Vida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg






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títuloVida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg
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II
Mar, dulzura del otoño, islas bañadas en luz, diáfano velo de garúa que cubre la inmortal desnudez de Grecia. Dichoso del hombre, iba yo pensando, al que antes de morirse le haya sido dado navegar por las egeas aguas.

Muchos son los goces de este mundo: mujeres, frutas, ideas. Pero hender las aguas de este mar, en el tierno otoño, murmurando el nombre de cada isla, supera a toda otra alegría y abre en el corazón del hombre un paraíso. En ninguna otra región pasa uno tan serena, tan fácilmente, de la realidad al ensueño. Todo límite se sutiliza y en los mástiles de la más vetusta embarcación brotan ramilletes y racimos. Dijérase que aquí, en Grecia, el milagro es la flor de la nece­sidad.

A mediodía cesó de llover, desgarró las nubes el sol, que se mostró suave, tierno, recién lavadito, al acariciar con sus rayos a las aguas y a las tierras bien amadas. Yo estaba en la proa, y dueño del horizonte hasta en su más apartada lejanía, me embriagaba con la contemplación del milagro.

En el barco ¡ay! había griegos, endiabladamente astutos, de ojos de ave rapaz, de sesos como piano destemplado donde suenan las cuerdas mercantescas, politiqueras y pleitistas, y había honestas y venenosas remilgadas. Ganas entraban de coger el barco por ambos extremos, hundirlo en el mar, sa­cudirlo con fuerza para que cayeran todas las alimañas que lo emporcaban –hombres, ratas, chinches– y luego volverlo a flote, limpio y vacío.

Sin embargo, a ratos me embargaba un sentimiento de compasión. Compasión búdica, fría como la deducción de un silogismo metafísico. Compasión no sólo por los hombres, sino por el mundo entero que lucha, clama, llora, espera y no comprende que todo no es más que una fantasmagoría de la nada. Compasión por los griegos y por el barco, y por el mar, y por mí, y por la mina de lignito, y por el manuscrito de mi «Buda», por todas esas vanidades hechas de sombra y de luz que de pronto agitan y maculan el aire puro.

Lo miraba a Zorba, mareado, ceroso, sentado en un rollo de cuerdas en la proa. Mientras olía un limón, paraba las orejotas para escuchar las disputas de los pasajeros, unos puestos en favor del Rey, otros de Venizelos. Sacudía la cabeza y escupía.

–¡Lunaciones idas! –murmuraba despectivo–. ¡No les da vergüenza!

–¿Qué es eso de «lunaciones idas», Zorba?

–Pues todo lo que nombran: reyes, democracias, plebis­citos, diputados ¡pura faramalla!

En la mente de Zorba los acontecimientos contemporá­neos no eran ya más que antiguallas, tanto los había sobre­pasado su espíritu. Sin duda alguna, sólo concebía al telégra­fo, al barco de vapor, al ferrocarril, a la moral corriente, a la patria, a la religión, como viejas carabinas enmohecidas. Su alma avanzaba mucho más ligero que el mundo.

El cordaje crujía en los mástiles, las costas danzaban, las mujeres se habían puesto más amarillas que el limón. Habían abandonado sus armas: afeites, alfileres, peinetas. Los labios se les habían puesto pálidos, las uñas azules. Las viejas urracas se pelaban, caían las plumas postizas, cintas, cejas pintadas, simulados lunares, corpiños apretados, y, viéndolas al borde del vómito, sentía uno repugnancia y honda com­pasión.

Zorba también fue poniéndose amarillo, verde, y se le apagaron los ojos fulgurantes. Sólo a la noche volvió a reani­marse su mirada. Extendió el brazo, señalando a dos delfines que daban botes en el agua, sin perder la velocidad de su avance que igualaba a la del barco.

–¡Delfines! –dijo alegremente.

Entonces fue cuando por primera vez advertí que tenía el índice de la mano izquierda cortado por la mitad. Me sobre­salté, presa de vago malestar.

–¿Qué ocurrió con tu dedo, Zorba? –exclamé.

–¡Nada! –contestó, resentido porque no me veía sufi­cientemente contento con el espectáculo de los delfines.

–¿Te lo llevó alguna máquina? –insistí.

–¿A qué viene hablar de máquinas? Yo mismo me lo corté.

–¿Tú mismo? ¿Por qué?

