Vida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg






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IV
Amaneció el día, y al despertar vi que, frente a mí, Zorba, sentado con las piernas encogidas en el extremo de su pecho, fumaba abismado en profunda meditación. Los ojillos re­dondos se fijaban en el tragaluz teñido de blanco lechoso por la claridad primera y aparecían hinchados; tendíase el cuello desnudo y descarnado, desmesuradamente largo, como cuello de ave de presa.

La víspera yo me había retirado temprano, dejándolo a solas con la vieja sirena.

–Me voy –le dije–, diviértete a tu gusto, Zorba, ¡y que no te falte el ánimo, valeroso campeón!

–Hasta luego, patrón. Deja que demos fin a nuestro asunto, buenas noches. ¡Que duermas bien, patrón!

Por lo visto, le había dado fin al asunto, pues entre sueños me pareció oír unos arrullos ahogados y luego unos fuertes sacudones en la caseta contigua. Después me rindió el sueño. Ya muy pasada la medianoche, regresó Zorba descalzo y se tendió sin ruido en su cama, para no despertarme.

Ahora, a la luz del alba, se hallaba allí, con la mirada perdida a lo lejos, hacia la claridad del día, sin brillo los ojos. Se le veía sumido aún en el embotamiento, presa toda­vía del sueño. Tranquilamente, apasionadamente, se abando­naba a una corriente de penumbras densas como la miel. El universo huía –tierras, aguas, pensamientos, hombres­– hacia un mar lejano, y Zorba flotaba con ellos, sin resisten­cia, sin interrogaciones, feliz.

Comenzaba el despertar del pueblo: confuso rumor de gallos, de cerdos, de asnos, de gente. Quise saltar de la cama, exclamar: ¡Eh, Zorba, hoy nos espera el trabajo! pero yo mismo experimentaba una gran dicha al entregarme sin palabras, sin gestos, a las inciertas, a las bermejas insi­nuaciones del alba. En esos minutos mágicos, la vida entera parece liviana como plumón. Como una nube, ondeante y blanda, la tierra se modela y remodela al soplo del viento.

Extendí el brazo, con ganas de fumar yo también, y cogí la pipa. La miré conmovido: gruesa, preciosa, made in England. Era un regalo de mi amigo, aquél que tenía ojos de color gris verdoso y manos de dedos afilados. Hacía años ya, un mediodía, en tierras extranjeras. Él había terminado sus estudios y se marchaba a Grecia ese día. «Deja el cigarrillo», me dijo; «lo enciendes, lo fumas por la mitad y lo arrojas. El amor sólo te dura un instante. Es vergonzoso. Cásate con la pipa. Ella es la esposa fiel. Cuando regreses a casa, la ha­llarás esperándote sin moverse. Y tú la encenderás, y miran­do cómo sube el humo por el aire, te acordarás de mí.»

Era mediodía; salíamos de un museo, en Berlín, donde había ido a despedirse de su querido Guerrero de Rembrandt, el de yelmo de bronce, mejillas demacradas, mirada dolorosa y enérgica. «Si alguna vez llego a realizar en mi vida una acción digna de un hombre», murmuró contemplando al gue­rrero implacable, «a él se lo deberé.»

Estábamos en el patio del museo, recostados en una co­lumna. Frente a nosotros una estatua de bronce –una ama­zona desnuda– cabalgaba con indecible gracia en un caballo bravío. Un pajarito gris, un aguzanieve, posóse un instante en la cabeza de la amazona, se volvió hacia nosotros, meneó la cola con breves sacudones vivos, silbó dos o tres veces con aire chancero y emprendió vuelo.

Yo me estremecí y miré a mi amigo.

–¿Oíste el pájaro? –le pregunté–. Parecía que inten­taba decirnos algo, y se fue.­

Mi amigo sonrió.

–Es un pájaro, déjalo que cante, es un pájaro, déjalo que diga –respondióme citando unos versos de nuestras elegías populares.

