Sabemos todo lo que necesitamos saber para poner fin al innecesario sufrimiento emocional que mucha gente padece en la actualidad. Una elevada dosis de






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Recibirás un cuerpo


Puede ser que te guste o que lo odies, pero será tuyo durante todo el tiempo que pases aquí.


  1. Aprenderás lecciones


Estás anotado a tiempo completo en una escuela informal que se llama vida. Cada día que pases en ella tendrás oportunidad de aprender lecciones. Puede ser que las lecciones te gusten como que te parezca que no vienen al caso o que son estúpidas.


  1. No hay errores, sólo lecciones


El crecimiento es un proceso de ensayo y error: la experimentación. Los experimentos fallidos son parte del proceso en igual medida que los que, en última instancia, funcionan.


  1. Una lección se repite hasta que está aprendida


Cada lección se te presentará en diversas formas hasta que la hayas aprendido. Cuando eso suceda podrás pasar a la lección siguiente.


  1. El aprendizaje no tiene fin


No hay en la vida ninguna parte que no contenga lecciones. Si estás vivo, aún te quedan lecciones que aprender.


  1. «Allí» no es mejor que «aquí»


Cuando tu «allí» se ha convertido en un «aquí», simplemente habrás obtenido otro «allí» que te parecerá nuevamente mejor que «aquí».


  1. Los demás no son más que espejos que te reflejan


No puedes amar ni odiar nada de otra persona a menos que refleje algo que tú amas u odias en ti mismo.


  1. Lo que hagas de tu vida es cosa tuya


Tienes todas las herramientas y recursos que necesitas, lo que hagas con ellos es cosa tuya. La elección es tuya.


  1. Tus respuestas están dentro de ti


Las respuestas a las cuestiones de la vida están dentro de ti. Sólo tienes que mirar, escuchar y confiar.


  1. Te olvidarás de todo esto




  1. Puedes recordarlo siempre que quieras



Anónimo

â

3

Sobre la condición de padres

Quizá el mayor servicio social que

pueda ofrecer alguien al país y a la

humanidad sea formar y llevar

adelante una familia.
George Bernard Shaw

â

Los niños aprenden lo que viven

Si los niños conviven con las críticas,

aprenden a condenar.
Si los niños conviven con la hostilidad,

aprenden a pelear.
Si los niños conviven con el miedo,

aprenden a ser cobardes.
Si los niños conviven con la compasión,

aprenden a compadecerse de sí mismos.
Si los niños conviven con el ridículo,

aprenden a ser tímidos.
Si los niños conviven con los celos,

aprenden lo que es la envidia.
Si los niños conviven con la vergüenza,

aprenden a sentirse culpables.
Si los niños conviven con la tolerancia,

aprenden a ser pacientes.
Si los niños conviven con el estímulo,

aprenden a estar seguros de sí.
Si los niños conviven con el elogio,

aprenden a apreciar.
Si los niños conviven con la aprobación,

aprenden a gustarse a sí mismos.
Sí los niños conviven con la aceptación,

aprenden a encontrar amor en el mundo.
Si los niños conviven con el reconocimiento,

aprenden a tener un objetivo.
Si los niños conviven con la generosidad,

aprenden a ser generosos.
Si los niños conviven con la sinceridad y el equilibrio,

aprenden lo que son la verdad y la justicia.
Si los niños conviven con la seguridad,

aprenden a tener fe en sí mismos y en quienes los rodean.
Si los niños conviven con la amistad,

aprenden que el mundo es un bello lugar donde vivir.
Si los niños conviven con la serenidad,

aprenden a tener paz mental.

¿Con qué están conviviendo tus hijos?
Dorothy L. Nolte

â

Por qué escogí que mi padre fuera mi papá

Crecí en una hermosa y extensa granja en Iowa, criada por padres de esos a quienes con frecuencia se describe como la «sal de la tierra y la columna vertebral de la comunidad». Eran todas las cosas que sabemos que definen a los buenos padres: tiernos, entregados a la tarea de educar a sus hijos transmitiéndoles confianza y seguridad en ellos mismos. Esperaban que hiciéramos nuestras tareas de la mañana y de la tarde, que llegáramos a la escuela puntualmente, que sacáramos buenas notas y fuéramos personas honradas.

