Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…»






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títuloResumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…»
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fecha de publicación06.09.2015
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Capítulo 3



A la mañana siguiente Ezio se despertó tarde y para alivio suyo descubrió que su padre no le había preparado nada urgente que ha­cer. Salió al jardín, donde encontró a su madre supervisando los tra­bajos que estaban llevando a cabo con sus cerezos, cuyas flores jus­to empezaban a marchitarse. Le sonrió al verlo y lo llamó con señas para que se acercara. María Auditore era una mujer alta y elegante que acababa de entrar en la cuarentena, su larga melena negra tren­zada bajo una cofia de muselina blanca inmaculada ribeteada con los colores negro y dorado de la familia.

—¡Ezio! Buon'giorno.

—Madre.

—¿Cómo estás? Mejor, espero. —Le tocó con cuidado la heri­da de la cabeza.

—Estoy bien.

—Ha dicho tu padre que descansaras todo lo que pudieras.

—¡No tengo ninguna necesidad de descansar, mamma!

—Pues, en cualquier caso, esta mañana no te espera nada ex­citante. Tu padre me ha pedido que me ocupe de ti. Sé perfectamen­te los líos que te traes entre manos.

—No sé a qué te refieres.

—No pretendas engatusarme, Ezio. Sé lo de tu pelea con Vieri.

—Anda por ahí contando historias inmundas sobre nuestra familia. No podía permitir que quedara impune.

—Vieri está bajo presión, sobre todo desde que su padre fue arrestado. —Hizo una pausa, pensativa—. Es posible que Frances­co de Pazzi sea muchas cosas, pero nunca me lo habría imaginado capaz de apuntarse a una confabulación para asesinar a un duque.

—¿Qué le pasará?

—Habrá un juicio. Me imagino que tu padre será un testigo clave cuando regrese el duque Lorenzo.

Ezio se sentía inquieto.

—No te preocupes, no tienes nada que temer. Y no voy a pe­dirte hacer ninguna cosa que no te guste... De hecho, quiero que me acompañes a hacer un recado. No nos llevará mucho tiempo, y me pa­rece que incluso te gustará.

—Encantado de ayudarte, mamma.

—Vamos entonces. No es muy lejos.

Salieron del palazzo a pie, cogidos del brazo, y pusieron rumbo hacia la catedral, hacia el pequeño barrio próximo a la misma don­de la mayoría de los artistas florentinos tenían sus talleres y estudios. Algunos, como los de Verrocchio y la joven promesa Alessandro di Moriano Filipepi, que ya había adquirido el apodo de Botticelli, eran locales grandes y abarrotados donde ayudantes y aprendices se afa­naban en triturar colorantes y mezclar pigmentos; otros eran más humildes. Fue ante la puerta de uno de éstos donde María se detuvo para llamar. Casi de inmediato apareció un joven atractivo y bien ves­tido, casi peripuesto pero de aspecto atlético, con una mata de cabello castaño oscuro y barba tupida. Sería seis o siete años mayor que Ezio.

¡Madonna Auditore! ¡Bienvenida! Estaba esperándoos.

—Leonardo, buon’ giorno. —Intercambiaron besos formales.

«Hay que ver cómo se codea este artista con mi madre», pen­só Ezio, pero le gustó el aspecto que tenía el joven.

—Te presento a mi hijo, Ezio —continuó María.

El artista le saludó con una reverencia.

—Leonardo da Vinci —dijo—. Molto onorato, signore.

—Maestro.

—Todavía no —dijo Leonardo sonriendo—. Pero ¿en qué estaré yo pensando? ¡Pasad, pasad! Esperad aquí, voy a pedirle a mi ayudan­te que sirva un poco de vino mientras voy a buscar vuestros cuadros.

El estudio no era grande, pero el hecho de que estuviera tan atiborrado de cosas lo hacía parecer aún más pequeño de lo que era en realidad. Había mesas repletas de esqueletos de aves y de peque­ños mamíferos, frascos con un líquido incoloro llenos de objetos or­gánicos de todo tipo que a Ezio le costaba reconocer. En un amplio banco de trabajo situado al fondo había algunas estructuras curio­sas realizadas minuciosamente en madera, y encima de dos caballe­tes había pinturas inacabadas de tonos más oscuros de lo habitual y con contornos escasamente definidos. Ezio y María se acomodaron y acto seguido, procedente de una habitación interior, apareció un atractivo joven con una bandeja con vino y pastelitos. Sirvió el ape­ritivo, sonrió tímidamente y se retiró.

—Leonardo tiene mucho talento.

—Si tú lo dices, madre... Yo de arte sé poca cosa.

Aunque Ezio pensaba que su vida consistiría en seguir los pa­sos de su padre, en el fondo poseía una vena rebelde y aventurera que resultaba muy incómoda para el carácter de un banquero flo­rentino. En cualquier caso, al igual que su hermano mayor, se con­sideraba un hombre de acción, no un artista ni un erudito.

—Sabes muy bien que la expresión de los propios sentimien­tos forma parte vital de la comprensión de la vida y de cómo disfru­tarla en su plenitud. —Se quedó mirándolo—. Tendrías que en­contrar tu propia válvula de escape, querido.

Ezio se picó.

—Tengo muchas válvulas de escape.

—Me refiero a otras cosas aparte de las fulanas —replicó su madre en tono prosaico.

—¡Madre! —Pero la única respuesta de María fue encogerse de hombros y hacer una mueca—. Estaría muy bien que pudieses cultivar la amistad de un hombre como Leonardo. Creo que tiene por delante un futuro prometedor.

—Por el aspecto de este lugar, siento no estar muy de acuerdo contigo.