–No puedes entenderlo, tú, patrón –dijo encogiéndose de hombros–. Ya te conté que trabajé en todos los oficios. Así, pues, en una ocasión hice también de alfarero. Es un oficio que me gustaba con locura. ¿Sabes lo que significa eso de tomar un puñado de barro y hacer con él lo que se te antoje? ¡Frrr! Haces girar el torno y el barro gira enloque­cido, mientras tú, inclinado sobre él, te dices: haré un cántaro, haré un plato, haré una lámpara ¡O el demonio! Eso es lo que se llama ser hombre: ¡Libertad!

Se había olvidado del mar, no mordisqueaba el limón, la mirada lucía clara.

–¿Entonces –pregunté–, y el dedo?

–Pues, verás: me molestaba en el torno. Se me metía en lo mejor y desconcertaba mis planes. Entonces, un día cogí la hacheta...

–¿Y no te dolió?

–¿Cómo no iba a dolerme? No soy de leña, soy un hom­bre. Pero ya te digo, me molestaba en el trabajo. Y lo corté.

Se puso el sol, el mar se calmó un tanto, las nubes se dis­persaron. Brilló en lo alto el lucero vespertino. Dirigí la mirada al mar, luego al cielo, y medité... Amar con tal intensidad, cortar, sufrir el dolor... Sin embargo, oculté la emoción que me dominaba.

–¡Mal sistema ése, Zorba! –dije sonriendo–. Me re­cuerda el caso del cenobita que, según refiere la leyenda áurea, tuvo un día la visión de una mujer que lo turbaba, cogió un hacha...

–¡Que los demonios se lo lleven! –interrumpió Zorba, adivinando la continuación del cuento–. ¡Cortarse eso! ¡Que se vaya al diablo, el muy necio! Si ese pobrecito ino­cente no es impedimento para nada.

–¡Cómo! –insistí–. Si es el obstáculo mayor...

–¿Para qué?

–Para ganar el reino de los cielos.

Zorba me miró de soslayo, burlonamente.

–¡Si es ésa, idiota –dijo–, la llave del paraíso!

Alzó la cabeza, contemplándome atento, como si tratara de discernir cuáles eran mis opiniones al respecto: vida fu­tura, reino de los cielos, mujeres y curas. Mas no pudo, al parecer, sacar mayor cosa en limpio y sacudió la cabezota gris gravemente.

–¡Los lisiados no tienen entrada en el paraíso! –dijo. Y luego no habló más.

Tendido en mi camarote, tomé un libro; Buda ocupaba aún mis pensamientos. Leí, pues, el Diálogo entre Buda y el pastor, que en los años últimamente transcurridos, me traía siempre paz y seguridad.
EL PASTOR. – Mi cena está pronta, ordeñé las ovejas. Corrido está el cerrojo de la cabaña, con lumbre el hogar. ¡Y tú, puedes llover cuanto quieras, cielo!

BUDA. – Ya no he menester de alimento ni de leche. Los vientos están en mi cabaña, la lumbre extinguida. ¡Y tú, puedes llover cuanto quieras, cielo!

EL PASTOR. – Poseo bueyes, poseo vacas, poseo los pra­dos que fueron de mis padres y un toro que cubre a mis vacas. ¡Y tú, puedes llover cuanto quieras, cielo!

BUDA. – No poseo bueyes, ni vacas. No poseo prados. No tengo nada. A nada temo. ¡Y tú, puedes llover cuanto quie­ras, cielo!

EL PASTOR. – Quiero a una pastora dócil y fiel. Años ha que es mi mujer y soy feliz jugando de noche con ella. ¡Y tú, puedes llover cuanto quieras, cielo!

BUDA. – Tengo un alma dócil y libre. Años ha que la ejer­cito enseñán-dole a jugar conmigo. ¡Y tú, puedes llover cuan­to quieras, cielo!
Ambas voces seguían hablando todavía cuando me venció el sueño. Soplaba de nuevo el viento y las olas se quebraban contra el grueso vidrio del tragaluz. Yo flotaba como una nubecilla de humo entre el sopor y la vigilia. Un violento temporal estalló: los prados se sumergieron, los bueyes, las vacas, el toro, se ahogaron. El ventarrón arrancó el techo de la cabaña, la lumbre se apagó; la mujer, lanzando un alarido, cayó muerta en el barro. Y el pastor inició un canto de lamentación a gritos, sin que yo lograra entender lo que decía, mientras a cada instante me hundía más en el sueño, deslizándome en él como un pez en el mar.