¿Cómo, pues, en este instante, al nacer el día en esta costa cretense, ese recuerdo afloró en mi memoria junto con el verso fúnebre que me embargaba de amargura?­

Llené lentamente la pipa y le di lumbre. Todo tiene un sentido oculto en este mundo, pensé. Hombres, animales, árboles, estrellas, todos son jeroglíficos; desdichado de aquel que empieza a descifrarlos y a entender lo que dicen... Cuando los tenéis ante la vista, no los comprendéis. Pensáis que son sólo hombres, animales, árboles, estrellas. Tienen que pasar muchos años para que, demasiado tarde, compren­dáis...

El guerrero del casco de bronce, mi amigo recostado en la columna, el aguzanieve y lo que nos dijo en su canto, los versos de la canción fúnebre, todo eso, pienso hoy, puede tener un significado oculto. Sí, ¿pero cuál?

Seguía con la mirada las volutas de humo que se enros­caban y se desenroscaban en el claroscuro antes de esfumarse lentamente. Y mi alma se enlazaba al humo, se perdía lenta­mente en espirales azules. Largo rato pasó, mientras yo iba comprendiendo, sin ayuda de la lógica, con indecible certidumbre, el origen, el desarrollo y la desaparición del mundo. Como si estuviera inmerso de nuevo, aunque ahora sin pala­bras falaces ni juegos acrobáticos y descarados del espíritu, en el alma de Buda. Este humo es la esencia de su enseñanza, estas espirales moribundas son la vida, que desemboca impa­ciente, feliz, en el nirvana azul...

Suspiré suavemente. Y como si el suspiro me hubiera tras­ladado al minuto presente, miré en torno de mí y apareció a mi vista la mísera barraca de leño y, colgado a la pared, un espejito sobre el que caía, deshaciéndose en chispas, el primer rayo del sol. Enfrente, sobre el jergón, Zorba, sentado, me daba la espalda y fumaba.

De golpe surgió en mi recuerdo, con todas sus peripecias tragicómicas, la jornada de la víspera. Olores de violetas agi­tadas en el aire –violetas, agua de colonia, almizcle y ám­bar–; un loro, un ser casi humano transformado en loro, que golpeaba con las alas los alambres de la jaula, al tiem­po que llamaba a un antiguo amante; y una vieja mahona, galera desvencijada, único resto de perdida armada, que rela­taba remotos combates navales...

Zorba oyó mi suspiro, sacudió la cabeza y se volvió hacia mí.

–No hemos obrado bien –murmuró–; no, no hemos obrado bien, patrón. Te divertiste, yo también, y ella nos ha visto, la pobrecilla. Y esa manera de retirarte, sin cortejarla siquiera una pizca, como si fuera una vieja de mil años, ¡qué vergüenza! No es tener cortesía, eso, patrón, no es así como debe comportarse un hombre, permíteme que te lo diga. Al fin de cuentas, ella es una mujer, ¿no? Una criatura débil, quejumbrosa. Menos mal que me quedé yo a consolarla.

–¿Qué me estás diciendo, Zorba? –respondí–. ¿Crees de veras que todas las mujeres no piensan más que en eso?

–Sí, no piensan más que en eso, patrón. Escucha lo que te digo, yo que he visto cosas y las he hecho de todos colo­res... La mujer sólo piensa en eso, te aseguro; es una cria­tura enferma, melindrosa. Si no le dices que la amas y que la deseas, llora. Puede que ella, a su vez, no te desee, y hasta es posible que le asquees, y que esté decidida a decirte que no. Pero ésa es otra historia. Cuantos la ven tienen que desearla. Es lo que quiere, la pobre. Entonces, ¿qué te cuesta darle gusto?

