“La crisis y la revolución en el mundo actual. Análisis y perspectivas”






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II Jornadas Internacionales de Investigación y Debate Político

“La crisis y la revolución en el mundo actual. Análisis y perspectivas”

VIII Jornadas de Investigación Histórico social Razón y Revolución

Buenos Aires, 10 al 12 de diciembre de 2009, Facultad de Filosofía y Letras, UBA. 

Ponencia: “¿El arte por el arte?”

Autor: Alderete, Luciano y Martín Manuli

Pertenencia Institucional: XXXX

Mail: XXXX


La cultura como trinchera de lucha
Introducción
El presente trabajo pretende elaborar un análisis comparativo de dos momentos álgidos de la lucha de clases argentina. Buscaremos establecer el rol de los artistas y como convergen estos con el movimiento obrero, sus organizaciones representativas y las tácticas de lucha.

Entendemos que podemos encontrar relaciones entre la labor de los integrantes del FATRAC y dramaturgos anarquistas de los primeros treinta años del siglo XX. Veremos su praxis como un método de interlocución desde la trinchera de la cultura en la lucha de la clase trabajadora y del pueblo en su conjunto.

Para ello, presentamos un estudio de caso del trabajo literario de Haroldo Conti y de Raymundo Glayzer. Tomando como estudios de caso la filmografía del Cine de la Base y Mascaró: el cazador americano de Haroldo Conti. Ambos vinculados al PRT.

Usaremos de contrapunto la obra de Alberto Ghiraldo y Rodolfo González Pacheco. Analizaremos los textos dramáticos: La columna de fuego del primero e Hijos del pueblo del segundo. Ambos militantes comprometidos con el movimiento ácrata y sus diversas expresiones en la clase obrera.

La primera parte del trabajo da cuenta del uso del arte para defender y alentar los métodos de lucha de la clase trabajadora. La segunda parte versará sobre las tácticas y estrategias centradas en la lucha armada.
Dichos intelectuales se relacionan con la clase obrera de varias maneras distintas. Los cuatro referidos fueron militantes activos de organizaciones políticas revolucionarias y por tanto la producción artística analizada se vio fuertemente influida por ello.

¿El arte por el arte? No, el arte para la revolución”
Marcos. - ¿La huelga por la huelga, entonces?

León .- No. La huelga por la revolución. Ella es por ahora nuestra mejor arma, nuestra arma poderosa, contra un sistema inicuo de explotación proletaria. Que a nosotros, los luchadores de hoy, nos corresponde destruir, en beneficio de todos, aboliéndolo para siempre, borrándolo del terreno económico.”

La columna de fuego, Alberto Ghiraldo.
El anarquismo1 en contraposición con el marxismo, es una corriente que reivindica que el método de luchar contra el Estado es construyendo en oposición a el. Esta idea (con diferencias, claro esta) la encontramos en Bakunin2, en Malatesta3 y en el anarcosindicalismo4 entre otros. Al referirse a la categoría más amplia y menos reduccionista de “pueblo”, la propaganda anarquista permitía las búsquedas organizativas más amplias que las dirigidas meramente a la clase obrera en tanto productores. Ejemplos de esto son la huelga de inquilinos, la Sociedad de Autores Dramáticos y la Asociación de Actores Argentinos. Pero también se buscó el organizar al pueblo de manera libertaria, creando un entorno cultural “sano”, esto es, libre (o menos oprimido) de la explotación capitalista. De este modo, cuadros del anarquismo, con una fuerte inserción en la militancia obrera, no vieron como contradictorio o “dispersivo” el dirigir parte de sus fuerzas a las tareas artísticas. Hernán Díaz sostiene que:

“La unidad de política y literatura fue, verdaderamente, una cuestión central para la generación del novecientos. La juventud bohemia, decididamente influida por el anarquismo tanto en Argentina como en Uruguay, buscó siempre el entendimiento entre su práctica literaria y sus ideas políticas. Ser revolucionario en el arte implicaba ser revolucionario en la sociedad, y viceversa” (Díaz 1991: 35).
y Juan Suriano dice:

“Basado en la idea de solidaridad entre los oprimidos, los anarquistas construyeron, es cierto que en forma reducida, un espacio cultural alternativo desde el cual emitieron sus mensajes como vanguardia contestataria, educada y racional. Ese espacio debía crear y recrear actividades para el tiempo libre de los trabajadores, tiempo libre considerado como tiempo productivo y no como mero tiempo de ocio”. (Suriano 2001: 170).
Más allá de las diferencias que mantenemos con ambos autores, creemos que sus posiciones son interesantes, puesto que nos permiten ilustrar que el anarquismo en las primeras décadas del siglo XX se conformó como un proyecto totalizador que buscaba la emancipación de los individuos en tanto partes de un colectivo que ganaría su libertad no sólo económica sino en su más amplia universalidad.

Como ya dijimos, cuadros anarquistas no vieron como contradictorio dedicarse al arte, los más destacados de la época (tanto por su militancia política como por su éxito teatral) fueron Alberto Ghiraldo y Rodolfo González Pacheco, en quienes nos centraremos.
Alberto Ghiraldo es un “poeta, dramaturgo, narrador y periodista anarquista” (AAVV 2007: 256) quien desempeñó un papel central en el anarquismo rioplatense de 1902 a 1916, cuando parte a España. Elegimos de este autor su obra La columna de fuego por entenderla icónica de su forma de relacionarse con el movimiento obrero. Rodolfo González Pacheco es un “destacado dramaturgo y publicista anarquista” (AAVV 2007: 280) quien tiene una larga carrera de militancia, comenzando en 1897 y cerrándola en la Revolución Española. De este autor tomaremos su Hijos del Pueblo, por entender que es una obra importante para el autor y a la vez pertenece a una coyuntura importante: 1921 es el año en que el grupo de Rodolfo González Pacheco rompe con el grupo de La Protesta y fundará una seguidilla de prensas, la más longeva de ellas será La Antorcha, desde la que varios años después defenderá a los expropiadores en la agria disputa que dividirá al movimiento anarquista.
Por la unidad de la clase: La columna de fuego

Sálvese el pundonor de la clase” 5

Ghiraldo. 1911
Para poder entender a La columna de fuego hay que ubicarla en su contexto. Adherimos a la hipótesis de Hernán Díaz quien sostiene que Ghiraldo representaba a un sector que “buscaba la unidad sindical con corrientes no anarquistas”6 (Díaz 1991: 66) que fue sucesivamente vencido7 por las alas mas puristas (o dogmáticas) del anarquismo y eso explica su desencantamiento de la militancia activa y posterior emigración del país. La obra en cuestión, estrenada en 1913, se insertaba en un período de fuerte reflujo del movimiento anarquista en particular, y del movimiento obrero en general, fruto de la profunda represión llevada a cabo por el Estado argentino para asegurarse la “paz social” necesaria para “festejar” el Centenario. Diego Abad de Santillán sostendrá que:

“ha costado realmente más de dos años el volver a iniciar la marcha interrumpida (…). La sola publicación de la prensa de ideas ha tenido que superar largos períodos de clandestinidad (…). Ya en la segunda mitad de 1913 se puede decir que el terrible período del Centenario había sido superado”. (Abad de Santillán 2005: 211)

y luego agrega:

“Aunque la garra de la reacción del Centenario quedó maltrecha ya en 1913 por obra de la actividad y del espíritu de lucha de los anarquistas, el movimiento obrero, a causa de la falta de trabajo primero, y de las consecuencias morales y económicas de la guerra después, no alcanzó el florecimiento y el vigor de antes más que después de la guerra”. (Abad de Santillán 2005: 221. Cursivas nuestras)
Resumiendo, nos encontramos frente a un anarquismo y a un movimiento obrero llevados a la “humildad” por la fuerza de la violencia estatal. En este contexto, un Ghiraldo incansable, levanta su vieja bandera: la unidad de la clase como prerrequisito para vencer al Capital. Y lo hará de una manera contundente, mediante una estrategia ambiciosa que busca responder a las muchas necesidades del momento. Usará todo su poder e influencia8 para estrenar por la compañía de Pablo Podestá en el Teatro Nuevo La columna de fuego:

“Mucho antes de la hora fijada para la representación, el público concurre al teatro. Se nota, sobre todo, la rápida manera con que ha ido colmándose la capacidad de las galerías, el ‘gallinero’ (…). Son los trabajadores. Los obreros del puerto, los aguerridos militantes de la FORA, de todos los gremios, los que esperan impacientes el momento de iniciar la función.” (Cordero 1962: 152).
Siguiendo a Cordero, vemos que Ghiraldo tenía bien en claro hacia quien le estaba dirigiendo su obra. No era, fundamentalmente, una obra para entretener a los típicos asistentes teatrales, sino que era un texto dirigido a una fuerte polémica de la época en el anarquismo: como hacer en el período post represión del Centenario para construir un movimiento con el poder suficiente para oponérsele al sistema. Pero, tampoco podemos quedarnos con ese único aspecto, porque reduciríamos el fenómeno. Como se colige de la lectura de la obra, Ghiraldo busca también legitimar la lucha del pueblo explotado ante los típicos asistentes teatrales. Si Ghiraldo hubiera querido solo polemizar con el Consejo Federal de la FORA hubiera podido conseguir publicación en alguna de las muchas prensas del movimiento o que fuera representada en una velada obrera por algún cuadro filodramático anarquistas. Pero no, usando sus contactos y su fama, que no era poca, logró que una compañía de primer nivel represente su ambiciosa obra de más de 30 actores en escena en uno de los teatros más importantes de la ciudad. Toda esta puesta en escena era una manera de potenciar su posición en la polémica, avanzar en la construcción de una contrapropuesta al teatro burgués9 y difundir y legitimar la movilización obrera.

La columna de fuego trata sobre una huelga de marítimos declarada un tiempo indeterminado después de una acción fallida. Vemos el conflicto entre los obreros conscientes contra los carneros. El personaje principal es León, un organizador anarquista perteneciente a la FORA, quien durante toda la trama choca con el capataz carnero, Marcos, un viejo militante activo de la FORA quién por miedo al desempleo organiza a los amarillos. Ghiraldo se preocupa mucho por mostrar lo coherente y “humano” de los argumentos de los carneros:

Marcos. Recapitulemos, León. Acuérdese que cuando el otro movimiento fracasó, yo quedé sin trabajo.

(…)

Marcos. (…) Durante varios meses hemos estado viviendo poco menos que de milagro.” (Ghiraldo 1946: 138)
Obrero 6°. – Si no viniera yo, vendría otro ¿verdá? Eso es lo que yo me dije y por eso aquí me tiene.” (Ghiraldo 1946: 153)
Obrero 5°. – (…) Creamé, la situación se aclara. No pueden resistir más. Los pocos que quedan, firmes, iran presos o tendrán que salir del país” (Ghiraldo 1946: 153)
Obrero 5°. – En cambio, la otra ves el perjudicao fue él [Marcos]. Y aunque era bueno, y conocía el trabajo (…), los patrones lo boycotearon y mientras casi todos los compañeros volvían al trabajo él tuvo que morderse las carnes de rabia y quien sabe si de hambre también” (Ghiraldo 1946: 154)
Pero Ghiraldo, deja sentado en la obra su propio juicio de valor, puesto que tanto en el bando carnero como entre los soldados enviados a proteger los intereses de los patrones, encontramos reflexiones que reprueban que los explotados se opongan a los intereses generales de la clase:
Soldado 1°. – Sin embargo, hablando en plata, yo creo que los hombres tenían rasón. El trabajo es duro, es pesao y no lo pagan.