Cuando desperté, al alba, la gran isla señorial se extendía a nuestra derecha, altiva y silvestre. Las montañas de color de rosa pálido sonreían tras la bruma, bajo el sol de otoño. En torno de nosotros, el mar azul oscuro hervía, inquieto aún.

Zorba, envuelto en una manta parda, miraba insaciable­mente la isla de Creta. Su vista corríase de la montaña a la llanura, luego a lo largo de la ribera, explorándola como si todas aquellas tierras y aquellas aguas fueran para él fami­liares y como si se regocijara de hollarlas nuevamente en pensamiento.

Acercándome, le toqué la espalda.

–¡Por cierto que no ha de ser la primera vez que llegas a Creta, Zorba! La contemplas como si miraras a una vieja amiga.

Zorba bostezó como quien se aburre. Comprendí que no se hallaba en modo alguno dispuesto a entablar conversación.

Sonreí.

–¿Te fastidia hablar, Zorba?

–No es que me fastidie, patrón –me respondió–, sino que no puedo hacerlo.

–¿No puedes? ¿Por qué?

No contestó enseguida. Volvió a pasear lentamente la mi­rada a lo largo de la ribera. Había dormido en el puente y en sus cabellos grises y rizados brillaban gotas de rocío. Todas las arrugas hondas de sus mejillas quedaron ilumina­das hasta el fondo por la luz del sol naciente.

Al fin, el grueso labio colgante, como el de un macho cabrío, se movió.

–Por la mañana, me cuesta mucho abrir la boca. Mucho. Discúlpame.

Calló y sus redondos ojuelos dirigieron de nuevo la mirada hacia Creta.

La campana llamó para el desayuno. Caras ajadas, de color amarillo verdoso, fueron emergiendo de los camarotes. Mu­jeres con trenzas deshechas se arrastraban, vacilantes, de mesa en mesa. Olían a vómitos y a agua de colonia, y sus miradas eran turbias, asustadas, tontas.

Zorba, sentado frente a mí, sorbía el café con voluptuosi­dad por entero oriental. Untaba el pan con manteca y miel y lo comía. El rostro, poco a poco, aclarándosele, apaciguado, suavizado. Yo lo miraba a escondidas mientras iba saliendo lentamente de su vaina de sueño y mientras llameaban sus ojillos con mayor intensidad paulatina.

Encendió un cigarrillo, aspiró deleitado, y las fosas peludas de la nariz arrojaron nubes de humo azul. Dobló la pierna derecha bajo el cuerpo, acomodándose a modo oriental. Aho­ra se hallaba en condiciones para la charla.

–¿Que si es ésta la primera vez que vengo a Creta? –comenzó... (Entornó los ojos y miró a lo lejos el monte Ida que se esfumaba a popa)–. No, no es la primera vez. En 1896, yo ya era hombre maduro. Tenía el bigote y los cabellos con el color verdadero, negros como ala de cuervo. Iría por los treinta y dos años de edad y cuando había em­pinado el codo, mis tragaderas empezaban por devorar los entremeses y acababan por injerir el plato. Sí, sí, lo pasaba como el ratón dentro del queso. Pero de repente el diablo hubo de meter la cuchara y he aquí que estalla otra revo­lución en Creta.

»–En aquel tiempo, yo era buhonero. Recorría la Macedonia yendo de una aldea a otra y vendía cosillas menudas. En lugar de dinero, aceptaba quesos, lana, manteca, conejos, maíz; volvía a venderlos y sacaba doble ganancia. Al llegar la noche, yo sabía en qué casa acogerme, fuera el que fuere el lugar donde paraba. En toda aldea existe alguna viuda compasiva ¡que Dios la bendiga!, a quien le daba un carrete de hilo, o un peine, o una pañoleta, negra a causa del di­funto, y me acostaba con ella. ¡No me resultaba caro!

»–En verdad, patrón, no salía cara la buena vida. Pero he aquí que, como te decía, el diablo asoma y Creta empuña de nuevo el fusil. «¡Puah! ¡Maldita suerte!», me dije. «¿No acabará por dejarnos en paz, a la postre, esa Creta?» Echo a un lado carretes y peines, tomo un fusil, me incorporo a los rebeldes y ¡en marcha hacia Creta!

