Argumento






descargar 1.01 Mb.
títuloArgumento
página4/18
fecha de publicación09.09.2015
tamaño1.01 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Derecho > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   18
.

Otra vez esa expresión. ¿Qué significaba eso de «dar tiempo» a las cucarachas?

—Pero si nadie más sabe siquiera que estamos aquí —objetó Gregor.

Vikus lo miró con expresión grave. El enfado ha­bía dejado paso a la preocupación.

— Creedme, muchacho, ahora ya toda criatura de las Tierras Bajas sabe que estáis aquí.

Gregor resistió el impulso de mirar a su espalda.

—Y eso no es bueno, ¿verdad?

Vikus negó con la cabeza.

—No. Eso no es bueno en absoluto.

El anciano se volvió hacia la salida del estadio. A cada lado de dos gigantescas puertas de piedra había media docena de guardias de tez clara y ojos violetas. Necesitaron los esfuerzos de todos para abrir las puertas lo suficiente para que pudiera pasar Vikus.

Gregor cruzó también tirando de Boots, e inme­diatamente cerraron las puertas a su espalda. Siguió a Vikus por un túnel flanqueado de antorchas de piedra hasta un pequeño arco cubierto por algo oscuro que se agitaba. Gregor pensó que tal vez serían más murciélagos, pero ob­servándolo con atención descubrió que se trataba de una nube de diminutas polillas negras. ¿Era esto mismo lo que había atravesado antes, al entrar en el estadio?

Vikus penetró suavemente con la mano la cortina de insectos.

—Estas polillas son un sistema de alerta empleado tan sólo en las Tierras Bajas, según tengo entendido. En el preciso instante en que su trayectoria de vuelo se ve pertur­bada por un intruso, todos y cada uno de los murciélagos de la zona lo detectan. Este sistema se me antoja perfecto en su extrema sencillez —explicó antes de desaparecer entre las polillas.

Al otro lado de la cortina de diminutas alas, Gre­gor le oyó anunciar:

—¡Gregor el de las Tierras Altas, bienvenido a la ciudad de Regalia!

Gregor bajó la vista hacia Boots, que lo miraba con una expresión perpleja.

¿Mamos a casa, Gue-go? —preguntó.

La cogió en brazos y la atrajo hacia sí para tranqui­lizarla.

—Ahora no, bonita. Primero tenemos que hacer unas cuantas cosillas aquí. Después podremos irnos a casa.

Gregor respiró hondo y atravesó la cortina de po­lillas.

Capitulo quinto

La cortina de alas aterciopeladas acarició su mejilla. Al dejarla atrás, la ciudad de Regalía apareció ante sus ojos.

—¡Guau! —exclamó, deteniéndose en seco. Gregor no sabía muy bien qué se había imaginado. Casas de piedra, tal vez, o cuevas, algo primitivo, a fin de cuentas. Pero la grandiosa ciudad que se extendía ante él no tenía nada de primitiva.

Se encontraban al pie de un valle ocupado por los edificios más hermosos que había visto en su vida. Nueva York era famosa por su arquitectura, sus elegantes casas de piedra rojiza, sus altísimos rascacielos y sus grandiosos museos. Pero comparada con Regalía, no parecía una urbe planeada, sino más bien un lugar en el que alguien hubiera alineado un puñado de cajas de distintas y extrañas formas.

Aquí, los edificios eran todos de un hermoso gris brumoso que les confería un aspecto onírico. Parecían sur­gir directamente de la roca, como si fueran parte de ella, y no un producto de la mano del hombre. Tal vez no fueran tan altos como los rascacielos cuyos nombres Gregor conocía, pero se elevaban muy por encima de su cabeza. Algunos tenían hasta treinta pisos, y estaban rematados por artísti­cos picos y torrecillas. Había cerca de un millar de antor­chas dispuestas estratégicamente de manera que una tenue luz iluminara toda la ciudad.

