José Miguel Puerta Vílchez






descargar 115.39 Kb.
títuloJosé Miguel Puerta Vílchez
página1/3
fecha de publicación09.09.2015
tamaño115.39 Kb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Derecho > Documentos
  1   2   3
Un asceta en la corte nazarí
Los siete misterios de los sentidos, la imaginación y la creatividad

José Miguel Puerta Vílchez


Diríase que la energía organizadora de los arquetipos, que trasciende incluso a la codificación de los lenguajes y de las estructuras sociales y simbólicas que configuran las civilizaciones, es la que moldea nuestra psique y la que nos hace buscar y difrutar de espacios como los de la Alhambra, a pesar de la penumbra que a menudo envuelve al conocimiento exacto de su historia y de sus formas, y lo que es más llamativo aún, dicha fuerza arquetípica es la que nos impulsa a imaginar el mundo así ordenado y nos hace reproducir, inconscientemente, sus ideales y esquemáticos modos de operar.

Por ello, cuando el Centro Mediterráneo de la Universidad de Granada me invitó a participar en un seminario sobre el Palacio de Comares en septiembre de 2002, no pude sino volver la mirada hacia Damasco y retomar la aventura de este asceta de la Granada nazarí, gestada en la capital siria durante unos encuentros sobre arte y sufismo organizados en la primavera de 2001 por el Instituto Cervantes en Damasco. Lo que entonces fue una ensoñación árabe sobrevenida en el Oriente veía ahora la luz, con la simetría del paradigma y en español, en la colina de la Alhambra y en el propio Palacio de Comares. El itinerario circular del asceta nazarí, y del presente texto, decidían pues cerrarse.

Pero he de confesar que, al apurarme en dar forma a este relato, pronto me vi sorprendido por el cúmulo de azares al que me precipitó la experiencia, producto, con casi toda seguridad, de la poderosa urdimbre arquetípica con que parece estar tejida nuestra mente. Aunque la trama del texto que sigue se reduce a la recreación de unos cuantos datos históricos, los extraídos en concreto de la escueta biografía que del asceta del Valle de Lecrín, Ibn Yáafar el Conchí (al-Qunyi), incluye Ibn al-Jatíb en la Ihata, y a una supuesta visita de dicho asceta a la corte de Yúsuf I a la hora de su definitivo regreso a Granada, recreación emprendida con el único fin de reflexionar, en un tono algo más lúdico al que acostumbramos a utilizar cuando asumimos el papel del historiador del arte, el arqueólogo o el arabista, sobre algunos de los problemas candentes en la época en que se edificaba el Palacio de Comares en la Alhambra, lo cierto es que el mismo relato se vio inintencionada, pero irremisiblemente, atrapado en la misma red de símbolos que pretendía ilustrar.

En efecto, la peripecia de este asceta nos conduce ante el debatido tema en el islam clásico de la moralidad o no de la arquitectura monumental, defendida por unos en tanto que modo de simbolización de la realeza con el fin de cohesionar a la sociedad, censurada por otros acusándola de responder al afán de lujo y dominio de los potentados, o nos acerca a las disputas sobre la verdad y la mentira en el arte, o sobre la función del artista cortesano y las relaciones entre literatura, arte y pensamiento en la Granada nazarí, y todo ello con el telón de fondo de las duras condiciones económicas y los conflictos sociales que afectaban a la población granadina del s. XIV, lo que llevó a amplios sectores de la misma a ampararse en formas populares de misticismo y ascetismo, en ocasiones alentadas por el mismo sultanato, a veces temidas y perseguidas por éste y por el estamento oficial malikí. Mas, las coordenadas, nunca obsoluta y racionalmente premeditadas, de la historia de al-Conchí terminaron por erigir su propio mundo imaginal, de aliento platónico tal vez. Los esquemas del pensamiento místico se solapan, y se contraponen, con los de la arquitectura áulica. Al viaje juvenil al Oriente en pos de la iluminación y el saber emprendido por el protagonista de la historia, le sigue un viaje de retorno al origen, pero también al ocaso del Occidente, de la misma manera que la visita de nuestro asceta a los palacios de la Alhambra parece evocar un esforzado camino de ascenso, y de afuera hacia dentro, que si bien le hacen recuperar al amigo perdido y solazarse con sus creaciones artísticas, pronto le recuerdan el oscuro motivo de su exilio y le empujan a completar su postrero retiro alejado de la corte.

Aquí los símbolos se empeñan en confrontarse arquetípicamente: la ciudad y sus oropeles frente a la sencillez del campo, el jardín áulico frente al pequeño huerto, la gran torre regia frente al perdido torreón de Cónchar, la majestuosa representación de los siete cielos del salón del trono creados por el artista, frente a la contemplación de la sublime maravilla del firmamento creado por Dios. Y el número siete actuó, por supuesto, de acuerdo con su mágica reputación: no sólo mi incrédula mirada llegó a advertir, in extremis, la alusión a los siete cielos introducida por Abu l-Barakat al-Balafiqi en el poema que le brindó a su amigo asceta del Valle de Lecrín y que conservó Ibn al-Jatíb en la Ihata, sino que reparó después, con estupor, que dicho poema se componía, precisamente, de siete versos.

