Sabemos todo lo que necesitamos saber para poner fin al innecesario sufrimiento emocional que mucha gente padece en la actualidad. Una elevada dosis de






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títuloSabemos todo lo que necesitamos saber para poner fin al innecesario sufrimiento emocional que mucha gente padece en la actualidad. Una elevada dosis de
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Una vez un niño fue a la escuela.

Un niño muy pequeño.

Y la escuela era muy grande.

Pero cuando el niño

Descubrió que podía ir a su aula

Con sólo andar en línea recta desde la entrada,

Se sintió feliz.

Y ya no siguió pareciéndole que la escuela

Fuera tan grande.
Una mañana,

Cuando el niño ya llevaba un rato en la escuela,

La maestra dijo:
«Hoy vamos a hacer un cuadro».

«¡Qué bueno!", pensó el niño,

Porque le gustaba hacer cuadros.

Podía hacerlos de todas clases:

De leones y tigres,

De gallinas y vacas,
De trenes y barcos...

Y sacó sus lápices de colores

Y se puso a dibujar.
Pero la maestra le dijo:

"¡Espera! ¡Aún no es el momento de empezar!".

Y esperó hasta que todos estuvieron listos.

«Ahora", dijo la maestra,

«Vamos a hacer flores—.

«¡Qué bien!», pensó el niño,

Porque le gustaba hacer flores,

Y empezó a hacerlas, hermosas,

Con sus lápices rosados, anaranjados y azules.
Pero la maestra les dijo:

«¡Esperad, que yo os enseñaré!».

Y dibujó sobre la pizarra

Una flor roja con el tallo verde.

«Ya», dijo la maestra.

«Ahora ya podéis empezar.»
El niño miró la flor de la maestra

Y después su propia flor:

La suya le gustaba más que la de la maestra.

Pero no lo dijo

Y se limitó a dar la vuelta al papel

Para hacer una flor como la de la maestra:

Roja, con el tallo verde.

Otro día, cuando el niño había abierto

Él solo la puerta de entrada,

La maestra dijo:

«Hoy vamos a hacer algo de arcilla».
«¡Qué bien!» pensó el niño

Porque le encantaba la arcilla».
Podía hacer toda clase de cosas con arcilla.

Serpientes y muñecos,

Elefantes y ratones,

Coches y camiones...

Y empezó a amasar

Su puñado de arcilla.
Pero la maestra le dijo:

«¡Espera, no empieces todavía!».

Y esperó hasta que todos estuvieron listos.
«Ahora», dijo la maestra,

«Vamos a hacer un plato».

«¡Qué bien!», pensó el niñito,

Porque le gustaba hacer platos,

Y empezó a hacer algunos

Con formas y tamaños distintos.
Pero la maestra dijo:

«¡Esperad a que yo os enseñe!».

Y entonces les enseñó a todos

A hacer un plato hondo.

«Ahora», les dijo después,

«Ya podéis empezar».
El niño miró el plato de la maestra

Y después el suyo.

Sus platos le gustaban más que el de la maestra,

Pero no lo dijo

Y se limitó a amasar de nuevo una gran bola de arcilla

Y a hacer un plato como el de la maestra.

Un plato hondo.
Y muy pronto el niño

Aprendió a esperar,

Y a observar,

Ya hacer las cosas igual que la maestra.

Y muy pronto

Dejó de hacer sus propias cosas.
Entonces sucedió

Que el niño y su familia

Se mudaron de casa,

A otra ciudad,

Y el niño

Tuvo que ir a otra escuela.
Una escuela aún más grande

Que la anterior,

Y donde no había ninguna

Puerta de entrada a su aula.

Tenía que subir unos grandes escalones

Y caminar por un pasillo largo

Para llegar a su aula.
Y el primer día

De clase, la maestra le dijo:

«Hoy vamos a hacer un cuadro».
«¡Bien!», pensó el niño

Y se quedó esperando que ella

Le dijera lo que tenía que hacer.

Pero la maestra no le dijo nada.
No hizo más que pasearse por el aula.
Cuando llegó junto al niño

Le preguntó si no quería hacer un cuadro.

«Sí», le dijo él, y preguntó:

«¿Qué vamos a hacer?».

«Yo no lo sabré mientras no lo hagáis», dijo la maestra.

«¿Cómo tengo que hacerlo?», preguntó el niño.

«Pues, como a ti te guste», dijo la maestra.

«¿Y de qué color?», preguntó él.

«De los que tú quieras», dijo la maestra.

«Si todos hicierais el mismo dibujo

Y usarais los mismos colores,

¿cómo sabría quién hizo cada uno?»

«No lo sé», respondió el niño.

Y empezó a dibujar flores rosadas,

Azules y anaranjadas.
Y su escuela nueva le gustó

aunque no pudiera

llegar a su aula directamente

desde la puerta de entrada.
Helen E. Buckley
â

Soy un maestro

Soy Maestro.

Nací en el mismo momento en que una pregunta brotó de los labios de un niño por primera vez.

He sido muchos hombres y mujeres en muchos lugares.

Soy Sócrates cuando estimulaba a los jóvenes atenienses a hacer preguntas para descubrir ideas nuevas.

Soy Anne Sullivan, la institutriz que con sus dedos tecleó los secretos del universo en la palma abierta de Hellen Keller, sorda, ciega y muda.

Soy Esopo y Hans Christian Andersen, y otros que revelaron la verdad al mundo en sus innumerables cuentos y relatos.

Soy Marva Collis cuando luchaba por el derecho de todos los niños a recibir educación.

Soy Mary McCloud Bethune, la que construyó una gran escuela superior para mi pueblo, usando como pupitres cajones de naranjas vacíos.

Soy también Bel Kaufman, empeñado en Subir por la escalera que baja.

Los nombres de quienes han practicado mi profesión resuenan como personajes inolvidables para la humanidad: Booker T. Washington, pedagogo y reformista negro estadounidense, Buda, Confucio, Ralph Waldo Emerson, Leo Buscaglia, Moisés y Jesús.

También soy uno de aquellos cuyos nombres y rostros han sido olvidados hace ya mucho tiempo, pero cuyo carácter y cuyas lecciones serán siempre recordados en los logros de sus discípulos.

He llorado de alegría en las bodas de mis antiguos alumnos, me he regocijado ante el nacimiento de sus hijos y, con la cabeza baja, he guardado el silencio del dolor y de la confusión ante tumbas prematuramente abiertas para cuerpos demasiado jóvenes.

En el transcurso de un día me han llamado para que fuera actor, amigo, enfermero y médico, entrenador, buscador de objetos perdidos, prestamista de dinero, taxista, psicólogo, sustituto de padres o madres, vendedor, político y portador de la fe.

A despecho de mapas, cartas, fórmulas, verbos, relatos y libros, en realidad no he tenido nada que enseñar, porque en realidad mis alumnos sólo se han tenido a sí mismos como tema de estudio, y sé que para decirte quién eres necesitas nada menos que el mundo entero.

Soy una paradoja. Hablo en voz más alta cuanto más escucho. Mis dones más importantes se encuentran en lo que estoy dispuesto a recibir, con agradecimiento, de mis discípulos.

La riqueza material no es uno de mis objetivos, pero soy un investigador a tiempo completo en mi búsqueda de nuevas oportunidades para que mis alumnos usen sus talentos, y en mi constante ir en pos de aquellos talentos que en ocasiones permanecen sepultados bajo la autodestrucción.

Soy el más afortunado de todos los trabajadores.

