Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…»






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títuloResumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…»
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Capítulo 11



Cuando Ezio regresó a Florencia y le comunicó a Lorenzo la no­ticia de la muerte del último de los Pazzi, Lorenzo se sintió satisfe­cho, pero triste también al pensar en la sangre derramada, un precio terriblemente elevado a cambio de obtener la seguridad de Florencia y de los Medici. Lorenzo prefería encontrar soluciones diplomáticas a diferencias, pero aquel deseo le convertía en una excepción entre sus colegas, los gobernadores de las demás ciudades—estado de Italia.

Recompensó a Ezio con una capa ceremonial, que le otorgaba la Libertad de la Ciudad de Florencia.

—Un regalo muy cortés, Altezza —le dijo Ezio—. Pero me temo que tendré poco tiempo libre para disfrutar de los beneficios que me confiere.

Lorenzo se quedó sorprendido.

—¿Qué? ¿Pretendes volver a marcharte enseguida? Confiaba en que te quedarías, que abrirías de nuevo el palazzo de tu familia y que ocuparías un puesto en la administración de la ciudad, traba­jando conmigo.

Ezio inclinó la cabeza y dijo:

—Siento deciros que creo que nuestros problemas no han to­cado a su fin con la caída de los Pazzi. Ellos no eran más que un ten­táculo de una bestia mucho mayor. Tengo intención de viajar a Venecia.

—¿Venecia?

—Sí. El hombre que acompañaba a Rodrigo Borgia en la reu­nión con Jacopo es miembro de la familia Barbarigo.

—Una de las familias más poderosas de La Serenissima. ¿Quie­res decirme con esto que ese hombre es peligroso?

—Está aliado con Rodrigo.

Lorenzo reflexionó un momento y a continuación extendió las manos.

—Te dejo partir con mi más profundo pesar, Ezio; pero sé que nunca podré pagarte esta deuda, lo que significa también que no tengo ningún poder para imponerte órdenes. Además, tengo la sen­sación de que el trabajo en el que estás implicado acabará a la lar­ga beneficiando a nuestra ciudad, aunque es posible que no viva para verlo.

—No digáis eso, Altezza.

Lorenzo sonrió.

—Espero equivocarme, pero vivir en este país en este momen­to es como vivir al borde del Vesubio: ¡peligroso e incierto!

Antes de marchar, Ezio le llevó noticias y regalos a Annetta, pero le resultaba tan doloroso visitar su antiguo hogar familiar que ni siquiera entró en él. Evitó también deliberadamente la mansión de los Calfucci, pero visitó a Paola, y la encontró amable aunque dis­traída, como si tuviera la cabeza en otro sitio. Su última escala fue el taller de su amigo Leonardo, pero al llegar encontró sólo a Agnio­lo e Innocento y el local tenía el aspecto de estar cerrado. No había rastro de Leonardo.

Agniolo sonrió y le saludó.

—¡Ciao, Ezio! ¡Cuánto tiempo!

—¡Demasiado!

Ezio miró inquisitivamente a su alrededor.

—Te preguntarás dónde está Leonardo.

—¿Se ha ido?

—Sí, pero no para siempre. Se ha llevado con él parte de su material, pero no pudo llevárselo todo, por eso Innocento y yo nos ocupamos de vigilar todo esto en su ausencia.

—¿Y dónde ha ido?

—Resulta gracioso. Justo cuando el Maestro estaba negocian­do con los Sforza de Milán, el conde de Pexaro le invitó a pasar una temporada en Venecia... Tiene que realizar cinco retratos de fami­lia... —Agniolo sonrió con complicidad—. Como si eso fuera a pa­sar de verdad. Al parecer el Consejo de Venecia está interesado en sus obras de ingeniería y le han proporcionado un taller, personal, de todo. De modo que, querido Ezio, si lo necesitas, allá es donde tendrás que ir.

—Pues resulta que allá es exactamente donde voy —dijo Ezio—. Una noticia magnífica. ¿Cuándo se marchó?

—Hace dos días. Pero no te costará nada atraparlo. Va con un carromato enorme cargado hasta los topes con sus cosas y con sólo un par de bueyes tirando de él.

