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Suzanne Collins Gregor, la profecía del gris






INDICE



ARGUMENTO 2






ARGUMENTO



Gregor tiene once años y vive en Nueva York. Su existencia no es muy distinta a la de cualquier chico de su edad. Sin embargo, el destino le tiene reservada una sorpresa. De repente, el pequeño mundo de Gregor desaparece. En las Tierras Bajas, una extraña sociedad, en la que conviven seres humanos con murciélagos y cucarachas, se encuentra amenazada por las ratas y la llegada de Gregor no parece casual. Una antigua profecía que habla de un guerrero hará que Gregor ponga a prueba su valor.

Para mi madre y mi padre



Capitulo primero

gregor llevaba tanto tiempo con la cabeza apoyada en la malla del mosquitero que notaba como si tu­viera impreso en la frente una multitud de cuadritos. Se tocó los bultitos con los dedos y resistió el impulso de dejar escapar el grito primitivo del hombre de las caver­nas. En su pecho crecía por momentos ese largo aullido gu­tural reservado para las auténticas emergencias, tales como toparse desarmado con un tigre furioso o que se apagara el fuego en plena Edad del Hielo. Llegó incluso a abrir la boca para respirar hondo, pero se contentó con golpear la cabeza contra el mosquitero con un débil quejido de frustración. «Agghh».

¿De qué servía gritar? No cambiaría nada. Ni el calor, ni el aburrimiento, ni el interminable verano que se extendía ante él.

Pensó en despertar a Boots, su hermanita de dos años, sólo para distraerse un poco, pero la dejó dormir. Por lo menos ella estaba fresquita en la habitación con aire acondicionado que compartía con Lizzie, su hermana de siete años, y con su abuela. Era la única habitación con aire acondicionado del apartamento. En las noches más caluro­sas, Gregor y su madre extendían colchas en el suelo para dormir, pero con cinco personas en la habitación, la tempe­ratura ya no era fresca, sino sólo tibia.

Gregor sacó un cubito de hielo del congelador y se lo pasó por la cara. Miró al patio y vio un perro vagabundo olisqueando un cubo de basura lleno hasta rebosar. El ani­mal apoyó las patas en el borde y volcó el contenedor, es­parciendo la basura por toda la acera. Gregor tuvo enton­ces tiempo de ver dos sombras que se alejaban corriendo a toda velocidad junto a la pared e hizo una mueca. Ratas. Nunca terminaba de acostumbrarse a ellas.

Exceptuando las ratas, el patio estaba desierto. Nor­malmente se encontraba lleno de niños jugando a la pelota, saltando a la cuerda o columpiándose. Pero por la mañana había pasado el autobús del campamento, llevándose con él a todos los niños con edades comprendidas entre los cuatro y los catorce años. Todos menos uno.

—Lo siento, cariño, pero no puedes ir —le había dicho su madre hacía unas semanas. Y era cierto que lo sentía, Gregor lo había visto en la expresión de su rostro—. Alguien tiene que cuidar de Boots mientras yo estoy tra­bajando y los dos sabemos que tu abuela ya no puede hacerlo.

Claro que lo sabía. Durante aquel último año, su abuela había estado entrando y saliendo de la realidad. En un momento estaba tan lúcida como una persona joven y, de repente, se ponía a llamarlo Simón. ¿Quién era ese Si­món? Gregor no tenía ni la menor idea.

Hace algunos años todo habría sido diferente. Por aquel entonces su madre sólo trabajaba media jornada, y su padre, que era profesor de Ciencias en un instituto, estaba de vacaciones todo el verano. Él se habría ocupado de Boots. Pero desde que su padre había desaparecido una noche, el papel de Gregor en la familia había cambiado. Era el mayor, por lo que habian recaído sobre él muchas responsabilidades. Cuidar de sus hermanas pequeñas era una de ellas.

De modo que Gregor se había limitado a contes­tar: «No pasa nada, mamá, de todas maneras, el campamen­to es para niños pequeños». Se había encogido de hombros para hacer ver que, a sus once años, el campamento ya no le interesaba nada. Pero sólo había conseguido que su madre se entristeciera más.

«¿Quieres que se quede Lizzie en casa contigo? ¿Pa­ra que te haga un poco de compañía?», le había preguntado.

Al oír esto, una expresión de pánico había cruzado el semblante de Lizzie. Probablemente se habría echado a llorar si Gregor no hubiera rechazado la idea. «No, deja que se vaya. Será divertido quedarme con Boots».

De modo que ahí estaba. No era divertido. No era divertido pasarse todo el verano encerrado con una niña de dos años y una abuela que pensaba que era alguien llamado...

—¡Simón! —oyó a su abuela llamar desde el dor­mitorio. Gregor sacudió la cabeza, pero no pudo reprimir una sonrisa.

