Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…»






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títuloResumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…»
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Capítulo 8



Ezio tenía preparativos que llevar a cabo antes de salir de Monte­riggioni. Tenía mucho más que aprender, junto a su tío, sobre el Credo de los Asesinos, para poder afrontar de la mejor manera po­sible la tarea que tenía por delante. Por otro lado, existía la necesi­dad de intentar que su estancia en Florencia fuera segura, y final­mente había que solucionar el tema de dónde alojarse, puesto que los espías que Mario tenía destacados en la ciudad habían informa­do de que el palazzo de su familia estaba cerrado y clausurado con tablones aunque, al permanecer bajo la protección y vigilancia de los Medici, no había sido saqueado. Varios retrasos y contratiempos llevaron a Ezio a sentirse cada vez más impaciente hasta que, una mañana de marzo, su tío le dijo que preparase el equipaje.

—Ha sido un largo invierno... —dijo Mario.

—Demasiado largo —añadió Ezio.

—... pero ahora ya está todo a punto —continuó su tío—. Y quiero recordarte que una preparación meticulosa es la razón últi­ma de muchas victorias. Y ahora, ¡presta atención! Tengo una ami­ga en Florencia que lo ha dispuesto todo para que tengas un aloja­miento seguro no muy lejos de su casa.

—¿De quién se trata, tío?

Mario se mostró elusivo.

—Su nombre carece de importancia para ti, pero tienes mi pa­labra de que puedes confiar en ella tanto como confiarías en mí. En cualquier caso, en este momento está ausente de la ciudad. Si nece­sitas ayuda, ponte en contacto con tu antigua ama de llaves, Annet­ta, cuya dirección sigue siendo la misma y que ahora trabaja para los Medici, aunque lo mejor es que la menor cantidad de gente po­sible esté al corriente de tu presencia en Florencia. Hay, sin embar­go, una persona a la que debes contactar, aunque no es fácil de loca­lizar. Te he anotado aquí su nombre. Debes preguntar muy discre­tamente por él. Intenta preguntarle a tu amigo el científico cuando le muestres la página del Códice, pero no le des demasiada informa­ción. ¡Es por su propio bien! Y aquí te dejo, por cierto, la dirección de tu alojamiento. —Le entregó a Ezio dos hojas de papel y una vo­luminosa bolsa de cuero—. Y cien florines para que empieces, y tu documentación de viaje, que verás que está en perfecto orden. ¡Y la mejor noticia que tengo que darte es que partirás mañana mismo!

Ezio utilizó el poco tiempo que le quedaba para acercarse a ca­ballo hasta el convento y despedirse de su madre y su hermana, preparar la ropa esencial y el equipamiento que necesitaba, y des­pedirse de su tío y de los hombres y las mujeres de la ciudad que durante todo aquel tiempo habían sido sus compañeros y aliados. Pero ensilló su caballo y cruzó las puertas del castillo al amanecer del día siguiente con el corazón feliz y resuelto. La jornada de via­je fue larga, aunque sin incidentes, y a la hora de cenar estaba ya instalado en su nueva base y preparado para familiarizarse de nue­vo con la ciudad que había sido su hogar durante toda su vida y que hacía tanto tiempo que no veía. Pero no era aquél un regreso senti­mental, y en cuanto estuvo habituado de nuevo y hubo pasado con tristeza por delante de la fachada de su antiguo hogar, se encaminó directamente al taller de Leonardo, sin olvidar llevarse con él la pá­gina del Códice que llevaba encima Vieri de Pazzi.

Desde que Ezio se había ido, Leonardo había ampliado su ta­ller con la adquisición del local contiguo, un amplio almacén con es­pacio suficiente para albergar los resultados físicos de la imagina­ción del artista. Dos mesas con caballete ocupaban el local de un extremo a otro, un espacio iluminado mediante lámparas de aceite y por la luz que entraba a través de las ventanas situadas en lo alto de las paredes (a Leonardo no le gustaba la mirada de los curiosos). Sobre las mesas, colgando de las paredes y esparcidos, a medio mon­tar, por toda la estancia, había un número indeterminado de artilugios, máquinas y piezas de ingeniería. Clavados en las paredes había centenares de dibujos y bocetos. Entre aquel pandemónium de creatividad, trabajaban y correteaban media docena de ayudantes, super­visados por Agniolo e Innocente algo mayores que los demás pero no por ello menos atractivos. Aquí, la maqueta de un carro, excep­to que era redondo, cargado de armas por todas partes y tapado con un toldo acorazado que recordaba la tapa de un cacharro de cocina, encima del cual había un agujero por donde un hombre podía aso­mar la cabeza para cerciorarse de la dirección que seguía la máquina. Allí, el dibujo de un barco con la forma de un tiburón pero con una extraña torre en la parte posterior. Más raro todavía, pues el dibujo daba la impresión de que el barco navegaba por debajo del agua. Ma­pas y dibujos anatómicos que mostraban desde el funcionamiento del ojo, hasta el coito, pasando por el embrión en el útero —y muchos otros que la imaginación de Ezio era incapaz de descifrar—, abarrotaban todo el espacio disponible en la pared, mientras que las muestras y los trastos apilados sobre las mesas le recordaron a Ezio el caos organizado que había visto durante su última visita al estu­dio, aunque multiplicado ahora por cien. Había precisas imágenes de animales, que iban desde lo conocido hasta lo sobrenatural, y bo­cetos de cualquier cosa, desde bombas de agua a muros de defensa.

