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Sa-pa-to —le dijo a Gregor.

—Yo también —dijo él, estirando la pierna para enseñarle los suyos.

Supuso que también habrían quemado la ropa de Boots. Trató de recordar lo que llevaba por si acaso su ma­dre le pedía explicaciones. Un pañal sucio, eso no era ninguna pérdida. Un par de zapatillitas rosas que de todas ma­neras ya le estaban quedando pequeñas y una camiseta manchada. Suponía que no sería un problema.

Gregor no sabía exactamente lo que le diría a su madre sobre las Tierras Bajas... la verdad, le daría un susto de muerte. Ya se inventaría algo cuando estuviera de vuelta en la lavandería; pero cuanto antes regresaran, más sencilla habría de ser la historia.

Boots le tendió los brazos y Gregor la levantó en volandas, hundiendo la nariz en sus rizos húmedos. Olía a limpio y un poco como a mar.

—Ya está bien crecida —comentó Dulcet—. Vuestros brazos han de estar cansados. —Volvió a entrar en el probador y salió con una especie de bolsa. Se la ajustó a la espalda con unas correas, y colocó en ella a Boots, que así sentada podía mirar por encima de su hombro. En su ciudad Gregor había visto que algunas personas llevaban así a sus bebés, en mochilas especial­mente diseñadas para ello, pero su familia no tenía dine­ro para ese tipo de lujos.

—Gracias —dijo como si apenas diera importancia al regalo, pero en su fuero interno estaba eufórico. Sería mucho más fácil escapar llevando a Boots en una mochila que en brazos.

Dulcet les hizo subir por varias escaleras, atrave­sando un laberinto de pasillos. Desembocaron por fin en una larga habitación que se abría sobre una terraza.

—Llamamos a esta habitación el Gran Salón —dijo Dulcet.

—¿Ah, sí?, pues me parece que se os ha olvidado el techo —comentó Gregor. Las paredes estaban decoradas con sumo gusto, pero por encima de sus cabezas no había nada más que la oscuridad de la cueva.

Dulcet se echó a reír.

—Oh, no, así es como debe ser. A menudo recibi­mos aquí a nuestros invitados, y pueden llegar muchos murciélagos a la vez. —Gregor se imaginó el atasco que provocaría un centenar de murciélagos tratando de colarse por
la puerta. Ahora comprendía las ventajas de una pista de
aterrizaje más amplia.

Vikus los aguardaba junto a la terraza, acompaña­do de una mujer mayor. Gregor calculó que tendría más o menos la edad de su abuela, aunque ella estaba encorvada y le costaba moverse por culpa de la artritis. Esta mujer en cambio tenía un porte erguido y parecía muy fuerte.

—Gregor y Boots de las Tierras Altas, os presento a Solovet, mi esposa —dijo Vikus.

—Hola —contestó Gregor—, encantado de cono­cerla.

Pero la mujer dio un paso adelante y le ofreció ambas manos. El gesto no dejó de sorprenderlo. Nadie más había hecho ademán alguno de tocarlo desde su caída.

—Bienvenido, Gregor. Bienvenida, Boots —dijo con una voz cálida y baja—. Es un honor teneros entre no­sotros.

—Gracias —farfulló Gregor, confundido porque sus palabras contradecían su estatus de prisionero. Le hacían sentirse verdaderamente especial.

— ¡Hola! —dijo Boots. Solovet extendió la mano para acariciarle la mejilla.

—Según me dice Vikus deseáis fervientemente regresar a casa. Me entristece que no podamos ayudaros in­mediatamente, pero buscar esta noche la superficie sería imposible —dijo—. Las Tierras Bajas son un hervidero de rumores sobre vuestra llegada.

«Me imagino que todos querrán vernos, como si fuéramos monstruos de feria, o algo así. Pues bien, será mejor que se den prisa en mirar», pensó Gregor. Pero dijo:

—Entonces tendré tiempo de darme una vuelta por aquí y ver todo esto.

Vikus le hizo una seña para que se acercara a la barandilla que rodeaba la terraza.

—Venid, venid, hay mucho que ver —le dijo.

Gregor se reunió con Vikus junto a la barandilla y sin­tió que se le formaba un nudo en el estómago. Retrocedió unos pasos involuntariamente. La terraza parecía colgar literalmente de una de las paredes del palacio. Tan sólo lo separaba del vertiginoso abismo la pequeña superficie de piedra.

—No temáis, está bien construida —lo tranquilizó Vikus.

Gregor asintió con la cabeza, pero se quedó donde estaba. Si la terraza empezaba a derrumbarse, quería poder refugiarse en el Gran Salón.