»–Mira, yo tenía una abuela que debía de andar por los ochenta años. Una verdadera novela la historia de la vieja aquella. Pero, bueno, esto también pertenece a otro capí­tulo... Así, pues, como te digo, debía de contar ya sus ochenta añitos, y enfrente de nuestra casa vivía una joven fresca como una flor. Kristalo era su nombre. Cada sábado por la noche, nosotros, los boquirrubios del pueblo, nos reu­níamos para beber unas copas y el vino nos ponía alegres. Nos colocábamos una ramita en la oreja, un primo mío traía su guitarra y nos íbamos a brindarle serenatas. ¡Qué ardor! ¡Qué apasionamiento! Berreábamos como búfalos en celo. Todos la queríamos y cada sábado por la noche íbamos en tropel para que ella escogiera.

»–Pues bien, ¿lo creerás, patrón? Es un misterio que lo deja a uno azorado: existe en la mujer una llaga que no cierra nunca. Todas las llagas cicatrizan, pero ésa, a pesar de lo que te afirmen tus libracos, no cicatriza jamás. ¿Qué, aun cuando la mujer tenga ochenta años? Pues sí, señor, esa llaga queda siempre abierta.

»–De manera, pues, que todos los sábados la vieja acer­caba su jergón a la ventana, tomaba a ocultas su espejito y, ¡anda!, se peinaba las pocas crines que le quedaban, sepa­rándolas cuidadosamente con una raya en el medio. Obser­vaba de soslayo en torno para que no la sorprendieran; si alguien se acercaba se apelotonaba tranquilamente como una mosquita muerta y simulaba estar dormida. ¡Pero qué dormir! Si estaba esperando la serenata... ¿A los ochenta años? Ya ves qué misterio es la mujer, patrón. A mí ahora eso me da ganas de llorar. Pero en aquel tiempo era un atolondrado que no comprendía y me causaba risa. Un día me irritó su conducta. Me reprendía por mi inclinación a las faldas, en­tonces yo le canté las verdades que le cuadraban, sin lástima: «¿Para qué te frotas los labios con hojas de nogal todos los sábados y te peinas de raya al medio? ¿Te imaginas, acaso, que para ti es la serenata? Nosotros a quien queremos es a Kristalo, tú no eres sino un cadáver ¡apestas el aire!»

»–¡Créelo, patrón! Ese día comprendí qué cosa es la mu­jer. Dos lágrimas brillantes manaron de los ojos de la abuela. Se enroscó como una perra y la barbilla le temblaba. «¡Kris­talo!», le grité acercándome a ella para que me oyera bien, «¡Kristalo!» Es una bestia feroz el joven, la juventud es in­humana y cerrada a toda comprensión. Mi abuela alzó al cielo los descarnados brazos y exclamó: «¡Te maldigo desde lo más hondo del corazón!» Y desde aquel día fue rodando cuesta abajo. Se debilitó visiblemente y dos meses después entregó el alma al demonio. En la hora de su agonía me vio cerca; sopló como una tortuga y tendió la mano seca para cogerme: «¡Tú me diste el golpe mortal, Alexis maldito! ¡Que mi maldición caiga sobre ti! ¡Que padezcas lo que yo he padecido!»

Zorba sonrió.

–¡Ah! ¡No falló la maldición de la vieja! –dijo acari­ciándose el bigote–. Ya entré, supongo, en los sesenta y cinco años de mi edad, pero aun cuando hubiera de vivir cien, nunca sentaría juicio. Siempre llevaré un espejito en el bolsillo y no pararé de perseguir a la especie hembra.

Sonrió de nuevo, arrojó el cigarrillo por el tragaluz y se desperezó.

–Tengo muchos defectos –dijo–; pero ése es el que me matará.

Salióse de la cama.

–Dejemos estas historias, basta de charla. ¡Hoy se tra­baja!

Se vistió en un santiamén, calzóse y salió.