Así las cosas, y ante la no menos enigmática y gozosa fortuna de tejerse el relato en dos piezas de siete casuales páginas cada una, fingí haber recuperado, de la obra perdida de Ibn Yáafar al-Conchí, siete misterios consagrados a la creación artística y la imaginación. Imité con palabras del siglo XXI las imágenes de aquel cerebro del siglo XIV, le hice pensar lo que con casi toda seguridad nunca pensó y hasta me atreví a comprender su visión del mundo y sus sentimientos, aunque, eso sí, siempre trate de ser fiel a la moderación de su sufismo y a su bondadosa condición.

Finalmente, he de confesar que varios colegas de España, Siria y el Magreb consagrados al estudio del sufismo, y que tuvieron la oportunidad de conocer los primeros borradores árabes de este relato, me solicitaron encarecidamente una copia del manuscrito de Ibn Yáafar al-Conchí, no sé si porque fui demasiado lejos al imitar la voz de nuestro asceta de Cónchar o debido simplemente a la sorna y el buen humor con que se suelen adornar las almas que se ocupan a diario de las sutilezas del espíritu y del corazón.

Un asceta en la corte nazarí
Los siete misterios de los sentidos, la imaginación y la creatividad

... enfermedad a causa del mundo y sus oropeles,

esa es mi dolencia.
Ibn Yáafar al-Conchí
Durante la agotadora ascensión a la Sabika, Ibn Yáafar al-Conchí se encontraba inmerso en un profundo estado de estupor del que no se había desprendido desde su regreso, la noche anterior, del viaje a Oriente que estuvo a punto de arrancarlo de su lugar de origen para siempre. Sólo había podido descansar un par de horas en un pequeño catre del funduq situado en el zoco de la medina. El mayordomo de nuestro señor el sultán se presentó al amanecer para despertar al peregrino retornado y conducirle ante el Príncipe de los Creyentes. Después de más de tres décadas de ausencia, al-Conchí ya no era aquel joven que un día abandonó Iqlím Garnata (el Valle de Lecrín) para buscar la Fuente del Sol y el Esplendor, o quizás huyendo de la necedad y arbitrariedades de algunos potentados. Ahora, ahí montado en la acémila del mayordomo del sultán en dirección a la Sabika, siente que el mundo en derredor es mucho más extraño que nunca. ¿De qué sirve regresar a una ciudad que se ha transformado en una gran urbe en cuyos angostos barrios amurallados bullen ingentes bandadas de almas llegadas de todos los rincones del mundo habitado, huyendo de la maldita epidemia de peste que acaba de extenderse incluso hasta el reducto de los Banú Nasr, según fue informado al-Conchí en Ifriqiya cuando se disponía a embarcarse rumbo a al-Andalus? ¡Qué desgraciado es quien no se libera de la perpetua nostalgia del origen y las raíces! El alocado ajetreo que había en su antigua ciudad lo tenía desconcertado, ya que, junto con las idas y venidas de la gente por los zocos y el correr de hombres, mujeres y niños trasladando enfermos a hospitales y casas, dentro del estado de movilización general decretado en el reino, para combatir la epidemia, se movían por todos los rincones de Granada grupos no habituales de soldados y hombres armados. Le sorprendieron, de igual modo, los trabajos de construcción extendidos por doquier, principalmente en la colina de la Sabika, de la que sólo conocía en su juventud las murallas y algunas torres de la Alcazaba, más unas pocas y modestas edificaciones contiguas. En esta fría mañana, Ibn Yáafar se quedó impresionado por el cúmulo de elevadas torres que despuntaban sobre aquel límpido cielo, y le asaltó una contradictoria sensación de temor y orgullo ante la grandeza que adquiría su pequeña ciudad, tantas veces desangrada en el lodazal de la guerra civil. La acémila se detuvo para recuperar el aliento bajo la Puerta de la Xaría (de la Justicia). Su anciano viajero lanzó una mirada de perplejidad y asombro frente a tamaña construcción. El mayordomo de su majestad abrió por primera vez la boca para indicar: “Nos apuramos en concluir la gran puerta con el fin de honrar nuestro glorioso credo coincidiendo con la inminente efemérides de la Natividad del Profeta –Dios le bendiga y salve-“. Al-Conchí se demoró leyendo la inscripción grabada con una elegante y esbelta caligrafía árabe sobre tres anchas lozas de mármol, mientras tres obreros se aplicaban en dejarla bien fijada en el arco de entrada junto a los símbolos de la mano y la llave protectores del lugar:
Ordenó construir esta puerta, llamada Bab al-Xaría -¡Dios haga venturosa con ella la Ley del islam y en motivo de gloria permanente a través de los tiempos la convierta!-, nuestro señor el Príncipe de los Musulmanes, el sultán justo y combatiente Abú l-Hachách Yúsuf, hijo de nuestro señor el sultán venerado y combatiente Ibn al-Walíd ibn Nasr -¡Dios recompense en el islam sus obras virtuosas y acepte sus esforzadas hazañas [por la causa de Dios]!-. Y esto pudo concluirse en el mes del excelso Nacimiento del año 749 [30 de mayo-28 de junio de 1348]. ¡Que Dios en dispositivo protector la transforme y entre las eternas obras pías la consigne!
Nada más reanudar Ibn Yáafar la marcha a lomos de la montura del mayodormo de palacio para penetrar por la Puerta de la Justicia, su mirada se encontró con la de un hombre de baja estatura, igual que él, y de semejante edad y facciones, que dejó en el acto de impartir indicaciones a los obreros que colocaban la inscripción para lanzarse, con lágrimas en los ojos, a besar los pies del peregrino retornado:
– ¿Eres tú en verdad? ¿Eres tú, Abú Abd Allah Ibn Yáafar, asceta de Cónchar del Valle de Lecrín? ¡Ay, mi querido hermano errante, había perdido cualquier esperanza de volver a verte antes de abandonar este mundo!
Ibn Yáafar estrechó en sus brazos a aquel hombre, y ambos marcharon a pie en dirección a palacio. Recuerdos de una infancia y adolescencia comunes en la escuela coránica, en el campo y en las callejuelas del Albaycín bullían en sus corazones. Al-Conchí contó a su entrañable par, Ridwán el geómetra, con una economía de palabras desacostumbrada en él cuando eran jóvenes, que el Todopoderoso le había permitido cumplir con el deber de la peregrinación y que el destino le había deparado una tranquila y fructífera estancia en tierras del Xám y Egipto, donde siguió las enseñanzas de los más eminentes maestros de la época, como Tach al-Din Ibn Ata’ Allah de Alejandría, y que se hizo hortelano para ganarse el pan de una esposa y una hija y para adorar al Creador contemplando las maravillas de su creación.