—¿Va con alguien?

—Sólo con los carreteros y un par de escoltas, por si tiene pro­blemas. Han cogido la carretera de Rávena.

Ezio cargó únicamente con aquello que cabía en sus alforjas y, al viajar solo, sólo un día y medio después de emprender la marcha, en un recodo del camino, tropezó con un gran carromato tirado por bueyes y con una cubierta de lona que protegía su precioso carga­mento de maquinaria y maquetas.

Los carreteros estaban de pie junto al vehículo, acalorados y ras­cándose molestos la cabeza, mientras que los escoltas, dos chicos algo robustos armados con arcos y lanzas, vigilaban desde un otero cer­cano. Leonardo estaba junto al carromato, al parecer instalando una especie de sistema de palanca, cuando levantó la vista y vio a Ezio.

—¡Hola, Ezio! ¡Qué buena suerte!

—¡Leonardo! ¿Qué te sucede?

—Al parecer tenemos un pequeño problema. Una de las rue­das del carro... —Señaló el punto por donde una de las ruedas tra­seras se había salido del eje—. La cuestión es que necesitamos le­vantar el carro para poder colocar de nuevo la rueda, pero no tenemos la mano de obra necesaria para hacerlo, y esta palanca que acabo de chapucear no consigue elevarlo lo suficiente. ¿Crees que...?

—Naturalmente.

Ezio indicó con un gesto a los carreteros que se acercaran. Eran hombres fornidos que le resultarían más útiles que los gráciles es­coltas, y entre los tres consiguieron levantar el carromato y man­tenerlo en aquella posición el tiempo suficiente como para que Leo­nardo pudiera introducir de nuevo la rueda en el eje y asegurarla. Mientras realizaban la maniobra, Ezio, esforzándose junto a los otros dos hombres para mantener el carro elevado, echó un vistazo a su contenido. Entre los trastos destacaba, inequívocamente, aquella estructura parecida a un murciélago que ya había visto con an­terioridad. Daba la impresión de haber sufrido numerosas modificaciones.

Reparado el carromato, Leonardo tomó asiento en el banco de­lantero junto a uno de los carreteros, mientras el otro caminaba por delante de los bueyes. Los escoltas patrullaban sin descanso, tanto en la avanzadilla como en la retaguardia. Ezio continuó su cami­no cabalgando al paso, junto a Leonardo y charlando. Había trans­currido mucho tiempo desde su último encuentro y tenían mucho de que hablar. Ezio puso a Leonardo al corriente de los aconteci­mientos y Leonardo le comentó sus nuevos encargos y lo excitado que se sentía ante la perspectiva de conocer Venecia.

—¡Estoy encantado de tenerte como compañero de viaje! Aun­que la verdad es que llegarías mucho antes si no tuvieras que viajar a mi ritmo.

—Es un placer. Y quiero asegurarme de que llegas sano y sal­vo a tu destino.

—Tengo mis escoltas.

—Leonardo, no me malinterpretes, pero incluso los salteadores de caminos más inexpertos se quitarían de encima a esos dos con la misma facilidad con la que tú te quitarías de encima un mosquito.

Leonardo puso cara de sorpresa, luego pareció ofendido y des­pués, divertido.

—Entonces me alegro por partida doble de tu compañía. —Adop­tó una expresión picara—. Y me parece que no es simplemente por ra­zones sentimentales que te gustaría verme entero.

Ezio sonrió pero no respondió. Dijo, en cambio:

—He visto que sigues trabajando en ese artilugio con forma de murciélago.

—¿Qué?

—Ya sabes a qué me refiero.

—Ah, eso. No es nada. Simplemente algo que intento arreglar. Pero no podía dejarlo en el taller.

—¿Qué es?

Leonardo se mostraba reacio.

—La verdad es que no me gusta hablar de los temas antes de que estén listos...

—¡Leonardo! Puedes confiar en mí, te lo garantizo. —Ezio bajó la voz—. Al fin y al cabo, yo te he confiado mis secretos.

