Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…»






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títuloResumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…»
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Capítulo 16



Emilio Barbarigo tal vez no consiguiera llegar a su cita en el Cam­po San Stefano, pero Ezio no pensaba perdérsela. Al amanecer de aquella luminosa mañana de finales de 1485, se plantó en la ya con­currida plaza. La batalla por la supremacía sobre los Templarios es­taba siendo dura y larga. Ezio empezaba a creer que, igual que les había sucedido a su padre y a su tío, aquello acabaría convirtiéndo­se también en el trabajo de su vida.

Con la cabeza cubierta con la capucha, se mezcló con la multi­tud y detectó muy pronto la figura de Carlo Grimaldi aproximán­dose en compañía de otro hombre, de aspecto austero, cuya tupida barba y melena castaña malcasaban con su piel pálida y azulada, y que iba vestido con los ropajes rojos de un inquisidor del estado. Ezio lo identificó enseguida como Silvio Barbarigo, el primo de Emi­lio, al que todo el mundo conocía como «IlRosso». No parecía es­tar precisamente de muy buen humor.

—¿Dónde está Emilio? —preguntó con impaciencia.

Grimaldi se encogió de hombros.

—Le dije que estuviera aquí.

—¿Se lo dijiste tú mismo? ¿En persona?

—Sí—respondió de mala gana Grimaldi—. ¡Yo mismo! ¡En persona! Me preocupa que no confíes en mí.

—Y a mí también —murmuró Silvio. Grimaldi apretó los dien­tes al oír aquello, pero Silvio se limitó a seguir mirando a su alrede­dor, abstraído—. A lo mejor llega con los demás. Caminemos un rato.

Iniciaron su paseo por el espacioso campo rectangular, pasaron por delante de la iglesia de San Vidal y de los palacios situados en el extremo del Gran Canal, en dirección a San Stefano, deteniéndose de vez en cuando a mirar los productos que los comerciantes empe­zaban a colocar en sus puestos para iniciar la jornada de ventas. Ezio les siguió como una sombra, aunque era complicado. Grimaldi es­taba nervioso y miraba constantemente hacia atrás con recelo. A veces le costaba mantenerse lo bastante cerca de sus perseguidos como para escuchar lo que decían.

—Mientras esperamos, podrías ponerme al corriente de cómo van las cosas en el palacio del dux —dijo Silvio.

Grimaldi abrió las manos.

—Bien, para ser sincero, no es fácil. Mocenigo tiene un círcu­lo muy cerrado. He intentado ir preparando el terreno, como me pediste, hacer sugerencias por el interés de nuestra causa, pero es evidente que no soy el único que busca captar su atención y, por muy viejo que sea, ese cabrón es muy astuto.

Silvio cogió de un puesto una figurita de cristal de complicado aspecto, la examinó y la devolvió a su sitio.

—En este caso, tendrás que trabajar más duro, Grimaldi. Tie­nes que entrar a formar parte de su círculo.

—Soy ya uno de sus socios más próximos y de mayor confian­za. Me ha llevado años posicionarme. Años de paciencia y planifi­cación, de esperas, de aceptar humillaciones.

—Sí, sí—dijo con impaciencia Silvio—. Pero ¿qué tienes para darnos por ello?

—Es más complicado de lo que me imaginaba.

—¿Y por qué?

Grimaldi hizo un gesto de frustración.

—No lo sé. Hago todo lo posible por el estado, trabajo duro... Pero la realidad es que no soy del agrado de Mocenigo.

—Me pregunto por qué —dijo con frialdad Silvio.

Grimaldi estaba demasiado enfrascado en sus pensamientos como para percatarse del desaire.

—¡No es culpa mía! ¡Estoy constantemente intentando com­placer a ese hijo de puta! Averiguo qué es lo que más desea y se lo pongo a sus pies: los mejores jamones de Cerdeña, la última moda de Milán...

—A lo mejor lo que sucede es que al dux no le gustan los sico­fantes.

—¿Es eso lo que piensas que soy?

—Sí. Un adulador, un felpudo, un pelota... ¿Es necesario que continúe?

Grimaldi se quedó mirándolo.

—No me insultes, inquisitore. No tienes ni idea de cómo es aquello. No comprendes la presión que...

