Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…»






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títuloResumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…»
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Capítulo 6



Ya está hecho —le dijo simplemente a Paola.

Lo abrazó ella un momento y se separó a continuación.

—Lo sé. Me alegro de que estés a salvo.

—Creo que ha llegado el momento de abandonar Florencia.

—¿Dónde irás?

—Mario, el hermano de mi padre, tiene una finca cerca de Monteriggioni. Iremos allí.

—Estás ya en busca y captura, Ezio. Están colgando carteles por todas partes con tu imagen y la frase «Se busca». Y los orado­res públicos empiezan a hablar contra ti. —Se interrumpió, pen­sativa—. Ordenaré a mis criados que salgan y arranquen todos los carteles que puedan, y podemos sobornar a los oradores para que hablen de otras cosas. —Se le ocurrió entonces otra idea—. Y mejor que haga preparar documentos para que podáis viajar los tres.

Ezio movió la cabeza de un lado a otro, pensando en Alberti.

—¿En qué mundo vivimos? Resulta tan fácil manipular las creencias...

—Alberti se encontró en una posición que consideraba impo­sible, pero debería haberse mantenido firme. —Suspiró—. La ver­dad se comercia a diario. Tienes que acostumbrarte a ello, Ezio.

Ezio cogió las manos de Paola entre las suyas.

—Gracias.

—Florencia será a partir de ahora un lugar mejor, sobre todo si el duque Lorenzo consigue que uno de sus hombres salga elegi­do gonfaloniere. No hay tiempo que perder. Tu madre y tu hermana están aquí. —Se volvió y dio una palmada—. ¡Annetta!

Apareció Annetta procedente de la parte trasera de la casa, acompañada por María y Claudia. Fue un encuentro muy emotivo. Ezio se dio cuenta de que su madre no estaba muy recuperada y de que seguía guardando entre sus manos la cajita con plumas de Pe­truccio. Le devolvió el abrazo, aunque ausente, mientras Paola contemplaba la escena con una triste sonrisa.

Claudia, por otro lado, le dio un fuerte abrazo.

—¡Ezio! ¿Dónde has estado? Paola y Annetta han sido muy amables, pero no nos dejan volver a casa. Y madre no ha pronuncia­do ni una sola palabra desde... —Se interrumpió, luchando por con­tener las lágrimas y después, recuperándose, añadió—: Bien, tal vez ahora padre pueda solucionarnos las cosas. Tiene que haber sido un terrible malentendido, ¿verdad?

Paola lo miró.

—Es el momento —dijo en voz baja—. Tarde o temprano tie­nen que conocer la verdad.

La mirada de Claudia pasó una y otra vez de Ezio a Paola. Ma­ría había tomado asiento al lado de Annetta, que la rodeaba con el brazo. María tenía la mirada perdida, una débil sonrisa, acariciaba la caja de madera de peral.

—¿Qué sucede, Ezio? —preguntó Claudia, el miedo reflejado en su voz.

—Ha pasado una cosa.

—¿A qué te refieres?

Ezio se quedó en silencio, sin encontrar las palabras adecuadas, pero su expresión habló por él.

—Oh, Dios mío..., ¡no!

—Claudia...

—¡Dime que no es verdad!

Ezio agachó la cabeza.

—¡No, no, no, no, no! —chilló Claudia.

—Shhh. —Intentó calmarla—. Hice todo lo que pude, piccina.

Claudia hundió la cabeza en el pecho de su hermano y lloró, so­llozos largos y brutales, mientras Ezio intentaba consolarla. Miró a su madre por encima de la cabeza de Claudia, pero daba la impre­sión de no haber oído nada. Tal vez, a su manera, lo sabía ya. Des­pués de toda la confusión en la que se había sumido la vida de Ezio, ver cómo su hermana y su madre se arrojaban al abismo de la de­sesperación estuvo a punto de desmoronarlo por completo. Pero se mantuvo firme, abrazando a su hermana, durante un tiempo que le pareció una eternidad, sintiendo el peso de la responsabilidad so­bre sus hombros. De él dependía a partir de ahora la protección de su familia, era él quien debía devolver el honor al apellido Auditore. Ezio, el chico, había dejado de existir... Intentó poner en orden sus pensamientos.

—Escucha —le dijo a Claudia en cuanto ésta se tranquilizó un poco—. Lo que importa ahora es irnos de aquí. Irnos a un lugar se­guro, donde tú y mamma podáis estar a salvo. Pero para conseguir­lo necesito que seas valiente. Tienes que ser fuerte por mí, y cuidar de nuestra madre. ¿Me has entendido?

