Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…»






descargar 1.78 Mb.
títuloResumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…»
página17/29
fecha de publicación06.09.2015
tamaño1.78 Mb.
tipoResumen
l.exam-10.com > Derecho > Resumen
1   ...   13   14   15   16   17   18   19   20   ...   29

Capítulo 17



¡Ezio! ¡Cuánto tiempo! —Leonardo lo recibió como a un her­mano perdido.

El taller de Venecia había adoptado el mismo aspecto que su ta­ller florentino, pero el objeto destacado era una versión a tamaño real de la máquina parecida a un murciélago cuya razón de ser, sa­bía muy bien Ezio, había que tomarse en serio. Pero lo primero es lo primero, y había que ocuparse de Leonardo.

—Escucha, Ezio, me enviaste a través de un hombre muy agra­dable llamado Ugo otra página de ese Códice, pero no hiciste ningún tipo de seguimiento. ¿Tan ocupado has estado?

—He estado liadísimo —respondió Ezio, recordando enton­ces la página que había encontrado entre los efectos personales de Emilio Barbarigo.

—Pues aquí está. —Leonardo buscó en el aparente caos de la estancia y rápidamente dio con la perfectamente enrollada página del Códice, su lacre recuperado—. En ésta no aparece el diseño de ninguna arma, pero por el aspecto de los símbolos y de la escri­tura manuscrita, que creo que es aramea o incluso babilónica, tie­ne que ser una página importante de ese rompecabezas laberínti­co que estás ensamblando. Me ha parecido reconocer vestigios de un mapa. —Levantó una mano—. ¡Pero no me cuentes nada! A mí lo único que me interesa son los inventos que revelan estas pá­ginas que me traes. No quiero saber más. Un hombre como yo sólo es inmune al peligro según lo útil que pueda ser; si se descu­briera que sé demasiado... —Y, de forma muy expresiva, con un movimiento de dedo, Leonardo hizo como si se cortara el cue­llo—. Y no hay nada más que decir por mi parte —prosiguió—A estas alturas, Ezio, te conozco lo bastante como para saber que tus visitas no tienen una mera intención social. Bebe una copa de este horroroso Véneto (para mí no hay nada como el Chianti) y por algún lado debe de haber unos pastelitos de pescado, si tienes hambre.

—¿Has terminado con tu encargo?

—El conte es un hombre paciente. Salute!—Leonardo levan­tó su copa.

—Leo..., esa máquina tuya... ¿funciona de verdad? —pregun­tó Ezio.

—¿Te refieres a si vuela?

—Sí.

Leonardo se rascó la barbilla.

—Bueno, está aún en fase preliminar. Quiero decir que no está ni mucho menos a punto..., pero creo, modestamente, que... ¡sí! Por supuesto que funcionará. ¡Dios sabe bien el tiempo que le he dedi­cado! ¡Es una idea que no pienso dejar correr!

—Leo..., ¿puedo probarla?

Leonardo se quedó sorprendido.

—¡Por supuesto que no! ¿Estás loco? Es demasiado peligroso. Para empezar, tendríamos que subirla a lo alto de una torre para lanzarte...

Al día siguiente, antes del amanecer, pero justo cuando las pri­meras pinceladas de rosa grisáceo empezaban a iluminar el hori­zonte por el este, Leonardo y sus ayudantes, después de haber des­montado la máquina voladora para transportarla, terminaron de ensamblarla de nuevo en el elevado tejado plano del Ca' Pexaro, la mansión familiar del crédulo patrón de Leonardo. Ezio estaba con ellos. A sus pies, la ciudad dormía. Ni siquiera en el tejado del Pa­lazzo Ducale había guardias apostados, pues era la Hora del Lobo, cuando vampiros y espectros se desplegaban con su mayor esplen­dor. Sólo los locos y los científicos se aventurarían a salir a aquellas horas.

—Ya está a punto —dijo Leonardo—. Y gracias a Dios, no hay moros en la costa. Si alguien viera este trasto no podría dar crédito a sus ojos..., y si además se enteraran de que es un invento mío, es­taría acabado en esta ciudad.

—Seré rápido —dijo Ezio.