Yo rumiaba las palabras de Zorba, con la barba apoyada en el pecho, y de repente acudió a mi memoria una lejana ciudad cubierta de nieve. Me había detenido en la contem­plación de una enorme mano de bronce, en una exposición de obras de Rodin, la Mano de Dios. La palma a medio cerrar contenía a un hombre y a una mujer, enlazados, extáticos, que luchaban y confundían en una sola masa ambos cuerpos.

Allegóse una joven y se detuvo a mi lado. Ella también, miraba, turbada, el inquietante y eterno enlace del hombre y la mujer. Era una joven delgada, bien vestida, de espesa cabellera rubia, mentón saliente, labios estrechos. Había en ella algo como decisión y virilidad. Y yo, que me resisto a entablar conversaciones fútiles, no sé a qué fuerza superior hube de ceder, pues volviéndome hacia ella, le pregunté:

–¿Qué le sugiere a usted?

–¡Si uno pudiera librarse! –murmuró con despecho.

–¿Para ir adónde? La mano de Dios está en todo lugar. No hay salvación. ¿Lo lamenta usted?

–No. Puede ser que el amor resulte el goce más intenso que se sienta en este mundo. Puede ser. Pero viendo esta mano de bronce, deseo evitarlo.

–¿Prefiere usted la libertad?

–Sí.

–¿Y si resultara al fin que sólo cuando obedecemos a la mano de bronce somos libres? ¿Si la palabra «Dios» no tu­viera el sentido cómodo que le atribuye el vulgo?

Me miró intranquila. Sus ojos eran grises, metálicos, y sus labios secos y amargos.

–No comprendo –dijo, y se alejó.

Así como entonces desapareció de mi vista, lo mismo ha­bía desaparecido de mis recuerdos. Sin embargo, vivía sin duda en mí, bajo la losa de mi pecho, y hoy, en esta costa desierta, surge de pronto desde lo íntimo de mi ser, pálida y dolorida.

Sí, me había comportado mal, Zorba estaba en lo cierto. Buen pretexto aquella mano de bronce. El primer contacto había sido feliz. Puesto el cebo de las primeras palabras dulces, poco hubiera costado después que nos enlazáramos y nos uniéramos en la mano de Dios. Pero yo me había lan­zado impetuosamente en un vuelo de la tierra al cielo, y la mujer asustada había huido de mí.

El viejo gallo cantó en el patio de doña Hortensia. Ya había entrado el día, todo blancura, por la ventanuca. Me levanté de un salto.

Comenzaban a llegar los obreros con picos, palancas y aza­dones. Oía cómo Zorba estaba dando órdenes. Él se había entregado sin demora a su tarea; advertíase en él al hombre que sabe mandar y tiene sentido de su responsabilidad.

Asomé la cabeza por el ventanillo y lo vi, de pie, alto y firme, entre unos treinta hombres flacos, rudos, atezados, de angostas cinturas. Tendía el brazo imperiosamente, las pala­bras surgían de sus labios breves y precisas. En cierto mo­mento cogió del cuello a un menudo mocito que estaba mur­murando y se adelantaba vacilante:

–¿Tienes que decir algo, tú? –le gritó–. ¡Pues dilo en alta voz! Los refunfuños no me agradan. Para el trabajo, es necesario estar bien dispuesto. Si no lo estás, márchate a la taberna.

Entonces apareció doña Hortensia, despeinada, caídas las mejillas, sin afeites, llevando una holgada camisa poco limpia y arrastrando unas chancletas de talón torcido. Tosió con esa tos de las viejas cantantes, ronca como un rebuzno, se detuvo, lo miró a Zorba con orgullo. Enturbiáronsele los ojos. Tosió de nuevo para que él la oyera y pasó meneándose, con mar­cado contoneo de las ancas, muy junto a él. Por el espesor de un cabello no lo rozó al pasar. Pero Zorba ni siquiera se volvió a mirarla. Le quitó a uno de los obreros un trozo de galleta de cebada y un puñadito de aceitunas.

–¡Vamos, muchachos –gritó–, persignaos, en nombre de Dios!