—¡Ya voy, abuela! —contestó, metiéndose en la bo­ca lo que quedaba del cubito de hielo.

Un resplandor dorado invadía la habitación mien­tras los rayos del sol pugnaban por abrirse paso a través de las persianas. Su abuela estaba tumbada en la cama, cubier­ta con una fina colcha de retales de algodón. Cada retal provenía de algún vestido que la abuela se había ido ha­ciendo a lo largo de los años. En sus momentos de mayor lucidez, repasaba los retales con Gregor.

—Este de lunarcitos lo llevé en la graduación de mi prima Lucy cuando yo tenía once años; este amarillo li­món era de un vestido de fiesta y este blanco es de mi vestido de novia, no te miento.

Este, sin embargo, no era un momento de lucidez.

—Simón —dijo, y su rostro mostró una expresión de alivio al verlo. Pensé que se te había olvidado la tartera. Te entrará hambre después de arar la tierra.

Su abuela se había criado en una granja en Virgi­nia y había venido a Nueva York al casarse con su abuelo. Nunca se había acostumbrado del todo a la ciudad. A ve­ces Gregor se alegraba secretamente de que, en su cabe­za, la abuela pudiera regresar a su granja. Y le daba un poquito de envidia. No era nada divertido estar encerra­do todo el tiempo en casa. A estas horas el autobús ya es­taría llegando al campamento, y Lizzie y los demás niños estarían...

¡Gue-go! —chilló una vocecita. Una cabecita riza­da asomó por el borde de la cuna—. ¡Quero salir! —Boots se metió en la boca la punta empapada en saliva del rabo de un perrito de peluche y extendió ambos brazos hacia él. Gregor levantó a su hermana por los aires y le hizo una sonora pedorreta en la tripa. Ella se rió, soltando el peluche. Gregor la dejó en el suelo para recogerlo.

—¡Llévate el sombrero! —le dijo su abuela, que se­guía en algún lugar de Virginia.

Gregor le tomó la mano para tratar de atraer su atención.

—¿Quieres beber algo fresquito, abuela? ¿Qué tal una gaseosa?

Ella se echó a reír.

—¿Una gaseosa? ¿Qué es, mi cumpleaños?

¿Qué se podía contestar a una pregunta así?

Gregor le apretó la mano y cogió a Boots en brazos.

—Vuelvo enseguida —dijo en voz alta.

Su abuela seguía riéndose.

—¡Una gaseosa! —repitió, secándose los ojos.

En la cocina, Gregor sirvió gaseosa helada en un vaso y le preparó a Boots un biberón de leche.

Fío —dijo la niña muy contenta, pasándoselo por la cara.

—Sí, bien fresquito, Boots —le contestó Gregor.

Se sobresaltó al oír el timbre de la puerta. Hacía más de cuarenta años que la mirilla no servía para nada.

—¿Quién es? —preguntó.

—Soy la señora Cormacci, cielo. ¡Le dije a tu ma­dre que me pasaría a las cuatro a hacerle compañía a tu abuela! —le respondió una voz. Entonces Gregor recordó el montón de ropa sucia que tenía que llevar a la lavande­ría. Era un buen pretexto para salir un rato del aparta­mento.

Abrió la puerta y en el umbral encontró a la seño­ra Cormacci derretida de calor.

—¡Hola! Qué espanto, ¿verdad? ¡Con lo mal que soporto yo el calor! —Entró en casa afanosamente, enjugán­dose el sudor con un viejo pañuelo—. Oh, eres un amor, ¿es para mí? —dijo, y antes de que Gregor pudiera decir nada, se había bebido la gaseosa de un solo trago, como si llevara va­rios días perdida en el desierto sin probar una gota de agua.

—Claro —farfulló Gregor, dirigiéndose a la cocina para prepararle otra a su abuela. No le caía mal la señora Cormacci, y hoy era casi un alivio verla—, «Fantástico, no es más que el primer día y ya me emociono con la idea de ir a la lavandería», pensó Gregor. «Para cuando llegue septiem­bre, seguro que doy saltos de alegría sólo porque llega el re­cibo del teléfono».

La señora Cormacci le devolvió el vaso para que le sirviera otra gaseosa.

—Bueno, jovencito, ¿cuándo me vas a dejar que te eche las cartas? Ya sabes que tengo dotes adivinatorias —dijo.

La señora Cormacci ponía anuncios en los buzones ofre­ciéndose para leer las cartas del tarot por diez dólares. «A ti no te cobro nada», solía decirle a Gregor. Este nunca acep­taba porque tenía la sospecha de que la señora Cormacci terminaría haciendo muchas más preguntas que él. Pregun­tas a las que no podía contestar. Preguntas sobre su padre.

