Vida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg






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títuloVida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg
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IX
Acortábanse los días, la luz solar se retiraba pronto y el corazón se angustiaba al caer de cada tarde. Sentía el primi­tivo sobrecogimiento de los antepasados que veían en los meses de invierno la paulatina disminución de las fuerzas del sol, tarde tras tarde. «Mañana se apagará del todo», pensa­ban desesperados, y quedábanse la noche entera en las mon­tañas, temblando de pavor.

Zorba experimentaba igual inquietud, más honda y más primitivamente que yo. Para librarse de ellas permanecía en el interior de la mina hasta que las estrellas fulguraran en el cielo.

Había descubierto un magnífico filón de lignito, que no dejaba demasiada ceniza por residuo, de poca humedad y rico en calorías, lo que lo tenía contento. Pues al instante las posibles ganancias lograban en su imaginación maravillosas transformaciones: convertíanse en viajes, en mujeres, en nue­vas aventuras. Esperaba con impaciencia el día en que los beneficios fueran suficientes, en que las alas –llamaba alas al dinero– adquirieran las fuerzas necesarias como para per­mitirle fácil vuelo. Por eso, se pasaba noches enteras ensayan­do el minúsculo teleférico, en busca de la exacta pendiente, para que los troncos bajaran blandamente, blandamente, según decía, como llevados por ángeles.

Un día, en una amplia hoja de papel dibujó con lápices de colores la montaña, el bosque, el cable aéreo, los troncos que bajaban colgando de él, dotado cada uno de ellos de dos grandes alas azules. En la pequeña bahía redondeada flotaban barcos negros con marinos verdes como cotorras y unas ma­honas cargadas de troncos amarillos. Había cuatro monjes, uno en cada ángulo del dibujo, de cuyas bocas salían unas cintas rosas con esta inscripción en letras mayúsculas negras: «¡Oh, Señor, cuán infinita es tu grandeza y cuán admirables tus obras!»

Desde hacía unos días, Zorba encendía a toda prisa el fue­go, guisaba, comíamos y se marchaba enseguida por el cami­no del pueblo. Unas horas después regresaba muy cejijunto.

–¿Dónde estuviste, Zorba? –le preguntaba.

–No te preocupes, patrón –decía, y buscaba otro tema de conversación.

Una noche, al volver, me interrogó ansioso:

–¿Hay o no hay Dios? ¿Qué dices tú, patrón? Y si lo hay, todo puede ser, ¿cómo lo imaginas?

Yo me encogí de hombros sin responder.

–Yo, no te rías, patrón, me represento a Dios muy seme­jante a mí. Sólo que más grande, más fuerte, más chiflado. Y por añadidura, inmortal. Está cómodamente sentado en pieles de carnero muy muelles y por cabaña tiene el cielo. No de hojalata como la nuestra, sino de nubes. Lleva en la mano derecha, no una espada ni una balanza, que estos instrumen­tos son propios de carniceros o especieros; lleva él una gran esponja embebida en agua, como en lluvia un nubarrón. A su derecha, el Paraíso; a su izquierda, el Infierno. Y cuando el alma se acerca, pobrecilla, desnuda, pues ha perdido su man­to, el cuerpo, y tiritando, Dios la mira, riéndose para su barba, aunque con simulado aspecto de espantajo, y le dice: «¡Ven para acá», con voz serena, «ven para acá, maldita!» y da comienzo al interrogatorio. El alma se postra a los pies del Señor. «¡Perdóname!», exclama. «¡He pecado!» Y ahí la ves enumerando los pecados que ha cometido. Es una re­tahíla que no acaba nunca. Dios se harta de oírla. Bosteza. «¡Calla ya», le grita, «que me das jaqueca!» Y ¡zas!, la es­ponja de un golpe borra todos los pecados. «¡Hala, márchate, vete al Paraíso», le dice. «Pedrín, deja que entre ésta tam­bién ¡pobrecilla!»

»–Pues debes decirte, patrón, que Dios es un gran señor, y la nobleza sólo significa perdonar.

Aquella noche, lo recuerdo, mientras Zorba ensartaba tantos disparates, no desprovistos de hondura, yo me reía. Pero aquella «nobleza» de Dios, se entraba en mí, maduraba, en su esencia compasiva, generosa, omnipotente.

Otra noche lluviosa, mientras estábamos encerrados en la cabaña, entretenidos en asar castañas en el brasero, Zorba dirigió hacia mí la mirada, me contempló largo rato como si tratara de hallar solución a un gran misterio, y al fin, sin poder contenerse, me dijo:

–Querría saber, patrón, qué demonios ves en mí que no me agarras de una oreja y me arrojas a la calle. Ya te he dicho que me apodan «Mildiú» porque por dondequiera que pase no dejo piedra sobre piedra... Tus asuntos se irán al diablo. ¡Échame a la calle, te digo!