Somos seis hermanos. ¡Seis! Nunca pensé que tuviéramos que ser tantos, pero está claro que a mí nadie me consultó. Para colmo de males, el destino me dejó caer en pleno corazón de Norteamérica, en un clima que no podía ser más inhóspito y frío. Como todos los niños, también yo creía que se había producido una gran confusión universal y que conmigo se habían equivocado de familia... y además, con toda seguridad, de estado. Me enfermaba tener que enfrentarme con los elementos. Los inviernos en Iowa son tan gélidos, tan helados, que hay que hacer turnos para salir durante la noche a asegurarse de que las vacas y las ovejas no se hayan quedado en un lugar donde puedan morir congeladas. A los animales recién nacidos había que llevarlos al establo y, a veces, ocuparse de hacerlos entrar en calor para que no se nos murieran. ¡Así de fríos son los inviernos en Iowa!

Mi papá, un hombre increíblemente guapo, fuerte, carismático y enérgico, estaba siempre en acción. Mis hermanos y hermanas, como yo, sentíamos ante él un gran respeto. Lo honrábamos y le profesábamos la mayor estima. Ahora entiendo el porqué. En su vida no había incongruencias. Era un hombre honrado y de elevadísimos principios. El trabajo de la granja, que él mismo había escogido, era su pasión; y él, el mejor de los granjeros. Se encontraba en su elemento criando y ocupándose del ganado. Se sentía unido a la tierra y se enorgullecía de plantar y recoger las cosechas. Se negaba a cazar fuera de temporada, por más que ciervos, faisanes, codornices y otros animales silvestres abundaran pródigamente en nuestras tierras. Se negaba a incorporar abonos artificiales al suelo o a alimentar a los animales con otra cosa que no fuera forraje y grano. Nos enseñaba por qué actuaba de esa manera y por qué nosotros debíamos abrazar los mismos ideales. Hoy puedo darme cuenta de lo escrupuloso que era, porque todo aquello sucedía a mediados de los años cincuenta, antes de que se soñara siquiera con un compromiso universal tendente a la preservación del equilibrio ambiental en toda la tierra.

Papá era también un hombre muy impaciente, pero no en mitad de la noche, cuando estaba haciendo el recuento de los animales durante su última ronda nocturna. La relación que surgió entre nosotros a partir de todas aquellas situaciones compartidas fue simplemente inolvidable, y constituyó en mi vida una influencia compulsiva, tanto fue lo que llegué a saber de él. Con frecuencia oigo comentar a hombres y mujeres el poco tiempo que solían pasar con su padre. De hecho, todavía hoy, al estar con un grupo de hombres, uno siente que siguen buscando a tientas un padre a quien nunca conocieron. Yo sí conocí al mío.

Por entonces tenía la sensación de ser, secretamente, su hija favorita, aunque es muy posible que cada uno de los seis hermanos haya sentido lo mismo. Ahora bien, aquello tenía su lado bueno y su lado malo. El lado malo fue que papá me eligió a mí para que lo acompañara en aquellos controles de los establos, de noche y de madrugada, pese a que yo detestaba tener que levantarme y dejar la cama calentita para salir al aire helado de la madrugada. Pero en aquellas ocasiones era cuando papá se mostraba mejor y más cariñoso. Era enormemente comprensivo, paciente, tierno y, además, sabía escuchar. Su voz era suave y cuando lo veía sonreír entendía la pasión que mi madre sentía por él.

Fue durante aquella época cuando para mí se constituyó en el maestro modelo, concentrado siempre en los porqués, en las razones para seguir adelante. Hablaba interminablemente durante la hora u hora y cuarto que duraba nuestro paseo nocturno: de sus experiencias en la guerra, de los porqués de la guerra en que él había servido, dentro y fuera de la región, de la gente, de los efectos de la guerra y de sus secuelas. Una y otra vez volvía sobre el relato y a mí, en la escuela, la asignatura de historia se me hacía tanto más interesante y familiar.

Papá nos hablaba de lo que había sacado de positivo en sus viajes y de por qué era tan importante salir a ver mundo. Me inculcó la necesidad y el amor a los viajes. Cuando tuve treinta años, yo ya había visitado, fuera por trabajo o por placer, cerca de treinta países.

Él me hablaba de la necesidad y el amor del aprendizaje, y del porqué una educación formal es importante, e insistía también en la diferencia entre inteligencia y sabiduría. Deseaba ardientemente que yo no me limitara a terminar la escuela secundaria.

