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más a su guerrero.

Vikus se limitó a sonreír y dijo que por la mañana someterían la cuestión a la opinión del Consejo. Esa maña­na. Ahora.

Pese a todas sus preocupaciones, y eran muchas, Gregor no podía evitar una sensación de felicidad em­briagadora que lo invadía de vez en cuando. ¡Su padre es­taba vivo! Casi al instante, lo asaltaba una oleada de an­gustia. Sí, estaba vivo, ¡pero prisionero de las ratas! Con todo, su abuela siempre decía: «Donde hay vida, hay espe­ranza».

Anda que no se pondría contenta su abuela si su­piera que hablaban de él en una profecía. Pero claro, no era de él de quien se hablaba. Era de un guerrero que Gregor de­seaba que apareciese muy pronto para ayudarlo a liberar a su padre.

Ese era ahora su principal objetivo. ¿Cómo podría rescatar a su padre?

La cortina se descorrió, y Gregor tuvo que en­trecerrar los ojos porque le molestó la luz. De pie en el umbral estaba Mareth. La hinchazón de su rostro ha­bía bajado, pero los moratones tardarían más en desaparecer.

Gregor se preguntó si el guardia seguiría enfadado con él, pero su voz le pareció serena.

—Gregor el de las Tierras Altas, el Consejo recla­ma vuestra presencia —anunció—. Si os apresuráis, tal vez podáis lavaros y comer algo antes.

—Vale —contestó Gregor. Al incorporarse se dio cuenta de que Boots había apoyado la cabeza en su brazo. Se levantó sin despertarla—. ¿Y qué hay de Boots?

—Puede seguir durmiendo —dijo Mareth—. Dulcet cuidará de ella.

Gregor se bañó rápidamente y se puso ropa limpia. Mareth lo condujo a una pequeña habitación donde habían dis­puesto un desayuno, y se quedó haciendo guardia en la puerta.

—Eh, Mareth —dijo Gregor, atrayendo la atención del guardia—. ¿Cómo están los demás? Me refiero a Perdita y a los murciélagos. ¿Están bien?

—Perdita ha despertado por fin. Los murciélagos se curarán —dijo Mareth con tono neutro.

—¡Eso es fantástico! —exclamó Gregor, muy aliviado. Después de la situación de su padre, lo que más lo preocupaba era el estado de salud de los habitantes de las Tierras Bajas.

Gregor se comió ávidamente el pan con mante­quilla y la tortilla de champiñones. Se bebió una infusión caliente hecha a base de alguna clase de hierba, y le pareció que la energía empezaba a correr por sus venas.

—¿Estáis preparado para comparecer ante el Con­sejo? —preguntó Mareth, al ver su plato vacío.

—¡Listo! —exclamó Gregor, levantándose de un salto. Se sentía mejor de lo que se había sentido nunca des­de su aterrizaje en las Tierras Bajas. Las noticias sobre su padre, la recuperación de sus salvadores, el sueño y la comi­da le habían hecho revivir.

El Consejo, un grupo de unos doce ancianos de las Tierras Bajas, se había reunido en torno a una mesa redonda junto al Gran Salón. Gregor vio a Vikus y a Solovet, y esta le sonrió para darle ánimos.

Luxa también estaba ahí, con una expresión can­sada y desafiante a la vez. Gregor se imaginaba que le ha­brían echado la bronca por haberse unido al equipo de res­cate la noche anterior. Estaba seguro de que Luxa no había mostrado ni el más mínimo arrepentimiento.

Vikus le presentó a los miembros del Consejo. To­dos tenían nombres extraños que Gregor olvidó inmediata­mente. Entonces empezaron a hacerle preguntas de todo tipo, como por ejemplo cuándo había nacido, si sabía nadar, y lo que solía hacer en las Tierras Altas. Gregor no acertaba a comprender por qué eran importantes esas cosas. ¿Era de verdad relevante que su color preferido fuera el verde? Pero un par de miembros del Consejo estaba tomando apuntes de todo lo que decía, como si se les fuera la vida en ello.

Transcurrido un tiempo, los miembros del Conse­jo parecieron olvidarse de su presencia, y se pusieron a de­liberar entre ellos. Gregor captó frases como «un hijo del sol» y «el agua blanca de rojo se teñirá» y comprendió que estaban hablando de la profecía.