–Me agradas –le contesté–. No busques más razones.

–Es que tú no comprendes, patrón, que mis sesos no tienen el peso necesario. Quizás un poco más, quizás un poco menos; pero justo, no, por cierto. Mira, para que entiendas: noches y días hace que la viuda no me da paz ni sosiego. No por mí, no, te lo juro. Porque yo ¡mala centella la parta!, el hecho es seguro, no he de tocarle nunca el pelo. No es manjar para mi boca... Pero tampoco quiero que se pierda para todos. No quiero que duerma sola. No sería justo, patrón, yo no puedo permitirlo. Por eso, todas las noches doy vueltas en torno de su huerto... y ahí está la razón de mis salidas y la respuesta a tus insistentes preguntas sobre su objeto..., ¿y sabes por qué lo hago? Para saber si alguien la visita y que­darme tranquilo por fin.

Me eché a reír.

–¡No te rías, patrón! Que una mujer se acueste sola, cul­pa es de todos nosotros, los hombres. Y a todos nos tocará dar cuenta de ello el día del juicio final. Dios perdona cualquier pecado, que para eso tiene una esponja en la mano, pero este pecado no lo perdona. ¡Mal haya el hombre que pudiendo acostarse con una mujer no lo hace! Recuerda lo que decía el hodja.

Calló un momento, luego preguntó de pronto:

–¿Cuando muere un hombre, crees que puede resucitar?

–No lo creo, Zorba.

–Tampoco yo. Pero si lo pudiera, los hombres de quienes hablamos, los que se negaron a servir, los desertores, volve­rían a la Tierra ¿sabes con qué figura? ¡Pues como mulos!

Calló de nuevo y meditó. De repente le fulguraron los ojos.

–Quién sabe –dijo excitado por el hallazgo–, tal vez los mulos que andan por ahí son esas mismas gentes, los es­tropeados, los desertores, que en vida fueron hombres y mujeres sin serlo y por tal causa se convirtieron en mulos. Así se explica que estén siempre dando coces. ¿Qué te parece a ti, patrón?

–Que tus sesos pesan menos de lo que debían, Zorba –respondí riendo–. ¡Ea! Levántate y toca un rato el san­turi.

–Hoy no hay santuri que valga, patrón; tienes que dis­culparme. Hablo, hablo, digo una sarta de tonterías ¿sabes por qué? Porque ando muy preocupado. Muy fastidiado. La nueva galería ¡el diablo se la lleve!, me temo que me dé un disgusto. Y tú me sales con el santuri...

Y así diciendo, sacó de entre las cenizas las castañas, me dio un puñado de ellas, llenó nuestros vasos de raki.

–¡Dios incline la balanza a la derecha! –dije al chocar los vasos.

–¡A la izquierda! –corrigió Zorba–. ¡A la izquierda! Hasta ahora, la derecha nada bueno nos procuró.

Se bebió de un trago el fuego líquido y tendióse en su lecho.

–Mañana tendré que gastar mucha fuerza. Me he de ver en lucha con mil demonios. ¡Buenas noches!

Al día siguiente, muy temprano, Zorba se metió en la mina. Ya tenían muy avanzada la galería en el sentido de la rica veta mineral; goteaba el agua desde la bóveda; los obre­ros chapoteaban en el barro negro.

Desde la antevíspera, Zorba había dispuesto que se traje­ran troncos para consolidar la galería. Pero su inquietud no amenguaba. Los leños no eran suficientemente gruesos y, con el instinto seguro que le llevaba a vivir como la propia vida de su cuerpo la de aquel laberinto subterráneo, sentía que el maderaje protector no estaba ya firme, oía los leves, aún imperceptibles para los demás, crujimientos del sostén del techo, como si gimiera bajo una presión excesiva.

Otra circunstancia acrecentaba ese día la intranquilidad de Zorba: cuando se disponía a bajar a la mina, el pope de la aldea, cabalgando en un mulo, se dirigía a toda prisa hacia el vecino convento para suministrar la extremaunción a una monja moribunda. Por suerte tuvo tiempo Zorba, antes que el pope le hablara, de escupir tres veces en el suelo.

–¡Buenos días, pope! –dijo entre dientes, contestando al saludo del sacerdote. Y en voz un poco baja–: ¡Tu mal­dición sobre mí!

