Sabemos todo lo que necesitamos saber para poner fin al innecesario sufrimiento emocional que mucha gente padece en la actualidad. Una elevada dosis de






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Victoriano en Colorado, un poco de tierra, un avión y un bar. Más tarde, junto con dos amigos, fundó un equipo para crear una empresa que fabricaba estufas de leña y que llegó a ser la segunda empresa privada del estado de Vermont y a dar empleo a gran cantidad de personas.

Cuatro años después del accidente de moto, el avión que pilotaba Mitchell se estrelló contra la pista durante el despegue, aplastándole las doce vértebras dorsales y dejándole como secuela una parálisis permanente de cintura para abajo.

—Aquello me dejó pensando qué demonios me pasaba. ¿Qué había hecho yo para merecer todo eso?

Impertérrito, Mitchell trabajó día y noche para recuperar toda la independencia posible. Lo eligieron alcalde de Crestsed Butte, Colorado, para salvar al pueblo de la explotación minera que terminaría por arruinarlo desde el punto de vista estético y ecológico. Posteriormente, se presentó como candidato al Congreso, para lo cual sacó partido de sus desventajas proclamando, por ejemplo, que no era uno de los muchos políticos con buen aspecto.

A pesar de la impresión inicial que producía su aspecto y sus problemas físicos, Mitchell empezó a practicar vela, se enamoró y se casó, estudió hasta conseguir un título de administrador público y continuó volando sin dejar tampoco de mantener su actividad en relación con el medio ambiente ni de hablar en público.

Su fuerte actitud mental positiva le ha dado ocasión de aparecer en diversas programas de radio y televisión en los Estados Unidos, y de publicar editoriales y artículos de fondo en publicaciones como Parade, Time, The New York Times y otras.

—Antes de quedarme paralítico, había diez mil cosas que no podía hacer —dice Mitchell—, y ahora hay nueve mil. Puedo elegir entre quedarme pensando en las mil que perdí o concentrarme en las nueve mil que me quedan. Siempre le digo a la gente que he recibido dos grandes golpes en la vida y que si opto por no usarlos como excusas para abandonar, entonces tal vez pueda mirar desde otro ángulo las cosas que están queriendo desanimarme. Siempre se puede dar un paso atrás, tener una visión más amplia y terminar diciéndose que tal vez las cosas no sean tan graves.

Recuerda: lo que importa no es lo que te sucede, sino la forma en que tú reacciones.
Jack Canfield y Mark V. Hansen

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¡Corre, Patti, corre!

Patti Wilson era todavía muy pequeña cuando su médico le dijo que era epiléptica. A su padre, Jim Wilson, le encantaba salir a correr cada mañana. Un día, en su adolescencia, ella le sonrió y, a pesar de su dispositivo ortopédico, le dijo:

—Papá, me encantaría salir a correr contigo todos los días, pero me temo que me darían calambres.

—En ese caso, sé lo que podemos hacer, de modo que ¡adelante!

Y eso era lo que hacían todos los días. Para ellos era una experiencia gratísima de compartir y ella no sentía absolutamente ningún calambre mientras corría.

—Papá —confió a su padre después de algunas semanas—, lo que en realidad me gustaría es superar el récord mundial de fondo en categoría femenina.

Él se fijó en el Libro Guiness de los récords y comprobó que la mayor distancia que había corrido una mujer eran unos 128 kilómetros. Nada más comenzar el curso en la escuela secundaria, Patti anunció que iba a correr desde el condado de Orange hasta San Francisco, una distancia de 644 kilómetros.

—El próximo año —continuó—, pienso correr hasta Portland, Oregón, 2400 kilómetros. Cuando comience mis clases en la universidad correré hasta San Luis, unos 3200 kilómetros; y cuando termine mis estudios correré hasta la Casa Blanca, más de 4800 kilómetros.

A pesar de sus problemas físicos, Patti era tan ambiciosa como entusiasta; decía que, para ella, su epilepsia no era más que un simple «inconveniente». No se concentraba en lo que había perdido, sino en lo que le quedaba.

Ese año terminó su carrera a San Francisco con una camiseta que proclamaba «Adoro a los epilépticos». Su padre corrió junto a ella desde el primero al último kilómetro, y su madre, enfermera, los siguió en una caravana por si a alguno de los dos les pasaba algo.