Claudia lo escuchó, tosió para aclararse la garganta y lo miró.

—Sí.

—Entonces tenemos que poner ya en marcha los preparativos. Coge todo lo que necesites, pero poca cosa..., tendremos que huir a pie. Organizar un carruaje sería demasiado peligroso. Ponte la ropa más sencilla que tengas, no debemos llamar la atención. ¡Y corre!

Claudia se fue con su madre y Annetta.

—Deberías bañarte y cambiarte —le dijo Paola—. Te sentirás mejor.

Dos horas después tenían ya lista su documentación de viaje y estaban listos para partir. Ezio verificó una última vez el contenido de su saca. Tal vez su tío pudiera explicarle el sentido de los docu­mentos que le había arrebatado a Alberti y que tan vitales parecían para él. Llevaba su nuevo cuchillo atado al antebrazo derecho, fue­ra de la vista. Se apretó el cinturón. Claudia salió con María al jar­dín y se quedó junto a la puerta por la que tenían que partir en com­pañía de Annetta, que intentaba reprimir sus lágrimas.

Ezio se volvió hacia Paola.

—Adiós. Y gracias de nuevo por todo.

Ella lo abrazó y le dio un beso muy cerca de la boca.

—Mantente a salvo, Ezio, y ve con mucho cuidado. Me imagi­no que el camino que tienes por delante va a ser muy largo.

Él asintió muy serio, se puso la capucha y se sumó a su madre y a su hermana, cogiendo la bolsa con sus pertenencias. Se despi­dieron de Annetta con un beso y momentos después salieron a la calle y emprendieron camino rumbo norte, Claudia del brazo de su madre. Permanecieron un rato andando en silencio, Ezio reflexionando sobre la gran responsabilidad que estaba obligado a cargar sobre sus hombros. Rezó para estar a la altura de las circunstancias, porque sabía que iba a ser muy complicado. Tendría que mantener­se fuerte, pero lo conseguiría por el bien de Claudia y de su pobre madre, que parecía haberse retraído por completo en sí misma.

No fue hasta que llegaron al centro de la ciudad que Claudia empezó a hablar... y todo eran preguntas. Ezio se dio cuenta alivia­do, sin embargo, de que su voz era firme.

—¿Cómo es posible que nos haya pasado esto? —dijo.

—No lo sé.

—¿Crees que podremos regresar algún día?

—No lo sé, Claudia.

—¿Y qué será de nuestra casa?

Ezio movió la cabeza de un lado a otro. No había tenido tiem­po para disponer nada en aquel sentido aunque, de todos modos, ¿con quién podría haberlo hecho? Tal vez el duque Lorenzo pudie­ra cerrarla, mantener la casa protegida, pero eso no era más que una débil esperanza.

—¿Tuvieron...? ¿Tuvieron un funeral adecuado?

—Sí..., lo arreglé todo yo mismo. —Estaban cruzando el Arno y Ezio se permitió mirar río abajo.

Vieron por fin las puertas del sur de la ciudad y Ezio se sintió satisfecho por haberlas alcanzado pasando desapercibidos. Pero se acercaba un momento peligroso, pues las puertas estaban fuerte­mente vigiladas. Por suerte, los documentos con nombres falsos que Paola les había proporcionado superaron la prueba, pues los guardias andaban buscando un joven solo y desesperado, no una pequeña familia modestamente vestida.

Pasaron el día entero caminando hacia el sur, deteniéndose únicamente cuando estuvieron lo suficientemente alejados de la ciudad como para poder comprar pan, queso y vino en una granja y descansar una hora a la sombra de un roble, junto a un maizal. Ezio se vio obligado a controlar su impaciencia, pues la distancia que se­paraba Florencia de Monteriggioni era de casi cincuenta kilómetros y tenían que viajar siguiendo el ritmo de su madre. Era una mujer fuerte de apenas cuarenta años, pero el shock que había sufrido la había envejecido de repente. Rezó para que su madre se recuperase en cuanto llegaran a casa de su tío Mario, aunque sabía que la recu­peración, si la había, sería lenta. Confiaba en que, salvo que se pro­dujera algún contratiempo, llegaran a la finca de Mario a la tarde del día siguiente.

Pasaron la noche en un granero vacío, donde al menos había heno caliente y limpio. Cenaron los restos de la comida y acomo­daron en todo lo posible a María. Su madre no se quejó en absolu­to, de hecho parecía no darse cuenta de dónde estaba; pero cuando Claudia intentó quitarle la cajita de Petruccio para poder acostar­se, protestó con violencia y apartó a su hija de un empujón, maldiciéndola como una pescadera. Los dos hermanos se quedaron sor­prendidos.