Sin embargo, no le parecieron suficientes tales exorcismos y se internó con los nervios excitados en la nueva galería.

Denso olor a lignito y de acetileno. Los obreros habían comenzado a afianzar los postes para sostener la galería. Zorba les dio los buenos días con tono brusco, con no habitual hosquedad; se arremangó y sin más demora comenzó a tra­bajar.

Unos diez obreros iban atacando el filón con los picos, amontonaban el carbón a sus pies; otros lo recogían con las palas y cargándolo en carretillas lo llevaban afuera.

De pronto, Zorba se detuvo, con una seña indicó a los obreros que pararan el trabajo, y prestó oído. Así como el jinete forma un solo cuerpo con su corcel, así como el capi­tán con su navío, Zorba y la mina eran uno; sentía como venas de sus carnes las galerías subterráneas, y lo que no le estaba consentido a las masas oscuras de carbón, lo sentía él con consciente lucidez humana.

Después de parar la velluda oreja, espiaba. En ese mo­mento llegaba yo a la mina. Como movido por un presenti­miento, como impelido por una fuerza ignota, me había despertado sobresaltado, me había vestido a toda prisa y había saltado afuera, sin saber por qué me apuraba tanto ni adónde tenía que ir; sin embargo, mi cuerpo, sin vacilar, tomó el camino de la mina. Llegaba precisamente en el ins­tante en que Zorba, inquieto, paraba la oreja para escuchar.

–Nada... –dijo al cabo de un rato–. Me pareció que... ¡Al trabajo, muchachos!

Se volvió, advirtió mi presencia, frunció los labios:

–¿Subes a tomar aire fresco, patrón? Otro día vendrás a dar unas vueltas por aquí.

–¿Qué ocurre, Zorba?

–Nada... Fueron imaginaciones mías... Esta mañana temprano me he cruzado con un pope. ¡Vete!

–Si hubiera peligro, ¿no sería vergonzoso que me reti­rara?

–Sí

–¿Te irías tú?

–No.

–¿Entonces?

–Lo que dispongo que haga Zorba –dijo fastidiado–, no tiene nada que ver con la conducta de los demás. Pero puesto que entiendes que sería desdoroso irte, no te vayas. Quédate. ¡Tanto peor!

Con un martillo se dio a la tarea de hundir unos grandes clavos en los maderos del techo, para asegurarlos. Descolgué de un poste una lámpara de acetileno, y yendo de un lado a otro por el barro, observé el filón pardo oscuro que brilla­ba reflejando la luz. Bosques inmensos quedaron enterrados, millones de años transcurrieron, la tierra rumiaba, digería, transformaba, a sus criaturas: los árboles se cambiaron en lignito, el lignito en carbón; hasta que llegó Zorba y...

Colgué de nuevo la lámpara y miré cómo trabajaba Zorba. Se entregaba por entero a su labor; ninguna otra cosa se imponía en su espíritu; era una unidad juntamente con la tierra, el pico y el carbón. Era una unidad con el martillo y los clavos, en su lucha contra la madera. Sufría juntamente con el techo que se combaba. Luchaba contra la montaña en­tera para apoderarse, mediante la astucia, mediante la violen­cia, del carbón que guardaba. Zorba percibía la materia iná­nime con infalible seguridad y la hería sin errar allí donde era más débil, allí donde resultaba más fácil vencerla. Y tal como yo lo veía en ese momento, manchado de arriba abajo, cubierto de polvo negro, masa oscura en que sólo el blanco de los ojos brillaba, antojábaseme disfrazado de carbón para poder acercarse más cómodamente a su adversario y forzar sus defensas.

–¡Adelante, mi valiente Zorba! –exclamé impulsado por ingenua admiración.

Pero él no se volvió siquiera. ¿Cómo podría distraerse en charlar en ese momento con una rata papiróvora que, en lu­gar de pico, sostenía en la mano el mísero cabo de un lápiz? Él se hallaba ocupado, no se dignaba conversar. «No me hables cuando estoy trabajando», me había dicho una tarde, «porque puede resultar que me quiebres.» «¿Que te quiebre. Zorba? ¿Cómo así?» «¡Otra vez con tus preguntas inútiles! Eres como una criatura que en todo momento pregunta: ¿por qué? ¿De qué modo te lo explicaría yo? Si estoy entre­gado a una tarea, con el espíritu tendido, completamente tieso de la cabeza a los pies, pegado a la piedra, al carbón o al santuri, y tú vienes y bruscamente me tocas, o me hablas de repente, y yo para atender me vuelvo, puedo muy bien quebrarme. ¡Eso es todo!»