Pero lo que más le llamó la atención a Ezio colgaba del techo. Ya había visto antes otra versión del artilugio, una maqueta peque­ña, pero aquello parecía un modelo a gran escala de lo que un día llegaría a ser una máquina de verdad. Seguía recordándole el esque­leto de un murciélago, pero ahora había algún tipo de piel resisten­te de animal tensada sobre la estructura de las dos protuberancias de madera. En la proximidad había un caballete con documentos. Entre las anotaciones y los cálculos, leyó Ezio:
... muelle de cuerno o de acero sujeto sobre madera de sauce revestida con cañas.

El impulso sostiene a las aves en su vuelo durante un tiempo en el que las alas no ejercen presión sobre el aire, e incluso se elevan.

Si un hombre pesa noventa kilos y se encuentra en el punto n y levanta el ala con su bloque, que pesa setenta kilos, con un poder equivalente a ciento cuarenta kilos se elevaría con dos alas...
A Ezio aquello le sonaba a griego, aunque como mínimo era capaz de leerlo. Imaginaba que Agniolo había transcrito los impene­trables garabatos de Leonardo. En aquel momento se dio cuenta de que Agniolo estaba mirándolo y rápidamente miró hacia otro lado. Sabía que a Leonardo le gustaba mantenerlo todo en secreto.

Leonardo llegó en aquel momento procedente de su antiguo estudio y corrió rápidamente hacia Ezio para darle un cariñoso abrazo.

—¡Mi querido Ezio! ¡Estás de vuelta! Me alegro mucho de verte. Después de todo lo sucedido, creíamos que... —Pero dejó la frase morir ahí, con expresión de preocupación.

Ezio intentó animarlo de nuevo.

—¡Vaya con este sitio! ¡Evidentemente, para mí nada tiene ni pies ni cabeza, pero me imagino que sabes muy bien lo que haces! ¿Has abandonado la pintura?

—No —respondió Leonardo—. Pero me dedico también a otras cosas... que me llaman la atención.

—Ya lo veo. Y has ampliado el local. Debes de estar prosperan­do. Los últimos dos años han sido buenos para ti.

Pero Leonardo se percató tanto de la tristeza como de la serie­dad que se habían apoderado del rostro de Ezio.

—Tal vez —dijo Leonardo—. Me dejan tranquilo. Supongo que piensan que le resultaré útil a quienquiera que llegue a tener el control absoluto algún día... aunque me imagino que nunca nadie lo tendrá del todo. —Cambió de tema—. ¿Y tú qué me cuentas, ami­go mío?

Ezio se quedó mirándolo.

—Espero que algún día tengamos tiempo de sentarnos y char­lar sobre todo lo ocurrido desde la última vez que nos vimos. Pero, por ahora, necesito de nuevo tu ayuda.

Leonardo extendió las manos.

—¡Por ti, lo que quieras!

—Tengo algo que mostrarte que creo que te interesará.

—Entonces mejor que vengas a mi estudio... Está un poco más ordenado.

Una vez instalados en el antiguo estudio de Leonardo, Ezio sacó de su cartera la página del Códice y la extendió sobre la mesa. Leonardo abrió los ojos de par en par.

—¿Recuerdas la primera hoja? —le preguntó Ezio.

—¿Cómo podría olvidarla ? —El artista miraba la página—. ¡Es emocionante! ¿Puedo?

—Por supuesto.

Leonardo estudió la página con atención, resiguiendo con los dedos el pergamino. Entonces, cogiendo papel y pluma, empezó a copiar palabras y símbolos. Casi de inmediato, empezó a correr de un lado a otro, consultando libros y manuscritos, absorto. Ezio lo observó trabajar, paciente y agradecido.

—Muy interesante —dijo Leonardo—. Hay idiomas desco­nocidos, al menos para mí, aunque siguen una especie de pauta. Hmmm... Sí, aquí hay una glosa en arameo que clarifica un poco las cosas.

Levantó la vista y continuó:

—¿Sabes? Si juntáramos esto con la otra página podría casi pensarse que formaban parte de una guía —a cierto nivel, como mínimo— sobre métodos de asesinato. Pero, naturalmente, hay mucho más que eso, aunque no tengo ni idea qué es. Lo único que sé es que no estamos más que rascando la superficie de lo que esto podría revelar. Necesitaríamos tenerlo completo, pero ¿tienes idea de dónde pueden estar el resto de las páginas?

—No.

—¿O de cuántas hay en total?

—Eso es posible... es posible que lo sepamos.

—Aja —dijo Leonardo—. ¡Secretos! Debo respetarlos.

Pero en ese momento hubo otra cosa que le llamó la atención.

—¡Mira esto!

Ezio miró por encima de su hombro pero no vio más que una sucesión de símbolos estrechamente agrupados y en forma de cuña.

—¿Qué es?

—No puedo descifrarlo, pero si no me equivoco esta sección contiene la fórmula de un metal o de una aleación que desconoce­mos... y eso, lógicamente, ¡no podría existir!

—¿Hay alguna cosa más?

—Sí..., la parte más fácil de descifrar. Se trata básicamente del diseño de otra arma, y parece complementar la que ya tienes. Pero esta tendremos que fabricarla a partir de cero.

—¿Qué tipo de arma?

