Vida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg






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títuloVida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg
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VI
El sol estaba alto cuando desperté. Tenía anquilosada la mano derecha de tanto escribir y no podía juntar los dedos. El temporal búdico había pasado sobre mí, dejándome ago­tado y huero.

Me incliné para recoger del suelo las hojas desparramadas. No me quedaban ganas ni fuerzas para releerlas. Como si la impetuosa inspiración sólo hubiera sido un sueño, no quería verme apresado por las palabras, envilecido por ellas.

Llovía esa mañana, sin ruido, blandamente. Antes de mar­charse, Zorba dejó encendido el brasero y todo el día per­manecí sentado, con las piernas encogidas, extendidas las manos hacia el fuego, sin comer, inmóvil, oyendo cómo caía la lluvia suavemente.

No pensaba en nada. El cerebro, hecho una bola como un topo en su madriguera, descansaba. Llegaban hasta mí leves rumores, el roer de la tierra, la lluvia que tecleaba y las si­mientes que se hinchaban. Percibía que el cielo y la tierra copulaban como en los tiempos primitivos, cuando unidos como hombre y mujer engendraban hijos. Delante de mí, a lo largo de la ribera, mugía el mar y lamía la playa como fiera que saca la lengua para beber.

Era feliz y lo sabía. Mientras estamos viviendo una dicha, es raro que lo percibamos. Sólo cuando ya pasó y volvemos atrás la mirada, comprendemos de pronto –a veces con sor­presa– cuán felices hemos sido. Pero yo, en esa costa cre­tense, vivía la dicha y sabía que era feliz.

Mar azul oscuro, inmenso, que iba a bañar las costas afri­canas. A menudo, el viento del sur soplaba muy cálido, el livas, viniendo de lejanos arenales ardorosos. Por la mañana el mar embalsamaba el aire como un melón de agua; a me­diodía, humeaba, tranquilo, con leves ondulaciones como pechos de mujer apenas dibujados; por la noche, suspiraba, tiñéndose de rosa, de color de vino o de berenjena, y al fin de azul sombrío.

Me entretenía, a la hora de la siesta, en llenarme la mano de fina arena rubia y sentía cómo se deslizaba y huía, cálida y blanda, por entre los dedos. La mano, clepsidra por donde la vida se desliza y se pierde. Se pierde la vida, y yo miro el mar, oigo la palabra de Zorba, siento que las sienes me crujen de felicidad.

Un día, lo recuerdo, mi sobrinita Alka, niñita de cuatro años, mientras estábamos mirando un escaparate de juguete­ría, la víspera de año nuevo, dirigiéndose a mí me dijo estas sorprendentes palabras: «Tío Ogro ¡estoy tan contenta de que me hayan salido cuernos!» Quedé pasmado. ¡Qué pro­digio es la vida y cómo todas las almas, cuando hunden pro­fundamente sus raíces, se encuentran y no forman más que una sola alma! Pues inmediatamente recordé una cabeza de Buda, tallada en ébano, vista en un lejano museo. Buda libe­rado sentía infinita, suprema alegría, después de haber ago­nizado durante siete años. Las venas de su frente, a derecha e izquierda, se le habían hinchado al punto que rompían la piel y se convertían en cuernos fuertes, enroscados como resortes de acero.

Al anochecer la garúa había parado, el cielo estaba lím­pido. Sentía apetito y me alegraba, pues ahora llegaría Zorba, encendería el fuego e iniciaría el rito cotidiano de la cocina.

–¡Ésta es otra historia que no tiene fin! –decía a me­nudo Zorba, mientras ponía la marmita a la lumbre–. No sólo la mujer ¡maldita sea! es una historia que no acaba nunca; también la comida lo es.

Por vez primera percibí en estas riberas el encanto de sentarme a comer. Al llegar la noche, Zorba preparaba el fuego entre dos piedras, cocinaba, nos poníamos luego a man­ducar y beber un vasito de vino, la conversación se ani­maba; al fin llegaba yo a comprender que la comida es tam­bién una ocupación espiritual, pues la carne, el pan, el vino, son la materia con que el espíritu se configura.

Antes de comer y beber, carecía Zorba, por la noche, tras las fatigas de la jornada laboriosa, de toda animación; las palabras le asomaban trabajosamente a los labios y sonaban ásperas. Sus movimientos eran pesados y torpes. Mas en cuanto le echaba carbón a la caldera, como él decía, la má­quina entorpecida y fatigada de su cuerpo recobraba vida, y con renovado brío volvía a la actividad habitual. Se le en­cendían las miradas, despertábasele la memoria, surgían alas de sus pies y danzaba.

