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LUIS SPOTA Ariano43 La Pequeña Edad




Luis Spota

LA PEQUEÑA EDAD

LA PEQUEÑA EDAD

(edición original del Fondo de Cultura Económica)

© 1964, Luis Spota.

D.R. © 1979 EDITORIAL GRIJALBO, S.A.

Calz. San Bartolo Naucalpan No. 282

Argentina Poniente 11230

Miguel Hidalgo, México, D.F.
QUINTA EDICIÓN
IMPRESO EN MÉXICO

A

GABRIELA

MI HIJA

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.

Al que se fue por unas horas

y nadie sabe dónde se ha perdido

ni a qué silencio entró.

De sobremesa, cada noche,

la pausa sin color que da el varío

o la frase sin fin que cuelga a medias

del hilo de la araña del silencio

abren un corredor para el que vuelve:

suenan sus pasos, sube, se detiene...
octavio paz

I
1
desnudo en la cama, cubiertas de polvo de haba las peque­ñas ámpulas de la viruela loca, el niño observaba a su padre y al doctor Cobo. Habían abierto apenas un par de centíme­tros las puertas del balcón (cuyos cristales veló personal­mente doña María con rojos pliegos de papel de china para proteger al chico de la agresión de la luz) y escrutaban la calle a través de la estrecha rendija. No era miedo, si acaso sólo vaga ansiedad, lo que de sus rostros trascendía: rostros escarlata, como si acabasen de emerger de una pileta de sangre. Estaban muy serios los dos hombres; en silencio, inmóviles, atentos a determinar qué eran y de dónde pro­venían las sordas, rápidas, lejanas explosiones que un mi­nuto antes habían interrumpido su charla. ¡Qué distintas parecíanle a Luis Felipe esas caras adultas! Mediterránea y hermosa, la de Aldo Rossi; de vieja tierra con sed, la del médico de la familia.

—¿Cohetes? —dijo, entre pregunta y afirmación, el doctor Cobo.

—O balazos...

Había calma en el exterior, bajo la luz que cegaba. Las personas que iban a misa o volvían de ella, o que se dirigían a la avenida para abordar algún vehículo que las condujera al Bosque de Chapultepec o a los frescos suburbios —paseos tradicionales de las familias las mañanas de domingo— ca­minaban tranquilamente, sin que las inquietaran los estalli­dos que parecían estar produciéndose en el Zócalo o en sus alrededores; o como si supieran que el estrépito que alar­maba el aire era el de cohetes lanzados al espacio desde Ca­tedral o alguna otra iglesia del centro. Solas o en parejas, o en grupos de tres o cuatro, marchaban con la parsimonia de quienes no tienen miedo. Sin la esponja de una nube que la absorbiera, la lumbre del sol comenzaba a calentar ya los hierros de rejas y ventanas y a ablandar el asfalto del arroyo.

Nuevas explosiones tornaron a dejarse oír. Fueron quizá un centenar, o más; ya no intermitentes como en el periodo anterior, sino agrupadas, igual que una ristra de petardos estallando al mismo tiempo. Rossi dudaba que se tratara de ellos. Le hacían recordar más bien el eco de disparos, el grito bronco de armas de fuego. Hubo una breve pausa y luego el estruendo volvió a repetirse con idéntica cadencia.

—Balazos no son...

—Pues cohetes tampoco —insistió Aldo.

Cerró la puerta del balcón y su rostro se convirtió en una sólida masa purpúrea. A contraluz, las enhiestas guías de su bigote a la kaiser refulgieron como navajas. Gustaba a Luis Felipe la fiereza que el formidable mostacho negrísimo proporcionaba a la cara grande y fuerte de su padre, y le maravillaba que lo mantuviera así todo el día con sólo retor­cerlo, de vez en vez, con los dedos índice y pulgar de cada mano. A los ojos del chico, papá revestíase al hacerlo de una especie de majestuosa superioridad sobre los demás hom­bres, fueran o no lampiños; una suerte de poder del que carecían, por ejemplo, el tío Alfonso, Ausencio o el doctor Cobo. Mientras aguzaba reposada y pensativamente las erguidas púas de pelo, Rossi comentó que los que oían no eran triquitraques, sino disparos de rifle.

