Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…»






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títuloResumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…»
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fecha de publicación06.09.2015
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Capítulo 10



¡Ezio! —Mario estaba resplandeciente, su barba más erizada que nunca, su cara quemada por el sol de la Toscana—. ¡Bienvenido a casa!

—Tío.

El rostro de Mario se tornó más serio.

—Veo por tu cara que has pasado duras experiencias en los me­ses transcurridos desde la última vez que nos vimos. Cuando te ha­yas bañado y hayas descansado, tienes que contármelo todo. —Hizo una pausa—. Estamos al corriente de lo que ha pasado en Florencia, y yo —incluso yo— he rezado para que se produjera un milagro y salieras con vida. ¡Pero no sólo has salido con vida, sino que además has cambiado la situación y la has puesto contra los Pazzi! Los Tem­plarios te odiarán por esto, Ezio.

—Es un odio recíproco.

—Descansa primero... y luego me lo cuentas todo.

Aquella misma noche, los dos se acomodaron en el despacho de Mario. Mario escuchó con interés las explicaciones de Ezio sobre todo lo que sabía en referencia a los acontecimientos sucedidos en Flo­rencia. Le devolvió a su tío la página del Códice de Vieri y le entre­gó la que Lorenzo le había dado, describiéndole el dibujo de la daga venenosa y enseñándoselo a continuación. Mario se quedó impre­sionado, pero concentró su atención en la nueva página.

—Mi amigo no fue capaz de descifrar nada más, excepto la des­cripción del arma —dijo Ezio.

—Eso está muy bien. No todas las páginas contienen este tipo de instrucciones, y únicamente deberían de interesarle aquellas que las contienen —dijo Mario, un tono de precaución en su voz—. En cualquier caso, sólo podremos comprender el significado completo del Códice cuando hayamos reunido todas sus páginas. Pero ésta nos llevará un paso más allá cuando la sumemos a las demás, junto con la página de Vieri.

Se levantó, se acercó a la librería que escondía la pared en la que guardaba las páginas del Códice, la movió y estudió el lugar que ocu­parían las nuevas páginas. Una de ellas estaba conectada con alguna de las que ya tenía allí. La otra quedaba en una esquina.

—Resulta interesante que Vieri y su padre tuvieran páginas que evidentemente quedan muy próximas —dijo—. Ahora vea­mos qué...

Dejó de hablar, concentrándose.

—Hmmm... —dijo por fin, aunque con una expresión de preo­cupación.

—¿Crees que con esto llegaremos un poco más lejos, tío?

—No estoy seguro. Tal vez nos encontremos más sumidos que nunca en la oscuridad, pero lo que es evidente es que aquí hay al­gún tipo de referencia a un profeta, no a un profeta de la Biblia, sino a un profeta vivo o a uno que está todavía por llegar...

—¿Y quién podría ser?

—No queramos correr demasiado. —Mario estaba absorto en aquellas páginas, moviendo los labios, hablando en un idioma que Ezio no comprendía—. Por lo que logro descifrar, este texto se tra­duciría más o menos como «Sólo el Profeta podrá abrirlo...». Y aquí hay una referencia a «dos Fragmentos del Edén», pero no tengo ni idea de qué significa. Debemos ser pacientes hasta que consigamos más páginas del Códice.

—Sé que el Códice es importante, tío, pero estoy aquí por una razón más apremiante que desvelar su misterio. Busco al renegado, a Jacopo de Pazzi.

—Lo que es seguro es que después de huir de Florencia viajó hacia el sur. —Mario dudó antes de proseguir—. No tenía intención de hablar de este tema contigo esta noche, Ezio, pero veo que el asunto es tan urgente para mí como para ti, y tenemos que iniciar lo antes posible los preparativos. Mi viejo amigo Roberto ha sido ex­pulsado de San Gimignano, que ha vuelto a convertirse en plaza fuerte de los Templarios. Está excesivamente cerca de Florencia, y de nosotros, para permitir que lo sea. Creo que Jacopo podría buscar refugio allí.

—Tengo una lista con los nombres de los demás conspirado­res —dijo Ezio, cogiendo el listado de su cartera y entregándoselo a su tío.

—Bien. Algunos de estos hombres tendrán mucho menos en lo que apoyarse que Jacopo y serán fáciles de vencer. Al amanecer enviaré espías al campo para ver qué pueden descubrir sobre ellos y, mientras, debemos empezar a prepararnos para retomar San Gi­mignano.

—Prepara a tus hombres sin falta, pero yo no tengo tiempo que perder si lo que quiero es acabar con esos asesinos. Mario reflexionó.

—Tal vez tengas razón... Un hombre solo puede a menudo traspasar murallas que un ejército entero no puede. Y deberíamos acabar con ellos mientras aún creen estar a salvo. —Se lo pensó un momento más—. Te concedo, pues, mi permiso. Ve tú por delante a ver qué logras descubrir. Sé que eres más que capaz de cuidar de ti mismo.

—¡Muchas gracias, tío!

—¡No tan rápido, Ezio! Te dejo marchar con una condición.

—¿Cuál?

—Que retrases una semana tu partida.

—¿Una semana?

—Si piensas adentrarte solo en el campo, sin nadie que te acompañe, necesitarás algo más que estas armas del Códice. Ahora eres un hombre, y un combatiente valiente de los Asesinos. Pero tu reputación hará que los Templarios estén más sedientos de tu san­gre que nunca y sé que aún careces de ciertas habilidades.

Ezio movió la cabeza de un lado a otro con impaciencia.

—No, tío, lo siento..., pero una semana...

Mario frunció el entrecejo, pero levantó la voz sólo ligeramen­te. Fue suficiente.

—He oído cosas buenas de ti, Ezio, pero también cosas malas. Cuando mataste a Francesco perdiste el control. Y permitiste que tus sentimientos por Cristina te tentaran para apartarte de tu camino. Tu deber ahora es el Credo, y si lo descuidas, tal vez no quede para ti un mundo que disfrutar. —Detuvo su discurso—. Cuando te pido obediencia, lo hago en boca de tu padre.