–Dime en qué conviertes lo que comes y te diré quién eres. Gente hay que lo transforman en grasas y excrementos; otros, en trabajo y buen humor; algunos, según he oído, en Dios. Existen, pues, tres clases de hombres. Yo, patrón, no cuento entre los peores, como tampoco entre los mejores. Me conservo en el término medio. Lo que como, lo convierto en trabajo y buen humor. Y no está mal así.

Me miró maliciosamente, riéndose.

–En lo que a ti respecta, patrón, supongo que te afanas porque el alimento te alce hasta Dios. Pero no lo consigues y es una tortura para ti. Te ocurre lo que al cuervo.

–¿Qué le ocurrió al cuervo, Zorba?

–Que al principio, ¿sabes?, andaba por el mundo decen­temente, tal como conviene, como debe andar un cuervo ¡vaya! Mas un día se le antojó sacar pecho y menearse como la perdiz. Y desde entonces el pobre tiene olvidada su ma­nera natural de andar, no sabe lo que se hace, ¿ves? Y ca­mina renqueando.

Alcé la cabeza. Oía los pasos de Zorba que acababa de salir de la mina. Poco después, vi que se acercaba, hosco el semblante, cejijunto, sacudiendo los largos brazos.

–...noche patrón –dijo entre dientes.

–Salud, viejo. ¿Cómo marchó la tarea hoy?

No respondió.

–Prepararé la lumbre –dijo al rato–, y haré la comida.

Tomó una brazada de leña de un rincón, salió, colocó hábil­mente las ramas cruzadas entre dos piedras y las hizo arder. Puso la olla en el suelo, le echó agua, cebollas, tomates, arroz y comenzó a guisar. Yo, en tanto, ponía un mantel en la mesa redonda y baja, cortaba rebanadas gruesas de pan de trigo y llenaba de vino, con la damajuana, la calabaza vinatera, deco­rada con dibujos, que el tío Anagnosti nos regalara en los primeros días de nuestra llegada.

Zorba se había arrodillado frente a la olla, miraba el fuego con ojos dilatados y callaba.

–¿Tienes hijos, Zorba? –le pregunté de pronto.

Se volvió.

–¿Por qué me lo preguntas? Tengo una hija.

–¿Casada?

Zorba se rió.

–¿Por qué ríes, Zorba?

–¿Acaso es necesario preguntarlo? Por supuesto, está ca­sada. No es una chica idiota. Estaba yo trabajando en una mina de cobre, en Pravitsa, en la Calcídica. Un día me llega una carta de mi hermano Yanni. Es cierto que olvidé decirte que tengo un hermano, hombre casero, sensato, beatón, usu­rero, hipócrita, un hombre de bien, pilar de la sociedad. Ven­de comestibles en Salónica. «Alexis, hermano», me decía en la carta, «tu hija Froso tomó mal camino, ha deshonrado nuestro nombre. Tiene un amante y le ha nacido un hijo de él, nuestra reputación ha quedado por los suelos. Pienso llegar a la aldea y degollarla.»

–¿Y tú, qué hiciste, Zorba?

Zorba se encogió de hombros.

–«¡Puf, las mujeres!», me dije, y rompí la carta.

Removió el arroz, le echó sal y rió sarcásticamente.

–Espera, ahora oirás lo más gracioso. Dos meses más tarde, recibo del muy tonto de mi hermano otra carta: «¡Sa­lud y júbilo, querido hermano Alexis!», escribía el imbécil. «Ha sido reparada la honra, ahora puedes llevar alta la fren­te, el hombre de marras se casó con Froso.»

Zorba se volvió a mirarme. Al fulgor de su cigarrillo le veía brillantes los ojos. Nuevamente se encogió de hombros.

–¡Puf, los hombres! –dijo con profundo desprecio.

Y al rato:

–¿Qué cabe esperar de las mujeres? Que tengan hijos con el primer llegado. ¿Qué cabe esperar de los hombres? Que caigan en el lazo como chorlitos. ¡Apúntalo en la memoria, patrón!

Retiró la olla del fuego; comimos.