Zorba calló. Pasábamos en ese momento a lo largo de una ensenada redonda, arenosa, tranquila. Las olas se movían suavemente, sin romper, y dejando sólo una espuma liviana en la playa. Las nubes se habían dispersado, brillaba el sol y la recia Creta sonreía, apacible.

Zorba volvió el rostro hacia mí con una mirada burlona.

–Por cierto que te imaginas, patrón, que ahora me mete­ré en el cuento de las cabezas turcas que corté y de las orejas que puse en alcohol, como suele hacerse en Creta... ¡No diré nada de eso! Me fastidia y me avergüenza. ¿De dónde surgirá ese impulso rabioso, me lo pregunto ahora con los sesos un poco más asentados, de dónde surgirá ese impulso que nos lleva a arrojarnos contra otro hombre, que no nos causó daño alguno, para morderlo, cortarle la nariz, arrancarle la oreja y destriparlo, al mismo tiempo que in­vocamos la ayuda de Dios? ¿Por ayuda entendemos que Él también se ponga a nuestro lado y corte narices y orejas y abra vientres en canal?

»–Pero en aquella época, ya lo ves, me hervía la sangre, ¿cómo, entonces, detenerme a considerar este asunto? Para que uno piense justa y honradamente, es menester la calma, la edad y la carencia de dientes. Cuando te faltan los dientes, fácil es decir: «¡Qué vergüenza, muchachos, no mordáis!» Pero cuando aún tienes treinta y dos dientes fuertes... El hombre es una fiera, cuando joven. ¡Sí, patrón, un animal carnicero, devorador de hombres!

Meneó la cabeza.

–Se come también a los carneros, a las gallinas, a los cerdos, pero si no devora hombres, no, no le queda satisfecho el apetito.

Y agregó, aplastando la colilla en el platito de su taza de café:

–No, no le queda satisfecho el apetito. ¿Qué dices tú de eso, sapientísimo?

Y sin esperar respuesta:

–¿Qué podrías decir tú? –dijo, como si me sopesara con la mirada–. A lo que entiendo, tu señoría nunca sintió hambre, nunca mató a nadie, nunca robó, nunca cometió adulterio, ¿qué puedes saber, pues, del mundo? Sesos de inocente, carne que no sabe del sol... –murmuró con evidente desdén.

Y yo sentí vergüenza pensando en mis manos delicadas, en mi rostro pálido y en mi vida sin salpicaduras de sangre y lodo.

–¡Sea! –dijo Zorba pasando la pesada mano sobre la mesa como quien borra con una esponja–. ¡Sea! Sin em­bargo, una sola cosa querría preguntarte. Tú has hojeado muchos libros, quizás lo sepas...

–Pregunta, Zorba, ¿de qué se trata?

–Ocurre aquí una cosa milagrosa patrón... Un curioso milagro, que me desconcierta. Porque todo eso, canalladas, rapiñas, matanzas, que cometimos nosotros, los rebeldes, acabó por traer al príncipe Jorge a Creta, es decir ¡la libertad!

Me miró abriendo mucho los ojos, con estupor.

–¡Ése es el misterio –murmuró–, un hondo misterio! Así pues, para que haya libertad en el mundo, ¿es necesario que haya también tantos asesinatos, tantas canalladas? Por­que si me diera por ponerte a la vista todo cuanto hemos hecho en materia de atrocidades y crímenes, se te pondrían de punta los pelos. Y, sin embargo, el resultado de aquello, ¿cuál fue? ¡Pues la libertad! En lugar de consumirnos con un rayo del cielo, Dios nos concede la libertad. ¡Yo no lo entiendo!

Me miró como pidiendo socorro. Comprendíase que aquel problema lo había torturado sin hallarle explicación.

–¿Tú lo entiendes, patrón? –preguntó con tono angustioso.

¿Comprender qué? ¿Decirle qué? O bien que lo que llamamos Dios no existe, o bien que lo que llamamos crí­menes y atrocidades son imprescindibles en el combate para la liberación del mundo.

Esforcéme en dar, para Zorba, con una expresión más sencilla.

–¿Cómo germina una planta y da flores en el estiércol y en la inmundicia? Debes decirte, Zorba, que el estiércol y la inmundicia son el hombre, y la flor, la libertad.

–¿Pero la semilla? –dijo Zorba dando un puñetazo en la mesa–. Para que nazca una flor es necesaria la semilla. ¿Quién sembró esa semilla en nuestras sucias entrañas? ¿Y por qué la semilla no germina y da flores en un campo de bondad y de honradez? ¿Por qué requiere sangre e inmundicias?