Ezio había visto a su tío crecer en altura, incluso en tamaño, mientras hablaba. Y por doloroso que le resultase aceptarlo, se vio obligado a reconocer que lo que acababa de decir era cierto. Amar­gamente, bajó la cabeza.

—Bien —dijo Mario, con más amabilidad—. Y acabarás agra­deciéndomelo. Tu nueva formación empezará por la mañana. Y re­cuerda: ¡la preparación lo es todo!

Una semana después, armado y preparado, Ezio partió a caba­llo hacia San Gimignano. Mario le había dicho que se pusiera en contacto con una de las patrullas de condottieri que había aposta­do en una zona no visible de las cercanías de la ciudad con el obje­tivo de realizar el seguimiento de las idas y venidas. Se alojó en uno de sus campamentos para pasar su primera noche fuera de Monte­riggioni.

El sargento al mando, un hombre duro y curtido por las bata­llas de veinticinco años de edad llamado Gambalto, le dio un peda­zo de pan con pecorino y un tazón de Vernaccia y puso a Ezio al co­rriente de la situación mientras comía y bebía.

—Creo que es una vergüenza que Antonio Maffei se marcha­ra de Volterra. Está obsesionado con Lorenzo y piensa que el duque destrozó su ciudad natal, mientras que lo único que hizo fue poner­la bajo la protección de Florencia. Ahora Maffei se ha vuelto loco. Se ha instalado en lo alto de la torre de la catedral, rodeado de arqueros de los Pazzi, y se pasa el día lanzando peroratas y flechas en igual medida. Dios sabe qué planes tendrá: convertir a los ciudadanos a su causa con sus sermones, o matarlos con sus flechas. Los ciudadanos de a pie de San Gimignano lo odian, pero mientras continúe con su reinado de terror, la ciudad está impotente contra él.

—Por lo que es necesario que lo neutralicemos.

—Eso debilitaría la influencia de los Pazzi en la ciudad.

—¿Están bien defendidos?

—Tienen muchos hombres apostados en las torres de vigilan­cia y en las puertas. Pero cambian de guardia al amanecer. En ese momento, un hombre como tú podría superar las murallas y entrar en la ciudad sin ser visto.

Ezio reflexionó, preguntándose si aquello le distraería de la misión que se había impuesto de encontrar a Jacopo. Pero reflexio­nó para poder ver la imagen global: aquel tal Maffei era partida­rio de los Pazzi y el deber de Ezio como Asesino era derrocar a aquel loco.

Al amanecer del día siguiente, cualquier ciudadano especial­mente atento de San Gimignano podría haberse percatado de la pre­sencia de una figura encapuchada, delgada y de ojos grises, deslizán­dose como un fantasma por las calles que llevaban a la plaza de la catedral. Los vendedores del mercado estaban montando sus pues­tos, pero era el punto bajo de la jornada y los guardias, aburridos y desanimados, dormitaban apoyados en sus alabardas. La zona oes­te del campanile seguía aún sumida en la oscuridad y nadie vio cómo una figura vestida de negro trepaba por sus muros con la fa­cilidad y la elegancia de una araña.

El sacerdote, demacrado, con ojos hundidos y despeinado, esta­ba ya en su puesto. Cuatro agotados arqueros de los Pazzi se habían posicionado también en su correspondiente lugar, uno en cada es­quina de la torre. Pero como no confiaba en que los arqueros fueran suficiente protección, Antonio Maffei, pese a tener una Biblia en su mano izquierda, sujetaba también una daga de empuñadura redon­da en la derecha. Se había puesto ya a rezar, y cuando Ezio se acercó a lo alto de la torre, empezó a captar las palabras de Maffei.

—¡Ciudadanos de San Gimignano, prestad atención a mis pa­labras! Arrepentíos. ¡ARREPENTÍOS! Y buscad el perdón... ¡Su­maos a mi plegaria, hijos míos, para juntos enfrentarnos a la oscu­ridad que se ha cernido sobre nuestra querida Toscana! Préstame atención, santo cielo, y hablaré; y escucha, oh tierra, las palabras que pronuncia mi boca. Deja que mis enseñanzas se derramen como la lluvia, que mi discurso destile como el rocío, como gotas de lluvia sobre las plantas, como un chubasco sobre la hierba; ¡pues yo pro­clamo el nombre del Señor! ¡Él es la Roca! ¡Su obra es perfecta, sus formas son justas! Es recto y virtuoso; y los que han caído en la co­rrupción, ya no son hijos suyos... ¡Una generación manchada, per­versa y deshonesta! Ciudadanos de San Gimignano, ¿tratáis así con el Señor? ¡Oh, locos e insensatos! Si Él no es vuestro padre, ¿quién os parió? ¡Por la luz de su misericordia, limpiaos!

Ezio saltó con cuidado por encima del parapeto de la torre y co­gió posiciones cerca de la trampilla que se abría sobre la escalera que conducía hacia abajo. Los arqueros intentaron apuntar contra él, pero el rango de alcance era corto y él tenía además a su favor el ele­mento sorpresa. Se agazapó y agarró a uno de ellos por los pies, haciéndolo caer por encima del parapeto y lanzándolo hacia una muer­te segura sesenta metros más abajo. Antes de que los demás tuvieran tiempo de reaccionar, se volvió contra un segundo y lo apuñaló en el brazo. El hombre miró asombrado la pequeña herida, pero se quedó pálido y se derrumbó, la vida esfumándose de él en un ins­tante. Ezio llevaba sujeta en el brazo su nueva arma, pues no era momento de combates justos. Se giró hacia el tercero, que había soltado su arco e intentaba adelantarle de camino hacia las escale­ras. Cuando llegó a ellas, Ezio le arreó un puntapié en el trasero y el hombre echó a rodar por los peldaños de madera con la cabeza por delante, sus huesos partiéndose al estamparse contra el primer descansillo. El último hombre levantó las manos y borbotó alguna cosa. Ezio bajó la vista y vio que el hombre se había meado encima. Se hizo a un lado y, con una reverencia irónica, permitió que el ate­rrorizado arquero bajara a toda prisa la escalera para atender a su tullido camarada.