—¡No seas impertinente!

La reaparición de Leonardo, cargado con dos cajas, interrum­pió su conversación. Depositó una de ellas en el suelo.

—¿Te importaría cargar con ésta? —le preguntó a Ezio—. Se lo habría pedido a Agniolo, pero tiene que quedarse a vigilar el taller. Además, no creo que el pobre sea lo bastante fuerte como para rea­lizar este tipo de trabajo.

Ezio se agachó para coger la caja, y se quedó sorprendido al comprobar su peso. A punto estuvo de dejarla caer de nuevo al suelo.

—¡Con cuidado!—le alertó Leonardo—.¡Las pinturas que hay dentro son delicadas y tu madre acaba de pagar un dineral por ellas!

—¿Nos vamos?—dijo María—. Me muero de ganas de col­garlas.

Después, dirigiéndose a Leonardo, añadió:

—He seleccionado los lugares y espero tu aprobación.

Ezio se mostró internamente un poco reacio a la idea: ¿se me­recía realmente una deferencia así un artista novato?

Mientras caminaban, Leonardo empezó a charlar amigable­mente y Ezio, muy a pesar suyo, quedó vencido por el encanto de aquel hombre. Y aunque había alguna cosa en él que le resultaba turbadora, no conseguía identificarla. ¿Cierta frialdad? ¿Una sensa­ción de desapego respecto a los demás seres humanos? Tal vez fue­ra simplemente que tenía la cabeza en las nubes, como solía suceder con los artistas, o eso era al menos lo que a Ezio le habían contado. Ezio, no obstante, sintió un inmediato e instintivo respeto hacia aquel hombre.

—Y tú, Ezio, ¿a qué te dedicas? —le preguntó Leonardo.

—Trabaja para su padre —respondió María.

—Ah. ¡Un financiero! ¡Naciste en la ciudad adecuada para eso!

—También es una buena ciudad para los artistas —dijo Ezio—. Hay muchos clientes ricos.

—Pero somos muchos —refunfuñó Leonardo—. Destacar es complicado. Por eso me siento tan en deuda con tu madre. ¡A decir verdad, tiene un criterio muy exigente!

—¿Te concentras en la pintura? —preguntó Ezio, pensando en la diversidad que había visto en el estudio.

Leonardo se quedó pensativo.

—Una pregunta difícil de responder. Si quieres que te diga la verdad, me resulta complicado centrarme en una única cosa, ahora que me he instalado por mi cuenta. Adoro pintar, y sé que puedo hacerlo, pero... veo el final antes de llegar a él, y a veces me resulta difícil terminar las cosas. ¡Tienen que empujarme! Pero eso no es todo. A veces tengo la sensación de que a mi obra le falta..., no sé..., un propósito. ¿Entiendes lo que quiero decir?

—Tendrías que tener más fe en ti, Leonardo —dijo María.

—Gracias, pero hay momentos en los que pienso que tendría que hacer un trabajo más práctico, un trabajo que tenga una rela­ción real con la vida. Quiero comprender la vida: cómo funciona, cómo funciona todo.

—En este caso, tendrías que ser cien hombres en uno —dijo Ezio.

—¡Ojalá pudiera ser así! Sé qué quiero explorar: arquitectura, anatomía, ingeniería incluso. No quiero sólo captar el mundo con mi pincel. ¡Quiero cambiarlo!

Su pasión impresionó a Ezio más que fastidiarlo. Era evidente que aquel hombre no era un fanfarrón; en cualquier caso, parecía casi atormentado por las ideas que bullían en su interior. «¡Ahora nos dirá que también se dedica a la música y a la poesía!», pensó Ezio.

—¿Quieres dejar esto y descansar un momento, Ezio?—pre­guntó Leonardo—. Tal vez pese demasiado para ti.

Ezio apretó los dientes.

—No, grazie. De todas maneras, ya casi hemos llegado.

Cuando llegaron al palazzo Auditore, metió la caja en el vestí­bulo y la depositó en el suelo con toda la lentitud y la delicadeza que sus doloridos músculos le permitieron, y se sintió más aliviado de lo que le habría gustado reconocer, incluso ante sí mismo.

—Gracias, Ezio —dijo su madre—. Creo que a partir de ahora ya podemos arreglárnoslas sin ti, aunque, naturalmente, si deseas venir y ayudarnos a colgar los cuadros...

—Gracias, madre... Pienso que es mejor que os deje este traba­jo a vosotros dos.

Leonardo le tendió la mano.

—Ha sido un placer conocerte, Ezio. Espero que nuestros ca­minos vuelvan a cruzarse pronto.

Anch'io.

—Llama, por favor, a uno de los criados para que le eche una mano a Leonardo —le dijo María.

—No —dijo Leonardo—. Prefiero ocuparme del tema yo solo. ¡Imaginaos si a alguien se le cae alguna caja! —Y agachándose, car­gó la caja que llevaba Ezio y la acomodó en el arco de su codo—. ¿Vamos? —le dijo a María.

—Por aquí —dijo María—. Adiós, Ezio. Nos vemos esta noche en la cena. Ven, Leonardo.

Ezio los vio salir del vestíbulo. Aquel tal Leonardo era un tipo al que respetar.

Después de comer, ya entrada la tarde, se le acercó Giulio apre­suradamente (como siempre) para decirle que su padre solicitaba su presencia en su despacho. Ezio tuvo que esforzarse para seguir al secretario por el pasillo con paredes forradas de madera de roble que conducía a la parte trasera de la mansión.

—¡Hola, Ezio! Pasa, hijo mío.

