Mercaderes en el Templo.— Drama en cuatro actos, 1910






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OBRAS DEL AUTOR

Del Natural.— Cuentos y novelas cortas, 1907.
Mercaderes en el Templo.— Drama en cuatro actos, 1910.
Por el decoro.— Comedia en un acto, 1913.
Lo que niega la vida.— Comedia en tres actos, 1914.
El niño que enloqueció de amor— Novelas cortas y cuentos, 1915.

El niño que enloqueció de amor

¡Pobre feo!

Papá y mamá


Por Eduardo Barrios

Segunda edición ilus­trada por Jorge Délano

Impresa por Heraclio Fernández

Santiago de Chile

MCMXV

El niño que enloqueció

de amor


Eduardo Barrios

¿Habéis oído cantar un pájaro en la no­che?

Suele ocurrir que un rayo de luna, un ra­yo levemente dorado, derramándose, derra­mándole por entre el misterio del follaje, al­canza la rama donde se acurruca el avecita dormida, y la despierta. No es el alba, como imagina el ave. Pero... ella canta.

Luego, si el avecilla es lo que se llama un equilibrado y fuerte pajarito, descubre su engaño, hunde otra vez el pico en la tibieza de las plumas y se vuelve a dormir.

No obstante, avecitas hay, inquietas y frágiles, para quienes el rayo de luna tiene un poder de sortilegio. Y tras de cantar, sal­tan aturdidas y vuelan... Sólo que, como no es el día el que llegó, se pierden pronto en la obscuridad, o se ahogan en un lago ilumi­nado por el pálido rayo de oro, o se rompen el pecho contra las espinas del mismo rosal florido que, horas después, pudo escuchar­les sus mejores trinos y encender sus más delirantes alegrías.

¿Cuál es el rayo venenoso que despierta algunas almas en la noche, les roba el ama­necer y las ahoga en una existencia de tinieblas?

Voy a revelaros el secreto de un niño que enloqueció de amor.

Fuera de mí, nadie —ni su madre, hoy convertida en su esclava— poseyó nunca el secreto de la locura de ese niño. No os conta­ré todavía cómo cayó en mis manos este cua­derno doloroso e ingenuo. Os diré tan sólo que ahora lo publico porque ello no puede ya herir a nadie. Respeté muchos años el se­creto de aquel niño, de aquel pájaro que cantó en la noche y no tuvo mañana. Me lo entregó la casualidad, y lo he guardado res­petuoso, con el respeto que merece un niño sentimental y entristecido, una víctima del rayo venenoso que ilumina los corazones an­tes de tiempo y los lanza en ese vórtice lla­meante y obscuro, dulce y terrible del Amor.

Hoy ha comido aquí otra vez don Carlos Romeral. Es el hombre más inteligente que conozco. Como que cuando él habla, todos le escuchan y le encuentran razón. Yo, sobre todo, le encuentro razón siempre. Dice cosas que uno siente. No se habrá fijado uno mu­cho en esas cosas, pero las ha sentido y son la pura verdad. Esta noche me ha dicho que a la oración, junto con las golondrinas, pa­san volando las campanadas de la iglesia. Y es cierto, pasan volando. Después me ha di­cho: «Eso quiere decir que los niños, como las golondrinas, deben prepararse a esa ho­ra para dormir»... lo cual ya no me parece nada. ¡Si él supiese—digo yo—cuánto me cuesta dormir a mí!

También habló en la mesa de un diario que él lleva de su vida. Después de comer, me ha hecho muchos cariños y yo le he pre­guntado qué era eso del diario. «Un cuaderno—me ha explicado—en donde algunas personas escriben todos los días lo que les pasa, porque a veces no se pueden conver­sar con nadie ciertas cosas.» Yo le dije que era cierto y que precisamente esas cosas eran las más importantes, las que más se deseaban hablar y que no se podían sin em­bargo, como él decía, conversar con nadie. Él me ha mirado entonces mucho rato, pensativo, y me ha hecho muchas preguntas de esas que ponen nervioso. Me entró una ver­güenza... Y casi se me saltan las lágrimas, como si hubiera hecho algo malo, y me fui.

Cuando pasó un rato, lo estuve mirando desde el corredor. Estaba en la misma pos­tura, solo en la salita, muy pensativo y fu­mando...