Leonardo luchó consigo mismo, pero acabó relajándose.

—De acuerdo, pero no puedes contarlo a nadie.

Promesso.

—Cualquiera pensaría que estás loco si se lo contaras —prosi­guió Leonardo, ahora con excitación en la voz—. Escucha: ¡creo que he descubierto una forma de que el hombre pueda volar!

Ezio se quedó mirándolo y se echó a reír con incredulidad.

—Llegará el día en que querrás borrar esa sonrisa de tu cara —dijo Leonardo con afabilidad.

Cambió entonces de tema y se puso a hablar de Venecia, La Serenissima, distante del resto de Italia y a menudo mirando más ha­cia Oriente que hacia Occidente, en lo referente tanto al comercio como a la agitación, pues los turcos otomanos dominaban en aquel momento la zona norte de la costa del Adriático. Hablaron de la be­lleza y de la traición de Venecia, de la dedicación de la ciudad a los negocios lucrativos, de su richesse, de su curiosa construcción —una ciudad de canales alzándose sobre humedales y construida sobre una base de cientos de miles de gigantescas estacas de madera—, de su feroz independencia y de su poder político: no hacía ni siquiera trescientos años, el dux de Venecia había desviado una Cruzada des­tinada a Tierra Santa con la intención de que sirviese a sus propios objetivos: destruir toda la competencia comercial y militar y toda oposición a su ciudad—estado y doblegar al imperio bizantino. Leo­nardo habló de las secretas aguas, negras como la tinta, de los altos palazzi iluminados con velas, del curioso dialecto italiano que allí se hablaba, del silencio dominante, del llamativo esplendor de sus ropajes, de sus magníficos pintores, cuyo príncipe no era otro que Giovanni Bellini, a quien Leonardo estaba ansioso por conocer, de su música y sus festivales de máscaras, de su destacada habilidad para fanfarronear, de su dominio del arte del envenenamiento.

—Y todo esto —concluyó—, lo sé sólo por los libros. Imagínate cómo debe de ser la realidad.

«Será sucia y humana», pensó con frialdad Ezio. Como en to­das partes. Pero sonrió a su amigo con amabilidad. Leonardo era un soñador. Los soñadores debían tener permitido soñar.

Habían entrado en un desfiladero y sus voces resonaban en los muros rocosos. Ezio, examinando las casi invisibles crestas de las co­linas que los encerraban por ambos lados, se sintió repentinamen­te tenso. Los escoltas iban por delante de ellos y, por lo tanto, ten­dría que poder, en un espacio tan estrecho como aquél, escuchar el traqueteo de los caballos. Pero no se oía nada. Había aparecido una ligera neblina, acompañada por un repentino aire gélido, dos fac­tores que venían a sumarse a su inquietud. Leonardo seguía como si tal cosa, pero Ezio se dio cuenta de que también los carreteros es­taban tensos y miraban con cautela a su alrededor.

De pronto, unos pocos guijarros cayeron rodando por el muro rocoso del desfiladero y el caballo de Ezio se asustó. Ezio miró ha­cia arriba, entrecerrando los ojos para afrontar aquel sol indiferen­te a su resplandor, y vio un águila levantando el vuelo.

Incluso Leonardo se había percatado de que algo sucedía.

—Qué pasa ? —preguntó.

—No estamos solos —respondió Ezio—. Podría haber arque­ros enemigos apostados en lo alto del desfiladero.

Pero entonces se escuchó un estruendo de cascos, de varios ca­ballos, aproximándose a ellos por la retaguardia.

Ezio hizo girar su caballo y vio que se acercaban media docena de jinetes con el estandarte de la cruz roja sobre un campo amarillo.

—¡Borgia! —murmuró, desenfundando la espada en el mismo instante en que el perno de una ballesta se clavaba en el lateral del carromato.

Los carreteros echaron a correr por el camino, e incluso los bue­yes se asustaron y comenzaron a avanzar arrastrando su carga por voluntad propia.

—Coge las riendas y ve tirando —le gritó Ezio a Leonardo—. Van detrás de mí, no de ti. ¡Tú sigue adelante pase lo que pase!

