La caída del comunismo y sus consecuencias. Estados Unidos y el fin de la guerra fría






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Asunto: La caída del comunismo y sus consecuencias. Estados Unidos y el fin de la guerra fría. Los Estados Unidos de Reagan a Clinton.

Madrid, 19 de marzo de 2014.

A quien corresponda:

Suiza. Ginebra. La cumbre entre Ronald Reagan, el presidente de Estados Unidos y Mijail Gorbachov, el secretario general del Partido Comunista de la URSS. Los dos líderes escuchan a sus intérpretes durante una conferencia de prensa. 1985.

La Perestroika y la democratización final de Rusia no se pueden llegar a entender sin atender a su relación con el mundo occidental y, en especial, con la otra superpotencia, los Estados Unidos 1. Su evolución abarca desde la mitad de los años ochenta hasta bien entrados los noventa y comprende asimismo el final de la guerra fría.

El mandato de Ronald Reagan dividido en dos legislaturas aunque supusiera una lógica continuidad, la trascendencia de lo ocurrido en la URSS obliga también a una cierta ruptura entre los dos mandatos, pero que concluiría con un final feliz para el presidente conservador.

Habiendo cumplido Reagan los setenta años al poco de ser elegido presidente la primera vez, parecía lógico no presentarse a una segunda, pero la popularidad y su carácter competitivo, más que su aferramiento al poder, explica la repetición por la candidatura republicana. Walter Mondale, el candidato demócrata pudo tener alguna probabilidad en otra época. Éste, descendiente de noruegos, una minoría consolidada a su favor, heredero de las políticas de Humphrey, era representante de la ética del Medio Oeste, trabajador duro, compasivo hacia los desheredados y con espíritu de servicio público. Su carrera política de largo alcance, le había consolidado como un buen abogado, con conocimientos en política internacional, un terreno en el que su adversario flaqueaba y al que al menos Kennan, refiriéndose a su política exterior, juzgaba como inexcusablemente infantil.

En la precampaña electoral, Mondale intentó reconstruir las alianzas de siempre de la política del Partido Demócrata e incluso ampliarlas. Intentó tener una vicepresidenta –Geraldine Ferraro- pero le falló al final; y llegado el momento de la convención de su partido le dio un protagonismo especial a Jesse Jackson, personaje carismático para la población negra. Pero esta ampliación resultó contraproducente pues muchos de los trabajadores manuales y especializados se pasaron a los republicanos, siguiendo la tendencia iniciada en 1980. El proyecto de Mondale fracasó y no surgió alternativa ninguna. Gary Hart, mucho más innovador e individualista, representaba un futuro imperfecto e inviable en ese momento. La debilidad de Mondale quedó evidente durante las primarias, Hart y Jackson en conjunto obtuvieron más votos que él.

Estados Unidos. Ronald Reagan. 1982.

Pero pronto quedaría clara la superior capacidad política de Reagan pese a su edad. Fue denominado el Presidente Teflon, pues no sufría desgaste: su mejor arma fue asegurar que no utilizaría su edad para descalificar al adversario por su juventud e inexperiencia. Era un demócrata cultural, su populismo le alejaba del conservadurismo más característico de los republicanos y, además, su persona parecía próxima a la del americano medio, se le perdonaban sus equivocaciones e insuficiencias. Mondale, al atacarlo, producía el sentimiento de lástima que supo encauzar como si se lo estuvieran haciendo a la misma América. La victoria de Reagan fue por tanto aplastante. Obtuvo el 59 % del voto y 49 de los 50 Estados; en votos electorales, la victoria sobre su contrincante resultó abrumadora (525 votos contra tan solo 10). El 61 % de los electores independientes votaron por él y también lo hizo uno de cada cuatro demócratas. Los jóvenes votaron por vez primera republicano, pero también lo hicieron los trabajadores manuales. Mondale solo obtuvo una mayoría entre judíos y negros. La buena situación económica de Estados Unidos contribuyó a la victoria de Reagan. Otro factor importante intervendría en la misma. Un Nuevo Patriotismo dominaba América: Reagan aseguraba que había devuelto a América a su pasado y que le esperaba un futuro prometedor. Los datos objetivos parecían darle la razón y además existía el decidido deseo de creerlo.

