La mirada de mi abuelo era el reflejo de su estampa. Sus ojos negros, como los de un viejo pavón cansado, después del ajile. Los movía lentamente como si ya no






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A LA SOMBRA DEL YÉBARO
Divagancias amazonenses

Ramón Iribertegui A.

1
La mirada de mi abuelo era el reflejo de su estampa. Sus ojos negros, como los de un viejo pavón cansado, después del ajile. Los movía lentamente como si ya no esperara ver nada nuevo en la vida.

Solía sentarse en un tronco, al atardecer, entre dos enormes piedras redondas y negras que, al espejarse en el río Xié, parecían las enormes tetas de mi tía Aymara... pero en negro.

Mi abuelo Kamoi al atardecer, cuando la luz languidecía y difuminaba las cosas, se sentaba allí. Se iban despidiendo los pájaros, se acallaban los ruidos y la paz silenciosa del Xié soportaba resignada a una chicharra despistada, el tímido concierto polifónico de centenares de ranas que piropeaban a la noche y el líquido chapoteo de un pavón en cacería.

La tristeza de su mirada parecía hacer más pesado su cuerpo, siempre apoyado en un negro bastón de verraco. Su pelo negro y liso se rompía en dos mitades. Las cejas casi juntas, se interrumpían con una cicatriz que parecía un acento sobre su ojo derecho. De su cuello pendía de una cadena de oro, una totuma enana pequeñita, misteriosa, negra, pintada de curame.

No quiso salir más de aquí.

Mi mamá venía una vez al año a pasar un tiempo con él. Lo invitaba a venir con ella para Atabapo pero él, nunca más quiso salir del Xié.

Este año fuimos hasta allá por un camino antiguo, un portaje de los indios. Muy temprano, casi de noche, salimos de San Carlos en una pequeña embarcación. Río Negro abajo, penetramos por el caño Mayabo, en territorio colombiano. Después de cuatro horas de viaje, pues el bongo va despacio, el motorista iba diciéndole a mi mamá los nombres de sitios o pequeños poblados: Koniwapi, Watikuare y finalmente, Mayabo.

Allí nos esperaba Félix, el motorista de mi abuelo, un kurripako silencioso, con la sonrisa fácil, que parecía que se reía de todos y de todo. Pronto colocamos las maletas en la camioneta y reiniciamos el viaje por una carretera angosta de tierra, pero bastante buena y, dejando un rastro de polvo amarillento, nos alejamos de Mayabo.

Tres horas más tarde estábamos en Zamuro, a orillas del negro Xié. Comimos lo que mi mamá llevaba preparado para el almuerzo y al terminar, ya Félix había cargado nuestra magalla en un bongo de sasafrás, estrecho y largo.

Al poco tiempo, el sonido monótono del fuera de borda me adormeció y me extendí sobre la estriba de macanilla. Desperté cuando llegábamos a Merey. Paramos y aproveché para orinar. Félix le señaló a mi mamá una carretera de tierra y le dijo que por ella se iba también al Río Negro, “abajito de Manare”, por el caño Cariaco. Esos nombres no me decían nada, pues yo apenas conocía San Fernando de Atabapo.

El sitio de mi abuelo Kamoi, estaba dos vueltas de río antes de llegar a Koté, un pueblo llamado por los brasileros, Velho Yarumare.

Era una casa grande casi toda ella cubierta por las hojas tristes de un gigantesco yébaro que cuando florecía, teñía de lila el techo de palma. A su alrededor se arrimaban cinco casas más pequeñas.

Aunque el interior tenía las comodidades básicas, el exterior no se diferenciaba de las casas típicas indígenas de toda la Amazonia.

Antes de arrimar en el puerto, me zambullí en el río lanzándome desde la proa. Fue el primero de los muchos baños que, durante ese tiempo, me di en el Xié.

