo no gustaron
las verdes hierbas ni las aguas frías;
     los pequeños hijuelos, que hallaron
las tetas secas ya de las hambrientas
madres, bramando al cielo se quejaron;
     las selvas, a su voz también atentas,
bramando pareció que respondían,
condolidas del daño y descontentas.
     Aquestas cosas nada me movían;
antes, con mi llorar, hacia espantados
todos cuantos a verme allí venían.
     Vinieron los pastores de ganados,
vinieron de los sotos los vaqueros
para ser de mi mal de mí informados;
     y todos con los gestos lastimeros
me preguntaban cuáles habian sido
los acidentes de mi mal primeros;
     a los cuales, en tierra yo tendido,
ninguna otra respuesta dar sabía,
rompiendo con sollozos mi gemido,
     sino de rato en rato les decía:
"Vosotros, los de Tajo, en su ribera
cantaréis la mi muerte cada día;
     este descanso llevaré, aunque muera,
que cada día cantaréis mi muerte,
vosotros, los de Tajo, en su ribera".
     La quinta noche, en fin, mi cruda suerte,
queriéndome llevar do se rompiese
aquesta tela de la vida fuerte,
     hizo que de mi choza me saliese
por el silencio de la noche ’scura
a buscar un lugar donde muriese,
     y caminando por do mi ventura
y mis enfermos pies me condujeron,
llegué a un barranco de muy gran altura;
     luego mis ojos le reconocieron,
que pende sobre’l agua, y su cimiento
las ondas poco a poco le comieron.
     Al pie d’un olmo hice allí mi asiento,
y acuérdome que ya con ella estuve
pasando allí la siesta al fresco viento;
     en aquesta memoria me detuve
como si aquésta fuera medicina
de mi furor y cuanto mal sostuve.
     Denunciaba el aurora ya vecina
la venida del sol resplandeciente,
a quien la tierra, a quien la mar s’enclina;
     entonces, como cuando el cisne siente
el ansia postrimera que l’aqueja
y tienta el cuerpo mísero y doliente,
con triste y lamentable son se queja
y se despide con funesto canto
del espirtu vital que d’él s’aleja:
     así aquejado yo de dolor tanto
que el alma abandonaba ya la humana
carne, solté la rienda al triste llanto:
     "¡Oh fiera", dije, "más que tigre hircana
y más sorda a mis quejas qu’el rüido
embravecido de la mar insana,
     heme entregado, heme aquí rendido,
he aquí que vences; toma los despojos
de un cuerpo miserable y afligido!
     Yo porné fin del todo a mis enojos;
ya no te ofenderá mi rostro triste,
mi temerosa voz y húmidos ojos;
     quizá tú, qu’en mi vida no moviste
el paso a consolarme en tal estado
ni tu dureza cruda enterneciste,
     viendo mi cuerpo aquí desamparado,
vernás a arrepentirte y lastimarte,
mas tu socorro tarde habrá llegado.
     ¿Cómo pudiste tan presto olvidarte
d’aquel tan luengo amor, y de sus ciegos
ñudos en sola un hora desligarte?
     ¿No se te acuerda de los dulces juegos
ya de nuestra niñez, que fueron leña
destos dañosos y encendidos fuegos,
     cuando la encina desta espesa breña
de sus bellotas dulces despojaba,
que íbamos a comer sobr’esta peña?
     ¿Quién las castañas tiernas derrocaba
del árbol, al subir dificultoso?
¿Quién en su limpia falda las llevaba?
     ¿Cuándo en valle florido, espeso, umbroso
metí jamás el pie que d’él no fuese
cargado a ti de flores y oloroso?
     Jurábasme, si ausente yo estuviese,
que ni el agua sabor ni olor la rosa
ni el prado hierba para ti tuviese.
     ¿A quién me quejo?, que no escucha cosa
de cuantas digo quien debria escucharme.
Eco sola me muestra ser piadosa;
     respondiéndome, prueba conhortarme
como quien probó mal tan importuno,
mas no quiere mostrarse y consolarme.
     ¡Oh dioses, si allá juntos de consuno,
de los amantes el cuidado os toca;
o tú solo, si toca a solo uno!,
     recebid las palabras que la boca
echa con la doliente ánima fuera,
antes qu’el cuerpo torne en tierra poca.
     ¡Oh náyades, d’aquesta mi ribera
corriente moradoras; oh napeas,
guarda del verde bosque verdadera!,
     alce una de vosotras, blancas deas,
del agua su cabeza rubia un poco,
así, ninfa, jamás en tal te veas;
     podré decir que con mis quejas toco
las divinas orejas, no pudiendo
las humanas tocar, cuerdo ni loco.
     ¡Oh hermosas oreadas que, teniendo
el gobierno de selvas y montañas,
a caza andáis, por ellas discurriendo!,
     dejad de perseguir las alimañas,
venid a ver un hombre perseguido,
a quien no valen fuerzas ya ni mañas.
     ¡Oh dríadas, d’amor hermoso nido,
dulces y graciosísimas doncellas
que a la tarde salís de lo ascondido,
     con los cabellos rubios que las bellas
espaldas dejan d’oro cubijadas!,
parad mientes un rato a mis querellas,
     y si con mi ventura conjuradas
no estáis, haced que sean las ocasiones
de mi muerte aquí siempre celebradas.
     ¡Oh lobos, oh osos, que por los rincones
destas fieras cavernas ascondidos
estáis oyendo agora mis razones!,
     quedaos a Dios, que ya vuestros oídos
de mi zampoña fueron halagados
y alguna vez d’amor enternecidos.
     Adiós, montañas; adiós, verdes prados;
adiós, corrientes ríos espumosos:
vivid sin mí con siglos prolongados,
     y mientras en el curso presurosos
iréis al mar a dalle su tributo,
corriendo por los valles pedregosos,
     haced que aquí se muestre triste luto
por quien, viviendo alegre, os alegraba
con agradable son y viso enjuto,
     por quien aquí sus vacas abrevaba,
por quien, ramos de lauro entretejendo,
aquí sus fuertes toros coronaba".
     Estas palabras tales en diciendo,
en pie m’alcé por dar ya fin al duro
dolor que en vida estaba padeciendo,
     y por el paso en que me ves te juro
que ya me iba a arrojar de do te cuento,
con paso largo y corazón seguro,
     cuando una fuerza súbita de viento
vino con tal furor que d’una sierra
pudiera remover el firme asiento.
     De espaldas, como atónito, en la tierra
desde ha gran rato me hallé tendido,
que así se halla siempre aquel que yerra.
     Con más sano discurso en mi sentido
comencé de culpar el presupuesto
y temerario error que había seguido
     en querer dar, con triste muerte, al resto
d’aquesta breve vida fin amargo,
no siendo por los hados aun dispuesto.
     D’allí me fui con corazón más largo
para esperar la muerte cuando venga
a relevarme deste grave cargo.
     Bien has ya visto cuánto me convenga,
que pues buscalla a mí no se consiente,
ella en buscarme a mí no se detenga.
     Contado t’he la causa, el acidente,
el daño y el proceso todo entero;
cúmpleme tu promesa prestamente,
     y si mi amigo cierto y verdadero
eres, como yo pienso, vete agora;
no estorbes con dolor acerbo y fiero
al afligido y triste cuando llora.