Leonardo se apresuró a obedecer mientras Ezio desandaba el camino a caballo para enfrentarse a los jinetes. Su espada, propie­dad de Mario, tenía la empuñadura bien equilibrada y su caballo era más ligero y manejable que los de sus adversarios. Pero éstos iban bien armados y no tendría oportunidad de utilizar las armas del Códice. Ezio espoleó los flancos del caballo para que se adentrara en el grueso del enemigo. Agachado sobre su silla, Ezio se abalanzó contra el grupo, la fuerza de su carga obligando a dos caballos a re­troceder con violencia. Se inició entonces un auténtico combate de esgrima. La placa protectora que llevaba adherida al antebrazo iz­quierdo le sirvió para desviar muchos golpes y se aprovechó de la sorpresa de uno de sus enemigos al ver que su puntería fallaba para asestarle él a su vez un buen golpe.

Tardó poco en descabalgar a cuatro de sus enemigos, dejando a los dos supervivientes dando media vuelta y huyendo al galope por donde habían venido. Esta vez, sin embargo, sabía que no debía dar­les la oportunidad de que transmitieran la noticia a Rodrigo. Galo­pó tras ellos, acuchillando primero a uno y después al otro, y descen­dió del caballo cuando hubo terminado con ambos.

Inspeccionó rápidamente los cuerpos, pero ninguno llevaba nota alguna; los arrastró hasta la cuneta y ocultó los cadáveres de­bajo de piedras y rocas. Montó de nuevo en su caballo y emprendió el camino de vuelta, deteniéndose tan sólo para despejar el camino de los demás cadáveres y darles un rudimentario entierro, al menos lo suficiente como para ocultarlos, con las piedras y los matorrales que encontró más a mano. A esas alturas, los caballos de sus enemi­gos ya habían huido.

Ezio acababa de escapar una vez más de la venganza de Rodri­go, pero sabía que el cardenal Borgia no cesaría en su empeño de darle muerte. Espoleó a su montura y cabalgó para volver junto a Leonardo. Cuando lo alcanzó, se pusieron a buscar a los carreteros, gritando varias veces sus nombres en vano.

—Les pagué una cantidad enorme en concepto de depósito por este carromato y los bueyes —refunfuñó Leonardo—. Me imagino que no volveré a verla jamás.

—Véndelo todo en Venecia.

—Pero ¿allí no utilizan góndolas?

—En tierra firme tiene que haber granjas.

Leonardo se quedó mirándolo.

—¡Por Dios, Ezio, me gustan los hombres prácticos!

Su largo viaje campo a través continuó. Pasaron por la antigua ciudad de Forli, convertida ahora en una pequeña ciudad—estado por derecho propio, y continuaron hacia Rávena, con su puerto costero a escasos kilómetros de la localidad. Allí subieron a un barco, una galera que costeaba desde Ancona hasta Venecia, y en cuanto Ezio estuvo seguro de que no había nadie a bordo que representara para él un peligro, consiguió relajarse un poco. Sin embargo, era cons­ciente de que, incluso en un navío relativamente pequeño como aquél, no sería muy complicado cortarle el cuello a cualquiera por la noche y arrojar el cuerpo a las aguas azul negruzco, por lo que si­guió controlando con atención las idas y venidas en todo pequeño puerto en el que atracaron.

Varios días después llegaron sin incidentes a los muelles de Venecia. Allí fue donde Ezio encontró su siguiente contratiempo, esta vez de origen inesperado.

Acababan de desembarcar y estaban esperando el trasbordador que los conduciría hasta la ciudad isla. Llegó puntual, y los marine­ros ayudaron a Leonardo a subir el carromato a la embarcación, que se bamboleó de forma alarmante bajo su peso. El capitán del trasbordador le explicó a Leonardo que el personal del conde de Pexaro estaría esperándolo en los muelles para acompañarlo a sus nuevos alojamientos, y con una reverencia y una sonrisa lo ayudó a subir a bordo.

—Tendréis vuestro pase, por supuesto, signore.