Sin embargo, Reagan en pleno ápice de popularidad, dio la sensación de ser capaz de autodestruirse por completo. Su forma de gobernar pasiva y distante durante su primer mandato hubiera podido producir un desastre de no ser por quienes le rodeaban en la Casa Blanca, y en 1987 todo se volvía en su contra. En parte, porque su equipo originario fue sustituido por otro menos eficaz e inapropiado. Baker, como jefe de Gabinete, había actuado como escudo protector del presidente, ahora convertido en empresario megalómano y carente de capacidad política, Reagan, rodeado por la extrema derecha (como Buchanan) multiplicaron su fragilidad. La culpa fue también del propio Reagan, que con el tiempo, no solo vio multiplicados sus achaques (fue operado de colon en 1985), sino que fue incapaz de arbitrar a los componentes de su Gabinete, cada vez más enfrentados entre sí. A esa situación se sumó la intromisión en la política de su mujer, cuya ausencia de criterio la llevaba a consultar con astrólogos los desplazamientos o las decisiones de su marido.

Uno de los primeros errores de Reagan se produjo en un viaje a Alemania, cuando visito un cementerio donde reposaban los restos de miembros de las SS, en Bitburg. Más grave resulto el asunto Irangate. En sus memorias, Reagan asegura que, a pesar de la condición de gran comunicador que se le atribuyó, nunca convenció a la opinión pública o al Congreso de que en Nicaragua existía un peligro comunista. Además, en 1985 el escenario político internacional parecía dominado por el terrorismo, lo que provocó el bombardeo de Libia, cuyo líder Gadafi, parecía ser su principal promotor. La operación fue bien vista por la opinión pública norteamericana, pero no consiguió el apoyo de los aliados europeos.

Líbano. Nabatiye. 22 de enero de 1985, el ministro de Defensa israelí Yitzhak Rabin se sienta en un helicóptero después de visitar a los soldados israelíes en el Líbano meridional.

Una serie de operaciones terroristas contra ciudadanos norteamericanos, que quedaron como rehenes en manos de los fundamentalistas, hizo que pensara que podían estar influenciados por las autoridades iraníes. Esto explicaría el asunto Irangate y sin precisar por completo el conocimiento exacto de todo ello por el presidente, lo cierto es que lo autorizó con su firma en varias ocasiones; posiblemente sin medir sus consecuencias. Tanto el secretario de Estado como el de Defensa se mantuvieron en oposición a la operación.

Con estos antecedentes puede explicarse en que consistió. En la primavera de 1985, los norteamericanos convencieron a Israel de que vendiera armas norteamericanas a Irán, a cambio de la liberación de rehenes en poder de los terroristas; luego los Estados Unidos repondrían esas armas. Para tal fin se buscó a los elementos más moderados del régimen iraní. Paralelamente se financiaba a la Contra nicaragüense. Parte de las cantidades cobradas de los iraníes fue a parar a la guerrilla anticomunista cuando existía una enmienda Boland, aprobada por el Congreso, que desautorizaba este tipo de ayuda. Esta operación de escala megalomaniaca, adquiría incluso ribetes de opereta cómica. Los enviados norteamericanos no conseguían ni siquiera establecer contacto con las más altas autoridades de Irán, de ahí el retraso de las liberaciones. Por otro lado las comisiones cobradas por los intermediaros no alcanzaban a financiar a la Contra. El informe Tower, elaborado por el Congreso, aseguró que Reagan “parecía no haberse dado cuenta” de lo que había hecho, pero fue la primera vez en que el presidente quedó en entredicho y esa misma frase resultaba ya gravísima para él. En pocos meses su aceptación pasó del 70 al 46 %. Además, el informe del Congreso destapaba la existencia de unos circuitos de acción paralelos a los gubernamentales en la que cayeron el teniente coronel North y el almirante Poindexter, caracterizados por su fervor religioso, nacionalismo y militarismo, constituyendo una CIA paralela, al margen del legislativo, que, con mentiras, interpretaban la posición del presidente y ocultaban operaciones ilegales.