En un momento mágico, a un médico le es concedido abrir a un nuevo ser las puertas de la vida. A mí me ha sido dado vigilar que la vida renazca día tras día con preguntas, ideas y nuevas amistades.

Un arquitecto sabe que si edifica con cuidado, las estructuras que erige pueden durar siglos. Un maestro sabe que si construye con amor y honestidad, lo que construye durará eternamente.

Soy un guerrero que día tras día libra una batalla contra la presión, la negación, el miedo, el conformismo, los prejuicios, la ignorancia y la apatía de los padres. Pero cuento con grandes aliados: la inteligencia, la curiosidad, el apoyo de los padres, la individualidad, la creatividad, la fe, el amor y la risa, dispuestos todos a defender mi estandarte con apoyo indomable.

A quién si no a vosotros, la gente, los padres, tengo que agradecer esta vida maravillosa que tengo la fortuna de vivir. Porque vosotros me habéis hecho el gran honor de confiarme la mayor contribución que habéis hecho a la eternidad: vuestros hijos.

Por eso tengo un pasado rico en recuerdos y un presente que es un venturoso y agradable desafío: porque me ha sido dado pasar mis días con el futuro.

Soy maestro... y se lo agradezco a Dios cada día.
John W. Schlatter

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5

Vive tu sueño

La gente que dice que

no se puede hacer no debería

interrumpir a quienes lo están haciendo.


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¡Creo que puedo!

Tanto si piensas que puedes como que no puedes, estás en lo cierto.
Henry Ford

Rocky Lyons, el hijo de Marty Lyons, defensa de los New York Jets, tenía cinco años el día que viajaba con su madre, Kelly, por una zona rural del estado de Alabama. Iba dormido en el asiento delantero de la camioneta, con los pies apoyados en el regazo de ella.

Su madre conducía cuidadosamente, descendiendo por el serpenteante camino, y giró para entrar en un estrecho puente. Al hacerlo, el coche topó con un desnivel, se salió del camino y la rueda delantera derecha se atascó en un bache. Temerosa de que el vehículo cayera por el terraplén, intentó volver al camino pisando con fuerza el acelerador mientras giraba el volante hacia la izquierda; pero, cuando el pie de Rocky se quedó atrapado entre la pierna de ella y el volante, perdió el control del vehículo.

La camioneta cayó dando tumbos por una pendiente de seis metros. Cuando llegó abajo, Rocky se despertó.

—¿Qué ha pasado, mamá? —preguntó—. Estamos boca abajo.

Kelly estaba cegada por la sangre. La palanca de cambios le había golpeado la cara, haciéndole un desgarrón desde el labio hasta la frente. Tenía las encías destrozadas, las mejillas llenas de rasguños y los hombros aplastados. Una fractura abierta de su hombro dañado la mantenía inmovilizada contra la puerta destrozada.

—Yo te sacaré, mamá —anunció Rocky, que milagrosamente había salido ileso. Se escurrió por debajo del cuerpo de su madre, salió por la ventanilla e intentó mover a Kelly, pero ella, que no sólo no se movía, sino que a ratos perdía el conocimiento, le pedía que la dejara dormir.

—No, mamá —le decía el niño—. No te puedes dormir.

Retorciéndose, volvió a entrar en el camión y se las arregló para sacar de él a su madre. Después le dijo que él subiría hasta el camino y detendría a algún coche que los auxiliara. Temerosa de que nadie pudiera ver al pequeño en la oscuridad, Kelly se negó a dejarlo ir solo, de modo que los dos treparon lentamente por el terraplén; con sus escasos veinte kilos, Rocky se las arregló para empujar los más de cuarenta y cinco de su madre. El dolor era tan intenso que Kelly no quería seguir, pero Rocky no le permitió detenerse.

Para darle ánimos, Rocky le decía que pensara en «aquel trenecito», el de un conocido cuento para niños que conseguía subir por una escarpada montaña. Le animaba repitiéndole su versión de la frase central del cuento: «Yo sé que puedes, yo sé que puedes».

Cuando finalmente llegaron a la carretera, Rocky pudo ver por primera vez el rostro de su madre, y estalló en lágrimas. Agitando los brazos y gritándole que se detuviera, consiguió llamar la atención de un camión.

—Lleve a mi madre al hospital —suplicó al conductor.

Se necesitaron horas y 344 puntos de sutura para reconstruir el rostro de Kelly. Hoy su aspecto es muy diferente, dice que antes tenía la nariz larga y recta, los labios delgados y los pómulos salientes, y que ahora tiene nariz de perro, las mejillas planas y los labios mucho más gruesos... pero tiene pocas cicatrices visibles y se ha recuperado de sus heridas.

El heroísmo de Rocky fue una auténtica noticia, pero el valeroso chiquillo insiste en que él no hizo nada extraordinario.

—No hice nada extraordinario —decía—. No hice más que lo que habría hecho cualquier otro.

Pero la versión de su madre es otra:

—Si no hubiera sido por Rocky, yo me habría desangrado.
Oído por Michele Borba

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Descansa en paz: el funeral del «no puedo»

La clase de cuarto grado de Donna se parecía a muchas otras que yo había visto antes. Los niños se sentaban en cinco filas de seis pupitres. La mesa de la maestra estaba a la entrada del aula, frente a los alumnos. El tablero de anuncios destacaba algunos trabajos de los chicos. En la mayoría de los aspectos parecía un aula típica de la escuela elemental tradicional y, sin embargo, el día que yo entré por primera vez me pareció diferente. Era como si allí hubiera una corriente de entusiasmo.

Donna era una maestra veterana de una pequeña ciudad del estado de Michigan, a quien sólo le faltaban dos años para retirarse. Además, participaba como voluntaria en un proyecto de desarrollo que abarcaba al personal de todo el condado y que yo había organizado y respaldaba. La enseñanza se centraba en el aprendizaje de ideas del lenguaje artístico que permitieran a los alumnos sentirse satisfechos consigo mismos y hacerse cargo de su propia vida. La tarea de Donna consistía en asistir a las sesiones de formación y llevar a la práctica los conceptos que surgieran de aquella iniciativa.

Me instalé en un asiento vacío al fondo del aula y me puse a observar. Todos los alumnos estaban participando en la tarea, que consistía en llenar una hoja de papel con ideas y sugerencias. La niña más próxima a mí, de unos diez años, estaba llenando su página de «No puedos».
«No puedo chutar una pelota de fútbol más allá de la segunda base.»

«No puedo hacer divisiones de más de tres cifras.»

«No puedo conseguir que Debbie sea amiga mía.»
Había llenado la página hasta la mitad y no parecía que hubiera acabado el tema. Seguía escribiendo con determinación y persistencia.

Recorrí la fila, mirando al pasar los papeles de algunos niños. Todos estaban escribiendo las cosas que no podían hacer.
«No puedo hacer la vertical.»

«No puedo correr más de doscientos metros sin descanso.»

«No puedo comer más de un bollito.»
Mi curiosidad se había despertado y decidí preguntar a la maestra qué era lo que estaba pasando, pero como al acercarme vi que ella también estaba escribiendo, decidí no interrumpirla.
«No puedo conseguir que la madre de John venga a las reuniones de la escuela.»

«No puedo conseguir que mi hija llene el depósito del coche.»

«No puedo hacer que Alan use las palabras en vez de los puños.»
Frustrado en mis esfuerzos por determinar por qué los estudiantes y la maestra se dedicaban a escribir enunciados negativos en vez de otros más positivos, que empezaran por «Puedo», volví a mi asiento para continuar mis observaciones. Los alumnos siguieron escribiendo durante unos diez minutos. Casi todos llenaron su página y algunos incluso empezaron otra.