—Y tal vez hasta de ametralladora...

—Cuando hay tiros en las calles, Aldo, la gente se alarma y corre y se refugia en cualquier agujero que le brinde segu­ridad. La que hemos visto no está asustada. ¿O cree usted que ya olvidaron los últimos días de noviembre de 1910?

Con los índices metidos en las bolsitas del chaleco, Rossi movió la cabeza resistiéndose a admitir los argumentos de Cobo.

—Si no son cohetes, doctor, ni tampoco balazos, ¿qué son esos ruidos?

—Ah... ¡Chi lo sa!

De dos zancadas Rossi cruzó la habitación, que normal­mente le servía de oficina o despacho y que se había conver­tido en dormitorio temporal de Luis Felipe desde que en la piel de éste aparecieron las primeras ámpulas y el médico ordenó que se le apartara de los demás moradores de la casa. Echó un vistazo al almanaque que colgaba de la pared, junto al escritorio de cortina y un poco arriba de la cabecera de la cama de latón en la cual su hijo convalecía de las virue­las. La fecha —domingo 9 de febrero de 1913— no era la de ningún día patrio, pero quizá fuera la de alguna efemérides religiosa que él, por ser hombre poco afecto a asuntos de iglesia, desconocía. Se aproximó a leer lo que estaba escrito, con tipo menudo, bajo el número 9. Preguntó al doctor quién había sido San Nicéforo y si los católicos lo festejaban con salvas y repiques de campana.

—¿San Nicéforo? Un ilustre santo desconocido, me pa­rece...

—Entonces, doctor, lo que oímos fueron balazos.

—¿Qué le permite suponerlo, señor Rossi?

—Digamos que una corazonada... y lo que usted me contó ayer.

—Oh, ¿eso? —Cobo vertió un poco de alcohol en el hueco de su mano izquierda; con la derecha colocó la botella en­cima del buró y luego procedió lentamente a desinfectarse ambas—. ¿Hace usted caso a los rumores que corren por ahí?

—Usted dijo que el general Huerta conspira contra el Presidente.

—Lo dije, sí, y no porque me conste, sino porque tal cosa se cuenta en todas partes. Pero prestar oídos a chismes de cantina...

—Chismes o no, los clientes que vienen a la tienda hablan también de que el general Huerta está en tratos con los que quieren echar al señor Madero. La semana pasada, el jue­ves, usted me dijo: "Don Aldo, muy pronto tendremos un gran jaleo. ¡Muy pronto...! El espiritista de Palacio va a llevarse un susto cuando se le aparezcan los fantasmas..."

Condescendió al doctor Cobo:

—Sí, y también que al embajador americano no le gusta la forma en que Madero está gobernando... Pero que haya un poco de ruido allá fuera y muchas habladurías en la ciu­dad no significa que nos amenace un cuartelazo... Éstos son tiempos de paz. La sangre de 1910 aún huele y no es cues­tión, creo yo, de verter más. Cierto que el Presidente, con sus fallas, su blandura, su falta absoluta de coraje para imponerse, se ha hecho de enemigos, de enemigos más pode­rosos que él...