—Veo bien desde aquí —dijo, y era verdad.

Desde arriba Regalía era aún más impresionante. Desde el suelo no podía ver que las calles, cuyos adoquines tenían tonalidades distintas, estaban dispuestas formando complejos motivos geométricos que conferían a la ciudad el aspecto de un gigantesco mosaico. Tampoco se había da­do cuenta de lo grande que era. Se extendía varios kilóme­tros a la redonda.

—¿Cuánta gente vive aquí? —preguntó Gregor.

—Nuestro número asciende aproximadamente a tres mil —contestó Vikus—. Más, si la cosecha es buena.

Tres mil habitantes. Gregor trató de imaginarse cuánto podía ser eso. En su colegio había unos seiscientos alumnos, así que sería como cinco veces su colegio.

—Bueno, y a todo esto, ¿qué estáis haciendo aquí abajo? —preguntó Gregor.

Vikus se echó a reír.

—Nos sorprende que hayáis tardado tanto en pre­guntar. Pues bien, es una historia maravillosa —dijo Vikus, respirando hondo para empezar a contarla—. Hace muchos años, vivía...

—¡Vikus! —lo interrumpió Solovet—. Tal vez la historia sea un buen acompañamiento para la cena.

Gregor le dio las gracias mentalmente. Estaba muerto de hambre y algo le decía que Vikus era de los que se enrollan como una persiana.

El comedor se encontraba en una dependencia contigua al Gran Salón. La mesa estaba puesta para ocho. Gregor esperaba que Dulcet cenara con ellos, pero después de sentar a Boots en una especie de trona, retrocedió y per­maneció de pie a unos pasos de la mesa. Gregor no se sentía cómodo cenando con la muchacha allí de pie, pero pensó que le causaría problemas si decía algo.

Ni Vikus ni Solovet hicieron ademán de sentarse, por lo que él también decidió esperar. Poco después entró Luxa en la habitación, con un atuendo mucho más elegante que el que vestía en el estadio. Llevaba el pelo suelto y le caía hasta la cintura como una brillante cortina de plata. La acompañaba un chico de unos dieciséis años que se estaba riendo de algo que Luxa acababa de decir. Gregor lo recono­ció: lo había visto en el estadio. Era ese jinete tan seguro de sí mismo que se tumbaba tranquilamente sobre el lomo de su murciélago mientras describían círculos por encima de la cabeza de Gregor.

«Otro engreído», pensó. Pero el chico le lanzó una mirada tan simpática que decidió no precipitarse en sus juicios. Luxa era algo desagradable, pero la mayoría de los humanos de las Tierras Bajas eran bastante majos.

—Mi primo, Henry —dijo Luxa lacónicamente y a Gregor le dieron ganas de reír. Aquí, entre todos esos nom­bres tan extraños, había un Henry.

Este se inclinó con una gran reverencia y se acercó a Gregor sonriendo.

—Bienvenido, Gregor —dijo. Luego lo agarró del brazo y le dijo en un susurro teatral—: ¡Cuidado con el pes­cado, Luxa planea envenenaros esta misma noche!

Vikus y Solovet se rieron y hasta Dulcet sonrió. Era una broma. Esta gente tenía sentido del humor.

— Cuidado con vuestro pescado, Henry —replicó Luxa—. Di orden de envenenar a los sinvergüenzas, pero olvidé que vos también cenabais con nosotros esta noche. Henry le guiñó el ojo a Gregor.

—Cambiad vuestro plato con el de los murciélagos —susurró, y en ese momento dos murciélagos aterriza­ron en el Gran Salón y entraron en el comedor—. ¡Ah, los
murciélagos!

Gregor reconoció al murciélago dorado que Luxa montaba por la tarde en el estadio. El otro, uno grande y gris, se acomodó sobre una silla junto a Vikus, batiendo las alas, tras lo cual todos los demás tomaron asiento a su vez.

—Gregor de las Tierras Altas, os presento a Aurora y a Eurípides. Están vinculados a Luxa y a mí mismo —declaró Vikus, extendiendo la mano hacia el murciélago gris sentado a su derecha. Eurípides la rozó con su ala. Luxa y su murciélago dorado esbozaron el mismo gesto.

Gregor se había imaginado que los murciélagos serían como caballos para los humanos, pero ahora veía que eran sus iguales. Se preguntó si también hablarían.

—Yo os saludo, Gregor de las Tierras Altas —dijo Eurípides con un suave susurro.

Pues sí, sí que hablaban. Gregor empezó a pregun­tarse si el pescado que le iban a servir de cena no querría también charlar un poquito antes de que lo cortara en trocitos.