La Contra nicaragüense actuó contra el Gobierno de su presidente, Daniel Ortega y el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). 1990

No solo el Irangate apareció acabar con Reagan sino que además se sumó una política económica que empezaba a naufragar. El déficit empezó a crecer de forma espectacular, pasando de ser el primer acreedor mundial a ser el primer deudor. El incremento de la deuda decuplicó el producido en cualquier otro período presidencial. Hubo además un fenómeno de especulación bursátil que, a través de los junk bonds o bonos basura, consiguieron resultados aparentemente catastróficos. En octubre de 1987 se produjo un crash bursátil y en una semana la Bolsa perdió el 13 % de su valor. Se daba además la circunstancia de que una reforma fiscal que había disminuido la progresividad parecía al mismo tiempo haber puesto en peligro la estabilidad del presupuesto y los avances de la legislación social. En definitiva, hacia 1987, el mandato de Reagan parecía haber implosionado, destruyendo al Presidente Teflon.

Por una ironía del destino, quien salvó a Reagan –o contribuyó de forma decisiva a ello- fue su peor enemigo de siempre: el comunismo. Durante su primer mandato, Reagan se había negado a tener contactos con los soviéticos, incluso vedó al embajador de la URSS, al cual recibía “por la puerta falsa” para entrevistarse con él. El presidente pudo tener una vaga idea de la verdadera política exterior; por ello, no llegó a mediar en las diferencias entre Shultz y Weinberger en esta materia. La Iniciativa de Defensa Estratégica nació de un buen deseo (alguna película de ciencia ficción), pero no la consultó con casi nadie y probablemente era completamente impracticable. Reagan en estas materias actuó, previendo un peligro hacia sus convicciones, como una especie de sheriff empeñado en imponer el orden en el pueblo, lo que irritaba a cualquier gobernante europeo medianamente sofisticado. Sin embargo, disponía de buen sentido común, cuando intentaba evitar un holocausto nuclear o protegía a los Estados Unidos con un escudo protector antimisiles. En otras ocasiones, convertía en posibles su simples deseos. Sus convicciones simplistas, al extremo, le hacían llegar a la opinión pública.

URSS. Rusia. Moscú. 1988. Mijail Gorbachov y la esposa del presidente de los EE.UU. Nancy Reagan.

No era lógico que la personalidad de Reagan propiciara el final de la guerra fría, tal como acabaría sucediendo. En este sentido su singularidad también tuvo una importancia crucial. En el fondo, Reagan era un solitario: su mujer, Nancy, jugó un papel de primera importancia para convencerle de que podía concluir su presidencia con un esfuerzo por liquidar las diferencias entre las dos superpotencias. Gorbachov resultó ser un partenaire tan magnético como él mismo en la escena internacional y un compañero creíble en la empresa. El mérito de Reagan, pese a su edad, fue el de ser capaz de testimoniar apertura ante esta posibilidad.