Continuó hablando mientras reacomodaba en el maletín cuanto había sacado de él para curar a Luis Felipe. Hacía lo uno y lo otro con calma de hombre viejo y metódico; hom­bre, gustaba decir, nacido y educado en tiempo mejor que el presente; en los áureos años de un orden en el que sólo las buenas familias gozaban de privilegios económicos y, por lo mismo, del derecho de acceso a los más selectos círculos sociales y políticos. El doctor Cobo disimulaba invariable­mente sus sentimientos hacia el nuevo régimen y su crítica era comedida, a veces mordaz; pero nunca grosera, cual co­rresponde a quien, como él, vivía con los ojos puestos en un presente al que era necesario adaptarse para no perder lo que había conseguido salvar de la hecatombe revoluciona­ria. No había sido muy difícil para el médico de tantos ilus­tres porfiristas, amoldar su vida al estilo que imponían las circunstancias del momento. En cierta forma, no había ha­bido cambios fundamentales en la estructura de la sociedad mexicana: sólo un ajuste, una redistribución de sus elemen­tos. Los que hasta noviembre de 1910 se desempeñaban en los planos inferiores de la corte oficial (esto es: sumisos al grupo de aristócratas y ricos burgueses que integraban el séquito del dictador) al ocurrir el colapso del Héroe pudie­ron remontar fácilmente el camino de la cumbre en la que ahora se hallaban y en la que actuaban de idéntica forma a como habían actuado sus predecesores. Por su parte, éstos habían hecho lo único que les era posible: en apariencia aceptar la derrota; apretar filas y desdeñar a los advenedi­zos, en espera de un pronto retorno al edén del que los habían expulsado las coléricas turbas forjadas que creían en la promesa del pequeño apóstol: medir a todos, sin distingo de linaje y fortuna, con el mismo rasero. El doctor Cobo' continuó ejerciendo en un ambiente que le era familiar pero que hallaba, sin embargo, no poco enrarecido. Su fama de médico predilecto de la élite en desgracia, lejos de perjudicarlo, le sirvió para acrecentar su clientela y sus in­gresos. No se acostumbraba, empero, que lo llamaran a con­sulta individuos que jamás superaron la modesta jerarquía de ratas de ministerio y que ahora, por gracia del movi­miento igualador del señor Madero, eran personajes de polendas e influencia. Más que consejo profesional, esos prós­peros pacientes buscaban su amistad por el prestigio que, suponían, les otorgaba la de quien había sido doctor de con­fianza de los más famosos príncipes del porfirismo.

Cobo no había interrumpido sus relaciones con los ami­gos en apuros y no les escatimaba, si para ello lo requerían, su auxilio económico; o algo aún más valioso en esos años difíciles —una palabra oportunamente dicha ante quien po­día cambiar la suerte del que solicitaba. Gracias a sus buenos oficios, algunos recuperaron la situación perdida o hallaron medios de crearse otra, siempre dentro del Gobierno, sir­viendo a quienes detestaban. Admiraba al médico que la Revolución no hubiese sido cruel con el adversario en de­rrota, como deben serlo las que desean sobrevivir. Juzgaba débil a Madero porque era magnánimo y estúpido porque creía en la buena fe del género humano. Parecíale absurdo que el Presidente no quisiera ejercer la cabal autoridad de su cargo y grave error que prefiriera compartirla con sus colaboradores, aun a sabiendas de que no todos eran de fiar. El Apóstol había cometido, además, otra torpeza: lla­mar a los mismos funcionarios del antiguo sistema para que le brindaran la ayuda de su experiencia administrativa.

Tal conducta encolerizaba a quienes creían tener mere­cimientos, o por lo menos derecho, a ocupar los puestos clave que el señor Madero, con increíble falta de visión polí­tica, devolvía a sus enemigos. El descontento se propagaba con gran rapidez entre los burócratas menores y, lo que era en verdad muy alarmante, entre los oficiales de rango in­termedio —de mayor a coronel.

Lejos de aplacar tales sentimientos hostiles, que aparen­temente los amenazaban, los nuevos gobernantes de origen porfirista los fomentaban sin recato a fin de provocar un estallido tan violento como el que había expulsado del po­der a la dictadura. De ahí que jugaran el doble juego de ayudar a Madero, en tanto que pactaban compromisos de traición con muchos de los generales, fuertes, ambiciosos y de nulos escrúpulos, a quienes sabían capaces, cuando se les ordenara, de insurreccionarse contra el joven régimen revo­lucionario.