Sacudí la cabeza.

–No lo sé –dije.

–¿Quién lo sabe?

–Nadie.

–Pues entonces –gritó Zorba con desesperado acento, echando en torno miradas salvajes–, ¿para qué barcos, y máquinas, y cuellos postizos?

Dos o tres pasajeros maltratados por el mar y que bebían café en la mesa cercana, se reanimaron sospechando la inminencia de una disputa y prestaron oído.

Eso desagradó a Zorba. Bajó la voz:

–Dejémoslo –dijo–. Cuando medito en ello me dan ganas de romper lo que tenga a mano, una silla, una lám­para o mi propia cabeza contra la pared. ¿Y con eso? ¿Qué conseguiría? ¡Así me lleve el diablo! Tendría que pagar lo roto o ir a que el farmacéutico me vende la cabeza. Y si Dios existe, ¡oh, entonces, peor que peor: fastidiados esta­mos! Porque sin duda Él me estará mirando desde lo alto del cielo, riéndose a carcajadas.

Sacudió la mano bruscamente como para espantar una mosca importuna.

–¡En fin! –dijo con enojo–, lo que quería decirte es esto: cuando la embarcación regia llegó toda empavesada y comenzaron los cañonazos de saludo y el Príncipe puso su planta en el suelo de Creta... ¿Nunca viste a un pueblo entero súbitamente enloquecido por la visión de su libertad? ¿No? ¡Oh, entonces, pobre amo mío, ciego naciste y ciego morirás! Yo, aun cuando viviera mil años, aun cuando no quede de mí sino un bocadito de carne viviente, eso que he visto aquel día no podré olvidarlo. Y si a cada hombre le fuera dado el elegir un Paraíso a su gusto en el cielo, que es lo que haría falta, lo que yo llamo verdadero Paraíso, pues bien, yo le diría a Dios: Señor, que mi Paraíso sea una Creta empavesada de mirtos y pabellones y que dure siglos el minuto en que el príncipe Jorge holló el suelo de Creta. Con eso me basta.

Calló otra vez Zorba. Afiló el bigote, llenó hasta el borde un vaso de agua helada y la bebió de un sorbo.

–¿Qué ocurrió en Creta, Zorba? ¡Cuéntame!

–No vamos a ponernos en discursos –me contestó fas­tidiado–. Viejo, lo que yo te digo es que este mundo es un misterio y el hombre nada más que un bruto.

»–Un verdadero bruto y un dios. Un cochino rebelde, llegado conmigo de Macedonia, Yorga lo llamábamos, un tipo digno de la horca, un infecto cerdo, pues bien, lloraba «¿Por qué lloras, condenado Yorga?», le dije, y yo también lloraba a lágrima viva. «¿Por qué lloras, so marrano?» Y he aquí que se arroja en mis brazos, sollozando como un niño. Y enseguida, el grandísimo avariento saca la bolsa, vuelca sobre las rodillas las monedas de oro saqueadas a los turcos y las arroja al aire a manos llenas. ¿Comprendes, patrón? ¡Eso es la libertad!

Levantéme, subí al puente para que me azotara el áspero soplo marino y medité:

«Eso es la libertad. Tener una pasión, amontonar mone­das de oro, y repentinamente dominar la pasión y arrojar el tesoro a todos los vientos. Liberarse de una pasión para so­meterse a otra, más noble. Pero, ¿no es ésta, también, una forma de esclavitud? ¿Brindarse en aras de una idea, de la raza, de Dios? ¿O es que cuanto más alto se halle el amo más se alarga la cuerda de nuestra esclavitud? Podremos así holgarnos y retozar en unas arenas más amplias y morir sin haber hallado el extremo de la cuerda. ¿Acaso sería eso lo que llamamos libertad?»

Al caer la tarde llegamos a la ribera arenosa. Una arena blanca, muy fina; laureles rosas todavía en flor, higueras, algarrobos, y, más allá, a diestra, una colinita baja y gris, semejante a un rostro de mujer acostada. Y por debajo de la barbilla, en el cuello corrían las venas pardas del lignito.

Soplaba el viento de otoño desgarrando las nubes que pasaban lentas y suavizaban la aspereza de la tierra con la sombra que proyectaban. Otras nubes subían del horizonte, amenazadoras. El sol se cubría y descubría a ratos y la faz de la tierra se aclaraba o se oscurecía como un rostro vivo y turbado.