—Intenta no romperlo —dijo Leonardo.

—Es un vuelo de prueba —dijo Ezio—. Iré tranquilo. Y ahora vuelve a explicarme cómo funciona esta bambino.

—¿Te has fijado alguna vez en cómo vuelan los pájaros?—le preguntó Leonardo—. No se trata de ser más ligero que el aire, sino que es una cuestión de elegancia y equilibrio. Simplemente, tie­nes que utilizar el peso de tu cuerpo para controlar la elevación y la dirección, y las alas te llevarán solas. —Leonardo tenía una ex­presión seria. Le dio un apretujón a Ezio en el brazo—. Buona for­tuna, amigo mío. Estás, confío, a punto de hacer historia.

Los ayudantes de Leonardo ataron con cuidado a Ezio a su pues­to debajo de la máquina. Las alas de murciélago se extendían ahora por encima de él. Lo sujetaron mirando al frente con un tenso sopor­te hecho con tiras de cuero, dejando libres piernas y brazos. Por de­lante tenía un travesaño horizontal de madera, unido al marco prin­cipal, de madera también, que sostenía las alas.

—¡Recuerda lo que te he dicho! Hacia un lado y hacia el otro controlas el timón. Hacia delante y hacia atrás controlas el ángulo de las alas —le explicó ansioso Leonardo.

—Gracias —dijo Ezio, respirando hondo.

Sabía que de no funcionar el invento, en cuestión de segundos estaría dando el último salto de su vida.

—Ve con Dios —dijo Leonardo.

—Hasta luego —dijo Ezio con una confianza que en realidad no sentía.

Equilibró el artilugio por encima de él, se instaló y echó a co­rrer hacia el extremo del tejado.

Lo primero que sintió fue que no notaba el estómago, pero a continuación llegó una maravillosa sensación de alegría. Venecia se tambaleaba por debajo de él mientras daba vueltas y tumbos, pero entonces la máquina empezó a temblar y a caer del cielo. Fue sólo manteniendo la frialdad y recordando las instrucciones de Leonardo sobre la utilización de la palanca de mando, cómo Ezio consiguió enderezar la nave y guiarla de nuevo, en el momento justo, hacia el tejado del Palazzo Pexaro. Consiguió aterrizar correteando con la estrambótica nave, haciendo uso de toda su fuerza y su agilidad para mantenerla estable.

—¡Por Dios bendito, ha funcionado! —gritó Leonardo, olvi­dando por un momento cualquier tipo de precaución, desatando a Ezio de la máquina y abrazándolo apasionadamente—. ¡Eres un tipo maravilloso! ¡Has volado!

—Sí, por Dios que lo he hecho —dijo Ezio, casi sin aliento—. Pero no he llegado todo lo lejos que necesitaría.

Y sus ojos se desplazaron hacia el palacio del dux y el patio que era su objetivo. Pensaba además en el poco tiempo que tenía para impedir el asesinato de Mocenigo.

Después, de nuevo en el taller de Leonardo, Ezio y el artista in­ventor le hicieron una detallada puesta a punto a la máquina. Leonar­do había dispuesto todos sus bocetos en una gran mesa de caballete.

—Deja que mire bien mis planos. A lo mejor encuentro algu­na cosa, alguna manera de prolongar la duración del vuelo.

Les interrumpió la apresurada llegada de Antonio.

—¡Ezio! ¡Siento mucho molestaros pero es importante! Mis espías acaban de comunicarme que Silvio ha conseguido el veneno que necesitaba y que se lo ha entregado a Grimaldi.

Pero justo entonces gritó Leonardo, desesperado:

—¡No hay manera! ¡Lo he probado una y otra vez y no funcio­na! No sé cómo prolongar el tiempo de vuelo. ¡Maldición! —Rabio­so, tiró al suelo todos los papeles que tenía encima de la mesa. Al­gunos volaron hasta la chimenea cercana y ascendieron por el tiro al quemarse. Leonardo se quedó observándolos, su expresión apla­cándose, hasta que una amplia sonrisa borró la ira de su rostro—. ¡Dios mío! —exclamó—. Eureka! ¡Claro está! ¡Soy un genio!

