Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…»






descargar 1.78 Mb.
títuloResumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…»
página1/29
fecha de publicación06.09.2015
tamaño1.78 Mb.
tipoResumen
l.exam-10.com > Derecho > Resumen
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   29

Oliver Bowden Assassin’s Creed Renaissance







Oliver Bowden

Assassin’s Creed

Renaissance

Traducción de Isabel Murillo

Índice


Resumen 5

Capítulo 1 6

Capítulo 2 20

Capítulo 3 28

Capítulo 4 44

Capítulo 5 56

Capítulo 6 68

Capítulo 7 81

Capítulo 8 94

Capítulo 9 110

Capítulo 10 125

Capítulo 11 141

Capítulo 12 151

Capítulo 13 155

Capítulo 14 162

Capítulo 15 166

Capítulo 16 172

Capítulo 17 180

Capítulo 18 187

Capítulo 19 197

Capítulo 20 205

Capítulo 21 219

Capítulo 22 233

Capítulo 23 246

Capítulo 24 253

Capítulo 25 259

Capítulo 26 266

Capítulo 27 271

Capítulo 28 278


Mientras creía que aprendía a vivir

Había estado aprendiendo a morir
LEONARDO DA VINCI

Resumen


«Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…»

Traicionado por las familias que gobiernan Florencia, Venecia y Roma en la Italia del Renacimiento, el joven Ezio Auditore se embarca en una épica lucha por erradicar la corrupción y restaurar el honor de su familia. Para ello deberá aprender el arte de la muerte. En su camino de venganza y lucha se encontrará con las grandiosas mentes de Leonardo da Vinci y Maquiavelo; deberá decidir entre el amor y su destino y descubrirá que este último es mucho más complejo y elevado de lo que nunca imaginó. Para sus aliados, Ezio se convertirá en la fuerza que les guiará en pos de la libertad y la justicia. Para sus enemigos, en una amenaza consagrada a la destrucción de los tiranos que abusan del pueblo italiano. Una historia épica de poder y venganza en la que la verdad se escribirá con sangre.

Capítulo 1



Las antorchas brillaban y titilaban en lo alto de las torres del Palazzo Vecchio y el Bargello, y tan sólo unos pocos farolillos deste­llaban en la plaza de la catedral, algo más hacia el norte. Algunos más iluminaban los muelles a lo largo de las orillas del río Arno donde, por tarde que fuera para una ciudad en la que la mayoría de la gente se retiraba a su casa con la llegada de la noche, se distinguían entre la penumbra unos cuantos marineros y estibadores. Algunos de los marineros trabajaban aún en sus barcas y botes, apremia­dos para llevar a cabo las últimas reparaciones de los aparejos y en­rollar debidamente los cabos sobre las cubiertas oscuras y recién fregadas, mientras que los estibadores se apresuraban arrastrando o cargando bultos para encerrarlos en la seguridad de los almacenes cercanos.

También en las tabernas y los burdeles centelleaban las luces, pero muy poca gente rondaba por las calles. Habían transcurrido siete años desde que Lorenzo de Medici, que por aquel entonces con­taba veinte años, fuera elegido para gobernar la ciudad, trayendo con él al menos cierta sensación de orden y tranquilidad a la intensa ri­validad reinante entre las principales familias de banqueros y mer­caderes que habían convertido Florencia en una de las ciudades más ricas del mundo. A pesar de ello, la ciudad no había dejado de estar en constante ebullición, pues las facciones luchaban sin cesar por ha­cerse con el control, algunas de ellas cambiando sus alianzas, otras manteniéndose siempre como enemigos eternos e implacables.

Florencia, en el año del Señor de 1476, incluso en una noche de primavera impregnada por el dulce olor del jazmín, cuando casi era posible olvidar el hedor del Arno si el viento soplaba en la di­rección adecuada, no era el lugar más seguro para pasear después de la caída del sol.

La luna había aparecido en un cielo azul cobalto, dominándolo por encima de una multitud de estrellas que lo acompañaban. Derra­maba su luz sobre la plaza donde el Ponte Vecchio, sus abarrotadas tiendas a oscuras y en silencio ahora, se unía con la orilla norte del río. Su luz descubrió también una figura vestida de negro, de pie so­bre el tejado de la iglesia de Santo Stefano al Ponte. Un joven, de tan sólo diecisiete años, pero alto y orgulloso. Examinando con concen­tración la vecindad, se llevó una mano a la boca y silbó, un sonido leve pero penetrante. Como respuesta, primero uno, luego tres, des­pués una docena, y por fin un mínimo de veinte hombres, jóvenes como él, vestidos de negro en su mayoría, algunos con capuchas o sombreros de color rojo sangre, verde o azulón, todos con espadas y dagas al cinto, emergieron de las oscuras calles y arcadas para con­gregarse en la plaza. La banda de jóvenes de peligroso aspecto se des­plegó en abanico, sus movimientos seguros y arrogantes.

El joven bajó la vista hacia las caras de impaciencia, pálidas bajo la luz de la luna, que lo miraban. Levantó el puño por encima de la cabeza a modo de desafiante saludo.

—¡Permaneceremos unidos! —gritó, y también ellos levanta­ron el puño, algunos desenfundando sus armas y blandiéndolas, y vitorearon:

—¡Unidos!

El joven descendió a toda velocidad, como un gato, por la fa­chada inacabada, desde el tejado al pórtico de la iglesia, y desde allí saltó, su capa volando, para aterrizar de cuclillas y sin problemas en medio de todos ellos. Se congregaron a su alrededor, expectantes.