Zorba volvió a sumirse en sus meditaciones. Alguna pre­ocupación lo atormentaba. Me miraba, entreabría la boca, la cerraba de nuevo. A la luz de la lámpara de aceite yo le veía los ojos inquietos, que reflejaban interior turbación.

No pude aguantar.

–Zorba –le dije–, tú quieres decirme algo, pues dímelo. ¡Ea, amigo, desembucha!

Zorba callaba; cogió una piedrecilla y la arrojó con fuerza por la puerta abierta.

–¡Deja esas piedras y habla!

Zorba alargó el arrugado cuello.

–¿Confías en mí, patrón? –preguntóme con tono an­sioso, clavando la mirada en mis ojos.

–Sí, Zorba. Hagas lo que hicieres, no puedes equivocarte. Aunque lo quisieras, no lo podrías. Eres, digamos, como un león, o como un lobo. Estas bestias no proceden jamás al modo de carneros o de asnos, no se apartan nunca de los ca­rriles en que los puso su natural complexión. Igualmente tú: eres Zorba hasta el extremo de las uñas.

Zorba meneó la cabeza.

–Bien, pero no entiendo ya adónde diablos vamos.

–Lo sé yo, no te preocupes. ¡Sigue adelante!

–Repítelo otra vez, patrón, para que me entre valor.

–¡Sigue adelante!

Los ojos le fulguraron.

–Ahora puedo hablarte –dijo–. Desde hace días alien­to un gran proyecto, una idea descabellada que se me anidó en la cabeza. ¿La realizamos?

–¿Y lo preguntas? Para eso estamos aquí, Zorba, para ejecutar ideas.

Zorba, alargando el cuello, me contempló con alegría y con temor a la vez:

–¡Habla claro, patrón! ¿No hemos venido aquí por la mina?

–La mina es un pretexto, para no intrigar a la gente. Para que nos tengan por serios industriales y no nos acribi­llen arrojándonos tomates. ¿Comprendes, Zorba?

Zorba quedó boquiabierto. Esforzábase por comprender, sin atreverse a creer en tamaña dicha. De pronto, iluminólo la comprensión y se arrojó hacia mí, cogiéndome de los hombros.

–¿Bailas? –me preguntó apasionadamente–. ¿Bailas?

–No.

–¿No?

Dejó los brazos caídos, asombrado.

–Bueno –dijo al rato–. Entonces bailaré yo, patrón. Siéntate un poco más allá, que no te atropelle. ¡Ohé! ¡Ohé!

De un brinco saltó afuera de la barraca, se quitó los za­patos, la chaqueta, el chaleco, arremangóse los pantalones hasta las rodillas y comenzó a bailar. La cara, aún sucia de carbón, parecía negra. Los ojos brillantes, blancos.

Entró en el torbellino de la danza dando palmadas, brin­cando luego, girando como una peonza en el aire, dejándose caer en elásticas flexiones de las piernas, volviendo a dar botes con las piernas dobladas, como si fuera de goma. Alzá­base de repente en un impulso que parecía destinado a que­brantar las leyes de la naturaleza para echarse a volar. Ad­vertíase en el carcomido cuerpo la lucha del alma por liberar a la carne y lanzarse con ella, como un meteoro, en las tinie­blas. Sacudía con fuerza el cuerpo, que volvía a caer por no hallar cómo sostenerse en lo alto; sacudíalo nuevamente, des­piadado, y conseguía llevarlo esta vez un poco más arriba; pero el pobre volvía a caer, jadeante.

Zorba, cejijunto, mostraba inquietante gravedad. Ya no salían gritos de su boca. Con las mandíbulas apretadas em­peñábase en lograr lo imposible.

–¡Zorba! ¡Zorba! –exclamé–. ¡Basta ya!

Temía que, de repente, no resistiendo el gastado cuerpo tal impetuosidad, se disgregara en mil trozos a los cuatro vientos.

Pero era inútil que gritara. ¿Cómo podía oír Zorba los gritos de la tierra? Sus entrañas eran ahora las de un pájaro.

Observé con ligera inquietud la prosecución de aquella danza salvaje y desesperada. Cuando niño, mi imaginación rodaba sin freno: les contaba a mis amiguitos los mayores absurdos, siendo yo el primero en creerlos.

–¿Y tu abuelito cómo murió? –me preguntaron un día mis compañeritos de la escuela comunal.

Y yo, al instante, imaginé un mito, y a medida que lo desarrollaba, yo mismo creía en la verdad del relato.

