Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…»






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títuloResumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…»
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Capítulo 4



Hacía una mañana gris y encapotada y la ciudad se sentía oprimida por un calor bochornoso que las nubes tenían atrapado. Ezio llegó a la Piazza della Signoria y vio, tremendamente sorprendido, que ya se había congregado en el lugar una densa multitud. Habían construido una plataforma sobre la que se alzaba una mesa cubierta con un paño bordado con el escudo de la ciudad. Sentado a la misma estaban Uber­to Alberti y un hombre alto y robusto, con nariz ganchuda y unos ojos atentos y calculadores, vestido con ricos ropajes de color carme­sí. Un desconocido, al menos para Ezio. Pero lo que le llamó ensegui­da la atención fueron los demás ocupantes de la plataforma: su padre y sus hermanos, encadenados; y justo más allá de ellos, una construc­ción alta con una gran viga transversal de la que colgaban tres sogas.

Ezio había llegado a la piazza con ansiedad y optimismo. ¿Aca­so no le había dicho el gonfaloniere que todo estaría solucionado aquel mismo día? Pero sus sentimientos cambiaron al instante. Algo iba mal..., muy mal. Intentó abrirse camino entre la multitud, pero resultaba imposible. La claustrofobia amenazaba con superarlo. Intentando con desesperación tranquilizarse, racionalizar sus accio­nes, se detuvo, se cubrió la cabeza con la capucha y ajustó la espada a su cinto. ¿Le fallaría Alberti? Y no podía dejar de mirar a aquel hombre alto, español por su vestimenta, su cara y su tez, que reco­rría constantemente la multitud con su penetrante mirada. ¿Quién era? ¿Por qué despertaba alguna cosa en la memoria de Ezio? ¿Lo habría visto antes en alguna parte?

El gonfaloniere, resplandeciente con la vestimenta típica de su cargo, levantó los brazos para acallar al gentío, y al momento se hizo el silencio.

—Giovanni Auditore —dijo Alberti en un tono imperativo que, para el agudo oído de Ezio, no conseguía esconder una nota de mie­do—. Tú y tus cómplices estáis acusados del crimen de traición. ¿Dispones de alguna prueba que rebata esta acusación?

Giovanni parecía a la vez sorprendido e incómodo.

—Sí, está todo en los documentos que se te entregaron anoche.

Pero dijo entonces Alberti:

—No tengo noticias de ningún documento, Auditore.

Ezio se dio cuenta enseguida de que aquello era un juicio ama­ñado, y no podía comprender lo que parecía una traición de gran ca­libre por parte de Alberti. Gritó:

—¡Es mentira!

Pero su grito quedó sofocado por el rugido de la multitud. In­tentó acercarse más, abriéndose paso a empujones entre los aira­dos ciudadanos, pero eran muchos y estaba atrapado en medio de todos ellos.

Alberti había vuelto a tomar la palabra.

—Se han reunido y examinado las evidencias que hay contra ti. Son irrefutables. En ausencia de cualquier prueba que demues­tre lo contrario, mi cargo me obliga a declararte a ti y a tus cómpli­ces, Federico y Petruccio, e —in absentia— a tu hijo Ezio, culpables del crimen del que estáis acusados. —Hizo una pausa mientras la multitud se quedaba de nuevo en silencio—. En consecuencia, os sentencio a todos a muerte. ¡La sentencia será llevada a cabo de in­mediato!

La multitud volvió a rugir. Cuando Alberti dio la señal, el ver­dugo preparó las sogas, mientras dos de sus ayudantes cogían al pe­queño Petruccio, que luchaba por reprimir sus lágrimas, y lo con­ducían al cadalso. Le colocaron la soga al cuello mientras el niño rezaba apresuradamente y el sacerdote rociaba su cabeza con agua bendita. El verdugo tiró entonces de una palanca situada a un lado del patíbulo y el pequeño quedó colgando, pataleando en el aire hasta quedarse inmóvil.