—Bastante sencilla, en realidad. Es una placa de metal incrus­tada en una muñequera de cuero. La llevarías en el antebrazo iz­quierdo —o en el derecho si fueras zurdo como yo— y la utiliza­rías para repeler los ataques de las espadas, e incluso de las hachas. Lo extraordinario es que, a pesar de que, evidentemente, es muy fuerte, el metal que vamos a tener que fundir es increíblemente li­gero. E incorpora una daga de doble filo, que se activa con un mue­lle como la otra.

—¿Crees que podrías fabricarla?

—Sí, aunque me llevará su tiempo.

—Pues no dispongo de mucho.

Leonardo reflexionó.

—Creo que tengo aquí todo lo que necesito, y mis hombres son lo bastante habilidosos como para forjar esto. —Le dio vueltas un instante a la idea, moviendo los labios mientras hacía los cálcu­los—. Nos llevará dos días. ¡Vuelve para entonces y veremos si fun­ciona!

Ezio asintió.

—Te estoy muy agradecido, Leonardo. Y te lo pagaré.

—Soy yo quien te está agradecido. Este Códice sirve para am­pliar mis conocimientos... Me tenía por un innovador, pero todo lo que encuentro en estas antiguas páginas me intriga. —Sonrió y murmuró, casi para sus adentros—: Y en cuanto a ti, Ezio, no te imaginas la deuda que tengo contigo por habérmelas mostrado. Permíteme ver todas las que puedas encontrar... De dónde las ob­tengas es asunto tuyo. A mí sólo me interesa su contenido, y nadie que no pertenezca a tu círculo, excepto yo, debería verlas. Es toda la recompensa que exijo.

—Te doy mi promesa.

Grazie! Hasta el viernes, entonces... ¿Al atardecer?

—Hasta el viernes.

Leonardo y sus ayudantes cumplieron bien el encargo. La nue­va arma, pese a ser defensiva, era extraordinariamente útil. Los jó­venes ayudantes de Leonardo atacaron en broma a Ezio, aunque utilizando armas de verdad, incluyendo espadas de doble empuña­dura y hachas de combate, y la protección para la muñeca, ligera y fácil de manejar, desvió fácilmente hasta los golpes más fuertes.

—Un armamento asombroso, Leonardo.

—Lo es.

—Y podría salvarme la vida.

—Confiemos en que no sufras más cicatrices como esa que cruza el dorso de tu mano izquierda —dijo Leonardo.

—Es el último recuerdo de un viejo... amigo —dijo Ezio—. Pero necesito una cosa más de ti.

Leonardo se encogió de hombros.

—Si puedo ayudarte, lo haré.

Ezio miró en dirección a los ayudantes de Leonardo.

—¿Tal vez en privado?

—Sígueme.

En el estudio, Ezio desenrolló la hoja de papel que Mario le ha­bía dado y se la pasó a Leonardo.

—Esta es la persona con la que me dijo mi tío que me reunie­ra. Me dijo que no intentara encontrarlo directamente...

Pero Leonardo tenía los ojos clavados en el nombre escrito en el papel. Cuando levantó la vista, su rostro reflejaba ansiedad.

—¿Sabes quién es?

—He leído el nombre: La Volpe. Me imagino que es un apodo.

—¡El Zorro! ¡Sí! Pero no lo pronuncies en voz alta, ni en pú­blico. Los ojos de este hombre están por todas partes, pero él nunca se deja ver.

—¿Dónde podría encontrarlo?

—Es imposible decirlo, pero para empezar —y ándate con mu­cho cuidado— podrías intentarlo por la zona del Mercato Vecchio...

—¡Pero si por allí corren todos los ladrones que no están en galeras o entre rejas!

—Ya te he dicho que tienes que ir con cuidado. —Leonardo miró a su alrededor como si pudieran oírle—. Tal vez..., tal vez po­dría hacerle llegar un mensaje... Ve a buscarlo mañana después de vísperas... A lo mejor tienes suerte..., a lo mejor no.

A pesar de la advertencia de su tío, había una persona en Flo­rencia a quien Ezio estaba decidido a ver de nuevo. Durante todo el tiempo que había durado su ausencia, ella nunca se había alejado de su corazón y las punzadas de amor se habían incrementado aho­ra que sabía que la tenía cerca. No podía correr muchos riesgos en la ciudad. Su rostro había cambiado, se había vuelto más angulo­so a medida que había sumado tanto experiencia como años, pero seguía siendo reconocible como Ezio. La capucha lo ayudaría, per­mitiéndolo «desaparecer» entre la multitud, y se la bajó todo lo que pudo; pero sabía que, a pesar de que ahora gobernaban los Medici, los Pazzi seguían con los dientes afilados. Estaban esperando que llegara el momento oportuno, y seguían alerta; estaba convencido de ello, igual que estaba seguro de que si lo pillaban desprevenido, lo matarían, con Medici o sin Medici. Pero, de todos modos, a la ma­ñana siguiente no pudo impedir que sus pies emprendieran cami­no hacia la mansión Calfucci.

Las puertas que daban a la calle principal estaban abiertas, de­jando ver el soleado patio interior, y allí estaba ella, más delgada, se­guramente más alta, el pelo recogido en un moño alto, una niña convertida en mujer. La llamó.