–Mi abuelito tenía zapatos de suela de goma. Un día, cuando ya la barba se le había puesto blanca, saltó desde el techo de nuestra casa. Pero al tocar el suelo dio un bote como una pelota y subió más alto que la casa, y siguió su­biendo más, hasta que se perdió entre las nubes. Así murió mi abuelito.

Desde el día en que inventé ese cuento, cada vez que visitaba la capilla de San Minas y veía en la parte baja del iconostasio la Ascensión del Señor, alargando la mano les decía a mis camaradas:

–Miren, ahí está mi abuelo con los zapatos de suela de goma.

Esta noche, tantos años después, viéndolo a Zorba en aquel brincar y saltar, revivía el cuento pueril con angustia, como si me dominara el temor de que Zorba también se per­diera entre las nubes.

–¡Zorba! ¡Zorba! –exclamé–. ¡Basta ya!

Zorba se hallaba ahora en cuclillas, sin aliento. Brillábale el rostro, feliz. Los cabellos grises se le pegaban a las sienes y le corrían gotas de sudor por las mejillas arrastrando con­sigo el negro polvo.

Me incliné hacia él, inquieto.

–Me siento aliviado –dijo al cabo de un instante–, como tras una sangría. Ahora puedo hablar.

Entró de nuevo en la barraca, sentóse junto al brasero, me miró con rostro radiante.

–¿Qué te dio por meterte en esa danza?

–¿Qué querías que hiciera, patrón? Me ahogaba la ale­gría. Era necesario que le diera expansión. ¿Y cómo puede uno desahogarse? ¿Con palabras? ¡Pff!

–¿Qué alegría?

Se le oscureció el semblante. Le tembló el labio.

–¿Cómo qué alegría? ¿Entonces lo que dijiste no eran sino palabras echadas al viento? ¿Ni tú mismo las comprendías? No estamos aquí, dijiste, por la mina. ¿Has dicho eso, no? Hemos venido para pasar el tiempo, para disimular nues­tros propósitos ante la gente, de modo que no nos tomen por chiflados y no nos arrojen tomates. Pero nosotros, cuando nos hallemos a solas, cuando nadie nos vea, nos reiremos a carcajadas. Eso es, palabra de honor, lo que yo también quería, aunque sin entenderlo claramente. A veces pensaba en el carbón, a veces en la tía Bubulina, a veces en ti... ¡un embrollo! Cuando iba abriendo alguna galería, decíame para mi coleto: ¡Lo que yo quiero es carbón! Y de los pies a la cabeza me convertía en carbón. Pero después, al fin de la jornada, mientras retozaba con la vieja marrana, ¡séanle propicias todas las horas!, mandaba al infierno a todo el lig­nito y a todos los patrones del mundo, y con ellos al mismo Zorba. Se me iba a pique el seso. Y al encontrarme solo, sin nada entre manos, pensaba en ti, patrón, y se me partía el alma. Pesábame el corazón: ¡Qué vergüenza, Zorba, decíame, qué vergüenza que te mofes de ese buen hombre y le estés comiendo el dinero! ¿Hasta cuándo seguirás siendo un co­chino, pedazo de Zorba? ¡Me cansas!

»–Te lo digo, patrón, se me iba a pique el seso. Tironeá­bame el demonio por un lado, Dios por el otro, y entre ambos me partían por el medio. Ahora ¡bendito seas, pa­trón!, has dicho la gran palabra y yo veo claro. ¡He visto! ¡He comprendido! Estamos de acuerdo. Y desde ahora ¡que­mamos las naves! ¿Cuánto dinero te queda? ¡Sácalo y comámonos el capital!

Secóse el sudor, mirando en torno. Los restos de la cena estaban aún desparramados en la mesita. Alargó hacia ellos el brazo.

–Con tu permiso, patrón –dijo–. Me ha vuelto a dar apetito.

Cogió una rebanada de pan, una cebolla, un puñado de aceitunas.

Comía con avidez; dejaba caer en la boca el vino de la calabaza sin tocarla con los labios y el vino gorgoteaba ruido­samente. Zorba chasqueó la lengua, satisfecho.

–El pecho recobró la calma –dijo.

Me guiñó un ojo.