—¡No! —pronunció Ezio, sin poder creer lo que veían sus ojos—. ¡No, Dios mío, por favor, no!

Pero sus palabras quedaron ahogadas en su garganta, la sensa­ción de pérdida superándolo todo.

Federico fue el siguiente, vociferando su inocencia y la de su familia, luchando en vano para tratar de liberarse de los guardias que lo conducían hacia la soga. Ezio, fuera de sí, intentando deses­peradamente poder moverse, vio una solitaria lágrima cayendo por la demacrada mejilla de su padre. Horrorizado, Ezio observó cómo su hermano mayor y mejor amigo se convulsionaba colgado de la cuerda. Tardó más tiempo que Petruccio en abandonar este mundo, pero también él acabó quedándose finalmente inmóvil, balanceán­dose en la soga..., el crujido de la viga de madera el único sonido que rompía el silencio. Ezio trató de combatir la incredulidad que crecía en su interior. ¿Podía ser verdad que esto estuviera pasando?

La multitud empezó a murmurar, pero una voz firme la hizo callar. Estaba hablando Giovanni Auditore:

—Eres tú quien es un traidor, Uberto. ¡Tú, uno de mis más queridos amigos y socios, a quien le confié mi vida! Y yo soy un es­túpido. ¡No supe ver que tú eras uno de ellos! —Y para decir esto levantó la voz hasta convertirla en un grito de angustia y de ra­bia—. Tal vez hoy nos robes la vida, pero ten en cuenta lo siguien­te: ¡nosotros nos llevaremos a cambio la tuya!

Inclinó la cabeza y se quedó en silencio. Un silencio profundo, interrumpido tan sólo por el murmullo de las oraciones del sacer­dote, que seguía a Giovanni Auditore mientras éste caminaba con dignidad hacia el cadalso y encomendaba su alma a su última gran aventura.

Ezio estaba demasiado conmocionado para sentir dolor. Era como si le hubiera impactado un gran puño de hierro. Pero cuando se abrió la trampilla bajo los pies de Giovanni, no pudo evitarlo.

—¡Padre! —gritó, su voz rota.

Los ojos del español se clavaron al instante en él. ¿Tendría algo sobrenatural la visión de aquel hombre, para encontrarlo entre una multitud como aquélla? Como si fuera en cámara lenta, Ezio vio que el español se inclinaba hacia Alberti, le susurraba alguna cosa, y lo señalaba.

—¡Guardias! —vociferó Alberti, señalando también—. ¡Allí! ¡Es otro de ellos! ¡Capturadle!

Antes de que la muchedumbre pudiera reaccionar y atraparlo, Ezio se abrió paso a la fuerza entre ella, arreando puñetazos a cual­quiera que se interpusiera en su camino. Un guardia estaba espe­rándolo ya. Se abalanzó sobre Ezio, tirándole de la capucha. Con un impulso instintivo, Ezio consiguió liberarse de él, agarró la espada con una mano y cogió al guardia por el cuello con la otra. La reac­ción de Ezio había sido mucho más rápida de lo que el guardia se es­peraba y, antes de que le diera tiempo a levantar los brazos para de­fenderse, Ezio presionó con más fuerza tanto el cuello como la espada, y en un veloz movimiento punzante, recorrió el cuerpo del guardia, clavándole la espada. Al retirarla, los intestinos de su víc­tima asomaron por debajo de su túnica y se derramaron sobre el suelo adoquinado. Apartó el cuerpo de un puntapié y se volvió ha­cia la tribuna, clavándole la mirada a Alberti.

—¡Te mataré por esto! —gritó, su voz tensa por el odio y la rabia.

Pero se acercaban más guardias. Ezio, gobernado por su instin­to de supervivencia, corrió para alejarse de ellos hacia la aparente seguridad de las callejuelas de detrás de la plaza. Para su consterna­ción, vio dos guardias más, veloces, dispuestos a interceptarlo.

