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OLIVERIO GIRONDO

OBRA

EDITORIAL LOSADA, S. A

BUENOS AIRES

Queda hecho el depósito

que marca la ley 11.723

© by Editorial Losada, S.A.

Buenos Aires, 1968

7ª edición: julio 1996

Tapa: Alberto Diez

Las ilustraciones del interior corresponden

a las de las primeras ediciones

ISBN: 950-03-0401-5

Impreso en Argentina - Printed in Argentina


HACIA EL FUEGO CENTRAL O

LA POESÍA DE OLIVERIO

GIRONDO

por ENRIQUE MOLINA


El misterioso mercurio que convierte ciertas páginas de

poesía en un espejo capaz de reflejar las más reveladoras

imágenes del sueño y de la tierra, suele, a menudo,

disolverse con los años para dejar sólo un papel

amarillento, unas palabras carbonizadas. Era falso.

Al abrir ciertos libros que nos parecieron invulnerables en

su momento suele encontrarse en ellos apenas algún

huesecillo de frases que resiste, o sólo la flor ya seca que se

colocó como señal. El miedo a la poesía, al extremo

testimonio del ser que ella exige, la sumisión a toda clase

de cálculos y conformismos acaba, tarde o temprano por

aparecer al desnudo. Un metro de hierro negro restablece

entonces, con despiadada objetividad, las jerarquías. Lo

másbellodeltiempo,sublasfemia,establece

constantemente una óptica nueva.

Casi medio siglo desde la aparición de una obra poética

es tal vez el mínimo lapso exigible para estimar su poder,

su resistencia a los gérmenes de descomposición que ponen

en ella las circunstancias, el tono de una época, la situación

histórica. Sólo una fuerza poética capaz de engendrar

incesantemente nuevas energías, de abrir nuevas

perspectivas de interpretación a las que parecieran haberse

consumido en un momento dado, la salvarán de todo

carácter fantasmal, harán de la misma una constelación. Al

acercarnos hoy a la poesía de Girondo, se nos presenta

indemne. Nada se ha perdido de la fresca vitalidad de sus

primeros libros, y mucho menos, de la trágica aventura

existencial que testimonia el último. De uno a otro extremo

brilla la trayectoria de ese “rayo que no cesa”, la expresión

de un espíritu en el que se nos imponen como rasgos

capitales una apasionada avidez de la vida y una ardiente

sinceridad.

4


En efecto, sus seis libros de poesía, tanto como Interlunio

esa extraña historia nocturna de la frustración— poseen,

a pesar de sus diferentes entonaciones, una misma

coherencia interna que pone de manifiesto lo que esa

poesía tiene de ineluctable, su movimiento en un sentido

único, lo que posee de destino.

Cada uno de ellos constituye una etapa en un largo

periplo que se nos presenta como el balance cada vez más

desolado de una exploración esencial de la realidad exterior

y de los límites últimos del ser. Aventura jugada en dos

planos paralelos: experiencia y lenguaje, vida y expresión.

Comienza por la captación sensual y ávida del mundo

inmediato y la fiesta de las cosas. Termina por un descenso

hasta los últimos fondos de la conciencia en su trágica

inquisición ante la nada.

El lenguaje sigue y crea al mismo tiempo ésta aventura,

recíprocamente la condiciona y es condicionado por ella.

Desde la nitidez rotunda de Veinte poemas para leer en el

tranvía, a las fórmulas encantatorias de En la masmédula,

se desarrolla un proceso verbal que va desde la escritura

lineal y lúcida del comienzo hasta los mecanismos más

remotos del lenguaje, en la profundidad de su origen.

Mientras su presa es la realidad externa se dibuja preciso,

directo, salta sobre las cosas con un zarpazo o las ilumina

con imágenes netas, casi palpables. Cuando se vuelve hacia

el abismo interior pierde su ordenación frontal, se torna

hirviente, se crispa y estalla con la violencia de la presión

que recibe.

La obra de Girondo se ordena así como una solitaria

expedición de descubrimiento y conquista, iniciada bajo un

signo diurno, solar, y que paulatinamente se interna en lo

desconocido, llega a los bordes del mundo, una travesía en

la que alguien, en su conocimiento deslumbrado de las

cosas, siente que el suelo se hunde bajo sus pies a medida

que avanza, hasta que las cosas mismas acaban por

convertirse en las sombras, de su propia soledad.