 




SALICIO

            Tratara de una parte
        que agora sólo siento,
si no pensaras que era dar consuelo:
        quisiera preguntarte
        cómo tu pensamiento
se derribó tan presto en ese suelo,
        o se cobrió de un velo,
        para que no mirase
        que quien tan luengamente
        amó, no se consiente
que tan presto del todo t’olvidase.
        ¿Qué sabes si ella agora
juntamente su mal y el tuyo llora?

 




ALBANIO

            Cese ya el artificio
        de la maestra mano;
no me hagas pasar tan grave pena.
        Harásme tú, Salicio,
        ir do nunca pie humano
estampó su pisada en el arena.
        Ella está tan ajena
        d’estar desa manera
        como tú de pensallo,
        aunque quieres mostrallo
con razón aparente a verdadera;
        ejercita aquí el arte
a solas, que yo voyme en otra parte.

 




SALICIO

            No es tiempo de curalle
        hasta que menos tema
la cura del maestro y su crüeza;
        solo quiero dejalle,
        que aun está la postema
intratable, a mi ver, por su dureza;
        quebrante la braveza
        del pecho empedernido
        con largo y tierno llanto.
        Iréme yo entretanto
a requirir d’un ruiseñor el nido,
        que está en un alta encina
y estará presto en manos de Gravina.

 




CAMILA

Si desta tierra no he perdido el tino,
por aquí el corzo vino   que ha traído,
después que fue herido,   atrás el viento.
¡Qué recio movimiento   en la corrida
lleva, de tal herida   lastimado!
En el siniestro lado   soterrada,
la flecha enherbolada   iba mostrando,
las plumas blanqueando   solas fuera,
y háceme que muera   con buscalle.
No paso deste valle;   aquí está cierto,
y por ventura muerto.   ¡Quién me diese
alguno que siguiese   el rastro agora,
mientras la herviente hora   de la siesta
en aquesta floresta   yo descanso!
¡ Ay, viento fresco y manso   y amoroso,
almo, dulce, sabroso!,   esfuerza, esfuerza
tu soplo, y esta fuerza   tan caliente
del alto sol ardiente   ora quebranta,
que ya la tierna planta   del pie mío
anda a buscar el frío   desta hierba.
A los hombres reserva   tú, Dïana,
en esta siesta insana,   tu ejercicio;
por agora tu oficio   desamparo,
que me ha costado caro   en este día.
¡Ay dulce fuente mía,   y de cuán alto
con solo un sobresalto   m’arrojaste!
¿Sabes que me quitaste,   fuente clara,
los ojos de la cara?,   que no quiero
menos un compañero   que yo amaba,
mas no como él pensaba.   ¡Dios ya quiera
que antes Camila muera   que padezca
culpa por do merezca   ser echada
de la selva sagrada   de Dïana!
¡Oh cuán de mala gana   mi memoria
renueva aquesta historia!   Mas la culpa
ajena me desculpa,   que si fuera
yo la causa primera   desta ausencia,
yo diera la sentencia   en mi contrario;
él fue muy voluntario   y sin respeto.
Mas ¿para qué me meto   en esta cuenta?
Quiero vivir contenta   y olvidallo
y aquí donde me hallo   recrearme;
aquí quiero acostarme,   y en cayendo
la siesta, iré siguiendo   mi corcillo,
que yo me maravillo   ya y m’espanto
cómo con tal herida   huyó tanto.

 
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