El mayodormo despidió al asceta de Cónchar ante una pequeña entrada con arco por la que un instante antes había desaparecido el geómetra Ridwán agachándose levemente. “Volveré después de la oración de mediodía para que comparezcas ante nuestro señor el sultán, a quien Dios dé la Victoria”, dijo el enviado del rey a su anciano huésped. Al-Conchí movió la cabeza en señal de aprobación y despedida, y entró en la casa del geómetra situada entre la medina que había crecido en la Sabika y el palacio real en construcción. Al entrar, Ibn Yáafar se quedó asombrado con el espectáculo: cientos de bocetos y dibujos geométricos de todas las formas y tamaños cubrían las paredes y una larga tarima dispuesta en el centro de una amplia habitación iluminada por delicadas celosías cenitales.
– ¿Todavía sigues, mi pobre amigo, perdido en esos juegos de figuras y colores?
Exclamó al-Conchí con cariño, mientras volvía a contemplar, después de toda una vida, aquel brillo que emanaba de los ojos de su amigo Ridwán en los instantes de dicha y creación. El geómetra se apresuró a mostrarle al amigo errante sus últimas creaciones: una variada serie de estrellas geométricas pensadas para representar los siete cielos mencionados en el Libro Sagrado y construir la gran cúpula de madera del Salón del Trono de nuestro señor Abú l-Hachách Yúsuf, Príncipe de los Creyentes. Ridwán estaba realmente obsesionado con la idea. Fue extendiendo hoja tras hoja ante los ojos de Ibn Yáafar y, sin dejar que el compañero recuperado terminase de relatar su periplo a Oriente, se lanzó a explicar:
– ¡Mi querido amigo asceta y peregrino! Bien sabes que durante toda la vida me he esforzado en extraer las más bellas formas ocultas en la creación del Todopoderoso. Pero, hoy, hoy mismo, puedo anunciarte que por fin he alcanzado la meta con que tanto soñé. El Altísimo se ha apiadado de mí con las sutiles ideas de Su inspiración. ¡Fíjate! Primero, concebí las figuras geométricas de todas las estrellas del cielo. La tarea ha estado a punto de acabar conmigo. Nuestros maestros tenían una aquilatada experiencia en el arte de la geometría y no es en absoluto sencillo descubrir nuevas composiciones equilibradas, armoniosas y bellas. Observa, mi querido hermano: ¡por primera vez me he atrevido a desarrollar una obra geométrica completa utilizando tipos de estrellas de distinto número de ángulos. He dibujado estrellas de dieciséis con diversa traza junto con estrellas de ocho, igualmente de diferente traza, para representar los siete niveles de estrellas dentro de un conjunto celeste uno e integrado. Por lo que yo sé, ningún geómetra lo había realizado con anterioridad. Y lo que es más importante aún, comprueba cómo he transformado el orden geométrico requerido matemáticamente en los cuatro vértices de la cúpula, con la intención de dar forma al Árbol del Universo sobre el que nuestro maestro Abú Muhammad al-Rundi nos hablaba al comentar las palabras del Altísimo: ¿No has visto cómo ha propuesto Dios como símil una buena palabra, semejante a un árbol bueno, de raíz firme y copa que se eleva en el aire, que da fruto en toda estación, con permiso de su Señor? (Corán 14, 24-25). Es un hallazgo mío, quiero decir que he realizado un supremo esfuerzo para insertar el Árbol del Universo en perfecta armonía formal y cromática con la totalidad de estrellas del Salón del Trono.
Ibn Yáafar recordó con nostalgia aquellos remotos días en la escuela, al tiempo que se le venía a la mente la imagen de un manuscrito que vio en posesión de un asceta persa con el que se encontró en Damasco antes de que el ansia de retorno a lo que todavía quedaba de al-Andalus se apoderase definitivamente de su alma. Pero sin dar opción a que su amigo Ibn Yáafar le preguntase si había tenido noticia de dicha imagen dibujada del Árbol del Universo u otra similar, se apresuró el geómetra a añadir:
– Lo importante, entrañable hermano, es que nuestro señor Abú l-Hayyáy Yúsuf es un imán piadoso y ha solicitado de mí que siga los textos de los Santos Doctores (awliya) para construir su gran qubba cual majestuosa representación de la sagrada azora al-Mulk (del Dominio divino). Él es el dueño de la idea, de la misma manera que es el dueño de nuestras vidas. Su majestad me aconsejó asimismo culminar su cielo de madera con un cupulín que resumiese las figuras y el colorido de la gran cúpula del Salón. Y así lo hicimos. Ven, mira el resultado.
El geómetra condujo a su antiguo amigo a una pieza contigua, donde Ibn Yáafar no pudo reprimir una exclamación de asombro al contemplar un modelo tridimensional de la cúpula, de menos de un metro cuadrado y en papel, dispuesto, con toda su belleza, sobre una mesa junto a la que se veía un gastado camastro tirado en el suelo.
– Cada color tiene su secreto celeste y lumínico –prosiguió aclarando el geómetra Ridwán con entusiasmo-. Elegí, elegimos, el blanco, el rojo y el verde, en sus diferentes tonalidades de más a menos luminosa, de acuerdo con las descripciones que los Santos Doctores nos han transmitido a propósito del paraíso celestial y la ascensión del Profeta. Como sabes, y como puedes ver, la luz divina se propaga por el Universo iluminando y dando vida a todas las criaturas. Empleé, empleamos, el blanco más puro y luminoso únicamente en el centro y reservamos el blanco de nuez para los centros de las estrellas del segundo nivel, bajo la cumbre del trono celeste, simbolizando el reflejo de la luz divina en perpetua emanación. Los centros de las estrellas secundarias representan la morada de los Bienaventurados, por lo que son menos luminosas y radiantes que la que ocupa el Altísimo, alabado y ensalzado sea. Los zafates del resto de las estrellas los pintamos con tres tonalidades de rojo y otras tantas tonalidades de verde, interpretando las enseñanzas de los Sabios Teósofos (al-muta’allihín) acerca de la naturaleza y forma del Paraíso Celestial. El Creador, el Sublime, ha otorgado generosamente a estos materiales preciosos las virtudes de la luz, la perfección, el bien y la eternidad. Tú sabes mejor que yo que aquellos Sabios abundaron en la comparación de las moradas y estancias del paraíso celeste con las piedras preciosas, sobre todo con el rubí, el topacio y la esmeralda. El resultado es impresionante, ¿no crees? ¡Y si vieses el techo de verdad a punto de ser concluido...! ¡Figúrate, los lados de la base cuadrada de la cúpula erigida en madera miden 11,30 metros y su altura alcanza los 18,20! Es más, ¡el diámetro de las estrellas mayores del techo es de 2,50 metros y se han empleado para construir la cúpula un total de 8.017 piezas, ni una más ni una menos! ¿Todo este diseño geométrico, con la sublime y noble gama de conceptos que atesora, no es digno de decorar el Salón del Trono de nuestro señor, el Príncipe de los Creyentes, en el seno de la más prominente y célebre torre de nuestro tiempo que se eleva a más de 45 metros de altura?