Miré mi reloj pulsera: las diez.

–Es hora de tomar un bocado, amigos –dije–. Ya tra­bajaron mucho.

Los obreros dejaron al instante las herramientas en un rincón, enjugáronse las caras sudorosas y se dispusieron a salir de la galería. Zorba, entregado a su labor, no había oído. Y aunque hubiera oído, no se hubiera movido de allí. Porque ahora volvía a parar la oreja, inquieto.

–Esperen –dije a los obreros–, ¡un cigarrillo!

Metí la mano en el bolsillo, los obreros esperaban.

De repente, Zorba manifestóse sobresaltado. Pegó el oído a la pared de la galería. Al fulgor de la lamparilla, yo le veía la boca convulsivamente abierta.

–¿Qué te pasa, Zorba? –exclamé.

Pero en ese momento pareció que todo el techo de la ga­lería temblaba sobre nuestras cabezas.

–¡Váyanse! –gritó Zorba con voz ronca–. ¡Váyanse!

Nos precipitamos hacia la salida; mas no habíamos llegado al primer arco de sostén cuando otro crujido más intenso nos sorprendió. Zorba, en tanto, alzaba un grueso tronco con el propósito de calzarlo en apoyo del arco que cedía. Si alcan­zaba a cumplir su intento con suficiente rapidez, quizás el techo resistiera unos segundos, permitiéndonos salir de allí.

–¡Váyanse! –repitió la voz de Zorba, ahogada ahora, como si surgiera de las entrañas de la tierra.

Todos, con la cobardía que suelen mostrar los hombres en los momentos de peligro, nos echamos afuera, sin preocu­parnos por la suerte de Zorba. Sin embargo, segundos des­pués reaccionaba yo y me lancé hacia él.

–¡Zorba! –grité–. ¡Zorba!

Me pareció que gritaba ese nombre; pero pronto com­prendí que no había salido el grito de mis labios: el miedo ahogaba mi voz.

Me sentí avergonzado. Adelanté un paso, tendiendo los brazos. En ese momento, Zorba, tras dejar afirmado el grueso puntal, resbalando en el barro, dio un salto hacia la salida. En la penumbra, arrastrado por el impulso, se echó contra mí. Sin quererlo nos hallamos uno en brazos del otro.

–¡Salgamos! –exclamó con voz ahogada–. ¡Salgamos pronto!

Nos echamos a correr y salimos a la luz. Los obreros amontonados a la entrada, espiaban, pálidos...

Se oyó un tercer crujido, más intenso, como el de un árbol que desgarra la tempestad. Repentino bramido corrió formidable cual el rodar del trueno, sacudió la montaña, y al instante la galería se derrumbó.

–¡Dios bendito! –murmuraron los obreros persignándose.

–¿Dejaron los picos abajo? –preguntó Zorba encolerizado.

Los obreros callaban.

–¿Por qué no los recogieron? –gritó de nuevo, furioso–. ¿Se cagaron en los pantalones, eh, valientes? ¡Lástima de herramientas!

–No es ésta la oportunidad de afligirnos por unos picos más o menos, Zorba –dije interponiéndome–. ¡Alegrémo­nos de que todos los hombres estén sanos y salvos! ¡Gracias a ti, Zorba! ¡Todos nosotros te debemos la vida!

–Tengo hambre –dijo Zorba–. Esto me ha abierto el apetito.

Del saco que contenía el refrigerio, tomó pan, aceitunas, cebollas, una patata hervida, y una cantimplora pequeña con vino.

–¡Ea, no viene mal un bocado, muchachos! –dijo con la boca llena.

Comía ávidamente, de prisa, como si hubiera perdido de pronto las fuerzas y quisiera recuperarlas sin tardanza.

Comía inclinado, silencioso; luego, alzando la cantimplora, echó la cabeza hacia atrás y dejó que cayera burbujeante el vino en la garganta seca.

Los obreros también recobraron ánimos, abrieron los sacos respectivos, y se pusieron a comer. Todos se hallaban sen­tados, con las piernas cruzadas, en torno de Zorba y lo miraban mientras comían. Hubieran deseado echarse a sus plantas, besarle las manos; pero conocían su genio brusco y huraño y nadie se animó a iniciar la demostración de gratitud.

Al fin, Michelis, el de mayor edad, hombre de grandes bigotes grises, se decidió y dijo:

–Si no hubieras estado tú, maese Alexis, a estas horas nuestros hijos eran huérfanos.

–¡Cierra el pico! –dijo Zorba con la boca llena; y nadie se animó a chistar.
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