En su segundo año los compañeros de clase de Patti fueron tras ella. Habían preparado un gigantesco cartel que decía: «¡Corre, Patti, corre!». Desde entonces, esta frase es su lema y además el título de un libro que ha escrito. En su segunda carrera, mientras iba corriendo hacia Portland, se fracturó un hueso del pie y un médico le dijo que debía abandonar porque, de no inmovilizar la fractura, el daño sería permanente.

—Doctor, usted no me entiende —fue su respuesta—. Esta carrera no es un simple capricho, ¡es una obsesión magnífica! No lo hago simplemente por mí, sino para romper las cadenas cerebrales que limitan a tantas personas. ¿No hay manera de que pueda seguir corriendo?

Entonces le dio una opción. Le dijo que en vez de un vendaje de escayola podía hacérselo con venda adhesiva, pero le advirtió que sería increíblemente doloroso. Patti le dijo que lo hiciera.

Terminó la carrera a Portland corriendo los últimos 1500 metros con el gobernador del estado de Oregón. Tal vez hayáis visto los titulares: «La super corredora Patti Wilson termina el maratón para epilépticos el día que cumple diecisiete años».

Tras haber pasado cuatro meses corriendo casi continuamente de la Costa Oeste a la Costa Este de los Estados Unidos, Patti llegó a Washington para estrechar la mano del presidente de los Estados Unidos, a quien dijo: «quería que la gente supiera que los epilépticos somos seres humanos normales que llevamos una vida normal».

No hace mucho, conté este episodio en uno de mis seminarios y después un hombrón se me acercó, con los ojos llenos de lágrimas y tendiéndome su recia manaza, para decirme:

—Mark, soy Jim Wilson, y acabas de hablar de mi hija.

Me contó que, con sus nobles esfuerzos, Patti había conseguido reunir el dinero suficiente para abrir diecinueve centros para epilépticos repartidos por todo el país.

Si Patti Wilson es capaz de hacer tanto con tan poco, ¿qué no podréis hacer vosotros, los que estáis perfectamente bien, para superaros continuamente como ella?
Mark V. Hansen

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El poder de la determinación

La calefacción de la pequeña escuela rural estaba a cargo de una antigua y barrigona estufa de carbón. Uno de los niños era el encargado de llegar temprano todos los días para encender el fuego y tener caldeada el aula antes de que llegaran su maestro y sus compañeros.

Una mañana, al llegar, se encontraron con la escuela ardiendo. A rastras, sacaron al pequeño, inconsciente y más muerto que vivo, del pequeño edificio en llamas. Tenía importantes quemaduras en la parte inferior del cuerpo, y lo llevaron inmediatamente al hospital.

Desde su cama, medio inconsciente, el niño apenas alcanzó a oír cómo el médico explicaba a su madre que, con seguridad, su hijo moriría, y que en realidad eso sería lo mejor, ya que el fuego le había afectado terriblemente la mitad inferior del cuerpo.

Pero el valiente chiquillo no quería morir y mentalmente tomó la decisión de que sobreviviría. Sin que el asombrado médico entendiera cómo, sobrevivió. Una vez pasado el peligro de muerte, volvió a oír que el médico hablaba en voz baja con su madre, diciéndole que como el fuego le había destruido tanto la musculatura de la parte inferior del cuerpo, casi habría sido mejor que muriera, ya que la imposibilidad de valerse de las piernas lo condenaba a ser un inválido toda su vida.

Una vez más, el valiente muchacho decidió que él no sería un tullido. Volvería a caminar. Pero, lamentablemente, de cintura para abajo no conservaba ninguna capacidad motriz. Las delgadas piernas solamente le colgaban del cuerpo, sin rastro alguno de vida. Finalmente, le dieron el alta en el hospital. Todos los días, su madre le masajeaba las piernas, pero él no sentía nada. Mas su determinación de volver a caminar era tan fuerte como siempre.

Cuando no estaba en cama, estaba atado a una silla de ruedas. Un día soleado, su madre lo sacó al jardín para que respirara un poco de aire fresco y ese día, en vez de quedarse sentado, se tiró al suelo y poco a poco fue desplazándose, aferrándose al césped, con sus piernas a rastras.

Consiguió llegar hasta la cerca de madera blanca que bordeaba el jardín y se levantó con gran esfuerzo, sosteniéndose con los barrotes. Una vez logrado esto, empezó a recorrerla, apoyándose en las estacas blancas, una tras otra, con la firme determinación de volver a caminar. Siguió haciendo lo mismo todos los días hasta que, en su ir y venir, despejó junto a la empalizada un estrecho sendero que rodeaba todo el jardín. No había en el mundo nada que él deseara más que devolver la vida a aquellas piernas.