Farfulló algo sobre que tenía que ir a la lavandería y se fue corriendo a buscar la ropa sucia. Conociendo a la señora Cormacci, probablemente tendría una baraja de cartas en el bolsillo.

Abajo, en la lavandería, Gregor separó la ropa lo mejor que supo, en tres montoncitos distintos: uno para la ropa blanca, otro para la de color y otro para la oscura... ¿Qué se suponía que tenía que hacer con los pantaloncitos a rayas blancas y negras de Boots? Los colocó en el montón de la ropa oscura, con la certeza de que era un error.

De todas maneras la mayor parte de su ropa tenía un colorcillo como tirando a gris, de vieja, no porque hubiera desteñido al lavarla. Los pantalones cortos de Gregor no eran más que sus viejos pantalones de invierno, cor­tados a la altura de las rodillas, y sólo tenía unas cuantas ca­misetas del año pasado que no le hubieran quedado pequeñas ya. ¿Pero qué más daba, si total se iba a quedar encerrado en casa todo el verano?

—¡Pelota! —gritó Boots angustiada—. ¡Pelota!

Gregor extendió el brazo entre las secadoras y sa­có la vieja pelota de tenis con la que Boots estaba jugando. La sacudió para desprender las pelusas que se le habían quedado pegadas y se la lanzó a su hermana. Boots corrió como un perrito detrás de ella.

«Vaya pinta llevas», pensó Gregor con una risita. «¡Menudo desastre estás hecha!». Los restos del almuerzo —ensalada de huevo duro y natillas de chocolate— se veían con toda claridad en la carita y la camiseta de la niña. Tenía las manitas pintadas de rotulador violeta y Gregor pensó que esas manchas no saldrían ni con amoniaco. El pañal le colgaba casi hasta las rodillas. Hacía demasiado calor para ponerle un pantalón corto.

Boots volvió corriendo hacia él blandiendo la pe­lota, con los rizos llenos de pelusas. Su carita sudorosa lucía una sonrisa de oreja a oreja mientras se la ofrecía a Gregor.

—¿Por qué estás tan contenta, Boots? —le preguntó.

—¡Pelota! —contestó, y luego chocó a propósito su cabeza contra la rodilla de Gregor, para que espabilara. Gregor le lanzó la pelota por el pasillo, entre las lavadoras y las secadoras, y Boots salió corriendo tras ella.

Mientras proseguía el juego, Gregor trató de recor­dar la última vez que se había sentido tan feliz como Boots ahora con su pelota. Había habido momentos bastante bue­nos en los últimos dos años. La banda de música de la escue­la pública había tocado en el Carnegie Hall. Eso había estado genial. Gregor incluso había tocado un solo con su saxofón. Las cosas siempre se veían mejor cuando tocaba; las notas de música parecían llevarlo a un mundo totalmente distinto.

El atletismo también estaba bien. A Gregor le gustaba correr por la pista, esforzar su cuerpo al máximo, hasta expulsar todo pensamiento de su mente.

Pero si era sincero consigo mismo, Gregor sabía que hacía años que no había conocido la verdadera felici­dad. Exactamente dos años, siete meses y trece días, pensó. No necesitaba pararse a contar, los números aparecieron automáticamente en su cabeza. Tenía una calculadora in­terna que siempre sabía exactamente cuánto tiempo hacía que había desaparecido su padre.

Claro que Boots podía sentirse feliz, ella entonces ni siquiera había nacido, y Lizzie tenía sólo cuatro años. Pero Gregor tenía ocho, y no sé había perdido un solo detalle de cuanto había sucedido; como por ejemplo las llamadas deses­peradas a la policía, que había reaccionado casi con aburri­miento al hecho de que su padre se hubiera desvanecido sin dejar rastro. Era obvio que pensaban que se había largado. In­cluso habían dado a entender que había sido con otra mujer.

Pero eso no podía ser cierto. Si había algo de lo que Gregor estaba seguro, era de que su padre quería a su madre, que los quería a él y a Lizzie, y que habría querido también a Boots.

Pero entonces... ¿cómo podía haberlos abandona­do así, sin una sola palabra?

Gregor no podía creer que su padre fuera capaz de dejar tirada a su familia sin mirar atrás.

—Acéptalo —dijo en voz queda—. Está muerto. —Una oleada de dolor lo recorrió de arriba abajo. No era cierto. No podía ser cierto. Su padre iba a regresar porque... porque... ¿porque qué? ¿Porque lo deseaba tanto que tenía que ser verdad? ¿Porque lo necesitaban?—. «No», pensó Gregor. «Es porque lo presiento. Sé que va a regresar».

El ciclo de lavado llegó a su fin y Gregor apiló to­da la ropa en un par de secadoras.