Y los relieves... Gregor había tenido ocasión de ver angelitos y gárgolas en otros edificios, pero los muros de Regalía bullían de vida. Figuras humanas, cucarachas, peces y criaturas cuyos nombres Gregor no conocía luchaban, se di­vertían y bailaban en cada milímetro de espacio concebible.

—¿Aquí sólo vive gente o también cucarachas y mur­ciélagos? —preguntó Gregor.

—Esta es una ciudad de humanos. Las demás cria­turas tienen sus propias ciudades, o tal vez «tierras» sea la palabra más adecuada —explicó Vikus—. La mayor parte de nuestro pueblo vive aquí, aunque algunos habitan en la periferia, si así lo exige su trabajo. He ahí nuestro palacio —indicó Vikus, dirigiendo la mirada de Gregor hacia una enorme fortaleza de forma circular que se erguía al otro extremo del valle—. Hacia allí nos encaminamos.

Las luces que brillaban en las numerosas ventanas daban a la ciudad un aire festivo, y Gregor sintió que las sombras de su corazón se disipaban un poco. Nueva York también resplandecía toda la noche... Después de todo, tal vez este lugar no fuera tan extraño.

—Es fantástico —comentó. Le hubiera encantado ex­plorar Regalía, pero tenía que volver urgentemente a su casa.

— Sí, lo es —corroboró Vikus, y sus ojos abarcaron la ciudad con una expresión admirativa—. Mi pueblo tiene en gran estima la piedra. Si tuviéramos tiempo, creo que tal vez podríamos crear una tierra de belleza singular.

—Pues yo creo que ya lo habéis conseguido —dijo Gregor—. O sea, es mil veces más bonita que cualquier ciu­dad de las Tierras Altas.

Vikus parecía contento.

—Venid, el palacio ofrece la mejor vista de la ciu­dad. Tendréis tiempo de admirarla antes de cenar.

Mientras Gregor seguía sus pasos por la calle, Boots echó la cabeza hacia atrás, moviéndola de lado a lado.

—¿Qué buscas, Boots?

—¿Luna? —preguntó la niña. Desde su casa rara vez se veían las estrellas, pero si la noche era clara sí se veía la luna—. ¿Luna?

Gregor levantó la vista hacia el cielo de un negro como de tinta china y entonces cayó en la cuenta de que, por supuesto, no había luna. Se encontraban en una especie de gigantesca cueva subterránea.

—No hay luna, bonita, esta noche no —le dijo.

—El sol se la comió —dijo la niña como si se trata­ra de la cosa más normal del mundo.

—Aja —convino Gregor. Si las cucarachas hablaban y los murciélagos jugaban a la pelota, entonces ¿por qué no ha­bría de ser verdad eso también? Suspiró al recordar el viejo li­bro de cuentos guardado en una caja junto a la cuna de Boots.

La gente se les quedaba mirando desde las venta­nas sin ningún disimulo. Vikus saludaba a algunas personas por sus nombres, o con un gesto de cabeza, y estas le devol­vían el saludo con la mano.

Boots se dio cuenta y empezó a saludar ella también.

—¡Hola! —exclamó—. ¡Hola! —Aunque ningún adul­to le devolvió el saludo, Gregor vio que algunos niños agita­ban las manitas a su paso.

—Les producís una gran fascinación —explicó Vikus, señalando a la gente en las ventanas—. No recibimos muchas visitas de las Tierras Altas.

—¿Cómo supo que yo era de Nueva York? —pre­guntó Gregor.

—Que nosotros sepamos, sólo existen cinco puertas de comunicación con las Tierras Bajas —explicó Vikus—. Dos de ellas llevan a la Tierra de la Muerte, pero
nunca habríais sobrevivido. Otras dos desembocan en el Canal, pero vuestras ropas están secas. Estáis vivos, estáis secos, por lo que conjeturo que habéis caído por la quinta puerta, que sé que se halla en Nueva York.