—Encantado de conocerte —dijo Gregor educada­mente—. ¿Qué significa eso de que estáis vinculados unos a otros?

—Al poco de llegar a las Tierras Bajas, nosotros los humanos creamos una alianza especial con los murcié­lagos —explicó Solovet—. Ambas partes vieron las ventajas obvias de aunar fuerzas. Pero más allá de esa alianza, individualmente, los humanos y los murciélagos pueden for­mar sus propias uniones. A eso lo llamamos vincularse.

¿Y qué hace uno cuando está vinculado a un murciélago? —preguntó Gregor—. O sea, me refiero, a parte de jugar a la pelota y tal.

Hubo una pausa en la que los comensales inter­cambiaron miradas. Otra vez había vuelto a meter la pata.

—Mantenernos con vida unos a otros —dijo Luxa fríamente.

Les había parecido que se burlaba de algo serio.

—Ah, no lo sabía —se disculpó Gregor.

—Por supuesto que no lo sabíais —dijo Solovet, lanzándole una mirada a Luxa—. En vuestra propia tierra no tenéis nada similar.

¿Y también os vinculáis con los reptantes? —quiso saber Gregor.

Henry soltó una carcajada despectiva.

—Antes preferiría vincularme a una piedra. Por lo menos estaría seguro de que no echaría a correr en el mo­mento de la batalla.

Luxa sonrió.

—Y una piedra siempre podría serviros de arma arrojadiza. Aunque supongo que también se puede lanzar a un reptante...

—¡Pero para eso tendría que tocarlo! —exclamó Henry y los dos estallaron en sonoras carcajadas.

—Los reptantes no son famosos por sus habilidades guerreras —le dijo Vikus a Gregor a modo de explicación. Ni él ni Solovet reían. Se volvió hacia Luxa y Henry—. Y sin embargo perduran. Tal vez, cuando acertéis a comprender las razones de su longevidad les tendréis más respeto.

Henry y Luxa trataron de fingir seriedad, pero sus ojos seguían riendo.

—Tiene escasa relevancia para los reptantes el que yo los respete o no —dijo Henry displicentemente.

— Quizá, pero en cambio es de vital importancia para Luxa. O así lo será dentro de cinco años cuando tenga edad de reinar —dijo Vikus—. En ese momento, las bromas necias a expensas de los reptantes tal vez marquen la dife­rencia entre nuestra existencia o nuestra aniquilación. No necesitan ser guerreros para alterar el equilibrio de poder en las Tierras Bajas.

Estas palabras terminaron de serenar a Luxa, pero apagaron la conversación. La pausa incómoda se alargó hasta convertirse en un silencio violento. Gregor creía comprender lo que Vikus quería dar a entender. Era mejor tener a los reptantes como aliados que como enemigos y los humanos no debían ir por ahí insultándolos.

Para alivio de Gregor, por fin llegó la comida y un sirviente dispuso unos pequeños cuencos formando una media luna alrededor de su plato. Por lo menos tres de ellos contenían lo que parecían tres tipos distintos de setas. En otro había un cereal parecido al arroz y el más pequeño al­bergaba un puñadito de verduras frescas. Lo reducido de la porción daba a entender que esas hojas eran consideradas un preciado manjar.

Le colocaron delante una fuente con un pescado en­tero a la parrilla. El pez se parecía a los que Gregor estaba acostumbrado, sólo que no tenía ojos. Su padre y él habían visto una vez un documental en la tele sobre unos peces que vivían en lo más profundo de una cueva y tampoco tenían ojos. Lo curioso era que cuando los científicos se trajeron al­gunos de esos peces para estudiarlos en sus laboratorios, los peces habían percibido la luz y les habían salido ojos. No inmediatamente, pero sí unas cuantas generaciones después.

A su padre le había encantado el documental y ha­bía llevado a Gregor al museo de Historia Natural para buscar peces sin ojos. Al final se habían acostumbrado a ir a menudo a ese museo, ellos dos solos. Su padre estaba loco por la ciencia y parecía que quisiera pasarle a Gregor todos los conocimientos que había en su cerebro. Era un poco pe­ligroso, porque la pregunta más tonta podía generar una explicación de media hora por lo menos. Su abuela siempre solía decir: «A tu padre, si le preguntas qué hora es, te acaba contando cómo se fabrica un reloj». Pero disfrutaba tanto explicando..., y Gregor se sentía feliz de estar con él. Ade­más, le había encantado la exposición sobre la selva tropi­cal y la cafetería donde vendían patatas fritas con forma de dinosaurio. Nunca habían llegado a entender cómo los pe­ces habían conseguido desarrollar ojos. Su padre tenía sus teorías, claro, pero no era capaz de explicar cómo habían podido evolucionar tan deprisa.

