Resumen se formula una apreciación clínica del ex-asesor presidencial Vladimiro Montesinos desde los puntos de vista psicológico, psiquiátrico y psicoanalítico.






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títuloResumen se formula una apreciación clínica del ex-asesor presidencial Vladimiro Montesinos desde los puntos de vista psicológico, psiquiátrico y psicoanalítico.
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La ética de Montesinos
Para construir hipótesis factibles en la explicación dinámica y estructural inconsciente de Montesinos, requerimos primero exponer algunos parámetros en la teoría psicoanalítica sobre las perversiones, aunque ello nos demande más espacio que el esperado destinado a nuestro desarrollo final.
Es ya un hecho corrientemente aceptado en Occidente la existencia de la actividad sexual infantil. Para Freud, la sexualidad infantil de la cual deriva la adulta definitiva es polimorfa y perversa. El cuerpo infantil es inicialmente cargado o catectizado de libido por la madre, privilegiando tal erogeneidad determinadas regiones corporales como la boca, el ano y los genitales así como todo borde colindante de la superficie del cuerpo con su interior. A su vez, puede observarse en el niño las tendencias conocidas en la vida adulta como “perversas”, como por ejemplo el placer en la contemplación de los genitales de otros, la exhibición de los propios o de acciones fisiológicas, la crueldad y el regodeo en la suciedad, en tanto en cuanto valores como la vergüenza, la compasión y la repugnancia no se han instalado social y culturalmente lo suficiente aún. Esta sexualidad infantil que da una impresión caótica está en realidad organizada en lo que se llaman pulsiones parciales con relación a la fuente de su demanda erógena (oral, anal, genital), al tipo de la actividad pulsional (escópico-exhibicionista, sádico-masoquista), o al objeto (autoerotismo, bisexualidad, zoorastia, coprofilia, etc.). Pero en términos globales, las pulsiones parciales pueden distribuirse en pulsiones de vida (Eros) y pulsiones de muerte, las cuales están siempre imbricadas y yuxtapuestas en magnitudes indistintas. De esta manera, las pulsiones de muerte pueden reconocerse en algunas variedades que combinadas de ciertas cantidades de libido dan lugar a la pulsión destructiva y la de aprehensión o voluntad de poderío. En tal sentido, la pulsión destructiva en su modalidad oral se revela como sadismo canibalístico y ansias de devorar y triturar; en una modalidad sádico-anal, como el deseo de maltratar analmente tanto activa como pasivamente, y en una modalidad fálica, como la fantasía de castrar para privar de la satisfacción genital. Para remontar estas tendencias primitivas es necesario que se forme una barrera, como dique de contención, que las reprima confinándolas al inconsciente. La instancia psíquica encargada de velar por el cumplimiento de la prohibición de tales tendencias antisociales es el superyó, instaurado por la ley paterna que regula las vías del modo de goce futuras. Vemos que algo anómalo ha tenido lugar en el superyó del individuo perverso adulto.