–¿Por qué no te ríes? –preguntóme–. ¿Por qué me miras de ese modo? Yo soy así. Existe en mí un demonio que grita y yo hago lo que me manda. Cada vez que me encuentro a punto de ahogo, me ordena: ¡Baila!, y yo bailo. ¡Y me siento aliviado! Una vez, cuando mi pequeñín Dimi­traki se me murió, en Calcídica, me levanté y me puse a bailar. Los parientes y amigos que me veían que danzaba ante el cuerpecito yacente se precipitaron con la intención de contenerme: «¡Zorba se ha vuelto loco!», exclamaban. «¡Zorba se ha vuelto loco!» Pero si no hubiera bailado en ese momento, entonces sí, hubiera enloquecido de dolor. Porque era el primero de mis hijos y tenía tres años y yo no podía soportar su pérdida. ¿Comprendes lo que te digo, patrón, o estoy predicando en desierto?

–Comprendo, Zorba, comprendo; no predicas en desierto.

–En otra ocasión, estaba en Rusia, porque también estu­ve allí, siempre a causa de alguna mina; y esta vez era de cobre, cerca de Novorossisk. Había aprendido cinco o seis palabras en ruso, lo imprescindible para mis negocios: «no, sí, pan, agua, te quiero, ven, ¿cuánto?» Y he aquí que trabo amistad con un ruso, un bolchevique furioso. Nos íbamos todas las noches a una taberna del puerto y empinábamos no pocas garrafas de vodka, lo que nos animaba bastante. En cuanto nos sentíamos un poquitín achispados, se nos abría el corazón. Él quería contarme con todo detalle lo que le había ocurrido durante la revolución y yo, por mi parte, quería enterarlo de todas mis hazañas. Nos emborrachábamos juntos, ya ves, éramos hermanos.

»–Mediante gestos y ademanes nos entendíamos más o menos y habíamos convenido en esto: él hablaría primero; cuando yo no entendiera lo que me decía, le gritaría: ¡stop! Entonces él habría de levantarse para bailar. ¿Comprendes patrón? Para bailar lo que quería decirme. Y yo, de igual manera. Todo lo que no pudiéramos expresar con la lengua, lo diríamos con los pies, con las manos, con el vientre o con gritos salvajes: «¡Ay! ¡Ay! ¡Ala, ala! ¡Ohé!»

»–El ruso comenzó: me dijo cómo habían empuñado las armas, cómo había estallado la lucha, cómo habían llegado a Novorossisk. Cuando no lograba entender lo que me contaba, yo alzaba la mano gritando: ¡stop! Y al instante el ruso de un brinco, ¡hala! ¡A bailar! Danzaba como un poseso. Y yo le miraba las manos, los pies, el pecho, los ojos, y todo lo comprendía: cómo entraron en Novorossisk, cómo saquea­ron las tiendas, cómo asaltaron las casas y se llevaron a las mujeres. Al principio lloraban, las muy zorras, se arañaban y arañaban; pero poco a poco se iban domesticando, cerra­ban los ojos, y acababan por chillar de gusto... Mujeres ¡vaya!...

»–Luego me tocó a mí el turno. Desde las primeras pala­bras, quizás porque era un tanto obtuso y no le funcionaban bien los sesos, el ruso gritaba: ¡stop! Yo no esperaba sino eso. De un salto, tras apartar sillas y mesas, me ponía a bailar. ¡Ah, viejo! ¡Hasta qué extremo han decaído los hom­bres, puah!, ¡que mal rayo los parta! Han dejado que se les enmudezca el cuerpo y sólo saben hablar con la boca. ¿Y qué quieres que diga la boca? ¿Qué puede decir? Si lo hubieras visto tú, ¡cómo me escuchaba el ruso de la cabeza a los pies, y cómo lo comprendía todo! Yo le iba refiriendo, con el baile, mis desdichas, mis viajes, cuántas veces me casé, qué oficios aprendí: cantero, minero, buhonero, alfa­rero, comitadji, sonador de santuri, vendedor de passa-tem­po, herrero, contrabandista; cuántas veces me metieron preso, cómo huí, cómo llegué a Rusia...

»–Todo lo comprendía, todo, a pesar de lo obtuso que era. Le hablaba con los pies, con las manos, hasta con los cabellos y con las ropas que vestía. Y un cortaplumas que colgaba de la faja, le hablaba también. Cuando terminaba, el muy tonto me estrechaba entre los brazos, me besaba, vol­víamos a llenar de vodka los vasos, riendo y llorando abra­zados uno a otro. Al alba, nos separábamos e íbamos a acos­tarnos con vacilante paso. Y por la noche nos reuníamos de nuevo.