Entonces recibió un duro golpe en la nuca provocado por la pe­sada empuñadura de acero de una daga. Maffei se había recuperado de la conmoción que le había provocado el ataque y se había acer­cado a Ezio desde atrás. Ezio se tambaleó.

—¡Te obligaré a arrodillarte, pecador!—gritó el sacerdote, la es­puma asomando por las comisuras de su boca—. ¡Suplica tu perdón!

«¿Por qué la gente perderá siempre el tiempo hablando?», pen­só Ezio, que tuvo tiempo para recuperarse y girarse mientras el sa­cerdote lanzaba su discurso.

Los dos hombres empezaron a dar vueltas concéntricas en el li­mitado espacio. Maffei arremetió con su potente daga. Era, eviden­temente, un luchador torpe, pero la desesperación y su fanatismo lo hacían muy peligroso. Ezio se vio obligado a bailar de un lado a otro más de una vez para apartarse de la trayectoria de los movimientos erráticos de la hoja de su oponente, sin poder asestar él ni un solo golpe. Pudo, por fin, agarrar al sacerdote por la muñeca y tirar de él hasta que sus pechos quedaron rozándose.

—Te enviaré gimoteando al infierno —le espetó Maffei.

—Muestra un poco de respeto por la muerte, amigo —repli­có Ezio.

—¡Ya te daré yo a ti respeto!

—¡Ríndete! Voy a darte tiempo para que reces.

Maffei le lanzó un escupitajo a los ojos, obligando con ello a Ezio a soltarlo. Entonces, con un alarido, hundió la daga en el ante­brazo izquierdo de Ezio, pero la hoja se deslizó inútilmente hacia un lado, doblada por la placa de metal que Ezio llevaba adosada.

—¿Qué demonios te protege? —preguntó Maffei.

—Hablas demasiado —dijo Ezio, presionando su daga contra el cuello del sacerdote y tensando los músculos del antebrazo.

En el momento en que el veneno se deslizó por la hoja y se adentró en la yugular de Maffei, el sacerdote se quedó rígido, abrió la boca y de ella no salió más que un aliento fétido. Se apartó en­tonces de Ezio, se acercó tambaleándose al parapeto, se enderezó durante un instante y cayó a continuación hacia delante en brazos de la muerte.

Ezio se inclinó sobre el cadáver de Maffei. Encontró una carta entre su túnica, que abrió y leyó rápidamente.
Padrone:

Te escribo con miedo en el corazón. El Profeta ha llega­do. Lo presiento. Ni siguiera los pájaros se comportan como debe­rían. Revoletean sin rumbo fijo por el cielo. Los veo desde mi to­rre. No asistiré a la reunión tal y como tú me pediste, pues ya no puedo permitirme exponerme en público por temer a que el de­monio pudiera encontrarme. Perdóname, pero debo hacer caso a mi voz interior.

Que el Padre del Saber te guíe. Y me guíe también a mí.

Hermano A.

«Gambalto tenía razón», pensó Ezio, aquel hombre había per­dido la cabeza. Melancólicamente, recordando la amonestación de su tío, cerró los ojos del sacerdote y pronunció las palabras Requiescat in pace.

Consciente de que el arquero al que le había perdonado la vida podía haber dado la voz de alarma, inspeccionó por encima del pa­rapeto la torre que había más abajo, pero no detectó ninguna acti­vidad preocupante. Los guardias de los Pazzi seguían dormitando en sus puestos y el mercado había abierto, la gente empezaba a acercar­se a los tenderetes. Sin duda alguna, el arquero debía de andar ya camino de su casa, prefiriendo la deserción a un consejo de guerra y una posible tortura. Guardó de nuevo la daga en el interior del mecanismo que llevaba escondido en el antebrazo, procurando to­carla únicamente con su mano enguantada, y empezó a bajar las escaleras de la torre. El sol estaba ya en lo alto del cielo, lo que lo haría perfectamente visible si decidía descender por el muro exte­rior del campanile.

Cuando se reunió de nuevo con la tropa de mercenarios de Ma­rio, Gambalto le saludó excitado.

—¡Nuestra patrulla de reconocimiento ha localizado al arzo­bispo Salviati!

—¿ Dónde?

—No muy lejos de aquí. ¿Ves esa mansión? ¿En la colina, allá arriba?

—Sí.

—Está allí. —Gambalto recordó entonces algo—. Pero antes debo preguntarte, capitano, qué tal te ha ido en la ciudad.

—No habrá más sermones de odio desde esa torre.

—El pueblo te bendecirá, capitano.

—No soy ningún capitán.

—Lo eres para nosotros —replicó simplemente Gambalto—. Coge un destacamento de hombres. Salviati está muy protegido y la mansión es un antiguo edificio fortificado.

—Muy bien —dijo Ezio—. Siempre es bueno que los huevos estén juntos, prácticamente en el mismo nido.

—Los otros no pueden andar muy lejos, Ezio. Nos ocuparemos de encontrarlos durante tu ausencia.

Ezio seleccionó a una docena de los mejores combatientes cuer­po a cuerpo de Gambalto y los lideró a pie por los campos que los se­paraban de la mansión donde se había refugiado Salviati. Desplegó a sus hombres de manera que pudiesen escucharse entre ellos en caso de tener que comunicarse, y las avanzadillas que Salviati había posicionado fueron fácilmente evitadas o neutralizadas. Por desgra­cia. Ezio perdió también a dos de sus hombres en la maniobra de aproximación.

Ezio confiaba en tomar la mansión por sorpresa, antes de que sus ocupantes fueran alertados de su ataque, pero cuando se acer­có a las robustas puertas de acceso vio aparecer una figura en la muralla por encima de ellos, vestida con los ropajes de un arzobis­po, sujetándose a las almenas con unas manos que parecían ga­rras. Un rostro que recordaba el de un buitre, que desapareció de in­mediato.

«Es Salviati», se dijo Ezio para sus adentros.