—Discúlpenme —intervino por fin—. Me figuro que Vikus no se lo habrá dicho, pero yo no soy el guerrero. Miren, yo lo que de verdad necesito es que me ayuden a en­contrar a mi padre para llevarlo de vuelta a casa.

Todos se lo quedaron mirando un momento, y lue­go se pusieron a hablar a un tiempo, muy animados. Aho­ra Gregor oía una y otra vez las palabras «responded a su llamada».

Al cabo de un tiempo Vikus dio unas palmaditas sobre la mesa para llamarlos al orden.

—Miembros del Consejo, hemos de tomar una decisión. He aquí a Gregor el de las Tierras Altas. ¿Quién lo considera el guerrero de la Profecía del Gris?

Diez de los doce miembros alzaron la mano. Luxa mantuvo las suyas sobre la mesa. O no pensaba que fuera el guerrero, o no le estaba permitido votar. Ambas cosas, pro­bablemente.

—Creemos que vos sois el guerrero —declaró Vikus—. Si pedís nuestra ayuda para recuperar a vuestro padre, entonces nosotros responderemos a vuestra llamada.

¡Iban a ayudarlo! ¿Qué importaba el motivo?

—¡Vale, genial! —exclamó Gregor—. ¡Me da igual lo que haya que hacer! O sea, quiero decir que pueden creer lo que quieran. Por mí no hay problema.

—Hemos de emprender el viaje sin tardar —apremió Vikus.

—¡Estoy preparado! —declaró Gregor con entusiasmo—. Déjenme que recoja a Boots y podemos irnos.

—Ah, sí, el bebé —dijo Solovet. Esto originó otra ronda de deliberaciones.

—¡Esperad! —gritó Vikus—. Esto nos cuesta mu­cho tiempo. Gregor, no sabemos si la profecía incluye a vuestra hermana.

—¿Qué? —preguntó Gregor. No recordaba bien la profecía. Tenía que preguntarle a Vikus si podía entrar en la habitación para volverla a leer.

—La profecía menciona doce seres. Sólo dos pro­vienen de las Tierras Altas. Vos y vuestro padre cerráis el cupo —explicó Solovet.

—La profecía también habla de uno perdido. Ese podría ser vuestro padre, en cuyo caso Boots sería el segundo habitante de las Tierras Altas. Pero también podría ser una rata —dijo Vikus—. El viaje será difícil. La profecía advierte de que cuatro de los doce perde­rán la vida. Tal vez lo más prudente sea dejar a Boots aquí.

Un murmullo general de aprobación puntuó sus palabras.

A Gregor empezó a darle vueltas la cabeza.

«¿Dejar a Boots? ¿Dejarla aquí en Regalía con los de las Tierras Bajas? ¡No podía hacerlo! No porque pensara que la fueran a tratar mal. Pero se sentiría tan sola, ¿y que pasaría si él y su padre no regresaban? En­tonces ella nunca volvería a casa. Con todo, sabía lo mal­vadas que eran las ratas. Y que no pararían hasta darle caza.

No sabía qué hacer. Miró los semblantes resueltos y pensó que los miembros del Consejo ya habían decidido separarlos.

«¡No os separéis!». «¿No era eso lo que siempre le decía su madre cuando se llevaba a sus hermanas de paseo? «¡No os separéis!».

Entonces se dio cuenta de que Luxa eludía su mi­rada. Había entrelazado los dedos sobre la mesa y los mira­ba fijamente, con una expresión tensa.

—¿Qué harías tú si se tratara de tu hermana, Luxa? —preguntó. Un silencio absoluto cayó sobre la habitación. Era obvio que el Consejo no quería escuchar su opinión.

—Yo no tengo hermanas —dijo Luxa.

Gregor se quedó muy decepcionado. Algunos miembros del Consejo emitieron un murmullo de aproba­ción. Luxa barrió la habitación con unos ojos que echaban chispas y frunció el ceño.

—Pero si tuviera y me hallara ahora en vuestro lu­gar —dijo con vehemencia— ¡nunca me separaría de ella ni un instante!

—Gracias —le dijo Gregor, pero no le pareció que pudiera oírlo entre el griterío de protesta que se elevó del Consejo. Levantó la voz—. ¡Si Boots no va, yo tampoco!

El tumulto era grande cuando un murciélago en­tró por la puerta y se estrelló sobre la mesa, haciéndolos ca­llar a todos. Una mujer fantasmagórica se desplomó sobre el lomo del animal, llevándose las manos al pecho para con­tener la sangre que de él manaba. El murciélago replegó una de las alas, pero la otra quedó extendida formando un ángulo extraño, claramente rota.