En su trabajo El problema económico del masoquismo, Freud estipula la existencia de tres tipos de masoquismo: el masoquismo sexual o erótico (y el masoquismo como perversión), el masoquismo femenino y el masoquismo moral. Nosotros invertiremos la fórmula para el masoquismo moral, denominándolo sadismo moral, pero advirtiendo que no es su contraparte ni que ambos son recíprocos o complementarios por necesidad. El sadismo moral supondría una sexualización del superyó en virtud de lo cual una fusión o mezcla de pulsiones (eróticas y agresivas) son proyectadas al mundo exterior y descargadas en él. Es decir que se produce una destrucción objetiva con satisfacción libidinal concomitante. Ya antes habíamos atribuido tal cualidad a Montesinos, a lo que ahora añadiríamos que se trata allí de una identificación con el superyó sexualizado, con sus características típicas de expresión de poder, rigor, vigilancia y castigo. Para el sádico el objeto de la satisfacción es lo más lábil e indiferente; lo importante es la inflexión de sufrimiento, dolor y humillación por sí mismos.
Para decirlo en otras palabras, las de Melanie Klein, en cuanto a la criminalidad y el comportamiento antisocial, no se trata de una debilidad, laxitud o ausencia de superyó o de conciencia moral, como pudiera imaginarse, sino de todo lo contrario. De una extraordinaria severidad y sadismo del superyó. Asimismo, cuando se le atribuye al psicópata el ser carente de remordimientos o sentimientos de culpa; bueno, hasta la fecha no sabemos de nadie tan feliz como para desconocer tales sentimientos. Según Klein, el ciclo (1)culpa-(2)comisión es una constante en los niños con rasgos prefigurativos de criminalidad. Sólo en apariencia se invierte el orden temporal de causa y efecto. Sería así (1)persecución-(2)comisión.
Un perverso es, más bien, alguien comprometido y consecuente en cuerpo y alma con la causa de un goce; un goce que imagina dependiente de sí mismo, pero que sin embargo –correspondiendo al adagio del nadie sabe para quien trabaja– lo sacrifica al goce de un Otro. El Otro es lo que el perverso encuentra de su universo externo, de un anónimo o de lo más relevante en él, el non plus ultra de la autoridad, el Padre real, Dios –que para el marqués de Sade era nada menos que el “Ser-Supremo-en-Maldad”. Leamos una sentencia sadiana que lo resume: “Tengo derecho a gozar de tu cuerpo, puede decirme quienquiera, y ese derecho lo ejerceré, sin que ningún límite me detenga en el capricho de las exacciones que me venga en gana saciar en él”. De este lado vamos viendo una salida a la paradoja sometimiento-complicidad sadomasoquista: que lo que repugna al sádico es justamente una repartición coordinada del goce, la equidad y reciprocidad cristiana. El sádico monopoliza el goce del dolor para obsequiarlo como ofrenda oblativa al Otro. Indicaremos cuál es la razón del goce del Otro en función de la cual se mueve todo perverso. Adelantamos que se trata de un goce fálico destinado a tapar un hueco que es una ausencia. Pero de un goce fálico muy monótono y aburrido como lo sería todo material pornográfico que se precie de tal. En esto nos parecemos todos al perverso; en la monotonía del fantasma que retorna siempre y de continuo a los mismos cauces de relación con el objeto (“ahora me chupa”, “ahora yo lo chupo”, “ahora me muerde”, “lo que quiere es que lo muerda”, “ahora me come”, “ahora me caga”, “me mira”, “lo oigo”, etc.), sólo que el perverso no coloca ese goce en el otro semejante, sino en el Otro universal que no existe.
Antes de seguir planteamos la siguiente acotación a todo lo expuesto: Para comprender la perversión no nos es realmente lo más importante la parte corporal puesta en juego, es decir su naturaleza “sexual”, sino su compromiso al nivel del goce para obtenerlo. Hablar simplemente de “perversión sexual” para el caso de Montesinos nos sería no sólo vano sino insulso. La esencia de las perversiones como componente básico de la sexualidad infantil no fue reconocida por Freud a través de la observación clínica de perversos, ni tampoco de niños, sino de neuróticos. En general es común la recurrencia a actividades perversas por parte de los neuróticos, y ninguna persona en su intimidad sexual deja de presentar alguno de aquellos rasgos (tocamiento, contemplación, exposición, convergencia de cierta dosis de agresión y de resistencia, así como de pasividad, detención temporal preparatoria en determinados órganos, uso alterno de ciertos órganos de finalidad diversa, etc).
Dicho lo cual propondremos que el núcleo real perverso en Montesinos es el fetichismo. Pero el fetichismo en un sentido generalizado, en el sentido del “coleccionista” de objetos suplementarios preventivos de la castración, lo que significa que el conjunto de objetos configura una identidad fálica que representa a Una sola Cosa. Así cualquier forma de fetichismo es un revelado del negativo de la fobia, por la angustia de la pérdida. El fetichista cree asegurarse de que “lo tiene” adjudicándole a la Madre la tenencia fálica. Para Freud, en el fetichismo concurre un desplazamiento de la pulsión escoptofílica o voyeurista hacia objetos externos fijados, así como el sadismo aisla un componente de la actividad sexual –la crueldad y la agresión– y lo exclusiviza. El exhibicionismo estáría motivado por el miedo a la amenaza de castración y es la contraparte del voyeurismo, así como el sadismo lo es del masoquismo, siendo ambas pulsiones parciales reversibles; es decir que ambos agentes, los del fin activo (maltratar, ver) y los del fin pasivo (ser maltratado, ser visto) pueden intercambiarse. El sadismo “sexual” responde a una interpretación infantil violenta del acto sexual de los padres y, en general, las perversiones son efecto de una inhibición sexual del desarrollo, es decir que el perverso no se ha vuelto sino que ha quedado como tal. El fetichismo es en particular importante para comprender la dinámica de las perversiones por su carácter radical de poder prescindir de todo objeto animado o de ser vivo para el alcance de la satisfacción.
La exploración psicoanalítica nos dice que el fetiche ocupa el lugar y cobra el valor del pene de la madre: es un sustituto de su pene que garantiza la conservación del propio negando la castración en ella. Entonces el falo materno se desplaza por horror a la castración a un objeto externo. Sin embargo esta solución es paradojal, porque al mismo tiempo que se niega la castración de la madre se asume de manera implícita su inexorabilidad al colocar su falo fuera. Podría decirse que esta contradicción se expresa inconscientemente en los siguientes términos: “la madre conserva el pene y el padre la ha castrado”. El fetichismo ha acaecido además como una reacción al voyeurismo prohibido: el niño no puede ver el coito de los padres y no quiere ver la castración en la madre y mira a otra parte. Por ejemplo a sus zapatos o sus ropas íntimas, etc. En tal sentido la erogeneidad se halla lejos de los genitales y ya ni siquiera en el ojo, sino en un objeto externo, completamente extraño al cuerpo.
Lo que el fetichista busca es la relación con una falta de objeto por fuera de la vía humana. Para él la situación es satisfactoria porque es enteramente dominable y controlada. Lacan en su seminario La relación de objeto introduce el siguiente esquema para el perverso fetichista:


El fetichista es el sujeto; el objeto es lo que se supone que busca más allá del símbolo de su fetiche dibujado sobre el velo de la cortina, por ejemplo:

ropa valiosa , relojes rolex , control y vigilancia (cuentas, videos)

mamá con pene mamá sin pene papá que castra
En el lugar de “nada” está el falo materno que no puede no estar: Fetiche


El fetiche ocupa el lugar de lo que no está, un objeto fuera, ilusorio. (En rigor, hablamos del objeto transicional de Winnicott, el indicador genético del fetichismo.) Ha habido una detención en la imagen y su perennidad, como una película detenida justo antes de la escena donde pueda aparecer el falo materno. A este dispositivo visual Freud lo llama RECUERDO-PANTALLA (“Deckerinnerung”), y es no sólo la instantánea de un momento sino la interrupción –pause– de la historia en suspenso. Para Montesinos la pantalla es más preciosa que la realidad porque sobre su superficie puede representar su proyección imaginaria. En esto es función de velo el fetiche, una condición de la que pende el deseo. Pero en Montesinos se manifiesta además con gran énfasis la pulsión escópica. Por eso el objeto pasa de ser mera falta a algo más específico: a ser mirada (a). Entonces la historia representada prosigue sucediéndose ad infinitum. Pero sostenemos que en su estructura el nódulo es el factor fetichista (fetiche proviene del portugués factiço que significa facticio). La dimensión de voyeur corresponde a una impotencia del ojo a ver lo que transcurre más allá por el lado del goce por estar supeditado al deseo del Otro, ergo conságrase con denuedo a ser un objeto de goce fálico para el Otro. Aquí reside la esencia perversa según Lacan. El perverso se propone a sí mismo como un devoto “defensor de la fe”, que el Otro obtenga un goce fálico a través suyo, entregándose a obturar su agujero de falta.
Si notamos la función del Otro en el voyeur contaremos con su inclusión 3 agentes: el que mira (“visualiza” o “visiona”, como se puso de moda decir a propósito de Montesinos y sus videos) –activo–, el que es mirado –pasivo–, y el testigo que mira al que mira sancionando que no debería mirar –el Otro–. El perverso, voyeur o exhibicionista, requiere de una sanción del Otro como condición para el goce; a través de su mirada como objeto que tapa o de su agresividad como efecto que satisfaga, se esfuerza en la Misión vana de demostrar que el Otro existe. Ambas pulsiones visuales no son simétricas sino paralelas, porque mientras una busca demostrar que tiene algo bajo el fondo de que no lo tiene, bajo la realidad de su impotencia, la otra muestra realmente su impotencia de tener porque el ojo es impotente y su goce radica sólo en la violación de una prohibición en el acto de fisgonear y espiar, y nada más.