Y a largas zancadas se llevó consigo al equipo direc­tamente hacia la montaña.

No he de describir aquí el trabajo en la mina. Para eso sería necesaria mucha paciencia y yo carezco de ella. Había­mos alzado, con cañas, mimbre y latas de nafta vacías, una barraca cerca del mar. Al amanecer, Zorba se levantaba, cogía el azadón, entraba en la mina antes que los obreros, cavaba una galería, la abandonaba, encontraba una veta de lignito que brillaba como hulla y poníase a bailar jubiloso. Algunos días después la veta se agotaba y Zorba se echaba al suelo, de espaldas, y con los pies y las manos en alto le hacía la higa al cielo.

Había tomado a pecho el trabajo. Ya ni me consultaba. Desde los primeros días, toda preocupación, toda responsa­bilidad, habían pasado de mi persona a la suya. Él se encar­gaba de decidir y de ejecutar. Yo, de pagar los platos rotos. Lo que, por lo demás, no me disgustaba. Pues, bien lo ad­vertía yo, esos meses habrían de quedar señalados en mi vida entre los más dichosos. Así, habida cuenta de todo, tenía clara conciencia de estar pagando mi felicidad a muy poco precio.

Mi abuelo materno vivía en una aldea de Creta. Cada ano­checer tomaba la linterna y se iba a dar una vuelta por el pueblo, para ver si acaso algún forastero había llegado; si así era, lo llevaba consigo a su casa, le servía abundante comida y buena bebida, y, luego, acomodándose en el diván, encendía el largo chibuquí, y se dirigía a su huésped –para el que había llegado el momento de satisfacer la deuda­– diciéndole imperiosamente:

–¡Cuéntame!

–¿Contarle qué, tío Mustoyoryi?

–Lo que eres, quién eres, de dónde vienes, qué ciudades y aldeas vieron tus ojos, todo, cuéntamelo todo. ¡Vamos, habla!

Y el huésped comenzaba a contar, revueltamente, verda­des y mentiras, mientras mi abuelo fumaba en el chibuquí, lo escuchaba atento y viajaba en su compañía, tranquilamente sentado en el diván. Y si el huésped le agradaba, decíale:

–Mañana te quedas conmigo, no te marchas. Tienes to­davía muchas cosas que contar.

Mi abuelo no había salido nunca de su aldea, ni siquiera habíase llegado hasta Candía o hasta La Canea. ¿Para qué ir allá?, decía. Hay caniotas y candiotas que pasan por aquí, Candía y La Canea vienen a mí, ¡que la paz sea con ellas! ¿Para qué he de ir yo hasta allá?

Yo reproduzco hoy en esta ribera cretense la manía de mi abuelo. Yo también he dado con un huésped, como si lo hubiera buscado a la luz de la linterna. No lo dejo que se vaya. Me cuesta mucho más que una cena, pero lo merece. Noche a noche lo espero después del trabajo, hago que se siente frente a mí, comemos juntos, y llegado el momento en que ha de pagar, le digo: ¡Cuenta! Fumo en mi pipa y escu­cho. ¡Cómo ha explorado la tierra, este huésped mío, cómo ha explorado el alma humana! No me canso ni me harto de escucharlo.

–¡Cuéntame, Zorba, cuéntame!

Y al instante, evocada por esas palabras, toda la Mace­donia se tiende ante mí, se instala en el breve espacio que media entre Zorba y yo, con sus montañas, sus bosques y sus torrentes, sus comitadjis, sus mujeres infatigables en el trabajo, sus hombres sólidos. El Monte Atos, también, con sus veintiún monasterios, sus arsenales y sus holgazanes nal­gudos. Zorba menea el cuello al fin de sus cuentos de monjes y exclama con una carcajada:

–¡Dios te guarde, patrón, del trasero de los mulos y del delantero de los monjes!