La mejora de las relaciones internacionales contribuyó de manera decisiva al definitivo final feliz de la presidencia de Reagan. Además también cambiaría la situación económica. El propio Congreso votó una disposición, la Ley Gramm-Rudman, destinada a combatir el déficit público y enjugarlo. Con Reagan, finalmente, se habían creado en Estados Unidos unos dieciocho m. y medio de empleos, y la inflación había descendido de un 12,5 a un 4,4 %. Persistieron los interrogantes que suscitaban dudas acerca del comportamiento ético en materias económicas de quienes estaban en los aledaños del poder. Los colaboradores de Reagan en ocasiones se beneficiaron de sus relaciones privilegiadas con el poder político. Al mismo tiempo, Reagan consiguió para su país crear un orgullo nacional, una especie de reconocimiento de Estados Unidos consigo mismo, tipo roosveltliano. Cierto sería que entonces conseguiría hacer cristalizar un visión conservadora como alternativa a la contracultura de finales de los años sesenta. Esta evocación conservadora tuvo una vertiente positiva en lo que respecta a la recuperación de los valores familiares, por ejemplo, o, en el terreno cultural, la denuncia de una cultura banal y simplificadora, como muestra el éxito del libro de Allan Bloom The closing of American Mind (1987). Pero por otro lado la herencia de Reagan fue la perduración e incluso el incremento de la influencia de la derecha que se significaba por no establecer una verdadera distancia entre los principios religiosos y la presencia o actuación en la vida política, al tiempo que se revolvía en contra del intervencionismo del Estado. En ella se daba, por tanto, la paradoja de un extremado liberalismo –en el sentido europeo- en materias económicas y un autoritarismo en las culturales y morales. Esta herencia ha durado hasta final de siglo.

George Bush, sin embargo, no perteneció a este mundo, al menos, no se identificó realmente con él. Pocos presidentes de los Estados Unidos han llegado al cargo con tan larga experiencia, documentada extensivamente en papel couche. Había sido un colaborador muy estrecho de Reagan en la vicepresidencia y tenía, al llegar a ella, una larga experiencia como embajador, director de la CIA y vicepresidente. En su contra, solo había ganado una elección popular al Congreso. Su pretensión de dar la imagen de un rico texano del petróleo populista, aunque dotado de medios económicos, no conseguiría perfilarla.

EE.UU.. California. San Diego. 1996. Convención Republicana. George Bush.

En realidad era un prototípico miembro del establisment aristocrático de la Costa Este. Quayle, su vicepresidente, fue un peso ligero con gran capacidad para equivocarse a la hora de expresarse. El sí estuvo relacionado de forma clara con la derecha religiosa ya mencionada. Presidente y vicepresidente estuvieron siempre a años luz de la capacidad que tuvo Reagan de llegar a la opinión pública. Pero no tuvieron problemas para vencer a los demócratas, que no terminaban de encontrar su camino.

En efecto, en la elección presidencial de 1988 los demócratas repitieron candidato con Gary Hart, un representante de la nueva cultura tecnológica y con nuevos modos de concebir la política del Partido Demócrata, pero acabaría hundiéndose en su agitada vida sentimental y por su insinceridad al dar cuenta pública de ella. Dukakis otro candidato demócrata pretendía ser nuevo a base de diluir las líneas maestras que los habían diferenciado en el pasado intentando acabar con la competencia personal de los candidatos debido a sus diferentes ideas.

Una de las principales armas electorales utilizadas asiduamente en los noventa, la televisión, acortó los mensajes propagandísticos en 1988 a tan solo nueve segundos de duración lo que obligaba a exponer los temas publicitarios de modo muy simplista. Asimismo se utilizaron procedimientos más que dudosos a la hora de presentar a algunos candidatos, por ejemplo, la imagen de Dukakis quedaría destrozada al presentarla como una persona excesivamente blanda en lo referente al orden público.

La presidencia de Bush estuvo concentrada en los problemas finales referentes a la guerra fría en política exterior y que descubriría un orden mundial más inestable del que se pensaba. La labor del presidente sería elogiada y ampliamente reconocida en las encuestas. Durante la Guerra del Golfo, Bush llegó a tener una aceptación del 91 % en la opinión pública norteamericana. Sin embargo, en el legislativo norteamericano el país estuvo mucho más dividido.

Pero además, con el paso del tiempo se empezó a sacar a relucir ciertos “trapos sucios” de su labor como gobernante que le habían proporcionado la victoria. No solo había sido partidario de entregar armas a Irán, sino también al propio Irak. Incluso pudo haber ofrecido ciertas seguridades a Sadam Husein de no enfrentarse a los iraquíes tan solo algunos días ante de iniciarse el conflicto. Pero sobre todo lo que imposibilitó la reelección de Bush fue su desastrosa política interna. Tras haber prometido que no incrementaría los impuestos, afirmación salida de su propia boca, luego lo hizo sin ningún reparo dando lugar a la subida más grande de la Historia.