—¡Y cuando vuelva, será mejor que tenga una buena explicación para justificar dónde ha estado todo este tiempo! —rezongó Gregor cerrando con fuerza la puerta de la secadora—. Como por ejemplo que se dio un golpe en la cabeza y olvidó quién era. O que lo secuestraron unos extraterrestres. En la tele salía mucha gente que decía que había sido secuestrada por extraterrestres. A lo mejor po­día ocurrir de verdad.

En su cabeza solía barajar distintas posibilidades, pero en casa raramente hablaban de su padre. Había un acuerdo tácito de que iba a regresar. Todos los vecinos pensaban que se había largado sin más. Los adultos nunca mencionaban a su padre, ni tampoco la mayoría de los ni­ños; de todas maneras, cerca de la mitad de ellos tampoco tenía padre. Pero los desconocidos sí que preguntaban a veces. Tras cerca de un año de tratar de explicar lo que ha­bía pasado, Gregor se inventó la historia de que sus padres estaban divorciados y su padre vivía en California. Era mentira, pero la gente se lo creía, mientras que nadie pare­cía dispuesto a creerse la verdad, fuera cual fuera.

—Y cuando vuelva a casa me acompañará a... —empezó a decir Gregor en voz alta, y luego se detuvo. Estaba a punto de romper la norma. La norma consistía en que no podía pensar en cosas que ocurrirían cuando volviera su padre. Y como su padre podía volver en cual­quier momento, Gregor no se permitía a sí mismo pensar en absoluto en el futuro. Tenía la extraña sensación de que si imaginaba acontecimientos concretos, como tener a su padre de vuelta en casa la próxima Navidad, o que ayudara a entrenar al equipo de atletismo, nunca sucede­rían. Además, por muy feliz que se sintiera mientras so­ñaba despierto, la vuelta a la realidad resultaba siempre más dolorosa. De modo que esa era la norma. Gregor tenía que mantener su mente en el presente y olvidarse del futuro. Era consciente de que su sistema no era muy bue­no, pero era la mejor manera que había encontrado para ir tirando.

Gregor se dio cuenta entonces de que Boots lleva­ba un tiempo sospechosamente callada. Miró a su alrede­dor y se asustó al no encontrarla inmediatamente. Enton­ces descubrió una sandalia rosa que sobresalía de la boca de la última secadora.

—¡Boots! ¡Sal de ahí! —gritó Gregor.

Había que vigilarla cuando había aparatos eléctri­cos cerca. Le encantaban los enchufes.

Mientras atravesaba corriendo la lavandería, Gre­gor oyó un sonido metálico y luego una risita de Boots. «Genial, ahora está destrozando la secadora», pensó, apretando el paso. Cuando llegó al otro extremo de la habita­ción, se encontró cara a cara con una extraña escena.

La rejilla metálica que cerraba un viejo conducto de aire y que estaba fijada al marco por dos goznes oxida­dos se encontraba ahora abierta de par en par. Boots mira­ba por el agujero, de unos sesenta centímetros cuadrados, que se abría en la pared del edificio. Desde donde se en­contraba, Gregor sólo veía oscuridad. Después vio una vo­luta de... ¿qué era aquello? ¿Vapor? ¿Humo? No parecía ni una cosa ni la otra. Un extraño vaho salía del agujero, for­mando espirales alrededor de Boots. Esta estiró los brazos con curiosidad y se inclinó hacia delante.

—¡No! —gritó Gregor lanzándose hacia ella, pero el conducto de aire pareció aspirar el cuerpecito de Boots. Sin pararse a pensar, Gregor metió la cabeza y los hombros en el agujero. La rejilla metálica se cerró de repente, gol­peándole la espalda. Cuando quiso darse cuenta, estaba ca­yendo al vacío.

Capitulo Segundo

Gregor giró en el aire, tratando de colocar su cuerpo de manera que no cayera encima de Boots cuando chocaran contra el suelo del sótano, pero el impacto no llegó. Entonces recordó que la lavandería estaba en el sótano. ¿Adonde llevaba pues el agujero por el que ha­bían caído?

Las volutas de vaho se habían convertido en una densa neblina que generaba una tenue luz. Gregor sólo al­canzaba a ver cerca de un metro en cada dirección. Sus dedos pugnaban desesperadamente por aferrar la niebla blanquecina, tratando de encontrar algún asidero, pero en vano. Estaba cayendo en picado a tanta velocidad que su ropa se inflaba como un globo alrededor del cuerpo.

—¡Boots! —gritó. La voz retumbó con un eco sobrecogedor. Así que pensó que el agujero debía de tener paredes. Volvió a llamar—: ¡Boots!

Oyó una risita alegre unos metros más abajo.

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