Cada noche, Zorba me lleva de paseo por Grecia, Bulgaria y Constantinopla; cierro los ojos y veo. Ha recorrido los Balcanes embrollados y atormentados, lo ha observado todo con sus ojillos de halcón, que abre desmesuradamente a cada instante, llenos de estupor. Las cosas a las que nosotros nos hallamos acostumbrados y ante las cuales pasamos indiferen­tes, se le presentan a Zorba como tremendos enigmas. Si ve a una mujer que pasa, se detiene estupefacto:

–¿Qué misterio es éste? –pregunta–. ¿Qué es una mu­jer y por qué nos sorbe el seso tan fácilmente? ¿Qué significa eso, dímelo tú?

Con idéntico estupor plantea el interrogante en presencia de un hombre, de un árbol en flor, de un vaso de agua fresca. Zorba ve cada día a todas las cosas por vez primera.

Ayer nos habíamos sentado ante la barraca. Después de beber un vaso de vino me preguntó alarmado:

–¿Qué viene a ser, en verdad, esta agua enrojecida, pa­trón? Dilo. Una vieja cepa echa ramas, hay en ellas unos como adornos ácidos colgados, y pasa el tiempo, y el sol los madura: se ponen dulces como miel y se les llama entonces uvas; se las pisa, se pone el zumo extraído en unos toneles; allí fermenta solo, se le destapa el día de San Jorge-bebedor ¡Y es vino! ¡Qué prodigio! Bebes el zumo rojo y tu alma se te acrecienta, no cabe ya dentro de tu pellejo, se siente con ánimos de desafiar a Dios mismo a que lidie contigo. ¿Qué significa eso, patrón? Explícamelo tú.

Yo no hablaba. Sentía, al escucharlo, que se renovaba ante mí la virginidad del mundo. Todas las cosas cotidianas y des­coloridas volvían a adquirir el brillo con el que se habían presentado los primeros días, recién salidas de las manos de Dios. El agua, la mujer, la estrella, el pan, retornaban a la misteriosa fuente primitiva y el torbellino divino se desen­cadenaba de nuevo en el aire.

Y ésta es la razón por la cual cada noche, tendido en el guijarral de la ribera, esperaba a Zorba impacientemente. Lo veía en cuanto daba los primeros pasos largos con su andar desmadejado, cubierto de barro, manchado de carbón, apenas surgía de las entrañas de la tierra. Desde lejos, yo me ente­raba de cómo había resultado la tarea del día, y me enteraba por la actitud de su cuerpo, por la cabeza gacha o erguida, por el balanceo de sus brazos desmesurados.

Al principio, iba yo con él; observaba la labor de los mi­neros. Me esforzaba por encaminarme en una nueva senda, por hallar interés en las ocupaciones prácticas, por conocer al material humano que me había caído entre manos y encari­ñarme con él, por sentir la tanto tiempo deseada alegría de apartarme de las palabras para tratar con hombres vivos. Y planeaba románticos proyectos –si la extracción del lignito marchaba bien– de organizar una suerte de comuna donde trabajaríamos todos, donde todo sería de todos, donde co­meríamos juntos los mismos alimentos y llevaríamos iguales ropas, como hermanos. Iba creando en mi espíritu una nueva orden religiosa, la levadura de una nueva vida...

Pero no me animaba aún a hablarle a Zorba de tales pro­yectos. Él me miraba mientras yo iba y venía por entre los trabajadores, los interrogaba, intervenía en las disputas incli­nándome siempre a favor del obrero.

Zorba fruncía los labios:

–Patrón, ¿por qué no das unas vueltas por afuera? Ahí tienes el sol, ahí tienes el mar ¡anda!

Pero yo, en los primeros tiempos, insistía, no me iba. Pre­guntaba, charlaba, me enteraba de la vida de todos ellos: de cuántos hijos habían de alimentar, de cuántas hermanas ha­bían de casar, de los padres inválidos; de sus preocupaciones, de sus enfermedades, de sus tormentos morales.