—Tú puedes hacerlo —me repetía—. Eres una Burres. Eres inteligente, tienes buena cabeza, y recuérdalo, eres una Burres.

No había manera de que pudiera decepcionarle. Tenía confianza de sobra para acometer cualquier carrera. Finalmente me doctoré, primero en filosofía y luego obtuve un segundo doctorado. Aunque el primero era para papá y el segundo para mí, hubo decididamente un sentimiento de curiosidad y de búsqueda que me facilitó la consecución de ambos.

Él me hablaba de normas y de valores, del desarrollo del carácter y de lo que esto significa en el curso de una vida. Yo escribo y enseño sobre un tema similar. Él hablaba de cómo tomar y evaluar decisiones, de saber cuándo hay que acabar con las pérdidas e irse y cuándo es preciso aferrarse a las decisiones tomadas, incluso frente a la adversidad. Hablaba de conceptos como ser y llegar a ser, y no solamente de tener y conseguir, y yo sigo usando esa frase. Nunca traiciones a tu corazón, decía. Hablaba de instintos viscerales y de cómo diferenciarlos para no venderse emocionalmente; también de cómo evitar que los demás le engañen a uno.

—Escucha siempre a tus instintos —decía—, y no olvides nunca que todas las respuestas que puedas necesitar están dentro de ti. Tómate tiempo para la soledad y el silencio. Mantente en silencio hasta que llegues a encontrar las respuestas dentro de ti y entonces escúchalas. Encuentra algo que te guste hacer y lleva una vida que lo demuestre. Tus objetivos deben provenir de tus valores y entonces tu trabajo irradiará el deseo de tu corazón. Esto te apartará de todas las distracciones tontas, que sólo servirán para hacerte perder el tiempo —y la vida no es más que tiempo—, para perder de vista cuánto puedes crecer en los años que te sean dados. Preocúpate de la gente —me decía—, y respeta siempre a la madre tierra. No importa dónde vivas, asegúrate de tener una visión plena de los árboles, el cielo y la tierra.

Mi padre. Cuando reflexiono sobre la forma en que amaba y valoraba a sus hijos, siento verdadera pena por los jóvenes que nunca conocerán de esta manera a sus padres ni sentirán jamás el poder del carácter, la ética, el empuje y la sensibilidad, todo ello reunido en una sola persona... como a mí me pasa, ya que mi padre era el vivo modelo de lo que predicaba. Yo sabía que él creía en mí y que quería que yo misma reconociera mi propio valor.

El mensaje de papá tenía sentido para mí porque jamás vi conflicto alguno con la forma en que él vivía su vida. Había pensado en su vida y la vivió día a día. Con el tiempo, fue comprando varias granjas (y hoy sigue siendo tan activo como entonces). Se casó y durante toda la vida amó a la misma mujer. Mi madre y él, que llevan ya cincuenta años juntos, siguen comportándose como dos enamorados inseparables. Son los mayores amantes que he conocido jamás. De igual manera amaba a su familia. Yo lo consideraba excesivamente posesivo y sobreprotector con sus hijos, pero ahora que soy madre puedo entender esas necesidades y verlas tal como son. Aunque él pensara que podía salvarnos del sarampión, y casi lo consiguió, se negó vehementemente a perdernos a causa de vicios destructivos. También entiendo ahora la firmeza de su determinación para conseguir que fuéramos adultos atentos y responsables.

Hasta el día de hoy, cinco de sus hijos residen a pocos kilómetros de él, y han optado por una versión de su estilo de vida. Son todos cónyuges y padres dedicados y la profesión que han elegido es la agricultura. Son, sin lugar a dudas, la espina dorsal de su comunidad. Hay algo peculiar en todo esto y sospecho que se debe a que me llevara a mí como acompañante en aquellas rondas de medianoche. Yo me orienté en una dirección diferente de la que tomaron mis otros cinco hermanos. Empecé mi carrera como educadora, asesora y profesora universitaria, terminé escribiendo varios libros para padres e hijos, con el fin de compartir lo que ya desde los primeros años había aprendido sobre la importancia del desarrollo de la autoestima. Los mensajes que escribí para mi hija son, aunque un poco modificados, los mismos valores que aprendí de mi padre, atemperados, como es natural, por mis propias experiencias vitales. Y siguen pasando a las nuevas generaciones.