Finalmente, gracias a los masajes de su madre, a su propia y férrea persistencia y a su tenaz determinación, consiguió mantenerse en pie, después caminó con un andar vacilante, luego lo hizo sin apoyo y finalmente, consiguió correr.

Empezó a ir a la escuela andando y después corriendo... corriendo por el puro placer de correr. Más tarde, ya en la universidad, se integró en el equipo de corredores.

Finalmente, en el Madison Square Garden, aquel joven de quien no se había esperado que sobreviviera, que seguramente jamás podría volver a andar, que jamás podría tener esperanzas de correr... aquel muchacho de férrea decisión corrió... ¡y ganó! el campeonato mundial de 1500 metros lisos.
Burt Dubin

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La fe

Los minusválidos somos gente con mucho aguante. Si no lo fuéramos, no andaríamos por el mundo. Sí, somos gente de aguante. En muchos sentidos, contamos con la bendición de un espíritu y un tesón que no a todos les es dado.

Debo decir que esta negativa a aceptar total o plenamente nuestra propia incapacidad se conecta con una sola cosa... con la fe, con una fe casi divina.

En la sala de recepción del Instituto de Medicina y Rehabilitación Física, sobre el East River, en el 400 Este de la calle Treinta y Cuatro, en la Ciudad de Nueva York, hay una placa de bronce que está fijada a la pared. Durante los meses que pasé acudiendo al Instituto para el tratamiento, dos o tres veces por semana, atravesé muchas veces la recepción con mi silla de ruedas, al entrar y al salir. Pero nunca me paré para acercarme a leer las palabras escritas sobre esa placa que, según se dice, fueron escritas por un desconocido soldado de la Confederación. Hasta que, finalmente, una tarde lo hice. Las leí y las volví a leer. Cuando terminé la lectura por segunda vez, me sentía a punto de estallar... no de desesperación, sino por un resplandor interior que me obligaba a aferrarme a los brazos de mi silla de ruedas. Me gustaría compartir esta experiencia con vosotros.
Un credo para los que habéis sufrido
Le pedí fuerzas a Dios, para poder concretar mis logros. Y Él me debilitó, para que aprendiera humildemente a obedecer...

Le pedí salud para poder hacer grandes cosas. Y me dio enfermedad y dolor para que pudiera hacerlas mejores...

Le pedí riquezas para llegar a ser feliz. Y me otorgó la pobreza para que aprendiera a ser sabio...

Le pedí el poder, para así obtener el elogio de los hombres.

Me concedió la debilidad, para que llegara a necesitarlo...

Le pedí todas las cosas, para poder disfrutar de la vida. Me dio la vida, para que pudiera disfrutar de todas las cosas...

No conseguí nada de lo que pedía... pero obtuve todo lo que había esperado.

Casi a pesar de mí mismo, mis inexpresadas plegarias fueron escuchadas.

¡Soy, entre los hombres, el más ricamente bendecido!
Roy Campanella

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Salvó 219 vidas

Betty Tisdale es una heroína mundial. Cuando, en abril de 1975, volvió a encenderse la guerra en Vietnam, Betty supo que tenía que salvar a cuatrocientos huérfanos que estaban a punto de ser arrojados a la calle. Antes, con su ex marido, el coronel y pediatra Patrick Tisdale, un viudo que ya tenía cinco hijos, habían adoptado a cinco huérfanas vietnamitas.

Como médico naval de los Estados Unidos en Vietnam, en 1954, Tom Dooley ya había ayudado a que los refugiados huyeran de los soldados comunistas. «Realmente tengo la sensación de que Tom Dooley era un santo. Su influencia cambió mi vida para siempre», dice Betty. Tras haber leído el libro de Dooley, Betty tomó sus ahorros de toda la vida e hizo catorce viajes a Vietnam durante sus vacaciones, para visitar y trabajar en los hospitales y orfanatos que él había fundado. Mientras estaba en Saigón se enamoró de los huérfanos de An Lac (Lugar Feliz), dirigido por Madame Vu Thi Ngai, que después fueron evacuados por Betty el día de la caída de Vietnam y regresaron con ella a Georgia para vivir con ella y sus diez hijos.