—Éstos son tiempos de paz, señor Rossi; y nada, créame, la amenaza —suspiró Cobo, consciente de que mentía.

Rossi se había sentado en el borde del lecho, y las mani­tas de su hijo, llenas de las pecas del yodo que el doctor aca­baba de aplicarle, se perdieron en la gran palma de su mano derecha: mano de gruesos dedos de uñas cuadradas y ásperos pelos en las falanges. Aldo escuchaba hablar a Cobo con la secreta admiración que dispensaba invariablemente a quienes poseían la virtud de expresarse con fluidez. La amistad de ambos databa del tiempo en que el italiano cor­tejaba a la que ahora era su esposa. Al casar María, el mé­dico de la familia Alard—Torre de Caballeros pasó a serlo del próspero tendero y de su unigénito: ese Luis Felipe, tan propenso a contraer enfermedades, al que había ayudado a venir al mundo, tras un doloroso parto interminable. Si a Rossi le agradaba el facultativo, a éste le gustaba el trato del maduro extranjero que en unos años de esfuerzo y sacrifi­cio había podido hacerse de una sólida fortuna. Que ambos, tan diferentes en cultura y origen social, fueran amigos, buenos amigos, era algo que la señora Rossi no lograba comprender.

Reanudó el doctor Cobo su discurso. Se había quitado los lentes y con un pañuelo de seda los limpiaba. Sin los quevedos, su cara antojábase incompleta y desnuda; peque­ñísimos los ojos, más aguda la nariz, apenas visibles los la­bios. Con rigor de maestro, analizó uno a uno los grandes problemas que el señor Madero no había podido resolver y atribuyó a su absoluta falta de capacidad personal la multiplicación de los que llamaban malestares del pueblo. Interrum­piéndolo por primera vez, Aldo subrayó lo que para él tenía máxima importancia:

—El Ejército apoya al gobierno. Y eso pesa mucho.

—En apariencia, los generales están con el Gobierno, y por eso el Gobierno continúa firme. Ahora bien, ¿por cuánto tiempo? —y se respondió a sí mismo—. Por el tiempo, querido amigo, que a la casta guerrera le convenga seguir siendo leal.

—Las tropas son maderistas.

—Las tropas no son el Ejército. El Ejército no lo constitu­yen los millares de anónimos revolucionarios que pelearon en los campos por el señor Madero y que todavía andan por aquí, con sus grandes sombreros de palma y sus cartucheras cruzadas sobre el pecho. No. El Ejército son los caudillos de águila dorada en la gorra; y su columna vertebral, los veinte, treinta o cincuenta generales con mando de fuerzas. La lealtad de esa minoría es la que importa conservar, la que conviene asegurar por todos los medios posibles. Ahora bien, pregunto, don Aldo, ¿puede confiarse en la de nues­tros generales? —y antes de que Rossi pudiese responder, el doctor Cobo agregó—. El Presidente, éste o cualquier Presi­dente, peligra si no los tiene por completo adictos. ¿Puede Madero afirmar que sus generales son fieles a su régimen? ¿Olvida usted que dos de ellos, Félix Díaz y Bernardo Re­yes, están en prisión precisamente porque conspiraban para derrocar al Gobierno?

—Presos no pueden hacer nada... y ellos dos son los únicos —aventuró el italiano con timidez.

—Eso creen todos, el Presidente inclusive. Y, sin em­bargo, desde sus celdas, Reyes y el sobrino de don Porfirio continúan organizando una insurrección.

Creyendo coger en falta al doctor Cobo, Rossi dijo:

—Entonces ¿sí hay peligro de otra revolución?

Asintió el médico ambiguamente:

—Que haya o no peligro, es cosa difícil de asegurar. Lo que sí es evidente, y ello puede provocar el desastre, es que la autoridad política y militar de Madero es nula. Apena decirlo, pero el hombre está solo porque no tiene amigos. Pocos, o ninguno de los que lo rodean, son de confianza. Lo abandonarán, ya lo verá usted, cuando más los necesite.