También debería contaros algo de mi hija, una sana muchacha de casi un metro ochenta, que todos los años se matricula en tres deportes, a quien le preocupa la diferencia entre un sobresaliente y un notable, y que quedó finalista en la lucha por el título Miss California Teen. Pero no son sus dones y logros externos los que hacen que me recuerde a mis padres. La gente siempre me dice que mi hija está dotada de una gran bondad, una espiritualidad y un fuego interior muy especiales y profundos, que irradian manifiestamente de ella. La esencia de mis padres se ha encarnado en su nieta.

La actitud de amor por sus hijos y el hecho de haber sido padres dedicados ha tenido también un efecto sumamente enriquecedor y estimulante sobre la vida de mis padres. Mientras escribo esto mi padre está en la clínica Mayo de Rochester, sometiéndose a un chequeo que, según dicen los médicos, llevará entre seis y ocho días. Estamos en diciembre y, dado el rigor del invierno, tomó una habitación en un hotel próximo a la clínica a la que acude como paciente externo. A causa de sus obligaciones domésticas, mi madre sólo pudo acompañarlo durante los primeros días, de modo que la víspera de Navidad ya no estuvieron juntos.

La Nochebuena telefoneé a papá a Rochester para desearle una feliz Navidad. Por su voz, me pareció deprimido y desanimado. Al llamar a mi madre, que estaba en Iowa, también la encontré triste y malhumorada.

—Es la primera vez en la vida que tu padre y yo no pasamos juntos estas fiestas —se lamentó—, y sin él ni siquiera siento que hoy sea Navidad.

Yo tenía catorce invitados a cenar, dispuestos a pasar una velada festiva. Volví a la cocina, pero como no podía sacarme de la cabeza el problema de mis padres, llamé por teléfono a mi hermana mayor, quien a su vez llamó a mis hermanos. Una vez decidido que no era bueno que nuestros padres estuvieran separados en Nochebuena y que mi hermano menor iría con el coche a Rochester para traer a mi padre, sin decírselo a mi madre, lo llamé para comunicarle nuestros planes.

—Oh, no —protestó—, es demasiado peligroso salir una noche como ésta.

Mi hermano llegó a Rochester y me telefoneó desde la habitación del hotel para decirme que papá no quería venir.

—Tienes que decírselo tú, Bobbie. Eres la única a quien hará caso.

—Ve, papá. Adelante —le dije con suavidad, y aceptó.

Tim y papá salieron para Iowa. Los demás hijos fuimos llevando la pista de todo el viaje, con información del tiempo incluida, hablando con ellos por el teléfono del coche de mi hermano. En ese punto ya habían llegado mis invitados y todos participaron de la aventura. Cada vez que sonaba el teléfono, conectaba el altavoz para que todos pudieran oír las últimas noticias. Acababan de dar las nueve cuando sonó el teléfono; era papá que llamaba desde el coche.

—Bobbie, ¿cómo puedo llegar a casa sin llevarle un regalo a tu madre? ¡En casi cincuenta años, sería la primera vez que llegaría a casa en Navidad sin su perfume favorito!

Todos mis invitados estaban participando del viaje. Llamamos a mi hermana para que nos diera los nombres de los centros comerciales más próximos donde pudieran detenerse para comprar el único regalo que mi padre podía concebir hacerle a mamá: la misma marca de perfume que ha venido obsequiándole cada Navidad durante todos estos años.

A las 9:52 de esa noche mi hermano y mi padre salieron de un pequeño centro comercial en Minnesota y siguieron viaje a casa. A las 11:50 entraban con el coche en la granja. Mi padre, como un escolar muerto de risa, se ocultó tras un ángulo de la casa para que mamá no lo descubriera.

—Mamá, hoy he ido a visitar a papá y me ha dicho que te traiga esto para lavar —dijo mi hermano mientras entregaba las maletas a mi madre.

—Oh —suspiró ella con tristeza—, lo echo tanto de menos que en realidad podría ponerme a hacerlo ahora.

—No tendrás tiempo para hacerlo esta noche —dijo mi padre, saliendo de su escondite.

Después de que mi hermano me llamara para relatarme esta conmovedora escena, telefoneé a mi madre.

—¡Feliz Navidad, mamá!