—¡Silencio, amigos míos! —Levantó la mano para acallar un único y solitario grito. Sonrió con gravedad—.¿Sabéis por qué os he congregado aquí esta noche, a vosotros, mis más íntimos alia­dos? Para pediros ayuda. He permanecido demasiado tiempo en si­lencio mientras nuestro enemigo, ya sabéis a quién me refiero, Vieri de Pazzi, ha recorrido esta ciudad difamando a mi familia, arras­trando nuestro nombre por el fango e intentando a su patética ma­nera degradarnos. En condiciones normales no me rebajaría a arrear­le un puntapié a un perro callejero sarnoso como ése, pero...

Se vio interrumpido en el momento en que una piedra gran­de, dentada, lanzada desde el puente, aterrizó a sus pies.

—Acaba ya con tus tonterías, grullo —gritó una voz.

El joven se volvió junto con su grupo, como si fueran una úni­ca persona, en dirección a la voz. Ya sabía a quién pertenecía. Cru­zando el puente desde el sur se acercaba otra banda de jóvenes. Su líder pavoneándose en cabeza, su capa roja, sujeta por un broche adornado con delfines dorados y cruces sobre un fondo azul, cubriendo el traje de terciopelo negro, la mano en la empuñadura de su espada. Era un hombre aceptablemente atractivo, su aspecto des­figurado por una boca cruel y una débil barbilla, y aun estando algo grueso, la fuerza de sus brazos y piernas quedaba fuera de toda duda.

Buona sera, Vieri —dijo el joven sin alterarse—. Justo en este momento estábamos hablando de ti. —Y realizó una reve­rencia con exagerada cortesía, adoptando simultáneamente una ex­presión de sorpresa—. Pero debes perdonarme. No te esperábamos personalmente. Creía que los Pazzi siempre contrataban a otros para que les hiciesen el trabajo sucio.

Vieri, acercándose, se enderezó cuando él y su tropa se detu­vieron a unos metros de distancia.

—¡Ezio Auditore! ¡Eres un cachorrillo mimado! Yo diría más bien que es tu familia de chupatintas y contables la que siempre acude corriendo a la guardia en cuanto atisba el más débil signo de problemas. Codardo! —Sujetó con fuerza la empuñadura de la es­pada—. Te da miedo tratar la situación, diría yo.

—Qué quieres que te diga, Vieri, accione. La última vez que la vi, tu hermana Viola parecía bastante satisfecha con el trato que le di. —Ezio Auditore regaló a su enemigo una amplia sonri­sa, feliz al oír las risillas disimuladas de sus compañeros a sus es­paldas.

Pero sabía que había ido demasiado lejos. Vieri estaba ya rojo de rabia.

— ¡Ya es suficiente, gilipollas! ¡Veamos si sabes pelear tan bien como farfullas! —Giró la cabeza en dirección a sus hombres, levantó la espada y vociferó—: ¡Matad a estos bastardos!

Acto seguido otra piedra empezó a dar vueltas por el aire, pero esta vez no era un desafío. Le dio a Ezio un golpe oblicuo en la fren­te, abriéndole una herida sangrante. Ezio se tambaleó por un ins­tante mientras los seguidores de Vieri lanzaban una tormenta de piedras. Sus hombres apenas tuvieron tiempo de reponerse antes de tener encima a la banda de Pazzi, que corrió por el puente para abalanzarse sobre Ezio y sus hombres. Tuvieron la pelea encima tan de repente que apenas les dio tiempo a blandir las espadas, y mucho menos las dagas, de modo que ambas bandas se enfrentaron de en­trada sólo con los puños.

La batalla fue dura e inexorable: brutales patadas y puñetazos conectados con el mareante sonido de huesos rotos. Durante un rato podría haberse decantado en cualquiera de los dos sentidos, pero entonces Ezio, su visión ligeramente afectada por la sangre que manaba de su frente, vio a dos de sus mejores hombres dar un paso en falso, caer y ser pisoteados por los matones de Pazzi. Vieri se echó a reír y, cerca de Ezio, se dispuso a atizarle un nuevo golpe en la cabeza con una piedra de gran tamaño. Ezio se puso en cucli­llas y esquivó el golpe, pero el peligro había estado demasiado cerca como para sentirse tranquilo y ahora la banda de Auditore estaba llevándose la peor parte. Ezio consiguió, antes de incorporarse del todo, extraer su daga y acuchillar, ciegamente pero con éxito, el mus­lo de un robusto secuaz de Pazzi que lo amenazaba con su espada y su daga desenfundadas. La daga de Ezio atravesó tejido, músculo y tendón y el hombre exhaló un aullido de agonía y cayó doblega­do, soltando sus armas y llevándose ambas manos a una herida de la que no cesaba de brotar sangre.

Luchando desesperadamente por ponerse en pie, Ezio miró a su alrededor. Vio que los Pazzi habían rodeado a sus hombres, que los habían acorralado contra una pared de la iglesia. Notando que sus piernas recuperaban las fuerzas, se encaminó hacia sus compañeros. Esquivó el filo cortante de otro esbirro de Pazzi y consiguió conec­tar un puñetazo a la barbuda mandíbula de aquel tipo. Tuvo la sa­tisfacción de ver volar unos cuantos dientes y a su oponente caer de rodillas, aturdido por el golpe. Gritó a sus hombres dándoles áni­mos, aunque en realidad sus pensamientos estaban centrados en encontrar la manera de batirse en retirada con la máxima dignidad posible. En aquel momento, superando el estruendo de la pelea, es­cuchó una voz potente, jovial y muy familiar que le llamaba desde detrás de la banda de Pazzi.

—Hola, fratellino, ¿en qué demonios te has metido?