—¡Está en nuestra lavandería! —exclamó Gregor—. ¡Justo en el edificio en el que vivimos! —De alguna manera, el hecho de que su lavandería conectara con ese extraño lugar hizo que se sintiera como si hubieran invadido su territorio.

—Vuestra lavandería, sí —dijo Vikus pensati­vamente—. Bueno, vuestra caída coincidió muy favorable­mente con las corrientes.

—¿Las corrientes? ¿Se refiere a esa especie de va­ho? —preguntó Gregor.

—Sí, os permitieron llegar aquí sanos y salvos. La sincronización lo es todo —dijo Vikus.

—¿Qué pasa si no hay sincronización? —inquirió Gregor, aunque ya se imaginaba la respuesta.

—Entonces, en lugar de un huésped, tenemos un cuerpo que enterrar —contestó Vikus serenamente—. A de­cir verdad, eso es lo más frecuente. Un habitante de las Tierras Altas que llega vivo como vos, acompañado de una hermana, es francamente singular.

Les llevó unos buenos veinte minutos alcanzar el palacio. Gregor sentía cómo le temblaban los brazos de cargar con Boots, pero no quería dejarla en el suelo. No le parecía seguro, con todas esas antorchas alrededor.

Conforme se iban aproximando a la espléndida estructura, Gregor se percató de que en sus paredes no ha­bía ningún relieve. La superficie era lisa como el cristal, y la ventana más baja se abría a unos sesenta metros del suelo. Algo no le cuadraba del todo, pero no acertaba a decir el qué. Faltaba algo.

—No hay puerta —comentó en voz alta.

—No —confirmó Vikus—. Las puertas son para quienes carecen de enemigos. Ni el mejor escalador podría subir por estos muros.

Gregor acarició la pared de piedra lisa. No había una sola grieta, ni siquiera la más mínima hendidura.

—Y entonces, ¿cómo entran?

— Por lo general volando, pero si nuestros murcié­lagos no están disponibles... —Vikus hizo una señal por en­cima de su cabeza.

Gregor inclinó el cuello hacia atrás y vio que desde una gran ventana rectangular estaban bajando una platafor­ma rápidamente. Estaba fijada a unas cuerdas, y se inmovili­zó a treinta centímetros del suelo. Vikus se situó sobre ella.

Gregor subió a su vez con Boots. Su reciente caída a las Tierras Bajas no había hecho sino reforzar su aversión a las alturas. La plataforma se elevó inmediatamente, y Gregor tuvo que agarrarse a una de las cuerdas para no perder el equilibrio. Vikus permanecía tranquilo, con las manos cru­zadas sobre el pecho; pero bueno, él no cargaba con una ni­ña pequeña que no paraba de moverse, y probablemente ya habría montado en ese chisme un millón de veces.

La ascensión fue rápida y regular. La plataforma se detuvo a la altura de una ventana, delante de una pequeña es­calera de piedra. Gregor y Boots entraron en una espaciosa sa­la de techos abovedados. Allí esperaba para darles la bienveni­da un grupo de tres habitantes de las Tierras Bajas, todos con la misma piel transparente y esos extraños ojos color violeta.

— Buen atardecer —los saludó Vikus, acompañan­do sus palabras con un gesto de cabeza—. Os presento a los hermanos Gregor y Boots, de las Tierras Altas, que recien­temente han caído entre nosotros. Haced el favor de ba­ñarlos, y a continuación proceded al Gran Salón. —Vikus salió de la habitación sin mirar atrás.

Gregor y los demás se observaron unos a otros, in­cómodos. Ninguno de ellos mostraba la arrogancia de Luxa, ni la imperiosa presencia natural de Vikus. «Son gente normal», pensó Gregor. «Apuesto a que se sienten tan ra­ros como yo».

—Encantado de conoceros —dijo, cambiándose a Boots a la otra cadera—. Boots, di hola.