Cuando Betty, una de esas personas que lo hacen todo con decisión y van inventando las soluciones a medida que se plantean los problemas, se dio cuenta de la difícil situación de los cuatrocientos niños, se puso en marcha con la velocidad de un cohete. Llamó a Madame Ngai y le dijo sin titubear que iría a buscar a los niños, se los llevaría a los Estados Unidos y conseguiría que todos fueran adoptados. No sabía cómo lo haría; sólo sabía que lo haría. Más adelante, en Los niños de An Lac, un documental sobre la evacuación, Shirley Jones presentó un retrato de Betty.

En un abrir y cerrar de ojos, Betty se puso a mover montañas. Reunió el dinero necesario, de mil maneras diferentes. Simplemente, decidió hacerlo y lo hizo. Dice que el solo hecho de imaginarse a todos esos bebés creciendo en buenos hogares cristianos en Norteamérica y no bajo el comunismo, fue una motivación suficiente.

El domingo partió hacia Vietnam desde Fort Benning, en Georgia, llegó el martes a Saigón y, milagrosamente (sin haber dormido), superó todos los obstáculos que podrían haber impedido que los cuatrocientos niños salieran del aeropuerto de Saigón el sábado por la mañana. Sin embargo, a su llegada, el doctor Dan, director de Bienestar Social de Vietnam, anunció sin previo aviso que sólo aprobaría la salida de los niños menores de diez años y que todos debían tener sus certificados de nacimiento. Betty no tardó en descubrir que los huérfanos de guerra ya tienen bastante suerte con estar vivos: no tienen certificado de nacimiento.

Se dirigió al departamento de pediatría del hospital, obtuvo doscientos veinticinco certificados de nacimiento y, sin pérdida de tiempo, inventó fecha, hora y lugar de nacimiento para los doscientos diecinueve niños menores de diez años que podría llevar con ella.

—No tengo idea de cuándo y dónde nacieron, ni de quiénes eran sus padres. No hice más que inventar sus certificados de nacimiento.

Los certificados eran la única esperanza que tenían de poder partir sanos y salvos, de tener un futuro en libertad. Debía resolverlo entonces o nunca.

Después necesitaba un lugar donde albergar a los huérfanos una vez evacuados... Los militares de Fuerte Benning se resistieron, pero Betty se impuso brillante y tenazmente. Ante la imposibilidad, pese a su persistencia, de contactar telefónicamente con el Comandante en Jefe, llamó al despacho del Secretario del Ejército, Bo Callaway, cuya obligación como militar también consistía en no responder a las llamadas de Betty, por más urgentes que fueran y por más vidas que estuvieran en juego. Sin embargo, Betty no se dio por vencida. Ya había llegado demasiado lejos y había hecho demasiado para dejarse detener. Entonces, como Callaway era de California, llamó a su madre para defender su causa. El fervor con que Betty le pintó la situación y le pidió ayuda, consiguió que, prácticamente a la mañana siguiente, su hijo, el Secretario del Ejército, respondiera, comunicándole que los huérfanos de An Lac podían usar como hogar provisional el edificio de la escuela en Fort Benning.

Pero todavía estaba por cumplirse la hazaña de conseguir que los niños salieran de Vietnam. Cuando llegó a Saigón, Betty fue inmediatamente a ver al Embajador, Graham Martin, y le rogó que consiguiera algún transporte para los niños. Ya había intentado contratar un vuelo chárter, pero la compañía de seguros le había exigido una cantidad tan elevada que le había sido imposible negociarlo. El embajador se mostró dispuesto a ayudarle si se gestionaban todos los papeles a través del gobierno de Vietnam. El doctor Dan firmó los últimos papeles, literalmente, cuando los niños ya estaban subiendo a bordo de los dos aviones de la fuerza aérea.

Los huérfanos estaban desnutridos y enfermos. La mayoría jamás habían salido del orfanato y estaban asustados. Betty había pedido a un grupo de soldados y a la tripulación del avión que le ayudaran a entretenerlos durante el vuelo, a transportarlos y alimentarlos. Es increíble la profundidad y la fuerza con que la situación llegó al corazón de los voluntarios, para que, aquel hermoso sábado, doscientos diecinueve niños pudieran ser transportados hasta la libertad. Todos ellos lloraron de júbilo y de agradecimiento por haber contribuido de forma tangible al logro de aquella hazaña.

Tratar con las líneas de vuelos chárter desde Filipinas fue una nueva heroicidad. Un vuelo de
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