Me quiere mucho, más que mi mamá, se me ocurre a mí. Viene pocas veces, pero yo pienso todos los días en él. Lo quiero mucho, pero mucho. Y desde ahora voy a llevar co­mo él un diario en este cuaderno, bien es­condido bajo la alfombra, para decir todo lo de Angélica...

Ha venido Angélica esta tarde y he vuelto a perder tontamente más de media hora de estar con ella. ¡Que siempre me pase lo mis­mo!... Tanto como deseo verla, y oírla, y to­carla, y sentirla bien cerquita de mí, y lue­go pierdo así el tiempo... ¡Me da más rabia!... ¿Por qué seré tan nervioso? Pero en cuanto sé que ha llegado de visita, me confundo todo. ¡Qué voy a hacer! Me lo dicen, y siento como si me dieran un golpazo en el pecho, y se me sube primero toda la sangre a la cara, y después se me aflojan las piernas y me enfrío todo entero, y me pongo a tiritar y, en lugar de correr a verla, me voy al fondo de la casa, corriendo, sin poderme contener. ¿A qué me voy?, eso digo yo. Me voy a espe­rar... no sé a qué. Y es que me da miedo y no me atrevo a ir. Se me ocurre que, yendo así, de repente, me lo van a conocer... o que me va a dar algo. Y me la paso dando rodeos, hasta que poco a poco me voy acercando, acercando, y con un miedo... Me cuesta muchísimo llegar al salón, así, como por casua­lidad. Y es, también, que como ella me quie­re tanto, en cuanto me ve me llama y me be­sa y me abraza. Si sólo me besara, no sería nada, no me haría tanta impresión, pero me ha de abrazar, y eso sí que no lo puedo su­frir. No sé, no está en mí: todo es que la sienta apretada contra mí, y ya me entra una desesperación muy grande. Me ahogo, me dan ganas de llorar a gritos. Yo la apre­taría, ¡claro!, con todas mis fuerzas, y le di­ría todo lo que sufro por ella, y que la ado­ro, y mil cosas. Sin embargo, en esos mo­mentos me desespero y sólo atino a salir co­rriendo, hasta el último patio otra vez. Hoy me fui; tampoco pude soportar. Después no sabía cómo volver. Menos mal, que ella me llamó. Me hizo sentarme en el sofá, a su la­do, y ahí me estuve toda la visita, mirándola, oyéndola conversar con mi mamá y sintiendo su olorcito especial... A veces, cuando estoy así, junto a ella, bien calladito, me dan de­seos de estar enfermo para que hable de mí y de nadie más, y me haga cariños... No es que no haya estado contento esta tarde; pero es que también me he puesto triste... Siempre me pongo triste. Yo digo que me da esa pena de ver cómo la quiero yo, mientras ella me quiere como a un niño. Y es natural, ¿Cómo me iba a querer? ¡Qué desgracia, Dios mío, qué desgracia! ¿Qué podría yo hacer?...

Tengo mucha pena y quisiera tener más. Por la tarde vino Angélica y le pidió a mi mamá que me dejara acompañarla a las tien­das, y en la calle se nos juntó un joven que ni me miró y no hizo sino hablar con ella. A ninguna tienda entramos; anduvimos por muchas calles y a mí me echaban por delan­te cuando no había gente. Yo quería mirar para atrás, pero no me atrevía. Después se despidió él y nos hemos vuelto muy ligero. Ella estaba muy contenta. Mientras más li­gero andábamos, más triste me ponía yo, hasta que, ya en la esquina da casa, se me ca­yeron las lágrimas, y cuando ella me ha vis­to llorar se ha llevado un susto y me ha pre­guntado por qué lloraba. Yo le he contesta­do que porque ese antipático se nos juntó en la calle, y entonces ella ha soltado la risa, ha dicho: —«¡Qué chiquillo tan rico!»—y me ha preguntado si yo quiero ser su novio. Yo, por supuesto, me he quedado mudo. ¿Qué iba a decir? Y ella se ha puesto seria un rato y luego me ha hecho cariños. Pero siempre tengo pena... y quisiera tener más...