Ahora vamos a revisar lo dicho sobre los momentos de la pulsión parcial. Basándonos en Freud, extendemos la fórmula de los tiempos del masoquismo a la pulsión escópica. Hay (1) la voz activa “ver”, (2) la voz refleja “verse” a sí mismo y (3) la voz pasiva “ser visto” por otro. Freud dice que es recién en el tercer momento, el de la voz pasiva, donde emerge un nuevo sujeto para la pulsión ya que en los anteriores ésta es autoerótica. Lacan lo reformula planteando que la voz es activa en los tres tiempos: (1) “ver” y (2) “verse”, donde todavía no hay una posición definida del sujeto, y (3) no tan sólo “ser visto” por otro sino “hacerse ver” por el Otro. Éste último es el momento de la perversión escoptofílica, cuando el sujeto pasa a ser objeto, procurando responderse a la pregunta sobre el deseo del Otro “¿Qué quiere?”. La estrategia imaginaria del fantasma es “lo que quiere es algo para ver”. El “fin” de la pulsión parcial, como lo indica el circuito lacaniano diagramado, adaptado por nosotros para la pulsión escópica, está en el recorrido, trayecto o viada (aim) y en su meta (goal). La fuerza, presión o perentoriedad de la pulsión se dirige a sólo bordear al semblante del objeto mirada, puesto que está perdido (a) y no se recupera. La “fuente” es de naturaleza biológica y atañe a la zona erógena de la cual emana la “presión”. Es un borde que remonta esta fuerza e involucra al ojo. Luego de conseguido el fin, la pulsión se relanza.
La mirada debe estar perdida y debe faltar para que la percepción ocular se organice. Una mirada en lo real impediría el enfoque, la configuración de las imágenes y una desaprehensión del goce más allá del cuerpo que se vivenciaría fragmentado. Luego la mirada estaría en todos lados, “las cosas miran”. En ello estriba una diferenciación estructural de las psicosis y las perversiones en lo concerniente a la mirada como objeto, en lo que se dio a llamar la esquizia del ojo y la mirada. Tanto el exhibicionista como el voyeurista se dan a ver mostrándose como mirada para el Otro, creyendo tener la mirada, que ella no está perdida. El exhibicionista llama a ser visto mientras que el voyeur espera ser descubierto mirando, recibiendo la sanción de vergüenza del Otro. Ambos se ofrecen como mirada. La pulsión se relanza porque el objeto no se encuentra sino que se revela como un espejismo, un puro truco que frustra la divina demanda del gran Otro omnividente anónimo.
Hemos confeccionado un esquema optativo para la dinámica inconsciente estructural de Montesinos al que llamaremos “Vladiesquema”:



Un cuaternario compuesto de dos triángulos adyacentes. A la derecha el triángulo de lo simbólico S con 3 factores: el Otro [A], el Ideal del Yo [I(A)] y el objeto a [a]. El Otro en tanto Padre superyoico que clama «¡Goza!» es la ética de Montesinos. Su ética está sujetada a un mandato imperativo que identifica en una sola dos causas opuestas: la Ley con el goce, según la versión del Padre. (Un juego de palabras lacaniano es expresivo y aleccionador: la pèreversion=perversión, père=padre, vers=hacia, version=versión; ”versión hacia el padre”.) Que la transgresión de una ley sea condición para el goce, deviniendo esta condición en la ética promulgada por La Ley. Por la parte del Ideal del Yo, identificación paterna, encontramos nada menos que a la Segunda Espada de la Revolución, Vladimir Illich Lenin. Reflexionemos en que Abimael Guzmán –subrrogado paterno– se autoproclamaba la Cuarta Espada. Como a ubicamos para lo simbólico S a la voz como objeto del sadismo, un sordo golpe de sonido procedente de lo real R. Podemos entender la Ley del Padre como pacto simbólico o como imperativo ciego; el segundo es el caso de Montesinos. Para generar una ética es necesaria una legalidad, un código general desprovisto de afectos y de objetos, no buenas intenciones en el cumplimiento de ideales sino un estatuto firme de sujeción para todos. La Ética no puede ser parcial, debe ser absoluta, estricta e inflexible.
Si despojamos a la voz de la palabra y su significación nos quedamos con un golpe, el golpe del sádico. El significante implica a la voz, pero la voz no al significante. La voz aislada de la letra se constituye en el superyó sádico, su conciencia moral que le ordena oír la Ley indiscriminada del Padre «¡Goza!» con lo cual el sujeto queda alienado en el Ideal del Yo, siendo reducido a trabajar con fervor para el Otro. El sádico pretende expropiar la facultad de palabra del Otro, inoculándole a capricho su propia voz. Pero falla porque la voz no es suya. ¿De dónde la saca?
El otro triángulo, el triángulo imaginario I no es enteramente imaginario porque incluye al matema un significante fallido del Otro o un significante del Øtro castrado que no existe porque no goza. La estrategia imaginaria fantasmática enuncia “Yo tengo el falo” para el sujeto y debajo vemos que no lo tiene [ menos fi minúscula] y al costado que si lo tiene será una respuesta fallida a la pregunta por el deseo del Øtro. Podríamos pensar otra vez en Lenin, pero como yo ideal [i(a)] imaginario, como imagen especular del otro para el Otro por lo que se articula del deseo en el fantasma –el Padre imaginario–, aunque no lo sabemos. ¿Qué implica Lenin imaginariamente?* En el tercer vértice está a ahora como mirada que se da a ver por el truco “Yo tengo el falo”. Una atribución fálica de la mirada por estar perdida y engañosamente reencontrada. Para completar, la vía de lo real R se acoge en el segmento final hacia el objeto a que es lo que no podemos decir –sobre Lenin, por ejemplo, el Otro real ¿qué quiere conmigo?
Acerca de la flecha que va del Otro al sujeto “Yo tengo el falo”, diremos con relación al objeto a, la mirada, que la aplicación de una solución como la de Montesinos, donde la proliferación de fetiches que hacen Una Cosa –y no La Cosa (a)– en busca de asegurarse por la pérdida fálica, no representa a fin de cuentas sino a la propia castración, en concordancia con el reverso típico de las soluciones neuróticas. El corolario de la castración es convenir en elidirla a la manera del mito de la cabeza de Medusa y su mirada petrificante. Se vale entonces de los muchos artificios electrónicos y mecanismos audiovisuales adquiribles para el control de sus “posesiones”, para lo que un buen símil es la llamada instrumentalización sadomasoquista, perversa además a fin de cuentas.
Quizá el drama de Montesinos consista en desconocer al servicio de qué Otro consagra su labor demostrativa de goce. ¿Quiere demostrar que no hay quien, con alicientes, pueda eximirse de incurrir en un goce transgresor promulgado por el principio de su ética Ley=goce?, ¿que es un hipócrita quien se piense capaz de recusarla? Por lo pronto sostendremos una contestación afirmativa de ambas preguntas. No hay moralejas. Montesinos es un hombre de su época, pues su vida trascurre en un tiempo canibalista signado por el imperio absoluto de la imagen, lo visual, la informática y la fetichización de los objetos, las transacciones y las relaciones.