—Ay, niños... —intentó decir ella con voz quebrada, tratando de contener las lágrimas, pero no pudo continuar. Mis invitados prorrumpieron en hurras.

Aunque yo estuviera a tres mil kilómetros de ellos, ésa fue una de las Navidades más especiales que he compartido con mis padres. Y por cierto que hasta el día de hoy mis padres no han estado jamás separados en Nochebuena. Tal es la fuerza de los hijos que aman y honran a sus padres y, por cierto, del maravilloso matrimonio hecho de amor y entrega que mis padres comparten.

—Los buenos padres —me comentó una vez Jonás Salk—, dan raíces y alas a sus hijos. Raíces para saber dónde está su hogar, y alas para volar lejos de él y ejercitar lo que ellos les han enseñado.

Si el legado de los padres es que los hijos alcancen la capacidad de llevar una vida con sentido, contar con un nido seguro y ser bienvenidos a él, entonces creo que yo he escogido bien a mis padres. Fue en esta última Navidad cuando mejor entendí por qué era necesario que estas dos personas fueran mis padres. Aunque las alas que ellos me dieron me han llevado por todo el mundo, para finalmente terminar en la hermosa California, las raíces que de ellos recibí serán, siempre, un cimiento de inconmovible solidez.
Bettie B. Youngs

â

La escuela de los animales

Una vez, hace muchísimo tiempo, los animales decidieron que debían hacer algo heroico para enfrentarse con los problemas de «un mundo nuevo», de modo que organizaron una escuela.

Adoptaron un programa de actividades compuesto de atletismo, escalada, natación y vuelo. Para facilitar la administración del programa, todos los animales se apuntaron en todas las actividades.

El pato era excelente en natación, e incluso mejor que su instructor, pero en cuanto al vuelo, sus notas apenas le permitieron pasar y en atletismo era un desastre. Como era tan lento corriendo, tuvo que quedarse después de clase, e incluso dejó de nadar para practicar a conciencia. Esta situación se mantuvo hasta que se le desgastaron muchísimo las membranas de las patas y terminó nadando con una velocidad discreta. Pero como en la escuela su nivel era aceptable a nadie le preocupó el asunto, salvo al pato.

El conejo empezó siendo el primero de la clase en atletismo, pero sufrió un colapso nervioso porque tanta natación lo había dejado agotado.

La ardilla era una escaladora excelente hasta que se frustró en la clase de vuelo libre, donde su instructor le hizo empezar remontándose desde el suelo, en vez de descender desde las copas de los árboles. Además, sufrió una contractura muscular por exceso de ejercicio que se tradujo en notas bajísimas tanto en escalada como en atletismo.

El águila, alumna problemática por excelencia, fue severamente castigada. En la clase de escalada venció a todos los demás llegando primera a la cima del árbol, pero insistió en llegar allí a su manera.

Al finalizar el año, una anguila anormal capaz de nadar asombrosamente bien y además de correr, trepar y volar un poco, obtuvo el promedio más alto y le encargaron el discurso de despedida.

Los perros salvajes no quisieron ir a la escuela y dejaron de pagar impuestos porque la administración no quiso incluir en el programa de estudios actividades como excavar y hacer madrigueras. Pusieron a estudiar a sus cachorros con un tejón y más adelante se unieron a las marmotas y las ardillas de tierra para iniciar una selectísima escuela privada.

¿Tiene alguna moraleja esta fábula?
George H. Reavis

â

Afectado

Mi hija se encuentra inmersa en la turbulencia de los dieciséis años. Recientemente, tras unos días en que no se sentía bien, supo que su mejor amiga no tardaría en mudarse. Además, en la escuela no le iba tan bien como ella había esperado, ni como lo habíamos esperado su madre y yo. Hecha un ovillo en la cama, desprendía tristeza a través del montón de mantas con que se cubría, en busca de consuelo. Por más que yo quisiera acercarme a ella, para rescatarla de todas las desdichas que se habían adueñado de su joven espíritu, e incluso dándome cuenta de lo mucho que me importaba y de cuánto deseaba ayudarle, sabía también lo aconsejable que era proceder con cautela.

En mi condición de terapeuta familiar, y principalmente gracias al testimonio de clientes a quienes un abuso sexual ha destrozado la vida, estoy al tanto del riesgo implícito en las expresiones de intimidad entre padres e hijas cuando son inadecuadas. Además tengo conciencia de la facilidad con que es posible sexualizar el afecto y la proximidad, especialmente en el caso de hombres para quienes el dominio emocional es territorio extranjero y confunden cualquier expresión de afecto con una invitación sexual.