El corazón de Ezio dio un vuelco de alivio y consiguió decir, con voz entrecortada:

—¡Hola, Federico! ¿Qué haces aquí? ¡Creía que estarías de juerga, como siempre!

—¡Tonterías! Sabía que tenías algo planeado y he decidido ve­nir a ver si mi hermanito había aprendido por fin a cuidarse solo. ¡Pero me parece que aún te quedan por aprender un par de lecciones!

Federico Auditore, unos años mayor que Ezio y el mayor de los hermanos, era un hombre grande con un gran apetito... de be­bida, de amor y de batalla. Esquivó golpes mientras hablaba, hizo chocar un par de cabezas de los Pazzi y levantó el pie para atizarle una patada en la mandíbula a un tercero mientras se abría paso en­tre la multitud para acercarse a su hermano, insensible a la violen­cia que reinaba a su alrededor. Sus hombres, animados, redoblaron esfuerzos. Los Pazzi, por otro lado, estaban desconcertados. Unos cuantos trabajadores de los muelles se habían congregado a cierta distancia para mirar, y en la penumbra reinante los Pazzi los confundieron con refuerzos de los Auditore. Eso, junto con los rugidos y los puños voladores de Federico, sus acciones rápidamente emu­ladas por Ezio, que aprendía a toda velocidad, acabó provocando el pánico entre ellos.

La voz furiosa de Vieri de Pazzi se alzó por encima del tumul­to general.

—¡Retirada! —gritó a sus hombres, su voz rota por el agota­miento y la rabia.

Captó la mirada de Ezio y gruñó una inaudible amenaza antes de desaparecer en la oscuridad, de camino hacia el Ponte Vecchio, se­guido por aquellos de sus hombres que aún podían caminar, y per­seguido acaloradamente por los ahora triunfantes aliados de Ezio.

Ezio a punto estuvo de seguirlo también, pero la carnosa mano de su hermano lo retuvo.

—Espera un momento —dijo.

—¿Qué quieres decir? ¡Están huyendo!

—Tranquilízate.

Federico, con mala cara, tocó con delicadeza la herida de la fren­te de Ezio.

—No es más que un rasguño.

—Me parece que es más que eso —decidió su hermano, una expresión seria en su rostro—. Mejor que te vea un médico.

—No tengo tiempo que perder visitando médicos —le espetó Ezio y añadió—: Además... —Se interrumpió aun sin quererlo—. No tengo dinero.

—¡Ja! Lo has desperdiciado en vino y mujeres, supongo. —Fe­derico sonrió y le dio una cariñosa palmada a su hermano en el hombro.

—No lo he desperdiciado exactamente, diría. Y mira el ejem­plo que acabas de darme. —Ezio sonrió, pero a continuación va­ciló. De pronto se dio cuenta de que la cabeza le latía con fuerza—. Me imagino que no pasa nada si me miran la herida. ¿Me puedes prestar unos cuantos fiorini?

Federico acarició su bolsa. No emitió ningún tintineo.

—La verdad es que en estos momentos voy un poco escaso —dijo.

Ezio sonrió ante la timidez vergonzosa de su hermano.

—¿Y en qué te lo has gastado? En misas e indulgencias, me imagino.

Federico se echó a reír.

—De acuerdo. Ya veo por dónde vas —asintió Ezio.

Miró a su alrededor. Al final, sólo tres o cuatro de los suyos ha­bían resultado lo bastante malheridos como para seguir todavía en el campo de batalla y estaban incorporándose, refunfuñando un poco, pero sonriendo también. Había sido una pelea dura, pero nadie se había roto ningún hueso. Por otro lado, más de media docena de es­birros de Pazzi yacían completamente noqueados, y como mínimo un par de ellos iban vestidos con caros ropajes.

—Veamos si nuestros enemigos caídos tienen alguna riqueza que compartir —sugirió Federico—. Al fin y al cabo, nuestra nece­sidad es mayor que la suya. ¡Y te apuesto lo que quieras a que no puedes aligerarles la carga sin despertarlos!

—Eso ya lo veremos —dijo Ezio, y se puso manos a la obra con bastante éxito.

En cuestión de pocos minutos había recogido monedas de oro suficientes como para llenar sus dos bolsas. Ezio miró triunfante a su hermano e hizo tintinear su recién cosechada fortuna para subrayar su gesta.

—¡Ya hay bastante! —gritó Federico—. Mejor que les deje­mos algo para que vuelvan cojeando a su casa. De hecho, no somos ladrones... Esto no es más que un botín de guerra. Y sigue sin gus­tarme la pinta de esta herida. Tenemos que ir volando a que te la miren.

Ezio asintió y se giró para ver una última vez el terreno don­de los Auditore acababan de conseguir una victoria. Perdiendo la paciencia, Federico posó una mano en el hombro de su hermano menor.

—Vamos —dijo, y sin más dilación echó a andar a un ritmo que a Ezio, debilitado por la batalla, le costaba seguir, aunque cuan­do se quedaba muy retrasado o tomaba el callejón equivocado, Fe­derico esperaba o corría para dirigirlo en la dirección correcta—. Lo siento, Ezio. Lo único que quiero es llegar al médico lo antes posible.

Y, de hecho, no estaba lejos, pero Ezio se sentía más cansado a cada minuto que pasaba. Al final llegaron a una estancia en penum­bra, decorada con instrumentos misteriosos y frascos de latón y cristal, dispuestos encima de mesas de roble oscuro y colgados del techo junto con racimos de hierbas secas, donde el médico de la fa­milia tenía su consulta. Ezio ya no podía tenerse en pie.

Al dottore Ceresa no le gustaba que lo despertaran en plena noche, pero su mal humor se tornó en preocupación en cuanto acercó lo bastante una vela para examinar con detalle la herida de Ezio.