Me detuve un instante en la playa para mirar en torno. La santa soledad se extendía ante mí, triste, fascinadora, como el desierto. El poema búdico se alzó del suelo y se infiltró hasta lo hondo de mi alma. «¿Cuándo, pues, me retiraré al fin a la soledad, solo, sin compañeros, sin alegrías ni tris­tezas, acompañado solamente de la santa certidumbre de que todo no es más que sueño? ¿Cuándo, con mis andrajos –sin deseos–, me retiraré feliz a la montaña? ¿Cuándo, viendo mi cuerpo reducido sólo a enfermedad y crimen, vejez y muerte –libre, sin temor, lleno de regocijo–, me retiraré a la selva? ¿Cuándo? ¿Cuándo? ¿Cuándo?»

Zorba con el santuri bajo el brazo se aproximó, vacilante aún en su andar.

–¡Allí está, el lignito! –dije por disimular mi emoción. Y tendí el brazo hacia la colina con forma de rostro fe­menino.

Pero Zorba frunció las cejas sin moverse:

–Más tarde, no es ahora el momento, patrón –dijo–. Antes tiene que detener su vaivén la tierra. Se mueve toda­vía, ¡ojalá el diablo se la lleve!, se mueve, la muy zorra, como el puente de un barco. Vayamos pronto al pueblo.

Y así diciendo, se marchó a zancadas resueltas, esforzán­dose por dejar en salvo el buen parecer.

Dos chiquillos descalzos, bronceados como campesinitos egipcios, se nos acercaron para cargar con las valijas. Un aduanero gordo de ojos azules fumaba un narguile en la ba­rraca que hacía las veces de aduana. Nos echó una mirada oblicua, la deslizó luego negligentemente hacia las valijas y movióse un tanto en la silla como si estuviera por levantarse de ella. Pero no le alcanzó el ánimo para tanto. Sólo alzó lentamente el tubo del narguile:

–¡Sed bienvenidos! –nos dijo, soñoliento.

Uno de los chicuelos se me acercó. Guiñó los ojos negros como olivas.

–¡No es cretense! –dijo guasón–. ¡Un pachorrudo, vamos!

–¿Acaso los cretenses no son pachorrudos?

–Lo son... lo son... pero de otra manera...

–¿Queda lejos el pueblo?

–¡No, qué! ¡A tiro de fusil! Mira, ahí, pasando los huer­tos, en la barranca. Lindo pueblo, patrón. Tierra de Jauja: hay algarroba, judías, garbanzos, aceite, vino. Y allá, en la arena, salen cohombros, tomates, berenjenas, las más preco­ces sandías de Creta. El viento de África es el que las hincha, patrón. Si pasas de noche por la huerta, las oyes que crujen ¡crr! ¡crr! y que crecen.

Zorba iba delante. Todavía con mareos, escupía a menudo.

–¡Ánimo, Zorba! –le grité– ¡Estamos fuera de peligro, no tengas miedo!

Caminábamos con paso rápido. La tierra estaba mezclada con arena y conchillas. De cuando en cuando veíamos algún taray, una higuera silvestre, una mata de juncos, unas mola­nas amargas. El tiempo se ponía pesado. Las nubes estaban cada vez más bajas; el viento calmaba.

Pasamos por junto a una gran higuera de tronco bifurcado, retorcido, que comenzaba a ahuecarse de vejez. Uno de los muchachos se detuvo. Moviendo el mentón me señaló al viejo árbol.

–La higuera de la Señorita –dijo.

Me sobresalté. En esta tierra de Creta, cada piedra, cada árbol, tiene su trágica historia.

–¿De la Señorita? ¿Por qué así?

–En tiempos de mi abuelo, la hija de un notable del pueblo se enamoró de un joven pastor. Pero el padre no consentía; la niña lloraba, clamaba, suplicaba, sin que el viejo cambiara de canción: no quería. Pues ocurrió que una tarde ambos jóvenes desaparecieron. Los buscaron durante un día, dos, tres, una semana. ¡Nada lograban saber de ellos! Pero comenzaron a heder: entonces, yendo hacia el lugar que apestaba dieron con ellos al pie de esta higuera, podridos y abrazados. ¿Comprendes? Los encontraron por el hedor.