El tono de Giovanni era serio y formal. Estaba de pie detrás de su mesa de trabajo, sobre la que había dos abultadas cartas, envuel­tas en vitela y selladas.

—Dicen que el duque Lorenzo estará de vuelta mañana o pa­sado, como muy tarde —dijo Ezio.

—Lo sé. Pero no hay tiempo que perder. Quiero que entregues esto a un par de socios míos aquí en la ciudad. —Empujó las cartas por encima de la mesa.

—Sí, padre.

—Necesito además que recojas un mensaje que una paloma mensajera tiene que haber depositado en el palomar de la piazza que hay al final de la calle. Intenta que nadie te vea recogerlo.

—Me aseguraré de que así sea.

—Bien. Vuelve aquí de inmediato en cuanto hayas acabado. Tengo asuntos importantes que discutir contigo.

—Señor.

—Y esta vez, compórtate. Nada de peleas.

Ezio decidió ocuparse en primer lugar del palomar. Pronto ano­checería y sabía que ahora habría menos gente; un poco más tarde la plaza estaría abarrotada de florentinos dando su passeggiata. Cuando llegó a su objetivo vio unas pintadas en la pared de detrás y por encima del palomar. Le sorprendió: ¿sería aquello reciente o ya estaba allí y no se había fijado en ello? Escrito con esmero apa­recía una frase que reconoció como perteneciente al Libro del Eclesiastés: «QUIEN AUMENTA SUS CONOCIMIENTOS AUMEN­TA SU DOLOR». Un poco más abajo, alguien había añadido un comentario jocoso: «¿DÓNDE ESTÁ EL PROFETA?».

Pero volvió a pensar enseguida en la tarea que tenía entre ma­nos. Al instante reconoció la paloma que andaba buscando: era la úni­ca con una nota sujeta a la pata. La cogió rápidamente y devolvió el ave a la barra donde estaba posada. Le asaltó entonces la duda. ¿De­bería leer la nota? No estaba lacrada. Con rapidez desenrolló el pe­queño pergamino y descubrió que lo único que contenía era un nom­bre, el de Francesco de Pazzi. Ezio se encogió de hombros. Se imaginó que para su padre aquello tendría algo más de sentido que para él. Se le escapaba por completo por qué el nombre del padre de Vieri, uno de los posibles conspiradores de una trama para derrocar al duque de Milán, hechos que Giovanni ya conocía, tenía que tener alguna re­levancia. A menos que se tratara de una especie de confirmación.

Pero tenía que apresurarse y continuar con su trabajo. Guar­dó a buen recaudo la nota en la bolsa de su cinturón y se encaminó hacia la dirección que aparecía en el primer sobre. La ubicación le sorprendió, pues estaba en el barrio de los burdeles. Había estado a menudo por allí con Federico —antes de conocer a Cristina, claro está— y nunca se había sentido a gusto. Cuando empezó a aproxi­marse al siniestro callejón que su padre le había indicado, acercó la mano a la empuñadura de su daga para tranquilizarse. La dirección resultó ser una humilde taberna, escasamente iluminada, en la que servían Chianti barato en jarras de barro.

Cuando más perdido estaba sobre cómo actuar a continuación, pues no parecía haber nadie, escuchó una voz a su lado:

—¿Eres el hijo de Giovanni?

Se giró y se encontró delante de un hombre de aspecto rudo cuyo aliento olía a cebolla. Iba acompañado por una mujer que en su día debió de ser guapa, aunque parecía como si los últimos diez años que se había cargado a la espalda hubieran acabado con todo su encanto. Si alguna belleza quedaba, la tenía en sus ojos, claros e inteligentes.

—Pareces idiota —le dijo la mujer al hombre—. Si es clavado a su padre.

—Traes algo para nosotros —dijo el hombre, haciendo caso omiso del comentario—. Entréganoslo.

Ezio dudó. Verificó la dirección. Era la correcta.

—Entréganoslo, amigo —dijo el hombre, acercándose más a él.

Ezio recibió una oleada de su aliento. ¿Viviría aquel hombre sólo de cebolla y ajo?

Depositó la carta en la mano abierta del hombre, que la cerró de inmediato para transferir el documento a una bolsa de cuero que llevaba atada al costado.

—Buen chico —dijo, y sonrió.

Ezio observó que, sorprendentemente, la sonrisa otorgaba a su cara cierta nobleza. Pero no sus palabras.

—Y no te preocupes —añadió—. No somos contagiosos.

Hizo una pausa para mirar de soslayo a la mujer y añadió:

—¡O al menos yo no lo soy!

La mujer se echó a reír y le pellizcó el brazo al hombre. Y acto seguido desaparecieron.

Ezio salió aliviado al callejón. La dirección de la segunda carta le condujo a una calle situada justo al oeste del baptisterio. Un ba­rrio mucho mejor, aunque muy tranquilo a aquella hora del día. Atravesó corriendo la ciudad.

Esperándolo bajo un arco que abarcaba la anchura de la calle había un hombre corpulento que parecía un soldado. Iba vestido con prendas de cuero típicas del campo, pero olía a limpio e iba re­cién afeitado.

—Por aquí —le indicó con un gesto.

—Tengo algo para ti —dijo Ezio—. De...

—¿... de Giovanni Auditore? —El hombre habló en un susurro.

—Sí.

El hombre miró a su alrededor, a un lado y a otro de la calle. Sólo se veía un farolero, a cierta distancia.

—¿Te han seguido?

—No... ¿Por qué deberían haberlo hecho?

—No importa. Entrégame la carta. Rápido.

Ezio se la entregó.