Hablaba poco mi abuelo. Observaba mucho. Unas veces sonreía tristemente, como haciendo un esfuerzo enorme, otras veces lo sorprendía con su triste mirada fija en mí, como un «bukúkuri».

Lo que sé de él me lo contó el tío Ipa, un viejo kurripako que trabajó siempre con mi abuelo y que, aunque no son parientes, desde jóvenes nunca se separaron. El tío Ipaminare era todo lo contrario a mi abuelo. Sus ojos eran saltarines como dos tucusitos nerviosos. Era un gran conversador, y tenía fama de embustero. En la zona, cuando alguien contaba una cosa increíble, o un embuste, le decían “Ipa”.

A veces nos daban las 11 de la noche y yo, con la boca abierta escuchaba las fantasías, los cuentos y todo aquello que el tío Ipa me contaba. Cuando me hablaba, yo me armaba un lío, pues ya no lograba distinguir la frontera entre lo que era cierto y lo que era embuste.

Cuando me reía incrédulo, él hacía mayor esfuerzo en convencerme con su impertérrita seriedad.

“...yo era un chamo todavía. Como 17 años tendría. Tomé mi bácula, puse en mi chácara 10 cartuchos, mi chinchorro, la pequeña batería con la frentera, café y un cuartillo de mañoco, fósforos y mi pusana, y arranqué p’al monte… Eran las 6 de la tarde. Caminé largo entre río y sabana, por allá donde ahora queda el Aeropuerto de San Fernando, cerca de Trapichote.

Se hizo de noche. Oí roncar e! tigre, avancé unos metros y me subí rápido a un manteco; prendí la frentera y a mi derecha pude ver los dos ojos que brillaban como dos candelas en la noche. Alisté la bácula y, cuando ya lo tenía para meterle los guáimaros entre los ojos, de repente se apagaron. No lo volví a ver. Era un tigre mañoso.”

- ¡No sería un dañero! - le pregunté.

- No. A esos los conozco yo.

Cuando le hice esa pregunta noté que el tío Ipa palideció e hizo una mueca como para reprocharme, pero pronto lo disimuló.

“...bajé del árbol y seguí caminando. De pronto, noté un ligero movimiento cerca del talón de mi pie. Rápidamente me volteé y pude ver una tremenda cuaima que silbaba amenazadora. Con tiento saqué el machete y, ¡zas!... la partí en dos mitades que siguieron moviéndose y brincando por largo rato.

Seguí caminando cuando noté que iba brincandito, como si una pierna fuera más corta que otra. Me paré un momento, me quité la chola y… cuál no fue mi sorpresa al ver que la goma de la chola en donde había mordido la cuaima se había hinchado tremendamente...”

- ¿Se le hinchó la chola, tío?

- ¿No se iba a hinchar con tanto veneno? – dijo todo serio.

“… Seguí caminando hasta llegar a la orilla de un caño, cerca de un “lambedero” donde las lapas y los dantos suelen acercarse a beber Me fue bien. Maté una lapa bien gordita, la descuarticé, limpié y monté mi campamento. Prendí candela, y asé una pata que me la comí con mañoco remojado y el ají chirel que siempre cargo.

Eran ya las 11,30 de la noche. Colgué mi chinchorro y me dormí hasta las 5.

… Al amanecer, el agua del caño parecía de nevera. Antes de zambullirme me quité el reloj y lo colgué en la rama de una matica de unos 20 centímetros de alto.

Bien bañado y después de tomar mi guarapo, regresé poco a poco. El sol apenas se alzaba…

De regreso, llegando al deshecho que está a la entrada de San Fernando, quise saber la hora y me percaté de mi despiste. El reloj se había quedado en el monte, colgado en la matica. Era un reloj suizo, muy bueno.

- ¿Y regresó por él? - le dije.

- …Y aquí viene lo bueno, sobrino...