—Terminad la página que estáis haciendo y no empecéis otra —fue la consigna que dio Donna para indicar que pusieran fin a su actividad. Después, dio instrucciones de que cada uno doblara su papel por la mitad, lo llevara hasta su mesa y lo dejara en una caja de zapatos vacía.

Una vez recogidos todos los papeles, Donna añadió el suyo. Tapó la caja, se la puso debajo del brazo y salió del aula hacia el pasillo, seguida por todos los alumnos. El último de la fila era yo.

A mitad del pasillo la procesión se detuvo. Donna entró un momento en el cuarto de herramientas del portero y volvió a salir con una pala. Con la pala en una mano y la caja de zapatos en la otra, salió con los niños de la escuela y se fue hasta el rincón más alejado del jardín, más allá del patio de recreo.

¡Iban a enterrar los «No puedos»! La excavación les llevó unos diez minutos porque la mayoría de los niños querían participar. Cuando el hoyo alcanzó casi un metro, la excavación se detuvo. La caja de los «No puedos» fue debidamente colocada en el fondo del hoyo y rápidamente cubierta de tierra.

Treinta y un niños de diez y once años estaban de pie ante el hoyo recién cavado. Cada uno tenía por lo menos una página llena de «No puedos» en la caja de zapatos, a más de un metro bajo tierra, lo mismo que su maestra.

En ese momento, Donna pidió a todos, niños y niñas, que se tomaran de las manos e inclinaran la cabeza. Rápidamente, todos, unidos por las manos y con la cabeza baja, formaron un círculo alrededor del hoyo, ahora transformado en tumba. Donna pronunció una plegaria de despedida.

—Amigos, hoy estamos reunidos para honrar la memoria del «No puedo». Mientras estuvo con nosotros en la tierra, afectó a las vidas de todos, de unos más que de otros. Su nombre, desdichadamente, ha sido pronunciado en todos los edificios públicos... en escuelas, ayuntamientos, en el trabajo e incluso en el parlamento.

«Hemos buscado para "No puedo" un último lugar de reposo y una lápida que lleva su epitafio. Le sobreviven sus hermanos y su hermana, "Quiero", "Puedo" y "Lo haré inmediatamente". No son tan bien conocidos como el célebre difunto y aún no tienen la fuerza y el poder que éste tenía. Tal vez algún día, con vuestra ayuda, dejen en el mundo una huella mucho más importante.

«Ojalá que "No puedo" descanse en paz y que en su ausencia todos los presentes rehagan su vida y sigan adelante. Amén.»

Mientras escuchaba la oración fúnebre, me di cuenta de que esos niños no olvidarían jamás aquel día. La actividad era simbólica, una metáfora de la vida. Era una vivencia que quedaría fijada para siempre en el inconsciente y también en el consciente.

Escribir los «No puedos», enterrarlos y oír la oración fúnebre era un importante esfuerzo por parte de aquella maestra, y ese esfuerzo todavía no había concluido. Terminada la ceremonia, los estudiantes se dieron la vuelta y volvieron a la escuela, donde tuvo lugar una reunión.

Celebraron el funeral del «No puedo» con bizcochos, palomitas de maíz y zumos de fruta. Como parte de la celebración, Donna recortó una gran lápida de cartón. En la parte superior escribió «No puedo» y las letras RIP en el medio, abajo añadió la fecha.



La lápida de cartón siguió colgada de la pared del aula durante el resto del año. En las raras ocasiones en que alguno de los alumnos olvidaba el acto y decía «No puedo», Donna se limitaba a señalarle el signo del RIP. Entonces, el niño o la niña recordaba que «No puedo» había muerto y buscaba otra forma para expresarse.

Yo no fui uno de los alumnos de Donna, ella era una de los míos. Sin embargo, aquel día aprendí de ella una lección inolvidable.

Ahora, años después, cada vez que oigo decir «No puedo» vuelvo a ver las imágenes de aquel funeral en la clase de cuarto grado y, como aquellos estudiantes, recuerdo que «No puedo» ha muerto.
Chick Moorman
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El cuento del 333

Por aquel entonces yo participaba en un seminario de fin de semana en el Deerhurst Lodge, al norte de Toronto. El viernes por la noche, un tornado arrasó un pueblo llamado Barrie, situado más al norte; mató a docenas de personas y causó daños por valor de millones de dólares. La noche del domingo, al regresar a casa, detuve el coche al llegar a Barrie. Desde el arcén miré en derredor y me enfrenté al desastre. A mi alrededor no veía más que casas destrozadas y coches volcados.

Esa misma noche, Bob Templeton volvía a casa por la misma carretera. Se detuvo, como yo, para contemplar el desastre, pero sus pensamientos eran distintos de los míos. Bob era el vicepresidente de Telemedia Communications, dueña de una cadena de estaciones de radio en Ontario y Quebec, y pensó que debía de haber algo que pudiéramos hacer por aquella gente mediante las estaciones de radio de Telemedia.

La noche siguiente yo estaba trabajando en otro seminario, en Toronto. Bob Templeton y Bob Johnson, otro vicepresidente de Telemedia, entraron y se quedaron de pie al fondo de la sala. Ambos compartían la convicción de que tenía que haber algo que poder hacer por la gente de Barrie. Terminado el seminario nos fuimos al despacho de Bob, que estaba decidido a poner en práctica la idea de ayudar a las personas que habían sido víctimas del tornado.

El viernes siguiente, reunió en su despacho a todos los ejecutivos de Telemedia. En la parte superior de una hoja escribió tres veces el número tres y se dirigió a sus ejecutivos:

—¿No os gustaría reunir tres millones de dólares, para dentro de tres días, en no más de tres horas y entregarle ese dinero a la gente de Barrie?

La única respuesta fue el silencio, hasta que finalmente alguien dijo:

—Templeton, estás chinado. No hay manera de hacer lo que propones.

—Un momento —lo detuvo Bob—. Yo no os pregunté si podíamos, ni siquiera si debíamos. Simplemente, os pregunté si os gustaría.

—Claro que nos gustaría —respondieron todos.

Entonces, Bob trazó una gran T debajo del 333 y a un lado escribió: «¿Por qué no podemos?». Y al otro: «¿Cómo podemos?».

—Al lado del «¿Por qué no podemos?» sólo pondré una X bien grande. No vamos a perder el tiempo en pensar por qué no podemos, no tiene valor alguno. En el otro lado vamos a anotar todas las ideas que se nos vayan ocurriendo sobre cómo podemos, y no vamos a salir de esta sala hasta que no hayamos resuelto el problema.

Se produjo un nuevo silencio, hasta que por fin alguien dijo:

—Podríamos hacer un programa de radio de cobertura nacional.

—Excelente idea —aprobó Bob, y la anotó. Antes de que hubiera terminado, alguien más dijo:

—No podemos hacer un programa de radio que cubra todo Canadá, porque no tenemos estaciones de radio en todo el país.

La objeción era muy válida, porque Telemedia sólo tenía estaciones en Ontario y Quebec.

—Pero podemos intentar convencer al resto de emisoras para que participen en el proyecto —replicó Templeton.

En realidad se trataba de una grave objeción, porque las estaciones de radio son muy competitivas. Nunca habían colaborado entre ellas, lograr que lo hicieran sería virtualmente imposible.

