Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…»






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títuloResumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…»
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Capítulo 12




En 1481, Venecia, bajo el firme gobierno del dux Giovanni Mocenigo, era, en términos generales, un buen lugar para vivir. Estaba en paz con los turcos, la ciudad prosperaba, las rutas comerciales por tierra y por mar eran seguras, y pese a que las tasas de interés eran reconocidamente elevadas, los inversores mostraban tendencias al­cistas y los ahorradores se sentían satisfechos. También la Iglesia era rica, y los artistas florecían al amparo tanto de patrones espirituales como laicos. La ciudad, rica gracias al saqueo sistemático de Constantinopla que siguió a la Cuarta Cruzada, desviada por el dux Dandolo de su verdadero objetivo, había conseguido doblegar a Bizancio y exhibía el botín sin vergüenza alguna, siendo la muestra más evi­dente los cuatro caballos de bronce dispuestos en la parte superior de la fachada de la basílica de San Marcos.

Pero Leonardo y Ezio, que llegaron al Molo aquella mañana de principios de verano, desconocían por completo el pasado envileci­do, traidor y ratero de la ciudad. Sólo vieron la gloria del mármol ro­sado y la mampostería del Palazzo Ducale, la amplia plaza exten­diéndose hacia el fondo y hacia la izquierda, el campanile construido en ladrillo y de pasmosa altura, y a los venecianos, de complexión delgada, vestidos con ropajes oscuros, deslizándose como sombras por térra ferma o navegando por sus laberínticos y fétidos canales en una amplia diversidad de embarcaciones, desde elegantes góndo­las hasta desgarbadas barcazas, estas últimas cargadas con todo tipo de productos, desde fruta hasta ladrillos.

Los criados del conde de Pexaro se encargaron de trajinar los efectos de Leonardo y, siguiendo su sugerencia, se ocuparon tam­bién del caballo de Ezio y prometieron además buscarle un aloja­miento adecuado al joven hijo de un banquero florentino. Desapa­recieron acto seguido, dejando a un criado con ellos, un joven gordo de piel cetrina y ojos saltones, cuya camisa estaba empapada de su­dor y cuya sonrisa almibarada haría caer la cara de vergüenza a cualquiera.

Altezze —dijo con su sonrisa afectada, aproximándose a ellos—. Permitid que me presente, soy Nero, el funzionario da accoglienza personal del conde. Será mi deber y un placer ofreceros una breve introducción guiada a nuestra ciudad antes de que el conte os reciba... —al decir esto, Nero empezó a mirar con nervio­sismo a Leonardo y a Ezio, tratando de decidir quién de los dos era el artista enviado, y por suerte para él se decidió por Leonardo, el que tenía menos aspecto de ser un hombre de acción—, messer Leonardo, para tomar una copa de Véneto antes de cenar, comida que el messer tendrá el placer de celebrar en el salón de los criados supe­riores. —Hizo una reverencia y se rascó la cabeza un poco más, por si fuera poco—. Nuestra góndola nos espera...

Durante la media hora siguiente, Ezio y Leonardo pudieron disfrutar —de hecho, estuvieron encantados de hacerlo— de las be­llezas de La Serenissima desde el mejor lugar desde donde contem­plarlas: una góndola, expertamente controlada de proa a popa por sus gondoleros. Pero el pegajoso discurso de Nero aguaba aquella placentera experiencia. Ezio, a pesar del interés que sentía por la ex­clusiva belleza y arquitectura de aquel lugar, mojado aún a resultas del salvamento de madonna Caterina, y cansado además, intentó olvidarse del deprimente monólogo de Nero refugiándose en el sue­ño, pero se espabiló de repente. Algo acababa de llamarle la atención.

Ezio oyó voces a un lado del canal, en las cercanías del palazzo de la marquesa de Ferrara. Dos guardias armados estaban hostigando a un vendedor.

—Se os ha dicho que os quedéis en vuestra casa, señor —dijo uno de los uniformados.

—El alquiler está pagado. Tengo derecho a vender mis mercan­cías aquí.

—Lo siento, señor, pero esto va en contra de las nuevas nor­mas de messer Emilio. Me temo que os encontráis en una situación complicada.

—¡Apelaré al Consejo de los Diez!

—No hay tiempo para eso, señor —dijo el segundo hombre uniformado, dándole una patada al toldo del tenderete del vendedor.