—¡Hola! —obedeció la niña, saludándolos con la mano, con una expresión de total felicidad—. ¡Hola, hola!

El recelo del grupo se fundió como el hielo. Todos se echaron a reír, y sus cuerpos se relajaron. Su risa conta­gió a Gregor. Su madre solía decir que Boots no sabía lo que era un extraño, lo cual quería decir que pensaba que todo el mundo era amigo suyo.

A veces a Gregor le hubiera gustado parecerse un po­quito más a su hermana. Tenía un par de buenos amigos en el colegio, pero evitaba formar parte de ningún grupito. Al final todo se resumía a con quién te sentabas en el comedor. Podría haberse sentado con los chavales de su equipo de atletismo o con los de la banda de música. Pero en vez de eso a él le gus­taba estar con Angelina, que siempre andaba metida en la pre­paración de alguna obra de teatro y Larry a quien lo que más le gustaba en el mundo era dibujar. Los que no lo conocían bien pensaban que Gregor era un estirado, pero en realidad más que nada era tímido. Todavía le resultaba más difícil abrirse a la gente desde la desaparición de su padre. Pero incluso antes, nunca había sido tan extrovertido como Boots.

Una chica de unos quince años dio un paso ade­lante, tendiendo los brazos.

—Mi nombre es Dulcet. ¿Puedo cogeros en bra­zos, Boots? ¿Deseáis tomar un baño? —Boots miró a Gre­gor interrogativamente.

—Vale. Es la hora del baño. ¿Quieres un bañito, Boots? —le dijo.

—¡Síííí! —exclamó Boots muy contenta—. ¡A bañar! —Tendió los brazos hacia Dulcet, que se hizo cargo de ella.

— Os presento a Mareth y a Perdita —dijo Dulcet, indicando con la mano al hombre y la mujer que estaban a su lado. Ambos eran altos y musculosos y, pese a no llevar armas, Gregor tuvo la impresión de que eran guardias.

—Hola —les dijo.

Mareth y Perdita lo saludaron con un gesto de ca­beza formal, aunque no exento de cordialidad.

Dulcet arrugó la nariz y le dio a Boots una palmadita en la tripa.

—Necesitáis un paño empapador limpio —dijo.

Gregor se imaginaba lo que podía ser aquello.

—Ah, sí, hay que cambiarle el pañal. —Hacía tiem­po que su hermanita necesitaba un pañal limpio—. Le va a salir sarpullido.

¡Teno caca! —exclamó Boots sin la menor discul­pa, tirándose del pañal.

—Me ocuparé de ello —contestó Dulcet con una sonrisa divertida. Gregor no pudo evitar pensar que era mucho más agradable que Luxa. ¿Procederéis a tomar las aguas, Gregor de las Tierras Altas?

— Sí, gracias, procederé a tomar las aguas —contes­tó. Le llamó la atención lo formales que sonaron sus pala­bras y temió que los demás pensaran que se estaba burlan­do de ellos. Recordó lo fácilmente que se habían ofendido las cucarachas—. O sea, quiero decir que sí, gracias.

Dulcet asintió con la cabeza y esperó a que Gregor la alcanzara. Mareth y Perdita cerraban la marcha, unos pa­sos detrás. «Sí que son guardias», pensó Gregor.

El grupo abandonó el vestíbulo y tomó por un an­cho pasillo. Pasaron por delante de docenas de puertas en forma de arco que se abrían sobre amplias cámaras, escaleras y vestíbulos. Gregor no tardó en darse cuenta de que ne­cesitaría un mapa para orientarse por el palacio. Podía pedir ayuda, pero eso no sería muy inteligente si su intención era escapar. Bien podían llamarlo su huésped, pero eso no cam­biaba el hecho de que Boots y él eran prisioneros. Los hués­pedes podían marcharse si querían. Los prisioneros tenían que escaparse. Y eso era exactamente lo que pensaba hacer.