En las puertas no había centinelas apostados. Ezio indicó con un gesto a sus hombres que se acercaran a las murallas para que los ar­queros no tuvieran ángulo suficiente para disparar contra ellos. Sin duda alguna, Salviati había concentrado el grueso de sus hombres en el interior de los muros, cuya altura y grosor los hacía aparente­mente inquebrantables. Ezio empezó a plantearse si debería, una vez más, intentar trepar por el muro y abrir las puertas desde el interior para dar entrada a sus tropas, pero sabía que los guardias de los Paz­zi se darían cuenta enseguida de su presencia.

Indicando a sus hombres que se mantuvieran ocultos, se aga­chó y recorrió entre la hierba crecida la escasa distancia que lo sepa­raba del lugar donde yacía el cuerpo de uno de sus enemigos. Lo des­nudó rápidamente, se vistió con el uniforme del soldado, hizo un paquete con su propia ropa y la cogió bajo el brazo.

—¡Abrid! —gritó—. ¡En nombre del Padre del Saber!

Transcurrió un tenso minuto. Ezio retrocedió para que pudie­ran verlo desde lo alto de las murallas. Y entonces escuchó el sonido de los pesados pestillos.

En cuanto las puertas empezaron a abrirse, Ezio y sus hombres se abalanzaron contra ellas, derribándolas y sorprendiendo a los cen­tinelas del interior. Se encontraron enseguida en un patio, en torno al cual la mansión se desplegaba en tres alas separadas. Salviati es­taba en lo alto de un tramo de escaleras situado en el centro del ala principal. Entre él y Ezio, una docena de hombres corpulentos y ar­mados hasta los dientes. Había además más hombres repartidos por el patio.

—¡Sucia traición!—gritó el arzobispo—. Pero no conseguirás salir con la misma facilidad con la que has entrado.

Levantó la voz hasta convertirla en un imperativo rugido:—¡Matadlos! ¡Matadlos a todos!

Las tropas de los Pazzi se acercaron y rodearon a los hombres de Ezio. Pero los Pazzi no se habían entrenado bajo las órdenes de un hombre como Mario Auditore y, a pesar de llevar las de perder, los condottieri de Ezio se enfrentaron con éxito a sus oponentes mien­tras él corría escaleras arriba. Accionó su daga venenosa y se la cla­vó a los hombres que cuidaban de Salviati. Independientemente de dónde apuntara el cuchillo, aunque fuera simplemente en la mejilla, cada vez que lo clavaba, la víctima moría al instante.

—¡Eres un demonio... del Cuarto Anillo del Noveno Círculo! —exclamó Salviati con voz temblorosa cuando finalmente se encon­tró cara a cara con Ezio.

Ezio accionó la daga venenosa, pero preparó asimismo su daga de batalla. Cogió a Salviati por el pescuezo, por encima de su capa pluvial, y acercó el filo al cuello del arzobispo.

—Los Templarios perdieron su cristianismo cuando descubrie­ron la banca —dijo sin alterarse—. ¿Acaso no conoces los evange­lios? «¡No podrás servir a Dios y a Mammón!». Pero ahora tienes la oportunidad de redimirte. Dime: ¿dónde está Jacopo?

Salviati lo miró desafiante.

—¡Nunca lo encontrarás!

Ezio deslizó la hoja delicadamente, aunque con firmeza, por la molleja del arzobispo, extrayendo un hilillo de sangre.

—Tendrás que contarme algo mejor, arcivescovo.

—La noche nos protege cuando nos reunimos..., y ahora, ter­mina con tu trabajo.

—De modo que os escondéis en la oscuridad como asesinos que sois. Gracias por decírmelo. Pero te lo preguntaré una vez más. ¿Dónde?

—El Padre del Saber es consciente de que lo que voy a hacer es para el bien superior —dijo con frialdad Salviati y, cogiendo repen­tinamente la muñeca de Ezio con ambas manos, se hundió la daga en el cuello.

—¡Dímelo! —gritó Ezio.

Pero el arzobispo, la sangre manando a borbotones por su boca, se había derrumbado ya a sus pies, sus espléndidos ropajes amarillos y blancos relucientes de rojo.

Pasaron varios meses antes de que Ezio volviera a tener noti­cias de los conspiradores. Entretanto, trazó con Mario un plan para recuperar San Gimignano y liberar a sus ciudadanos del yugo cruel de los Templarios, que habían aprendido una lección y mantenían un control férreo sobre la ciudad. Sabiendo que los Templarios es­tarían también buscando las páginas del Códice que seguían en pa­radero desconocido, Ezio estuvo tratando de dar con ellas, aunque sin éxito. Las páginas que estaban ya en posesión de los Asesinos seguían escondidas bajo la estricta vigilancia de Mario, porque sin ellas, el secreto del Credo nunca sucumbiría a los Templarios.

Un día llegó a Monteriggioni un mensajero procedente de Flo­rencia portando una carta de Leonardo para Ezio. Ezio, conociendo la costumbre de su zurdo amigo de escribir al revés, buscó ensegui­da un espejo. En cualquier circunstancia, de todos modos, los com­plicados garabatos habrían resultado un escollo para que incluso el lector más talentoso consiguiera descifrarlos. Ezio rompió el lacre y empezó a leer con impaciencia, su corazón animándose al ir leyen­do línea tras línea.
(^entile Ezio:

El duque Lorenzo me ha pedido que te haga llegar estas no­ticias...¡sobre Bernardo Baroncelli!. Al parecer consiguió embar­carse rumbo a Venecia, y desde allí viajó de incógnito hasta la corte del sultán otomano en Constantinopla, con la intención de re­fugiarse en esa ciudad. Pero como apenas se entretuvo en Venecia, no se enteró de que los venecianos acababan de firmar La paz con los turcos (incluso le han enviado a su segundo mejor pintor, Gentile Bellini, para que realice un retrato del sultán Mehmet). De modo que cando llegó y su identidad quedó al descubierto, fue arrestado de inmediato.