—¿Que yo no comprendo la presión?

—¡No! No tienes ni idea. Tal vez seas un funcionario del estado, pero yo estoy a dos pasos del dux prácticamente todas las horas del día. Te gustaría estar en mi lugar, porque crees que podrías hacerlo mejor, pero...

—¿Has terminado?

—¡No! Escúchame. Estoy muy cerca del dux. He dedicado mi vida a establecerme en ese puesto y te digo que estoy convencido de que podemos reclutar a Mocenigo para nuestra causa. —Gri­maldi hizo una pausa—. Simplemente necesito un poco más de tiempo.

—Me parece que has tenido ya tiempo suficiente. —Silvio se calló y Ezio vio que levantaba la mano para llamar la atención de un hombre mayor con una espumosa barba blanca, ricamente vestido, que iba acompañado por un guardaespaldas, la persona más alta que Ezio había visto en su vida.

—Buenos días, primo —le dijo el recién llegado a Silvio—. Grimaldi.

—Buenos días, primo Marco —respondió Silvio. Miró a su al­rededor—. ¿Dónde está Emilio? ¿No ha venido contigo?

Marco Barbarigo se quedó sorprendido y su expresión se tor­nó seria.

—Por lo que veo no te has enterado de la noticia.

—¿Qué noticia?

—¡Emilio ha muerto!

—¿Qué? —Silvio, como siempre, se enojó al comprobar que su primo, mayor y con más poder, estaba mejor informado que él— ¿Cómo ha sido?

—Me lo imagino —dijo con amargura Grimaldi—. El Assassino.

Marco lo miró mordazmente.

—Así es. Ayer, a última hora, encontraron su cuerpo en un ca­nal. Debía de llevar allí... bastante tiempo. Dicen que se había hinchado hasta alcanzar el doble de su tamaño. Por eso apareció flotan­do en la superficie.

—¿Dónde debe de esconderse el Asesino?—se preguntó Gri­maldi—. Tenemos que encontrarlo y matarlo antes de que cause más daños.

—Podría estar en cualquier parte —dijo Marco—. Por eso siempre me hago acompañar por Dante. No me sentiría a salvo sin él. —Se interrumpió—. De hecho, por lo que sabemos, podría estar aquí, incluso ahora mismo.

—Debemos actuar con rapidez —dijo Silvio.

—Tienes razón —dijo Marco.

—Pero Marco, estoy muy cerca. Lo intuyo. Dame sólo unos días más —suplicó Grimaldi.

—No, Carlo, has tenido tiempo suficiente. Ya no podemos per­mitirnos sutilezas. Si Mocenigo no se suma a la causa, lo elimina­remos y lo sustituiremos por uno de los nuestros. ¡Y tenemos que hacerlo esta misma semana!

Dante, el guardaespaldas gigante cuyos ojos no habían cesado de observar la multitud desde el momento en que había llegado acom­pañando a Marco Barbarigo, tomó entonces la palabra.

—Deberíamos ir tirando, signori.

—Sí —concedió Marco—. El Maestro estará esperando. ¡Vamos!

Ezio se movió como una sombra entre el gentío y los puestos, esforzándose por mantenerse a una distancia que le permitiera oír la conversación de aquellos hombres mientras cruzaban la plaza y se adentraban en la calle que conducía a la plaza de San Marcos.

—¿Estará de acuerdo el Maestro con nuestra nueva estrate­gia? —preguntó Silvio.

—Sería un tonto de no estarlo.

—Tienes razón, no tenemos otra alternativa —aceptó Silvio. Miró entonces a Grimaldi—. Lo que en cierto sentido te hace inne­cesario —añadió con un tono desagradable.

—Es el Maestro quien debe decidir al respecto —replicó Gri­maldi—. Igual que será él quien decida a quién poner en lugar de

Mocenigo..., tú, o tu primo Marco, aquí presente. ¡Y la mejor per­sona para aconsejarle en este asunto soy yo!

—No estaba al corriente de que hubiera que tomar una deci­sión —dijo Marco—. Creo que la elección es evidente para todo el mundo.

—Estoy de acuerdo —dijo Silvio, muy tenso—. La elección debería recaer en la persona que organizó toda la operación, la que tuvo la idea de cómo salvar esta ciudad.

