Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…»






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títuloResumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…»
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fecha de publicación06.09.2015
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Capítulo 13




Después de que Ezio se separara de Leonardo y se instalara en su alojamiento, no perdió el tiempo y regresó al Palazzo Seta, una ta­rea complicada en aquella ciudad de pasajes, laberínticos canales, ar­cos bajos, placitas y callejones sin salida. Pero todo el mundo cono­cía el palazzo y, siempre que se extravió, los venecianos le indicaron muy amablemente por dónde ir... Aunque ninguno dio la impre­sión de comprender por qué alguien podía querer ir allí por su pro­pia voluntad. Un par de ellos le sugirieron que le resultaría más sencillo tomar una góndola, pero Ezio quería familiarizarse con la ciudad y, además, llegar a su objetivo pasando desapercibido.

Cuando llegó a las cercanías del palazzo era ya media tarde. El edificio parecía más una fortaleza, o una cárcel, que un palacio, pues la estructura principal se había erigido en el interior de un recinto con murallas almenadas. A uno y otro lado, el palazzo quedaba en­cerrado por otros edificios separados por estrechas callejuelas. En la parte posterior parecía haber un jardín de considerable tamaño ro­deado por otro muro alto, y delante, frente al canal, estaba la zona amplia y abierta que Ezio había visto antes al pasar. Y era allí don­de estaba teniendo lugar en aquel momento una encarnizada bata­lla entre un puñado de guardias de Barbarigo y un variopinto grupo de jóvenes que se mofaban de ellos, brincaban de un lado a otro para alejarse del alcance de sus alabardas y lanzas, y arrojaban ladrillos, piedras, huevos y fruta podrida a los enojados hombres uniforma­dos. Tal vez pretendían simplemente distraerlos, pues Ezio, mirando más allá de todos ellos, por detrás de la escena de la melé, vio una figura escalando el muro del palazzo. Ezio se quedó impresionado. El muro era tan vertical que incluso él se lo tendría que pensar dos veces antes de encararlo. Pero quienquiera que fuera llegó a las al­menas sin ser descubierto y con facilidad. Entonces, de forma pas­mosa, saltó desde allí y fue a aterrizar en el tejado de una de las to­rres de vigía. Ezio vio que el individuo pensaba saltar de nuevo desde aquel punto hasta el tejado de lo que era el palacio en sí para tratar de acceder a su interior. Tomó nota de la táctica por si algún día necesitaba utilizarla, siempre que se viera capaz de hacerlo. Pero los guardias de la torre de vigía se habían percatado de la presen­cia del individuo y acababan de dar la voz de alarma a los compañe­ros que montaban guardia. Apareció un arquero en una ventana de los aleros del tejado del palacio y disparó. La figura saltó con elegan­cia y la flecha pasó de largo, estampándose contra las tejas, pero la se­gunda vez el arquero atinó en su puntería y, con un débil grito, la figura se tambaleó y se llevó la mano a la herida que acababa de su­frir en el muslo.

El arquero volvió a disparar, pero erró el tiro. La figura había vuelto sobre sus pasos, saltando de nuevo desde el tejado de la to­rre a las almenas, por donde corrían ya los guardias, para saltar a continuación por encima del muro y deslizarse hasta aterrizar en el suelo.

En el otro lado del espacio abierto frente al palazzo, los guar­dias de Barbarigo habían obligado a sus atacantes a replegarse ha­cia las callejuelas, por donde empezaban a perseguirlos. Ezio apro­vechó la oportunidad para atrapar al desconocido individuo que, renqueante, corría en dirección opuesta en busca de seguridad.

Cuando llegó a su altura, le sorprendió su complexión ligera e infantil, aunque atlética. Y cuando estaba a punto de ofrecerle ayu­da, el individuo se volvió hacia él y Ezio reconoció la cara de la chi­ca que había intentado cortarle la cinta de la bolsa en el mercado.

Se quedó sorprendido, confuso y, curiosamente, se sintió loca­mente enamorado.

