Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…»






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títuloResumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…»
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Capítulo 14



Le llevó mucho tiempo, y la entrevista de Ezio con el escéptico te­sorero jefe del gremio de los ladrones había resultado incómoda, pero Ezio acabó utilizando las habilidades que había aprendido de Paola para cortar bolsas con los mejores de ellos y para robar todo lo posible a los burgueses adinerados de Venecia aliados de Emilio. Unos meses después, en compañía de otros ladrones —pues se había con­vertido ya en miembro honorario del gremio—, consiguió reunir los dos mil ducati que Antonio necesitaba para relanzar su opera­ción contra Emilio. Pero todo aquello tuvo un coste. No todos los miembros del gremio consiguieron eludir la captura y el arresto por parte de la guardia de Barbarigo. De modo que, pese a tener aho­ra los fondos necesarios, los ladrones habían disminuido en número.

Pero Emilio Barbarigo cometió un error fruto de su arrogan­cia. Para dar ejemplo, exhibió públicamente a los ladrones captura­dos en estrechas jaulas de hierro que colocó en diversos puntos del barrio que controlaba. De haberlos mantenido encerrados en los calabozos de su palazzo, ni Dios en persona hubiera conseguido sacarlos de allí, pero Emilio prefirió exhibirlos, privados de alimento y agua, aguijoneados con palos por sus guardias siempre que caían dormidos, con la intención de dejarlos morir de hambre ante los ojos de todo el mundo.

—No durarán ni seis días sin agua, y mucho menos sin comida —le dijo Ugo a Ezio.

—¿Qué opina Antonio?

—Que de ti depende idear un plan para su rescate. «¿Cuántas pruebas más de mi lealtad necesitará este hom­bre?», pensó Ezio, antes de darse cuenta de que ya disfrutaba de la confianza de Antonio, puesto que el Príncipe de los Ladrones le ha­bía encargado una misión tan crucial como aquélla. Pero no dispo­nía de mucho tiempo.

Con cautela, Ugo y él observaron en secreto las idas y venidas de los centinelas. Al parecer, había un grupo de guardias que reali­zaban un recorrido continuo de jaula en jaula. Pese a que todas las jaulas estaban constantemente rodeadas por unos cuantos curiosos, entre los que podía haber perfectamente espías de Barbarigo, Ezio y Ugo decidieron correr el riesgo. Durante el turno de noche, mo­mento en el que el público no era tan numeroso, se encaminaron hacia la primera jaula, que la guardia estaba a punto de abandonar para dirigirse a la segunda. En cuanto la guardia se marchó y estu­vo fuera de su vista, consiguieron accionar las cerraduras, anima­dos por los inconexos vítores de un puñado de espectadores, a quie­nes les daba bastante igual quién saliera ganando mientras tuvieran espectáculo, y algunos de los cuales les siguieron hasta la segunda jaula, e incluso hasta la tercera. Los hombres y las mujeres libera­dos, un total de veintisiete, estaban ya, después de dos días y medio, en condiciones penosas, aunque como mínimo no los habían espo­sado, y Ezio pudo guiarlos así hasta los pozos que había en el medio de prácticamente todas las placitas, para que su primera y más im­portante necesidad —la sed— quedara satisfecha.

Finalizada la misión, que les llevó desde la caída de la noche has­ta el canto del gallo, Ugo y sus compañeros liberados miraron a Ezio con profundo respeto.

—Rescatar a mis hermanos y hermanas ha sido más que un simple acto de caridad, Ezio —dijo Ugo—. Estos... colegas represen­tarán un papel vital en las próximas semanas. Y... —su tono se vol­vió solemne—... nuestro gremio tiene contigo una eterna deuda de gratitud.

El grupo había llegado ya a los cuarteles generales del gremio. Antonio abrazó a Ezio, pero estaba serio.

—¿Cómo está Rosa? —le preguntó Ezio.

—Mejor, pero la herida era más grave de lo que creíamos y ella quiere correr antes de echar a andar.

—Ella es así.

—Sí, típico de ella. —Antonio hizo una pausa—. Quiere verte.

—Me siento adulado.

—¿Por qué? ¡Eres el héroe del día!

Unos días después, Ezio fue convocado al despacho de Antonio, donde lo encontró estudiando minuciosamente la maqueta del Pa­lazzo Seta. Los pequeños maniquíes de madera habían sido des­plegados de nuevo por sus alrededores y sobre la mesa, junto a la maqueta, había una montaña de papeles llenos de cálculos y anota­ciones.

—¡Ah! ¡Ezio!

Signore.

—Acabo de regresar de una pequeña incursión en territorio enemigo. Hemos conseguido liberar tres cargas de armamento des­tinadas al pequeño palazzo de nuestro querido Emilio. Por lo que se nos ha ocurrido que podríamos organizar un baile de disfraces vis­tiéndonos con los uniformes de los arqueros de Barbarigo.

—Brillante. Eso nos introduciría en la fortaleza sin problema. ¿Cuándo empezamos?

Antonio levantó una mano.

—No tan rápido, querido mío. Hay un problema, y me gusta­ría pedirte consejo.

—Me honras por ello.

—No, simplemente valoro tu opinión. El hecho es que sé de buena fuente que Emilio puede haber estado sobornando a gente para convertirla en espías. —Hizo una pausa—. No podemos atacar hasta tener solventado el asunto de los traidores. Mira, sé que puedo confiar en ti, y tu rostro no es muy conocido en el gremio. Si pudie­ra darte algunas pistas sobre el paradero de estos traidores, ¿crees que podrías ocuparte de ellos? Podrías llevarte a Ugo contigo como apoyo, y cualquier destacamento que necesitaras.