—Hmmm... —dijo muy serio—. Vaya desastre que tenemos aquí, joven. ¿Acaso tu gente no tiene nada mejor que hacer que an­dar por ahí peleando constantemente?

—Era una cuestión de honor, buen doctor—intervino Federico.

—Ya entiendo —dijo el doctor sin alterarse.

—En realidad no es nada —dijo Ezio, aún sintiéndose débil.

Federico, que como siempre disimulaba con la ayuda de buen humor su preocupación, dijo:

—Hacedle un parche de lo mejorcito, amigo. Esa cara tan lin­da es lo único que tiene.

—¡Oye, fottiti! —replicó Ezio, levantando el dedo medio en dirección a su hermano.

El doctor les ignoró, se lavó las manos, exploró con cuidado la herida y empapó un paño con un líquido transparente de una de las muchas botellas que tenía. Limpió la herida con la solución y escocía de tal manera que Ezio a punto estuvo de saltar de la silla, su cara contorsionada por el dolor. A continuación, con la herida ya limpia, el doctor cogió una aguja y la enhebró con hilo fino de tripa.

—Muy bien —dijo—. Esto dolerá de verdad, un poco.

Una vez realizados los puntos de sutura y vendada la herida de tal modo que Ezio parecía un turco con turbante, el médico sonrió para animarlo.

—Serán tres fiorini, por ahora. Iré a tu palazzo en unos días y te quitaré los puntos. Eso serán tres fiorini más a pagar entonces. Tendrás un dolor de cabeza terrible, pero pasará. Intenta descan­sar... ¡aunque no sea lo tuyo! Y no te preocupes: la herida parece peor de lo que es en realidad. Y hay incluso un beneficio añadido: no tendría que quedarte cicatriz, de modo que en el futuro no creo que defraudes mucho a las damas.

De nuevo en la calle, Federico rodeó con el brazo a su herma­no menor. Extrajo una petaca del bolsillo y se la ofreció a Ezio.

—No te preocupes —dijo, percatándose de la expresión de Ezio—. Es la mejor grappa de padre. Mejor que la leche materna para un hombre en tu estado.

Bebieron los dos, el potente líquido calentando su interior.

—Vaya nochecita —dijo Federico.

—Ni que lo digas. Sólo me gustaría que fuesen todas tan di­vertidas como... —Pero Ezio se interrumpió al ver que su herma­no empezaba a sonreír de oreja a oreja—. ¡Oh, espera! —se corrigió, riendo—. ¡Lo son!

—Incluso así, me parece que un poco de comida y bebida no estaría mal para que te repusieses antes de volver a casa —dijo Fe­derico—. Es tarde, lo sé, pero por aquí cerca hay una taberna que no cierra hasta la hora de desayunar y...

—¿Y tú y el oste sois amici intimi

—¿Cómo lo has adivinado?

Cerca de una hora después, tras una comida a base de ribollita y bistecca, regada con una botella de Brunello, Ezio se sentía como si no hubiera resultado herido. Era joven y estaba en forma, y tenía la sensación de haber recuperado toda la energía perdida. La adre­nalina de la victoria sobre la banda de los Pazzi contribuyó sin lu­gar a dudas a la rapidez de su recuperación.

—Hora de volver a casa, hermanito —dijo Federico—. Segu­ro que padre estará preguntándose dónde estamos, y tiene decidido que seas tú quien le ayude con el banco. Por suerte para mí, no ten­go cabeza para los números, razón por la cual me imagino que se muere de ganas de meterme en política.

—En política o en el circo... por tu manera de comportarte.

—¿Cuál es la diferencia?

Ezio sabía que Federico no le guardaba rencor por el hecho de que su padre confiara más en él que en su hijo mayor para llevar el negocio familiar. Federico se moriría de aburrimiento si tuvie­ra que enfrentarse a una vida en la banca. El problema estaba en que Ezio tenía la sensación de que a él podría sucederle lo mismo. Pero de momento, la hora de enfundarse el traje de terciopelo ne­gro y la cadena de oro de los banqueros florentinos quedaba aún bastante lejos, y estaba decidido a disfrutar al máximo sus días de libertad e irresponsabilidad. Poco se imaginaba lo breves que iban a ser esos días.

—Mejor que nos demos prisa —estaba diciendo Federico—, si queremos evitar una bronca.

—Debe de estar preocupado.

—No..., sabe que nos apañamos muy bien solos. —Federico lanzó a Ezio una mirada inquisitiva—. Pero mejor que fuéramos ti­rando. —Hizo una pausa—. ¿No te apetece una apuesta? ¿Una ca­rrera, quizás?

—¿Hasta dónde?

—¿Qué te parece...? —Federico cruzó con la mirada la ciudad iluminada por la luz de la luna hasta alcanzar una torre no muy ale­jada—. El tejado de Santa Trinitá. Si no es demasiado para ti... y no queda lejos de casa. Pero sólo una cosa más.

—Dime.

—No correremos por las calles, sino por los tejados.

Ezio respiró hondo.

—De acuerdo. Ponme a prueba —dijo.

—De acuerdo, pequeño tartaruga. ¡Vamos!