Reiteró Rossi que de acuerdo con lo que publicaban los periódicos, y lo que constantemente decían en público los voceros de Palacio, los generales, los gobernadores y los comandantes provincianos continuaban siendo leales a Ma­dero.

—La realidad es muy otra... —indicó el doctor, con pesi­mismo—. Esos mismos hombres que hace dos años lo ayuda­ron a mandar al destierro al Héroe de La Carbonera se dis­ponen hoy a traicionar a Madero. ¿Por qué, se preguntará usted, si ya la Revolución se convirtió en gobierno? Porque desean ser ellos los que detenten el poder, los que manden, los que se enriquezcan. Madero no manda ni les permite que se forren el riñon. Ergo: es peligroso, hay que elimi­narlo. Sencilla regla de tres. Tomemos, por ejemplo, a Huerta. Don Victoriano Huerta...

Lo conocía bien Aldo Rossi. Era uno de los clientes habi­tuales de su tienda. Dos veces por semana, el auto Protos del general llegábase a la puerta del establecimiento y un orde­nanza entraba a comprar tres botellas de coñac. Ocasional­mente, Huerta en persona se acercaba al mostrador. Era un hombre extraño; alto sin serlo demasiado; parco de pala­bras, envuelto siempre en un aura de reserva helada. Frisa­ría en los sesenta años, aunque resultara muy difícil asegu­rar que ésos fueran los de su edad. Ocultaban sus ojos unas gafas oscuras, color humo de Londres, que usaba más para esconderlos al examen de los ajenos que para protegerlos de la luz.

—El Presidente —expresó Rossi con gran candidez— estima mucho al general Huerta.

—Judas era uno de los discípulos predilectos del Señor —le recordó Cobo sentenciosamente—. Es de entre nuestros amigos, Aldo, de donde sale siempre el que nos traicio­na. ¿Qué de extraño tiene, pues, que Huerta, si halla oca­sión, apuñale por la espalda a Madero? Por supuesto que cuanto he dicho es lo que dicen las bocas de la ciudad, tan afectas a tramar intrigas… reales o imaginarias. A lo que parece, al general Huerta le corre prisa por convertirse en Presidente de la República antes de que don Panchito termine su periodo constitucional... Cuando los generales mexicanos tienen al Ejército de su parte suelen no aguardar al tiempo de los comicios para disputar el poder presiden­cial. Es más fácil, por medio de un golpe de estado, apode­rarse de él... El camino de la obediencia es largo; más corto es el de la traición, sobre todo si la fuerza de las armas allana los obstáculos.

Cobo se expresaba con franqueza. De cuanto decía, nada era imposible que sucediera. Sonrió con amargura sardó­nica:

—En nuestros tiempos basta que uno o dos generales de primera fila no apoyen al gobierno, para que éste se tamba­lee.

Terminó el doctor Cobo de doblar sobre sus antiguos pliegues el pañuelo de seda color obispo y lo devolvió a su sitio habitual: la bolsa anterior de su levita parda. Para escu­char mejor el estruendo que de nuevo los perturbaba y ha­cía difícil la continuidad de la charla, ambos guardaron silencio. Más intenso que antes ascendía de la calle el rumor de que no sabían con certeza si eran petardos o disparos de fusil. Siempre con las manos puestas en las de su padre, Luis Felipe miraba alternativamente a los dos hombres y le pareció, así lo disimularan, que se hallaban muy preocupa­dos. Como el ruido, lejos de cesar, aumentara, Cobo volvió al balcón y, de perfil a Rossi y al niño, permaneció en él un tiempo, casi apoyada al cristal su oreja derecha.

—Tiene usted razón, Aldo. No son cohetes.