—Préstame tu brazo —dijo la chica, apremiándolo.

—¿Me recuerdas?

—¿ Debería ?

—Hoy mismo me intentaste robar en el mercado.

—Lo siento pero no es momento para recuerdos. Si no nos es­fumamos con rapidez, somos carne muerta.

Y como para ilustrar lo que quería decir, una flecha pasó en aquel momento silbando entre ellos. Ezio cogió el brazo de la chi­ca y lo pasó por encima de sus hombros y, acto seguido, la agarró por la cintura, igual que había hecho cuando en su día ayudó a Lo­renzo.

—¿ Hacia dónde ?

—Hacia el canal.

—Por supuesto —dijo con ironía—. En Venecia no hay más que uno, ¿verdad?

—Eres un chulo engreído para ser un recién llegado. Por aquí..., te mostraré el camino... ¡pero rápido! Mira..., ya los tenemos detrás.

Y así era: un pequeño destacamento de hombres acababa de cruzar la plaza y corría tras ellos.

Sin despegar la mano de la herida del muslo, y tensa por el do­lor, la chica guio a Ezio hacia un callejón, que desembocaba en otro, y en otro, hasta que Ezio perdió por completo el norte. Detrás de ellos, las voces de sus perseguidores fueron desvaneciéndose hasta perderse por completo.

—Mercenarios de tierra firme —dijo la chica con gran des­dén—. En esta ciudad no tienen ninguna posibilidad contra los lo­cales. Se pierden con facilidad. ¡Vamos!

Llegaron a un embarcadero del Canale della Misericordia, don­de había amarrada una inclasificable embarcación con dos hombres a bordo. Al ver a Ezio y a la chica, uno de ellos empezó de inmedia­to a soltar amarras, mientras el otro los ayudaba a subir.

—¿Quién es éste? —le preguntó a la chica el segundo hombre.

—No tengo ni idea, pero estaba en el lugar adecuado en el mo­mento adecuado y, al parecer, con Emilio no le une precisamente una amistad.

La chica estaba a punto de desmayarse.

—Tiene una herida en el muslo —dijo Ezio.

—Ahora no puedo quitarle eso —dijo el hombre, mirando el lugar donde se había alojado el perno—. Aquí no tengo ni bálsamo ni vendajes. Tenemos que regresar deprisa y antes de que esas ratas de alcantarilla de Emilio den con nosotros. —Miró a Ezio—. ¿Quién eres tú, de todos modos?

—Me llamo Auditore, Ezio. De Florencia.

—Hmmm... Yo me llamo Ugo. Ella es Rosa y el que rema se llama Paganino. No nos gustan mucho los extranjeros.

—¿Quiénes sois vosotros? —replicó Ezio, haciendo caso omi­so al último comentario.

—Liberadores profesionales de las propiedades de los demás —respondió Ugo.

—Ladrones —explicó Paganino con una carcajada.

—Le quitas la poesía a todo —dijo con tristeza Ugo. Y de pron­to se puso en estado de alerta—. ¡Cuidado! —exclamó cuando una flecha, y después otra, se clavaron con un ruido sordo en el casco de la embarcación procedentes de algún lugar en lo alto.

Al levantar la vista vieron dos arqueros de Barbarigo aposta­dos en un tejado próximo, cargando más flechas en sus arcos. Ugo rebuscó en el hueco de la embarcación y sacó una práctica ballesta achaparrada que rápidamente cargó, apuntó y disparó, mientras Ezio lanzaba dos cuchillos voladores en rápida sucesión contra el otro arquero. Ambos cayeron gritando al canal.

—Ese bastardo tiene matones por todas partes —le dijo Ugo a Paganino, empleando un tono coloquial.

Ambos eran tipos bajitos y anchos de hombros, de aspecto duro, y ninguno de los dos llegaba a los treinta años de edad. Gober­naban con destreza la embarcación y era evidente que conocían aquel entresijo de canales como la palma de su mano, pues en más de una ocasión Ezio creyó que se habían adentrado en la versión acuática de un callejón sin salida para descubrir que el canal no ter­minaba en una pared de ladrillo, sino en un arco de escasa altura bajo el cual la embarcación sólo podía pasar si todos se agachaban.