—La situación está caldeándose —dijo el hombre—. Dile a tu padre que esta noche habrá algún tipo de actuación. Que haga pla­nes para estar en lugar seguro.

Aquello dejó atónito a Ezio.

—¿Qué? ¿De qué hablas?

—He dicho ya demasiado. Vuelve corriendo a tu casa.

Y el hombre se fundió con las sombras.

— ¡Espera!—gritó Ezio—. ¿Qué quieres decir con esto? ¡ Vuelve!

Pero el hombre se había ido.

Ezio subió rápidamente la calle en dirección a donde estaba el farolero.

—¿Qué hora es? —le preguntó.

El hombre entornó los ojos, miró el cielo y dijo:

—Debe de haber pasado una hora desde que he empezado a trabajar. Estaremos en torno a la hora veinteava.

Ezio hizo enseguida sus cálculos. Debía de hacer un par de ho­ras que había salido del palazzo, tardaría quizás unos veinte minu­tos en volver de nuevo a su casa. Echó a correr. Tenía una terrible premonición.

En cuanto tuvo al alcance de su vista la mansión Auditore, supo que algo iba mal. No había luces encendidas y la impresionante puerta principal de entrada estaba abierta. Aceleró el paso, gritando:

—¡Padre! ¡Federico!

El amplio vestíbulo del palazzo estaba a oscuras y vacío, pero había luz suficiente para que Ezio pudiera alcanzar a ver mesas vol­cadas, sillas rotas, piezas de vajilla y cristalería hechas añicos. Al­guien había arrancado de las paredes las pinturas de Leonardo y las había rajado con un cuchillo. En la oscuridad escuchó un llanto..., el llanto de una mujer: ¡su madre!

Empezaba a avanzar hacia el sonido cuando una sombra se movió por detrás de él y alguna cosa se levantó por encima de su cabeza. Ezio se giró en redondo y agarró un pesado candelabro de plata que alguien estaba haciendo descender encima de él. Dio un potentísimo tirón y el atacante soltó el candelabro con un chillido de alarma. Arrojó el candelabro lejos del alcance de su atacante, lo agarró acto seguido del brazo y tiró de la persona hacia la escasa luz reinante. En su corazón anidaba un instinto asesino y había sacado ya la daga.

—¡Oh! ¡Ezio! ¡Eres tú! ¡Gracias a Dios!

Ezio reconoció la voz, y luego la cara, del ama de llaves de la familia, Annetta, una campesina llena de energía que llevaba años al servicio de la familia.

—¿Qué ha pasado? —le preguntó a Annetta, cogiéndole am­bas muñecas y sacudiéndola por la angustia y el pánico que sentía.

—Han venido... los guardias de la ciudad. Han arrestado a tu padre y a Federico... Se han llevado incluso al pequeño Petruccio, ¡lo arrancaron de los brazos de tu madre!

—¿Dónde está mi madre? ¿Dónde está Claudia?

—Estamos aquí —dijo una voz temblorosa desde las sombras.

Apareció Claudia, su madre cogida del brazo. Ezio colocó bien una silla para que su madre pudiera sentarse. En la penumbra, vio que Claudia sangraba, que sus vestidos estaban sucios y rasgados. María no lo reconocía. Se sentó en la silla, sollozando y balanceán­dose de un lado a otro. Sujetaba entre sus manos la cajita de ma­dera de peral con las plumas que Petruccio le había regalado ni si­quiera haría dos días... Una eternidad, ahora.

—¡Dios mío, Claudia! ¿Te encuentras bien? —La miró y la ra­bia se apoderó de él—. ¿Te han...?

—No..., estoy bien. Me maltrataron un poco porque creían que podría decirles dónde habías ido. Pero madre... ¡Oh, Ezio, se han llevado a padre y a Federico y a Petruccio al Palazzo Vecchio!

—Tu madre está en estado de shock —dijo Annetta—. Cuan­do opuso resistencia, la... —Se interrumpió—. Bastarda

Ezio empezó a pensar con rapidez.

—Este lugar no es seguro. ¿Puedes llevártelas a alguna parte, Annetta?

—Sí, sí..., a casa de mi hermana. Allí estarán seguras. —An­netta apenas podía hablar, el miedo y la angustia ahogaban su voz.

—Tenemos que movernos rápido. Estoy seguro de que los guardias volverán a por mí. Claudia, madre..., no hay tiempo que perder. No cojáis nada, simplemente marchaos con Annetta. ¡Aho­ra mismo! Claudia, deja que mamma se apoye en ti.

Las escoltó hasta el exterior de su hogar saqueado, conmocionado aún, y las ayudó a salir antes de dejarlas en las capaces manos de la fiel Annetta, que había empezado a recuperar la compostura. La cabeza de Ezio maquinaba a toda velocidad sobre las implicacio­nes, su mundo convulsionado por aquel terrible vuelco de los acontecimientos. Desesperado, intentó evaluar todo lo sucedido, y lo que debía hacer a continuación, lo que debía hacer para salvar a su padre y a sus hermanos... Lo que sabía seguro era que tenía que encontrar la manera de ver a su padre, averiguar qué era lo que había provo­cado aquel ataque, aquella atrocidad contra su familia. ¡Pero el Pa­lazzo Vecchio! Habrían encerrado a sus familiares en las dos peque­ñas celdas de la torre, de eso estaba seguro. A lo mejor existía la po­sibilidad de... Pero aquel lugar estaba fortificado como un castillo; y habría una vigilancia temible protegiéndolo, precisamente esa noche.