Se enfrentaron en un extremo de la plaza. Tenía delante los dos guardias, bloqueando su retirada, los demás acercándose por detrás. Ezio combatió contra los dos primeros de forma frenética. Un quite desafortunado por parte de uno de ellos le arrancó la es­pada de la mano. Temiendo que se acercaba el final, Ezio dio media vuelta para huir de sus atacantes... pero antes de que echara a co­rrer, sucedió algo asombroso. Procedente del callejón al que se diri­gía, y a escasos metros de él, apareció un hombre toscamente ves­tido. Con la velocidad de un rayo, sorprendió a los dos guardias por atrás y, con una daga larga, segó por las axilas los brazos con los que sujetaban sus espadas, cortándoles los tendones y dejándolos inser­vibles. Se movió con tanta rapidez que Ezio apenas pudo seguir con la vista cómo retiraba la espada a uno de los caídos y se la lanzaba a él. Ezio lo reconoció de pronto, y olió una vez más aquel fuerte he­dor a cebollas y ajos. En aquel momento, ni las rosas damascenas le habrían olido mejor.

—Vete de aquí —dijo el hombre; y también él se fue.

Ezio echó a correr por la calle y se sumergió en los pasadizos y callejones que tan bien conocía de sus salidas nocturnas con Fede­rico. El revuelo y el griterío fueron poco a poco desvaneciéndose. Se encaminó hacia el río, y encontró refugio en la cabaña abandonada de un centinela situada detrás de uno de los almacenes propiedad del padre de Cristina.

En el transcurso de aquella hora Ezio dejó de ser un chico para convertirse en un hombre. El peso de la responsabilidad que supo­nía vengar y corregir aquel mal atroz cayó sobre sus espaldas como un pesado manto.

Tumbado sobre un montón de sacos, notó que su cuerpo em­pezaba a temblar. Su mundo acababa de quedar destrozado. Su pa­dre..., Federico... y, Dios, no, el pequeño Petruccio... Todos desapare­cidos, todos muertos, todos asesinados. Sujetando su cabeza entre las manos, rompió a llorar, incapaz de controlar aquel derrama­miento de dolor, miedo y odio. Sólo después de varias horas fue ca­paz de apartar las manos de su cara: sus ojos estaban inyectados en sangre y llenos de inquebrantable venganza. En aquel momento supo Ezio que su anterior vida había acabado: Ezio, el chico, se ha­bía ido para siempre. A partir de ahora, su vida giraba en torno a un objetivo, un único objetivo: la venganza.

Mucho más tarde, perfectamente consciente de que la guardia estaría aún buscándolo de manera implacable, se dirigió a la man­sión de la familia de Cristina siguiendo callejuelas secundarias. No quería ponerla en ningún peligro, pero necesitaba recoger su bolsa y su precioso contenido. Esperó en un hueco oscuro que apestaba a orina, sin moverse siquiera cuando las ratas correteaban entre sus pies, hasta que la luz de su ventana le dijo que se había retirado para ir a dormir.

—¡Ezio!—exclamó ella al verlo en su balcón—. ¡Gracias a Dios que estás vivo! —Su rostro reflejó el alivio que sentía, pero la expresión duró poco, el dolor apoderándose de ella—. Tu padre, tus hermanos...

No pudo terminar la frase y dejó caer la cabeza. Ezio la tomó entre sus brazos y pasaron varios minutos sim­plemente abrazados.

Al final, fue ella quien rompió el abrazo.

—¡Estás loco! ¿Qué haces todavía en Florencia?

—Aún tengo asuntos de que ocuparme —dijo apesadumbra­do—. Pero no puedo permanecer aquí mucho tiempo, es un ries­go demasiado grande para tu familia. Si supieran que estás encu­briéndome...

Cristina permaneció en silencio.