Ibn Yáafar esbozó una sonrisa sin pronunciar palabra alguna mientras una cascada de ideas contrapuestas se precipitaba en su interior y devastaba su cuerpo añoso y encorvado. Recordó sus febriles lecturas de los capítulos dedicados al Árbol del Universo, el Paraíso y la Ascensión Nocturna del Profeta en todos aquellos tomos que había ido reuniendo con tesón durante su segunda juventud en Damasco. Se había acostumbrado, entonces, a serenar su espíritu y a gozar contemplando los astros en la inmensidad e infinitud del firmamento divino, por lo que, a pesar de gustarle aquellos sugestivos diseños que se afanaban por idear geómetras y artesanos, no podía sino considerarlos una triste y pálida metáfora de los cielos creados por el Todopoderoso. Durante sus tranquilas contemplaciones nocturnas en su huerto damasceno, lo sorprendía a veces un poderoso deseo de expresarse con poemas, o cantar y bailar, pero siempre domeñaba su pasión y se conformaba con su íntima e intransferible experiencia contemplativa.

En ese instante apareció el mayordomo, que con un ostensible gesto de su mano puso fin a las cavilaciones de al-Conchí apremiándole para dirigirse de inmediato a palacio. Tras cruzar dos plazas, el mayordomo y el asceta peregrino atravesaron la Calle Real y se adentraron en un laberinto de estrechos y tortuosos pasillos separados entre sí por puertas sometidas a férrea vigilancia. Los dos hombres llegaron a lo que debía de ser, a ojos de al-Conchí, un amplísimo patio en vías de construcción. Una vez que lo hubieron recorrido, Ibn Yáafar se encontró en una sala de dimensiones, elevación y solemnidad jamás vistas por él en su ya dilatada existencia. En el interior se apaciguó el ruido de los albañiles, cuyos trabajos se extendían por todos los rincones del palacio y de la Sabika, pero podía aún distinguir el tropel de la soldadesca y lejanos gritos de espanto, que al-Conchí atribuyó a la amenaza de la plaga negra que se expandía hasta el recinto de la propia residencia real. Enseguida apareció el rey sobre su estrado en el centro del testero norte del Salón del Trono, y se quedó mirando detenidamente al rostro de Ibn Yáafar al-Conchí. Luego, le brindó el saludo y manifestó a su huésped el interés que sentía por las cuestiones espirituales, interés que arreciaba en su corazón en aquellas circunstancias extremadamente crudas que el destino había prescrito para al-Andalus. Su majestad invitó a nuestro asceta a relatar las maravillas conocidas durante su prolongado viaje, y no olvidó informar a al-Conchí sobre la presencia en tierras de Granada de un grupo de ascetas provenientes de Jorasán, del país de los persas, apostillándole que el Glorioso y Majestuoso había tenido a bien que la piedad, la ascesis y la mística se propagaran por su reino.