Obligándose a tranquilizarse y a pensar con claridad, se desli­zó por las calles hasta alcanzar la Piazza della Signoria, se pegó a sus muros y levantó la vista. En las almenas y en lo alto de la torre ar­dían antorchas, iluminando la gigantesca flor de lis roja que era el emblema de la ciudad y el gran reloj de la base de la torre. En lo más alto, forzando la vista, creyó distinguir Ezio la tenue luz de una candela detrás de la pequeña ventana con barrotes. Delante de las enormes puertas dobles de acceso al palazzo había guardas aposta­dos, y muchos más en las almenas. Pero Ezio no vio ninguno en lo alto de la torre, cuyas almenas, de todos modos, quedaban por enci­ma de la ventana a la que tenía que llegar.

Rodeó la plaza para alejarse del palazzo y se adentró en la ca­llejuela que partía de allí y seguía el muro norte del edificio. Por suerte, había aún bastante gente por las calles, paseando y disfru­tando de la brisa del atardecer. De pronto, Ezio tuvo la impresión de estar viviendo en un mundo distinto al de esa gente, de haber que­dado aislado de la sociedad en la que había estado nadando como un pez hasta hacía tan sólo tres o cuatro horas. Se le pusieron los pelos de punta al pensar que la vida podía aún continuar su rutina habi­tual para toda aquella gente, mientras que la vida de su familia se había visto violentamente sacudida. Sintió de nuevo en su corazón una oleada abrumadora de rabia y de miedo. Pero decidió concen­trarse en la tarea que tenía entre manos y su rostro adoptó una ex­presión fría como el acero.

La pared que se alzaba delante de él era completamente vertical y vertiginosamente alta, pero estaba oscuro y eso jugaría a su favor. Además, el palazzo estaba construido con piedra toscamente tallada, lo que le proporcionaría abundantes asideros y puntos de apoyo en su escalada. Tendría que enfrentarse al problema de los centinelas que pudieran estar apostados en las almenas del lado norte, pero ya se ocuparía de ellos cuando llegara el momento. Esperaba que estuvie­ran agrupados en su mayoría en la fachada principal del edificio.

Respiró hondo, miró hacia arriba —no había nadie más que él en aquella calle oscura— y dio un salto. Se agarró con fuerza a la pared, adhiriéndose con los dedos de los pies protegidos por sus suaves botas de cuero, e inició la escalada.

Al llegar a las almenas se puso en cuclillas, los tendones de sus pantorrillas tensos. Había dos centinelas, pero estaban de espaldas a él, contemplando la plaza iluminada a sus pies. Ezio permaneció inmóvil un instante hasta que tuvo claro que cualquier ruido que pudiera haber hecho no los había alertado de su presencia. Sin en­derezarse, corrió a toda velocidad hacia ellos y los golpeó, echándo­los hacia atrás, rodeando sus cuellos con ambas manos y utilizando el peso de los propios hombres y el elemento sorpresa para hacer­los caer de espaldas. En apenas un segundo, les había quitado el cas­co y había hecho chocar sus cabezas con violencia: se quedaron inconscientes antes de poder incluso poner cara de sorpresa. De no haberle funcionado aquello, Ezio sabía que habría tenido que cor­tarles el cuello sin dudarlo ni un instante.

Hizo una nueva pausa, jadeante. Ahora a por la torre. Estaba construida con una piedra de labrado más suave e iba a ser compli­cado. Además, tenía que trepar desde el lado norte hacia el oeste, donde estaba ubicada la ventana de la celda. Rezó para que nadie en la plaza o las almenas levantara la vista. No le apetecía ser derriba­do por el disparo de una ballesta después de haber llegado tan lejos.

La esquina donde se encontraban las paredes norte y oeste era complicada y poco prometedora, y por un momento Ezio se quedó allí aferrado, paralizado, buscando un asidero que parecía inexis­tente. Miró hacia abajo, y vio mucho más allá de él que uno de los centinelas de las almenas levantaba la vista. Vio con claridad su pá­lido rostro. Vio los ojos de aquel hombre. Se pegó a la pared. Con su vestimenta oscura resultaba tan llamativo como una cucaracha sobre un mantel blanco. Pero, inexplicablemente, el hombre bajó la vista y continuó su guardia. ¿Le habría visto? ¿Y si había sido inca­paz de creerse lo que acababa de ver? Le latía la garganta de la tensión que sentía. Sólo consiguió relajarse transcurrido un largo mi­nuto, sólo entonces pudo volver a respirar.

Después de un esfuerzo monumental, alcanzó su objetivo, agradeciendo la existencia de la estrecha repisa sobre la que pudo posarse para atisbar qué había en la estrecha celda más allá de la ventana. «Dios es misericordioso», pensó al reconocer la figura de su padre, su espalda vuelta hacia él, leyendo alguna cosa bajo la es­casa luz de una fina vela.

—¡Padre! —gritó sin levantar mucho la voz.

Giovanni se giró enseguida.

—¡Ezio! En nombre de Dios, ¿cómo has...?

—No importa, padre.

A medida que Giovanni se aproximaba, pudo ver Ezio que te­nía las manos ensangrentadas y llenas de moratones, su semblante pálido y ojeroso.

—Dios mío, padre, ¿qué te han hecho?

—Una pequeña tunda, pero estoy bien. Lo que más importa: ¿cómo están tu madre y tu hermana?

—A salvo.

—¿Con Annetta?

—Sí.

—Alabado sea Dios.

—¿Qué sucedió, padre? ¿Te esperabas esto?

—No tan rápidamente. Han arrestado también a Federico y a Pe­truccio. Creo que están en la celda contigua a ésta. Si Lorenzo hubiera estado aquí todo habría sido distinto. Debería haber tomado medidas.

—¿De qué estás hablando?