¿Pero cómo? Aunque lograra encontrar el camino de vuelta a la plataforma, nadie lo dejaría bajar y no podría saltar al suelo desde esa altura. «Pero tiene que haber otras formas de entrar en el palacio», pensó. «Tiene que haber...».

—Nunca había conocido a nadie de las Tierras Altas —dijo Dulcet, interrumpiendo el hilo de sus pensamientos—. Y si ahora tengo el honor de hacerlo es sólo por el bebé.

—¿Por Boots? —preguntó Gregor.

—Estoy a cargo de los más pequeños —explicó Dulcet—. Normalmente yo nunca llegaría a conocer a al­guien tan importante como un habitante de las Tierras Al­tas —añadió tímidamente.

—Pues es una pena, Dulcet —dijo Gregor—, por­que eres la persona más maja que he conocido desde que estoy aquí.

Dulcet se sonrojó, ¡y caray, cuando esta gente se sonrojaba, se sonrojaba de verdad! Su piel se tornó del co­lor de una sandía madura. Y no sólo la piel de su rostro, si­no la de todo su cuerpo, de los pies a la cabeza.

— Oh —balbuceó, con gran embarazo—. Oh, esa es una gentileza que no puedo aceptar. —Detrás de él, los dos guardias se susurraron algo al oído.

Gregor adivinó que había dicho algo totalmente fue­ra de lugar, pero no sabía exactamente el qué. Tal vez se su­ponía que no podías dar a entender que una niñera era más simpática que la propia reina. Aunque fuera verdad. De aho­ra en adelante tendría que tener más cuidado con lo que decía.

Afortunadamente, en ese mismo momento se de­tuvieron en el umbral de una puerta. Gregor oyó agua co­rrer y unas nubes de vapor se escaparon hasta el pasillo.

«Debe de ser el cuarto de baño», pensó. Miró en el interior y vio que una pared dividía la habitación en dos secciones.

—Me llevaré a Boots y vos os quedaréis aquí —di­jo Dulcet, indicando una de las secciones.

Gregor se imaginó que las chicas estarían a un la­do, y los chicos al otro, como en un vestuario. Pensó que tal vez debía quedarse con Boots, pero algo le decía que podía confiar en Dulcet. Además, no quería volver a disgustarla.

—¿Vale, Boots? ¿Nos vemos luego?

—¡Adiós, adiós! —dijo Boots agitando la manita por encima del hombro de Dulcet. Estaba claro que la se­paración no le angustiaba en absoluto.

Gregor se dirigió hacia la derecha. Aquel lugar sí que parecía un vestuario, si es que los vestuarios podían ser bonitos y oler bien. En las paredes había relieves de exóti­cas criaturas marinas y unas lámparas de aceite iluminaban la sala con un tenue resplandor. «Bueno, sí, vale, pero esto de aquí parecen bancos y taquillas», pensó, abarcando con la mirada los bancos de piedra y la hilera de cubículos que ocupaban uno de los lados de la sala.

Mareth lo había seguido al interior. Se dirigió a Gregor nerviosamente.

—Este es el probador. Aquí están las cámaras de alivio y limpieza. ¿Necesitáis algo de mí, Gregor de las Tie­rras Altas?

—No, gracias, ya me las apaño yo solo —contestó Gregor.

—Estaremos en el pasillo por si nos necesitáis —añadió Mareth.

—Vale, muchas gracias —respondió Gregor. Cuan­do el guardia se agachó para cruzar el umbral, Gregor sintió que los músculos de su cara se relajaban. Se alegraba de es­tar solo por fin.

Efectuó una rápida inspección del lugar. En la cá­mara de alivio no había nada más que un sólido asiento de piedra con una abertura en el centro. Gregor miró dentro y vio una corriente de agua que fluía continuamente por debajo. «Ah, esto debe de ser el retrete», pensó.

En la cámara de limpieza había una pequeña pisci­na llena de agua humeante, con unos escalones de piedra que llevaban al fondo de la cubeta. Una rica fragancia impregnaba el aire. Todo su cuerpo anhelaba sumergirse en el agua.