Al-Conchí había sido invitado en más de una ocasión a visitar esta o aquella corte en Oriente y Occidente, y en semejantes circunstancias siempre se apoderaba de él un oscuro sentimiento de prevención, cuidado y temor, y en su espíritu se instalaba un hondo deseo de retornar a su pequeño huerto de la Campiña de Damasco. Tras un corto silencio, Ibn Yáafar al-Conchí satisfizo la petición de Abú l-Hayyáy Yúsuf con su acostumbrada humildad y reverencia, y con parquedad. Nada más terminar Ibn Yáafar su exposición, se adelantó el doble visir Ibn al-Yayyáb, que era diez años menor que al-Conchí y había logrado congeniar sus ocupaciones políticas con sus viajes a Málaga en calidad de activo seguidor del santón Abú Abd Allah al-Sáhili, y pidió permiso al sultán para recitar la casida que él mismo había compuesto para ser grabada en el Salón del Trono e ilustrar así al asceta de Cónchar retornado, sobre los nobles fines del Príncipe de los Creyentes. El sultán aplaudió la iniciativa de su poeta oficial y ministro, quien comenzó acto seguido a entonar:
Ella es la Suprema Cúpula y nosotras somos sus hijas,

aunque el favor y la gloria es a mí a quien pertenecen,

al ser yo, sin duda, el corazón y ellas los miembros,

y en el corazón es donde la fuerza del espíritu y el alma resplandece.

Si mis hermanas son constelaciones en su cielo [de la Cúpula]

en mí, y no en ellas, recae el honor de tener el sol.

Mi señor Yúsuf, por Dios sustentado, me vistió

con ropas de dignidad e indudable distinción,

convirtiéndome en trono del reino, cuya grandeza

se sustenta gracias a la Luz, el Asiento y el Trono [divinos].
Mientras escuchaba la voz algo estridente y ruda de Ibn al-Yayyáb, al-Conchí elevó la vista hacia la alta cúpula y se sintió intensamente sobrecogido por la majestuosidad del lugar. Su mirada se detuvo ante un artesano que pintaba de color blanco unos grandes caracteres labrados en la base de madera de la cúpula y comenzó a leerlos, aunque enseguida balbuceó de memoria las santas aleyas allí transcritas: ¡Bendito sea Aquél en cuya mano está el dominio! Es omnipotente. Es Quien ha creado la muerte y la vida para probaros, para ver quién de vosotros es el que mejor se porta. Es el Poderoso, el Indulgente. Es Quien ha creado los siete cielos superpuestos. No ves ninguna contradicción en la creación del Compasivo. ¡Mira otra vez! ¿Adviertes alguna falla? Luego, mira otras dos veces: tu mirada volverá a ti cansada, agotada. Hemos engalanado el cielo más bajo con luminares, de los que hemos hecho proyectiles contra los demonios y hemos preparado para ellos el castigo del fuego de la gehena. En ese momento se le reprodujeron a Ibn Yáafar ante sus ojos los luminosos y maravillosos trazados geométricos de su amigo Ridwán, mezclándose en su imaginación con la elevadísima cúpula de madera, que aguardaba aún la esmerada y ardua tarea de pintura. Entonces, sonrió Ibn Yáafar para sí comprendiendo a la perfección hasta qué punto se habían materializado los sueños artísticos de su amigo Ridwán, transformado ahora en comentarista geómetra del Libro Sagrado poseído por la fiebre del arte. Ibn Yáafar dirigió la mirada, con un mínimo movimiento de cabeza, hacia la parte superior del Salón y se encontró frente a frente con el emblema de los Banú Nasr “Wa-lá gáliba illa Allah” (No hay vencedor sino Dios), caligrafiado con monumentales letreros de yeso. No veía esta inscripción desde su más remota juventud, pero jamás logró borrar los dolorosos recuerdos que guardaba a ella vinculados. Después, bajó ligeramente la vista y sus ojos se toparon con otras leyendas regias, de espléndida apariencia pero de exagerada pretensión para el alma de nuestro puntilloso faquir: “El socorro, el soporte divino y una clara victoria, son de nuestro señor Abú l-Hachách, Príncipe de los Musulmanes”, “Gloria a nuestro señor el sultán, el rey combatiente Abú l-Hachách glorificado sea su triunfo”, e inclinó completamente su cuerpo hacia el suelo, sin mirar al rostro del sultán, aposentado frente a él sobre su trono. Segundos después, Abú l-Hachách Yúsuf se percató de las ostensibles muestras de fatiga de su anciano huésped y ordenó a su mayordomo hacerle obsequio de una copia del tratado en verso sobre agricultura del maestro, alfaquí y sabio almeriense Ibn Luyún al-Tuchíbi, fallecido días antes a causa de la epidemia, y despidió al asceta de Cónchar con afecto e invitándole a participar, al concluir la oración de la puesta del sol, en la sesión de fikr que iba a celebrar la cofradía sufí de los Banú Sidi Bona, esa misma noche, en el patio que se estaba construyendo frente a la Torre de Comares y el Salón del Trono. El rey le explicó a al-Conchí que los ritos de aquella cofradía originaria de Xarq al-Andalus, y establecida en el Albaycín, se celebraban con asiduidad en su corte en alabanza a Dios Altísimo y para difundir los carismas de ellos emanados a todos los súbditos, tanto del común como de los notables, y preservarlos así de las estratagemas del Maligno.
– Nos beneficiaremos, asimismo, de los carismas derivados de tu noble ascesis y de tu sabio verbo, -añadió el rey mientras su mayordomo ayudaba a Ibn Yáafar a ponerse en pie y abandonar el Salón del Trono.
A la caída del sol de aquella preciosa tarde granadina, Ibn Yáafar decidió proseguir su camino hacia la alquería de Cónchar de Iqlím Garnata y envió una misiva de excusa al sultán Abú l-Hayyáy. Al-Conchí temía que el cansancio, la edad, la enfermedad y la ferocidad de la epidemia le impidieran cumplir con el nebuloso propósito de su retorno: contemplar el huerto de su juventud y purificar su alma antes de exhalar su último suspiro.