Era tan fácil tenerla en brazos y consolarla cuando tenía dos o tres años, e incluso siete; pero ahora tenía la impresión de que su cuerpo, nuestra sociedad y mi condición masculina conspiraban contra mi deseo de consolar a mi hija, y me preguntaba cómo podía hacerlo sin dejar de respetar las necesarias fronteras entre un padre y una hija adolescente. Zanjé la cuestión ofreciéndole unas fricciones en la espalda, que ella aceptó.

Suavemente empecé a masajear su espalda huesuda y sus hombros tensos, mientras me disculpaba por mi reciente ausencia. Le expliqué que acababa de participar en las finales del campeonato internacional de masajes de espalda, donde me había clasificado en cuarto lugar. Le aseguré que es difícil superar los masajes que puede dar un padre preocupado, especialmente si además de estar preocupado tiene una alta puntuación mundial en esa especialidad. Y le fui contando detalles de la competición y de los demás participantes mientras, a base de dedos y manos, procuraba relajar sus músculos contraídos y aflojar las tensiones que trababan su joven vida.

Le hablé del arrugado viejecillo asiático que había quedado en tercer lugar, antes de mí, en la serie de pruebas. Tras haber estudiado acupuntura y digitopuntura durante toda la vida, podía concentrar su energía en los dedos, gracias a lo cual elevaba los masajes de espalda a la categoría de arte.

—Pulsaba y presionaba con la precisión de un prestidigitador —expliqué, mientras le hacía a mi hija una demostración de lo que había aprendido de aquel anciano. En respuesta, ella gimió, aunque yo no estaba seguro de si lo hacía contestando a mi discurso o a mi técnica de digitopuntura. Después le hablé de la mujer que se había clasificado segunda. Era turca y desde su infancia había practicado el arte de la danza del vientre, de manera que podía imprimir a los músculos un movimiento particularmente ondulante y fluido. Al masajear una espalda sus dedos despertaban en los músculos fatigados y en el cuerpo debilitado la necesidad urgente de vibrar, de estremecerse y danzar.

—Dejaba que los dedos caminaran para que los músculos los siguieran —expliqué mientras le hacía la demostración.

—Fantástico —fue apenas un murmullo que emergía débilmente de un rostro sepultado en la almohada. ¿Se referiría a mis palabras o a mi toque profesional?

Después me limité a frotarle la espalda, y los dos nos quedamos en silencio. Pasado un momento, me preguntó:

—Entonces, ¿quién quedó en primer lugar?

—Eso sí que no te lo creerás —respondí—. ¡Un bebé!

Y le expliqué cómo el tacto blando de un infante al explorar un mundo de la piel y las sensaciones, no se puede comparar con ningún otro tacto en el mundo. Más suave que la suavidad misma. Impredecible, tierno en su exploración. Unas manos diminutas que decían más de lo que jamás serán capaces de expresar las palabras. De la pertenencia, de la confianza, del amor inocente. Y entonces, tierna y suavemente, la toqué como había aprendido del bebé. En ese momento recordé vívidamente su propia infancia... lo que era tenerla en brazos, mecerla, observar cómo se iba aventurando, a tientas, en su propio mundo.

Y me di cuenta de que, en realidad, era ella la niña, el bebé que me había enseñado el tacto de un niño.

Tras un rato más de fricción lenta, suave, silenciosa, le dije que me sentía muy contento por haber aprendido tanto de los expertos mundiales en masajes de espalda. Le expliqué cómo me había convertido en un masajista de espalda aún mejor gracias a una hija de dieciséis años que, dolorosamente, iba asumiendo su edad adulta. En silencio ofrecí una plegaria de agradecimiento porque una vida así hubiera sido confiada a mis manos, por haber recibido la bendición y el milagro de tocarla.
Victor Nelson

â

Te quiero, hijo

Éstos son mis pensamientos mientras conduzco y llevo a mi hijo a la escuela: Buenos días, hijo. Estás muy guapo con tu equipo de boy-scout, no tan gordo como tu viejo cuando él era el boy-scout. No creo haber llevado nunca el pelo tan largo hasta que entré en la universidad, pero seguro que, de todas maneras, te reconocería: un poquito desaliñado cerca de las orejas, arrastrando los pies, con las rodilleras arrugadas... Nos vamos acostumbrando el uno al otro...