De pronto, alguien sugirió:

—Podríamos conseguir que Harvey Kirk y Lloyd Robertson, los nombres más importantes en el mundo de la radiodifusión canadiense, respaldaran el proyecto.

A partir de entonces fue absolutamente fantástica la manera en que empezaron a fluir las ideas.

El martes siguiente ya tenían un acuerdo con cincuenta estaciones de radio, a lo largo y ancho del país, para emitir el programa. No importaba quién participara en el proyecto, siempre y cuando el pueblo de Barrie consiguiera el dinero. Harvey Kirk y Lloyd Robertson auspiciaron el programa ¡y consiguieron reunir los tres millones de dólares en tres horas en el término de tres días hábiles!

Ya veis que se puede hacer cualquier cosa si uno se concentra más en cómo hacerla que en buscar las razones que aparentemente la hacen imposible.
Bob Proctor

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Pide, pide y pide

La mejor vendedora del mundo no tiene el menor inconveniente en que digan que es una niña. Eso se debe a que, desde que tenía trece años, Markita Andrews ha ganado más de ochenta mil dólares vendiendo galletas.

A fuerza de ir de puerta en puerta después de la escuela, una chiquilla angustiosamente tímida se transformó en asombrosamente extravertida cuando descubrió, a los trece años, el secreto de las ventas.

Su historia empieza con un deseo, un deseo al rojo vivo.

El sueño de Markita y de su madre, que trabajaba como camarera en Nueva York después de que su marido la abandonara cuando la niña tenía ocho años, era viajar por todo el mundo.

—Trabajaré lo que sea necesario para que puedas ir a la universidad —dijo un día la madre—. Y cuando te gradúes, tú ganarás suficiente dinero para que las dos podamos viajar por todo el mundo, ¿de acuerdo?

De modo que cuando Markita, a los trece años, leyó en su revista de las Niñas Exploradoras que la exploradora que vendiera más galletas ganaría un viaje alrededor del mundo para dos personas, con todos los gastos pagados, decidió vender todas las galletas que pudiera... más de las que nadie hubiera vendido jamás en el mundo.

Pero con el deseo solamente no basta y Markita sabía que si quería que su sueño se volviera realidad necesitaba tener un plan.

—Has de ir siempre vestida de forma adecuada, como una profesional —le aconsejó su tía—. Cuando estés vendiendo galletas, has de vestir como corresponde, con tu uniforme de Niña Exploradora. Cuando vayas a visitar a la gente en una casa de apartamentos, a media tarde y especialmente los viernes por la noche, pídeles que te hagan un encargo importante. Sonríe siempre y sé siempre amable, no importa si te compran o no. No les pidas que te compren galletas, sino que hagan una inversión.

Muchas otras Niñas Exploradoras debieron querer hacer ese viaje alrededor del mundo y muchas debieron hacer un plan, pero sólo Markita salió con su uniforme todos los días después de clase, dispuesta a pedir y a seguir pidiendo que la gente invirtiera en su sueño.

—Hola, buenos días. Ayúdeme a realizar mi sueño. Estoy vendiendo las galletas que preparan las Niñas Exploradoras para reunir fondos para que mi madre y yo podamos hacer un viaje alrededor del mundo —decía al llamar a la puerta—. ¿No querría comprar una o dos docenas de cajas de galletas?

Ese año Markita vendió tres mil quinientas veintiséis cajas de galletas de las Niñas Exploradoras y ganó un viaje alrededor del mundo. Desde entonces ha vendido más de cuarenta y dos mil cajas de galletas, ha participado en convenciones de ventas a lo largo y ancho de los Estados Unidos, ha sido la estrella de una película de los estudios Disney sobre su propia aventura y ha sido coautora del best seller Cómo vender más galletas, Cadillacs, ordenadores... y cualquier otra cosa.

Markita no es más lista ni extravertida que otros miles de personas, jóvenes y viejas, con sueños propios. La diferencia está en que Markita ha descubierto el secreto de las ventas: pedir, pedir, pedir. Hay mucha gente que fracasa sin haber empezado, porque ni siquiera consigue pedir lo que quiere. El miedo al rechazo nos conduce, no importa qué vendamos, a rechazarnos y a rechazar nuestros propios sueños, mucho antes de que nadie más haya tenido oportunidad de hacerlo.

Y todo el mundo está vendiendo algo.

—Todos los días uno se está vendiendo a sí mismo, a su maestro, a su jefe, a las personas nuevas que va conociendo —dijo Markita a los catorce años—. Mi madre es camarera y se pasa el día vendiendo bocadillos. Los alcaldes y los presidentes que tratan de conseguir votos se están vendiendo a sí mismos... Una de mis maestras favoritas era la señora Chapín, que convertía la geografía en algo interesante y eso, en realidad, es vender. Yo veo ventas por dondequiera que mire. Vender forma parte de la vida de todo el mundo.

Hace falta coraje para pedir lo que quieres y tener coraje no quiere decir no tener miedo; es hacer lo que haga falta hacer, a pesar del miedo. Tal como ha descubierto Markita, cuanto más pides, más fácil (y más divertida) te va resultando la cosa.

Una vez, en un programa de televisión en directo, el productor decidió poner a Markita ante su desafío de ventas más duro. Le pidió que vendiera galletas de las Niñas Exploradoras a otro invitado al programa.

—¿No quisiera comprar una o dos docenas de galletas de las Niñas Exploradoras? —le preguntó ella sin más ni más.

—¿Quieres que yo te compre galletitas de las Niñas Exploradoras? —se burló el hombre—. ¡Yo soy guardián de la Penitenciaría Federal, y todas las noches me ocupo de que dos mil ladrones, violadores, criminales, contrabandistas y otros delincuentes se vayan a acostar a la hora debida!

Inmediatamente, sin dejarse impresionar, Markita le respondió:

—Señor, tal vez si usted probara una de estas galletas no sería tan mezquino, quisquilloso y malvado. Además, me parece que sería una excelente idea que les llevara también algunas a cada uno de sus dos mil prisioneros, ¿sabe? —le sugirió finalmente.

El guardián de la penitenciaría le firmó un cheque.
Jack Canfield y Mark V. Hansen

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Y a ti, ¿se te movió la tierra?

A los once años Ángela sufrió una grave enfermedad que le afectó el sistema nervioso. No podía caminar y además tenía otras dificultades en sus movimientos. Los médicos no albergaban esperanzas de que llegara a recuperarse alguna vez y predijeron que pasaría el resto de sus días en una silla de ruedas. En su opinión, eran muy pocos, por no decir ninguno, los casos en que el paciente podía volver a la vida normal. Pero Ángela no se amilanó. Inmovilizada en su lecho del hospital decía, a quien quisiera oírla, que ella estaba decidida a volver a caminar algún día.

La trasladaron a un hospital en el área de la Bahía de San Francisco especializado en rehabilitación, donde echaron mano de todas las terapias que era posible aplicar en su caso. Los terapeutas estaban fascinados por el espíritu de lucha de la niña. Le enseñaron una técnica de trabajo que se basa en imaginar los movimientos; algo que, aunque no obtuviera resultados, le daría al menos una cierta esperanza, además de ocupar su mente durante las largas horas que tenía que pasar despierta en la cama. Ángela se esforzaba todo lo que podía en las sesiones de terapia física, en la piscina y en los ejercicios que le prescribían, pero no menos empeño ponía en cumplir fielmente con las sesiones de trabajo mental en las que se imaginaba moviéndose, moviéndose... ¡moviéndose!