—¡Ahora no hay tiempo para eso! —Giovanni alzó la voz hasta casi gritar—. Y, escúchame bien: tienes que volver a casa. En mi despacho hay una puerta secreta. En la cámara que hay detrás de esa puerta encontrarás un arcón escondido. Coge todo lo que hay en su interior. ¿Me has oído? ¡Todo! Te parecerá extraño en su ma­yoría, pero todo es importante.

—Sí, padre.

Ezio varió ligeramente el peso de su cuerpo, aferrándose aún con todas sus fuerzas a los barrotes que cruzaban la ventana. No se atrevía a mirar abajo y no sabía cuánto tiempo más podría perma­necer sin moverse.

—Entre el contenido encontrarás una carta y con ella algunos documentos. Debes llevárselo todo sin demora, ¡esta misma no­che!, a messer Alberti...

—¿Al gonfaloniere?

—Exactamente. ¡Y ahora vete!

—Pero, padre... —Ezio luchó para que le salieran las palabras, y, deseoso de hacer algo más que simplemente transportar docu­mentos, tartamudeó—: ¿Están los Pazzi detrás de todo esto? Leí la nota de la paloma mensajera. Decía...

Pero Giovanni le hizo callar. Ezio escuchó la llave introducién­dose en la cerradura de la puerta.

—Van a interrogarme —dijo apesadumbrado Giovanni—. Vete antes de que te descubran. Dios mío, eres un chico valiente. Eres me­recedor de tu destino. Y ahora, por última vez te lo digo: ¡vete!

Ezio se movió con cautela por la repisa y se colgó a la pared para que no lo vieran mientras oía cómo se llevaban a su padre. Escuchar aquello era insoportable. A continuación se armó de va­lor para bajar. Sabía que los descensos son casi siempre más duros que los ascensos, pero en las últimas cuarenta y ocho horas había adquirido mucha experiencia escalando y bajando edificios. Gateó torre abajo, resbalando un par de veces pero recuperando siempre el equilibrio, hasta que alcanzó de nuevo las almenas, donde los dos centinelas seguían tendidos donde los había dejado. ¡Otro gol­pe de suerte! Había hecho chocar sus cabezas con todas sus fuer­zas, pero si por casualidad hubieran recuperado el conocimiento mientras él estaba en lo alto de la torre y hubieran dado la voz de alarma... No merecía la pena pensar en cuáles habrían sido las consecuencias.

La verdad es que no había tiempo para pensar en esas cosas. Se abalanzó sobre las almenas y miró hacia abajo. El tiempo era un factor esencial y si identificaba algo abajo que pudiera interrumpir su caída, se atrevería a saltar. A medida que sus ojos fueron adap­tándose a la penumbra, vio el toldo de un tenderete vacío pegado a la pared, mucho más abajo. ¿Se la jugaba? De conseguirlo ganaría unos minutos preciosos. Si fallaba, acabar con una pierna rota sería el más leve de sus problemas. Pero tenía que tener fe en sí mismo.

Respiró hondo y se sumergió en la oscuridad.

Desde tanta altura, el toldo cedió bajo su peso, pero estaba fir­memente sujeto y le proporcionó la resistencia suficiente como para cortar su caída. Se había quedado sin aliento y a la mañana siguien­te tendría algunas costillas magulladas, ¡pero estaba abajo! Y no ha­bía disparado ninguna alarma.

Se sacudió y salió corriendo en dirección a lo que sólo unas ho­ras atrás había sido su hogar. Al llegar allí se dio cuenta de que con las prisas su padre se había olvidado de explicarle cómo localizar la puerta secreta. Giulio lo sabría, pero ¿dónde estaba Giulio?

Por suerte no había guardias merodeando cerca de la casa y pudo acceder a ella sin que nadie le interceptara. Se había detenido un minuto ante su hogar, casi incapaz de cruzar la oscuridad del umbral de la puerta: le daba la impresión de que la casa había cam­biado, de que su santidad había sido profanada. Ezio se forzó nuevamente a poner orden en sus pensamientos, consciente de que sus acciones eran críticas. Ahora su familia dependía de él. Se adentró en el hogar familiar, en la oscuridad. Poco después se encontraba en el despacho de su padre, tétricamente iluminado por una única vela, mirando a su alrededor.

Los guardias habían revuelto la estancia y era evidente que ha­bían confiscado numerosos documentos bancarios. El caos general reinante, estanterías caídas, sillas volcadas, cajones por el suelo y papeles y libros por todas partes, no facilitaba en absoluto el traba­jo de Ezio. Pero conocía bien el despacho, disfrutaba de muy buena vista y decidió utilizar su ingenio. Las paredes eran gruesas, cual­quiera de ellas podía esconder una cámara en su interior, pero se dirigió a la pared en la que estaba instalada la gran chimenea, donde los muros eran más gruesos, e inició allí su búsqueda. Acercando la vela, y buscando a tientas, manteniendo en todo momento el oído alerta por si los guardias regresaban, creyó distinguir finalmente, en el lado izquierdo de la repisa labrada, el débil perfil de una puerta marcado en el artesonado. Tenía que haber por allí algo que sirvie­ra para abrirla. Estudió con atención las esculturas de los colossi que sostenían sobre sus espaldas la chimenea de mármol. La nariz del de la izquierda daba la impresión de estar rota y de haber sido poste­riormente reparada, pues tenía una pequeña raja en su base. Tocó la nariz y vio que estaba un poco suelta. Con el corazón en un puño, la movió con delicadeza y la puerta se abrió hacia dentro rodando sobre silenciosas bisagras de muelle y descubriendo un pasillo con suelo de piedra que giraba hacia la izquierda.