Sin decir ni una palabra más, Federico se puso en marcha y es­caló un muro enlucido con la misma facilidad con la que lo habría hecho una lagartija. Se detuvo al llegar arriba, balanceándose casi entre las tejas rojas, rio y continuó su marcha. Cuando Ezio llegó a los tejados, su hermano le había sacado veinte metros de ventaja. Inició la persecución, su dolor olvidado gracias a la excitación y a la adrenalina. Vio que Federico daba un todopoderoso salto por enci­ma de un vacío negro como boca de lobo y aterrizaba sin problemas en el tejado plano de un palazzo gris que quedaba algo por debajo del nivel del tejado anterior. Corrió un poco más y esperó. Ezio ex­perimentó un destello de miedo al ver el abismo que se abría ante él, con la calle ocho pisos más abajo, pero tenía claro que antes mo­rir que vacilar frente a su hermano, de modo que, armándose de va­lor, dio un impresionante salto de fe viendo, mientras volaba, los adoquines de duro granito brillar bajo la luz de la luna mucho más allá de sus pies agitándose en el aire. Durante una décima de segun­do se preguntó si habría calculado bien, pues la dura pared gris del palazzo parecía estar elevándose delante de él, pero entonces, sin saber muy bien cómo, el muro se hundió y se encontró en el otro tejado, espatarrado, eso sí, pero todavía en pie, y eufórico, aunque respirando con dificultad.

—Hermanito, aún te queda mucho que aprender —bromeó Federico, poniéndose de nuevo en movimiento, una sombra veloz entre las chimeneas y bajo las nubes dispersas. Ezio echó a correr, vencido por el desenfreno del momento. Se abrían bajo sus pies otros abismos, algunos de ellos simples callejones, otros, amplias vías públicas. A Federico no se le veía por ningún lado. De pronto se alzó ante él la torre de Santa Trinitá, erigiéndose por encima de la superficie roja del tejado en ligera pendiente de la iglesia. Pero al aproximarse recordó que la iglesia estaba situada en medio de una plaza, y que la distancia entre su tejado y los de los edificios cerca­nos era mucho mayor que cualquiera que hubiera superado hasta el momento. Se atrevió a no dudar ni a perder velocidad; su única esperanza era que el tejado de la iglesia estuviera más bajo que aquel desde el que tuviera que saltar. Si conseguía coger la carreri­lla suficiente, y lanzarse de verdad en el aire, la gravedad haría el resto. Volaría como un pájaro durante un par de segundos. Alejó de su mente cualquier idea relacionada con las consecuencias de un posible fallo.

El extremo del tejado en el que se encontraba se acercaba de­prisa, y entonces... nada. Surcó los cielos, escuchando el aire silban­do en sus oídos, haciéndole llorar los ojos. El tejado de la iglesia pa­recía estar a una distancia infinita, nunca conseguiría llegar a él, nunca volvería a reír, ni a luchar, ni a tener una mujer entre sus brazos. No podía respirar. Cerró los ojos, y entonces...

Su cuerpo se dobló, estaba estabilizándose con las manos y los pies, pero los tenía de nuevo en suelo firme. ¡Lo había conseguido, a escasos centímetros del borde, pero había conseguido plantarse en el tejado de la iglesia!

Pero ¿dónde estaba Federico? Se encaramó a la base de la torre y se volvió para observar el camino por donde había venido, justo a tiempo para ver a su hermano volando por los aires. Federico aterri­zó con firmeza, pero el peso de su cuerpo desplazó un par de tejas de arcilla roja y a punto estuvo de perder el equilibrio cuando las tejas resbalaron tejado abajo hasta caer y hacerse añicos unos segundos después sobre los duros adoquines del suelo. Pero Federico recupe­ró enseguida el equilibrio y se enderezó, jadeando, evidentemente, pero con una amplia sonrisa de orgullo reflejada en su rostro.

—Veo que al final no eres un tartaruga —dijo, acercándose para darle a Ezio una palmada en el hombro—. Me has adelantado como un rayo.

—Ni siquiera me había enterado de que lo había hecho —dijo Ezio, intentando recuperar el aliento.

—Pero no me ganarás hasta lo más alto de la torre —replicó Federico, empujando a Ezio a un lado, y empezó a trepar por la achaparrada torre que las autoridades municipales pensaban susti­tuir por algo de diseño más moderno. Esta vez Federico llegó pri­mero, e incluso tuvo que echarle una mano a su hermano herido, que empezaba a pensar que meterse en la cama no sería mala cosa.

Estaban los dos sin aliento y permanecieron un rato recuperándo­se contemplando su ciudad, serena y silenciosa bajo la luz del ama­necer, un resplandor similar al brillo de una ostra.

—Llevamos una buena vida, hermano —dijo Federico con una solemnidad poco propia de él.

—La mejor —concedió Ezio—. Y que no cambie nunca.

Se quedaron los dos callados, ninguno de ellos deseoso de rom­per la perfección del momento, pero pasado un rato Federico habló en voz baja:

—Que tampoco cambiemos nunca nosotros, fratellino. Ven, tenemos que regresar. Allí está el tejado de nuestro palazzo. Rézale a Dios para que padre no se haya pasado la noche despierto, o lo sentiremos de verdad. Vámonos.

Se acercó al borde de la torre para descender hacia el tejado, pero se paró al ver que Ezio no se había movido de donde estaba.

—¿Qué sucede?

—Espera un momento.

—¿Qué estás mirando? —preguntó Federico, volviendo con él. Siguió la mirada de Ezio y a continuación se dibujó una sonrisa en su cara—. ¡Eres un picarón! No pensarás ir ahora allí, ¿no? ¡Deja dormir a la pobre chica!

—No..., creo que es hora de despertar a Cristina.

Hacía muy poco tiempo que Ezio había conocido a Cristina Calfucci, pero parecían ya inseparables, a pesar de que sus respec­tivos padres los consideraban aún demasiado jóvenes para esta­blecer una alianza formal. Ezio no estaba de acuerdo con eso, pero Cristina tenía sólo diecisiete años y los padres de la chica confiaban en que Ezio controlara sus desenfrenadas costumbres antes inclu­so de empezar a mirarlo con mejores ojos. Naturalmente, esto sólo servía para hacerlo más impetuoso si cabe.