“Pasaron 25 años. Un día se me ocurrió ir de cacería por aquellos lados. Después de una jornada de faena en la que no cacé nada, cansado de caminar colgué mi chinchorro entre dos yagrumos. Cada vez que me despertaba oía algo que decía: “I-pa, I-pa, I-pa”. Yo creí que era un tipo de rana que yo no conocía.

Me dormía, y al rato me desvelaba el mismo ruidito: “I-pa, I-pa, I-pa” El ruido venía como de arriba, no del suelo.

Al amanecer, cuando se ya alborotaban los pájaros y los araguatos voceaban bulleros, me puse a escuchar y pude distinguir lánguida, pero persistentemente. “I- pa, I-pa, I-pa”. Ya me pude orientar mejor con la luz y vi algo que brillaba en la copa de un altísimo árbol de goma. ¿Qué será eso? – me dije. Rápidamente, hice una manea con el cinturón y comencé a subir el tronco.

Cuál no sería mi sorpresa, sobrino, al encontrar en lo alto de la copa mi reloj abandonado hacía

25 años, funcionando perfectamente y que me decía, ahorita cada vez más rápido, debía de ser por la alegría de encontrar a su dueño: “I-pa, I-pa, I-pa, I-pa....”
Cuando me vio reír incrédulo, se dio media vuelta diciendo:

- Ustedes los jóvenes no creen en nada.

Yo iba detrás de él, repitiendo: “I-pa, I-pa, I-pa... ¡¡Qué tío más embustero tengo!!. Y corriendo, me zambullí en el negro Xié.

Cuando saqué la cabeza, vi a mi abuelo todo serio, con la mirada fija en mí. Le grité, saludándolo con la mano, pero no hizo gesto alguno.

Es muy misterioso mi abuelo.


2
Día 10 de Mayo

Amaneció lloviendo.

Las grandes ciudades se acostumbran a dormir con ruido y su despertar apenas se percibe.

A las 6 de la mañana, la autopista que unía el sector antiguo con la ciudad satélite de Trapichote, pasando por el nuevo Aeropuerto, cobraba movimiento. San Fernando es hoy una ciudad de un cuarto de millón de habitantes. Hace 25 años tenía apenas 35.000.
Fundada en el siglo XVIII por los españoles, el casco antiguo de la ciudad se conserva aún en viejo estilo colonial, rodeando una Plaza en cuadro, muy bien cuidada e iluminada, con una antigua Iglesia en armonía con el conjunto.

El bello y moderno boulevard, al estilo de “lungo mare” italiano con excelente alumbrado, que serpentea las orillas del Atabapo desde la Punta de Lara hasta el mirador de Wasuriapana bordeando Marakoa, era el símbolo de una ciudad alegre y abierta.

En la zona más alta, en donde estaba el antiguo aeropuerto, un complejo turístico de ocho edificios de más de diez pisos, formaban una barrera de gigantes entre el Atabapo y el Orinoco. Desde sus terrazas se contemplaban paisajes de ensueño: mirando al norte, la Laguna de Tití, convertida hoy en un balneario natural con todo tipo de diversiones, el puente colgante sobre el Orinoco que enlazaba con la autopista que conducía hacia el norte, además del espectáculo natural de la desembocadura del Guaviare y el Atabapo en el soberbio Orinoco. Hacia el Sur, en temporada veraniega, se abría el paisaje inimitable de las blancas playas atabapeñas, famosas y promovidas en todo el mundo por las compañías turísticas.

Tras varios kilómetros de autopista con múltiples salidas hacia las urbanizaciones de Cascaradura y Magua que la rodean, y poco antes de la ciudad satélite está el Aeropuerto internacional.

De Trapichote parte también el tren hacia el Sur que une San Fernando con Maroa y San Carlos, una auténtica obra de ingeniería japonesa, en donde se combina el ferrocarril terrestre con el aéreo.

El Mitsubishi 3.000, gris plomo, recorrió la autopista en pocos minutos, se deslizó a poca velocidad por las calles coloniales de San Femando y desembocó en el sector residencial frente al «Chamuchina Resort».