—Naturalmente —dijo Leonardo, entregándole un papel al hombre.

—¿Y vos, caballero? —preguntó educadamente el capitán, vol­viéndose hacia Ezio.

Ezio se quedó desconcertado. Estaba allí sin ningún tipo de in­vitación, ignorante por completo de aquella ley local.

—Pero... no tengo ningún pase —dijo.

—Todo está en orden —intervino Leonardo, dirigiéndose al capitán—. Viene conmigo. Respondo por él y estoy seguro de que el conde...

Pero el capitán levantó la mano.

—Lo siento, signore. Las reglas del Consejo son explícitas. Na­die puede entrar en la ciudad de Venecia sin su debido pase.

Leonardo se disponía a protestar, pero Ezio le detuvo.

—No te preocupes, Leonardo. Encontraré una alternativa.

—Me gustaría poder ayudaros, señor —dijo el capitán—. Pero tengo órdenes. —Y con un tono de voz más alto, se dirigió a la mul­titud de pasajeros en general, anunciando—: ¡Atención, por favor! ¡Atención, por favor! ¡El trasbordador partirá en cuanto den las diez!

Ezio sabía que eso le concedía muy poco tiempo.

Le llamó la atención una pareja extremadamente bien vestida que había visto subir a la galera al mismo tiempo que ellos, que se había instalado en el mejor camarote y se había mostrado muy re­servada. Ahora estaban solos, en el extremo de uno de los muelles, en el lugar donde estaban amarradas varias góndolas privadas, y evidentemente inmersos en una encarnizada discusión.

—Querida mía, por favor... —decía el hombre.

Era un tipo de aspecto débil y veinte años mayor que su acom­pañante, una enérgica pelirroja de mirada ardiente.

—Girolamo..., ¡eres tonto! ¡Dios sabrá por qué me casé conti­go, pero también sabe lo mucho que he sufrido como resultado de ello! ¡No paras de encontrarle fallos a todo, me tienes enjaulada como un pollo en tu horrorosa ciudad provinciana y ahora..., aho­ra! ¡Ni siquiera eres capaz de apañarte con un gondolero para que nos lleve hasta Venecia! ¡Y cuando pienso que tu tío es el maldito Papa, nada menos! Podrías ejercer un poco tu influencia. Pero mí­rate..., ¡tienes menos carácter que una babosa!

—Caterina...

—¡No me vengas ahora con «Caterina», bicho asqueroso! Limítate a conseguir que esos hombres se ocupen del equipaje y, por el amor de Dios, llévame a Venecia. ¡Necesito un baño y una copa de vino!

Girolamo la miró con desagrado.

—Sería una muy buena idea abandonarte aquí mismo y con­tinuar hasta Pordenone sin ti.

—En cualquier caso, deberíamos haber ido por tierra.

—Viajar por los caminos es demasiado peligroso.

—¡Sí! ¡Para una criatura debilucha como tú!

Girolamo se quedó en silencio mientras Ezio continuaba ob­servando la escena. Y entonces dijo astutamente:

—¿Por qué no subes a esta góndola... —le indicó una—... y yo encuentro enseguida un par de gondoleros?

—¡Hmmm! ¡Por fin dices algo con sentido! —refunfuñó ella, y le permitió que la ayudara a subir a la embarcación.

Pero en cuanto estuvo instalada, Girolamo soltó rápidamente las amarras y empujó con fuerza la proa, enviando la góndola hacia el centro de la laguna.

Buon viaggio! —gritó con una voz desagradable.

—¡Bastardo! —gritó ella. Y entonces, percatándose de lo apu­rado de su situación, empezó a chillar—: Aiuto! Aiuto!

Pero Girolamo estaba ya dirigiéndose hacia el lugar donde un grupo de criados deambulaba sin saber qué hacer alrededor de la montaña de equipaje y empezó a darles órdenes. De hecho, se tras­ladó con ellos y el equipaje hacia el otro extremo del muelle, donde empezó a organizarlo todo para procurarse un trasbordador privado.

Mientras, Ezio continuó observando la grave situación en la que se encontraba Caterina. Tenía algo de gracioso, pero también era preocupante. Ella se fijó en él.