Cuando ella lo vio, se quedó tan pálida que creyó que iba a des­mayarse, pero se repuso enseguida, le dijo alguna cosa a su criada para que se marchara y salió a recibirlo con los brazos abiertos. Rá­pidamente, él la condujo hacia el refugio de un pasaje abovedado cercano, cuyos muros de piedra amarilla estaban cubiertos de hiedra. Le acarició el cuello y vio que la fina cadena con su colgante se­guía todavía allí, aunque el colgante en sí quedaba oculto en el in­terior de su escote.

—¡Ezio! —exclamó ella.

—¡Cristina!

—¿Qué haces aquí?

—Estoy aquí por asuntos de mi padre.

—¿Dónde has estado? Llevo dos años sin tener noticias de ti.

—He estado... fuera. También por asuntos de mi padre.

—Decían que habías muerto... y también tu madre y tu her­mana.

—El destino nos trató de otra manera. —Hizo una pausa—. Tal vez no haya escrito, pero nunca abandonaste mis pensamientos.

Los ojos de ella, brillantes hasta aquel momento, se nublaron de repente para expresar preocupación.

—¿Qué sucede, carissima? —preguntó él.

—Nada.

Intentó separarse de Ezio. El no la soltó.

—Es evidente que algo te pasa. ¡Dímelo!

Ella le miró a los ojos, y los suyos se llenaron de lágrimas.

—¡Oh, Ezio! ¡Estoy prometida y voy a casarme!

Ezio se quedó tan sorprendido que no podía ni siquiera hablar. La soltó, percatándose de que había estado sujetándola con dema­siada fuerza, casi haciéndole daño. Vio, prolongándose por delante de él, el solitario camino que tendría que andar.

—Fue mi padre —dijo ella—. Se empeñó en que eligiera. Tú no estabas. Te tenía por muerto. Entonces mis padres empezaron a concertar visitas con Manfredo d'Arzenta..., ya sabes, el hijo de los de los lingotes. Se instalaron aquí procedentes de Lucca poco des­pués de que tú abandonaras Florencia. Oh, Dios mío, Ezio, están todo el día diciéndome que no le falle a la familia, que trate de con­seguir un buen enlace mientras aún pueda hacerlo. Creí que nunca volvería a verte. Y ahora...

Le interrumpió la voz de una chica, unos gritos de pánico al fi­nal de la calle, donde había una placita.

Cristina se puso tensa.

—Es Gianetta... ¿Te acuerdas de ella?

Oyeron más chillidos y gritos, y Gianetta pronunció un nombre:

—¡Manfredo!

—Mejor que vayamos a ver qué sucede —dijo Ezio, avanzan­do por la calle en dirección al alboroto.

En la plaza encontraron a Gianetta, la amiga de Cristina, otra chica a quien Ezio no reconoció, y a un hombre mayor que recordó que trabajaba como encargado del padre de Cristina.

—¿Qué sucede? —preguntó Ezio.

—¡Es Manfredo!—gritó Gianetta—. ¡Otra vez con sus deu­das de juego! ¡Esta vez le matarán, seguro!

—¿Qué? —gritó Cristina.

—Lo siento mucho, signorina —dijo el empleado—. Dos hom­bres a quienes les debe dinero. Se lo han llevado a rastras hacia el Puente Nuevo. Dijeron que iban a hacerle pagar la deuda con una paliza. Lo siento mucho, signorina. No he podido hacer nada.

—Tranquilo, Sandeo. Ve a llamar a los guardias de la casa. Yo iré y...

—Espera un momento —la interrumpió Ezio—. ¿Quién de­monios es Manfredo?

Cristina lo miró como si estuviera encerrada detrás de los ba­rrotes de una prisión.

—Mi fidanzato —dijo.

—Veamos qué puedo hacer —dijo Ezio, y echó a correr por la calle que llevaba hacia el puente.

Un minuto más tarde se encontraba en lo alto del malecón que dominaba la estrecha franja de tierra próxima al primer arco del puente, cerca de las lentas aguas amarillentas del Arno. Allí, vio un joven elegantemente vestido de negro y plata arrodillado. Otros dos jóvenes sudaban y gruñían mientras le arreaban puntapiés, o se agachaban para machacarlo a puñetazos.

—¡Pagaré, lo juro! —gemía el joven vestido de negro y plata.

—Ya estamos hartos de tus excusas —dijo uno de sus tortura­dores—. Nos has tomado por tontos. De modo que ahora te dare­mos lo que te mereces.

Y levantó la bota hasta alcanzar el cogote del joven, empuján­dolo contra el barro, mientras su compañero le daba una patada en las costillas.

Estaba el primer atacante a punto de atizarle un puntapié en los riñones, cuando se sintió agarrado por el pescuezo y los faldo­nes de su chaqueta. Alguien lo había levantado en volandas y a con­tinuación se encontró en el aire, aterrizando segundos después en el río, entre las aguas residuales y los escombros que se acumulaban en el primer muelle del puente. Estaba demasiado atareado tratan­do de no ahogarse con las asquerosas aguas que le habían entrado por la boca como para percatarse de que su compañero acababa de seguir su mismo destino.

Ezio le tendió la mano al embarrado joven y lo ayudó a poner­se de nuevo en pie.

Grazie, signore. Creo que esta vez habrían acabado matándo­me de verdad. Pero habrían sido estúpidos de haberlo hecho. Podría haberles pagado... ¡sinceramente!

—¿No os da miedo que vengan de nuevo a por vos?

—No ahora que piensan que tengo un guardaespaldas.