Naturalmente, te imaginarás la cantidad de cartas que se cruzaron entre la Sublime Porte y Venecia. Pero los venecianos son también nuestros aliados al menos por el momento—y el duque Lorenzo es, por encima de todo, un diplomático consumado. Ba­roncelli fue devuelto a Florencia encadenado y, una vez allí, fue interrogado. Pero se mostró terco, o loco, o valiente, no sé exacta­mente qué. La cuestión es que resistió el potro, las tenazas al rojo vivo, los azotes y las ratas corriéndole por los pies, y lo único que confesó que los conspiradores solían reunirse por las noches en una antigua cripta que hay debajo de Santa Maria Novella. Se investigó, claro está, pero no encontraron nada. Acabaron colgán­dolo. He hecho un dibujo bastante bueno de la ejecución que te mostraré la próxima vez que nos veamos. Creo que, anatómicamen­te hablando, es muy preciso.

Distinti saluti,

Tu amigo,

Leonardo da Vinci
—Es estupendo que ese hombre haya muerto —comentó Ma­rio cuando Ezio le enseñó la carta—. Era el típico tipo capaz de ro­barle incluso a su madre. Pero la pena es que esto no nos acerca en absoluto a descubrir qué piensan hacer los Templarios a continua­ción, ni siquiera nos da una pista sobre el paradero de Jacopo.

Ezio encontró tiempo para ir a visitar a su madre y a su her­mana, que continuaban pasando sus días en la serenidad del con­vento y al cuidado de la bondadosa abadesa. Con tristeza compren­dió que la recuperación de María ya no avanzaría más. Su cabello se había vuelto prematuramente cano y en las comisuras de los ojos habían aparecido finas patas de gallo, aunque, por otro lado, había alcanzado la paz interior y cuando hablaba sobre su esposo y sus hi­jos fallecidos lo hacía con cariño y orgullo. Sin embargo, ver la cajita de madera de peral con las plumas de águila que en su día le regaló el pequeño Petruccio, un objeto que tenía siempre en su me­silla de noche, seguía llenándole los ojos de lágrimas. En cuanto a Claudia, se había convertido en novizia, y a pesar de que Ezio con­sideraba que aquella decisión echaba a perder su belleza y su espí­ritu, no le quedaba otro remedio que reconocer la luz que ilumi­naba el rostro de su hermana, respetar la decisión que ésta había tomado y sentirse feliz por ella. Volvió a visitarlas por Navidad y con el nuevo año reemprendió su formación, ardiendo de impaciencia en su interior. Para apaciguar su nerviosismo, Mario lo nombró co­mandante adjunto del castillo. Ezio empezó a enviar a sus propios espías y patrullas de reconocimiento en busca de la presa que seguía persiguiendo incansablemente.

Y entonces, por fin, llegaron noticias. Una mañana de finales de primavera, Gambalto, sus ojos resplandecientes, apareció en la puerta de la sala de mapas donde Ezio y Mario estaban enfrascados en una profunda conversación.

Signori! ¡Hemos encontrado a Stefano da Bagnone! Está refugiado en la abadía de Asmodeo, a escasas leguas al sur de aquí. ¡Ha permanecido todo este tiempo justo delante de nuestras na­rices!

—Siempre van juntos, como perros que son —espetó Mario, sus rechonchos dedos de trabajador trazando rápidamente una ruta en el mapa que tenía enfrente. Miró a Ezio—. Aunque éste es un perro jefe. ¡El secretario de Jacopo! ¡Si no conseguimos sacar nada de él...!

Pero Ezio estaba ya dando órdenes para que ensillaran y pre­pararan su caballo. Rápidamente, se dirigió a sus habitaciones y se armó con las armas del Códice, eligiendo esta vez la hoja oculta en lugar de la daga venenosa. Siguiendo los consejos del médico de Monteriggioni, había sustituido la destilación de cicuta que Leo­nardo había utilizado originalmente por beleño, y el saquito de ve­neno escondido en la empuñadura estaba lleno. Había decidido uti­lizar con discreción la daga venenosa, pues siempre corría el riesgo de administrarse a sí mismo una dosis letal. Por este motivo, y por­que tenía los dedos llenos de minúsculas cicatrices, cuando blandía un arma blanca utilizaba desde hacía un tiempo unos guantes de piel resistentes, aunque flexibles.

La abadía estaba cerca de Monticiano, cuyo antiguo castillo do­minaba la pequeña ciudad montañosa. Estaba situada en una so­leada hondonada junto a una colina cubierta de cipreses. El edificio actual era nuevo, tendría quizás cien años, y estaba construido con rica piedra arenisca amarilla de importación en torno a un amplio patio donde se levantaba también una iglesia. Las puertas estaban abiertas de par en par y los monjes de la orden de la abadía, con sus hábitos de color ocre, estaban ocupados trabajando en los campos y los huertos de las cercanías del edificio y en los viñedos que había más arriba. El vino del monasterio adjunto a la abadía era famoso y se exportaba incluso a París. Como parte de los preparativos, Ezio se había hecho con un hábito de monje y, después de dejar el caballo a cargo de un mozo de cuadras en la posada donde había alquilado una habitación haciéndose pasar por un mensajero estatal, se había disfrazado para acceder a la abadía.

Avistó a Stefano al cabo de poco rato, enfrascado en una con­versación con el hospitarius de la abadía, un monje corpulento que parecía haber adoptado la forma de una de las barricas de vino que, evidentemente, vaciaba con frecuencia. Ezio consiguió acercarse lo bastante como para escuchar sin que se percataran de su presencia.

—Recemos, hermano —dijo el monje.

—¿Rezar? —dijo Stefano, cuyo atuendo negro contrastaba con los colores soleados de su entorno.

Parecía una araña paseándose por encima de una tortita.

—¿Para qué? —añadió con ironía.

El monje se quedó sorprendido.

—¡Para obtener la protección del Señor!

—¡Si piensas que al Señor le interesan nuestros asuntos, her­mano Girolamo, mejor que te dediques a otra cosa! Pero, por favor, por lo que más quieras, sigue haciéndote ilusiones, si eso te ayuda a pasar el tiempo.