—Dame mi bolsa y me iré.

Ella fue a buscarla, pero antes de dársela le dijo:

—¿Y tu familia?

—Ése es mi primer deber. Enterrar a mis muertos. No pienso permitir que los echen a una fosa con cal como si fuesen criminales comunes.

—Sé dónde los han llevado.

—¿Cómo lo sabes?

—En la ciudad no se ha hablado de otra cosa en todo el día. Pero ahora no habrá nadie por allí. Están cerca de Porta San Niccoló, junto con los cadáveres de los indigentes. Hay una fosa prepa­rada, y están esperando a que por la mañana lleguen los carros con la cal. ¡Oh, Ezio!

Ezio habló manteniendo la calma pero muy serio:

—Debo ocuparme de que mi padre y mis hermanos tengan la partida de este mundo que se merecen. No puedo ofrecerles una misa de réquiem, pero puedo salvar sus cuerpos de la indignidad.

—¡Iré contigo!

—¡No! ¿Te das cuenta de lo que significaría que te sorprendie­sen conmigo?

Cristina bajó la vista.

—Debo ocuparme también de que mi madre y mi hermana es­tén a salvo, y le debo a mi familia una muerte más. —Dudó—. En­tonces me marcharé. Quizás para siempre. La pregunta es: ¿vendrás conmigo?

Ella dio un paso atrás y Ezio vio en su mirada una multitud de emociones en conflicto. Había amor, profundo y duradero, pero en el tiempo que había transcurrido desde el primer día que la tuvo en­tre sus brazos, él había madurado mucho más que ella. Cristina era aún una niña. ¿Cómo podía pretender que hiciera un sacrificio como aquél?

—Quiero hacerlo, Ezio, no sabes cuánto..., pero mi familia... Esto mataría a mis padres...

Ezio la miró con amabilidad. Pese a ser de la misma edad, sus recientes experiencias lo habían hecho madurar mucho más que a ella. Él ya no tenía familia de la que depender, sólo responsabilidad y deber, y aquello era muy duro.

—Me he equivocado preguntándotelo. Y quién sabe, quizás, al­gún día, cuando todo esto quede atrás... —Se llevó las manos al cue­llo y entre los pliegues de sus ropajes localizó un medallón de pla­ta colgado de una fina cadena dorada. Se lo quitó. El medallón tenía un dibujo sencillo, la letra «A» de su apellido—. Quiero que lo tengas tú. Cógelo, por favor.

Cristina lo aceptó con manos temblorosas, llorando. Lo miró y a continuación lo miró a él, para darle las gracias, para darle alguna excusa más.

Pero Ezio se había ido.

En la orilla sur del Arno, cerca de la Porta San Niccoló, Ezio lo­calizó el desolado lugar donde yacían los cuerpos junto a una gran fosa excavada en la tierra. Dos guardias de aspecto lastimero, sim­ples reclutas a tenor de su aspecto, patrullaban por las cercanías, arrastrando sus alabardas más que portándolas con garbo. Ver sus uniformes excitó la ira de Ezio y su primer instinto fue matarlos, pero después pensó que ya había presenciado suficientes muertes aquel día y que no eran más que chicos de campo obligados a ves­tir aquel uniforme en busca de una vida mejor. Se le encogió el co­razón al ver los cuerpos de su padre y sus hermanos al borde de la fosa, aún con la soga rodeando sus abrasados cuellos. Comprendió que en cuanto los guardias se quedaran dormidos, podría transpor­tar sin problema los cadáveres hasta la orilla del río, donde tenía preparada una barca descubierta que había cargado previamente con rastrojos.

Eran casi las tres, y cuando terminó su tarea la débil luz del amanecer empezaba ya a blanquear el cielo por el este. Se encon­traba a orillas del río, contemplando cómo la barca cargada con los cuerpos de su familia, en llamas, se dejaba arrastrar lentamente por la corriente rumbo al mar. Y siguió contemplándola hasta que la luz del fuego desapareció en la distancia.