—No me he presentado: Ezio... de Castronovo.

—Manfredo d'Arzenta, a vuestro servicio.

—Yo no soy vuestro guardaespaldas, Manfredo.

—Da lo mismo. Habéis conseguido quitarme de encima a esos payasos y os estoy agradecido. No os imagináis cuánto. De hecho, deberíais permitirme que os ofreciera una recompensa. Pero, ante todo, dejadme asearme e invitaros a una copa. Justo aquí, en Via Fiordaliso, hay una casa de juego...

—Sí, pero un momento —dijo Ezio, sabedor de que Cristina y sus compañeras se acercaban.

—¿Qué pasa?

—¿Jugáis mucho?

—¿Por qué no? Es la mejor forma que conozco de pasar el tiempo.

—¿La amáis? —le cortó Ezio.

—¿A qué os referís?

—A vuestra fidanzata... Cristina... ¿La amáis?

Manfredo se quedó alarmado ante la repentina vehemencia de su salvador.

—Por supuesto... aunque no es asunto vuestro. Matadme aquí mismo y moriría amándola.

Ezio dudó. Parecía que aquel hombre decía la verdad.

—Entonces, escuchadme: no volveréis a jugar nunca más. ¿Me habéis entendido?

—¡Sí! —Manfredo estaba asustado.

—¡Juradlo!

—¡Lo juro!

—No sabéis lo afortunado que llegáis a ser. Quiero que me pro­metáis que seréis un buen esposo. Si me entero de que no lo sois, os buscaré y os mataré.

Manfredo se dio cuenta de que su salvador hablaba completa­mente en serio. Miró sus fríos ojos grises y algo se revolvió en su memoria.

—¿Os conozco? —dijo—. Hay algo en vos... Me sonáis de algo.

—Nunca nos hemos visto Ni tenemos que volver a vernos, a menos que... —Ezio se interrumpió. Cristina esperaba al final del puente, mirando hacia abajo—. Id con ella y sed fiel a vuestra pro­mesa.

—Lo seré. —Manfredo dudó—. La amo de verdad. Tal vez hoy haya aprendido algo. Y haré todo lo que esté en mi mano para ha­cerla feliz. No necesito ningún tipo de amenaza sobre mi vida para prometer esto.

—Eso espero. ¡Y ahora, marchaos!

Ezio se quedó un momento mirando cómo Manfredo subía por el malecón, sus ojos irresistiblemente atraídos hacia los de Cris­tina. Sus miradas se encontraron un instante y él levantó leve­mente la mano a modo de despedida. Dio media vuelta y se mar­chó. Desde la muerte de su familia, no había sentido tanto dolor en el corazón.

El sábado por la tarde lo encontró todavía inmerso en un pro­fundo pesar. En los momentos más oscuros tenía la sensación de haberlo perdido todo: padre, hermanos, hogar, posición social, fu­turo profesional... ¡y ahora, esposa! Pero después se acordaba de la bondad y la protección que Mario le había ofrecido, de su madre y su hermana, a quienes había logrado salvar y proteger. Y por lo que a su futuro y a su carrera se refería, seguía teniendo ambas cosas, aunque ahora corriesen en una dirección muy distinta de la que se había imaginado hasta entonces. Tenía un trabajo que hacer y no tener que suspirar por Cristina le ayudaría a finalizarlo. Le resulta­ría imposible alejarla para siempre de su corazón, pero no le que­daba más remedio que aceptar la solitaria suerte que el Destino le había deparado. ¿Sería siempre así con los Asesinos? ¿Sería eso lo que exigía la fidelidad a su Credo?

Se encaminó al Mercato Vecchio con humor sombrío. Sus co­nocidos solían evitar aquel barrio y él únicamente había estado allí en una ocasión. La plaza del antiguo mercado estaba sucia y descui­dada, igual que los edificios y las calles de los alrededores. Había gente corriendo de un lado a otro, pero nadie dando una passeggiatta. Todo el mundo caminaba con algún propósito, sin perder el tiempo, con la cabeza gacha. Ezio había procurado vestirse con sen­cillez y no había cogido la espada, aunque sí se había colocado en su debido lugar su nueva muñequera metálica y también la hoja ocul­ta, por si acaso las necesitaba. Era consciente de que no debía desta­car entre la multitud y de que tenía que mantenerse en todo mo­mento en estado de alerta.

Se preguntaba qué hacer a continuación, y empezaba a plantear­se entrar en una tabernucha que había en la esquina de la plaza para ver si podía averiguar indirectamente de qué modo establecer con­tacto con el Zorro, cuando un joven delgado apareció de repente como salido de la nada y le dio un empujón.

Scusi, signore —dijo educadamente el joven, sonriendo, y pasó rápidamente por su lado.

De manera instintiva, Ezio se llevó la mano al cinturón. Había dejado a buen recaudo en su alojamiento sus pertenencias más pre­ciadas, pero había guardado unos cuantos florines en el bolso de su cinturón, que acababa de desaparecer. Se giró en redondo, vio al joven dirigiéndose hacia una de las callejuelas que partían de la pla­za y salió en su persecución. Al verlo, el ladrón aceleró, pero Ezio consiguió no perderlo de vista y siguió corriendo tras él, atrapán­dolo por fin y echándole el guante justo cuando estaba a punto de entrar en una vivienda alta y sin carácter de Via Sant' Angelo.

—Devuélvemela —le ordenó.

