Incluyo las poesías de Garcilaso en orden cronológico siguiendo a Lapesa para ir comprobando las características de las dos etapas. El estudio de las églogas lo






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ALBANIO

     Con un amigo tal, verdad es eso
cuando el mal sufre cura, mi Salicio,
mas éste ha penetrado hasta el hueso.
     Verdad es que la vida y ejercicio
común y el amistad que a ti me ayunta
mandan que complacerte sea mi oficio;
     mas ¿qué haré?, qu’el alma ya barrunta
que quiero renovar en la memoria
la herida mortal d’aguda punta,
     y póneme delante aquella gloria
pasada y la presente desventura
para espantarme de la horrible historia.
     Por otra parte, pienso qu’es cordura
renovar tanto el mal que m’atormenta
que a morir venga de tristeza pura,
     y por esto, Salicio, entera cuenta
te daré de mi mal como pudiere,
aunque el alma rehuya y no consienta.
     Quise bien, y querré mientras rigere
aquestos miembros el espirtu mío,
aquélla por quien muero, si muriere.
     En este amor no entré por desvarío,
ni lo traté, como otros, con engaños,
ni fue por elección de mi albedrío:
     desde mis tiernos y primeros años
a aquella parte m’enclinó mi estrella
y aquel fiero destino de mis daños.
     Tú conociste bien una doncella
de mi sangre y agüelos decendida,
más que la misma hermosura bella;
     en su verde niñez siendo ofrecida
por montes y por selvas a Diana,
ejercitaba allí su edad florida.
     Yo, que desde la noche a la mañana
y del un sol al otro sin cansarme
seguía la caza con estudio y gana,
     por deudo y ejercicio a conformarme
vine con ella en tal domestiqueza
que della un punto no sabia apartarme;
     iba de un hora en otra la estrecheza
haciéndose mayor, acompañada
de un amor sano y lleno de pureza.
     ¿Qué montaña dejó de ser pisada
de nuestros pies? ¿Qué bosque o selva umbrosa
no fue de nuestra caza fatigada?
     Siempre con mano larga y abundosa,
con parte de la caza visitando
el sacro altar de nuestra santa diosa,
     la colmilluda testa ora llevando
del puerco jabalí, cerdoso y fiero,
del peligro pasado razonando,
     ora clavando del ciervo ligero
en algún sacro pino los ganchosos
cuernos, con puro corazón sincero,
     tornábamos contentos y gozosos,
y al disponer de lo que nos quedaba,
jamás me acuerdo de quedar quejosos.
     Cualquiera caza a entrambos agradaba,
pero la de las simples avecillas
menos trabajo y más placer nos daba.
     En mostrando el aurora sus mejillas
de rosa y sus cabellos d’oro fino,
humedeciendo ya las florecillas,
     nosotros, yendo fuera de camino,
buscábamos un valle, el más secreto
y de conversación menos vecino.
     Aquí, con una red de muy perfeto
verde teñida, aquel valle atajábamos
muy sin rumor, con paso muy quïeto;
     de dos árboles altos la colgábamos,
y habiéndonos un poco lejos ido,
hacia la red armada nos tornábamos,
     y por lo más espeso y escondido
los árboles y matas sacudiendo,
turbábamos el valle con rüido.
     Zorzales, tordos, mirlas, que temiendo,
delante de nosotros espantados,
del peligro menor iban huyendo,
     daban en el mayor, desatinados,
quedando en la sotil red engañosa
confusamente todos enredados.
     Y entonces era vellos una cosa
estraña y agradable, dando gritos
y con voz lamentándose quejosa;
     algunos dellos, que eran infinitos,
su libertad buscaban revolando;
otros estaban míseros y aflitos.
     Al fin, las cuerdas de la red tirando,
llevábamosla juntos casi llena,
la caza a cuestas y la red cargando.
     Cuando el húmido otoño ya refrena
del seco estío el gran calor ardiente
y va faltando sombra a Filomena,
     con otra caza, d’ésta diferente
aunque también de vida ocioso y blanda,