Al entrar, su pie derecho se tropezó con una losa que se movió debajo de él y, con el movimiento, las lámparas de aceite colgadas en los muros del pasadizo cobraron vida. El recorrido era corto, con una ligera pendiente hacia abajo, y finalizaba en una cámara cir­cular decorada con un estilo que recordaba más a Siria que a Italia. El cerebro de Ezio recordó el cuadro que colgaba en el despacho pri­vado de su padre en el castillo de Masyaf, el que fuera en su día la sede de la antigua Orden de los Asesinos. Pero no disponía de tiem­po para reflexionar sobre si aquella curiosa decoración podía tener algún significado especial. No había muebles, y en el centro de la estancia había un arcón de hierro de gran tamaño cerrado con dos voluminosos candados. Miró a su alrededor para ver si encontraba una llave, pero la estancia, exceptuando su ornamentación, estaba vacía. Ezio estaba preguntándose si tendría que regresar al despa­cho de su padre para buscarla allí, y si tendría tiempo de hacerlo, cuando por casualidad su mano rozó uno de los candados, que se abrió de repente. El otro se abrió con la misma facilidad. ¿Le habría dado su padre algún tipo de poder que él desconocía? ¿Estarían los candados programados para responder al contacto de una determi­nada persona? Los misterios se amontonaban, pero no había tiem­po para adentrarse ahora en ellos.

Abrió el arcón y vio que contenía una capucha blanca, eviden­temente antigua, hecha con algún tipo de tejido de lana que no re­conoció. Algo lo llevó a ponérsela y sintió de inmediato un extraño poder. Se bajó la capucha, pero no se la quitó.

El arcón contenía además una muñequera de cuero, una daga rota que en lugar de a una empuñadura normal estaba conectada a un curioso mecanismo cuyo funcionamiento no alcanzaba a com­prender, una espada, una hoja de vitela con símbolos y letras y lo que parecía parte de un plano, y la carta y los documentos que su padre le había dicho que debía entregar a Uberto Alberti. Lo cogió todo, cerró el arcón y regresó al despacho de su padre, cerrando con cuidado la puerta secreta a sus espaldas. En el despacho encontró una bolsa para portar documentos que pertenecía a Giulio, guar­dó en ella los documentos del arcón y se la colgó cruzada sobre el pecho. Se abrochó la espada. Sin saber qué hacer con aquel extraño conjunto de objetos y sin tiempo para reflexionar sobre por qué su padre guardaba aquellas cosas en una cámara secreta, regresó con cautela hacia la puerta principal del palazzo.

Pero justo en el momento en que iba a salir al antepatio, vio que entraban dos guardias de la ciudad. Era demasiado tarde para esconderse. Lo habían visto.

—¡Alto! —gritó uno de ellos, y ambos empezaron a avanzar rápidamente hacia él.

No había forma de iniciar la retirada. Ezio vio que habían saca­do ya las espadas.

—¿Para qué estáis aquí? ¿Para arrestarme?

—No —dijo el que había hablado antes—. Tenemos órdenes de matarte.

Y al oír aquello, el segundo guardia corrió hacia él.

Ezio sacó su espada al ver que se aproximaban. Era un arma con la que no estaba familiarizado, pero la sentía ligera y compe­tente en su mano, como si la hubiera utilizado toda la vida. Esqui­vó las primeras embestidas, a derecha e izquierda, ambos guardias abalanzándose sobre él al mismo tiempo. Las tres espadas soltaban chispas, pero Ezio notó que su nueva arma se mantenía firme, su filo mordiente y afilado. Justo en el momento en que el segundo guardia hacía descender su espada con la intención de separar el bra­zo de Ezio de su hombro, éste hizo una finta a la derecha, por deba­jo del filo. El guardia perdió el equilibrio cuando el brazo con el que sujetaba la espada cayó pesadamente, aunque sin provocar daños, sobre el hombro de Ezio.

El muchacho utilizó su inercia para levantar su nueva espada y atravesó directamente el corazón de su oponente. Irguiéndose, Ezio giró sobre sus talones, levantó el pie izquierdo y empujó al guardia muerto para retirar la espada de su cuerpo con el tiempo justo para volverse en redondo y enfrentarse a su compañero. El otro guardia se abalanzó rugiendo y empuñando una potente espada.

—¡Prepárate para morir, traditore!

El guardia se lanzó sobre él, rasgó su manga izquierda y la san­gre empezó a brotar. Ezio hizo una mueca de dolor, que se prolongó sólo un segundo. El guardia siguió presionando al ver que llevaba ventaja y Ezio le permitió arremeter una vez más. Entonces, dando un paso atrás, le puso la zancadilla, agitó la espada resueltamente y la clavó con fuerza en el cuello de su oponente en el momento en que éste caía, separándole la cabeza de los hombros antes de que to­cara el suelo.

Ezio se quedó un instante temblando ante el repentino silen­cio que siguió a la confusa pelea, respirando con dificultad. Era la pri­mera vez en su vida que mataba a alguien —¿lo era de verdad?—, aunque sentía otra vida en su interior, más antigua, una vida que parecía tener años de experiencia en el trato con la muerte.

La sensación le asustó. Aquella noche había visto cosas que iban mucho más allá de lo que podría haber visto cualquier chico a su edad, pero aquella nueva sensación empezaba a despertar en lo más profundo de su ser una fuerza oscura. Se trataba de algo más que el simple efecto de las desgarradoras experiencias que había vi­vido en las últimas horas. Recorrió alicaído las oscuras calles en di­rección a la mansión de Alberti, sobresaltándose ante el mínimo so­nido y volviendo la vista atrás con frecuencia. Por fin, al borde del agotamiento pero capaz aún de seguir adelante, llegó a casa del gonfaloniere. Levantó la vista y vio una débil luz detrás de una de las ventanas de la fachada. Llamó con fuerza a la puerta con la empu­ñadura de su espada.