El geómetra Ridwán y el maestro Abú l-Barakát al-Balafiqui, de quien al-Conchí había sido discípulo durante su corta estancia en Almería antes de partir para el exilio, se unieron a la comitiva de Ibn Yáafar hacia el Valle de Lecrín. Al-Conchí abrigaba en su interior un amor especial hacia ambos amigos, cuya compañía alegró su penoso traslado a aquella antigua casa de piedra, rodeada de limoneros y naranjos junto al río, que abandó hacía una eternidad. Al llegar la comitiva a Cónchar al amanecer, las gentes del lugar recibieron calurosamente al peregrino y sus amigos, y los acompañaron a la huerta de Ibn Yáafar. El descanso, los árboles del jardín todavía vivos en su memoria, la sonora cadencia del agua del río, el sol, la pureza azul de aquel cielo, devolvieron al asceta del Valle de Lecrín parte de su energía natural perdida y se entregó a una desenfadada y apasionada conversación con sus amigos durante el paseo que emprendieron por los campos de los alrededores. Al-Conchí observó que la aldea se había expandido un poco hacia un empinado y rocoso barranco volcado sobre el río, y que habían reconstruido la atalaya de Cónchar y el fuerte de Dúrcal habían. Tomaron asiento a la sombra de la modesta atalaya frente a las más maravillosas vistas del Valle, que aparecía bajo ellos adornado de sembrados, colinas verdes y diminutas aldeas blancas recostadas a los pies de la sierra, cuyas cumbres ascendían hacia el cielo envueltas en su permanente y brillante manto de nieve. Tras la contemplación, y recuperado el aliento, Ibn Yáafar reanudó su encendida polémica con Ridwán:
– ... los auténticos seguidores de la senda espiritual hacen de la escritura una experiencia vital... Para ellos, la música (samá`) es una vía unitiva y, cuando practican la poesía, lo hacen para recrear el lenguaje y hallar nuevos caminos de expresión del ser y su extinción en lo absoluto, – dijo el asceta.

– ¿Acaso no sucede lo mismo con las artes de la geometría, la pintura o la caligrafía? ¿Es que nosotros no hacemos también más bello el mundo? –preguntó el geómetra.

– ¡Por supuesto! El lenguaje de las formas visuales es un espejo capaz de reflejar todas las ideas. Tú lo sabes mejor que yo. Pero lo que no complace a mi corazón es el virtuosismo en artes creadas para ensalzar a los reyes del mundo.

– El artesano –objetó Ridwán– trabaja en beneficio de la fe. La fuerza de nuestro señor el Príncipe de los Creyentes, es la fuerza del islam. En este preciso momento son muchos los enemigos que acechan, y tú lo sabes mejor que yo.

– Todos los momentos son fugaces, efímeros –advirtió al-Conchí–. Por desgracia no existe en nuestro tiempo ni un solo monarca que merezca considerarse Príncipe de los Creyentes.

– Nuestro señor Abú l-Hayyáy Yúsuf es piadoso, es incluso un sabio iniciado (`árif ), –repuso Ridwán–.

– Puede que sea más piadoso y más sabio que sus antepasados, pero es mortal y es en este mundo donde gobierna, por lo que se ve abocado al error, a la injusticia. ¿Acaso no hay criaturas que sufren en las cárceles de su palacio?

– La propia Ley Revelada establece el castigo –respondió Ridwán–. Mi señor es justo y el islam entero se enorgullece de sus edificaciones.