—¿Qué hacíais atacando el Palazzo Seta? —preguntó Ezio.

—¿Y a ti qué te importa? —respondió Ugo.

—Emilio Barbarigo no es precisamente amigo mío. A lo mejor podríamos ayudarnos mutuamente.

—¿Qué te lleva a pensar que necesitamos tu ayuda? —repli­có Ugo.

—Vamos, Ugo —dijo Rosa—. Mira lo que acaba de hacer. Y pa­sas además por alto el hecho de que me ha salvado la vida. Soy la mejor escaladora de todos nosotros. Sin mí, nunca conseguiremos entrar en ese nido de víboras. —Se volvió hacia Ezio—. Emilio in­tenta obtener el monopolio del comercio de la ciudad. Es un hombre poderoso, y se ha metido en el bolsillo a varios concejales. La situa­ción está llegando a un punto en el que cualquier comerciante que lo desafía e intenta mantener su independencia es simplemente si­lenciado.

—Pero vosotros no sois comerciantes..., sois ladrones.

—Ladrones profesionales —le corrigió ella—. Negocios indi­viduales, tiendas individuales, personas individuales... Todo ello fa­cilita mucho más el hurto que cualquier monopolio corporativo. Además, tienen un seguro, y las compañías de seguros pagan después de desplumar a sus clientes con primas gigantescas. Y todo el mundo feliz. Emilio convertiría Venecia en un desierto para la gente como nosotros.

—Eso sin mencionar que es un mierda que quiere hacerse no sólo con los negocios locales, sino también con la ciudad entera —aña­dió Ugo—. Pero Antonio te lo explicará.

—¿Antonio? ¿Y ése quién es?

—Enseguida lo descubrirás, señor florentino.

Llegaron por fin a otro embarcadero y amarraron la embarca­ción con rapidez, pues la herida de Rosa tenía que limpiarse y tra­tarse si no querían que su vida peligrara. Dejando a Paganino ocu­pándose de la barca, entre Ugo y Ezio medio arrastraron, medio cargaron con Rosa, que había quedado ya inconsciente por la pérdida de sangre. Recorrieron aún otro retorcido callejón flanqueado por edificios de ladrillo rojo oscuro y madera que desembocaba en una placita, con un pozo y un árbol en medio, rodeada de edificios de aspecto mugriento cuyo estuco llevaba mucho tiempo descasca­rillado.

Se dirigieron a la puerta de color granate sucio de uno de los edificios y Ugo llamó con una sucesión de complejos golpes. Acto seguido se abrió y se cerró una mirilla y la puerta, rápidamente, se abrió y se cerró también. Ezio se fijó en que, por mucho que todo lo demás mostrara un aspecto descuidado, bisagras, cerraduras y pes­tillos estaban perfectamente engrasados y sin óxido.

Se encontró de pronto en un destartalado patio rodeado de al­tas y desiguales paredes grises coronadas por ventanas. A ambos la­dos, dos escaleras de madera ascendían para unirse en las galerías, también de madera, que recorrían las paredes del primer y el se­gundo piso y en las que se veían diversas puertas.

Se congregaron a su alrededor varias personas, algunas de las cuales Ezio reconoció como participantes en el altercado que se había producido delante del Palazzo Seta. Ugo estaba ya dando ór­denes.

—¿Dónde está Antonio? ¡Id a buscarlo! Y haced lugar para Rosa, traed una manta, bálsamo, agua caliente, un cuchillo afilado, vendas...

Uno de los hombres subió corriendo las escaleras y se esfumó a través de una de las puertas del primer piso. Dos mujeres desple­garon una colchoneta casi limpia y acostaron con cuidado a Rosa. Una tercera desapareció y regresó enseguida con el material médico que Ugo había solicitado. Rosa recuperó la consciencia, vio a Ezio y le tendió la mano. Él se la cogió y se arrodilló a su lado.