Sacó como pudo del fuego los papeles que aún no habían ardi­do y los pisoteó para apagar las llamas.

—¡Nunca cedáis ante un ataque de ira! —les aconsejó—. Pue­de ser terriblemente contraproducente.

—¿Y qué ha sido lo que ha solucionado el tuyo? —preguntó Antonio.

—¡Mirad! —dijo Leonardo—. ¿No veis cómo ascienden las cenizas? ¡El calor eleva las cosas! ¡Cuántas veces he visto águilas volando por los aires sin siquiera agitar las alas y, aun así, mante­niéndose en lo más alto! ¡El principio es muy sencillo! ¡Se trata so­lamente de aplicarlo!

Cogió un mapa de Venecia y lo extendió sobre la mesa. Se in­clinó sobre él con un lápiz, señaló la distancia que separaba el Pa­lazzo Pexaro del Palazzo Ducale y marcó con cruces los puntos cla­ve entre los dos edificios.

—¡Antonio! —gritó—. ¿Podrías hacer que tu gente preparara hogueras en todos los lugares que he marcado y que las encendiera de forma consecutiva?

Antonio estudió el mapa.

—Creo que podríamos arreglarlo, pero ¿para qué?

—¿No lo ves? ¡Es el recorrido que tiene que seguir el vuelo de Ezio! ¡Las hogueras arrastrarán a mi máquina voladora y a él hasta su objetivo! ¡El calor sube!

—¿Y los guardias? —dijo Ezio.

Antonio lo miró.

—Tú estarás volando en esa cosa. Por una vez, déjanos los guardias a nosotros. En cualquier caso —añadió—, algunos de ellos estarán ocupados en otra parte. Mis espías me han dicho que acaba de llegar de un país oriental lejano llamado China un curioso car­gamento de polvo de color en el interior de unos pequeños tubos. Dios sabrá de qué se trata, pero tiene que ser valioso viendo cómo lo vigilan.

—Fuegos artificiales —dijo Leonardo casi para sus adentros.

—¿Qué?

—¡Nada!

Los hombres de Antonio prepararon las hogueras que Leonardo había pedido y las tuvieron listas al anochecer. Despejaron también los alrededores de centinelas o transeúntes que pudieran alertar a las autoridades de lo que se tramaba. Entretanto, los ayudantes de Leonardo habían transportado de nuevo la máquina voladora al tejado de Pexaro y Ezio, armado con su hoja oculta y su muñeque­ra protectora, se había instalado en ella. Antonio estaba con él.

—Mejor tú que yo —dijo.

—Es la única manera de entrar en el palacio. Lo dijiste tú mismo.

—Jamás soñé con que esto pudiera pasar. Aún me parece prácticamente imposible creerlo. Si Dios hubiera querido que vo­lásemos...

—¿Estás listo para dar la señal a tus hombres? —preguntó Leo­nardo.

—Por supuesto.

—Entonces hazlo ahora mismo y lanzaremos por los aires a Ezio.

Antonio se acercó al borde del tejado y miró hacia abajo. Sacó entonces un pañuelo rojo y lo agitó. Y a continuación vieron cómo primero una, después dos, tres, cuatro y cinco hogueras co­braban vida.

—Excelente, Antonio. Te felicito. —Leonardo se volvió hacia Ezio—. Y ahora, recuerda lo que te he dicho. Debes volar de hogue­ra en hoguera. Cuando pases por encima de ellas, el calor debería mantenerte en el aire hasta llegar al Palacio Ducal.

—Y ve con cuidado —dijo Antonio—. Hay arqueros aposta­dos en los tejados y dispararán en cuanto te vean. Pensarán que eres un demonio del infierno.

—Me gustaría encontrar la manera de utilizar la espada al mismo tiempo que vuelo con esta cosa.

—Tienes los pies libres —dijo Leonardo, pensativo—. Si con­sigues navegar lo bastante cerca de los arqueros para evitar sus fle­chas, podrías quizás echarlos a patadas de los tejados.

—Lo tendré presente.

—Y ahora tienes que irte. ¡Buena suerte!