El día que se conocieron, Federico y él estaban holgazaneando por el mercado principal después de comprarle unos abalorios a su hermana con motivo de su onomástica, viendo cómo las hermosas chicas de la ciudad revoloteaban de puesto en puesto con sus accompagnatrice, examinando unos encajes aquí, unas cintas y unos cierres de seda allá. Una chica, sin embargo, destacaba por encima de las demás, la más bella y elegante que Ezio había visto en su vida. Ezio nunca olvidaría aquel día, el día en que por primera vez posó sus ojos en ella.

—¡Oh! —había gritado sin quererlo—. ¡Mira! Es preciosa.

—Sí —dijo su hermano, siempre tan práctico—. ¿Por qué no te acercas a saludarla?

—¿Qué? —Ezio se quedó sorprendido—. Y después de salu­darla... ¿qué más le digo?

—Podrías intentar entablar conversación con ella. Sobre lo que tú has comprado, sobre lo que ella ha comprado, da lo mismo. Mira, hermanito, los hombres suelen tener tanto miedo de las chicas bo­nitas que cualquiera que se arme del valor suficiente para charlar con ella se sitúa de inmediato en una situación ventajosa. ¿Qué? ¿Te crees que no quieren que se fijen en ellas, que no quieren disfrutar de un poco de conversación con un hombre? ¡Por supuesto que quieren! Además, tú no eres feo, y eres un Auditore. Así que ve a por ella... y yo me encargaré de distraer a la carabina. Pensándolo bien, tampoco está tan mal.

Ezio recordó encontrarse a solas con Cristina, clavado en su si­tio, sin saber qué decir, emborrachándose de la belleza de sus ojos, su larga y suave melena castaña, su nariz respingona...

Ella se quedó mirándolo.

—¿Qué pasa? —le preguntó.

—¿A qué os referís? —espetó él.

—¿Qué hacéis aquí plantado?

—Oh..., ejem..., es que quería preguntaros una cosa.

—¿Qué cosa?

—¿Cómo os llamáis?

Ella puso los ojos en blanco.

«Maldita sea —pensó él—. Seguro que ya ha oído lo mismo un montón de veces».

—Ni os importa, ni tenéis necesidad de saberlo —dijo.

Y dio media vuelta. Ezio se quedó un momento mirándola, y echó a andar tras ella.

—¡Esperad!—dijo, poniéndose a su altura, jadeando más que si hubiera corrido un kilómetro—. No estaba preparado. Tenía pen­sado ser realmente encantador. ¡Y cortés! ¡E ingenioso! ¿No me da­réis una segunda oportunidad?

Lo miró sin dejar de andar, pero le regaló un débil indicio de sonrisa. Ezio estaba desesperado, pero Federico, que había estado observándolo, le dijo en voz baja:

—¡No te des por vencido ahora! ¡He visto que te sonreía! Se acordará de ti.

Envalentonado, Ezio la siguió discretamente, procurando que ella no se diera cuenta. En tres o cuatro ocasiones tuvo que escon­derse a toda prisa detrás de un puesto del mercado o, después de que ella abandonara la plaza, agazaparse en el umbral de una puerta, pero consiguió seguirla con éxito hasta la puerta de su mansión fa­miliar, donde un hombre al que reconoció enseguida le bloqueó a ella el paso. Ezio se quedó rezagado.

Cristina miró al hombre enfadada.

—Ya os lo he dicho, Vieri, no me interesáis. Y ahora, dejadme pasar.

Ezio, escondido, cogió aire. ¡Vieri de Pazzi! ¡Naturalmente!

—Pero signorina, yo sí estoy interesado. Muy interesado, de hecho —dijo Vieri.

—Entonces, poneos en la cola.

Intentó pasar por su lado, pero él se le plantó delante.

—Me parece que no, amore mío. He decidido que estoy cansado de esperar a que os abráis de piernas por voluntad propia. —Y la agarró bruscamente por el brazo, acercándola a él, rodeándola con su otro brazo mientras ella luchaba por liberarse.

—No estoy muy seguro de que estés captando el mensaje —dijo Ezio, adelantándose y mirando a Vieri a los ojos.

—Ah, el pequeño cachorro de los Auditore. Cane rognosol ¿Qué demonios tienes tú que ver con esto? Al diablo contigo.

—Y buon'giorno también a ti, Vieri. Siento mucho entrome­terme, pero tengo la clara impresión de que estás estropeándole el día a esta joven dama.

—¿Ah, sí? ¿De verdad? Disculpad, querida mía, mientras hago papilla a este advenedizo. —Y con esto, Vieri empujó a Cristina a un lado y arremetió contra Ezio con su puño derecho. Ezio lo esqui­vó sin problemas y saltó para ponerle la zancadilla a Vieri en el mo­mento en que la inercia de su embestida lo arrastraba hacia delan­te, enviándolo de bruces al suelo.

—¿Has tenido bastante, amigo? —dijo en tono burlón Ezio.

Pero Vieri se incorporó en un instante y se abalanzó sobre él rabioso, agitando los puños. Le atizó un fuerte golpe a Ezio en la mandíbula, pero éste repelió un gancho de izquierda y consiguió que dos suyos impactaran con éxito, uno en el estómago y, mientras Vieri se doblegaba de dolor, otro en la mandíbula. Ezio se volvió ha­cia Cristina para ver si estaba bien. Sin aliento, Vieri retrocedió, pero en el mismo instante su mano se desplazó velozmente hacia su daga. Cristina captó el movimiento y articuló involuntariamen­te un grito de alarma al ver que Vieri hacía descender la daga sobre la espalda de Ezio, que, alertado por el grito, se giró justo a tiempo para agarrar con firmeza a Vieri por la muñeca y arrebatarle la daga. El arma cayó al suelo. Los dos jóvenes se quedaron frente a frente, respirando con dificultad.