… y el tiempo va pasando y yo me voy poniendo peor. Me acuesto temprano y me hago el dormido inmediatamente para que me apaguen pronto la luz y me dejen solo y poder llorar, porque es tan bueno llorar cuando uno está así… ¡Con qué gusto se llora! Yo tengo que morder las sábanas para que mis hermanos no me oigan. Pero no se puede llorar mucho rato, ¿por qué será? Se va uno calmando sin querer y se le pone a uno el pecho muy fresco y, aunque quiera seguir llorando, no puede. Yo digo que no debía ser así, porque uno se queda con la pena. Yo, entonces, pienso en ella, en mu­chas cosas de ella y mías. Anoche me acordé de cuando vino por primera vez a casa. Se había puesto un vestido solferino, y se le re­flejaba el color en la cara, y en los ojos se le veían también dos puntitos solferinos. ¡Es­taba muy linda, pero muy, muy linda! ¡Cada día es más linda!... Esos ojos... como nuevecitos, flamantes, que pestañean de un modo tan raro, tan bonito: muy rápido, alegrándolo a uno; y el pelo se le riza y en las puntas se le va poniendo rubiecito... Yo la miraba, la mi­raba, ese día, y si ella me llegaba a mirar a mí, yo tenía que quitarle la vista porque me entraba una cosa muy extraña. Pero enton­ces sentía yo en la cara su mirada, como una cosa tibia que me dejaba sin fuerzas para moverme, ¡Por Dios, qué terrible! Mi mamá parece que lo notó, porque le dijo: —Este chiquillo se ha enamorado de ti, Angélica. No te despega la vista.— Mi mamá lo dijo riéndose, sin intención, pero yo, desde en­tonces, ya no pensé sino en ella, en Angéli­ca digo, y en lo que dijo mi mamá y… hasta hoy.

Ah, y otro día me preguntó ella si la quería y yo le contesté que más que a nadie en el mundo. ¡Qué bárbaro! Pero no me pude contener, se me escapó. Entonces me miró mi mamá y yo me tuve que corregir y de­cirle que después de mi mamá y de mi abue­la y de mis hermanos. Pero no es cierto, ¡la quiero más que a todos! ¡Más que a todos, más que a todos! ¡Ay, qué gusto me da te­ner este cuaderno para decirlo!

Me llaman para acostarme y no he alcanzado a hacer mis tareas del colegio. Me disculparé con que me dolía la cabeza, y me lo creerán, porque todo el día me ha dolido la cabeza y en el colegio lo han sabido... Y por último, aunque me castiguen. Yo tengo que escribir este diario porque no puedo con­versar con nadie estas cosas, porque ¿a quién se las voy a decir, si a decírselas a ella no me atrevo y si mis hermanos son todos tan brutos?...

Mis hermanos no me quieren. Nunca me convidan a jugar porque dicen que no sé. Y tienen razón; yo no entiendo bien ningún juego, y es que no me gustan; y además no me divierten los otros chiquillos porque he visto que todos son muy distintos a mí. Ellos se olvidan de sus personas y de todas las co­sas y pueden jugar a sus anchas, mientras que yo no me puedo olvidar de mí ni de na­da, así es que nunca llego a fijarme bien en los juegos y siempre pierdo y hago perder a los de mi partido. Por eso dice mi abuela que soy una pobre criatura, que estoy flaco y paliducho, que tengo las piernas como pa­lillos y que me tiene lástima. Más le tengo yo a ella, que tiene las manos llenas de ve­nas y la cara color tierra seca y los labios blancos y los dientes amarillos, y que ni si­quiera sabe tocar el piano como mi mamá, y no hace sino pelear con los sirvientes. En cambio, yo haría muchas cosas si fuera gran­de. Y si soy tristón, como ella dice, ¿qué le importa a nadie? Además, yo siempre he si­do así; lo que sí que antes no tenía pena si­no cuando hacía tristeza, en esos días raros, y ahora más que antes, pero es por Angélica, y es una tristeza que a mí me gusta. ¿Cuándo volverá Angélica? ¡Mi An­gélica de mi alma!... Yo creía que iba a poder escribir en este cuaderno todos los ca­riños que le digo con mi pensamiento; pero ahora veo que aunque nadie vea lo que escri­bo, siempre me da una vergüenza muy gran­de escribir esas palabras que le digo sin ha­blar o a su retrato. Anoche me robé su re­trato del salón, antes de acostarme, y me lo llevé a la cama y lo estuve besando mucho y le dije todas esas cosas que me da vergüen­za poner aquí. Yo quería guardármelo para tenerlo siempre en mi cuaderno; pero de re­pente me entró mucho miedo de que me pillaran y no me pude quedar tranquilo, hasta que me levanté en camisa y lo puse otra vez en el álbum. ¡Claro!, me hubieran descubier­to, porque en cuanto hubiesen preguntado, ye me habría puesto nervioso y me lo ha­brían conocido en la cara.