* Nota de junio de 2001: En favor de nuestra hipótesis sobre la situación de Lenin en el ángulo del Ideal del Yo, como identificación simbólica paterna recusativa, hacemos constancia de las primeras dos exigencias planteadas por Montesinos, inmediatas a su traslado a Lima tras su captura en Venezuela en calidad de prisionero:

  1. No permanecer recluido en la Base Naval del Callao, en el recinto que él mismo diseñó personalmente para recluir a Abimael Guzmán y a otros terroristas (al no considerarse su petición se declaró en huelga de hambre).

  2. Que su verdadero nombre no es Vladimiro ‘Lenin’ Montesinos Torres, como se había hecho público en la propaganda que ofrecía una recompensa por revelar datos que condujesen a su paradero, sino simplemente Vladimiro Montesinos Torres. Consta en documentos oficiales que su nombre original y completo es el que indicamos, Vladimiro Illich Montesinos Torres.



04/2001

  • csparrowly@hotmail.com

  • CIRCULOIMAGO@terra.com


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS



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“Manual diagnóstico y estadístico de los trastorno mentales DSM-IV” Washington, 1994.


  1. CARETAS –ilustración peruana–, Dossier “Montesinos. Toda la historia” Lima, 2000.




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  1. FREUD, Sigmund “Los instintos y sus destinos” Viena, 1915.




  1. FREUD, Sigmund “El problema económico del masoquismo” Viena, 1923.




  1. FREUD, Sigmund “Fetichismo” Viena, 1927.




  1. KLEIN, Melanie “Sobre la criminalidad” Londres, 1934.




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  1. LACAN, Jacques “Seminario 7. La ética del psicoanálisis” París, 1959-1960.




  1. LACAN, Jacques “Seminario 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”

París, 1964.


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  1. MIRA Y LÓPEZ, Emilio “Psiquiatría” Buenos Aires, 1954.




  1. SADE, Marquis de “La Philosophie dans le boudoir ou les instituteurs inmoraux.

Dialogues destinés à l’education des jeunes demoiselles” Paris, 1795.


  1. WINNICOTT, Donald W. “Transitional objects and transitional phenomena”

Londres, 1951.


 Publicado en la Revista de Psicología de la UNMSM (2001). Año V, No. 1 – 2.



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