Un día, mientras ponía todo su empeño en imaginarse que sus piernas volvían a moverse, creyó que se estaba produciendo un milagro: ¡La cama se movió! ¡Empezó a moverse por la habitación!

—¡Mirad lo que estoy haciendo! —gritó Angela, entusiasmada—. ¡Mirad, mirad! ¡Me muevo, me muevo!

En ese momento, en el hospital, todo el mundo también gritaba y corría en busca de protección. La gente vociferaba, las máquinas y los instrumentos se caían, los cristales se rompían. ¡Se estaba produciendo un terremoto en San Francisco! Pero no se lo digáis a Ángela, está convencida de que fue ella quien lo hizo. Ahora, pocos años después, ha vuelto a la escuela. Camina sola, sin muletas ni silla de ruedas. Y, por cierto, alguien que es capaz de hacer temblar la tierra desde San Francisco a Oakland puede superar una enfermedad tan tonta, ¿no?
Hanoch McCarty

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Las pegatinas de Tommy

Después de haberme oído hablar del Banco de los Niños, un chiquillo de nuestra parroquia en la playa de Huntington vino a verme, me estrechó la mano y me dijo:

—Me llamo Tommy Tighe, tengo seis años y quiero pedir un préstamo a su Banco de los Niños.

—Tommy, uno de mis objetivos es prestar dinero a los niños. Hasta ahora, todos los niños me lo han devuelto. ¿Cuál es tu proyecto?

—Desde que tenía cuatro años pienso que yo podría conseguir la paz en el mundo. Quiero producir una pegatina que diga: «¡POR NOSOTROS LOS NIÑOS, POR FAVOR, HACED LA PAZ!», firmado: «Tommy».

—En eso puedo respaldarte —le aseguré.

Tommy necesitaba cuatrocientos cincuenta y cuatro dólares para producir mil pegatinas. El Mark Victor Hansen Children's Free Enterprise Fund extendió un cheque para el impresor que se encargaría de imprimir las pegatinas.

—Si no te devuelve el préstamo —me susurró al oído el padre de Tommy—, ¿le embargarás la bicicleta?

—No, puedes apostar lo que quieras a que todos los niños nacen siendo honrados, con un sano concepto de lo que es moral y ético. Es la maldad lo que hay que enseñarles. Creo que devolverá el dinero.

Lector, si tienes un niño de más de nueve años, déjale trabajar por dinero para alguien que sea honrado y tenga firmes principios morales y éticos; así es como aprenderá el principio de la honradez.

Le dimos a Tommy una copia de todas mis cintas, las escuchó veinte veces cada una y asimiló debidamente sus contenidos. Una de las cosas que dicen esas cintas es: «Empieza siempre a vender desde la cumbre». Tommy convenció a su padre para que lo llevara hasta la casa de Ronald Reagan. Tommy llamó al timbre y respondió el portero. Durante dos minutos, el niño le hizo un impecable discurso de venta de sus pegatinas. El hombre se llevó la mano al bolsillo, le dio un dólar cincuenta y le dijo que esperara, que llamaría al ex presidente.

—¿Por qué le pediste a él que te comprara? —le pregunté.

—En las cintas, tú dices que hay que pedirles a todos que te compren —me respondió, y tuve que reconocer que así era. Me sentí culpable.

Le envió una pegatina a Mikhail Gorbachov con un cupón para que le remitiera un dólar y medio. Gorbachov se lo envió, con una foto que decía «Sigue luchando por la paz, Tommy; Mikhail Gorbachov, Presidente».

Como yo colecciono autógrafos, le dije que le daría quinientos dólares por el autógrafo de Gorbachov.

—No, gracias, Mark —fue su respuesta.

—Tommy, yo soy dueño de varias compañías. Cuando seas mayor, me gustaría contratarte —le dije.

—¿Lo dices en broma? —me respondió—. Cuando sea mayor, te contrataré yo a ti.

En la edición dominical del periódico Orange County Register se publicó un artículo de portada sobre la historia de Tommy, el Children's Free Enterprise Bank y yo. El periodista Marty Shaw estuvo seis horas entrevistando a Tommy y publicó una entrevista sensacional. Le preguntó cuál pensaba que sería el impacto de su acción sobre la paz mundial y Tommy le respondió:

—Creo que todavía no tengo suficiente edad; en mi opinión, hay que tener ocho o nueve años para detener todas las guerras en el mundo.

Cuando Marty le preguntó quiénes eran sus héroes, la respuesta de Tommy fue:

—Mi papá, George Burns, Wally Joiner y Mark Victor Hansen.

Tommy tiene buen gusto cuando se trata de elegir a sus modelos de comportamiento.

Tres días después recibí una llamada de la Hallmark Greeting Card Company, una empresa de fabricación de tarjetas postales impresas para saludos. Una vendedora de la Hallmark les había mandado por fax una copia del artículo del Register y, como estaban preparando una convención en San Francisco, querían que Tommy hablara en ella. Después de todo, se daban cuenta de que Tommy se había marcado nueve objetivos y los había cumplido:
1. Valoró los costes de su proyecto.

2. Hizo imprimir la pegatina.

3. Pidió un préstamo.

4. Encontró una forma de comunicarle su proyecto a la gente.

5. Consiguió direcciones de algunos líderes.

6. Escribió una carta a todos los presidentes y líderes de otros países y les envió a todos una pegatina.

7. Habló de la paz con todo el mundo.

8. Habló de su negocio con los medios de comunicación.

9. Tuvo una conversación con la escuela.
Hallmark quería que mi compañía, Mira Quién Habla, le pusiera en contacto con Tommy para hablar en su convención. Aunque el parlamento de Tommy no llegó a concretarse, porque no hubo tiempo suficiente, la negociación entre Hallmark, Tommy y yo fue entretenida, estimulante y poderosa.

Joan Rivers llamó a Tommy Tighe para que participara en su programa de televisión. Alguien también le había enviado a ella por fax la entrevista publicada en el Register.

—Tommy —le dijo—, soy Joan Rivers y quiero que vengas a mi programa de televisión que tiene una audiencia de millones de personas.

—¡Fantástico! —dijo Tommy, que no tenía la más remota idea de quién era Joan Rivers.

—Te pagaré trescientos dólares —le ofreció ella.

—¡Perfecto! —dijo Tommy, que tras haber escuchado mis cintas Sell yourself rich [Véndase y hágase rico] hasta sabérselas de memoria, siguió vendiéndose a Joan diciéndole:

—Pero como no tengo más que ocho años no puedo ir solo. Seguro que tú podrás permitirte pagarle también a mi mamá, ¿verdad, Joan?

—¡Por supuesto!

—De paso, acabo de ver un programa de televisión y presentaba el Hotel Trump Plaza como una buena opción cuando vas de viaje a Nueva York. ¿Sería posible, Joan?

—Sí —respondió ella.

—El programa también decía que cuando estás en Nueva Tork debes visitar el Empire State Building y la Estatua de la Libertad. Nos podrás conseguir las entradas, ¿verdad?

—Sí...

—Perfecto. ¿Te dije que mi mamá no sabe conducir? ¿Podemos usar tu coche y tu chófer?

—Seguro —dijo Joan.

Tommy fue al programa de Joan Rivers y se quedó boquiabierto ante Joan, las cámaras y el público. Tommy era tan guapo, interesante, ingenioso y honesto, y les contó a todos unas historias tan cautivadoras y persuasivas que todo el público sacó dinero de sus carteras para comprar una pegatina.