–No indagues tanto acerca de sus historias, patrón –me decía Zorba enfurruñado–. Se te irá el corazón tras ellos, llegarás a quererlos más de lo que la prudencia aconseja y de lo que requiere nuestro trabajo. Hagan lo que hicieren, les hallarás disculpas... Y entonces ¡ay de nosotros!, el tra­bajo marchará a los tumbos. Y ¡ay de ellos, también, patrón! Tienes que saberlo. Cuando el amo es duro, los obreros lo temen, lo respetan, trabajan. Cuando el amo se muestra débil, le echan la brida al cuello y ellos se refocilan como el ratón dentro del queso. ¿Comprendes?

Otra vez, al terminar la jornada, arrojó el azadón ante la barraca, con gesto de cansancio.

–Oye, patrón –exclamó–, te ruego que no te metas en nada. Yo me lo paso construyendo y tú derribando. ¿Qué historias son ésas que les estabas contando hoy? ¡Socialismo, hojarasca! ¿Acaso eres predicador o eres capitalista? Habría que escoger entre una y otra cosa.

¿Cómo escoger? Si me devoraba el ingenuo deseo de unir ambas cosas, de hallar una síntesis donde fraternizaran las oposiciones irreductibles, y ganar a la vez la vida terrestre y el reino de los cielos. Era algo que estaba en mí desde hacía muchos años, desde mi tierna infancia. Cuando aún era escolar, había organizado con mis amigos más íntimos una «Fraternidad Amistosa» –tal es el nombre que le habíamos dado–, y habíamos jurado, encerrados bajo llave en mi pieza, que consagraríamos la totalidad de nuestra vida a combatir la injusticia. Grandes lagrimones rodaban por nues­tras mejillas mientras prestábamos, puesta la mano sobre el corazón, semejante juramento.

¡Pueriles ideales! Sin embargo, ¡desdichado de aquél que se ría de ellos! Cuando veo en qué han venido a parar los miembros de la «Fraternidad Amistosa» –medicastros, abo­gadillos, tenderos, políticos trapaceros, periodistas de poca monta–, se me encoge el corazón. Áspero y rudo es, al pare­cer, el clima de esta tierra, si las simientes más valiosas no germinan o perecen agostadas entre malezas y ortigas. Yo, bien lo entiendo hoy, no me veo ahogado por la razón, ¡Loado sea Dios! ¡Todavía me siento con fuerzas como para arrojarme a las empresas más quijotescas!

El domingo nos emperejilábamos ambos como novios: nos afeitábamos, nos poníamos camisa blanca recién planchada y nos íbamos al caer de la tarde, a casa de doña Hortensia. Ese día sacrificaba por nosotros una gallina, nos sentábamos los tres juntos nuevamente, comíamos y bebíamos; Zorba alar­gaba los desmesurados brazos hacia el pecho hospitalario de la buena señora y tomaba posesión de él. Cuando ya en­trada la noche, regresábamos a nuestra ribera, la vida nos parecía sencilla y llena de buenos propósitos, vieja sí, pero muy agradable y acogedora, como lo era doña Hortensia.

Uno de esos domingos, al volver del copioso ágape, deci­díme a hablar y confiarle a Zorba mis intenciones. Me escu­chó boquiabierto, forzando su paciencia. De cuando en cuan­do, tan sólo meneaba irritado la cabezota. Las primeras palabras que le dije al respecto le habían despejado la mente, ahuyentando los vapores del vino. Cuando terminé de expo­nerle lo que proyectaba, se arrancó nerviosamente dos o tres pelos del bigote.

–Si me permites, patrón –díjome–, te diré que no creo que tengas todavía los sesos muy maduros. ¿Qué edad tienes?

–Treinta y cinco años.

–¡Oh, entonces no madurarán nunca! –y se echó a reír. Me molestó.

–¿Conque tú no crees en el hombre? –exclamé.