—Anchel ha muerto. Daphne ha muerto. Las ratas en­contraron a Shed y a Fangor. El rey Gorger ha lanzado a sus ejér­citos. Vienen a por nosotros —dijo la mujer con un hilo de voz.

Vikus la recogió en sus brazos justo cuando iba a desplomarse.

—¿Cuántas son, Keeda? —le preguntó.

—Muchas —susurró esta—. Muchas ratas. —Y di­cho esto, se desmayó.

Capitulo duodecimo


Dad la alarma! —gritó Vikus, y el palacio estalló en una frenética actividad. Sonaban cuernos por doquier, la gente entraba y salía corriendo, los murciélagos bajaban para recibir órdenes, y volvían a le­vantar el vuelo sin tiempo para aterrizar.

Nadie hacía caso de Gregor, todos estaban muy ocupados en sus quehaceres de emergencia. Quería pre­guntarle a Vikus qué estaba pasando, pero el hombre esta­ba en el Gran Salón, rodeado de murciélagos, dando órde­nes a diestro y siniestro.

Gregor salió a la terraza y vio Regalia convertida en un hervidero de actividad. Muchas ratas estaban en ca­mino. Los habitantes de las Tierras Bajas se aprestaban pa­ra defenderse. De repente cayó en la cuenta de que estaban en guerra.

Esa aterradora idea (y el vértigo de la altura) lo marearon. Cuando volvía tambaleándose al interior de la habitación, una mano lo agarró del brazo con fuerza.

—Gregor el de las Tierras Altas, preparaos, pues partimos enseguida —dijo Vikus.

—¿Adonde? ¿Adonde vamos? —preguntó Gregor.

—A rescatar a vuestro padre —contestó Vikus.

—¿Ahora? ¿Podemos ir aunque nos ataquen las ra­tas? —dijo Gregor—. Porque está empezando una guerra, ¿no?

—No es una guerra cualquiera. Creemos que es la guerra que predice la Profecía del Gris. La que puede traer consigo la aniquilación total de nuestro pueblo —explicó Vikus—. Emprender la búsqueda de vuestro padre es nues­tra mayor esperanza de sobrevivir a esta guerra —prosiguió Vikus.

—¿Puedo llevarme a Boots, verdad? —preguntó Gregor—. O sea, me la llevo, quiero decir —se corrigió a sí mismo.

—Sí, Boots os acompañará —confirmó Vikus.

—¿Qué tengo que hacer? Ha dicho que debía pre­pararme —preguntó Gregor.

Vikus reflexionó un segundo y luego llamó a Mareth.

—Llevadlo al museo y que escoja lo que piense que pueda ayudarlo en el viaje. ¡Ah, he aquí la Delegación de Troya! —anunció Vikus. Una vez más volvió a rodearlo un tropel de murciélagos.

Gregor corrió detrás de Mareth, que se había pre­cipitado hacia la puerta. Tres escaleras y varios pasillos des­pués llegaron a una espaciosa habitación cubierta de estan­tes abarrotados de objetos.

—Esto es cuanto ha caído de las Tierras Altas. Re­cordad que habréis de llevar vos mismo todo aquello que elijáis —explicó Mareth, entregándole una bolsa de cuero que se cerraba tirando de un cordón.

En los estantes había desde pelotas de béisbol has­ta neumáticos. A Gregor le hubiese gustado disponer de más tiempo para inspeccionar las estanterías cuidadosa­mente; algunos de los objetos debían de tener más de cien años. Pero el tiempo era un lujo que no tenía. Trató de con­centrarse.

¿Qué podía llevarse que lo ayudara en su viaje? ¿Qué era lo que más necesitaba en las Tierras Bajas? ¡Luz!

Encontró una linterna que funcionaba y fue sacan­do pilas de todos los aparatos eléctricos que había en el museo.

Otro objeto llamó su atención. Era un casco como los que suelen llevar los mineros y los obreros de la cons­trucción. Tenía una bombilla incorporada, para que pudie­ran ver por dónde pisaban en los oscuros túneles que se ex­tendían por debajo de Nueva York. Cogió el casco y se lo caló en la cabeza.

—¡Hemos de irnos! —ordenó Mareth—. ¡Hemos de recoger a vuestra hermana y levantar el vuelo!