Al final del programa Joan se inclinó para preguntarle si él en realidad creía que con su pegatina, iba a conseguir la paz en el mundo y Tommy, con una sonrisa radiante, le respondió con entusiasmo:

—Hace dos años que la lancé y ya he conseguido que echaran abajo el Muro de Berlín, ¿no te parece que lo estoy haciendo bastante bien?
Mark V. Hansen

â

Si no pides, no te darán; pero si pides, sí

Mi mujer, Linda, y yo vivimos en Miami. Cuando acabábamos de empezar nuestro programa de formación de autoestima, Little Acorns, para enseñar a los niños a decir que no a las drogas, a la promiscuidad sexual y a otras formas de comportamiento autodestructivo, recibimos un folleto de una conferencia pedagógica en San Diego. Al leerlo y enterarnos de que allí iban a estar todos los que son alguien, nos dimos cuenta de que teníamos que ir, pero no veíamos cómo. Estábamos empezando a arrancar, los dos trabajábamos fuera de casa y nuestros ahorros se nos habían agotado ya con las primeras etapas del proyecto. No había manera de que pudiéramos comprar los billetes de avión ni de asumir ninguno de los otros gastos; pero, como sabíamos que teníamos que estar allí, empezamos a preguntar.

Lo primero que hice fue llamar a la conferencia de coordinadores en San Diego, para explicarles por qué teníamos que estar allí y preguntarles si nos concederían dos admisiones complementarias en la conferencia. Cuando expliqué nuestra situación, lo que hacíamos y por qué teníamos que estar allí, dijeron que sí. O sea que ya habíamos conseguido la admisión.

Le dije a Linda que teníamos las plazas confirmadas y que podíamos ir a la conferencia.

—¡Perfecto! —me dijo—. Pero estamos en Miami y la conferencia es en San Diego. ¿Qué hacemos?

Llamé a una compañía aérea, la Northeast Airlines. La mujer que me atendió resultó ser la secretaria del presidente, así que le dije lo que necesitaba. Me puso en contacto directo con el presidente, Steve Quinto. Le expliqué que acababa de hablar con los organizadores de la conferencia en San Diego y que nos habían facilitado la admisión gratuita en la conferencia, pero que no sabíamos cómo llegar allí y que si podrían facilitarnos gratuitamente dos pasajes de ida y vuelta de Miami a San Diego. Me respondió afirmativamente, sin más. Fue así de rápido y lo que dijo después realmente me dejó azorado.

—Gracias por pedírmelo —me dijo.

—¿Cómo?

—No es frecuente que tenga la oportunidad de hacer algo por los demás a menos que alguien me lo pida. Lo mejor que puedo hacer es dar algo de mí mismo y eso es lo que usted me ha pedido. Me ha ofrecido una buena oportunidad y quiero agradecérsela.

Estaba sorprendido, pero le agradecí su gentileza y corté la comunicación. Miré a mi mujer y le dije:

—Cariño, ¡ya tenemos los pasajes de avión!

—¡Fantástico! —me dijo, y me preguntó dónde nos hospedaríamos.

Llamé a la Holiday Inn Dowtown en Miami y les pregunté dónde estaban las oficinas centrales de la compañía. Me dijeron que en Memphis, Tennessee. Los llamé y me pusieron en contacto con un ejecutivo de San Francisco que controlaba todos los hoteles Holiday Inn de California. Le expliqué que habíamos conseguido los billetes de avión y le pregunté si podía ayudarnos en el alojamiento durante los tres días de la conferencia. Me preguntó si nos parecía bien ser sus huéspedes en su nuevo hotel, en el centro de San Diego.

—Sería estupendo —le dije, y entonces continuó:

—Un momento, tengo que advertirle que el hotel está a unos cuarenta y cinco kilómetros del lugar donde se celebra la conferencia y tendrán que encontrar un medio de transporte para llegar allí.

—Ya me las arreglaré, aunque tenga que comprar un caballo —le respondí. Después le dije a mi mujer:

—Cariño, ya tenemos la inscripción, los billetes de avión y un lugar donde dormir. Lo que necesitamos ahora es un coche para ir y venir del hotel al campus dos veces al día.

Llamé a National Car Rental, les conté toda la historia y les pregunté si podrían ayudarme. Me preguntaron si un Oldsmobile del 88 me vendría bien y les dije que sería perfecto.

Habíamos solucionado todos los detalles del viaje en un solo día.

Ya en la conferencia nos las arreglamos comiendo por nuestra propia cuenta los primeros días; pero, antes de que terminara la conferencia, le conté nuestro problema a uno de los participantes:

—Cualquiera que tenga la amabilidad de invitarnos a almorzar se hará acreedor de nuestro eterno agradecimiento.

Alrededor de cincuenta personas se ofrecieron a invitarnos, de manera que terminamos teniendo resuelto el asunto de las comidas.

Lo pasamos maravillosamente, aprendimos muchísimo y contactamos con gente como Jack Canfield, que todavía sigue en nuestra junta de asesores. A nuestro regreso acabamos de organizar el programa, que tiene un índice de crecimiento de, aproximadamente, un cien por cien anual. El junio pasado graduamos a la familia número 2.250 que participó en el curso de formación de Little Acorn. También hemos celebrado dos importantes conferencias para educadores sobre el tema «Hagamos el mundo seguro para los niños», a las cuales invitamos a gente de todo el mundo. Miles de educadores han acudido para compartir ideas sobre cómo hacer seminarios de autoestima en sus aulas mientras todavía están enseñando primeras letras.

La última vez que patrocinamos la conferencia invitamos a educadores de ochenta y un países. Diecisiete naciones enviaron representantes, entre ellos algunos ministros de educación. Gracias a todo ello hemos recibido invitaciones para llevar nuestro programa a Rusia, Ucrania, Bielorrusia, Gelaruth, Kazakhstan, Mongolia, Taiwan, las islas Cook y Nueva Zelanda.

De modo que ya veis cómo se puede conseguir cualquier cosa sin más molestia que pedírselo a bastante gente.
Rick Gelinas

â

El sueño de Rick Little

A las cinco de la mañana Rick Little se quedó dormido al volante de su coche, cayó por un terraplén de tres metros y se estrelló contra un árbol. Pasó los seis meses siguientes inmovilizado, con la columna rota. Entonces tuvo tiempo de sobra para reflexionar en profundidad sobre su vida... algo para lo que sus trece años en la escuela no le habían preparado. Una tarde, sólo dos semanas después de haber recibido el alta en el hospital, se encontró con su madre semiinconsciente y tendida en el suelo por una sobredosis de somníferos. Una vez más, Rick comprobó que sus estudios no le habían preparado para enfrentarse con los problemas de la vida.

Durante los meses que siguieron, Rick empezó a plantearse dar forma a un curso que permitiera dotar a los estudiantes de autoestima, dominio de las relaciones humanas y capacidad para resolver conflictos... para desenvolverse en situaciones críticas. Cuando se puso a investigar sobre los puntos que debería contemplar el curso, tropezó con un estudio realizado por el National Institute of Education de Estados Unidos, en el cual se había preguntado a mil personas de treinta años si tenían la sensación de que la enseñanza secundaria les había ofrecido las habilidades que necesitaban para enfrentarse a la vida real. Más del ochenta por ciento de ellos respondieron: «No, en absoluto».