Regresó entonces a la ciudad, su dolor reemplazado por una implacable determinación. Aún le quedaba mucho que hacer. Pero ante todo, necesitaba descansar. Volvió a la cabaña del centinela y se acomodó como pudo. Un sueñecito no le iría mal; pero ni siquiera durmiendo consiguió que Cristina abandonara sus pensamientos, o sus sueños.

Conocía aproximadamente el paradero de la casa de la herma­na de Annetta, aunque nunca había estado allí, ni siquiera conocía a Paola; pero Annetta había sido su nodriza y sabía que, de poder confiar en alguien, tenía que ser en ella. Se preguntó si conocería ya el destino de su padre y sus hermanos y, de ser así, si se lo habría explicado a su madre y su hermana.

Se acercó a la casa con mucho sigilo, dando un rodeo y, en la me­dida de lo posible, cubriendo la distancia a la carrera y agachado por encima de los tejados para evitar las calles donde, con toda seguridad, Uberto Alberti tendría a sus hombres buscándolo. Ezio no podía de­jar de pensar en la traición de Alberti. ¿A qué facción se referiría su padre cuando habló en el patíbulo? ¿Qué pudo haber inducido a Al­berti a llevar a la muerte a uno de sus más íntimos aliados?

Ezio sabía que la casa de Paola estaba en una calle justo al nor­te de la catedral. Pero cuando llegó allí, no pudo adivinar cuál era. En las fachadas de los edificios había escasos carteles que los identifi­caran, y no podía permitirse el lujo de andar merodeando por allí porque podían reconocerle. A punto estaba de irse cuando vio a An­netta en persona acercándose desde la Piazza San Lorenzo.

Se bajó la capucha para que su rostro quedara camuflado por las sombras y se aproximó a ella, caminando a paso normal, intentan­do mezclarse con los demás ciudadanos que circulaban por la calle. Pasó al lado de Annetta, y se alegró al ver que ni siquiera ella daba muestras de haberlo reconocido. Unos metros más adelante, dio media vuelta y aceleró el paso hasta quedarse a su lado.

—Annetta...

Tuvo ella la agudeza de no volver la cabeza.

—Ezio. Estás a salvo.

—No exactamente. ¿Están mi madre y mi hermana...?

—Están protegidas. Oh, Ezio, tu pobre padre. Y Federico. Y... —sofocó un sollozo— el pequeño Petruccio. Vengo justo ahora de San Lorenzo. Le he puesto una vela a San Antonio por ellos. Dicen que el duque regresará muy pronto. Tal vez...

—¿Están mi madre y Claudia al corriente de lo sucedido?

—Hemos pensado que era mejor no decírselo.

Ezio reflexionó un instante.

—Es mejor así. Se lo diré cuando llegue el momento. —Hizo una pausa—. ¿Me llevarás hasta ellas? No he podido identificar la casa de tu hermana.

—Ahora voy hacia allí. Sígueme.

Se retrasó un poco, pero sin perderla de vista.

El lugar donde entró tenía la fachada sobria y con el aspecto de fortaleza de la mayoría de los edificios grandiosos de Florencia, pero una vez dentro, Ezio se quedó atónito. No era precisamente lo que se esperaba.

Se encontró en un salón de gran tamaño y techos altos rica­mente decorado. Estaba oscuro, un ambiente cerrado. Las paredes estaban cubiertas con festones de terciopelo en tonos granates y marrones oscuros intercalados con tapices orientales que describían escenas de inequívoco lujo y placer sexual. La estancia estaba iluminada por la luz de las velas y en el aire flotaba un aroma a incienso. El mobiliario estaba integrado principalmente por mullidos sofás cama cubiertos con cojines de valioso brocado y mesillas bajas sobre las que había bandejas con jarras de plata con vino, copas de cristal veneciano y recipientes dorados con dulces. Pero lo más sorprenden­te era la gente que ocupaba la estancia. Una docena de bellas chicas, vestidas con sedas y rasos de tonos amarillos y verdes, al estilo flo­rentino pero con faldas con cortes hasta lo más alto del muslo y con profundos escotes que poco dejaban a la imaginación excepto la pro­mesa de dónde no debería aventurarse. En las tres paredes de la sala, por debajo de festones y tapices, había diversas puertas.