—¡Oye, tú! ¡No te quedes ahí plantado! ¡Necesito ayuda!

Ezio desabrochó la espada de su cinturón, se quitó los zapatos y el jubón y se zambulló en el agua.

En el muelle, una sonriente Caterina le tendió su empapada mano a Ezio.

—Mi héroe —dijo.

—No ha sido nada.

—¡Podría haberme ahogado! ¡Y a ese porco le daría lo mismo! —Miró a Ezio con consideración—. ¡Pero vos! Dios mío, tenéis que ser muy fuerte. No puedo creer que consiguierais nadar y arrastrar la góndola por el cabo conmigo en su interior.

—Ligera como una pluma —dijo Ezio.

—¡Adulador!

—Quiero decir, que estas embarcaciones están tan bien equi­libradas...

Caterina frunció el entrecejo.

—Ha sido un honor serviros, signora —concluyó Ezio, sin convicción.

—Algún día tendré que devolveros el favor —dijo ella, sus ojos llenos de una intención que iba más allá de sus palabras—. ¿Cómo os llamáis?

—Auditore, Ezio.

—Yo me llamo Caterina. —Hizo una pausa—. ¿Hacia dónde os dirigís?

—Iba a Venecia, pero no tengo pase, de modo que el trasbor­dador...

—¡Basta! —exclamó interrumpiéndolo—. ¿De modo que ese oficialillo no quiere dejaros entrar?

—Eso es.

—¡Ahora veremos!

Echó a andar airada por el malecón sin esperar a que Ezio se calzara y se pusiera de nuevo el jubón. Cuando consiguió atrapar­la, ella ya había llegado al trasbordador y, por lo que pudo deducir, estaba dándole un tirón de orejas al tembloroso hombre. Lo único que alcanzó a oír al llegar fue al capitán farfullando con el tono más servil imaginable:

—Sí, Altezza; por supuesto, Altezza; lo que digáis, Altezza.

—¡Mejor que hagas lo que yo digo! ¡A menos que quieras ver tu cabeza clavada en lo alto de una estaca! ¡Aquí lo tienes! ¡Ve a bus­car su caballo y sus cosas tú mismo! ¡Vamos! ¡Y trátalo bien! ¡Sino lo haces, me enteraré! —El capitán marchó corriendo. Caterina se volvió hacia Ezio—. ¿Lo veis? ¡Arreglado!

—Gracias, madonna.

—Un buen servicio... —Se quedó mirándolo—. Espero que nuestros caminos vuelvan a cruzarse. —Le tendió la mano—. Soy de Forli. Pasaos por allí algún día. Estaría encantada de recibiros. —Le dio la mano y se dispuso a partir.

—¿No queríais ir también a Venecia?

Volvió a mirarlo, y después, dirigió la vista al trasbordador.

—¿En ese vertedero? ¡Bromeáis! —Y se marchó, contoneán­dose por el muelle hacia donde estaba su marido, que controlaba la carga de lo que quedaba aún de equipaje.

El capitán correteaba de un lado para otro, tirando del caballo de Ezio.

—Aquí lo tenéis, señor. Mis más humildes disculpas, señor. De haberlo sabido, señor...

—Necesito un establo para mi caballo en cuanto lleguemos.

—Será un placer, señor.

Cuando el trasbordador se puso en marcha y empezó a surcar las aguas plomizas de la laguna, Leonardo, que había observado el episodio, le dijo con ironía:

—Sabes quién era, ¿verdad?

—No me importaría en absoluto que fuera mi próxima con­quista —dijo un sonriente Ezio.

—¡Pues en este caso, ándate con cuidado! Es Caterina Sforza, la hija del duque de Milán. Y su marido es el duque de Forli, y so­brino del Papa.

—¿Cómo se llama?

—Girolamo Riario.

Ezio se quedó en silencio. El apellido le sonaba. Y dijo a conti­nuación:

—Pues se ha casado con una auténtica fiera.

—Ya te lo he dicho —repitió Leonardo—. Ándate con cuidado.

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