Marco replicó con rapidez.

—Sería el último en infravalorar la inteligencia táctica, mi buen Silvio; pero al final, lo que se necesita para gobernar es sabi­duría. No puede ser de otra manera.

—Caballeros, por favor —dijo Grimaldi—. El Maestro podría aconsejar al Consejo de los Cuarenta y Uno cuando se reúnan para elegir al nuevo dux, pero no puede influirlos. Y por lo que sabemos, el Maestro podría estar pensando en alguien que no fuera ninguno de vosotros dos...

—¿Te refieres a ti? —preguntó con incredulidad Silvio, mien­tras Marco se limitaba a lanzar una carcajada burlona.

—¿Y por qué no? ¡Soy yo quien ha trabajado de verdad!

Signori, por favor, seguid avanzando —insistió Dante—. Estaréis todos más a salvo cuando hayamos entrado.

—Naturalmente —concedió Marco, acelerando el paso.

Los demás le siguieron sin rechistar.

—Es un buen tipo, ese Dante —dijo Silvio—. ¿Cuánto pagaste por él?

—Menos de lo que vale —respondió Marco—. Es fiel y de con­fianza... Me ha salvado la vida en dos ocasiones. Pero no diría que es precisamente locuaz.

—¿Y quién necesita conversación con un guardaespaldas?

—Ya estamos —dijo Grimaldi al llegar delante de una discreta puerta en la pared lateral de un edificio situado en el Campo San­ta Maria Zobenigo.

Ezio, manteniendo su habitual distancia de seguridad, cons­ciente como era de la vigilancia extrema que ejercía Dante, dobló la esquina de la plaza justo a tiempo de verlos entrar. Mirando a su al­rededor para asegurarse de que no había moros en la costa, trepó por la pared lateral del edificio y se apostó en el balcón que había justo encima de la puerta. Las ventanas de la habitación contigua estaban abiertas, y en su interior, sentado en una gran silla de made­ra de roble detrás de una mesa larga y estrecha cubierta de papeles, y vestido de terciopelo morado, estaba el Español. Ezio se fundió con las sombras y esperó, dispuesto a escuchar.

Rodrigo Borgia estaba de un humor de perros. El Asesino ha­bía desbaratado ya varias de sus principales iniciativas y había es­capado de cualquier intento de acabar con él. Y ahora estaba en Venecia y había eliminado a uno de los principales aliados que el cardenal tenía allí. Y por si esto no fuera suficiente, Rodrigo había tenido que pasar los primeros quince minutos de la reunión escu­chando al puñado de imbéciles que tenía a su servicio porfiando so­bre cuál de ellos sería el próximo dux. Al parecer, aquellos idiotas habían pasado por alto el hecho de que él ya hubiera hecho su elección y hubiera sobornado a los principales miembros del Consejo de los Cuarenta y Uno. Y su elección había recaído en el de más edad, el más vanidoso y el más acomodaticio de los tres.

—Cerrad ya el pico —explotó finalmente—. Lo que necesito de vosotros es disciplina y dedicación inquebrantable a la causa, no esta pusilánime búsqueda de autopromoción. Ésta es mi decisión y será llevada a cabo. Marco Barbarigo será el próximo dux y será elegido una semana después de la muerte de Giovanni Mocenigo. A sus setenta y seis años de edad, no levantará suspicacias pero, de todos modos, deberá parecer natural. ¿Te ves capaz de ocuparte de eso, Grimaldi?

Grimaldi lanzó una mirada a los primos Barbarigo. Marco es­taba jactándose de su victoria y Silvio intentaba mantener la com­postura pese a su decepción. Qué tontos eran, pensó. Siendo dux o sin serlo, seguían siendo marionetas en manos del Maestro, y el Maestro le concedía a él la responsabilidad de verdad. Grimaldi se permitió pensar en cosas mejores cuando respondió:

—Por supuesto, Maestro.

—¿Cuándo estarás más cerca de él?

Grimaldi reflexionó.

—Tengo el Palazzo Ducale a mi entera disposición. Tal vez no sea muy del agrado de Mocenigo, pero tengo su plena confianza y paso la mayor parte del tiempo a su servicio.