—¡Eso que acabas de decir es una blasfemia! —exclamó es­candalizado el hermano Girolamo.

—No. Digo la verdad.

—¡Estás negando su más exaltada Presencia!

—No es más que una respuesta racional a la afirmación de que allá arriba en el cielo habita un loco invisible. ¡Y créeme, si nuestra preciosa Biblia tiene algo en lo que basarse, es que ese tal Dios ha perdido por completo la cabeza!

—¿Cómo puedes decir estas cosas? ¡Eres sacerdote!

—Soy administrador. Utilizo estos ropajes para poder acercar­me a esos malditos Medici, acabar de una vez por todas con ellos y estar al servicio de mi verdadero Maestro. Pero ante todo, está to­davía el tema de ese Asesino, Ezio. Lleva demasiado tiempo siendo una espina clavada que debemos arrancarnos.

—En eso estás en lo cierto. ¡Es un demonio perverso!

—Bien —dijo Stefano con una sonrisa torcida—. Al menos veo que estamos de acuerdo en algo.

—Dicen que el diablo le ha otorgado una velocidad y una fuer­za sobrenaturales —dijo Girolamo bajando el tono.

Stefano se quedó mirándolo.

—¿El diablo? No, amigo mío. Son dones que ha conseguido él sólito, gracias al entrenamiento riguroso al que se ha sometido du­rante años. —Hizo una pausa, su cuerpo flacucho adoptando una postura meditabunda—. ¿Sabes, Girolamo? Me resulta inquietante que estés tan poco dispuesto a reconocer los méritos que la gen­te consigue por sus propios medios. Creo que si pudieras, encontra­rías víctimas por todas partes.

—Te perdono tu falta de fe y tu lengua viperina —replicó con misericordia Girolamo—. Pese a ello sigues siendo un hijo de Dios.

—Ya te lo he dicho... —empezó de nuevo Stefano con cierta brusquedad; pero a continuación, extendió las manos y lo dejó co­rrer—. ¿Para qué? ¡Ya basta del tema! ¡Escomo hablarle a un sordo!

—Rezaré por ti.

—Como gustes. Pero hazlo en silencio. Debo continuar con mi guardia. Hasta que tengamos a ese Asesino muerto y enterrado, ningún Templario podrá bajar la guardia ni un instante.

El monje se retiró después de saludarlo con una inclinación de cabeza y Stefano se quedó solo en el patio. Había sonado la campa­na anunciando la Primera y la Segunda Estación del Vía Crucis y la comunidad se había reunido en la iglesia de la abadía. Ezio abando­nó las sombras como un espectro. El sol brillaba con la pesadez si­lenciosa del mediodía. Stefano, con su apariencia de cuervo, camina­ba acechante arriba y abajo de la pared norte, inquieto, impaciente, poseído.

Cuando vio a Ezio no expresó su sorpresa.

—Voy desarmado —dijo—. Lucharé con la mente.

—Para utilizarla, necesitas permanecer con vida. ¿Podrás de­fenderte?

—¿Me matarías a sangre fría?

—Te mataré porque es necesario que mueras.

—¡Buena respuesta! Pero ¿no crees que estoy tal vez en pose­sión de secretos que podrían serte de utilidad?

—Lo que creo es que no te doblegarías bajo ningún tipo de tortura.

Stefano le lanzó una mirada de evaluación.

—Lo tomaré como un cumplido, aunque yo no estoy tan segu­ro de ello. Sin embargo, es un asunto de simple relevancia académi­ca. —Hizo una pausa antes de proseguir con su aguda voz—: Has perdido tu oportunidad, Ezio. La suerte de la muerte está echada. La causa de los Asesinos es una causa perdida. Sé que me matarás haga lo que haga o diga lo que diga, y que estaré muerto antes de medio­día. La misa ha terminado; pero mi muerte no te servirá de nada. Los Templarios te tienen ya en jaque, y pronto te tendrán en ja­que mate.

—No lo tengas tan claro.

—Estoy a punto de reunirme con mi Creador... si es que final­mente existe. Será gratificante descubrirlo. Y mientras, ¿por qué debería yo mentir?

Ezio soltó su daga.

—Muy inteligente —comentó Stefano—. ¿Qué se te ocurrirá a continuación?

—Repara el mal que has hecho —dijo Ezio—. Cuéntame lo que sabes.

—¿Qué deseas saber? ¿El paradero de mi Maestro, Jacopo? —Stefano sonrió—. Eso es sencillo. Pronto se reunirá con nuestros confederados, de noche, a la sombra de los dioses romanos. —Hizo una pausa—. Espero que esto te haga feliz, porque por mucho que hagas no sacarás nada más de mí. Y en todo caso carece de impor­tancia, porque sé a ciencia cierta que llegas demasiado tarde. Lo úni­co que siento es que no estaré presente para ser testigo de tu des­trucción..., pero ¿quién sabe? A lo mejor existe un más allá desde el que poder observar tu muerte. Pero de momento, acabemos de una vez con este desagradable asunto.

La campana de la abadía sonó una vez más. Ezio tenía poco tiempo.

—Pienso que podrías enseñarme muchas cosas —dijo. Stefano lo miró con tristeza.

—No en este mundo —dijo. Se abrió el cuello de sus ropajes—. Pero hazme el favor de enviarme con rapidez a la noche.

Ezio le clavó una única puñalada, profunda y con una punte­ría letal.

—Al sudoeste de San Gimignano se encuentran las ruinas del templo de Mitra —dijo pensativo Mario cuando Ezio regresó—. Son las únicas ruinas romanas importantes en muchos kilómetros a la redonda. ¿Y dices que mencionó la sombra de los dioses romanos?

—Ésas fueron sus palabras.

—¿Y que los Templarios van a reunirse allí... pronto?

—Sí.

—Entonces no debemos demorarnos. A partir de esta noche debemos montar guardia allí.

Ezio se mostró abatido.

—Da Bagnone me dijo que era demasiado tarde para dete­nerlos.

Mario sonrió.