—No sé a qué os referís —replicó el ladrón, su mirada eviden­ciando su miedo.

Ezio, que había estado a punto de liberar el cuchillo, controló su rabia. De repente se le ocurrió que aquel hombre tal vez pudie­ra proporcionarle la información que andaba buscando.

—No tengo ningún interés en hacerte daño, amigo —dijo—. Limítate a devolverme mi bolsa y no se hable más.

Después de dudar, dijo el joven a regañadientes:

—Vos ganáis.

Dicho lo cual, sacó la bolsa que se había escondido.

—Sólo una cosa más —dijo Ezio.

El hombre se puso al instante en estado de alerta.

—¿Qué?

—¿Sabes dónde podría encontrar a un hombre que se hace lla­mar La Volpe?

El hombre tenía ahora miedo de verdad.

—Nunca he oído hablar de él. Tomad vuestro dinero, signore, y dejadme marchar.

—No hasta que me lo digas.

—Un momento —dijo una voz profunda y gutural a sus es­paldas—. Tal vez yo pueda ayudarte.

Ezio se volvió y vio a su lado un hombre ancho de hombros, de altura similar a la suya y quizás diez o quince años mayor que él. Llevaba la cabeza cubierta con una capucha similar a la de Ezio, que oscurecía en parte su rostro, aunque Ezio consiguió ver dos pene­trantes ojos de color violeta que brillaban con una fuerza misterio­sa y lo miraban con intensidad.

—Deja marchar a mi colega, por favor —dijo el hombre—. Te responderé yo por él.

Dirigiéndose al joven ladrón, le dijo:

—Devuélvele el dinero al caballero, Corradin, y lárgate de aquí. Hablaremos más tarde de esto.

Habló con tanta autoridad que Ezio soltó al chico. En cuestión de un segundo, Corradin depositó la bolsa en su mano y desapare­ció en el interior del edificio.

—¿Quién eres tú? —preguntó Ezio.

El hombre esbozó una lenta sonrisa.

—Me llamo Gilberto, pero me llaman muchas cosas: asesino, por ejemplo, y tagliagole; pero mis amigos me conocen simplemen­te como el Zorro. —Hizo una leve reverencia, sin dejar de mirar a Ezio con sus penetrantes ojos—. Y estoy a tu servicio, messer Audi­tore. De hecho, estaba esperándote.

—¿Cómo... cómo conoces mi nombre?

—Mi trabajo consiste en saberlo todo en esta ciudad. Y sé, me parece, que crees que puedo ayudarte en alguna cosa.

—Mi tío me dio tu nombre...

El Zorro volvió a sonreír, pero no dijo nada.

—Tengo que encontrar a alguien..., estar un paso por delante de él, también, si es que eso es posible.

—¿A quién buscas?

—A Francesco de Pazzi.

—Un pez gordo, por lo que veo. —El Zorro se puso serio—. Tal vez pueda ayudarte. —Hizo una pausa para reflexionar—. Me he enterado de que recientemente ha desembarcado en los muelles alguna gente procedente de Roma. Han venido para asistir a una reu­nión de la que supuestamente nadie debe estar al corriente, pero no saben nada de mí, y mucho menos que soy los ojos y los oídos de la ciudad. El anfitrión de la reunión es el hombre que buscas.

—¿Cuándo tendrá lugar esa reunión?

—¡Esta noche! —El Zorro volvió a sonreír—. No te preocupes, Ezio: no es cosa del Destino. Habría enviado a alguien a buscarte de no haberme encontrado tú antes, pero me he divertido poniéndote a prueba. Los que me buscan casi nunca me encuentran.

—¿Quieres decir que fuiste tú quien preparó mi tropiezo con Corradin?

—Perdona mi sentido teatral; pero debía asegurarme de que nadie te seguía. Corradin es joven, y también ha sido una especie de prueba para él. Mira, tal vez lo haya preparado yo todo, pero él des­conocía por completo el tipo de servicio que estaba prestándome. ¡Simplemente pensaba que yo le había seleccionado una víctima! —Su tono de voz se volvió más duro, más práctico—. Ahora debes encontrar la manera de espiar esa reunión, y no será fácil.

Miró hacia el cielo y continuó:

—Está anocheciendo. Debemos darnos prisa y el mejor modo de desplazarnos es por los tejados. ¡Sígueme!

Sin decir una palabra más, dio media vuelta y empezó a trepar por la pared que tenía a sus espaldas a tal velocidad que a Ezio le costó seguirle. Corrieron por los tejados rojos, aprovechando el últi­mo resplandor del sol para saltar los abismos que abrían las calles, si­lenciosos como gatos, ágiles como zorros, rumbo noroeste, hasta que avistaron la fachada de la gran iglesia de Santa Maria Novella. Se de­tuvo entonces el Zorro. Ezio llegó sólo segundos después, pero se dio cuenta de que jadeaba más que el hombre que le superaba en edad.

—Has tenido un buen maestro —dijo el Zorro.

Pero Ezio tenía la clarísima sensación de que, de haberlo que­rido, su nuevo amigo lo habría superado con facilidad; y aquello no hizo más que aumentar su determinación de cultivar más si cabe sus habilidades. Pero no era momento para andarse con concursos o juegos.

—Ahí es donde messer Francesco celebra su reunión —dijo el Zorro, señalando hacia abajo.

—¿En la iglesia?

—Debajo de ella. ¡Vamos!