EE.UU.. Washington DC. Manifestación contra la Guerra del Golfo. 1990.

Su reacción ante la crisis consistió en declarar que ésta ya pasaría o que en el fondo no era tan grave. A los ocho meses de la Guerra del Golfo solo lo apoyaban el 40 % de los norteamericanos. Su presidencia hasta el momento solo se ve por los historiadores como una apostilla de la etapa Reagan, pero la conflictividad permanente en el Medio Oriente y la actividad terrorista armada, hoy en día, todavía puede achacarse a su gestión diplomática.

Las elecciones de 1992 revisten un interés excepcional en la Historia norteamericana, no alcanzaría un ciclo de doce años de presidencia republicana. Fueron como una especie de juicio retrospectivo acerca de los sesenta, vistos como una opción de idealismo y voluntad de renovación o bien desde la vertiente de la contracultura y el deseo de romper con los modos tradicionales de concebir la vida. Por otro lado, se rompió con la candidatura ambivalente al surgir un tercer candidato que buscaría los votos situados en el centro.

Bill Clinton fue un candidato demócrata ideal para obtener dichos votos. Ofrecía una imagen borrosa y demasiado blanda, podía parecer cualquier cosa a cualquier persona pero eso le permitía acceder a un electorado hasta ahora remiso a los demócratas. A esto habría que añadir su capacidad para elaborar un programa renovador que le hacía aparecer como un demócrata nuevo. Pero en realidad, su victoria se explica por las limitaciones de los demás, tanto en el campo demócrata como republicano.

Al igual que Carter era un demócrata del Sur, gobernador de su Estado, que ganó por abandono de los candidatos más imaginables y populares (Kennedy en el primer caso, y Cuomo, gobernador de Nueva York, en el segundo). Carter y Clinton consiguieron vencer a los republicanos en parecidas circunstancias, el primero debido al caso Watergate y el segundo tras la recesión. Los dos vencieron a candidatos sobre los que pesó la sombra, la de Nixon, sobre Ford o la de Reagan sobre Bush.

Clinton solo contaba con cuarenta y cinco años cuando llegó a la presidencia, pero llevaba doce como gobernador de Arkansas. Su infancia no sería muy feliz, hijo póstumo de una familia tormentosa. Su interés por la política fue temprano. Estudió en Georgetown, Oxford y Yale, mientras se vivía la tragedia de Vietnam y su actitud fue muy definitoria. Quería ser político y no ir a la guerra, al final como tantos otros jóvenes consiguió, pese a ser acusado de falta de patriotismo, no alistarse.

Desde luego no era aquel joven idealista que corriera peligros graves por haberse enfrentado en la Guerra de Vietnam, pero siempre encontró la manera de aproximarse al establishment. Así en 1978 era el gobernador más joven del Estado de Arkansas tras cuarenta años, después de haber sido fiscal del mismo. Sin embargo, fue derrotado en 1980 y no consiguió un segundo mandato, pero no sería más que un tropezón en su carrera política, que, a partir de 1983, construiría basándola en su popularidad.

Washington DC. Sheraton Hotel. Enero de 1993. Bill y Hillary Clinton.

Su estrategia, que posteriormente mantendría, la basó evitando enfrentarse a la prensa pero abrumando a la opinión pública a través de los anuncios televisivos al mismo tiempo que llevaba encuestas permanentes que le permitían seguir paso a paso los cambios de aquélla para adecuar las propuestas programáticas a sus deseos. Como Reagan, pero de forma diferente, fue un gran comunicador y una máquina de ganar elecciones: a la altura del año 1988, había hecho quince campañas electorales en tan solo catorce años. Complementariamente, su mujer, testimonio de los cambios producidos en la sociedad norteamericana, su cónyuge –la abogada Hillary Rodham- tenía mayor capacidad intelectual que él, gracias a su vida profesional obtenía mayores ingresos e incluso su capacidad de mando era superior a la de su marido.