—Pues, en este caso, de nosotros depende demostrar que se equivocaba.

Era la tercera noche de guardia. Mario había regresado a su base para continuar trabajando en sus planes contra los Templarios de San Gimignano y había dejado a Ezio en compañía de cinco hom­bres de confianza, Gambalto entre ellos, para montar guardia es­condidos en los espesos bosques que rodeaban las solitarias y deso­ladas ruinas del templo de Mitra. El templo consistía en un gran conjunto de edificios que habían ido construyéndose a lo largo de los siglos. Su último ocupante había sido Mitra, el dios adoptado por el ejército romano, pero incluía también capillas más antiguas, consagradas en su día a Minerva, Venus y Mercurio. El complejo disponía asimismo de un teatro, cuyo escenario seguía mantenién­dose sólidamente en pie y se erguía frente a un derruido semicírcu­lo de bancos de piedra dispuestos en terrazas, hogar de escorpiones y ratas, respaldado por un deteriorado muro y flanqueado por co­lumnas quebradas donde las lechuzas habían hecho sus nidos. La hie­dra trepaba por todos lados y resistentes lilas de verano se abrían paso entre las grietas que ellas mismas habían perforado en el már­mol manchado y desmoronado. La luna proyectaba una luz fantas­magórica sobre la escena y, pese a estar acostumbrados a plantarles cara sin miedo alguno a enemigos mortales, había un par de hom­bres claramente nerviosos.

Ezio había decidido montar guardia durante una semana, pero sabía que a los hombres les resultaría difícil controlar los nervios en aquel lugar durante tanto tiempo, pues la presencia de los fantas­mas del pasado pagano se hacía sentir con fuerza. Pero cerca de la medianoche, con los Asesinos con los miembros doloridos debido a la inmovilidad y la falta de actividad, oyeron el débil tintineo de unos arneses. Ezio y sus hombres se prepararon para lo que pudie­ra suceder a continuación. Poco después apareció en el complejo una docena de soldados portando antorchas y liderados por tres hombres. Se dirigían al teatro. Ezio y sus condottieri les siguieron hacia allí.

Los hombres desmontaron y formaron un círculo de protección alrededor de los tres líderes. Observando la escena, Ezio reconoció triunfante el rostro del hombre que llevaba tanto tiempo buscando: Jacopo de Pazzi, un hombre de pelo gris de más de sesenta años con aspecto acosador. Iba acompañado por un hombre que no conocía y otro que sí: ¡la inequívoca figura de nariz ganchuda y con capucha granate de Rodrigo Borgia! Con gravedad, Ezio conectó la daga ve­nenosa con el mecanismo que llevaba en la muñeca derecha.

—Ya sabes por qué he convocado la reunión —empezó a decir Rodrigo—. Te he dado tiempo más que suficiente, Jacopo. Pero aún tienes que reparar el mal que has hecho.

—Lo siento, commendatore. He hecho todo lo que estaba en mi mano. Los Asesinos me han superado.

—No has recuperado Florencia.

Jacopo agachó la cabeza.

—¡Ni siquiera has sido capaz de rebanarle la cabeza a Ezio Auditore, un simple cachorro! ¡Y con cada victoria que consigue sobre nosotros, adquiere más fuerza, se vuelve más peligroso!

—Fue culpa de mi sobrino Francesco —balbuceó Jacopo—. ¡Su impaciencia le volvió imprudente! Intenté ser la voz de la razón...

—Más bien la voz de la cobardía —apuntó el tercer hombre con voz ronca.

Jacopo se volvió hacia él con mucho menos respeto del que ha­bía demostrado hasta el momento con Rodrigo.

—Ah, messer Emilio. ¡Tal vez nos las habríamos apañado me­jor si nos hubieras enviado armamento de calidad, en lugar de esa porquería que vosotros los venecianos llamáis armamento! Pero vosotros, los Barbarigi, siempre fuisteis unos tacaños.

—¡Ya basta! —exclamó con voz de trueno Rodrigo. Se dirigió de nuevo a Jacopo—: Depositamos nuestra fe en ti y en tu familia, ¿y cómo nos lo has devuelto? Con pasividad e incompetencia. ¡Re­cuperaste San Gimignano! ¡Bravo! Y te quedaste allí sentado sin hacer nada. Incluso permitiste que te atacaran allí. El hermano Maffei era un valioso sirviente de nuestra causa. ¡Y tú ni siquiera pudiste salvar a tu propio secretario, un hombre cuyo cerebro valía diez veces el tuyo!

Altezza! Dadme tan sólo la oportunidad de corregir lo hecho y ya veréis... —Jacopo miró las duras expresiones de sus acompa­ñantes—. Os lo demostraré...

Rodrigo relajó las facciones. Esbozó incluso una sonrisa.

—Jacopo. Sabemos lo que debemos hacer a continuación. Déjalo en nuestras manos. Ven aquí. Deja que te dé un abrazo.

Jacopo obedeció después de dudar un instante. Rodrigo pasó el brazo izquierdo por encima de sus hombros y con el derecho extrajo de sus ropajes un estilete que deslizó con firmeza entre las costillas de Jacopo. Jacopo se apartó del cuchillo mientras Rodrigo lo miraba igual que un padre miraría a un hijo inútil. Jacopo se llevó la mano al costado. Rodrigo no había penetrado ningún órgano vital. Quizás...

Pero ahora fue Emilio Barbarigo quien avanzó hacia él. De ma­nera instintiva, Jacopo levantó sus manos ensangrentadas para pro­tegerse, pues Emilio acababa de desenfundar una navaja suiza de aspecto amedrentador, uno de sus filos toscamente serrado, y con un canalón recorriendo la parte lateral de la hoja.

—No —gimoteó Jacopo—. He hecho todo lo que he podido. Siempre he servido con fidelidad a la causa. Toda mi vida. Por fa­vor... Por favor, no...

Emilio soltó una brutal carcajada.

—¿Por favor no qué, pedazo de mierda llorona?