Pero durmió plácidamente y a la mañana siguiente tenía buen aspecto. Se lavaron en un riachuelo, bebieron un poco de agua fres­ca del torrente a modo de desayuno y prosiguieron su camino. Ha­cía un día espléndido, algo caluroso pero con una brisa agradable, y avanzaron a buen ritmo, cruzándose sólo con unas pocas carreti­llas y sin ver a nadie excepto un grupo de trabajadores del campo y los huertos. Ezio compró un poco de fruta, la suficiente al menos para que Claudia y su madre pudieran comer algo, pues él no tenía hambre: los nervios le impedían comer.

Por fin, a media tarde, se sintió animado cuando vio en el ho­rizonte la pequeña ciudad amurallada de Monteriggioni en lo alto de la colina, bañada por el sol. Mario gobernaba con eficiencia el distrito. Dos o tres kilómetros más y estarían en su territorio. Alen­tado, el pequeño grupo aceleró el paso.

—Ya casi estamos —le dijo a Claudia con una sonrisa.

Grazie a Dio —replicó ella, devolviéndosela.

Acababan de empezar a relajarse cuando, en un recodo del ca­mino, una figura que enseguida les resultó familiar, acompañada por una docena de hombres con libreas en azul y dorado, les bloqueó el paso. Uno de los guardias portaba un estandarte con el odiado y conocido emblema de los delfines y las cruces doradas sobre un cam­po azul.

—¡Ezio! —le dijo la figura—. Buon'giorno! Y también a tu familia... o, como mínimo, ¡a lo que queda de ella! ¡Qué sorpresa más agradable!

Hizo un gesto a sus hombres, que se dispusieron en el camino en formación de abanico, sus alabardas a punto.

—¡Vieri!

—El mismo. En cuanto mi padre fue puesto en libertad, deci­dió financiarme esta pequeña excursión de caza. Estaba herido. Además, ¿cómo se te ha ocurrido dejar Florencia sin despedirte de­bidamente?

Ezio avanzó hacia él, indicándoles a Claudia y a su madre que se quedaran atrás.

—¿Qué quieres, Vieri? Me imaginaba que estarías satisfecho con lo que los Pazzi habéis conseguido.

Vieri abrió las manos.

—¿Qué quiero, me preguntas? No sé muy bien por dónde em­pezar. ¡Tantas cosas! Veamos..., me gustaría un palazzo más gran­de, una esposa bonita, mucho más dinero y... ¿qué más?... ¡Oh, sí! ¡Tu cabeza! —Sacó la espada, indicando a sus guardias que se pre­pararan y avanzó hacia Ezio.

—Estoy sorprendido, Vieri... ¿De verdad piensas desafiarme tú solo? ¡Aunque, naturalmente, tienes detrás a tus matones!

—No te considero merecedor de mi espada —replicó Vieri, en­fundándola de nuevo—. Creo que acabaré contigo con mis puños. Siento si todo esto te incomoda, tesora —añadió, dirigiéndose a Claudia—, pero no te preocupes..., no tardaré mucho. Después veré qué puedo hacer para consolarte. ¿Y quién sabe? ¡Quizás también para consolar a tu pequeña mamma!

Ezio dio un rápido paso al frente y conectó el puño con la man­díbula de Vieri, dejando a su enemigo tambaleándose. Lo había pi­llado desprevenido. Pero poniéndose de nuevo en pie, Vieri indicó con un gesto a sus hombres que no se movieran y se abalanzó so­bre Ezio con un rugido, arreándole un golpe tras otro. Tan feroz fue el ataque de Vieri que, a pesar de que Ezio consiguió esquivarlo con destreza, fue incapaz de descargar un solo golpe certero. Ambos hombres se enzarzaron en una lucha por controlar la situación, tambaleándose de vez en cuando para volver a arremeter a conti­nuación con vigor renovado. Finalmente, Ezio consiguió que la ra­bia de Vieri acabara jugando en su contra: nadie lucha de forma efectiva cuando se siente rabioso. Vieri se disponía a lanzar un fuer­te derechazo, cuando Ezio se adelantó y el puñetazo aterrizó sin causar efecto más allá de su hombro, la inercia de Vieri arrastrando hacia delante y de forma incontrolada el peso de su cuerpo. Ezio le puso entonces la zancadilla a su oponente, que acabó mordiendo el polvo. Ensangrentado y vencido, Vieri trató de protegerse detrás de sus hombres y se incorporó, sacudiéndose con unas manos llenas de arañazos.