Rossi y Cobo se miraron más aprensivos. Siguiendo un impulso, el italiano dejó al niño y abrió las puertas del bal­cón, ya no como antes un par de centímetros, sino por completo. Un torrente de limpísima luz entró en la pieza. El aire estaba lleno de estrépitos, y una ansiedad compulsiva aguijoneaba a los transeúntes y los hacía correr, huyendo sin saber de qué, de la callecita a la avenida o en sentido inverso. Era ya el golpe del pánico, el terror que tomaba por asalto a la metrópoli, el miedo que desbordaba a los hombres en peligro.

—Juraría, ahora sí, que se trata de una ametralladora. De una ametralladora grande. Y de acuerdo al rumbo de donde viene el ruido, debe estar disparando en San Fran­cisco o en el Zócalo.

Aldo se alarmó. Si, como el médico conjeturaba, el tiro­teo estaba ocurriendo en la calle de San Francisco o en el Zócalo, esto es: en la calle y en la plaza principales de la ciudad, ello significaba que su esposa —que había salido muy temprano, según su costumbre, para oír misa en Catedral—se hallaba en grave peligro. Que la acompañara Matilde, la joven sirvienta yaqui, no la ponía a salvo del riesgo inminente de resultar herida o muerta.

—Y María está allá. .. —informó Aldo, señalando vaga­mente con el brazo hacia el exterior.

El doctor Cobo dijo entonces, dramáticamente:

—Este es ya el cuartelazo de que tanto se hablaba. Y yo ¡me voy...!

Hombre siempre calmado, Cobo comenzaba a sufrir un agudo ataque de nerviosismo. Debía marcharse inmediata­mente; buscar, como las asustadas personas que corrían de un extremo a otro de la calle y de la cercana avenida, el seguro refugio de su propia casa. Aunque ignorase con exactitud dónde se disparaba, y por cuánto tiempo conti­nuaría la escaramuza, parecíale insensato afrontar riesgos innecesarios retrasando su partida.

—¿No espera a María, doctor?

—No, Aldo; debo, aún, hacer otras visitas...

Mentía. Cancelar todas las que tenía pendientes por la mañana fue lo primero que decidió en cuanto no le queda­ron dudas respecto a la naturaleza de las explosiones. A partir de ese momento, el valor de cada minuto era incalcu­lable, y perderlo en espera de María, poco cuerdo. Tomó su maletín, reiteró su consejo respecto al tratamiento a que de­bía someterse a Luis Felipe por unos días más, dio al chico una palmadita en las mejillas y, con Aldo, salió al corredor. La puerta que comunicaba con éste había sido también ve­lada con rojo papel china por la previsora señora Rossi. Bajo el alero, docenas de canarios y zenzontles gorjeaban en sus jaulas inmaculadas.

Al fondo escuchábase el crepitar de los chiles mulatos que doña Albina, la cocinera, asaba a fuego lento y con los cuales la señora Rossi prepararía la salsa del ragout domini­cal.

Luego de haber bajado de prisa los peldaños de la ancha escalera, cruzaron el patio sin agregar nuevos comentarios a los que habían hecho en la habitación de Luis Felipe. Ausencio, el mozo, cesó de barrer las baldosas con su escoba de varas y corrió a abrirles la puerta del zaguán. El doctor Cobo abordó su tilbury; con una voz despertó al caballejo, reiteró sus recuerdos para María y formuló un buen deseo antes de partir:

—Ojalá y las cosas no pasen a mayores...

Ya totalmente solo en ella, a Rossi parecíale que la calle había cambiado por completo en la última media hora. Ja­más la había visto tan desierta y silenciosa. El peso de la limpia luz de febrero era denso y agobiador. Miró las fa­chadas de las casas, los letreros de los comercios, los toldos de lona, viejos unos, nuevos otros, de las tiendas; los recios portones de las añosas mansiones de estilo francés, con la curiosidad con que se ve lo que se desconoce. Todo era igual, todo estaba en su sitio, nada era distinto; y, sin em­bargo, experimentaba la sensación de hallarse en una calle nunca antes vista.

