Psicología crítica: conexiones críticas






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Parker, I. (2003) ‘Psicología Crítica: Conexiones Críticas’, en D. Villuendas y A. J. Gordo López (comps) Relaciones de Género en Psicología y Educación (pp. 199-221). Madrid: Consejería de Educación, Comunidad de Madrid (ISBN 84-451-2554-0)

Psicología crítica: conexiones críticas



Ian Parker

Para postular los elementos básicos de una definición por psicología crítica’ tenemos que desarrollar una explicación histórico-cultural de la emergencia de las diversas tendencias ‘críticas’ y establecer ‘conexiones críticas’ entre la multitud de actividades que se definen a sí mismas como críticas. Si somos capaces de reunir todas esas tendencias y actividades, nuestra concepción de ‘límite’ tendrá que ponerse entre paréntesis. Habrá que cuestionarse los límites que separan a los que están dentro de los que están fuera de la disciplina, los límites que diferencian entre académicos, profesionales y usuarios de servicios, o los límites que marcan quiénes son adecuada o inadecuadamente críticos. Con una visión que busca ser amplia y generosa de lo que constituye los fundamentos de una psicología crítica, revisaré los desarrollos que se han dado en el ‘interior’ de la psicología, para pasar inmediatamente a dar una explicación del trabajo crítico en el ‘exterior’ de ésta y, más tarde, volver a las actividades que operan ‘en y contra’ la disciplina. Finalmente, en la última sección mostraré cuatro características que podrían definir el contradictorio campo de la ‘psicología crítica’.



En el interior de la psicología
La psicología crítica, en los últimos años, ha emergido muy rápidamente en los foros académicos, llevando hasta su máximo límite la actividad reflexiva y auto-crítica que debería caracterizar a cualquier buena investigación psicológica mainstream1. También hay que añadir que no hay nada especialmente particular en la psicología académica, frente a otras disciplinas, que la haga más susceptible de un trabajo crítico; así, sería igual de importante, por ejemplo, desarrollar una crítica radical en la teoría sociológica, y esto es algo que deberíamos todos tener siempre muy claro cuando nos apoyamos en los recursos que proporcionan otras disciplinas. Incurriríamos en un craso error si pensásemos que el trabajo en otras disciplinas es necesariamente más crítico que el que se desarrolla en la nuestra. Es cierto que hay algo especialmente poderoso en la psicología como tal disciplina, pero no deberíamos renunciar a entender siempre que nuestro trabajo crítico en ésta debe ir acompañado por una perspectiva crítica paralela sobre otras prácticas de opresión.
En los últimos veinte años ha habido dentro de la psicología un fuerte número de desarrollos teóricos y metodológicos que proporcionan, al menos para algunos, la apariencia de que se están dando cambios profundos y radicales en la disciplina. La manera de revisar esos desarrollos reflejará tanto la total preeminencia de los EEUU de América en la evolución de la psicología como mi propia posición en el Reino Unido. Intentaré revisar los principales desafíos que en todo el globo le han surgido a la psicología anglo-americana, no obstante, sería ridículo pretender que podemos escapar tan fácilmente a la división centro-periferia que hoy por hoy marca tanto nuestra teoría como nuestra práctica.
Debates radicales
En los Estados Unidos ha habido un largo y sostenido desacuerdo entre la corriente conductista –que engrosó sus filas en la década de los cincuenta con los enfoques que provenían del procesamiento de la información, de la computación y de ‘las ciencias cognitivas’- y una pequeña pero ruidosa oposición fenomenológica. La fenomenología fue un importante recurso para las críticas humanistas de la psicología que aparecieron en la década de los sesenta. Los debates sobre el valor de la experimentación de laboratorio en la psicología social durante las postrimerías de los sesenta y la ‘crisis’ de principios de los setenta, estuvieron impregnados por la oposición entre conductismo y fenomenología e hicieron del ‘self’2 la arena en la que el conflicto entre ambas corrientes debía ser dirimido. En Gran Bretaña, por tomar un ejemplo, una de las alternativas que ofrecía el amplio abanico de ‘teorías de la personalidad’ de los Estado Unidos, la teoría del constructo personal de Kelly, fue radicalizada y adquirió un carácter fenomenológico y social mucho más allá de lo que hasta ese momento se había podido ver en los Estados Unidos. A pesar de algunas ocasionales y duras críticas provenientes del movimiento de psicología radical británico (Skelton-Robinson en los setenta), esta teoría se convirtió en un elemento central para los psicólogos clínicos críticos que trabajaban en el Servicio Nacional de Salud (National Health Service). La tradición kelliana ha sobrevivido en grupos como ‘Psychology and Psychotherapy Association’ (Asociación de Psicología y Psicoterapia) y en la revista Changes.