—Estoy cansado de esto —dijo, y gritó a los guardias—: ¡Aca­bad con él, y también con las mujeres! ¡Tengo cosas mejores que hacer que ocuparme de este renacuajo escuálido y de la carcassa de su madre!

Coniglio! —gritó Ezio, jadeando y desenfundando la espada, pero los guardias habían formado un círculo a su alrededor y exten­dido sus alabardas. Sabía que le costaría mucho poder con todos ellos.

El círculo se estrechó. Ezio continuó dando vueltas sobre sí mismo, intentando mantener en todo momento a las mujeres a sus espaldas, pero la situación pintaba muy mal y la desagradable risa de Vieri sonaba triunfante.

De pronto se oyó un sonido sibilante brusco y casi etéreo y dos de los guardias cayeron de rodillas primero y hacia delante después, soltando simultáneamente sus armas. En sus respectivas espaldas, un cuchillo clavado, enterrado hasta la empuñadura y lanzado con una puntería mortal. La sangre brotaba de sus camisas como una flor encarnada.

Los demás se retiraron alarmados, pero no antes de que uno más de los suyos cayera también al suelo, otro cuchillo en su es­palda.

—¿Qué tipo de brujería es ésta? —gañó Vieri, el terror limi­tándole la voz, desenfundando la espada y mirando como un loco a su alrededor.

Fue respondido por una carcajada profunda y atronadora. —Esto no tiene nada que ver con la brujería, chico..., ¡y todo que ver con la destreza!

La voz provenía de un bosquecillo próximo.

—¡Déjate ver!

Entre los matorrales apareció un hombre alto, con larga barba, vestido con botas altas y un peto ligero. Detrás de él aparecieron va­rios hombres más, vestidos de manera similar.

—Como desees —dijo con ironía.

—¡Mercenarios!—gruñó Vieri, y se volvió hacia sus guar­dias—. ¿A qué esperáis? ¡Matadlos! ¡Matadlos a todos!

Pero el hombre alto se aproximó, le arrancó la espada a Vieri con tremenda elegancia y partió la hoja golpeándola contra su ro­dilla como si fuera un palillo.

—No creo que sea muy buena idea, pequeño Pazzi, aunque debo decir que estás a la altura del apellido de tu familia.

Vieri no respondió, sino que animó a sus hombres a seguir adelante. No muy convencidos, rodearon a los desconocidos mien­tras Vieri, haciéndose con la alabarda de uno de los guardias muer­tos, arremetió contra Ezio, haciendo saltar la espada de su mano y dejándola fuera de su alcance.

—¡Ten, Ezio, utiliza esto! —dijo el hombre alto, lanzándole otra espada, que voló por los aires para aterrizar sobre su punta y, temblorosa, quedarse clavada en el suelo a sus pies.

La recogió en un abrir y cerrar de ojos. Era un arma pesada y, aunque tuvo que utilizar ambas manos para sujetarla, consiguió cortar la empuñadura de la alabarda de Vieri. Este, viendo que sus hombres estaban siendo superados con facilidad por los condottieri, y que había habido ya dos bajas más, suspendió el ataque y, entre maldiciones, emprendió la huida. El hombre alto se acercó dirigien­do una amplia sonrisa a Ezio y las mujeres.

—Me alegro de haber venido a recibirte —dijo—. Me parece que he llegado justo a tiempo.

—Te doy las gracias, quienquiera que seas.

El hombre rio de nuevo, y su voz le sonó entonces familiar.

—¿Te conozco? —preguntó Ezio.

—Desde hace mucho tiempo. ¡Pero sigue sorprendiéndome que no reconozcas ni a tu propio tío!

—¿Tío Mario?

—¡Ese soy yo!

Le dio un apretujón a Ezio y se acercó a continuación a María y Claudia. Una expresión de angustia empañó su cara al ver el es­tado en que se encontraba María.

—Escúchame, niña... —le dijo a Claudia—. Voy a llevarme a Ezio al castello y voy a dejar aquí a mis hombres para que os pro­tejan. Os darán algo de comer y beber. Enviaré un jinete por de­lante y regresará con un carruaje para que os lleve lo que queda de trayecto. Ya habéis caminado bastante por hoy y veo que mi pobre cuñada está... —Hizo una pausa antes de añadir con delicadeza—: Agotada.

—Gracias, tío Mario.

—Todo arreglado, pues. Nos vemos enseguida. Se giró y dio órdenes a sus hombres, rodeó a Ezio con un bra­zo y lo guio hacia su castillo, que dominaba la pequeña ciudad.

—¿Cómo supiste que estaba en camino? —preguntó Ezio.

Mario respondió con evasivas.