pasábamos el tiempo alegremente.
     Entonces siempre, como sabes, anda
d’estorninos volando a cada parte,
acá y allá, la espesa y negra banda;
     y cierto aquesto es cosa de contarte,
cómo con los que andaban por el viento
usábamos también astucia y arte.
     Uno vivo, primero, d’aquel cuento
tomábamos, y en esto sin fatiga
era cumplido luego nuestro intento;
     al pie del cual un hilo untado en liga
atando, le soltábamos al punto
que via volar aquella banda amiga;
     apenas era suelto cuando junto
estaba con los otros y mesclado,
secutando el efeto de su asunto:
     a cuantos era el hilo enmarañado
por alas o por pies o por cabeza,
todos venian al suelo mal su grado.
     Andaban forcejando una gran pieza,
a su pesar y a mucho placer nuestro,
que así d’un mal ajeno bien s’empieza.
     Acuérdaseme agora qu’el siniestro
canto de la corneja y el agüero
para escaparse no le fue maestro.
     Cuando una dellas, como es muy ligero,
a nuestras manos viva nos venía,
era prisión de más d’un prisionero;
     la cual a un llano grande yo traía
adó muchas cornejas andar juntas,
o por el suelo o por el aire, vía;
     clavándola en la tierra por las puntas
estremas de las alas, sin rompellas,
seguiase lo que apenas tú barruntas.
     Parecia que mirando las estrellas,
clavada boca arriba en aquel suelo,
estaba a contemplar el curso dellas;
     d’allí nos alejábamos, y el cielo
rompia con gritos ella y convocaba
de las cornejas el superno vuelo;
     en un solo momento s’ajuntaba
una gran muchedumbre presurosa
a socorrer la que en el suelo estaba.
     Cercábanla, y alguna, más piadosa
del mal ajeno de la compañera
que del suyo avisada o temerosa,
     llegábase muy cerca, y la primera
qu’esto hacia pagaba su inocencia
con prisión o con muerte lastimera:
     con tal fuerza la presa, y tal violencia,
s’engarrafaba de la que venía
que no se dispidiera sin licencia.
     Ya puedes ver cuán gran placer sería
ver, d’una por soltarse y desasirse,
d’otra por socorrerse, la porfía;
     al fin la fiera lucha a despartirse
venia por nuestra mano, y la cuitada
del bien hecho empezaba a arrepentirse.
     ¿Qué me dirás si con su mano alzada,
haciendo la noturna centinela,
la grulla de nosotros fue engañada?
     No aprovechaba al ánsar la cautela
ni ser siempre sagaz discubridora
de noturnos engaños con su vela,
     ni al blanco cisne qu’en las aguas mora
por no morir como Faetón en fuego,
del cual el triste caso canta y llora.
     Y tú, perdiz cuitada, ¿piensas luego
que en huyendo del techo estás segura?
En el campo turbamos tu sosiego.
     A ningún ave o animal natura
dotó de tanta astucia que no fuese
vencido al fin de nuestra astucia pura.
     Si por menudo de contar t’hobiese
d’aquesta vida cada partecilla,
temo que antes del fin anocheciese;
     basta saber que aquesta tan sencilla
y tan pura amistad quiso mi hado
en diferente especie convertilla,
     en un amor tan fuerte y tan sobrado
y en un desasosiego no creíble
tal que no me conosco de trocado.
     El placer de miralla con terrible
y fiero desear sentí mesclarse,
que siempre me llevaba a lo imposible;
     la pena de su ausencia vi mudarse,
no en pena, no en congoja, en cruda muerte
y en un infierno el alma atormentarse.
     A aqueste ’stado, en fin, mi dura suerte
me trujo poco a poco, y no pensara
que contra mí pudiera ser más fuerte
     si con mi grave daño no probara
que en comparación d’ésta, aquella vida
cualquiera por descanso la juzgara.
     Ser debe aquesta historia aborrecida
de tus orejas, ya que así atormenta
mi lengua y mi memoria entristecida;
     decir ya más no es bien que se consienta.
Junto todo mi bien perdí en un hora,
y ésta es la suma, en fin, d’aquesta cuenta.