»–¿Te ríes? ¿No crees lo que te cuento, patrón? Te dices para ti: ¿Qué fábulas nos está endilgando este Sinbad el Ma­rino? ¿Acaso puede ser eso de hablar danzando? Y, sin em­bargo, yo pondría la mano en el fuego, que ésta ha de ser, sin duda, la manera que tienen de hablar entre sí los dioses y los diablos.

»–Pero advierto que te caes de sueño. Eres muy delicado, no hay en ti resistencia. Vamos, duérmete y mañana hablaremos. Tengo un proyecto, un proyecto magnífico, mañana te lo diré. Yo me quedaré fumando un cigarrillo; quizás me zambulla en el mar. Me siento hecho un fuego y es preciso que me apague. ¡Buenas noches!

Tardé en conciliar el sueño. Está perdida mi vida, pensé. Si pudiera pasar una esponja y borrar todo cuanto aprendí, todo cuanto he visto y oído, para entrar en la escuela de Zorba y comenzar de nuevo el aprendizaje del grande, del verdadero alfabeto... ¡Qué distinta sería entonces la senda que seguiría! Ejercitaría los cinco sentidos, la piel entera, para que gocen y comprendan. Aprendería a correr, a luchar, a nadar, a montar a caballo, a remar, a dirigir un auto, a tirar con fusil. Llenaría con carne mi alma. Llenaría de alma a la carne. Reconciliaría, en fin, dentro de mí, a estos dos ene­migos seculares...

Sentado en la cama, meditaba sobre mi vida que transcu­rría a pura pérdida. Por la puerta abierta percibía confusa­mente la figura de Zorba, al fulgor de las estrellas, acurruca­do en una roca como un ave nocturna. Lo envidiaba. ¡Él sí que ha dado con la verdad, pensaba yo, la buena senda es la que él ha emprendido!

En otras épocas primitivas y creadoras, Zorba hubiera sido jefe de tribu. Hubiera avanzado al frente de los suyos, abriendo camino con el hacha. O bien, hubiera sido un tro­vador renombrado que visitara castillos donde todos queda­ran con el ánimo suspenso de sus labios, así los señores como las nobles damas y sus servidores... En nuestra ingrata época, rueda, hambriento, en torno de los cercados, como un lobo, o decae al extremo de convertirse en bufón de cual­quier garrapateador de papeles.

De pronto vi que Zorba se levantaba, se desvestía arro­jando las ropas sobre el guijarral, y se lanzaba al mar. A ratos advertía a la luz de la naciente luna, la cabezota que salía del agua y volvía luego a desaparecer. De cuando en cuando lanzaba un grito, ladraba, relinchaba, cacareaba: su alma en la noche desierta retornaba hacia la vida animal.

Suavemente, sin notarlo, me fui hundiendo en el sueño.

Al siguiente día, apenas amaneció, Zorba, sonriente, descan­sado, me llamaba tirándome de los pies.

–Despierta, patrón, que tengo que contarte mi proyecto. ¿Escuchas?

–Escucho.

Se sentó en el suelo, a la turca, y empezó a explicarme de qué manera bajaría un cable teleférico desde la montaña a la costa; nos vendría por él la madera necesaria para las gale­rías y podríamos vender la sobrante a los constructores de viviendas. Teníamos ya decidido arrendarle al monasterio un pinar de su pertenencia, pero el transporte nos salía muy caro y no hallábamos suficientes mulos. Zorba imaginó, pues, la instalación de un cable aéreo con sus pilares y poleas, todo completo.

–¿Estás de acuerdo? –me preguntó al terminar la ex­posición–. ¿Firmas?

–Firmo, Zorba, de acuerdo.

Dio lumbre al brasero, puso la caldera en él, me preparó café, me echó una manta sobre los pies para que no tomara frío y se marchó satisfecho.

–Hoy –dijo–, abrimos una galería nueva. ¡He dado con una veta riquísima, verdadero diamante negro!

Abrí el manuscrito de «Buda» y me hundí, también yo, en mis propias galerías. Trabajé hasta la noche, y a medida que adelantaba, me sentía liberado, experimentaba una emo­ción compleja: de alivio, de orgullo, de desagrado. Pero me dejaba dominar por el afán de trabajo, pues sabía que en cuanto hubiera dado fin al manuscrito y lo dejara atado y sellado, estaría libre.