Ezio miró a su alrededor, en cierto sentido sin saber dónde mirar.

—¿Estás segura de que es éste el lugar? —le preguntó a An­netta.

Ma certo! Y aquí está mi hermana que viene a recibirnos.

Vio acercarse hacia ellos una mujer elegante, que debía de ro­zar los cuarenta pero que parecía diez años más joven, tan bella como cualquier principessa y mejor vestida que la mayoría. Su mi­rada escondía una velada tristeza, aumentada en cierta manera por la carga sexual que transmitía su persona, y Ezio, con todo lo que tenía en la cabeza, se sintió conmovido.

Le tendió una mano de dedos largos y cargada de joyas.

—Encantada, Ezio. —Le lanzó una mirada de evaluación—. Annetta habla muy bien de ti. Y ahora entiendo por qué.

Ezio, sonrojándose sin poder evitarlo, replicó:

—Aprecio tan amables palabras, madonna...

—Llámame Paola, por favor.

Ezio hizo una reverencia.

—No sé cómo expresar mi gratitud por haber dado protección a mi madre y a mi hermana, mado..., quiero decir, Paola.

—Es lo mínimo que podía hacer.

—¿Están aquí? ¿Podría verlas?

—No están aquí..., no es lugar para ellas, y algunos de mis clientes ocupan lugares muy destacados en el gobierno de la ciudad.

—¿Es este lugar entonces, si me disculpas, lo que me imagino que es?

Paola se echó a reír.

—¡Por supuesto! ¡Pero espero que sea algo distinto de esos tu­gurios que hay en los muelles! Es pronto para que haya trabajo, pero nos gusta estar preparadas..., siempre puede haber algún que otro visitante ocasional de camino al trabajo. Llegas en el momen­to perfecto.

—¿Dónde está mi madre? ¿Dónde está Claudia?

—Están a salvo, Ezio, pero es demasiado arriesgado llevarte ahora a que las veas, y no debemos comprometer su seguridad.

Lo arrastró hacia un sofá y se sentó con él. Annetta, mientras tanto, desapareció en las entrañas de la casa para dedicarse a sus cosas.

—Creo que lo mejor será —continuó Paola— que abandones Florencia con ellas en cuanto tengas oportunidad. Pero primero ne­cesitas descansar. Tienes que recuperar fuerzas, pues te espera por delante un camino largo y complicado. Tal vez te gustaría...
—Muy amable, Paola —dijo interrumpiéndola educadamen­te—, y tienes razón con tu sugerencia. Pero en estos momentos no puedo quedarme.

—¿Por qué? ¿Dónde tienes que ir?

Durante la conversación, Ezio había ido tranquilizándose a medida que sus pensamientos acelerados iban encontrándose. Fi­nalmente había sido capaz de quitarse de encima su conmoción y su miedo, pues había tomado una decisión y encontrado un objetivo, irrevocables ambos.

—Voy a matar a Uberto Alberti —dijo.

Paola adoptó una expresión de preocupación.

—Comprendo tu deseo de venganza, pero el gonfaloniere es un hombre poderoso, y tú no eres un asesino por naturaleza, Ezio...

«El destino está convirtiéndome en ello», pensó, pero dijo en cambio, con toda la educación posible:

—Ahórrate el discurso.

Estaba convencido de su misión.

Paola hizo caso omiso y finalizó su frase.

—... pero yo puedo convertirte en uno.

Ezio reprimió su recelo.