A aquellas horas, la piazza de delante de la iglesia estaba com­pletamente desierta. El Zorro saltó desde el tejado y aterrizó en cu­clillas en el suelo; Ezio siguió su ejemplo. Rodearon la plaza y la pa­red lateral de la iglesia hasta alcanzar una puerta escondida en el muro. El Zorro le indicó a Ezio que la empujara y acto seguido se encontraron en la capilla Rucellai. El Zorro se detuvo junto a la tumba de bronce que ocupaba la zona central.

—Existe una red de catacumbas que atraviesa la ciudad a lo largo y a lo ancho. Me resulta muy útil para el tipo de trabajo que realizo, pero por desgracia no tengo la exclusividad sobre ella. De todos modos, son muy pocos los que conocen las catacumbas o sa­ben moverse por ellas, pero Francesco de Pazzi es uno de ellos. Es allí donde está celebrando su reunión con los romanos. Estamos en la entrada más próxima al punto donde deben de estar en estos mo­mentos, pero tendrás que llegar tú solo hasta ellos. En cuanto bajes, encontrarás una capilla, que forma parte de una cripta abandonada, a unos cincuenta metros a tu derecha. Ve con mucho cuidado, pues el sonido se transmite aquí abajo con mucha facilidad. Además es­tará oscuro, por lo que te recomiendo que dejes ante todo que tu vista se acostumbre a la penumbra. Enseguida encontrarás las luces de la capilla que te servirán de guía.

Posó la mano sobre una protuberancia del pedestal de piedra que soportaba la tumba y ejerció presión. A sus pies, una losa apa­rentemente sólida empezó a moverse con la ayuda de unas bisagras invisibles hasta dejar al descubierto un tramo de peldaños esculpi­dos en la roca. Se hizo a un lado.

Buona fortuna, Ezio.

—¿No vienes?

—No es necesario. Y aun con todas mis habilidades, dos perso­nas hacen más ruido que una. Te esperaré aquí. ¡Va, vete!

En el subsuelo, Ezio avanzó a tientas por el húmedo pasadizo de piedra que se abría a su derecha. Avanzó tocando las paredes, que estaban lo bastante próximas entre sí como para poder tocarlas con las dos manos, y se sintió aliviado al ver que sus pisadas no resona­ban sobre el húmedo suelo de tierra. De vez en cuando, había bifur­caciones con otros túneles que palpaba, más que verlos, cuando las manos que le servían de guía detectaban un negro vacío. Perderse allí abajo tenía que ser una pesadilla, pues debía de ser imposible en­contrar de nuevo la salida. Unos leves sonidos le sorprendieron de entrada, hasta que se dio cuenta de que no eran más que ratas co­rreteando, aunque en una ocasión, cuando una de ellas le pasó por encima de los pies, tuvo que esforzarse para sofocar un grito. En los nichos excavados en las paredes, vio de refilón los cadáveres de an­tiguos enterramientos, sus calaveras envueltas en telarañas. Las ca­tacumbas tenían algo de primario y terrible, y Ezio tuvo que sofo­car la oleada creciente de pánico que sentía.

Avistó por fin una tenue luz por delante de él y, moviéndo­se más lentamente ahora, avanzó hacia ella. Permaneció oculto en­tre las sombras hasta que consiguió escuchar a los cinco hombres que veía delante de él, perfilados bajo la luz de la lámpara de una es­trecha y antiquísima capilla.

Reconoció de inmediato a Francesco, una criatura menuda, ner­vuda, vehemente que, cuando llegó Ezio, estaba inclinada delante de dos sacerdotes con coronilla recortada que no reconoció. El de más edad de los dos estaba dándole la bendición con una voz clara y nasal:

Et benedictio Dei Omnipotentis, Patris et Filii et Spiritu Sancti descendat super vos et maneat semper...

Cuando la luz iluminó su rostro, Ezio lo reconoció. Se trataba de Stefano da Bagnone, secretario de Jacopo, el tío de Francesco. Jacopo estaba a su lado.

—Gracias, padre —dijo Francesco una vez concluida la ben­dición.

Se enderezó y se dirigió a un cuarto hombre, que estaba de pie junto a los sacerdotes.

—Bernardo, danos tu informe.

—Todo está a punto. Tenemos un arsenal completo de espadas, varas, hachas, arcos y ballestas.

—Una simple daga sería lo mejor para ese trabajo —dijo el más joven de los dos sacerdotes.

—Depende de las circunstancias, Antonio —dijo Francesco.

—O veneno —continuó el sacerdote más joven—. Pero da lo mismo, mientras muera. No le perdonaré fácilmente haber aniqui­lado Volterra, mi ciudad natal y mi verdadero hogar.

—Cálmate —dijo el hombre llamado Bernardo—. Todos tene­mos motivos suficientes. Ahora, gracias al Papa Sixto, tenemos tam­bién los medios.

—Así es, messer Baroncelli —replicó Antonio—. Pero ¿tene­mos su bendición?

Surgió entonces una voz de las profundas sombras de la parte posterior de la capilla, donde no alcanzaba la luz de la lámpara.

—Bendice nuestra operación, «siempre y cuando no se mate a nadie».

El propietario de la voz emergió hacia la luz y Ezio contuvo la respiración al reconocer a aquella figura encapuchada vestida de rojo carmesí aun a pesar de que todo su rostro, exceptuando la mue­ca despreciativa que formaban sus labios, quedaba oculto bajo la sombra que proyectaba la capucha. Era el visitante más importan­te procedente de Roma: ¡Rodrigo Borgia, il Spagnolo!