Tenía hambre. Comí algunas uvas pasas, algunas almen­dras y un bocado de pan. Esperaba que viniera Zorba, porta­dor de todos los bienes que alegran al hombre: la risa clara, la buena palabra, los manjares sabrosos.

Al anochecer apareció. Preparó la comida, comimos; pero su ánimo estaba distraído. Se arrodilló, hundió unos palillos en la tierra, tendió por ellos un hilo, colgó de minúsculas poleas una cerilla, esforzándose por dar con la inclinación que debía tener el hilo para que no se le desmoronara todo.

–Si la pendiente es demasiado pronunciada lo embroma a uno. Si es menos pronunciada de lo necesario, lo embro­ma también. Hay que hallar la inclinación justa, sin fallar en un pelo. Y para eso, patrón, se necesita cerebro y vino.

–Vino tenemos de sobra –dije riendo–, pero cerebro...

Zorba estalló en una carcajada.

–Hay cosas que tú también pescas, patrón –dijo mirán­dome con ternura.

Sentóse para descansar y encendió un cigarrillo. Se hallaba de nuevo con humor jovial y se le desató la lengua.

–Si el cable aéreo resulta –dijo–, haríamos bajar por él el pinar entero. Instalaríamos un aserradero, cortaríamos tablas, postes, maderas de construcción y de carpintería, re­cogeríamos dinero a espuertas, montaríamos un astillero para construir un buque de tres mástiles, y, a continuación, toma­ríamos las de Villadiego, arrojando una piedra por sobre el hombro ¡y a correr mundo!

Le brillaban los ojos, rebosando visiones de mujeres le­janas, de ciudades, de luces, de casas gigantescas, de má­quinas, de barcos.

–Ahora los cabellos me blanquean, los dientes se mue­ven, no me queda tiempo que perder. Tú eres joven todavía, podrías aguardar con paciencia. Yo no. Palabra de honor: cuanto más viejo me voy poniendo, más intensos son mis deseos. ¡Que no me vengan a mí con que la vejez calma al hombre! ¡Ni con que al acercarse la muerte tiende el cuello diciéndole: «Córtame la cabeza para ir cuanto antes al cielo»! Yo, cada día que pasa me siento más rebelde. ¡No arrío pa­bellón, quiero conquistar el mundo!

Se puso de pie y descolgó de la pared el santuri.

–Ven conmigo un momentito –le dijo–. ¿Qué haces allí, colgado, sin hablar? ¡Cántame algo!

No me cansaba de ver con cuántas precauciones, con qué ternura, desenvolvía Zorba el instrumento de las telas que lo cubrían. Parecía que estuviera mondando un higo, o desnu­dando a una mujer.

Apoyó el santuri en las rodillas, acarició ligeramente las cuerdas, inclinóse sobre él como si lo consultara acerca de la melodía que había de sonar, como si le rogara que desperta­se, solicitándolo por las buenas para que se dignara acom­pañar a su alma afligida, fatigada de la soledad. Inició una canción: no le salía; la abandonó; comenzó otra; las cuerdas rechinaban como si sintieran un dolor, como si se negaran. Zorba, apoyado de espaldas en la pared, enjugóse el sudor que de pronto le bañaba la frente.

–No quiere... –murmuró, mirando con dolorida sor­presa al instrumento–. No quiere.

Lo envolvió de nuevo con todo cuidado, como si se tratara de un animalito salvaje y quisiera evitar su mordedura; se levantó lentamente y fue a colgarlo otra vez en su sitio.

–No quiere... –murmuró nuevamente–. No hay que forzarlo.

Volvió a sentarse en el suelo, puso unas castañas en las brasas, y llenó los vasos de vino. Bebió, volvió a beber, quitó­ la cáscara a una castaña y me la alcanzó.

–¿Lo entiendes tú, patrón? Yo pierdo el hilo. Todas las cosas tienen su alma: la leña, las piedras, el vino que se bebe y la tierra que se pisa. Todo, todo, patrón.

Alzó el vaso.

–¡A tu salud!

Lo vació y lo llenó de nuevo.

–¡La perra de la vida! –murmuró–. ¡Grandísima pe­rra! Ella también es como la tía Bubulina.

Yo me eché a reír.