—¿Dónde estamos?

—Creo que son los cuarteles generales de tu gente. En cual­quier caso, estás a salvo.

Ella le apretó la mano.

—Siento haber intentado robarte.

—Ahora no pienses en eso.

—Gracias por salvarme la vida.

Ezio estaba ansioso. La chica estaba muy pálida. Tendrían que trabajar rápido si querían salvarla.

—No te preocupes, Antonio sabrá qué hacer —le dijo Ugo a Ezio cuando éste se incorporó.

En aquel momento, bajó corriendo las escaleras un hombre bien vestido que rozaría la cuarentena, un gran pendiente de oro en su lóbulo izquierdo y un pañuelo en la cabeza. Fue directamente hacia Rosa y se arrodilló a su lado. Chasqueó los dedos para pedir el botiquín.

—¡Antonio! —dijo ella.

—¿Qué te ha pasado, pequeña? —dijo con el duro acento del veneciano de toda la vida.

—¡Tú limítate a quitarme esta cosa! —le espetó Rosa.

—Déjame echarle primero un vistazo —dijo Antonio, su voz de repente más seria. Examinó con atención la herida—. Ha entra­do y ha salido del muslo limpiamente, no ha tocado el hueso. Por suerte no ha sido el perno de una ballesta.

Rosa apretó los dientes.

—Tú... sólo... quítame eso...

—Dadle alguna cosa que pueda morder —dijo Antonio.

Retiró primero las plumas de la flecha, envolvió la cabeza con un pañuelo, empapó con el bálsamo los puntos de entrada y salida y tiró.

Rosa escupió la guata que le habían colocado entre los dientes y gritó—

—Lo siento, piccola —dijo Antonio, presionando con las ma­nos ambos lados de la herida.

—¡Que te jodan con tus disculpas, Antonio! —chilló Rosa mien­tras las mujeres la sujetaban.

Antonio levantó la vista hacia uno de los integrantes de su sé­quito.

— ¡Michiel! ¡Ve a buscar a Bianca! —Le lanzó una mirada a Ezio—. ¡Y tú! ¡Ayúdame con esto! Coge estas compresas y ponías sobre las heridas en cuanto yo retire las manos. Después la venda­remos como es debido.

Ezio se apresuró a obedecer. Sintió el calor del muslo de Rosa bajo sus manos, sintió acto seguido la reacción del cuerpo de ella e intentó no mirarla a los ojos. Mientras, Antonio continuaba traba­jando con rapidez. Después, empujó a Ezio para que se retirara y, fi­nalmente, movió la pierna inmaculadamente vendada de Rosa.

—Bien —dijo—. Pasará un tiempo antes de que vuelvas a es­calar muros, pero creo que te recuperarás por completo. Ten pacien­cia. ¡Te conozco!

—¿Y para eso tenías que hacerme tanto daño, torpe idiota? —Le miró echando chispas por los ojos—. ¡Espero que te contagien la pes­te, bastardo! ¡Tú y tu puta madre!

—Llevadla dentro —dijo Antonio, sonriendo—. Ugo, ve con ella. Asegúrate de que descansa.

Cuatro mujeres cogieron la colchoneta por sus esquinas y en­traron con Rosa, que seguía protestando, por una de las puertas de la planta baja. Antonio las vio marchar y se volvió de nuevo ha­cia Ezio.

—Gracias —le dijo—. Aprecio muchísimo a esa pequeña lagar­ta. Si la perdiera...

Ezio se encogió de hombros.

—Siempre he sentido debilidad por las damiselas necesitadas.

—Me alegro de que Rosa no te oyera decir esto, Ezio Auditore. Pero tu reputación te precede.

—No he oído que Ugo te mencionara mi nombre —dijo Ezio, en guardia.