—¿Es eso lo mejor que puedes hacer? —dijo Ezio apretando los dientes.

—¡Cierra el pico o juro por Dios que te mato! Ezio se echó a reír.

—Supongo que no debería sorprenderme verte intentando imponerte a la fuerza sobre una chica bonita que evidentemente te considera una boñiga de estiércol... ¡si tengo en cuenta cómo tu papá intenta imponer a la fuerza sus intereses bancarios sobre Flo­rencia!

—¡ Eres imbécil! ¡Es tu padre el que necesita una buena lección de humildad!

—Ha llegado la hora de que los Pazzi dejéis ya de calumniar­nos. Aunque claro, eres todo boca y nada de puños.

A Vieri le sangraba la boca de mala manera.

—Pagarás por esto... tú y todos los de tu casta. ¡No pienso ol­vidar esto, Auditore!

Escupió a los pies de Ezio, se agachó para recoger la daga, dio media vuelta y echó a correr. Ezio se quedó mirando hasta verlo de­saparecer.

Recordó todo esto en la torre de la iglesia, contemplando la casa de Cristina. Recordó la euforia que sintió al volverse hacia Cristina y ver un nuevo calor en sus ojos al darle las gracias.

—¿Os encontráis bien, signorina? —le dijo.

—Ahora sí... gracias a vos. —Dudó, su voz temblando aún de miedo—. Me preguntasteis antes cómo me llamaba... Me llamo Cris­tina. Cristina Calfucci.

Ezio hizo una reverencia.

—Es un honor conoceros, signorina Cristina. Ezio Auditore.

—¿Conocéis a ese hombre?

—¿A Vieri? Nuestros caminos se han cruzado alguna que otra vez. Pero nuestras familias no tienen motivo alguno para lle­varse bien.

—No quiero volver a verlo jamás.

—Si en mis manos está evitarlo, así será.

Ella sonrió tímidamente y dijo:

—Ezio, tenéis toda mi gratitud... y debido a eso, estoy dispues­ta a daros una segunda oportunidad, después de vuestro mal co­mienzo.

Se echó a reír delicadamente y a continuación le dio un beso en la mejilla antes de desaparecer en el interior de su mansión.

La pequeña multitud que de forma inevitable se había congre­gado obsequió a Ezio con una salva de aplausos. Hizo una reveren­cia, sonriendo, pero en el mismo instante en que se marchaba de allí supo que, aunque tal vez había hecho una nueva amiga, también había hecho un enemigo implacable.

—Deja dormir a Cristina —volvió a decir Federico, despertan­do a Ezio de su ensoñación.

—Ya habrá tiempo para eso... más tarde —replicó—. Tengo que verla.

—De acuerdo, si tienes que hacerlo... intentaré buscarte una coartada con padre. Pero vigila..., es muy posible que los hombres de Vieri sigan rondando por aquí.

Y con eso, Federico trepó por la torre hasta alcanzar el tejado y saltó desde allí a una carretilla de heno estacionada en la calle que llevaba a su casa.

Ezio lo vio marchar y entonces decidió emular a su hermano.

La carreta de heno parecía estar muy lejos, pero recordó lo que ha­bía aprendido, controló la respiración, se relajó y se concentró.

Y voló por los aires, dando el mayor salto que había dado en su vida. Por un instante creyó haber calculado mal su objetivo, pero consiguió calmar su pánico momentáneo y aterrizó sano y salvo en el heno. ¡Un auténtico salto de fe! Algo jadeante, pero jubiloso por su éxito, Ezio se lanzó a la calle.

El sol empezaba a asomar por encima de las montañas del este pero aún había poca gente por las calles. Ezio estaba a punto de po­ner rumbo a la mansión de Cristina cuando escuchó el retumbar de unos pasos e, intentando desesperadamente esconderse, se agazapó entre las sombras del porche de la iglesia y contuvo la respiración. Eran precisamente Vieri y dos de los hombres de seguridad de los Pazzi los que doblaban la esquina.

—Mejor que lo dejemos correr, jefe —dijo el hombre de más edad—. Hace ya rato que se han ido.

—Sé que andan por aquí —espetó Vieri—. Casi los huelo.

Junto con sus hombres recorrió la plaza de la iglesia pero no mostró signos de querer ir más allá. La luz del sol iba encogiendo las sombras. Ezio se arrastró de nuevo con cautela hasta el refugio del carro de heno y permaneció allí durante un tiempo que le pare­ció una eternidad, impaciente por ponerse en marcha. En una ocasión, Vieri pasó tan cerca que fue Ezio quien casi lo olió a él, aunque finalmente Vieri indicó a sus hombres con un gesto de enfado que si­guieran adelante. Ezio permaneció sin moverse todavía un rato más, bajó de un salto del carro y exhaló un largo suspiro de alivio. Se sacudió y rápidamente cubrió la corta distancia que lo separaba de Cristina, rezando para que nadie en su casa se hubiera levantado ya.

La mansión seguía en silencio, aunque Ezio se imaginaba que los criados estarían preparando los fuegos de la cocina en la parte de atrás. Sabía cuál era la ventana de Cristina y arrojó un puñado de gravilla a las contraventanas. El ruido fue ensordecedor y esperó, el co­razón en un puño. Las contraventanas cedieron enseguida y ella apareció en el balcón. Su camisón dejaba entrever los deliciosos contornos de su cuerpo. El deseo se apoderó de él al instante.