– Por muy maravillosas y bellas que sean sus edificaciones –insistió al-Conchí– el sultán se empeña en estampar su nombre y el de su familia por todas partes: arriba, abajo, a derecha, a izquierda, al norte, al sur. Es tedioso, molesto, atenta contra la pureza de espíritu, entorpece la contemplación. Quien libera el sentimiento, su poesía, en su largo camino hacia la luz, purifica su ser, lo pule, y es posible que se eleve hasta el saber. Mas quien graba poemas en las paredes de los reyes no busca más que la fama en este mundo, sea para él, para su señor, o para ambos a la vez.

– Tú nunca te atreviste a consagrar la vida a la poesía, la música, la pintura... –observó el geómetra–.

– Es cierto –dijo el faquir–. Cada uno tiene su debilidad. No me siento capaz de afrontar ese desafío... Pero, eso sí, siempre evité poner mis pensamientos y mi palabra al servicio de quien ejerce la tiranía o embauca a los débiles.

– Nuestro señor el sultán no quiere ni pretende la mentira –concluyó Ridwán–. Sólo desea enaltecer al islam y guiar a los creyentes.
La noche se cernió sobre el Valle de Lecrín. Al-Conchí y sus dos compañeros volvieron a casa, en silencio, bajo un sobrecogedor festival de estrellas destellando en la cúpula celeste. Ya en su antigua cama, nuestro asceta se vio invadido de nuevo por un intenso agotamiento hasta hundirse en un estado de inconsciencia del que no se despertó al día siguiente. El faquir retornado se transformó en pura Imaginación. En un aluvión de visiones más allá del tiempo y del espacio. El asesinato de nuestro señor Abú l-Hayyáy Yúsuf durante la oración a manos de un supuesto demente. Intensivos trabajos de construcción en la Sabika en los que participaba el propio sucesor de Abú l-Hayyáy, el sultán Muhammad al-Ganí bi-llah. Erección del Nuevo Mexuar, del Jardín Feliz, de los Alixares, de cúpulas, de torres, de murallas. Derrumbamiento de los Alixares, de cúpulas, de torres, de murallas. El fantasma de las multitudes por los palacios. Ascensión de la estrella del doble ministro Ibn Zumrak, alumno y, más tarde, perseguidor de Ibn al-Jatíb. Edicto de al-Ganí bi-llah contra los sufíes para erradicarlos de al-Andalus. Juicio en rebeldía contra el doble ministro Lisán al-Din Ibn al-Jatíb bajo la acusación de defender la idea de la unión hipostática en su Jardín del conocimiento del amor supremo. Asimilación por parte de la Imaginación de al-Conchí, en su barzaj (limbo), del contenido de esta obra en un abrir y cerrar de ojos. Desconcierto de Ibn Yáafar ante la visión del doble ministro Lisán al-Din enredado en todas las tareas políticas, diplomáticas y bélicas del reino, en todos los asuntos graves o nimios del estado, y al mismo tiempo componer un extenso tratado de `irfán. Tratado que aturde a al-Conchí por su abrumadora erudición y su carencia de calado existencial. Presencia del gran sabio Ibn Jaldún junto a su amigo Ibn al-Jatíb en la Alhambra durante la redacción del Jardín del conocimiento. Retorno de su habitual y luminosa sonrisa al rostro de nuestro faquir granadino y damasceno al vislumbar el espectro de Lisán al-Din corriendo en pos del dinero y empeñado en construirse sus propios palacios. Sonrisa mezcla de ironía y compasión de quien se ve a sí mismo en el barzaj por encima de todo lo mediano y parcial. Estallido del más alto grado de estupefacción en el corazón de al-Conchí frente a los ciegos y salvajes rincones del alma humana al contemplar al doble visir de Loja transformado en el doblemente asesinado tras su ajusticiamiento, primero, en su exilio magrebí y la exhumación de su cadáver, después, por parte de una embajada del sultán al-Ganí billah para aplicarle la sentencia de muerte. Ante semejante escena, la repugnancia vence a la Imaginación de nuestro asceta de Cónchar y se traslada, feliz, al jardín del mundo superior.

Por la tarde, Ridwán el geómetra, regresó a Granada para cumplir con sus deberes decorativos, mientras que Abú l-Barakát al-Balafiqi retrasó unos días más su vuelta a la corte, adonde llegó con los libros de al-Conchí y con los papeles que nunca le abandonaron desde que comenzó a escribir en ellos en su huerta de Damasco. Abú l-Baraqát entregó a Lisán al-Din Ibn al-Jatíb un puñado de pliegos y los siete versos que él mismo compuso en honor a su amigo Ibn Yáafar durante su primer encuentro en el puerto de Almería en vísperas de partir:
1 A ti con corazón que no gobierno me lamento,

corazón que sigue un caprichoso sendero

2 y de continuo varía su deseo:

ésto lo inquieta, ésto lo toma, y luego deja aquéllo.

3 Lo que ahora lo tranquiliza, lo amedrenta luego,

lo que a veces le da confianza, la duda le siembra en otro momento.

4 Ora en soledad se encuentra por aquéllo, ora en compañía se siente con ésto,

unas veces no sé qué lo serena, otras, se desasosiega por éso.

5 ¡Quien los Siete Cielos superpuestos sostiene

que de la mano, oh revelador de las luces, te tome!

6 Enfermedad a causa del mundo y sus oropeles padece,

mas todo lo bueno que sobre él diga le pertenece.