—¿Y por qué querrías enseñarme a matar?

Ella movió la cabeza de un lado a otro.

—Para enseñarte a sobrevivir.

—No estoy muy seguro de que necesite ningún tipo de for­mación por tu parte. Ella sonrió.

—Sé cómo te sientes, pero permíteme, por favor, ayudarte a pu­lir esas habilidades que estoy segura de que posees de forma natu­ral. Considera mis enseñanzas como un arma adicional en tu arsenal.

Paola inició la formación aquel mismo día, reclutando a las chi­cas que estaban libres y a los criados de confianza para que la ayu­daran. En el jardín de detrás de la casa, rodeado de altos muros, or­ganizó a veinte personas a su servicio en cinco grupos de cuatro. Empezaron entonces a dar vueltas por el jardín, cruzándose entre ellas, hablando y riendo, algunas de las chicas lanzando atrevidas miradas a Ezio y sonriéndole. Ezio, que seguía con su preciosa bol­sa colgada a un lado, se mostró inmune a sus encantos.

—Bien —le dijo Paola—, la discreción es crucial en mi pro­fesión. Tenemos que poder caminar libremente por las calles..., vis­tos, pero sin ser vistos. Debes aprender a mezclarte con los demás como nosotras y a convertirte en uno más entre el gentío de la ciu­dad. —Ezio estaba a punto de protestar pero ella levantó la mano—. ¡Lo sé! Annetta me ha dicho que no lo haces del todo mal, pero tie­nes que aprender más cosas. Quiero que elijas un grupo e intentes mezclarte con sus componentes. El objetivo es que yo no pueda dis­tinguirte. Recuerda lo que estuvo a punto de ocurrirte durante la ejecución.

Aquellas duras palabras incitaron a Ezio, aunque era una tarea que de entrada no le parecía complicada, siempre y cuando utiliza­ra su discreción. Pero aun así, bajo la mirada implacable de Paola, le resultó más difícil de lo que se imaginaba. Se dio torpes empujones contra los demás, tropezó alguna que otra vez, haciendo que las chi­cas o los criados del grupo que había elegido se apartasen de él, de­jándolo al descubierto. A pesar de que el jardín era un lugar agra­dable, soleado y exuberante, y de que los pájaros gorjeaban en sus decorativos árboles, para Ezio acabó convirtiéndose en un laberin­to de calles hostiles de la ciudad, todos sus transeúntes, enemigos en potencia. Y estaba exasperado con las incesantes críticas de Paola.

—¡Cuidado! ——decía—. ¡No puedes ir por ahí dando esos em­pujones! ¡Muestra un poco de respeto hacia mis chicas! ¡Anda con cuidado cuando estés cerca de ellas! ¿Cómo piensas confundirte en­tre el gentío si no paras de dar empujones? ¡Oh, Ezio, esperaba algo mejor de ti!

Pero por fin, al tercer día, los comentarios mordientes dismi­nuyeron y a la mañana del cuarto, consiguió pasar por delante de las narices de Paola sin que ella se diera ni cuenta. De hecho, des­pués de quince minutos sin pronunciar palabra, Paola gritó:

—¡Está bien, Ezio, me doy por vencida! ¿Dónde estás?

Satisfecho, apareció entre un grupo de chicas convertido en la perfecta imitación de uno de los jóvenes criados de la casa. Paola son­rió y aplaudió, y todos los demás se sumaron al aplauso.

Pero el trabajo no acababa ahí.

—Ahora que has aprendido a confundirte con la multitud —le dijo Paola a la mañana del día siguiente—, voy a enseñarte cómo utilizar tus recién adquiridas habilidades... para robar.

Ezio puso reparos, pero Paola se explicó:

—Es una habilidad básica de supervivencia que podrías nece­sitar en tu viaje. Un hombre no es nada sin dinero y es posible que no siempre te encuentres en posición de ganarlo honestamente. Sé que nunca le robarías nada a nadie que no pudiese permitirse per­derlo, ni a un amigo. Considéralo como la hoja de un cortaplumas, que rara vez se utiliza, aunque es bueno saber que está ahí.