—¿Oyó los balazos, patrón? —comentó el mozo, aproxi­mándose.

—Sí.

—Y siguen, pero muy lejos.

Por un momento, Aldo consideró la conveniencia de ir a buscar a su esposa y a la sirvienta. Eran poco más de las diez de la mañana en su Longines de números romanos y abultada tapa de oro macizo, en cuya parte interior había un retrato de María Alard—Torre de Caballeros que se tomó después de la ceremonia de sus bodas en el templo de La Profesa. Sonreía la novia ("una de las pocas sonrisas no amainas que le he visto"), pero de sus ojos no se tonaba la lívida expresión que siempre los endurecía y que intimi­daba a quienes la miraran, así fuese en un grabado.

—¿Vamos a buscar a la señora? —preguntó Ausencio, que parecía estar leyéndole el pensamiento.

Dio Aldo una excusa pueril:

—No podemos dejar la casa sola.

—Si quiere, voy yo...

—No. La esperaremos aquí...

—Con suerte le pasa algo malo...

—Ella sabe cuidarse sola...

En el trasfondo de su pensamiento, Aldo deseó no ver más a María; deseó que no regresara; que fuera una de las víctimas que el tiroteo irremisiblemente habría de causar. Nunca antes, reflexionó, había deseado la muerte de nadie; ni siquiera la de María, a la que detestaba por ser siempre por ella detestado. ¿Por qué ahora entonces alentaba la es­peranza de que muriese esa mañana? Saberla en peligro, sola en el riesgo de las balas, más que angustiarlo producíale regocijo. ¿Acaso porque su vida conyugal no era feliz? ¿Porque frente a la orgullosa, altanera, aristocrática y glacial hija de la viuda Alard, él, su marido, sufría siempre la humillación intolerable de sentirse inferior en todos los órdenes? O, más que por otra causa, ¿porque de todas las que habían cruzado por su vida era María precisamente la única mujer a la que no había podido conquistar —la única que rechazaba con asco sus impetuosas acometidas viriles?

Cada una de ésas podía ser, y de hecho era, razón sufi­ciente para que Aldo deseara, en el secreto de su pensa­miento, sin pudor o pesar de ninguna especie, la muerte de su mujer. Imaginó cómo sería su vida sin la señora Rossi gobernándola, libre de su tiránico albedrío. Una vida sin temor a las querellas, limpia de sospechas, no presidida por la cólera. Una vida, en fin, distinta, tranquila, como la que, estaba seguro, el Destino le depararía si pudiese compartirla con Betina. ¡Si la señora Rossi muriese...! Un levísimo mareo de siniestro optimismo lo perturbó por varios segundos. ¡Si una bala segase su existencia en la calle...! Los efectos del ma­reo se acentuaron, y le fue necesario sacudir la cabeza, lle­narse los pulmones de aire y expelerlo firmemente para apartar de su cerebro aquel morbo.

Los puños en jarras. Aldo se puso a admirar su propie­dad. Era ésta una buena y sólida casa de dos pisos, con bal­cones altos, perpetuamente velados por visillos que habían pertenecido a la residencia de Mamacita y que María se em­peñó en conservar, no porque a su marido le faltase con qué comprar otros, también en París, sino porque usándolos guardaba intacta la ilusión de que la luz que por ellos se filtraba era la misma luz de los años, más felices, previos a su matrimonio. La entrada principal se hallaba justo a la iz­quierda de las puertas, tres y más grandes, de la tienda. Encima de ellas, a todo lo ancho de la fachada, un rótulo:
sorrento

Abarrotes italianos finos — Aldo Rossi, prop.
No brillaban ya, con la viveza que a él le gustaba, las letras color oro viejo pintadas sobre un fondo cárdeno de marmajas que habían sido negras y centelleantes. Volviéndose, dijo a Ausencio: —Recuérdame, mañana, mandarlo repintar.
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