—¿Quién es? —dijo ella sin alzar la voz.

Él se colocó de manera que pudiera verle.

—¡Yo!

Cristina suspiró, aunque no de un modo desagradable.

—¡Ezio! Debería habérmelo imaginado.

—¿Puedo subir, mia colomba?

Ella miró por encima del hombro antes de responder con un susurro:

—De acuerdo. Pero sólo un minuto.

—Es todo lo que necesito.

Cristina sonrió.

—¿De verdad?

El se quedó confuso.

—No..., lo siento..., ¡no quería decir eso! Deja que te enseñe...

Miró a su alrededor para asegurarse de que la calle seguía de­sierta, afianzó el pie en uno de los grandes aros de hierro para atar a los caballos clavados en la mampostería gris de la casa, y se impulsó hacia arriba, encontrando con relativa facilidad asideros y puntos de apoyo en el almohadillado del muro. En un abrir y cerrar de ojos se había encaramado a la balaustrada y la tenía entre sus brazos.

—¡Oh, Ezio! —suspiró ella, y se besaron—. Mira tu cabeza. ¿Qué has hecho esta vez?

—No es nada. Un rasguño. —Ezio hizo una pausa, sonrien­do—. A lo mejor ahora que estoy arriba, podría también pasar.

—¿ Pasar dónde ?

Era todo inocencia.

—A tu alcoba, naturalmente.

—Bueno, quizás... si estás seguro de que lo único que necesitas es un minuto...

Abrazados, cruzaron las puertas dobles y se adentraron en la cálida luz de la habitación de Cristina.

Una hora después, los despertaba la luz del sol que entraba por las ventanas, el alboroto de los carros y la gente en la calle y, lo peor de todo, el sonido de la voz del padre de Cristina al abrir la puerta del dormitorio.

—Cristina—estaba diciendo—. ¡Es hora de levantarte, hija! Tu tutor estará aquí en cualquier... ¿Qué demonios? ¡Hijo de puta!

Ezio dio un beso a Cristina, rápido pero apasionado.

—Es hora de irme, me parece —dijo, recogiendo su ropa y co­rriendo hacia la ventana. Se deslizó pared abajo y estaba ya ponién­dose el traje cuando Antonio Calfucci apareció arriba en el balcón. Estaba blanco de rabia.

Perdonate, messere —propuso Ezio.

—Ya te daré yo a ti perdonate, messere —vociferó Calfucci—. ¡Guardias! ¡Guardias! ¡Perseguid a ese cimice! Traedme su cabeza! ¡Y quiero también sus coglioni!

—He dicho que lo siento... —empezó a decir Ezio, pero las ver­jas de la mansión acababan de abrirse y los guardaespaldas de los Calfucci habían hecho su aparición, empuñando sus espadas. Más o menos vestido, Ezio echó a correr calle abajo, esquivando carretillas y abriéndose paso a empujones entre los ciudadanos, ricos hombres de negocios vestidos de negro solemne, mercaderes vestidos en to­nos marrones y rojos, gente más humilde con túnicas de sencillos tejidos e, incluso, una procesión eclesiástica con la que chocó tan inesperadamente que cayó dando tumbos sobre la estatua de la Vir­gen que transportaban unos monjes con capirotes negros. Por fin, después de escabullirse por callejones y superar muros, se detuvo a escuchar. Silencio. Ya no se oían siquiera los gritos y las palabro­tas de la población que lo habían seguido constantemente. Y en cuanto a los guardias, se los había quitado de encima, de eso estaba seguro.

Sólo confiaba en que el signor Calfucci no lo hubiera recono­cido. Cristina nunca lo traicionaría, seguro. Además, se camelaría a su padre, que la adoraba. Y aun en el caso de que lo descubriera, re­flexionó Ezio, no sería un mal enlace. Su padre dirigía uno de los bancos más grandes de la ciudad, y llegaría el día en que sería más grande que el de los Pazzi o incluso..., ¿quién sabía?..., que el de los Medici.

Utilizando callejuelas secundarias, acabó llegando a casa. Con quien primero se tropezó fue con Federico, que lo miró muy serio y sacudió la cabeza dándole una sensación de mal agüero.

—De ésta no te escapas —dijo—. No digas que no te avisé.

  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   29

Añadir el documento a tu blog o sitio web

similar:

Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…» iconSoy un ser humano, estudiante de la carrera de Mecatrónica de 17...

Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…» iconEl nombre de Dios perteneciente a kether rtk en Atziluth t w L y...

Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…» iconEl poema criollo “Yo soy gavilán primito cuando me enfrento a la...

Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…» iconConversaciones con
«¿quién soy yo?». Después de todo, el único hecho del que está seguro es que usted es. El «yo soy» es cierto. El «yo soy esto» no....

Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…» iconConversaciones con
«¿quién soy yo?». Después de todo, el único hecho del que usted está seguro es que usted es. El «yo soy» es cierto. El «yo soy esto»...

Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…» icon1. origin or nationality: Soy de los Estados Unidos. Soy americano

Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…» iconHola yo soy Juan Pablo Zamarripa pero mis amigos me llaman Juanpi....

Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…» iconHace aproximadamente una hora soy feliz porque soy mujer y dios me...

Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…» icon¡Hola! ¡Buenos días! Mi nombre es Agustín y soy vuestro profesor...

Resumen «Buscaré la venganza contra aquellos que traicionaron a mi familia. Soy Ezio Auditore di Firenze. Soy un assassin…» iconResumen después de un largo viaje regresarán al hogar aquellos que...






© 2015
contactos
l.exam-10.com