—Bien. Envenénalo. A la primera oportunidad.

—Tiene catadores.

—Por Dios, hombre, ¿crees que no lo sé? Se supone que los ve­necianos son buenos envenenadores. Métele algo en la carne después de que los catadores la hayan probado. O en ese jamón de Cerdeña que cuentan que tanto le gusta. ¡Pero piensa algo o será peor para ti!

—Dejadme el asunto a mí, Altezza.

Rodrigo volcó su airada mirada sobre Marco.

—¿ Entiendo por lo que dices que podrías hacerte con un pro­ducto adecuado para nuestros fines?

Marco sonrió con desdén.

—Es el ámbito que domina mi primo.

—Podría hacerme con la cantidad de cantarella suficiente para nuestros fines —dijo Silvio.

—¿Y eso qué es?

—Es uno de los tipos de arsénico más efectivos y es muy difí­cil de detectar.

—¡Bien! ¡Encárgate de ello!

—Debo decir, Maestro —dijo Marco—, que estamos admira­dos de que os vinculéis de un modo personal y tan estrecho con esta empresa. ¿No resultará peligroso para vos?

—El Asesino no se atreverá a venir a por mí. Es inteligente, pero nunca me superará en ingenio. En cualquier caso, me apetece implicarme más directamente. Los Pazzi nos defraudaron en Flo­rencia. Espero sinceramente que los Barbarigi no hagan lo mismo... —Les lanzó una mirada iracunda.

Silvio rio con disimulo.

—Los Pazzi eran unos simples aficionados...

—Los Pazzi —dijo Rodrigo, interrumpiéndolo— eran una fa­milia poderosa y venerable, y un joven Asesino acabó doblegándo­los. No infravaloréis a este enemigo problemático, o acabará tam­bién con los Barbarigi. —Hizo una pausa para aumentar el impacto de sus palabras—. Y ahora id y haced lo que tengáis que hacer. ¡No podemos permitirnos otro fracaso!

—¿Qué planes tenéis, Maestro?

—Vuelvo a Roma. ¡El tiempo es esencial!

Rodrigo se levantó de pronto y salió de la estancia. Desde su posición estratégica en el balcón, Ezio le vio abandonar solo el edi­ficio y cruzar la plaza, asustando durante su recorrido en dirección al Molo a un grupo de palomas que levantaron el vuelo. Los demás hombres le siguieron poco después, separándose y dirigiéndose cada uno a su destino. Cuando todo quedó en silencio, Ezio saltó hasta caer sobre los adoquines del suelo y marchó corriendo a los cuarteles generales de Antonio.

Fue recibido por Rosa, que lo saludó con un largo beso.

—Enfunda tu daga —le dijo ella sonriendo cuando sus cuerpos entraron en contacto.

—Eres tú quien me ha hecho desenfundarla. Y eres tú —aña­dió con intención— quien tiene su funda.

Rosa lo cogió de la mano.

—Vamos, entonces.

—No, Rosa, mi dispiace veramente, pero no puedo.

—¡Ya te has cansado de mí!

—¡Sabes que no es eso! Pero tengo que ver a Antonio. Es ur­gente.

Rosa se quedó mirándolo y vio la expresión intensa de su cara, de sus fríos ojos azul grisáceo.

—De acuerdo. Por esta vez te perdono. Está en su despacho. ¡Me parece que ahora que ha conseguido el de verdad, echa de me­nos aquella maqueta del Palazzo Seta! ¡Ven!

—¡Ezio!—dijo Antonio en cuanto lo vio entrar—. No me gusta ese aspecto. ¿Va todo bien?

—Ojalá fuera todo bien. Acabo de descubrir que Carlo Gri­maldi y los dos primos Barbarigi, Silvio y Marco, están conchaba­dos con... un hombre que conozco muy bien, a quien la gente llama el Español. Están tramando asesinar al dux Mocenigo y sustituirlo por uno de los suyos.

—Es una noticia terrible. Con uno de los suyos como dux, ten­drán en sus manos toda la flota veneciana y su imperio comercial. —Hizo una pausa—. ¡Y me llaman a criminal!

—¿Me ayudarás, pues, a impedírselo?