Mañana domingo puede que la vea en mi­sa, y si no, le voy a decir a mi mamá que nos mande a la casa de mis primos. Allá va Angé­lica loa domingos por la tarde, muchas veces, y yo me puedo pasar la tarde con ella en el balcón, y con mi tía Carmencita, que me quiere mucho porque dice que yo soy muy afectuoso. Ella sí que es buena y muy bonita, y tiene las manos gorditas y suaves, y sa­be contar cuentos con una voz bien suavecita y bien tranquila...

No fue a San Francisco sino a la Catedral, para pasearse en la plaza después de la misa, dijo; pero en la tarde sí la vi. No estuvo más que de pasadita en la casa de mis primos y cuando ya iba anocheciendo. Yo estaba con mi tía Carmencita en el balcón, y me había quedado mirando cómo titilaban los focos de la calle para encenderse y cómo se ponía en­tonces descolorido el cielo, cuando ¡ella que se nos aparece en la acera! ¿Cómo no la vi llegar?, digo yo. No quiso subir porque se le había pasado la hora y también porque a la Raquelita, que andaba con ella, le molesta­ban los zapatos nuevos; pero entonces mi tía y yo bajamos y nos estuvimos paseando to­dos desde la puerta hasta la esquina. Venía tan contenta, que nos contagió, y después se puso a hablar en secreto con mi tía, y enton­ces las dos se reían y miraban lejos, hacía el lado por donde Angélica había llegado, pero con disimulo, porque yo no me pude dar cuen­ta de lo que buscaban con la vista. ¿Qué se­ría? Es lo malo que tiene, y eso que nadie sería más reservado con sus secretos que yo. Pero pasa siempre así, que nadie adivina nun­ca quiénes son las personas que quisieran ser­virle a uno para todo y están cerca de uno y no se lo dicen sólo porque no se atreven. Yo digo que se debía adivinar; lo que es que ha­bía de ser con seguridad, como me pasa a mí con don Carlos. Estoy seguro de que él qui­siera que yo le contara todos mis secretos, y a él sí se los confiaría yo si llegara el caso. Angélica no adivina; pero, de todas maneras, estoy contento: le dijo a mi tía que yo era un encanto y habló varias cosas buenas de mí y después me besó...y yo también, y como me tuvo de la mano todo el tiempo, me ha que­dado el olor de sus guantes. Estoy bien, bien feliz. ¿Por qué me quedaré tan contento cuando la veo sólo un momentito y cuando paso mucho rato con ella, no?...

...Me voy a acostar. Ojalá no golpeen la pared en la casa de al lado. Les ha dado ahora por golpear, y me asustan. ¿Qué harán? Es un fastidio. Tanto como espero la hora de acostarme para estar completamente solo, a obscuras, y poder sentir bien esta especie de sed y de felicidad, este ahogo tan dulce, este amor tan grande, y suspirar, y llorar de gusto hundiendo la cara en la almohada... y sin embargo, tantos sustos que he de pasar hasta ahí en mi cama. Y es que oigo una
porción de ruidos que me hacen saltar el corazón. Cuando no es un mueble que cruje, se cae un plato en la cocina, o cierran una puerta, o golpean la maldita pared de al lado. Yo no debía asustarme, porque no hago nada malo, sino estar despierto, y el pensamiento no me lo adivinarían; pero me entra un miedo atroz y no lo puedo remediar…