A los mismos encuestados se les preguntó también qué desearían ahora que les hubieran enseñado. Las respuestas que mayor puntuación obtuvieron se referían a cuestiones vinculadas con las relaciones humanas: cómo llevarse mejor con las personas con las que uno convive, cómo encontrar trabajo y cómo conservarlo, cómo conducirse en situaciones de conflicto, cómo ser un buen padre o una buena madre, cómo entender la evolución normal de un niño, cómo enfrentarse a la administración de finanzas... y cómo captar el significado de la vida.

Aleccionado por su interés en crear una clase que pudiera preparar a la gente para solucionar ese tipo de carencias, Rick abandonó la universidad y se dedicó a entrevistar estudiantes de escuela secundaria a lo largo y ancho del país. En su búsqueda de información sobre los temas que debería incluir el curso, formuló las siguientes preguntas a más de dos mil estudiantes de ciento veinte escuelas secundarias:


  1. Si tuvieras que organizar un programa en tu escuela secundaria que te ayudara a enfrentar los problemas con los que te tropiezas ahora y con los del futuro, ¿qué temas incluirías?

  2. Haz una lista con los diez principales problemas de tu vida que quisieras ver mejor resueltos en casa y en la escuela.


Al margen de que los estudiantes provinieran de escuelas privadas para gente adinerada o de agrupaciones urbanas marginales, de centros rurales o de escuelas suburbanas, las respuestas presentaban una similitud sorprendente. La

soledad y el rechazo eran los primeros problemas en la lista. Además, en lo referente a la lista de habilidades que querían que les enseñaran, todos coincidían con las que habían expresado los mayores de treinta años.

Rick se pasó dos meses durmiendo en su coche y viviendo con un total de sesenta dólares. Su dieta osciló entre las galletas con mantequilla de cacahuete y el ayuno. Rick tenía pocos recursos, pero estaba entusiasmado con su sueño.

El paso siguiente de Rick fue elaborar una lista con los principales educadores y consultores psicológicos de toda la nación, a quienes luego visitó uno por uno para pedirles su apoyo y el aporte de su experiencia. Por más que les impresionara su enfoque, es decir, la idea de preguntar directamente a los estudiantes qué era lo que querían aprender, no fue mucha la ayuda que le ofrecieron. Se limitaron a decirle que era demasiado joven, que retomara sus estudios y que, después de haberse graduado, podría seguir adelante con su encuesta. Ninguno de ellos lo estimuló o alentó.

Sin embargo, Rick persistió. Cumplió veinte años y ya había vendido su coche y su ropa, había pedido dinero prestado a todos sus amigos y arrastraba una deuda de treinta y dos mil dólares. Alguien le sugirió que fuera a una fundación para pedirle que financiara su proyecto.

La primera visita que realizó le supuso una decepción enorme. Al entrar en el despacho, Rick estaba literalmente temblando de miedo. El vicepresidente de la fundación era un hombre de pelo oscuro, con un rostro frío y serio. Durante media hora no dijo una palabra mientras Rick le abría su corazón hablándole de su madre, de los dos mil niños y de sus planes para un nuevo estilo de cursos en la escuela secundaria.

Cuando acabó, el vicepresidente empujó hacia él un montón de papeles, diciéndole:

—Hijo, hace casi veinte años que estoy en esta fundación. Hemos financiado todos estos programas de educación, todos han fallado y creo que el tuyo también fracasará. Las razones son obvias: tú tienes veinte años y no tienes ni experiencia, ni dinero, ni título universitario. ¡Nada!

Rick se prometió demostrarle su error a aquel hombre y comenzó a investigar cuáles eran las fundaciones que se interesaban en la financiación de proyectos para adolescentes. Después pasó muchos meses escribiendo formularios para solicitudes de becas; en ello trabajaba desde primera hora de la mañana hasta bien entrada la noche. Pasó un año entero rellenando laboriosamente impresos de solicitud, cada uno de ellos preparado cuidadosamente a la medida de los intereses y los requisitos de cada una de las fundaciones. Cada propuesta estaba repleta de esperanzas y todas fueron rechazadas.

Finalmente, después de que hubiera sido rechazada su propuesta número ciento cincuenta y cinco, Rick sintió que todos sus apoyos se desmoronaban. Sus padres empezaban a suplicarle que reiniciara sus estudios universitarios y Ken Greene, un educador que había dejado su trabajo para ayudar a Rick, le dijo:

—Rick, ya no me queda dinero y tengo mujer e hijos que mantener. Esperaré una respuesta más, pero si es una negativa, dejaré el proyecto y volveré a la enseñanza.

A Rick le quedaba una última esperanza. Espoleado por la desesperación y la convicción, se las arregló para seducir con sus discursos a una serie de secretarias y consiguió concertar un almuerzo de trabajo con el doctor Russ Mawby, presidente de la Fundación Kellogg. Mientras se dirigían al restaurante pasaron frente a una heladería y Mawby le preguntó si le apetecía tomar un helado. Rick asintió, pero su ansiedad terminó por derrotarlo. Con el temblor de la mano, se le aplastó el cucurucho y, mientras el chocolate se le derretía entre los dedos, hizo un esfuerzo, furtivo pero frenético, para deshacerse de él antes de que el doctor Mawby pudiera darse cuenta de lo sucedido. Finalmente Mawby lo vio, estalló en una carcajada y él mismo le pidió al camarero un manojo de servilletas de papel que entregó a Rick.

Muy avergonzado, éste subió al coche. ¿Cómo podía pedir fondos para un nuevo programa educacional alguien que ni siquiera era capaz de arreglárselas con un cucurucho de helado?

Dos semanas después, Mawby le telefoneó.

—Lo siento, pero en la reunión de directorio se votó en contra de su solicitud de una subvención de cincuenta y cinco mil dólares.

Rick sintió que las lágrimas le inundaban los ojos. Llevaba dos años trabajando por un sueño que ahora, simplemente, se hundía.

—Sin embargo —continuó Mawby—, toda la junta votó, de forma unánime, la concesión de ciento treinta mil dólares para su proyecto.

Entonces, sin poder contener las lágrimas, tartamudeando, Rick a duras penas pudo dar las gracias.

Desde entonces Rick Little ha llegado a reunir más de cien millones de dólares para financiar su sueño. Sus programas se enseñan actualmente en más de treinta mil escuelas de los cincuenta estados de la Unión y en treinta y dos países. Tres millones de niños al año reciben una enseñanza de importancia vital porque un adolescente de diecinueve años se negó a aceptar un «no» por respuesta.

En 1989, debido al increíble éxito obtenido, el sueño de Rick Little se expandió de tal manera que le asignaron sesenta y cinco millones de dólares, la segunda suma concedida en la historia de los Estados Unidos, para crear la International Youth Foundation [Fundación Internacional para la Juventud], cuyo propósito es identificar y apoyar los programas para la juventud que obtengan éxito en el mundo.

La vida de Rick Little es un testimonio del poder que tiene un compromiso sincero con una visión elevada, cuando se da unido a la voluntad de seguir luchando hasta que el sueño llegue a hacerse realidad.
Adaptado del relato de Peggy Mann

â

La magia de la fe

Todavía no tengo edad para jugar al béisbol ni al fútbol. Mamá me dijo que cuando empiece a jugar al béisbol, no podré correr tan rápido como los demás, porque me operaron. Le dije a mamá que no necesitaré correr especialmente rápido. Cuando juegue al béisbol golpearé las bolas tan fuerte que saldrán del estadio. Entonces me bastará con caminar.
Edward J. McGrath, Jr.

An Exceptional View of Life

â

Glenna y su lista de objetivos
En 1977 yo era una madre soltera con tres hijas pequeñas, casa y coche por pagar y la necesidad de reavivar las brasas de algunos sueños.