El chico se echó a reír. Oíase el rumor del pueblo. Algu­nos perros ladraron, algunas mujeres chillaban, los gallos anunciaban con su canto que estaba por cambiar el tiempo. En el aire flotaba el olor del orujo de uvas que exhalaban las calderas donde se destilaba el raki.

–¡Ahí está el pueblo! –gritaron los chicos echando a correr.

En cuanto doblamos la colina de arena, el pueblecillo se nos apareció, trepado al borde de la barranca. Casitas bajas de techos planos, encaladas, pegadas unas a otras. Y como las ventanas abiertas eran unas manchas negras, parecían cráneos blanqueados, acuñados entre las piedras.

Me acerqué a Zorba.

–Cuida, Zorba –le recomendé en voz baja–, de por­tarte como es debido cuando entremos en el pueblo. ¡Es pre­ciso no despertar sospechas, Zorba! Portémonos como per­sonas serias: yo, el dueño; tú, el capataz. Los cretenses, has de saberlo, no admiten bromas. En cuanto te echan la mira­da encima, al punto notan por dónde flaqueas y te ponen un mote, y luego no hallarás modo alguno de librarte del mismo. Tendrás que seguir corriendo con él a cuestas, como un can al que le atan una cacerola al rabo.

Zorba se tomó el bigote con toda la mano y sumióse en meditación.

–Oye, patrón –me dijo al fin–, si hay una viuda en el pago no tienes por qué temer, si no la hay...

En ese momento, a la entrada del pueblo, una mendiga cubierta de andrajos se acercó tendiendo la mano; atezada, mugrienta, con unos pelos negros y duros en el labio superior.

–¡Eh, compadre! –le gritó a Zorba–. ¡Eh, compadre! ¿Tienes tú alma?

Zorba se detuvo.

–Sí, la tengo –contestó con toda seguridad.

–Entonces, dame cinco dracmas.

Zorba extrajo del bolsillo una cartera de cuero muy ajada.

–¡Toma! –le dijo.

Y una sonrisa borró la amargura que todavía aparecía en sus labios.

–Por lo que veo –comentó–, las cosas no están caras acá: cinco dracmas el alma.

Los canes de la aldea se arrojaron contra nosotros, las mujeres se asomaron a las azoteas, los niños nos siguieron chillando. Algunos imitaban el ladrido de los perros, otros las bocinas de autos, otros se nos adelantaban mirándonos con ojazos extasiados.

Llegamos a la plaza del pueblo: dos inmensos álamos blan­cos, rodeados de troncos groseramente cortados a escuadra, servían de asientos; en frente, el café con la amplia muestra descolorida: «Café-Carnicería El Pudor».

–¿De qué te ríes, patrón? –me preguntó Zorba.

Pero no me dieron tiempo para contestarle. De la puerta del café-carnicería surgieron cinco o seis colosos, de bragas azul oscuro y faja roja.

–¡Bienvenidos, amigos! –exclamaron–. Tengan la bon­dad de entrar a beber un raki. Todavía está caliente, recién salido de la caldera.

Zorba chasqueó la lengua:

–¿Qué te parece, patrón?

Me miró, guiñando el ojo:

–¿Bebemos uno?

Bebimos uno, que nos quemó las entrañas. El cafetero­-carnicero, un viejo fortachón, bien conservado y ágil, nos trajo sillas.

Yo pregunté dónde podríamos hallar alojamiento.

–Vean a madame Hortensia –gritó alguien.

–¿Una francesa? –dije sorprendido.

–¡Vaya uno a saber de dónde viene! Aventuras, las pasó a montones. Después de sortear mil escollos, se quedó en­ganchada en el último, este pueblo, y aquí ha puesto un mesón.

–¡Vende también confites! –exclamó un niño.

–¡Se pone harina y se pintarrajea! –chilló otro–. Lleva una cinta en el cuello... también tiene un loro.

–¿Viuda? –preguntó Zorba–. ¿Es viuda?

Nadie respondió.­

–¿Viuda? –volvió a preguntar, relamiéndose.

El cafetero se tomó la espesa barba cenicienta.

–¿Qué más da eso, amigo? ¿Qué? Pues digamos que es viuda de muchos. ¿Comprendes?

–Comprendo –contestó Zorba, rebosante de esperanzas.

–Puede que te deje viudo a ti.

–¡Ten cuidado, amigo! –gritó un viejo y todos se rieron a carcajadas.