Gregor volvió rápidamente al probador y se deshi­zo de su ropa sudada. Sintiéndose algo cohibido, orinó en el retrete. Luego se dirigió rápidamente hacia la piscina. Comprobó la temperatura con la punta del pie y entró despacio en el agua caliente. Le llegaba sólo hasta la cintu­ra, pero entonces descubrió que un banco bordeaba todo el perímetro de la piscina. Cuando se sentó, el agua le llegó hasta las orejas.

Una corriente de agua lo cubrió entonces, desha­ciendo los nudos de tensión que agarrotaban los músculos de sus hombros y su espalda. Gregor cortó la superficie de la piscina con la mano, dejando que el agua se escapara en­tre sus dedos. Como la del retrete, entraba por un extremo de la piscina y salía por el otro.

«Debe de tratarse de alguna corriente subterrá­nea, o algo así», pensó.

De repente, cayó en la cuenta de algo importante, y se incorporó rápidamente. ¡El agua entraba y salía por al­gún sitio!

Si el agua podía entrar y salir del palacio... enton­ces tal vez él también lograra hacerlo.

Capitulo sexto

Gregor se frotó el cuerpo con una esponja y una sustancia viscosa que encontró en un cuenco junto a la piscina. Se la untó también en el pelo y se limpió incluso el interior de las orejas, con el deseo de eliminar hasta el más mínimo rastro de olor de su cuerpo. Si quería escapar, necesitaba pasar lo más desapercibido posible.

Colgadas de unos ganchos junto a la piscina había unas toallas blancas. Gregor no acertaba a identificar el grueso tejido con el que estaban fabricadas.

—Algodón no es, eso seguro —murmuró, pero el pa­ño era suave y absorbía el agua mucho mejor que las toallas finas y gastadas que usaban en su casa.

Volvió al probador, secándose el pelo y allí descu­brió que su ropa había desaparecido. En su lugar encontró un cuidado montoncito de prendas de un color azul grisá­ceo. Había una camisa, unos pantalones y lo que parecía ropa interior. Eran mucho más delicadas que las toallas y la tela tenía un tacto sedoso. «¿Qué será esto?», se preguntó, poniéndose la camisa.

Se calzó un par de sandalias de esparto trenzado y sa­lió de la habitación. Mareth y Perdita lo estaban esperando.

—¿Dónde está mi ropa? —les preguntó.

—La hemos quemado —dijo Mareth con apren­sión. Gregor se dio cuenta entonces de que el guardia te­mía que él se enfadara por ello.

—Sería muy peligroso conservarla —dijo Perdita, a modo de explicación—. Las cenizas no conservan olor.

Gregor se encogió de hombros para hacerles ver que no le importaba.

—Vale —dijo—. Esta me está bien.

Mareth y Perdita mostraron una expresión de agradecimiento.

—Tras unos pocos días de nuestra comida, también vos iréis perdiendo el olor —dijo Perdita en tono alentador.

—Muy bien —contestó Gregor secamente. Esta gente estaba francamente obsesionada con su olor.

Dulcet emergió de la sección izquierda del cuarto de baño llevando en brazos a una Boots limpita y contenta. Vestía una suave camisa rosa y un pañal limpio fabricado con el mismo material que la toalla de baño de Gregor. La niña extendió la pierna y se señaló orgullosamente las san­dalias nuevas.

1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   18

similar:

Argumento iconÍndice Argumento 5 Capítulo 1 6 Epílogo 249 Argumento

Argumento iconArgumento

Argumento iconArgumento

Argumento iconArgumento

Argumento iconArgumento

Argumento iconArgumento

Argumento iconTesis argumento 1

Argumento iconArgumento de la divina comedia

Argumento iconResumen del argumento

Argumento iconAlien, el octavo pasajero Argumento






© 2015
contactos
l.exam-10.com