(…)

Sargento. – ¡Mira el huelguista!

Soldado 1°. – Güelguista, no. Pero yo sé lo que es trabajar, agachar el lomo, sudar el quilo, reventarse en la huella, solo pa tener pan y techo.” (Ghiraldo 1946: 149)
Soldado 1°. – (…) Pero lo que no me van a negar es, que es triste que entre eyos mismos no se entiendan. Se ha dicho: ¡a no trabajar! Y ahí andan arrebatándose los puestos pa conseguir un mendrugo y obligándonos a nosotros a defenderlos.” (Ghiraldo 1946: 150)
Marcos. – A ese León yo lo conozco. No hay que temerle. A estas horas debe ya estar enjaulado.

Obrero 5°. – Destino e fieras.

Obrero 6°. – No. Destino de los que son más hombres que nosotros.” (Ghiraldo 1946: 157)
Estas reflexiones de simpatía a sus enemigos coyunturales por parte de los carneros y los soldados, no es recíproca en la obra por parte de los huelguistas. El argumento de Ghiraldo se basa en esto mismo. Critica la incapacidad que tienen los obreros organizados en ver que en un momento de reflujo y malestar económico (que se condice coyunturalmente con la Argentina post Centenario) de darse cuenta que la estrategia huelguística sin adaptaciones los enemista con los desocupados de su propia clase. Por eso, Ghiraldo decide que el momento de expresar ese punto de vista rupturista corresponderá al final dramático de la obra: en el funeral de León, asesinado por Marcos, Salvador, un librepensador afín a las ideas será el vehículo mediante el cual Ghiraldo expresará su opinión:

“en la actual lucha obrera no es posible continuar dejando olvidada esa enorme fuerza latente formada por los sin trabajo, ya que esa fuerza por causas inevitables y fatales, causas de orden económico y de índole tan exigente y perentoria como la vida misma, ha de pesar siempre, decisivamente, en contra de la colectividad, durante los momentos críticos en que ésta pretenda echar mano de la huelga como arma y recurso poderoso contra la actual organización social”. (Ghiraldo 1946: 176. Cursivas del original.)
“La solidaridad (…), no ha alcanzado aún a los desalojados porque solo se piensa en ellos cuando se les necesita. Durante el combate –razón de lucha, lo comprendo– se les impone pasividad y silencio pero en la hora del triunfo, olvidando que toda obligación presupone un derecho, no comparten el provecho ni la gloria”. (Ghiraldo 1946: 175).
Y la solución sería:

“La forma sería repartir el [trabajo] que hubiera, mientras se prepara la gran revolución, que ha de dar en tierra con la organización económica y la injusticia social presentes”. (Ghiraldo 1946: 175).
No pretendemos entrar en un análisis pormenorizado de la pertinencia o no de esta consigna en la Argentina de 1913, puesto que, si bien sería de sumo interés, se escapa de los objetivos de este trabajo, requiriendo una investigación más amplia, que tome en cuenta variables “duras” de la economía, que no vienen al caso. Sólo queremos mencionar nuestro desacuerdo con la lectura de la misma obra que realiza Díaz:

“En última instancia, Ghiraldo propone reemplazar las huelgas por la simple propaganda ideológica” (Díaz 1991: 82).
Por lo ya expuesto, creemos que nada más lejos del planteo de La columna de fuego. El gran “crimen” de Ghiraldo es decir lo que unos años después enunciará Errico Malatesta:

“La sociedad capitalista está constituida de tal manera que, hablando en general, los intereses de cada clase, de cada grupo, de cada individuo son antagónicos con los de todas las demás clases, los demás grupos y todos los otros individuos. Y en la práctica de la vida se verifican los más extraños entrelazamientos de armonías y de intereses entre clases y entre individuos que desde el punto de vista de la justicia social deberían ser siempre amigos o siempre enemigos. Y ocurre con frecuencia que, pese a la proclamada solidaridad proletaria, los intereses de un grupo de obreros se oponen a los de los demás” (Malatesta 2007: 115)
Por la unidad sindical: Hijos del pueblo
Compañero. – váyase por el local de los metarlúrgicos. Allí estaremos. (…)

Gabriel. - ¿Qué tengo que hacer yo allá?...