7 Aquel a quien el hermoso recato corresponde,

y que durante tanto tiempo protegió, ojalá que nunca se desmorone.

(Ibn al-Jatíb, al-Ihata, III, p. 236).
Después, el doblemente asesinado, Ibn al-Jatíb, revisó los folios de al-Conchí, de los que tomó algunas notas para componer su Jardín, y le rindió homenaje mencionando sus hechos más notables y recordando el título del compendio que un día reuniese las ideas emanadas de su mano y de su corazón: Luces de alocuciones y misterios.

 Luces de alocuciones y misterios 

Por el asceta del Valle de Lecrín y faquir de la Campiña de Damasco

El Maestro Abú Abd Allah Ibn Yáafar al-Conchí


Manuscrito de la Biblioteca de Dúrcal, en el Valle de Lecrín,

editado por Yúsuf al-Yabrudurkali

Muchas son las luces del resplandor de la Luz en la creación,

como muchos los misterios en el interior de los confidentes son.
Al-Hallách (m. 309/922), Diván.

¡Oh mi siervo, preferible es que te entregues a este mundo que adorar el Más allá!

¡Oh mi siervo, el Día de la Resurrección me verás como me ves en tus días de alegría y tristeza!
Al-Niffari (m. 354/965), Libro de las alocuciones (alocución 31).

Tú eres el supremo propósito, tú eres el más elevado deseo, tú eres mi misterio entre los misterios, tú eres mi luz entre las luces. Tú eres mi vista, tú eres mi adorno, tú eres mi belleza, tú eres mi perfección, tú eres mi nombre, tú eres mi adjetivo, tú eres mis atributos. Yo soy tu nombre, yo soy tu signo gráfico, acércate a mí con mis testimonios pues yo a ti me acerco con mi existencia (...). Si no existieras mi existencia no existiría.¡Mi amor, huéleme en los olores! ¡Mi amor, cómeme en los alimentos! ¡Mi amor, imagíname en las fantasías! ¡Mi amor, intelígeme en los conocimientos! ¡Mi amor, contémplame en lo sensible! ¡Mi amor, tócame en lo tangible! ¡Mi amor, vísteme en los vestidos! ¡Mi amor, tú eres lo que yo quiero! Tú eres lo por mí nombrado, tú eres aquello a lo que alude lo por mi nombrado. ¡No hay más deliciosa compañía! ¡No existe más dulce complacencia!
Abd al-Karím al-Yili (m. 832/1428), El Ser Humano Perfecto.

De puño y letra de nuestro maestro Abú l-Baraqat [al-Balafiqi]: Este hombre [Ibn Yáafar al-Conchí] era un hombre piadoso, virtuoso, moral, permisivo, de agradable reunión y fínamente altruista. Era de esas personas a quien Dios ha hecho que sean aceptadas por los corazones de sus siervos: los grandes lo honraban y nuncan lo censuraban, mientras que el común de la gente lo amaba y lo creía firmemente. Se le sucedían las visitas de un grupo tras otro, quienes siempre lo abandonaban satisfechos. Seguía la doctrina del maestro Abu l-Hasan al-Xádhili [...]. [Al-Conchí] era de esas personas sanas y delicadas, aunque nunca lo demostraba y lo mantenía siempre oculto debido a su nobleza elevada. En su casa no se percibía la menor huella de esto, pues no tenía más muebles ni utensilios que la pureza. En el momento de llegar este maestro [a Almería] exclamó: ¡Dios te consuele! Y lo entendí como una profunda perspicacia por parte suya.
Ibn al-Jatíb, al-Ihata, III, 234-235.

 Al margen del manuscrito: Organizar siete misterios en correspondencia con los siete cielos y sus estancias.

 Luces de alocuciones y misterios 
“Las luces están escondidas en los misterios y en los corazones”.
Ibn Ata’ Allah de Alejandría,

El libro de las sentencias (sentencia 55)

  1   2   3

Añadir el documento a tu blog o sitio web

similar:

José Miguel Puerta Vílchez iconJosé Miguel de Restrepo y Puerta

José Miguel Puerta Vílchez iconJosé Miguel de Restrepo y Puerta

José Miguel Puerta Vílchez iconLa José Miguel de Restrepo y Puerta, institución ubicada en el municipio...

José Miguel Puerta Vílchez iconEs propiedad de José Vílchez Terrón

José Miguel Puerta Vílchez iconInstitución Educativa José Miguel de Restrepo y puerta
«La razón por la cual rescaté a los niños tiene su origen en mi hogar, en mi infancia. Fui educada en la creencia de que una persona...

José Miguel Puerta Vílchez iconSeñores: D. Juan Aguirreche, D. José Agote, D. Miguel Altube, D....

José Miguel Puerta Vílchez iconCapacitadores: Mirna Antonio, Zelmira Cárdenas, José Luis Morón,...

José Miguel Puerta Vílchez iconJosé Miguel de la Carrera y Verdugo

José Miguel Puerta Vílchez iconTraducción de miguel martínez-lage
«Si no me expulsan de aquí por intruso, y si ese caballero no se lanza al galope contra mí —pensé—, Shakespeare y la reina Isabel,...

José Miguel Puerta Vílchez iconEl pensamiento político y social de miguel hidalgo y costilla y josé maría morelos y pavóN






© 2015
contactos
l.exam-10.com