–No te enojes, patrón. No, no creo en nada. Si hubiera de creer en el hombre, creería también en Dios, creería también en el diablo. Y eso es asunto engorroso. Las cosas se me embrollan, patrón, y sólo saco en limpio una cantidad de disgustos.

Calló, se quitó la gorra, se rascó la cabeza con frenesí, se tironeó los bigotes como si hubiera resuelto arrancarlos. Quería decir algo, pero se contenía. Me miró de reojo, volvió a mirarme, y al fin se decidió:

–¡El hombre es una bestia! –exclamó golpeando las pie­dras con el bastón–. Una gran bestia. Tu señoría no lo sabe, a lo que parece; todo te ha resultado fácil, a ti; pero pre­gúntame a mí. ¡Una bestia, te digo! Si eres malo para con él, te respeta y te teme. Si eres bueno para con él, te arranca los ojos.

»–¡Conserva las distancias, patrón! No les permitas de­masiado atrevimiento a los hombres, no les digas que todos somos iguales, que todos tenemos iguales derechos. Porque al instante patearán el derecho tuyo, te robarán el pan y dejarán que te mueras de hambre. ¡Guarda las distancias, patrón; te lo recomiendo por lo bien que te quiero!

–¿Pero tú no crees en nada? –exclamé exasperado.

–No, no creo en nada ¿cuántas veces he de decírtelo? No creo en nada ni en nadie; solamente en Zorba. Y no porque Zorba sea mejor que los demás. ¡De ningún modo! Es una bestia él también. Pero creo en Zorba porque es el único que tengo en mi poder, el único que conozco, todos los demás son fantasmas. Yo veo con los ojos de Zorba, escucho con sus oídos, con sus tripas digiero. Todos los demás, te digo, son fantasmas. Cuando yo muera, todo morirá. ¡El mundo zorbesco se irá a pique por entero!

–¡Vaya egoísmo! –dije sarcástico.

–¡No puedo evitarlo, patrón! Es así y no de otro modo: he comido habas, hablo de habas; soy Zorba, hablo a la manera de Zorba.

No dije nada. Sentía en la piel como latigazos las palabras de Zorba. Lo admiraba por ser tan fuerte, porque despre­ciaba hasta ese extremo a los hombres y al mismo tiempo podía tener tan intenso deseo de vivir y de trabajar con ellos. En su lugar, yo me hubiera hecho asceta o hubiera adornado a los hombres con plumas postizas para poder soportarlos.

Zorba se volvió para mirarme. Al fulgor de las estrellas veíale la boca extendida en una sonrisa hasta las orejas.

–¿Te he ofendido, patrón? –dijo deteniéndose de gol­pe. Estábamos llegando a la barraca. Zorba me miró con ter­nura e inquietud.

No le contesté. Comprendía que en espíritu estaba de acuerdo con él; pero el corazón se resistía, quería volar, huir fuera de la bestia, abrirse una senda hacia la altura.

–No tengo sueño, ahora, Zorba. Ve a acostarte tú.

Las estrellas centellaban, el mar suspiraba y lamía la playa, una luciérnaga encendió en el abdomen su fanalito erótico. Los cabellos de la noche goteaban rocío.

Me tendí boca abajo, sumergiéndome en el silencio, sin pensar en nada. Confundí mi cuerpo en uno con la noche y el mar; sentía el alma como una luciérnaga que tras haber encendido su fanalito se posa en la tierra húmeda y negra, esperando.

Las estrellas giraban en el cielo; las horas iban pasando, y cuando me levanté tenía grabada en mí, sin saber cómo, la doble tarea que me esperaba en aquellas costas:

Liberarme de Buda, apartar juntamente con las palabras todas mis preocupaciones metafísicas y dejar a salvo el alma de una vana angustia.

Establecer, desde ese instante, contacto hondo y directo con los hombres.

«Quizás», me decía, «me quede aún tiempo para hacerlo.»
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