Ezio se lanzó desde el tejado hacia el cielo nocturno, rumbo a la primera hoguera. Fue perdiendo altura a medida que se acercaba a ella, pero cuando estuvo casi encima, notó que la máquina vol­vía a ascender. ¡La teoría de Leonardo funcionaba! Siguió volan­do. Vio que los ladrones que se ocupaban de las hogueras levanta­ban la vista y lanzaban vítores animándolo. Pero los ladrones no eran los únicos que lo habían visto. Ezio atisbo a los arqueros de Barbarigo apostados en el tejado de la catedral y de los edificios cer­canos al palacio del dux. Consiguió maniobrar la máquina volado­ra y esquivar la mayoría de las flechas, aunque un par de ellas impactaron en la estructura de madera. Consiguió también descender en picado lo bastante como para derribar a un par de arqueros. Pero a medida que se acercaba al edificio del palacio, la guardia del dux empezó a dispararle flechas de fuego. Una de ellas impactó contra el ala de estribor de la máquina, que se incendió de inmediato. Ezio te­nía que seguir manteniendo el rumbo, pero empezaba a perder al­tura a toda velocidad. Vio a una hermosa noble mirando hacia arri­ba y gritando que el demonio venía a por ella, pero la perdió pronto de vista. Soltó entonces los controles y empezó a pelearse con las he­billas del arnés que lo sujetaba. En el último momento, consiguió liberarse y saltó hacia delante para aterrizar perfectamente en cu­clillas sobre el tejado de un patio interior, más allá de las rejas que protegían el interior del palacio de cualquier cosa, excepto de los pá­jaros. Cuando levantó la vista, vio la máquina voladora estampán­dose contra el campanario de San Marcos y sus restos caer en la pla­za, provocando el pánico y el caos entre los presentes. La escena distrajo incluso a los arqueros ducales, y Ezio aprovechó las circuns­tancias para descender rápidamente y esconderse. Y en su descenso vio al dux Mocenigo asomándose a una ventana del segundo piso.

Ma che cazzo?—dijo el dux—. ¿Qué ha sido eso?

Carlo Grimaldi apareció acto seguido.

—Probablemente algunos jóvenes con petardos. Venga, termi­nad vuestro vino.

Al oír aquello, Ezio echó a correr por tejados y muros y, pro­curando quedar fuera del campo de visión de los arqueros, se situó justo al lado de la ventana abierta. Observó el interior y vio al dux apurando una copa. Saltó al alféizar y entró en la estancia, gritando:

—¡Deteneos, Altezza!. ¡No bebáis...!

El dux se quedó pasmado mirándolo y Ezio comprendió que había llegado demasiado tarde. Grimaldi sonrió débilmente.

—¡Me parece que no has llegado tan condenadamente puntual como sueles hacerlo, joven Asesino! Messer Mocenigo nos abando­nará en breve. El veneno que ha bebido derrumbaría hasta a un toro.

Mocenigo se volvió iracundo contra él.

—¿Qué? ¿Qué has hecho?

Grimaldi hizo un gesto de arrepentimiento.

—Deberíais haberme escuchado.

El dux se tambaleó y habría caído al suelo de no haber Ezio co­rrido a sujetarlo para acompañarlo hasta una silla, donde se dejó caer pesadamente.

—Me siento cansado... —dijo el dux—. Todo está oscuro...

—Lo siento mucho, Altezza —dijo Ezio impotente.

—Ya era hora de que saborearas el fracaso —le espetó Grimal­di a Ezio, antes de abrir la puerta de la habitación y vociferar—: ¡Guardias! ¡Guardias! ¡El duque ha sido envenenado! ¡Tengo al asesino!

Ezio cruzó corriendo la estancia y agarró a Grimaldi por el cuello, obligándolo a entrar de nuevo, cerrando de un portazo y con llave la puerta. Segundos después oyó a los guardias corriendo y aporreándola. Se volvió hacia Grimaldi.

—Conque fracaso, ¿eh? Entonces mejor que haga algo para solventarlo. —Abrió su hoja oculta.

Grimaldi sonrió.

—Mátame si quieres —dijo—. Pero nunca derrotarás a los Templarios.