—Oh..., un amigo de Florencia envió un mensajero a caballo que llegó antes que tú. Pero ya estaba al corriente de lo sucedido. No he tenido fuerzas para desplazarme a Florencia, pero ahora que Lorenzo está de vuelta rezaremos para que pueda mantener a raya a los Pazzi. Infórmame sobre el destino de mi hermano... y de mis sobrinos.

Ezio se detuvo. El recuerdo de la muerte de su familia seguía siendo un oscuro y obsesivo recuerdo.

—Fueron... fueron ejecutados por traición... —Se interrum­pió—. Yo escapé por pura casualidad.

—Dios mío —dijo Mario, su rostro contorsionado por el do­lor—. ¿Sabes por qué ha sido?

—No..., pero espero que puedas ayudarme a encontrar las res­puestas.

Y Ezio empezó a explicarle a su tío lo del arcón escondido en el palazzo familiar y el contenido del mismo, la venganza que se ha­bía tomado con Alberti y los documentos que le había cogido.

—Lo que más importante parece es una lista de nombres —aña­dió, y dejó de hablar, dolorido—. ¡No puedo creer que haya caído sobre nosotros todo esto!

Mario le dio unos cariñosos golpecitos en el brazo.

—Conozco un poco los negocios de tu padre —dijo, y entonces Ezio se dio cuenta de que Mario no se había mostrado muy sor­prendido cuando le había contado lo del arcón escondido en la cá­mara secreta—. Le encontraremos el sentido a todo esto. Pero, por otro lado, debemos asegurarnos también de que tu madre y tu her­mana estén atendidas. Mi castillo no es un lugar para mujeres de su clase, y los soldados como yo nunca acabamos de sentar la cabe­za; pero a un par de kilómetros de aquí hay un convento donde es­tarán perfectamente a salvo y bien cuidadas. Si estás de acuerdo, las enviaré allí. Porque tú y yo tenemos mucho que hacer.

Ezio asintió. Las acomodaría allí y convencería a Claudia de que era la mejor solución temporal, pues no la veía queriendo per­manecer mucho tiempo recluida de aquella manera.

Estaban aproximándose a la pequeña ciudad.

—Creía que Monteriggioni era enemiga de Florencia —dijo Ezio.

—No tanto de Florencia como de los Pazzi —le explicó su tío—. Ya eres lo bastante mayor como para conocer las alianzas que se es­tablecen entre ciudades—estado, sean grandes o pequeñas. Un año eres amigo de una y al siguiente, enemigo; y luego, al otro, vuelves a ser amigo. Y así eternamente, como un juego de ajedrez que se ha vuelto loco. Pero te gustará esto. La gente es honesta y trabajadora, y nuestros productos son sólidos y resistentes. El sacerdote es un buen hombre, no bebe demasiado y nunca mete las narices en nada que no sean sus propios asuntos. Y a mí me importan los míos... con él, aunque nunca he sido un devoto de la Iglesia. Lo mejor de todo es el vino, el mejor Chianti que probarás en tu vida procede de mis viñedos. Vamos, un poco más y ya llegamos.

El castillo de Mario era la antigua sede de los Auditori y había sido construido hacia 1250, aunque el lugar estaba previamente ocupado por una construcción mucho más antigua. Mario había re­finado y reformado el edificio, que en la actualidad, a pesar de sus muros altos y de varios metros de espesor, tenía el aspecto de una villa opulenta y fortificada. Delante de ella, y en el lugar que ocu­paría habitualmente el jardín, había un gran campo de prácticas donde Ezio vio un par de docenas de jóvenes armados realizando di­versos ejercicios para mejorar su técnica de combate.

Casa, dolce casa —dijo Mario—. No habías estado aquí des­de que eras pequeño. Ha habido algunos cambios desde entonces. ¿Qué te parece?

—Es impresionante, tío.

El resto del día estuvo repleto de actividad. Mario le enseñó a Ezio el castillo, organizó su alojamiento y se aseguró de que María y Claudia quedaban acomodadas sanas y salvas en el convento cer­cano, cuya abadesa era una vieja y querida amiga de Mario (y, se rumoreaba, una antigua amante). A la mañana siguiente fue citado a primera hora en el despacho de su tío, una estancia amplia de te­chos altos con paredes decoradas con mapas, armaduras y armas, y amueblada con una robusta mesa y sillas de madera de roble.

—Mejor que vayas enseguida a la ciudad —le dijo Mario un día poco después, con un tono de voz formal—. Equípate como es debido. Ordenaré a uno de mis hombres que te acompañe. Vuelve aquí en cuanto estés y empezaremos.

—¿Empezaremos qué, tío?

Mario se quedó sorprendido.