Al no recibir respuesta, nervioso e impaciente, volvió a llamar, más fuerte esta vez. Nada.

Pero, al tercer intento, se abrió una rendija en la puerta que se cerró acto seguido. La puerta se abrió por completo un instante des­pués y un receloso criado armado le invitó a entrar. Explicó qué le traía por la casa y fue conducido a una habitación en el primer piso donde encontró a Alberti sentado junto a una mesa llena de pape­les. Detrás de él, medio de lado y sentado en una silla junto a un fuego mortecino, Ezio creyó ver otro hombre, alto y robusto, aun­que sólo podía verle un poco el perfil, y con escasa claridad.

—¿Ezio? —Alberti se incorporó, sorprendido—. ¿Qué haces aquí a estas horas?

—No... no lo...

Alberti se acercó a él y le puso una mano en el hombro. —Espera, chico. Respira hondo. Pon en orden tus ideas.

Ezio asintió. Se sentía más seguro ahora, aunque también más vulnerable. Empezaba a asimilar los acontecimientos de la tarde y de la noche, desde que se había propuesto entregar las cartas de Gio­vanni. Vio en el reloj de latón que había en el escritorio, sobre una peana, que era casi medianoche. ¿Era posible que sólo hubieran transcurrido doce horas desde que Ezio, el chico, había acompaña­do a su madre a recoger unos cuadros en el estudio de un artista? Muy a su pesar, se dio cuenta de que estaba a punto de echarse a llorar. Pero se serenó y fue Ezio, el hombre, quien tomó la palabra:

—Mi padre y mis hermanos han sido hechos prisioneros —no sé en nombre de qué autoridad—, mi madre y mi hermana se han escondido y el banco de nuestra familia ha sido saqueado. Mi padre me ha mandado que os entregue esta carta y estos documentos...

Ezio extrajo los documentos de su bolsa.

—Gracias.

Alberti se puso un par de gafas y acercó la carta de Giovanni a la luz de la vela que ardía sobre su mesa. En la estancia no se oía nada excepto el tictac del reloj y el apagado crujido de la leña en el fuego. Si había otra presencia en la habitación, Ezio la había olvida­do por completo.

A continuación, Alberti volcó su atención en los documentos. Pasó un tiempo consultándolos y al final guardó discretamente uno de ellos en el interior de su casaca negra. Los demás los dejó con cuidado a un lado, separados de los otros papeles que había sobre la mesa.

—Se ha producido un terrible malentendido, mi querido Ezio —dijo, quitándose las gafas—. Cierto es que se han presentado acu­saciones —acusaciones graves— y que para mañana por la maña­na hay programado un juicio. Pero al parecer alguien se ha mostra­do, tal vez por razones propias, excesivamente extremista. Pero no te preocupes. Lo aclararé todo.

Ezio no podía creerlo.

—¿Cómo?

—Los documentos que me has dado contienen pruebas de una conspiración contra tu padre y contra la ciudad. Presentaré estos papeles en la audiencia de mañana y Giovanni y tus hermanos se­rán puestos en libertad. Te lo garantizo.

El joven experimentó un enorme alivio. Le estrechó la mano al gonfaloniere.

—¿Cómo puedo agradecéroslo?

—Mi trabajo consiste en administrar justicia, Ezio. Me lo tomo muy en serio y... —dudó durante una fracción de segundo—... tu padre es uno de mis más apreciados amigos. —Alberti sonrió—. Pero ¿dónde han ido a parar mis modales? Ni siquiera te he ofreci­do una copa de vino. —Hizo una pausa—. ¿Y dónde pasarás la no­che? Aún tengo asuntos urgentes que atender, pero mis criados se encargarán de que tengas comida, bebida y una cama caliente.

Ezio no sabía por qué acabó rechazando una oferta tan amable.

Cuando abandonó la mansión del gonfaloniere ya era más de medianoche. Se cubrió de nuevo la cabeza con la capucha y dio vuel­tas por las calles tratando de poner en orden sus pensamientos. De hecho, sabía muy bien hacia dónde le conducían sus pasos.

Una vez allí, se encaramó al balcón con más facilidad de la que se imaginaba —tal vez la necesidad otorgaba fuerza a sus múscu­los— y llamó con delicadeza a las contraventanas. Dijo en voz baja:

—¡Cristina! Amor el ¡Despierta! Soy yo.

Esperó, silencioso como un gato, y permaneció a la escucha. La oyó desperezándose, levantándose. Y a continuación su voz, asus­tada, al otro lado de las contraventanas.

—¿Quién es?

—Ezio.

Abrió rápidamente las contraventanas.

—¿Qué sucede? ¿Algo va mal?

—Déjame entrar. Por favor.

Sentado en su cama, le explicó toda la historia.

—Sabía que algo iba mal —dijo ella—. Esta noche mi padre estaba preocupado. Pero por lo que dices todo acabará bien.

—Necesito que me dejes quedarme aquí esta noche... No te preocupes, me iré mucho antes de que amanezca. Y tengo que dar­te una cosa para que la guardes bajo custodia. —Se descolgó la bol­sa y la colocó entre los dos—. Necesito confiar en ti.

—Oh, Ezio, por supuesto que puedes confiar en mí.

Y cayó en un sueño inquieto entre los brazos de ella.

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