Ezio hundió la daga en el corazón de Grimaldi.

—Que la paz sea contigo —dijo con frialdad.

—Bien —dijo una débil voz a sus espaldas. Ezio se giró y vio que el dux, aun estando blanco como un muerto, seguía con vida.

—Iré a buscar ayuda..., un médico —dijo.

—No..., es demasiado tarde. Pero moriré más feliz viendo que mi asesino me ha precedido en la oscuridad. Gracias. —Mocenigo se esforzaba en respirar—. Hacía tiempo que sospechaba que era un Templario, pero fui demasiado débil, demasiado confiado... Mira su bolsa. Coge los documentos que tenga allí. Estoy seguro de que en­contrarás alguna cosa entre ellos que resultará útil a tu causa, y que vengará mi muerte.

Mocenigo habló sonriendo. Pero Ezio vio que la sonrisa se con­gelaba en sus labios, que sus ojos se tornaban vidriosos y que su ca­beza caía hacia un costado. Ezio acercó la mano al cuello del dux para asegurarse de que estaba muerto, de que no había pulso. Ezio cerró los ojos al fallecido, murmuró unas breves palabras de bendición y rápidamente cogió y abrió la bolsa de Grimaldi. Y entre un peque­ño pliego de documentos, encontró una nueva página del Códice.

Los guardias seguían aporreando la puerta, que empezaba ya a ceder. Ezio corrió a la ventana y miró hacia abajo. El patio estaba lleno a rebosar de guardias. Tendría que intentarlo por el tejado. Sa­lió por la ventana y empezó a trepar la pared mientras las flechas silbaban rozándole la cabeza, estampándose contra la mampostería a ambos lados de su cuerpo. Cuando llegó al tejado tuvo que enfren­tarse con más arqueros, pero los pilló desprevenidos y aprovechó el factor sorpresa para despacharlos. Pero se topó entonces con otra dificultad. ¡La reja que le había impedido entrar antes le tenía aho­ra atrapado en el interior! La escaló y se dio cuenta enseguida de que estaba concebida únicamente para que nadie pudiera entrar: los pinchos estaban curvados hacia fuera y hacia abajo. Si conseguía trepar hasta arriba, podría saltarla. Oía ya las pisadas de los guar­dias subiendo en tropel las escaleras de acceso al tejado. Reuniendo todas las fuerzas que su desesperación le otorgaba, cogió carrerilla y trepó hasta lo alto de la reja. Y al instante siguiente se encontraba sano y salvo al otro lado, con los guardias atrapados en el interior. Iban demasiado armados para poder trepar por la reja con facilidad y Ezio sabía además que en ningún caso podían superarlo en agili­dad. Corrió hacia el extremo del tejado, miró hacia abajo, saltó ha­cia el andamio montado en la pared de la catedral y se deslizó por él hasta el suelo. Atravesó a toda velocidad la plaza de San Marcos y se perdió entre el gentío.

1   ...   13   14   15   16   17   18   19   20   ...   29

similar:

Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…» iconSoy un ser humano, estudiante de la carrera de Mecatrónica de 17...

Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…» iconEl nombre de Dios perteneciente a kether rtk en Atziluth t w L y...

Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…» iconEl poema criollo “Yo soy gavilán primito cuando me enfrento a la...

Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…» iconConversaciones con
«¿quién soy yo?». Después de todo, el único hecho del que está seguro es que usted es. El «yo soy» es cierto. El «yo soy esto» no....

Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…» iconConversaciones con
«¿quién soy yo?». Después de todo, el único hecho del que usted está seguro es que usted es. El «yo soy» es cierto. El «yo soy esto»...

Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…» icon1. origin or nationality: Soy de los Estados Unidos. Soy americano

Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…» iconHola yo soy Juan Pablo Zamarripa pero mis amigos me llaman Juanpi....

Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…» iconHace aproximadamente una hora soy feliz porque soy mujer y dios me...

Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…» icon¡Hola! ¡Buenos días! Mi nombre es Agustín y soy vuestro profesor...

Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…» iconResumen después de un largo viaje regresarán al hogar aquellos que...






© 2015
contactos
l.exam-10.com