Un hombre descendió del coche y apresurado subió las escaleras hacia el hall. De mediana estatura y rasgos indígenas poco señalados, vestía chaqueta deportiva negra y pantalón gris. Después de dirigir su mirada hacia los pisos superiores, entró y se dirigió al recepcionista. Platicaron brevemente. Tomó un periódico y se sentó en el elegante tresillo de mamure que adornaba el hall.

Una señora barría los últimos escalones. Era de tez casi blanca pero con los pómulos altos y ojos de almendra. El hombre bajó el periódico y lo subió nuevamente. La bedel siguió barriendo acercándose cada vez más al asiento de mamure. De pronto, el hombre dejó caer un llavero y la bedel rápidamente lo recogió y se lo dio, al mismo tiempo que introducía la otra mano en el bolsillo del faldón. Sonriente y disculpándose desapareció con mucha naturalidad, escaleras arriba, con sus utensilios de limpieza.

El hombre consultó el reloj. Con calma dejó el periódico en el mostrador y después de dar unos pasos, salió como despreocupado; fue hacia el Mitsubishi y apoyado en su parte trasera, encendió un cigarrillo. Simulando ver ascender las volutas de humo, se fijaba en los pisos intermedios del Hotel.

De pronto, se abrió la puerta del hotel y apareció una joven con un vestido crema, anteojos negros de marca y bolso canela. El hombre apagó el cigarrillo y elegantemente le abrió la puerta trasera del carro.

El Mitsubishi 3.000 se deslizó por las céntricas calles de San Femando dirigiéndose al muelle turístico de Marakoa, en donde les esperaba un yate con un 200 HP en marcha. Cuando el hombre y la joven estuvieron a bordo, el yate dejó tras de sí una estela blanca que partía en dos, las negras aguas del Atabapo.

Eran las 8,30 a.m.

El Mitsubishi 3.000 volaba en dirección al Aeropuerto. Un Hércules de carga lo engulló en su vientre poco antes de tomar vuelo hacia el norte.

3
Kamoi regresó cansado de la Universidad “Simón Bolívar” de Caracas. El postgrado en Nuevas Tecnologías era fascinante, pero lo agotaba. A pesar de sus largos años de estudio, añoraba la libertad de sus selvas, lo relajante de sus ríos y el calor de su ambiente. Cada vez que se bañaba en la ducha, soñaba con las zambullidas en el bello Orinoco, allá frente a la desembocadura del río Mavaca. Cuando salía de la ducha, despertaba de su sueño y mientras se secaba, pensaba en el poco tiempo que le faltaba para su regreso.

La Residencia, logro conseguido por los estudiantes amazonenses después de muchos años de lucha, era una Quinta enorme situada en Las Mercedes, remodelada muy inteligentemente, que cobijaba a unos 30 estudiantes elegidos rigurosamente por su brillantez intelectual.

Kamoi era el único indígena yanomami. Los demás tenían una lejana raíz indígena, el residuo de algún apellido o las bromas genéticas que el tiempo jugaba dando algún “salto atrás”, muchas veces no deseado. El alabado mestizaje sudamericano terminó enterrando a centenares de etnias indígenas.
Kamoi relajado, en bata de baño, se sentó en la sala de estar, esperando la hora de la cena. Contemplaba en la TV la repetición de las jugadas más brillantes de un juego de beisbol. Ya se había ensimismado en sus pensamientos, viendo sin mirar, cuando lo despertó un vociferado EXTRA, como es normal en toda televisión venezolana que se precie:

- “El Hotel Chamuchina de San Fernando de Atabapo en el Estado Amazonas acaba de ser destruido parcialmente. A las 8,45 de la mañana de hoy, una gran explosión sacudió a la población sureña. Se desconoce aún si hay daños personales, pero se espera lo peor, pues las plantas 5 y 6 del edificio quedaron reducidas a escombros. La explosión tiene todos los visos de ser un atentado y, aunque nadie lo ha reivindicado, se sospecha del FYL, el “Frente Yanomami de Liberación”. La planta receptora de satélite de Amazonas fue inutilizada también por una falla que aún no ha podido ser reparada. Más detalles dentro de breves momentos”.
Kamoi trataba de serenarse en la sala de espera del aeropuerto de Charallave. Compró una revista y aunque trató de leer un artículo sobre los últimos adelantos de la Red, no lo logró.