Gregor se preguntó cuánto tiempo era necesario para que la piel de alguien se volviera transparente y desa­rrollar ojos violetas. Se volvió hacia Vikus.

—Bueno, iba a contarme cómo fueron a parar aquí abajo, ¿recuerda?

Mientras Gregor trataba de no lanzarse como un lobo hambriento sobre su comida, que resultó ser deliciosa, Vikus le fue contando la historia de Regalia.

No lo entendió todo, pero al parecer los habitan­tes habían llegado desde Inglaterra en el siglo XVII.

—Los condujo hasta aquí un cantero llamado Bartholomew de Sandwich —contó Vikus, y Gregor tuvo que esforzarse por reprimir una carcajada—. Tenía visiones sobre el futuro. Vio las Tierras Bajas en un sueño y partió en su busca.

Sandwich y un grupo de seguidores se habían em­barcado rumbo a Nueva York, donde es sabido que se lleva­ron muy bien con la tribu local. Los indios conocían de sobra las Tierras Bajas. Llevaban siglos realizado viajes periódicos bajo tierra por motivos rituales. No tenían mucho interés en vivir allá abajo y no les importaba si Sandwich era lo bastan­te loco como para querer instalarse allí con su gente.

—Por supuesto, estaba totalmente cuerdo —aclaró Vikus—. Sabía que un día la superficie de la Tierra estaría totalmente yerma y sólo perduraría la vida que se preser­vara en el suelo.

A Gregor no le pareció muy oportuno decirle a Vikus que ahora, en la superficie, vivían millones de perso­nas. En vez de eso, preguntó:

¿Y entonces todos hicieron las maletas y se mu­daron aquí abajo?

—¡Dios Santo, no! Pasaron cincuenta años hasta que bajaron las ochocientas personas y se sellaron las puer­tas que comunicaban con las Tierras Altas. Necesitábamos saber que podíamos alimentarnos y edificar muros para defendernos. Roma no se construyó en un día. —Vikus rió—. Así es como lo expresó Fred Clark el de las Tierras Altas.

—¿Qué le ocurrió? —preguntó Gregor, pinchando una seta con el tenedor. Todos callaron.

—Murió —contestó Solovet con voz suave—. No pudo sobrevivir privado de vuestro sol.

Gregor dejó la seta en el plato. Miró a Boots, que estaba cubierta de los pies a la cabeza con una especie de papilla para bebés. Con un dedo trazaba distraídamente dibujitos en la salsa derramada sobre su mantelito de piedra.

Nuestro sol, pensó Gregor. ¿Se habría puesto ya? ¿Se­ría ya hora de irse a la cama? ¿Se habrían marchado ya los policías, o seguirían allí, interrogando a su madre? Si ya se había marchado, Gregor sabía dónde estaría su madre: sen­tada a la mesa de la cocina, sola en la oscuridad, llorando.

De pronto, Gregor ya no soportaba oír una sola palabra más sobre las Tierras Bajas. Tenía que escapar de allí a toda costa.

Capitulo séptimo

La oscuridad se abatió sobre los ojos de Gregor con tal intensidad que parecía tener un peso físico, como si fuera una cortina de agua. Nunca antes había estado totalmente sin luz. En su ciudad, el alumbrado de las calles, los faros y de vez en cuando los destellos de algún coche de bomberos se colaban por la ventana de su habita­ción. Aquí, una vez apagada la lámpara de aceite, era como si hubiera perdido por completo el sentido de la vista.

Había tenido la tentación de volver a encender la lámpara. Mareth le había dicho que en el pasillo junto a su habitación había antorchas que ardían toda la noche y podía volver a encender su lámpara allí. Pero quería conservar el combustible. Sin él, estaría perdido en cuanto saliera de Regalía.

Boots resopló y se acurrucó más cerca de él. Gre­gor la abrazó con más fuerza. Los sirvientes les habían pre­parado camas separadas, pero Boots se había metido en la de Gregor.

No había sido difícil conseguir permiso para irse a la cama. Todos veían que Boots apenas podía mantener los ojos abiertos, y él mismo debía de tener un aspecto bastan­te cansado. Pero no lo estaba. La adrenalina corría por sus venas a tal velocidad que temía que la gente pudiera oír los latidos de su corazón a través de las pesadas cortinas que separaban su habitación del vestíbulo. Lo último que se sentía capaz
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