Antonio le tendió la mano.

—Tienes mi palabra, hermano menor. Y el apoyo de todos mis hombres.

—Y mujeres —añadió Rosa.

Ezio sonrió.

Grazie, amici.

Antonio se quedó pensativo.

—Esto necesitará cierta planificación, Ezio. El Palazzo Ducale está tan bien defendido que, en comparación, el Palazzo Seta es como un parque público. Y no tengo tiempo de tener lista una ma­queta a escala para poder planificar...

Ezio levantó la mano y dijo con decisión:

—No hay nada impenetrable.

Los dos se quedaron mirándolo. Antonio se echó a reír y Rosa sonrió con ingenuidad.

—¡No hay nada impenetrable! ¡No me extraña que nos gus­tes tanto, Ezio!

A última hora de aquel mismo día, cuando menos gente había, Antonio y Ezio se acercaron al palacio del dux.

—Este tipo de traiciones han dejado de sorprenderme —iba diciendo Antonio—. El dux Mocenigo es un buen hombre y me sorprende que haya durado tanto tiempo en el poder. Por lo que a mí se refiere, de pequeño nos enseñaban que los nobles eran justos y bondadosos. Y yo me lo creí. Y aunque mi padre era zapatero re­mendón y mi madre fregona, yo aspiraba a ser mucho más. Estudié duro, perseveré, pero jamás pude llegar a ser miembro de la clase go­bernante. Si no has nacido dentro, es imposible que te acepten. Por eso te hago la siguiente pregunta, Ezio: ¿quiénes son los verdade­ros nobles de Venecia? ¿Hombres como Grimaldi o Marco y Silvio Barbarigo? ¡No! ¡Somos nosotros! Los ladrones, los mercenarios y las putas. ¡Somos nosotros los que hacemos funcionar la ciudad y cualquiera de los nuestros tiene más honor en la punta de su dedo pequeño que esa pandilla de supuestos gobernantes! Nosotros amamos Venecia. Los otros la ven tan sólo como un medio para enriquecerse.

Ezio se reservó su opinión, pues le costaba imaginarse a Anto­nio, por buen tipo que fuera, luciendo el corno ducale. Al cabo de un rato llegaron a la plaza de San Marcos y la atravesaron hasta plantarse delante del palacio rosado. El edificio estaba muy bien vi­gilado, y pese a que los dos consiguieron escalar sin ser vistos el andamiaje que había instalado en la pared lateral de la catedral, adjun­ta al palacio, cuando observaron el panorama desde aquel lugar privilegiado en lo alto vieron que, aunque pudieran saltar al tejado del palacio (cosa que hicieron), el acceso al patio, incluso desde allí, quedaba impedido por una reja alta coronada con pinchos curvos ascendentes y descendentes. Vieron paseando por el patio a Gio­vanni Mocenigo, el dux en persona, un solemne anciano que pare­cía una vaina arrugada metida en los espléndidos ropajes y el corno del líder de la ciudad y el estado, charlando con el que había sido de­signado como su asesino, Carlo Grimaldi.

Ezio escuchó con atención.

—¿No comprendéis lo que estoy ofreciéndoos, Altezza?—es­taba diciendo Carlo—. ¡Escuchadme, por favor, pues es vuestra úl­tima oportunidad!

—¿Cómo te atreves a hablarme así? ¿Cómo te atreves a ame­nazarme? —repuso el dux.

Carlo empezó a disculparse de inmediato.

—Perdonadme, señor. No era ésa mi intención. Pero creedme, por favor, que vuestra seguridad es lo que más me preocupa...

La pareja entró en el edificio y desapareció.

—Tenemos poco tiempo —dijo Antonio, leyéndole a Ezio los pensamientos—. Y con esta reja no podemos pasar. E incluso aun­que lo consiguiéramos, mira la cantidad de guardias que hay. Diavolo! —Dio un puñetazo en el aire de pura frustración, obligando a un grupo de palomas a levantar el vuelo—. ¡Míralas! ¡Las palo­mas! ¡Qué fácil sería si pudiéramos volar!

De pronto, Ezio sonrió para sus adentros. Ya era hora de dejarse ver por el taller de su amigo Leonardo da Vinci.

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