Una noche estuve en un seminario donde oí hablar a un hombre del principio de I x I = R (Imaginación por Intensidad igual a Realidad). El conferenciante señaló que la mente piensa en imágenes y no en palabras. Afirmó que si lo imaginamos intensamente, lo que deseamos se convertirá en realidad.

Este concepto hizo resonar una chispa de esperanza en mi corazón. Ya conocía la verdad bíblica de que el Señor nos concede «los deseos de nuestro corazón» (Salmos 37, 4), y la de que «tal como piensa un hombre en su corazón, así es él» (Proverbios 23, 7).

Decidí entonces poner por escrito mi lista de plegarias y convertirla en imágenes. Empecé por recortar ilustraciones de revistas viejas que representaran los «deseos de mi corazón», las coloqué en un álbum de fotografías y, con grandes expectativas, me puse a esperar.

Mis imágenes, todas muy específicas, incluían:
1. Un hombre guapo.

2. Una pareja de novios.

3. Ramilletes de flores (soy muy romántica).

4. Hermosas piezas de joyería con brillantes (me justifiqué diciéndome que Dios amaba a David y a Salomón, y que ambos fueron hombres muy ricos).

5. Una isla en el Caribe, rodeada de un mar intensamente azul.

6. Una vivienda de ensueño.

7. Muebles nuevos.

8. Una mujer que recientemente había llegado a ser vicepresidenta de una gran corporación. (Yo estaba trabajando en una compañía que no tenía mujeres en sus cargos directivos y quería ser la primera vicepresidenta que tuviera la empresa.)
Aproximadamente ocho semanas después, a las diez y media de la mañana, cuando iba conduciendo por una autopista californiana, me adelantó un estupendo Cadillac rojo y blanco. Me quedé mirándolo, porque era un coche muy hermoso, y el conductor también me miró, me sonrió y yo le devolví la sonrisa, es lo que siempre hago; pero entonces empecé a tener problemas. ¿No les ha pasado nunca? Traté de fingir que no lo había mirado. «¿Quién, yo? ¡Si yo no lo miré!» A partir de entonces me siguió durante más de veinte kilómetros. ¡Me dio un susto de muerte! Si yo aceleraba, él aceleraba; si yo paraba, él paraba... ¡y pensar que finalmente me casé con él!

Al día siguiente de haber salido juntos por primera vez, Jim me envió una docena de rosas. Después descubrí que él tenía una afición predilecta: coleccionaba brillantes, ¡de los grandes!, y andaba en busca de alguien a quien regalárselos: ¡me ofrecí desinteresadamente! Estuvimos un par de años saliendo juntos y todos los lunes por la mañana recibía una rosa roja de tallo larguísimo con una tarjeta llena de palabras de amor.

Tres meses antes de casarnos, Jim me dijo que había encontrado el lugar perfecto para nuestra luna de miel:

—¡Iremos a la isla de San Juan, en el Caribe!

—Jamás se me habría ocurrido! —me admiré, riendo.

No le confesé la verdad respecto a mi libro de imágenes hasta que pasó casi un año desde nuestra boda. Lo hice cuando estábamos mudándonos a nuestro suntuoso nuevo hogar y decorándolo con los elegantes muebles que había imaginado (Jim resultó ser el distribuidor, en la Costa Oeste, de una de las principales firmas de fabricantes de muebles del este del país).

La boda se celebró en Laguna Beach, California, y yo lucía el vestido de novia que había soñado. Ocho meses después de haber creado mi libro de sueños, me convertí en la vicepresidenta de Recursos Humanos de la compañía donde trabajaba.

En cierto sentido esto suena a cuento de hadas, pero es absolutamente cierto. Jim y yo hemos creado muchos «libros de imágenes» desde que nos casamos. Dios nos ha colmado con demostraciones de que estos poderosos principios de fe realmente funcionan.

Decide qué es lo que quieres en cada ámbito de tu vida, imagínatelo intensamente y después actúa en función de tus deseos, creando tu libro de objetivos personales. Convierte tus ideas en realidades concretas valiéndote de este sencillo ejercicio. No hay sueños imposibles. Recuerda que Dios ha prometido que concederá a sus hijos los deseos que cada uno albergue en su corazón.
Glenna Salsbury

â

Otra marca en la lista

Una tarde lluviosa, un chico de quince años, John Goddard, se sentó en la mesa de su cocina en Los Ángeles y escribió cinco palabras en un bloc de notas de color amarillo: «La lista de mi vida». Debajo de este título apuntó 127 objetivos; desde entonces, ha logrado 108 de estos objetivos. Aquí tienes la lista de John. No son objetivos fáciles; incluyen escalar las principales montañas del mundo, sumergirse en mares, correr una milla en cinco minutos o leer la obra completa de Shakespeare y La Enciclopedia Británica.


Explorar



1

 

El Nilo



2

 

El Amazonas



3

 

El Congo



4

 

El Cañón del Colorado

 

5

 

El Yangtzé (China)

 

6

 

El río Níger

 

7

 

El río Orinoco (Venezuela)



8

 

El río Coco (Nicaragua)


Estudiar culturas primitivas en:



9

 

El Congo



10

 

Nueva Guinea



11

 

Brasil



12

 

Borneo



13

 

El Sudán (una tormenta de arena casi le entierra vivo)



14

 

Australia



15

 

Kenia



16

 

Filipinas



17

 

Tanzania



18

 

Etiopía



19

 

Nigeria



20

 

Alaska


Escalar:







 

21

 

El Everest

 

22

 

El Aconcagua (Argentina)

 

23

 

El McKinley



24

 

El Huascarán (Perú)



25

 

El Kilimanjaro



26

 

El Ararat (Turquía)



27

 

El Monte Kenia



28

 

El monte Cook (Nueva Zelanda)



29

 

El Monte Popocatepelt (México)



30

 

El Mattherhorn



31

 

El Monte Rainer



32

 

El Monte Fuji



33

 

El Monte Vesuvius



34

 

El Monte Bromo (Java)



35

 

El Grand Tetons



36

 

El Monte Baldy (California)


Otros:






37

 

Estudiar Medicina y tener conocimientos de exploración (John ya ha empezado a estudiar Medicina y ya trata enfermedades entre tribus primitivas)



38

 

Visitar cada país del mundo (le faltan 30)



39

 

Estudiar las tribus navaho y hopi



40

 

Aprender a pilotar un avión



41

 

Cabalgar a caballo en el Rose Parade



Fotografiar:






42

 

Iguazú (Brasil)



43

 

Las cascadas de Victoria (Rodesia)



44

 

Las cascadas de Surherland (Nueva Zelanda)



45

 

Las cascadas de Yosemite



46

 

Las cascadas de Niágara



47

 

Hacer las rutas de Marco Polo y Alejandro el Grande


Sumergirme en:



48

 

Los arrecifes de coral de Florida



49

 

Los arrecifes de Australia (John fotografió una almeja de 120 Kilos)



50

 

El mar Rojo



51

 

Las islas Fiji



52

 

Las Bahamas



53

 

La marisma de Okefenokee y los Everglades en Florida


Visitar:




 

54

 

El Polo Norte y el Polo Sur



55

 

La gran muralla de China



56

 

Los canales de Panamá y Suez



57

 

La isla de Pascua



58

 

Las islas Galápagos



59

 

El Vaticano (vi al papa)
1   ...   4   5   6   7   8   9   10   11   ...   16

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