Messer Antonio, la caída de Emilio es tan importante para mí como para ti. Unamos nuestras fuerzas.

Antonio sonrió.

—¡Es la respuesta que esperaba de ti! —Indicó con un gesto a Ezio que se acercara a la mesa de mapas que había instalado cerca de la ventana—. Esto es un plano de la ciudad. Los hombres que han desertado se reúnen, según me cuentan mis fieles espías, en una ta­berna que hay aquí. Se llama II Vecchio Specchio. Allí es donde establecen contacto con los agentes de Emilio, intercambian informa­ción y reciben sus órdenes.

—¿Cuántos son?

—Cinco.

—¿Qué quieres que haga con ellos? Antonio se quedó mirándolo. —Mátalos, amigo mío.
Al amanecer del día siguiente, Ezio reunió el grupo de hom­bres que había elegido personalmente para la misión. Les expuso su plan. Los vistió con los uniformes de Barbarigo procedentes de los barcos que Antonio había apresado. Sabía por Antonio que Emi­lio creía que el material robado se había perdido en alta mar, de modo que su gente no sospecharía nada. Junto con Ugo y los otros cuatro hombres, Ezio entró en II Vecchio Specchio poco después de que anocheciera. Era una guarida de Barbarigo, pero a aquellas horas ha­bía sólo unos pocos clientes, aparte de los chaqueteros y los hombres de Barbarigo. Apenas levantaron la vista cuando el grupo de guardias uniformados entró en la taberna, y sólo al verse rodeados prestaron atención a los recién llegados. Ugo se echó hacia atrás la capucha, que­dándose al descubierto en la penumbra de la taberna. Los conspirado­res trataron de levantarse, la sorpresa y el miedo reflejados en sus ca­ras. Ezio dejó caer con firmeza una mano sobre el hombro del traidor más próximo a él y a continuación, con indiferencia y facilidad, hun­dió el cuchillo del Códice entre los ojos de su víctima. Ugo y los de­más siguieron su ejemplo y acabaron con sus hermanos traidores.

Durante aquel tiempo, Rosa había proseguido con su impa­ciente recuperación. Se levantaba y se movía de un lado a otro, aun­que dependía para ello de un bastón y la pierna herida seguía envuel­ta en vendajes. Ezio, sin pretenderlo y disculpándose mentalmente y en todo momento con Cristina Calfucci, pasaba el máximo tiem­po posible en compañía de Rosa.

Salute, Rosa —le dijo una mañana cualquiera—. ¿Cómo va todo? Veo que tu pierna mejora. Rosa se encogió de hombros.

—Esto está durando una eternidad, pero voy mejorando. ¿Y tú? ¿Qué te parece nuestra pequeña ciudad?

—Es una gran ciudad. Pero ¿cómo aguantáis el olor de los ca­nales?

—Estamos acostumbrados. A nosotros no nos gustaría el pol­vo y la inmundicia de Florencia. —Hizo una pausa—. ¿Y qué te trae por aquí esta vez?

Ezio sonrió.

—Lo que piensas y también lo que no piensas. —Dudó un momento—. Esperaba que pudieras enseñarme a trepar como tú lo haces.

Ella se dio unos golpecitos en la pierna.

—Con el tiempo —dijo—. Pero si tienes prisa, mi amigo Fran­co sabe hacerlo casi tan bien como yo. —Levantó la voz—. ¡Franco!

Casi al instante apareció en el umbral de la puerta un grácil chi­co de pelo oscuro y Ezio, avergonzado, sintió una punzada de celos lo bastante grande como para que Rosa se diera cuenta. La chica sonrió.

—No te preocupes, tesoro, es tan poco aficionado a las muje­res como San Sebastián. Pero, por otro lado, es duro como un par de botas viejas. ¡Franco! Quiero que le enseñes a Ezio nuestros trucos. —Miró por la ventana. Enfrente había un edificio desocupado ca­muflado por un andamiaje de bambú sujeto con correas de cuero. Señaló en aquella dirección—. Súbelo allá arriba para empezar.

Ezio pasó lo que quedaba de mañana —tres horas— detrás de Franco y bajo la chillona voz de Rosa. Al final, acabó siendo capaz de encaramarse a una altura mareante casi con la misma velocidad y destreza que su mentor. Además, aprendió a saltar hacia arriba desde un asidero al siguiente, aunque dudaba que algún día logra­ra alcanzar la habilidad de Rosa.

—Come algo ligero —le dijo Rosa, ahorrándose cualquier elo­gio—. Aún no hemos terminado por hoy.

Por la tarde, durante la hora de la siesta, lo llevó a la plaza de la gran iglesia de los Frari. Contemplaron juntos el monumental edificio.

—Sube ahí —dijo Rosa—. Hasta arriba del todo. Y quiero que estés aquí de vuelta antes de que cuente trescientos.

Ezio sudó y se esforzó, la cabeza dándole vueltas por el esfuerzo.

—Cuatrocientos treinta y nueve —anunció Rosa cuando Ezio llegó a su lado—. ¡Vuelve a subir!

Al final del quinto intento, agotado y sudoroso, lo único que le apetecía a Ezio era darle un bofetón a Rosa, pero el deseo se esfumó cuando ella le sonrió y le dijo:

—Doscientos noventa y tres. Acabas de conseguirlo.

La pequeña multitud que se había congregado en el lugar aplau­dió su hazaña.

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