El hombre vendía productos de cuero y los uniformados, ade­más de embolsarse lo mejorcito, arrojaron al canal la mercancía.

—Y ahora se han acabado las tonterías, señor —dijo uno de los hombres uniformados, retirándose sin prisa alguna.

—¿Qué sucede? —le preguntó Ezio a Nero.

—Nada, Altezza. Una pequeña dificultad local. Os ruego que lo ignoréis. Y ahora estamos a punto de pasar debajo del famoso puen­te de madera de Rialto, el único puente sobre el Gran Canal, famoso a lo largo de la historia por...

Ezio dejó encantado que aquel pesado siguiese con su discur­so, pero lo que había visto no le había gustado y, además, había oído mencionar a un tal Emilio. Un nombre propio bastante común..., pero ¿se trataría de Emilio Barbarigo?

Al cabo de un rato, Leonardo insistió en parar para poder echar un vistazo a los puestos donde vendían juguetes. Se acercó a uno que al instante había captado su atención.

—¡Mira, Ezio! —gritó.

—¿Qué has encontrado?

—Una figurita. Un pequeño maniquí articulado que los artis­tas utilizamos como modelo. Me iría bien tener un par. ¿Serías tan amable...? Me parece que he enviado mi bolsa junto con todas mis cosas a mi nuevo taller.

Pero cuando Ezio fue a buscar su bolsa, un puñado de jóvenes pasó a su lado y uno de ellos intentó cortar el cabo que unía la bol­sa al cinturón.

—¡Oye!—gritó Ezio—. Coglione! ¡Detente!

Y echó a correr detrás de ellos. El que identificó como su asal­tante, se giró por un instante, apartando un mechón de pelo castaño de su cara. ¡Un rostro de mujer! Pero echó a correr y desapareció en­tre el gentío con sus compañeros.

Continuaron el paseo en silencio. Leonardo se sentía feliz con sus dos maniquíes. Ezio estaba impaciente por librarse del bufón que se había convertido en su guía, e incluso de Leonardo. Necesitaba tiempo a solas, tiempo para pensar.

—Y ahora nos acercamos al famoso Palazzo Seta —continuó la cantinela de Nero—. La casa de Su Altezza Emilio Barbarigo. Messer Barbarigo es famoso actualmente por sus intentos de querer uni­ficar bajo su control a todos los comerciantes de la ciudad. Una em­presa elogiable que, por desgracia, se ha topado con cierta resistencia por parte de los elementos más radicales de la ciudad...

Alejado del canal se alzaba un sombrío edificio fortificado con un espacio pavimentado delante de él; en su pequeño muelle había tres góndolas atracadas. Cuando pasaron por delante con su góndo­la, Ezio vio que intentaba entrar en el edificio el mismo comercian­te que había visto antes hostigado por los hombres uniformados. Le impedían el paso dos guardias, y Ezio se fijó en que llevaban en los hombros un blasón amarillo cruzado con un galón rojo, debajo de él un caballo negro, un delfín, una estrella y una granada por encima. ¡Hombres de Barbarigo, evidentemente!

—Me han destruido el puesto, han echado a perder mi mer­cancía. ¡Exijo una compensación! —decía el comerciante muy en­fadado.

—Lo siento, señor, está cerrado —dijo uno de los hombres uni­formados, empujando al pobre hombre con su alabarda.

—No he acabado con vosotros. ¡Informaré de esto al Consejo!

—¡No os servirá de nada! —espetó el segundo hombre unifor­mado, de más edad.

Y en aquel momento apareció un oficial acompañado por tres hombres más.

—¿Buscando camorra? —dijo el oficial.

—No, yo...

—¡Arrestad a este hombre! —vociferó el oficial.

—Pero ¿qué hacéis? —dijo el comerciante, asustado.

Ezio observó la escena impotente e iracundo, y tomó mental­mente nota de aquel lugar. El comerciante fue arrastrado y le lleva­ron hacia una puertecita de hierro que se abrió para darle entrada y se cerró inmediatamente a sus espaldas.

—No has elegido el mejor lugar, por muy bello que sea —le dijo Ezio a Leonardo.

—Empiezo a pensar que habría sido mejor decantarme por Milán —replicó Leonardo—. Pero un trabajo es un trabajo.

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