EE.UU.. Washington DC. 1993. La inauguración de Clinton. Las cheerleaders a lo largo de la ruta del desfile.

La campaña de Clinton se basó en dar importancia a lo que la opinión publica daba por importante a través de las encuestas. “It’s the economy, stupid” fue la divisa interna de quienes colaboraron en ella. Intentó llegar también a los electores demócratas que habían abandonado el voto desde hacia unos tres o cuatro trienios anteriores. Un aspecto novedoso de la campaña fue el papel atribuido al candidato demócrata con respecto a su comportamiento sexual. Clinton fue acusado por su conducta con las mujeres y al igual que su esposa tuvo que dar explicación de alguna que otra infidelidad cometida. Todo ello en un marco social que ansiaba la transparencia informativa incluso de comportamientos individuales que en nada afectaban a la política.

Los medios de comunicación jugaron un papel muy importante para la candidatura independiente del millonario y self-mademan Ross Perot que, en realidad, fue lanzado ante la opinión por el programa televisivo de entrevistas Larry King Live. Perot resultó un buen testimonio del cansancio producido con respecto a la política tradicional. Pero finalmente, nada menos que el 19 % de los votos, serían presa de los partidos tradicionales.

Entre los republicanos tuvieron cada vez mayor importancia la extrema derecha religiosa (con candidatos como Robertson o Buchanan). No tuvieron posibilidad de triunfar o imponer un cambio de rumbo a su política presidencial, pero constituían un factor de creciente importancia en la vida pública. Bush resultó ser un candidato que intentó utilizar procedimientos sucios contra su adversario como ya había hecho con Dukakis. Pero de poco le sirvió.

Durante los primeros meses, Clinton dio sensación de inestabilidad. Inició su andadura presidencial en Washington denotando una marcada inexperiencia que en conciencia al menos intentaría solventar aprendiendo. Tenía, al menos la convicción de que su programa era innovador y deseaba romper con el modelo New Deal.

No patrocinó programas sociales pero propuso diversas medidas que suponían el reaprendizaje profesional a lo largo de toda la vida, la reinvención del gobierno, el estímulo económico a la innovación tecnológica, la mejora de los programas de sanidad (una de las mayores deficiencias de la vida pública), la ecología y la reducción del déficit, creciente preocupación de la opinión pública. El programa no rompía con la etapa reaganiana, pero demostraba la voluntad de restaurar entre los norteamericanos un sentido de comunidad.

EE.UU.. Washington DC. 1996. Presidente William Jefferson Clinton en la Oficina Oval de la Casa Blanca.

Pero la inseguridad demostrada por Clinton como por ejemplo al apoyar los derechos de los homosexuales en el Ejército, tuvo como consecuencia un rápido deterioro ante la opinión pública. En las elecciones legislativas de 1994, los republicanos consiguieron una victoria casi arrolladora en el Congreso y en el Senado. De los 73 nuevos congresistas republicanos, la mitad suscribía los principios de la llamada coalición cristiana con una característica identificación entre religión y política. Pero los republicanos triunfantes acudieron también con un programa novedoso. Newt Gingrich, su líder, había propuesto “un contrato con América”, programa innovador que tenía no poco que ver con propuestas de Perot y con la renovación de la vida política.

A pesar de las circunstancias desfavorables, Clinton en 1996 salió reelegido por medio de los métodos de campaña permanente que le había hecho gobernador en Arkansas. Esto y sus éxitos económicos compensaron una nueva oleada de escándalos que tuvo que padecer y explican el balance positivo de su presidencia.

Afectuosamente, JAG.stilo.

1 Fuente principal: Javier Tusell. Manual de Historia Universal. 9. El mundo actual. Historia 16, 2001.

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