Compañero. – Allá va a ver que es más lindo forjar el verso y cantarlo en medio de la tormenta (…) Venga al local…”

Hijos del pueblo, Rodolfo González Pacheco
De la misma manera que La columna de fuego es hija de su tiempo, es innegable que Hijos del pueblo esta pensada por Rodolfo González Pacheco como complemento de su praxis militante. Pero ahora nos encontramos con una situación similar pero con un enfoque estratégico diferente. Similar porque el movimiento ácrata sigue dividido y en un aparente reflujo10 y diferente porque González Pacheco, en aras de la unidad decidirá ya no buscar la unidad por medio de la discusión teórica, sino por la creación de una épica romántica que diluya las diferencias y exalte las similitudes. Sobre esta época, Abad de Santillán, el historiador canónico de la FORA del Vto y enemigo acérrimo11 de la corriente a la que adscribía Rodolfo González Pacheco, dice:

“En enero de 1921 se celebró en La Plata un congreso de la F.O.R.A. “novenaria”. Concurrió a él una delegación del Consejo Federal de la F.O.R.A. y en los discursos de práctica se alentó la fusión de las dos organizaciones. (…) fue preciso resignarse a concertar acciones comunes, aun cuando la desconfianza hacia los sindicalistas era grande y la repulsión a todo trato en el mismo plano no se ocultaba por parte de la gran mayoría de los anarquistas”. (Abad de Santillán 2005: 265. Cursivas nuestras)
Luego narra una serie de desencuentros en la búsqueda de concertar acciones en común para apoyar a los obreros de La Forestal, los de Gualeguaychú y los chóferes de Buenos Aires, lo que lleva a:

“El 20 de agosto de 1921 se celebró en Buenos Aires una reunión de delegados, que resolvió dar por terminado el asunto de la fusión, porque para los anarquistas no podía haber fusión sin el previo reconocimiento de sus ideas y tácticas, y además denunciar como agentes políticos introducidos en la organización obrera a un grupo de militantes conocidos que actuaban bajo la sugestión directa o indirecta de Moscú, para hacer de la Federación del quinto congreso una dependencia del nuevo gobierno ruso12”. (Abad de Santillán 2005: 267)
Sobre este período concordamos en buena parte con la versión de López Trujillo, que remarca que estas búsquedas continuamente truncas de fusión se deben, en buena parte, a una lucha intestina dentro del movimiento anarquista. A dos estrategias diferentes que no pueden conciliarse, aunque la “disidente” de la cual Ghiraldo y González Pacheco fueron exponentes visibles busca constantemente lograr un punto de acuerdo. Pero la intransigencia finalista de los que impulsaban la FORA del Vto imposibilitó cualquier fusión. Es en esta situación del movimiento que ubicamos a Hijos del pueblo.