—Y no lo hizo. Pero conocemos tu trabajo en Florencia y San Gimignano. Un buen trabajo, aunque poco refinado.

—¿Quiénes sois?

Antonio abrió las manos.

—Bienvenido a los cuarteles generales del Gremio de Ladrones y Chulos Profesionales de Venecia —dijo—. Soy De Magianis, An­tonio, el amministratore. —Hizo una reverencia irónica—. Aun­que, naturalmente, sólo robamos a los ricos para dar a los pobres y, naturalmente, nuestras prostitutas prefieren denominarse a sí mismas cortesanas.

—¿Y sabes por qué estoy aquí?

Antonio sonrió.

—Más o menos me lo imagino... aunque no lo he compartido con mis... empleados. ¡Ven! Vamos a hablar en mi despacho.

El despacho le recordó hasta tal punto el estudio de su tío Ma­rio que Ezio, de entrada, se quedó sorprendido. No sabía qué debía esperar exactamente, pero se encontró en una estancia con las pare­des recubiertas de libros, libros caros con excelentes encuadernacio­nes, exquisitas alfombras otomanas, mobiliario de madera de roble y de boj, y lámparas y candelabros de plata.

La estancia estaba dominada por la mesa central, sobre la que había una maqueta a gran escala del Palazzo Seta y su barrio. A su alrededor y en su interior, innumerables maniquíes de madera en miniatura. Antonio le indicó a Ezio que tomase asiento y se inclinó sobre la confortable chimenea que había en una esquina, de la que salía un olor curioso, atractivo y desconocido.

—¿ Puedo ofrecerte alguna cosa ? —preguntó Antonio. A Ezio le recordaba tanto a su tío Mario que le pareció todo muy curioso—. Biscotti? ¿Un caffé?

—Disculpa..., ¿un qué?

—Un café. —Antonio se enderezó—. Es un mejunje interesan­te que me ha traído un mercader turco. Ten, pruébalo. —Y le pasó a Ezio una minúscula taza de porcelana con un líquido negro y calien­te del que procedía el penetrante aroma.

Ezio lo probó. Le quemó los labios, pero no era malo, y así se lo hizo saber, aunque añadió, imprudentemente:

—Sería mejor con leche y azúcar.

—La mejor forma de echarlo a perder —replicó Antonio, ofendido.

Terminaron sus cafés y Ezio experimentó enseguida una sen­sación de nerviosa energía completamente novedosa. Tendría que hablarle a Leonardo de aquella bebida la próxima vez que lo viera. Vio que Antonio le señalaba la maqueta del Palazzo Seta.

—Éstas son las posiciones que teníamos pensadas en el caso de que Rosa hubiera conseguido entrar y abrir una de las poternas. Pero, como bien sabes, la vieron y le dispararon y tuvimos que reple­garnos. Ahora nos tocará reagruparnos y, mientras, Emilio tendrá tiempo para reforzar sus defensas. Y peor aún, ha sido una operación costosa. He gastado prácticamente hasta mi último soldo.

—Emilio tiene que estar forrado —dijo Ezio—. ¿Por qué no atacarle de nuevo ahora y quitarle su dinero?

—¿No me has oído? Nuestros recursos están bajo mínimos y él está alerta. Nunca conseguiríamos superarle sin el elemento sorpre­sa. Además, tiene dos primos poderosos que lo respaldan, los herma­nos Marco y Agostino, aunque creo que Agostino es un buen tipo. En cuanto a Mocenigo..., bien, el dux es un buen hombre, pero inge­nuo, y deja los asuntos de negocios en manos de otros..., otros que Emilio ya se ha metido en el bolsillo. —Miró a Ezio a los ojos—. Ne­cesitamos ayuda para llenar de nuevo nuestras arcas. Creo que po­drías proporcionarnos esa ayuda. Si lo haces, me demostrarás que eres un aliado al que merece la pena ayudar. ¿Llevarías a cabo esta misión, señor Leche y Azúcar?

Ezio sonrió.

—Ponme a prueba —dijo.
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