—Creía que habías venido a entrenarte.

—No, tío..., no era ésa mi intención. Fue el primer lugar segu­ro que me pasó por la cabeza cuando nos vimos obligados a huir de Florencia. Pero mi intención es llevarme a mi madre y a mi herma­na más lejos aún.

Mario se puso serio.

—¿Y tu padre? ¿No piensas que le habría gustado que termi­naras su trabajo?

—¿Qué trabajo? ¿El de banquero? El negocio familiar ya no existe..., la Casa de los Auditore tampoco, a menos que el duque Lo­renzo haya conseguido que los Pazzi no metan mano en ella.

—No me refería a eso —empezó a decir Mario, pero entonces se interrumpió—. ¿Estás diciéndome que Giovanni nunca te lo contó?

—Lo siento, tío, pero no tengo ni idea de qué me hablas.

Mario movió la cabeza de un lado a otro.

—No sé en qué estaría pensando tu padre. A lo mejor creyó que no era el momento oportuno. Pero los acontecimientos han su­perado cualquier opinión previa. —Miró directamente a Ezio—. Debemos hablar, largo y tendido. Déjame los documentos que guar­das en la bolsa. Tengo que estudiarlos mientras vas a la ciudad a equiparte. Te doy la lista con lo que necesitas, y dinero para pa­garlo.

Totalmente confuso, Ezio partió hacia la ciudad en compañía de uno de los sargentos de Mario, un veterano entrecano llamado Orazio, y siguiendo sus consejos adquirió en la armería una daga de batalla, una armadura ligera y, en casa del médico, vendas y un botiquín básico. Cuando regresó al castillo, Mario lo esperaba con impaciencia.

Salute —dijo Ezio—. He hecho todo lo que me has pedido.

—Y rápido, por lo que veo. Ben fatto! Y ahora, nos toca ense­ñarte a luchar como es debido.

—Tío, perdóname, pero como te he dicho, no tengo intención de quedarme.

Mario se mordió el labio.

—Escúchame, Ezio, vi que apenas sabías defenderte frente a Vieri. De no haber llegado cuando lo hice... —Se interrumpió a mi­tad de la frase—. Bien, vete si quieres, pero al menos aprende antes las habilidades y los conocimientos necesarios para defenderte. De lo contrario, no durarás ni una semana en el camino.

Ezio se quedó en silencio.

—Si no lo haces por mí, hazlo por el bien de tu madre y tu her­mana —insistió Mario.

Ezio consideró sus alternativas, y se vio obligado a reconocer que su tío llevaba la razón.

—De acuerdo, entonces —dijo—. Ya que has tenido la amabi­lidad de equiparme...

El rostro de Mario se iluminó y le dio a su sobrino una palmadita en el hombro.

—¡Buen chico! ¡Vivirás para agradecérmelo!

Las siguientes semanas estuvieron ocupadas con una instruc­ción intensiva sobre el uso de las armas, pero a la vez que Ezio apren­día nuevas habilidades para la lucha, descubría también más deta­lles sobre sus antecedentes familiares y sobre los secretos que su padre no había tenido tiempo de revelarle. Y como Mario había puesto la biblioteca a su entera disposición, empezó poco a poco a descubrir que era muy posible que estuviera al borde de un destino mucho más importante de lo que jamás se hubiera imaginado.

—¿Dices que mi padre era más que un simple banquero? —le preguntó a su tío.

—Mucho más —respondió muy serio Mario—. Tu padre era un asesino con una formación excelente.

—Esto no puede ser... Mi padre fue siempre un financiero, un hombre de negocios... ¿Cómo quieres que fuera un asesino?

—No, Ezio, era mucho más que eso. Nació y se crio para ma­tar. Era miembro superior de la Orden de los Asesinos. —Mario dudó un instante—. Sé que habrás descubierto algo de todo esto en la biblioteca. Tenemos que hablar de los documentos que te confió tu padre y que tuviste el ingenio de recuperar, a Dios gracias, de Al­berti. Aquella lista de nombres... no es un listado de acreedores, ¿sa­bes? Son los nombres de todos los responsables del asesinato de tu padre, hombres que forman parte de una conspiración aun mayor.

A Ezio le estaba costando asimilar aquello: todo lo que creía sobre su padre y su familia resultaba ser ahora una verdad a me­dias. ¿Cómo era posible que su padre se lo hubiera ocultado? Era todo tan inconcebible, tan extraño... Ezio eligió con cuidado sus pa­labras, pues creía que su padre debió de tener sus motivos para man­tener su secretismo.