 




SALICIO

Albanio, si tu mal comunicaras
con otro que pensaras   que tu pena
juzgaba como ajena,   o qu’este fuego
nunca probó ni el juego   peligroso
de que tú estás quejoso,   yo confieso
que fuera bueno aqueso   que ora haces;
mas si tú me deshaces   con tus quejas,
¿por qué agora me dejas   como a estraño,
sin dar daqueste daño   fin al cuento?
¿Piensas que tu tormento   como nuevo
escucho, y que no pruebo   por mi suerte
aquesta viva muerte   en las entrañas?
Si ni con todas mañas   o esperiencia
esta grave dolencia   se deshecha,
al menos aprovecha,   yo te digo,
para que de un amigo   que adolesca
otro se condolesca,   que ha llegado
de bien acuchillado   a ser maestro.
Así que, pues te muestro   abiertamente
que no estoy inocente   destos males,
que aun traigo las señales   de las llagas,
no es bien que tú te hagas   tan esquivo,
que mientras estás vivo,   ser podría
que por alguna vía   t’avisase,
o contigo llorase,   que no es malo
tener al pie del palo   quien se duela
del mal, y sin cautela   t’aconseje.

 




ALBANIO

Tú quieres que forceje   y que contraste
con quien al fin no baste   a derrocalle.
Amor quiere que calle;   yo no puedo
mover el paso un dedo   sin gran mengua;
él tiene de mi lengua   el movimiento,
así que no me siento   ser bastante.

 




SALICIO

¿Qué te pone delante   que t’empida
el descubrir tu vida   al que aliviarte
del mal alguna parte   cierto espera?

 




ALBANIO

Amor quiere que muera   sin reparo,
y conociendo claro   que bastaba
lo que yo descansaba   en este llanto
contigo a que entretanto   m’aliviase
y aquel tiempo probase   a sostenerme,
por más presto perderme,   como injusto,
me ha ya quitado el gusto   que tenía
de echar la pena mía   por la boca,
así que ya no toca   nada dello
a ti querer sabello,   ni contallo
a quien solo pasallo   le conviene,
y muerte sola por alivio tiene.

 




SALICIO

     ¿Quién es contra su ser tan inhumano
que al enimigo entrega su despojo
y pone su poder en otra mano?
     ¿Cómo, y no tienes algún hora enojo
de ver que amor tu misma lengua ataje
o la desate por su solo antojo?

 




ALBANIO

     Salicio amigo, cese este lenguaje;
cierra tu boca y más aquí no la abras;
yo siento mi dolor, y tú mi ultraje.
     ¿Para qué son maníficas palabras?
¿Quién te hizo filósofo elocuente,
siendo pastor d’ovejas y de cabras?
     ¡Oh cuitado de mí, cuán fácilmente,
con espedida lengua y rigurosa,
el sano da consejos al doliente!

 




SALICIO

     No te aconsejo yo ni digo cosa
para que debas tú por ella darme
respuesta tan aceda y tan odiosa;
     ruégote que tu mal quieras contarme
porque d’él pueda tanto entristecerme
cuanto suelo del bien tuyo alegrarme.

 




ALBANIO

     Pues ya de ti no puedo defenderme,
yo tornaré a mi cuento cuando hayas
prometido una gracia concederme,
     y es que en oyendo el fin, luego te vayas
y me dejes llorar mi desventura
entr’estos pinos solo y estas hayas.

 




SALICIO

     Aunque pedir tú eso no es cordura,
yo seré dulce más que sano amigo
y daré buen lugar a tu tristura.

 
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