Abrió de un tirón el jubón de Jacopo y deslizó de inmediato la hoja serrada de su potente daga por su pecho, abriéndolo.

Jacopo gritó y cayó arrodillado primero, y de costado después, contorsionándose sobre un charco de sangre. Levantó la vista y vio a Rodrigo Borgia encima de él, una estrecha espada en su mano.

—¡Maestro..., tened piedad!—consiguió decir Jacopo—. ¡No es demasiado tarde! Dadme una última oportunidad de solucionar las cosas...

Y entonces se ahogó con su propia sangre.

—Oh, Jacopo —dijo Rodrigo amablemente—. Cómo me has defraudado.

Levantó la espada y la clavó en el cuello de Jacopo con tanta fuerza que la punta apareció por la nuca, segándole la médula espi­nal. Borgia la retorció antes de extraerla lentamente. Jacopo se le­vantó, la boca llena de sangre, pero estaba ya muerto y volvió a caer, con un espasmo, hasta quedarse, por fin, inmóvil.

Rodrigo secó la espada con la ropa del muerto y, haciendo a un lado su capa, la enfundó de nuevo.

—Qué asco —murmuró. Dio media vuelta, miró directamente hacia donde estaba Ezio, sonrió y gritó—: ¡Ahora ya puedes salir, Asesino! ¡Te pido disculpas por haberte robado este premio!

Y antes de que le diera tiempo a reaccionar, Ezio se vio agarra­do por dos guardias vestidos con túnicas con una cruz roja sobre un campo amarillo, el escudo de armas de su mayor enemigo. Llamó a

Gambalto, pero ninguno de sus hombres le respondió. Fue arras­trado hasta el escenario del antiguo teatro.

—¡Muy buenas, Ezio!—dijo Rodrigo—. Siento lo de tus hom­bres, pero ¿crees de verdad que no esperaba encontrarte aquí? ¿Que no sabía que vendrías? ¿Crees que Stefano da Bagnone no te reve­ló la hora y el lugar de esta reunión sin mi conocimiento y aproba­ción? Naturalmente, tuvimos que hacer que pareciera difícil pues, de lo contrario, habrías intuido que era una trampa. —Rió—. ¡Pobre Ezio! ¿Sabes una cosa? Llevamos en este juego mucho más tiempo que tú. Tenía mis guardias escondidos en el bosque desde mucho antes de tu llegada. Y me temo que tus hombres se quedaron tan perplejos como tú..., pero me apetecía volver a verte vivo antes de que nos abandones. Será tal vez un capricho. Pero ahora ya estoy satisfecho.

Rodrigo sonrió y se dirigió a los guardias que sujetaban a Ezio por los brazos:

—Gracias. Ahora podéis matarlo.

Emilio Barbarigo y Rodrigo subieron a sus caballos y desapare­cieron junto con los guardias que los habían acompañado. Ezio los vio marchar. Empezó a pensar con rapidez. Por un lado estaban los dos hombres corpulentos que lo tenían sujeto... ¿y cuántos más habría escondidos en el bosque? ¿Cuántos hombres habría apostado Bor­gia para aquella emboscada contra su tropa?

—Reza tus oraciones, chico —le dijo uno de sus captores.

—Mirad —dijo Ezio—. Sé que simplemente estáis acatando órdenes. De modo que si me soltáis, os perdonaré la vida. ¿Qué os parece?

Aquello le hizo gracia al guardia que había hablado.

—¡Mira! ¡Hay que oírlo! Me parece que nunca me había tro­pezado con nadie capaz de conservar su sentido del humor de este modo en un momento como...

Pero no consiguió terminar la frase. Ezio extendió su hoja oculta y, aprovechando su sorpresa, se la clavó al hombre que lo sujetaba por el brazo derecho. El veneno actuó de inmediato y el hombre se tambaleó hasta caer al suelo. Antes de que el otro guardia pudiera reaccionar, Ezio le había hundido ya la daga en la axila, el único punto que su armadura no lograba cubrir. Libre, saltó hacia la oscuridad desde el borde del escenario y se quedó a la espera. No tuvo que aguardar mucho tiempo. Aparecieron los otros diez guar­dias que Rodrigo tenía escondidos en el bosque, algunos inspeccio­nando con cautela los alrededores del teatro, otros agachándose junto a sus camaradas fallecidos. Moviéndose con la velocidad mor­tal de un lince, Ezio se abalanzó contra ellos, arremetiendo con su arma como si fuera una hoz, concentrándose en cualquier parte del cuerpo que quedara al descubierto. Asustados y pillados despre­venidos, los soldados de Borgia se tambalearon delante de él y Ezio acabó con cinco de ellos antes de que el resto pusiera pies en pol­vorosa y desapareciera corriendo y lanzando alaridos de pánico en dirección al bosque. Ezio los vio marchar. No informarían de lo su­cedido a Rodrigo a menos que quisieran acabar colgados por incom­petencia, y pasaría un tiempo antes de que empezaran a echarlos de menos y Rodrigo se enterara de que su plan satánico había fallado.

Ezio se arrodilló junto al cadáver de Jacopo de Pazzi. Magulla­do y privado de toda dignidad, lo único que quedaba de él era el ca­parazón de un anciano patético y desesperado.

—Pobre desdichado —dijo—. Me enfadé cuando vi que Rodri­go me había robado mi ansiada presa, pero ahora, ahora...

Se quedó en silencio y le cerró los ojos a Pazzi. Y entonces se dio cuenta de que los ojos estaban mirándolo. Por obra de algún mi­lagro, Jacopo seguía aún con vida. Abrió la boca dispuesto a hablar, pero no consiguió emitir ningún sonido. Era evidente que estaba sumido en su agonía final. La primera idea de Ezio fue abandonar­lo a una muerte lenta, pero Jacopo seguía mirándolo con ojos supli­cantes. «Sé misericordioso, aunque nadie haya tenido misericordia de ti», recordó. También esto formaba parte del Credo.

—Que Dios te dé paz —dijo, besándole la frente a Jacopo mien­tras clavaba con firmeza la daga en el corazón de su antiguo adver­sario.

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