—Acepto que mi padre fuera mucho más de lo que nunca po­dría haber llegado a imaginarme, y perdóname por haber dudado de tu palabra, pero ¿a qué viene tanto secretismo?

Mario tardó un poco en responder.

—¿Conoces la Orden de los Templarios?

—He oído hablar de ellos.

—La Orden se fundó muchos siglos atrás, poco después de la Primera Cruzada, y se convirtió en una fuerza de combate de élite integrada por guerreros al servicio de Dios; de hecho, eran monjes con armadura. Hacían promesa de abstinencia y voto de pobreza. Pero pasaron los años y su situación cambió. Con el tiempo empe­zaron a implicarse en las finanzas internacionales y con mucho éxi­to, por cierto. Las demás órdenes de caballeros —los Hospitalarios y los Teutones— los miraban con recelo, y su poder empezó a ser causa de preocupación, incluso para los reyes. Establecieron su base en el sur de Francia y en sus planes estaba constituir su propio es­tado. No pagaban impuestos, tenían su propio ejército privado y empezaron a subyugar a todo el mundo. Finalmente, hará unos doscientos años, el rey Felipe el Hermoso de Francia decidió actuar contra ellos. Hubo una purga terrible, los Templarios fueron arres­tados, expulsados, masacrados y acabaron siendo excomulgados por el Papa. Pero fue imposible erradicarlos por completo, pues poseían en torno a quince mil cabildos repartidos por toda Europa. Todo y con eso, con sus fincas y sus propiedades anexadas, dio la impresión de que los Templarios desaparecían, de que su poder estaba roto.

—¿Y qué fue de ellos?

Mario movió la cabeza.

—Naturalmente, planearon una estratagema que garantizara su supervivencia. Pasaron a la clandestinidad, atesoraron las rique­zas que pudieron retener, conservaron su organización y, más que nunca, se concentraron en su verdadero objetivo.

—¿Y cuál era?

—¡Cuál es, querrás decir! —Mario echaba chispas por los ojos—. Su intención no es otra que dominar el mundo. Y sólo existe una organización consagrada a desbaratar sus planes. La Orden de los Asesinos, a la que tu padre y yo tenemos el honor de pertenecer.

Ezio necesitó un momento para captar todo aquello.

—¿Y Alberti era un Templario?

Mario asintió con solemnidad.

—Sí. Igual que todos los demás nombres que aparecen en la lista de tu padre.

—¿Y... Vieri?

—Lo es también, y su padre, Francesco, y el clan entero de los Pazzi.

Ezio reflexionó sobre lo que acababa de contarle su tío.

—Esto explica muchas... —dijo—. Pero hay algo que todavía no te he enseñado.

Se subió la manga para enseñarle su daga oculta.

—Ah —dijo Mario—. Has sido muy inteligente no mostrán­dome esto hasta estar seguro de que podías confiar plenamente en mí. Me preguntaba qué habría sido de ella. Y veo que la has hecho reparar. Era de tu padre, se la regaló nuestro padre, y a él el suyo. Se rompió en... una confrontación en la que estuvo implicado tu padre hace muchos años, pero nunca logró encontrar un artesano lo bas­tante habilidoso o de la suficiente confianza como para repararla. Has hecho bien, chico.

—Eso parece —dijo Ezio—. Pero toda esta conversación sobre Asesinos y Templarios me parece un cuento de la antigüedad... Pa­rece de fantasía.

Mario sonrió.

—¿Como un viejo pergamino repleto de escritura arcana, tal vez?

—¿Conoces la página de ese Códice?

Mario se encogió de hombros.

—¿Acaso lo has olvidado? Estaba con los documentos que me entregaste.

—¿Puedes decirme qué es? —Ezio se sentía reacio a implicar a su amigo Leonardo en todo aquello a menos que fuera estricta­mente necesario.

—Quienquiera que reparó tu daga tiene que haber sido capaz de leer al menos una parte de la página —dijo Mario, pero levantó la mano cuando Ezio estaba a punto de abrir la boca—. No pienso formularte preguntas. Veo que quieres proteger a alguien y lo res­petaré. Pero en esa página hay otras cosas, además de las instruccio­nes de funcionamiento de tu arma. Las páginas del Códice están ac­tualmente repartidas por toda Italia. Es una guía del funcionamiento interno de la Orden de los Asesinos, sus orígenes, objetivos y téc­nicas. Es, si quieres llamarlo así, nuestro Credo. Tu padre creía que el Códice contenía un poderoso secreto. Algo que cambiaría el mundo. —Hizo una pausa para reflexionar—. Tal vez por eso fueron a por él.