Ahora mi mamá me observa. He pasado anoche un susto terrible. Mis hermanos ju­gaban después de comer, corriendo en el pa­tio, y yo los miraba desde el corredor, recostado en un pilar y pensando en Angélica, cuando oí que mi mamá le decía a mi abue­la:—¿Estará enfermo?— Y entonces se me puso en el acto que estaban hablando de mí, y me quedé de una pieza. No me atreví a mirarlas, pero sentía que ellas me miraban a mí. Y así era, de mí hablaban, porque mi mamá volvió a decir:—Hace muchas noches que no juega.— Y mi abuela le dijo que me dejara, que si no sabía de sobra que yo era así, apagado y tristón y no vivo como mis hermanos; pero mi mamá me llamó. Yo estaba como una estatua; ni voz tenía del sus­to... La pura verdad, yo creo que me estoy enfermando, porque ya es mucho lo nervioso que me he puesto... —Tienes muchas ojeras, hijito. ¿Por qué no corres tú también un po­co?—me preguntó mi mamá, y yo le con­testó que tenía sueño, y ella me tocaba la frente, creyendo que estaría con fiebre; pero yo le aseguré que no tenía nada, y me puse a reír, a la fuerza, eso sí, y porque sólo de pensar que, creyéndome enfermo, me llevaran mi cama al dormitorio de mi mamá, temblé. No tuve más remedio que reírme, porque perder mi soledad de la noche... ¡eso sí que no! Mi abuela me encontró la frente fresca. Mi abuela opina siempre antes de examinar; así es que antes de haberme tocado ya tenía resuelto hallarme fresco. Algo bueno había de tener la pobre. Si mi mamá tuviera ese carácter, yo sería muy independiente y más feliz. Pero me cuida demasiado. Porque me quiere será... y a
mí me gusta que me quiera... pero es fastidioso que se fijen tanto en uno…

Lo más malo es que nadie me puede defender, puesto que nadie sa­be lo que me martiriza este afán de mi mamá. Desde que me encontró ojeroso, no tengo más remedio que jugar todas las no­ches con mis hermanos. Ya tengo adolorido el cuerpo. ¿No es un martirio, esto? He de saltar, y he de correr, y cantar, y acalorarme más que ninguno. Y si al menos me divirtiera… Pero no, porque mi única preocupación mientras tanto es ir fijándome en la cara feliz con que mi mamá me observa. Y eso que mido mi tiempo: cuando oreo que ya es suficiente, me acerco a ella, le hago notar cómo transpiro, y que he corrido mucho, y que la comida me ha bajado, y a veces hasta le discuto haber traveseado más que todos.
Entonces ella me besa, contentísima, la pobre, y yo respiro; ya me puedo ir a acostar sin ese maldito miedo de sentirla llegar a mi cama para ver si duermo bien. Y esa as otra, porque por más que he aprendido a fingir perfectamente que duermo
como un lirón, siempre me sobresalta eso de que mi mamá vaya a verme dormir. Le había dado por ir. A mí me da rabia. ¡Pobre mamacita! Ella lo hace de buena que es; pero ¿cómo no me ha de dar rabia?... ¡Todo por ella, por mi Angélica! En estos días, dice mi mamá, vamos a ir a su casa de visita. Ya era tiempo…

Fuimos. Al fin le hicimos la visita a Angélica. Pero he vuelto fastidiado. Había varias personas más y el joven del otro día, que la miraba tantísimo. Ella estaba conmigo siempre; pero a donde íbamos nosotros allá iba él. Se llama Jorge; y es buenmozo; pero muy cargante, el tipo. Ese modo de decir «señorita Angélica». ¡Imbécil! A ella no le gusta, creo yo. Y cómo le va a gustar, también, con esa cabeza chica y esos ojos redondos y ese bigote como escobilla de dientes... No, no es feo... Pero no le gusta, porque yo se lo pregunté y ella me dijo que no. ¿Y para qué me iba a engañar?, vamos a ver. Si no puede ser; y además, ni su familia lo permi­tiría. Si creo que hasta tipo es. Y por últi­mo, ¿no me dijo ella misma que no le gusta­ba? ¿Para qué me preocupo, entonces?...

Yo no sé lo que será; pero cada vez que leo cuentos me quedo imaginando muchas cosas y las veo muy claritas, muy claritas, tal como si fuesen de veras, lo que no me pa­sa cuando no leo. Hoy, por ejemplo, estuve pensando en que ese bruto, ese ridículo, ese tal Jorge, estaba enamorado de Angélica; y yo quería figurarme que ella lo echaba de su casa y entonces él se suicidaba. Pues no me lo podía imaginar bien claro, Después me puse a leer y, a la mitad, sin saber có­mo, me encontré pensando otra vez en lo de ese tonto pretencioso, y entonces sí que lo vi todo muy bien. Primero, ella se le reía en las barbas, con esa risa tan, tan bonita que tiene, que suena como el agua cuando sale
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