Ahora que tienes ocho años me doy cuenta de que ya no te veo tanto como antes. El Día de la Hispanidad saliste de casa a las nueve de la mañana. A la hora de almorzar te vi durante cuarenta y dos segundos, y reapareciste a las cinco para merendar. Te echo de menos, pero sé que hay asuntos serios que te tienen ocupado. Seguramente tan serios como las cosas que van haciendo por el camino los demás viajeros, quizá incluso más importantes.

Tú tienes que crecer y madurar, eso es más importante que preocuparme por la bolsa, preparar opciones de compra o pasar la vida discutiendo con los empleados. Tienes que aprender qué eres y qué no eres capaz de hacer... y, además, aprender a vivir con tus particularidades. Tienes que llegar a conocer a la gente y saber cómo se comportan cuando no están satisfechos consigo mismos... como los aprendices de matón que se instalan en el parking de bicicletas para fastidiar a los más pequeños. También tendrás que aprender a fingir que los insultos no te importan. Te importarán siempre, pero aprenderás a disimularlo para que la próxima vez no te digan cosas peores. Lo único que espero es que te acuerdes de cómo se siente uno en ese caso... por si alguna vez tú te decides a hostigar a algún niño más pequeño.

¿Cuándo fue la última vez que te dije que estaba orgulloso de ti? Sospecho que, si no puedo recordarlo, tengo que ponerme al día en la tarea. Recuerdo la última vez que te grité —fue para advertirte que llegarías tarde a la escuela si no te dabas prisa—, pero en resumidas cuentas, como solía decir Nixon, no has recibido de mí tantas palmadas afectuosas como alaridos. Para que tomes nota, en caso que leas esto, estoy orgulloso de ti. Me gusta especialmente tu independencia, la manera que tienes de cuidarte sin ayuda, aunque a mí a veces me dé un poco de miedo. Nunca has sido un llorón y eso te convierte en un chico muy especial, según mis normas.

¿Por qué será que a los padres nos cuesta tanto darnos cuenta de que un niño de ocho años necesita tantos abrazos como uno de cuatro? Si yo mismo no me controlo, pronto estaré cogiéndote del brazo y diciéndote: «¿Qué te cuentas, chaval?», en vez de abrazarte y decirte cuánto te quiero. La vida es demasiado corta para andar disimulando el afecto. ¿Por qué a los niños de ocho años os cuesta tanto daros cuenta de que quienes tenemos treinta y seis necesitamos tantos abrazos como un chiquillo de cuatro?

No sé si me acordé de decirte que estoy orgulloso de que vuelvas a comerte el almuerzo que te prepara tu madre, después de haber pasado una semana comiendo esos indigeribles bocadillos de salchicha de la cantina de la escuela. Me alegro de que valores y respetes tu cuerpo.

Ojalá el trayecto no fuera tan corto... quería hablarte de lo que pasó anoche... cuando tu hermano menor ya dormía y dejamos que te quedaras levantado para ver el partido de béisbol de los Yankees. Ésos son momentos muy especiales y no hay manera de planearlos por anticipado. Cada vez que proyectamos hacer algo juntos, no sale tan bien ni es tan interesante o tan afectuoso. Durante unos pocos minutos, demasiado cortos, fue como si ya fueras un adulto y estuviéramos sentados charlando, pero sin ninguna pregunta de ésas de cómo te va en la escuela. Yo ya había verificado tus deberes de matemáticas de la única forma que puedo... con una calculadora. Tú eres mucho mejor que yo con los números. Estuvimos hablando del partido y tú sabías más que yo de los jugadores, así que estuve aprendiendo de ti. Y cuando los Yankees ganaron, los dos estábamos encantados.

Bueno, ahí está el guardia urbano. Probablemente vivirá más que todos nosotros. Ojalá no tuvieras que ir hoy a la escuela. Hay tantas cosas que quisiera decirte...

Sales del coche tan rápidamente. Yo quisiera saborear el momento, pero tú ya has divisado a un par de amigos tuyos.

Lo único que quería decirte es que te quiero...
Victor B. Miller

â

Lo que eres es tan importante como lo que haces

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