Ezio se sentía abrumado con toda aquella información, dema­siada para asimilarla de una vez. «Asesinos, Templarios, aquel ex­traño Códice...».

—Seré tu guía, Ezio. Pero antes debes aprender a abrir tu men­te, y a recordar siempre lo siguiente: nada es verdad. Todo está per­mitido.

Mario no le contó nada más por el momento, por mucho que Ezio tratara de presionarlo. Su tío continuó con su riguroso proce­so de formación militar. Desde el amanecer hasta la caída del sol se ejercitaba con los jóvenes condottieri en el campo de prácticas y por las noches caía en la cama tan agotado que no podía pensar en otra cosa que en dormir. Y entonces, un día...

—¡Bien hecho, sobrino! —le dijo su tío—. Me parece que ya estás a punto.

Ezio se sintió satisfecho.

—Gracias, tío, por todo lo que me has dado.

La respuesta de Mario fue darle un achuchón al chico.

—¡Formas parte de la familia! ¡Esto no es más que mi deber y mi deseo!

—Me alegro de que me convencieras para quedarme.

Mario lo miró con interés.

—Y bien, ¿te has replanteado tu decisión de marcharte? Ezio le devolvió la mirada.

—Lo siento, tío, pero la decisión está tomada. Por la seguridad de mamma y de Claudia, tengo todavía intención de llegar a la cos­ta y partir en barco rumbo a España.

Mario no escondió su disgusto.

—Perdóname, sobrino, pero no te he enseñado todo lo que te he enseñado ni para divertirme ni para tu único y exclusivo bene­ficio. Te lo he enseñado para que estés mejor preparado para en­frentarte a tus enemigos.

—Y así lo haré si dan conmigo.

—Y bien —dijo con amargura Mario—. ¿Quieres irte? ¿Tirar por la borda todo aquello por lo que tu padre luchó y murió? ¿Ne­gar tu verdadera herencia? ¡De acuerdo! No puedo fingir que no estoy decepcionado..., tremendamente decepcionado. Pero que así sea. Orazio te llevará al convento cuando juzgues que es el momen­to adecuado para que tu madre pueda emprender viaje y cuidará de ti en el camino. Te deseo buona fortuna.

Y con eso, Mario le dio la espalda a su sobrino y se marchó.

Pasó más tiempo, pues Ezio comprendió que su madre nece­sitaba paz y tranquilidad para su recuperación. Y él, mientras, ini­ció los preparativos para la marcha con el corazón compungido. Cuando por fin partió para realizar la que se imaginaba que sería su última visita al convento antes de llevarse de allí a su madre y a su hermana, las encontró mejor de lo que se había atrevido a ima­ginar. Claudia había entablado amistad con alguna de las monjas más jóvenes y Ezio comprendió, para su sorpresa aunque no tan­to para su satisfacción, que empezaba a sentirse atraída por aquel tipo de vida. Mientras, su madre iba recuperándose a paso firme pero lento y la abadesa, al enterarse de sus planes, puso reparos, in­formándole de que seguía necesitando descanso por encima de todo y que no debería pensar todavía en un traslado.

Cuando regresó al castillo de Mario, por lo tanto, estaba lleno de dudas, y se daba cuenta, además, de que éstas habían ido aumen­tando con el paso del tiempo.

Durante todo aquel periodo, por otro lado, se habían estado lle­vando a cabo en Monteriggioni diversos preparativos militares que ahora alcanzaban su punto crítico. Observarlos le servía de distrac­ción. No encontró a su tío por ningún lado, pero consiguió localizar a Orazio en la sala de mapas.

—¿Qué sucede? —le preguntó—. ¿Dónde está mi tío?

—Preparándose para la batalla.

—¿Qué? ¿Con quién?

—Oh, esperaba que os lo hubiera contado de haber pensado que ibais a quedaros. Pero todos sabemos que no es vuestra intención.

—Bueno...

—Vuestro viejo amigo, Vieri de Pazzi, se ha instalado en San Gimignano. Ha triplicado la guarnición que hay allí apostada y ha dado a conocer que pronto estará preparado, que piensa demoler por completo Monteriggioni. De modo que vamos a anticiparnos, a aplastar a esa pequeña serpiente y a darles una lección a los Pazzi que no olvidarán en mucho tiempo.

Ezio respiró hondo. Aquello lo cambiaba todo. Y tal vez fuera el Destino, el estímulo que inconscientemente había estado buscando.

—¿Dónde está mi tío?

—En los establos.

Ezio ya estaba saliendo de la habitación.

—¿Adonde vais?

—¡A los establos! ¡Tiene que haber un caballo listo también para mí!

Orazio sonrió al verlo marchar.

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