Gregor dio media vuelta para seguirlo y entonces la vio. ¡Una gaseosa! Una lata de gaseosa de las de toda la vida, sin abrir, y apenas un pelín abollada. Parecía casi nueva. Sabía que era un capricho, que sólo debía llevarse lo esencial, pero le apetecía mucho. Era su refresco preferido, y además le recordaba a casa. Metió la lata en la bolsa.

La guardería estaba cerca del museo. Gregor entró corriendo y descubrió a Boots sentada muy contenta con otros tres niños de las Tierras Bajas, jugando a las cocinitas. Durante un segundo, estuvo a punto de cambiar de idea y dejarla ahí. ¿'No estaría más segura en el palacio? Pero entonces recordó que el lugar pronto estaría bajo el asedio de las ratas. Gregor sabía que no podía dejarla sola frente a un peligro así. Pasara lo que pasara, no se separarían.

Dulcet lo ayudó rápidamente a ponerse una mo­chila a la espalda y metió en ella a Boots. Ató un paquetito a la base de la mochila.

—Paños empapadores —dijo—. Unos juguetes y algo rico de comer.

—Gracias —dijo Gregor muy contento de que al­guien hubiera pensado en los aspectos prácticos de tener que viajar con un bebé.

—Que tengáis buen viaje, dulce Boots —dijo Dul­cet, besando la mejilla de la niña.

—Adiós, Du-ce —contestó Boots—. ¡Hastaponto!

Así era como siempre se despedían unos de otros en casa de Gregor. No te preocupes. Volveré. Hasta pronto.

—Sí, hasta pronto —dijo Dulcet, pero sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Cuídate, Dulcet —le dijo Gregor, dándole un torpe apretón de manos.

—Volad alto, Gregor de las Tierras Altas —contes­tó ella.

En el Gran Salón, la expedición se preparaba para la partida. Algunos murciélagos habían aterrizado, y los estaban cargando con provisiones y material.

Gregor vio a Henry dándole un abrazo de despe­dida a una adolescente extremadamente delgada. Esta llo­raba incontroladamente, pese a los esfuerzos de Henry por consolarla.

—Las pesadillas, hermano —dijo entre sollozos—, son cada vez peores. Un terrible mal os aguarda.

—No os aflijáis, Nerissa, no tengo intención de morir —dijo Henry para tranquilizarla.

—Hay males peores que la muerte —contestó ella—. Volad alto, Henry. Volad alto. —Se abrazaron, y Henry subió a lomos de su murciélago negro.

Gregor miraba nervioso a la chica mientras esta se acercaba a él. Nunca sabía qué decir cuando alguien lloraba. Pero ya se había serenado cuando llegó a su altura. Le ten­dió un pequeño rollo de papel.

—Para vos —le dijo—. Volad alto. —Y antes de que Gregor tuviera tiempo de contestar, ya se había alejado, apoyándose en la pared para no caer.

Gregor desenrolló el papel, que no era tal, sino al­gún tipo de piel curtida de animal y vio que en ella alguien había copiado cuidadosamente la Profecía del Gris. «Qué extraño», pensó Gregor. Justamente quería volver a leerla para tratar de comprenderla un poco mejor. Había pensa­do en pedirle permiso a Vikus, pero luego con las prisas se le había olvidado.

—¿Cómo sabía ella que yo quería la profecía? —le murmuró a Boots.

—Nerissa sabe muchas cosas. Tiene el don —dijo un muchacho junto a él, montando a lomos de un murciélago dorado. Cuando lo volvió a mirar, Gregor descubrió que se trataba de Luxa, pero ahora llevaba el cabello muy corto.

—¿Y tu pelo? —preguntó Gregor, metiéndose la profecía en el bolsillo.

—Los rizos largos son peligrosos para luchar —dijo Luxa despreocupadamente.

—Ah, qué pena, bueno, quiero decir que... tam­bién te queda bien corto —se apresuró a añadir Gregor.

Luxa soltó una carcajada.

—Gregor de las Tierras Altas, ¿acaso pensáis que en tiempos como estos mi belleza tiene relevancia alguna?

Gregor sintió que le ardía todo el cuerpo de pura vergüenza.

—No era eso lo que quería decir.

Luxa miró a Henry sacudiendo la cabeza de lado a lado, y este le contestó con una amplia sonrisa.

—El de las Tierras Altas dice la verdad, prima, pare­céis una oveja esquilada.

—Tanto mejor —replicó Luxa—, ¿pues quién ataca­ría a
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