Esta obra fue estrenada el 29 de junio de 1921 en el Teatro Boedo por la Compañía Ripolatense. Nos encontramos a sólo veinte días de la reunión de delegados que resolverá que no se realice la fusión. La situación es tensa en la política del movimiento anarquista. Ya el mismo nombre de la obra nos muestra la intencionalidad del autor: nos remite al himno “oficial” anarquista. La elección no es azarosa, puesto que condice con la lógica interna de la obra: una situación “básica” de militancia ácrata. Claudio, un militante ex convicto vuelve a su hogar donde se encuentra con su madre y hermana, quienes, preocupadas por su bienestar intentan convencerlo de que deje su militancia. Son ayudadas en esta tarea por un personaje grotesco y cómico: un joven bohemio a quien González Pacheco para resaltar su carácter patético lo hace un poeta fatuo y melenudo. Las mujeres y el bohemio se dedican a alejar a Claudio y su amigo militante “criollo” del interior, Ramón, de toda actividad política, impidiéndole que se encuentre con el “Compañero”, un militante metalúrgico que trata de llevar a Claudio a la asamblea. El drama llega al climax cuando la asamblea de obreros metalúrgicos es rodeada por “cosacos” y se produce una batalla cuando los trabajadores intentan evadir el cerco mientras cantan “Hijos del pueblo”. Claudio y Ramón asisten al fatal espectáculo desde una ventana y al final de la obra el “Compañero” traspone el umbral solo para morir por las heridas. Esta muerte es lo que mueve a que Claudio y Ramón desoigan las quejas de los personajes que tratan de retenerlos y salgan a la calle al grito de:

“¡También soy hijo del pueblo yo!”. (González Pacheco 1953: 128)
Coincidimos con parte del análisis que hace Roberto Perinelli sobre Hijos del pueblo, específicamente estos dos puntos:
“- La necesidad (el deber, habría que decir) de “bajar línea”, de modo que el texto ofrece largas zonas narrativas y descriptivas, una retórica que detiene la acción y no ofrece aliento al desarrollo del conflicto. (…)

- Personajes de una sola pieza, sin contradicciones que lleven a plantear alguna ambigüedad en la conducta de los mismos. El punto de vista, la simpatía del autor pasa por los sujetos esclarecidos, capaces de hacerse cargo de la retórica que se mencionó más arriba.”13
Pero desde la óptica de este trabajo, creemos que en Hijos del Pueblo, Rodolfo González Pacheco realiza a consciencia una tarea de “pulido” de todo elemento posiblemente chocante en esta obra de teatro, con la idea clara de resaltar las similitudes entre los diversos anarquistas y diluir las diferencias (que en ese momento, repetimos, estaban a flor de piel). Rodolfo González Pacheco, estaría usando todas sus herramientas (desde su periódico y desde la tribuna del teatro) para limar asperezas en aras de lograr la tan buscada unidad del movimiento ácrata. Que no lo haya podido lograr no es demostrativo de que fue un mal intento, sino de la enormidad de la tarea buscada y de la imposibilidad de establecer puentes cuando otra fuerza busca la separación a ultranza.

Pero como en la obra de Ghiraldo antedicha, si bien reconocemos una función primordial que explica porque la elección del tema, no podemos negar otros matices. Podemos reconocer la doble función de “ocio y tiempo libre (…) entendidos como tiempo productivo y comprometido con el ideal doctrinario” (Suriano 2001: 173). Y también, como dice Perinelli, la obra tiene un diálogo “autobiográfico” en donde Claudio explica su tiempo en Ushuaia, probablemente inspirada en la propia vivencia de Rodolfo González Pacheco:

“No en Ushuaia no se sufre. ¡No se sufre! Desde que entras al presidio hasta que sales, un centinela te apunta con su fusil a la cabeza, a las espaldas o al pecho. De día y de noche, de pie y echado, sientes sobre tu vida la amenaza de ese fusilamiento. (…) Y no se sufre… ¿Sabes por qué?... Porque a poco de ingresar a aquel infierno, eres una bestia vil, inerme y cobarde: ¡que tiembla, no más, que tiembla!” (González Pacheco 1953: 122-3).
Pero, estos elementos, autobiográficos (que serían destinados a crear una catarsis con compañeros que hayan sufrido análogos padecimientos) y de ocio constructivo, se entienden en relación con la totalidad apuntada hacia un fin particular que tiñe las partes. Y la totalidad, reiteramos, es lograr la unidad del movimiento obrero anarquista en pos de los enemigos comunes, esos “burgueses asaz egoístas/que así oprimen la humanidad”.
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