Intensa y breve, esta obra posee una característica

especial: se despliega en una especie de ininterrumpida

ascensión, en un proceso que culmina en un punto de

incandescencia máxima: su último libro. Un estallido final,

un gran reverbero que concentra en un foco único todos los

fuegos anteriores. En otros autores también sus libros

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suelen sucederse a distintos niveles, pero el máximo se

encuentra a veces al comienzo o en medio, seguido con

frecuencia de otros menos significativos. La obra de Girondo

tiene un sentido vertical, constituye así una especie de

accésis. Y su vértice excede tanto las medidas corrientes

que pasará aún mucho tiempo antes de que se le haga

justicia en toda su vertiginosa dimensión.

Que se atrevan a vivir la poesía” ha dicho Bretón. Es

decir, a vivir en la revelación de las cosas, en la conciencia

de su naturaleza abisal, con la sinceridad salvaje que la

auténtica poesía implica.

Girondo conocía la vanidad de los éxitos literarios, la

urdimbre de servilismo, adulación y baja política que a

menudo los condiciona. “¿Un éxito eventual sería capaz de

convencernos de nuestra mediocridad? ¿No tendremos una

dosis suficiente de estupidez como para ser admirados?” se

pregunta ya en el prólogo de su primer libro. La exigencia

de una moral poética será para él cada vez más intensa. Así

identificará luego la degradación de la poesía con la

degradación del mundo y del amor: “Nos sedujo lo infecto...

/ los poetas de moco enternecido” (P. 278)1, toda esa

escoria “que confunde el amor con el masaje, / la poesía

con la congoja acidulada” (P. 280), juntos desprecio y

compasión para quienes son esclavos de una retórica

prefabricada, nutridos “de canciones en pasta, / de

pasionales sombras con voces de ventrílocuo” (P. 324).

En su juventud participó con entusiasmo en el

movimiento “Martín Fierro”, que difundió en nuestras letras

algunas de las inquietudes y búsquedas de los movimientos

de vanguardia que por entonces agitaban a Europa. Fue un

animador, una figura núcleo, un hombre de incitaciones, un

trasmisor de energías. En el segundo número de la revista

del grupo aparece un manifiesto firmado por Girondo. Pero

terminada la euforia inicial, continuó su marcha solitaria.

Volvió la espalda a sus compañeros de generación, que tras

proclamar una mistificada actitud iconoclástica, acabaron

Citamos los libros de Oliverio Girondo con las siguientes siglas: V:

Veinte poemas para ser leídos en el tranvía; C: Calcomanías; E:

Espantapájaros; P: Persuasión de los días; M: En la masmédula. El

número que figura al lado de cada abreviatura indica la página de la

presente edición.

1

6


por ubicarse dentro de las jerarquías tradicionales,

pastando idílicamente en los prados de los suplementos

dominicales. La efervescencia martinfierrista se diluyó en

una mera discusión de aspectos formales. Ajenos a un

auténtico inconformismo, la mayoría de los componentes

del grupo terminaron en las más reaccionarias actitudes

estéticas. En este terreno, sus propias audacias —que por lo

demás no habían ido muy lejos— no tardaron en

aterrorizarlos. Excepto algunos pocos —entre los cuales

debe destacarse a Girondo y Macedonio Fernández— casi

todos ellos han ofrecido un triste espectáculo de deserción y

caducidad.

Pero al contrario de la perspectiva del ojo, en la

perspectiva de la poesía las cosas se agrandan a medida

que se alejan. Tal ocurre con la obra de Girondo. El paso de

los años nos lo muestra cada vez más intransigente en su

búsqueda. A tal punto que lo que escribe a los sesenta y

cinco años cuestiona mucho más los límites de la expresión

que lo que escribe en su juventud. El camino inverso de casi

todos sus compañeros de grupo, beatificados con la aureola

del Buen Gusto y las Buenas Costumbres.

Para Girondo la poesía constituye la forma más alta de

conocimiento, una intuición total de la realidad, con una

autonomía irreducible, por lo tanto, a un lenguaje de

relaciones establecidas. “Es necesario declararle la guerra a

la levita, que en nuestros días lleva a todas partes” —
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