–Escucha lo que te digo, patrón, y no te rías. La vida es como la tía Bubulina. Es vieja, ¿no?, y sin embargo, no ca­rece de atractivos. Sabe ciertos trucos que te hacen perder el seso. Cerrando los ojos, imaginas apretar entre los brazos a una mocita de veinte años. ¡Y tiene veinte años, te lo ase­guro, viejo, cuando estás entusiasmado y apagaste la luz!

»–Me dirás que está un tanto pasadita, que ha vivido una vida muy agitada, que corrió la tuna con almirantes, marine­ros, soldados, campesinos, forasteros, popes, pescadores, gen­darmes, maestros de escuela, predicadores, jueces de paz. ¡Bien, y qué! ¿Qué importa eso? Si ella olvida pronto, la perdida. No se acuerda de ninguno de sus amantes, vuelve a ser en cada ocasión, y no lo digo en broma, ¿sabes?, una inocente paloma, una palomita blanca, un pichoncito, y se ruboriza, y tiembla como si fuera la primera vez. ¡Qué mis­terio es la mujer, patrón! Aunque caiga mil veces, mil veces vuelve a levantarse virgen. ¿Cómo así, me dirás? Pues, sen­cillamente porque no se acuerda.

–Pero el loro se acuerda, Zorba –dije por impacientar­lo–. Grita a cada instante un nombre que no es el tuyo. ¿No te enoja que en el preciso instante en que tocas el cielo con la mano, el loro grite: ¡Canavaro! ¡Canavaro!, no te dan ganas de cogerlo por el cuello y estrangularlo? Al fin de cuentas, ya es tiempo de que le enseñe a gritar: ¡Zorba! ¡Zorba!

–¡Oh, vaya unas antiguallas! –exclamó Zorba, cubrién­dose los oídos con las manazas–. ¿Que lo estrangule, dices? ¡Si a mí me agrada oír que grita el nombre ése! Por la noche, es cierto, la hereje cuelga la jaula de la cabecera del lecho y el muy puerco del animalito tiene unos ojos que atraviesan la oscuridad; y apenas nos ve en tren de explica­ciones, no deja de gritar: ¡Canavaro! ¡Canavaro!

»–Pues bien, patrón, te juro que en el mismo instante... Pero ¿cómo podrías tú entenderlo con ese espíritu dañado por los libros? Te juro que siento como si calzaran botas lustradas mis patas, y luciera mi cabeza las plumas del tri­cornio, y tuviera una barba perfumada de ámbar. ¡Buon giorno! ¡Buona sera! ¿Mangiate maccheroni? Me convierto en Canavaro vivito y coleando. Me veo en mi barco almi­rante atravesado por la metralla y ¡avanti!... ¡echad carbón a las máquinas! ¡El cañoneo comienza!

Zorba reía a carcajadas. Cerró el ojo izquierdo y me miró.

–Tienes que disculparme, patrón. Yo me parezco a mi abuelo, el capitán Alejo. ¡Dios lo haya en su gloria! A los cien años de edad, sentábase al anochecer ante la puerta de su casa para echar el ojo a las mocitas que iban a la fuente. La vista ya no lo ayudaba: no distinguía bien las cosas. En­tonces, se las componía llamando a las mozas: «Dime ¿quién eres tú?» «Lenio, la hija de Mastrandoni.» «Acércate, pues, que pueda tocarte. ¡Ven, no tengas temor!» Ella dominaba las ganas de reír y se acercaba. Mi abuelo alzaba la mano hasta la cara de la niña y la palpaba lentamente, golosamente. Y de sus ojos brotaban lágrimas. «¿Por qué lloras, abuelo?» le pregunté una vez. «¡Eh! ¿Crees tú que no es como para llorar, hijo mío, esto de saber que me estoy muriendo y dejo aquí tantas hermosas criaturas?»

Zorba suspiró.

–¡Ah, pobre abuelo mío, cómo te comprendo! A menudo ocurre que me digo: ¡Miseria! ¡Si por lo menos todas las mujeres bonitas murieran conmigo! ¡Pero esas cochinas se­guirán viviendo, seguirán gozando de buena vida, los hom­bres las estrecharán entre sus brazos, las besarán, y en tanto, Zorba estará convertido en polvo que ellas hollarán!

Sacó algunas castañas de las brasas, les quitó la cáscara, entrechocamos los vasos. Durante largo rato permanecimos allí, bebiendo y masticando sin prisa, como dos grandes co­nejos, mientras oíamos a la distancia los bramidos del mar.
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