Aprender a convertirse en carterista fue mucho más complica­do. Conseguía acercarse sigilosamente a las chicas con bastante éxi­to, pero en cuanto aproximaba la mano al bolsito que llevaban en el fajín, todas gritaban: «Al ladro!» y huían de él. Cuando por prime­ra vez logró hacerse con unas cuantas monedas, se quedó plantado donde estaba durante un momento, triunfante, pero acto seguido sintió caer una pesada mano sobre sus hombros.

Ti arresto! —dijo sonriendo el criado que representaba el papel de vigilante de la ciudad; pero Paola no sonreía.

—En cuanto consigas robar algo, Ezio —dijo—, no puedes que­darte allí plantado.

Pero aprendía con rapidez y empezaba a valorar la necesidad de adquirir las habilidades que le enseñaban y que eran necesarias para culminar su misión. Cuando consiguió desplumar con éxito a diez chicas, las cinco últimas sin que ni siquiera Paola se diera cuen­ta de ello, ésta le anunció que el entrenamiento había terminado.

—Volved al trabajo, chicas —dijo—. Se ha acabado la hora de juegos.

—¿De verdad?—murmuraron a regañadientes las chicas cuan­do se despidieron de Ezio—. Es tan mono, tan inocente...

Pero Paola se mostró implacable. Pasearon después a solas por el jardín. Como siempre, él sin despegar la mano de su bolsa.

—Ahora que ya has aprendido a abordar al enemigo —dijo Paola—, tenemos que encontrarte el arma adecuada..., algo mucho más sutil que una espada.

—¿Y qué quieres que utilice?

—¡La respuesta la tienes ya!

Y sacó el cuchillo roto y la muñequera que Ezio había encon­trado en la caja fuerte de su padre y que hasta aquel momento creía seguir llevando en su bolsa. Sorprendido, la abrió y hurgó en su in­terior. Habían desaparecido de allí.

—¡Paola! ¿Cómo demonios...? Paola se echó a reír.

—¿Lo he conseguido? Utilizando las mismas habilidades que acabo de enseñarte. Pero aún queda otra pequeña lección que apren­der. Ahora que sabes comportarte como un buen ratero, tienes tam­bién que aprender a protegerte de otros que posean tu misma habi­lidad.

Ezio miró apesadumbrado el cuchillo roto que ella acababa de devolverle junto con la muñequera.

—Se manejan con algún tipo de mecanismo. Ni una cosa ni la otra funcionan debidamente —dijo Ezio.

—Ah —dijo ella—. Cierto. Pero creo que ya conoces a messer Leonardo.

—¿Da Vinci? Sí, lo conocí justo antes de... —Su voz se quebró, pero no quiso recrearse en recuerdos dolorosos—. ¿Y cómo puede ayudarme con todo esto un pintor?

—Es mucho más que un simple pintor. Llévale estas piezas. Ya verás.

Ezio, viendo que lo que le estaba diciendo tenía sentido, movió afirmativamente la cabeza como muestra de conformidad y dijo: —Antes de irme, ¿podría formularte una última pregunta?

—Por supuesto.

—¿Por qué me has ayudado tan de buena gana... siendo yo un desconocido?

Paola sonrió con tristeza. A modo de respuesta, se subió lige­ramente una de las mangas de su vestido, dejando al descubierto un antebrazo pálido y delicado cuya belleza estaba mancillada por unas horribles cicatrices largas y oscuras que lo atravesaban. Ezio vio aque­llo y comprendió al instante. En algún momento de su vida, aquella dama había sido torturada.

—También yo he conocido la traición —dijo Paola.

Y Ezio supo sin la menor duda que había conocido un alma gemela.

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