Su padre, solía pernoctar en ese hotel cuando viajaba a San Fernando. Sólo dos días antes había hablado con él y no le dijo nada sobre futuros viajes a San Fernando. Además, lo que le preocupaba profundamente era Chila, su joven amiga colombiana graduada en idiomas, que trabajaba en el Hotel como traductora. Todo intento de comunicación vía celular, resultó infructuoso.

Montó en el avión y aunque intentó serenarse, la imagen de una mujer toda ensangrentada no salía de su mente y, aunque la borraba continuamente, el paisaje de plomizas nubes que divisaba por la ventanilla, no le presagiaba nada bueno.

La zona céntrica de San Fernando se llenó de curiosos. La Guardia Federal y la policía impedían el acceso por las calles adyacentes a la zona de la explosión. Bomberos y paramédicos iban y venían, sacaban heridos del edificio y en las diversas ambulancias los transportaban al Hospital “Samuel Darío Maldonado”, cercano a la Plaza Bolívar. El quirófano no cesó de funcionar todo el día tratando de resolver las urgencias más inmediatas. Las plantas 2 y 3 del Hospital se congestionaron rápidamente, por lo que se tuvo que habilitar el piso 4. El Director llamó al personal del Centro Médico de la ciudad satélite de Trapichote, para que les ayudara en estos primeros momentos.

Los detectives policiales en sus primeras pesquisas buscaban a una mujer de mediana edad que trabajaba de bedel en el hotel. Muy pronto fueron citados también a la sede policial varios de los miembros más activos y conocidos del AI.

En la Central Policial el Comisario Chuga, de pelo aindiado, pequeño y de mirada impenetrable, alzó el mentón provocador no por actitud de soberbia, sino porque lo largo de sus párpados superiores le impedían abrir los ojos con normalidad. Después de fijarse en su libreta comunicó a los periodistas los nombres de las primeras víctimas identificadas, pero no quiso dar pistas sobre los posibles móviles del mismo: Mr. Dickinson, norteamericano, alto representante de los Laboratorios York; el Sr. Kurtz, delegado de la Bayer europea y el Sr. Yokuma, científico de la Universidad de Kyoto, Japón, además de 6 turistas franceses que residían en la planta 5 del Hotel y 13 heridos de variada gravedad.

Al mismo tiempo por la Autopista del Aeropuerto a San Fernando, un taxi superaba los límites de velocidad permitidos por el radar. Chirriaban sus cauchos en las curvas y la gente se volteaba molesta. Ya en plena urbanización “José Solano” frenó delante de una modesta casa de tres plantas.

Kamoi llamó con insistencia. Apareció en el umbral el Sr. Yavinape, amigo y compadre de su papá. Después de servirse una yucuta helada, bebida indígena que ya pocos usaban, se sentaron y hablaron más serenos. La noticia de que su papá no estaba en el Hotel, lo tranquilizó, pero su angustia no cesaba. Quería saber de Chila, la joven colombiana.

Yavinape salió un momento y regresó con un hombre pequeño, cetrino, poco pelo y de mediana edad. Es hombre de confianza de Yavinape. Le dicen “Mamey”, madrugador empedernido que, haciéndose el borracho, es el mejor agente de inteligencia del Comisario Chuga. Acababa de llegar del lugar de los hechos y se dirigía otra vez para allá.

Según él, Chila no está entre las víctimas del Hotel Chamuchina.
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