Los conspiradores compartieron su sonrisa de complicidad. To­dos sabían de qué bando estaban las lealtades del Papa, que no era otro que el del cardenal que tenían enfrente, un hombre que ejer­cía su control sobre él. Pero, naturalmente, el Sumo Pontífice no podía aprobar abiertamente el derramamiento de sangre.

—Es una suerte que por fin se pueda hacer el trabajo —dijo Francesco—. Hemos sufrido muchos contratiempos. Pero tal y como están las cosas, matarlos en la catedral nos reportará muchas críticas.

—Es nuestra última y única opción —dijo Rodrigo con auto­ridad—. Y librando a Florencia de esa chusma estaremos haciendo el trabajo de Dios, por lo que el escenario es el apropiado. Además, en cuanto controlemos la ciudad..., que la gente murmure contra nosotros, ¡si se atreve!

—Aun así, no dejan de cambiar los planes —dijo Bernardo Ba­roncelli—. Voy incluso a tener que hacer que alguien llame a su hermano menor, Giuliano, para asegurarnos de que llega puntual a la Misa Mayor.

Todos se echaron a reír con el comentario, excepto Jacopo y el Español, que se percató de la seriedad de la expresión de aquél.

—¿Qué sucede, Jacopo?—preguntó Rodrigo al mayor de los Pazzi—. ¿Crees que sospechan alguna cosa?

Antes de que Jacopo pudiera hablar, su sobrino gesticuló con impaciencia.

—¡Imposible! ¡Los Medici son demasiado arrogantes o dema­siado estúpidos para darse cuenta de nada!

—No infravalores a nuestros enemigos —le reprendió Jaco­po—. ¿No te das cuenta de que fue el dinero de los Medici el que subvencionó la campaña contra nosotros en San Gimignano?

—Esta vez no tendremos estos problemas —espetó su sobri­no, molesto por haber sido regañado delante de sus compañeros y con el recuerdo de la muerte de su hijo Vieri aún fresco en su me­moria.

Durante el silencio que siguió, Bernardo se volvió hacia Stefano da Bagnone.

—Tendré que pedirte prestadas un par de túnicas sacerdotales para mañana por la mañana, padre. Cuanto más rodeados de cléri­gos crean estar, más seguros se sentirán.

—¿Quién será el responsable del atentado? —preguntó Ro­drigo.

—¡Yo! —respondió Francesco.

—¡Y yo! —añadieron Stefano, Antonio y Bernardo.

—Bien. —Rodrigo hizo una pausa—. Pienso que, en principio, las dagas serían lo mejor. Mucho más fáciles de esconder, y muy útiles cuando se trata de un trabajo a quemarropa. Pero disponer del arsenal del Papa también es bueno... Estoy seguro de que queda­rán cabos sueltos que solucionar cuando los hermanos Medici ya no estén.

Después, levantó la mano e hizo la señal de la cruz a sus compa­ñeros conspiradores:

Dominus vobiscum, caballeros. Y que el Padre del Saber nos guíe. —Miró a su alrededor—. Bien, creo que con esto el asunto queda zanjado. Debéis perdonarme, pero debo dejaros ya. Tengo va­rias cosas que hacer antes de regresar a Roma, y necesito ponerme en camino antes de que amanezca. No me haría ningún bien ser visto por Florencia el día en que la Casa de los Medici se viene abajo.

Ezio permaneció a la espera, pegado a una pared entre las som­bras, hasta que los seis hombres se hubieron marchado, dejándo­lo completamente a oscuras. Sólo cuando estuvo seguro de que estaba solo del todo, buscó su propia lámpara y acercó la yesca a la mecha.

Volvió por donde había venido. El Zorro estaba esperándolo en la tenebrosa capilla Rucellai. Ezio, con el corazón en un puño, le explicó lo que acababa de oír.

—¿Asesinar a Lorenzo y Giuliano de Medici en la catedral mientras se celebra la Misa Mayor? —dijo el Zorro cuando Ezio hubo terminado, y Ezio vio que, por una vez, aquel hombre se había quedado prácticamente sin palabras—. ¡Es un sacrilegio! Y peor que eso: si Florencia cae en manos de los Pazzi, que Dios nos ayude.

Ezio se quedó pensando.

—¿Podrías conseguirme asiento mañana en la catedral? —le preguntó—. Cerca del altar. Al lado de los Medici.

El Zorro le miró muy serio.

—Complicado, aunque tal vez no imposible. —Miró al joven—. Sé lo que estás pensando, Ezio, pero no podrás lograrlo solo.

—Puedo intentarlo, y dispongo del factor sorpresa a mi favor. Y una cara desconocida por la aristocrazia en la zona principal levan­tará las sospechas de los Pazzi. Pero debes meterme allí, Gilberto.

—Llámame Zorro —le respondió Gilberto y le dijo a conti­nuación, sonriendo—: Únicamente los zorros pueden competir conmigo en lo que a astucia se refiere.

Hizo una pausa y añadió:

—Nos veremos delante del Duomo media hora antes de la Misa Mayor. —Miró a Ezio a los ojos con un nuevo respeto—. Te ayudaré si puedo, messer Ezio. Tu padre se habría sentido orgullo­so de ti.

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