El cafetero volvió con una bandeja en la que traía lo que nos brindaba: pan de cebada, queso de cabra, peras.

–¡Vamos! Dejen en paz a esta gente. ¡Aquí no hay madame que valga! Yo los alojaré.

–Se vendrán a mi casa, Kondomanolio –dijo el viejo–­. No tengo hijos, la casa es grande, sobra lugar.

–Perdone, tío Anagnosti –gritó el cafetero inclinándose hacia el oído del viejo–. Yo lo he dicho antes.

–Pues quédate tú con uno –dijo el viejo Anagnosti–; yo me llevaré al viejo.

–¿Qué viejo? –dijo Zorba picado en lo vivo.

–Nosotros no nos separamos –dije, indicándole con un ademán a Zorba que no se irritara–. No nos separaremos. Iremos a ver a madame Hortensia.

–¡Sed bienvenidos! ¡Sed bienvenidos!

Una mujercilla menuda, rechoncha, regordeta, de cabello descolorido, como hebras de lino, apareció entre los álamos contoneándose con las piernas tuertas, tendidos los brazos.

Un lunar erizado de cerdas porcinas le adornaba la barbilla. Llevaba cinta de terciopelo rojo en torno del cuello y las agostadas mejillas enyesadas con polvos malva. Un mechon­cito rebelde brincábale en la frente, dándole cierto parecido con Sara Bernhardt, anciana, en El Aguilucho.

–¡He tenido gran placer en conocerla, madame Horten­sia! –contesté yo disponiéndome a besarle la mano, impul­sado por repentino buen humor.

La vida se me presentó de pronto como un cuento, como una comedia de Shakespeare, La Tempestad. Acabábamos de desembarcar, empapados tras el supuesto naufragio. Estába­mos explorando la ribera sorprendente y saludando con toda ceremonia a los habitantes del lugar. Esta doña Hortensia se me antojaba la reina de la isla, algo así como una foca rubia y luciente que hubiera venido a encallar, medio podrida, en estas playas. Detrás de ella, con sus múltiples cabezas crasas, peludas y pletóricas de buen humor, Calibán el pueblo, que la mira con orgullo y desprecio.

Zorba, el príncipe disfrazado, la contempla también con ojos muy abiertos, como a antigua compañera, vieja fragata que había combatido en lejanos mares, a veces victoriosa, a veces vencida, con las troneras hundidas, rotos los mástiles, desgarrado el velamen, y que ahora, surcada de fisuras que calafateaba con cremas y polvos, se había acogido a esta costa y esperaba. Sin duda, lo esperaba a Zorba, el capitán de las mil cicatrices. Y era un placer para mí el ver cómo se encontraban de nuevo ambos comediantes en esta decora­ción cretense, sencillamente montada y pintada con brocha gorda.

–Dos camas, madame Hortensia –dije inclinándome an­te la vieja comediante de amor–. Dos camas sin chinches...

–¡No hay chinches, no, no hay chinches! –exclamó echándome una mirada provocativa.

–¡Las hay! ¡Las hay! –gritaron entre risas las bocas de Calibán.

–¡No las hay! ¡No las hay! –insistía ella golpeando las piedras con el regordete piececillo, envuelto en gruesa media celeste. Calzaba gastados escarpines, adornados con un nudito muy pulido de seda.

–¡Hu! ¡Hu! ¡El demonio sea contigo, «prima donna»! –burlóse Calibán.

Pero doña Hortensia se marchaba ya, muy dignamente, mostrándonos el camino. Olía a polvos y jabón baratos.

Zorba la seguía devorándola con la mirada.

–Oye, patrón, mira eso –me confió–. ¡Cómo se menea la zorra: «plaf», «plaf», lo mismo que esas ovejas que tienen de pura grasa el rabo!

Cayeron dos o tres gotas gordas; el cielo se cubrió. Algu­nos relámpagos azules tajearon la montaña. Unas niñas, pro­tegidas por las capitas blancas de piel de cabra, traían de regreso, apresuradamente, la cabrilla y el cordero de la familia. Las mujeres, en cuclillas ante el hogar, encendían la lumbre de la noche.

Zorba mordía nervioso el bigote sin dejar de mirar la grupa temblequeante de la dama.

–¡Hum! –murmuró suspirando–. ¡Demonio con la vi­da! ¡No para de tendernos lazos, la tunantona!
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