El humanismo, Kelly y la fenomenología permanecerán en el substrato que hay en las versiones del ‘nuevo paradigma’ en psicología social (Armistead, 1974; Reason and Rowan, 1981). La combinación de la fenomenología con el marxismo también nos aporta explicaciones útiles para entender la psicología como forma de reificación (Ingleby, 1972). Tales herramientas conceptuales estarán presentes en los movimientos estudiantiles más activos de los setenta, movimientos como Rat, Myth and Magic (Rata, Mito y Magia) (década de los setenta). También encontramos conexiones con asuntos ‘sociales’ similares en la psicología evolutiva y, en algunos casos, críticas desde un punto de vista marxista (Riley, 1978). Para muchas personas, tales como las implicadas en el Reino Unido en las publicaciones Humpty Dumpty y Red Rat, todo esto llevó a un compromiso con una teoría psicoanalítica de las relaciones objetuales más humanista, una línea de interés que conectó con el incipiente movimiento llamado Centro de Terapia de Mujeres (Eichenbaum and Orbach, 1982; Ernst and Maguire, 1987).
Desde los años setenta, tanto en Estados Unidos como en el Reino Unido, encontramos una filtración de radicales de la ex-psicología en la psicoterapia psicoanalítica. Ocurre algo similar, aunque más alarmante por su mayor grado, en culturas de habla francesa y española fuertemente influenciadas por el trabajo de Lacan. En algunos casos, el descubrimiento del psicoanálisis ha significado el descubrimiento paralelo de que los radicales son demasiado optimistas en lo que se refiere al cambio social (Craib, 1988; Richards, 1988). Ciertas revistas estadounidenses, con muy corta vida, dedicadas a la psicología radical o pasaron rápidamente de la crítica general de la disciplina al compromiso con el psicoanálisis, como fue el caso de Psychology and Social Theory (Psicología y Teoría Social) (Parker y Jones, 1981; Parker et al. 1981), o, pocos años más tarde, parten de la premisa de que el psicoanálisis es la base para una crítica eficaz de la psicología, como es el caso de PsychCritique (Bassin et al., 1985) y ahora parece ocurrir con su sucesora PsychCulture.
La Psicología social en los Estados Unidos fue también origen, durante la llamada ‘crisis’, de reflexiones sobre el carácter histórico de la psicología social (Gergen 1973). Las elaboraciones de este argumento ahora inspiran la línea ‘socioconstruccionista’, línea que posee una crítica que ha ampliado su punto de mira y acción a la psicología en general. Las versiones de un ‘nuevo paradigma’ en psicología social que se apoyaban en el estructuralismo y las teorías del ‘lenguaje ordinario’ (Harré y Secord, 1972; Harré, 1979) se han vuelto más ambiciosas y vindican una ‘segunda revolución cognitiva’ –sucesora de la que desplazó al conductismo radical en los cincuenta- en la disciplina (Harré y Gillet, 1994). Tanto los sucesores de la vertiente fenomenológica y socioconstruccionista del movimiento de psicología radical como los de la vertiente más estructuralista y lingüística convergen, en este momento, en sus críticas al discurso analítico de la psicología, el uso que hacen de las ideas postmodernas (Potter y Wetherell, 1987; Parker y Shotter, 1990) y los intentos de definir una psicología ‘postmoderna’ (Kvale, 1992). Los escritos ‘post-estructuralistas y la discusión en profundidad del trabajo de Lacan y Foucault llegaron en los setenta a la psicología británica de la mano de la revista Ideology & Consciousness (Ideología y Conciencia) (Adlam et al., 1977). La obra Changing the Subject (El cambio del Sujeto) (Henriques et al., 1984), que emergió de ese proyecto, después incluso de que la propia revista quebrase, se constituyó en una poderosa inspiración para aquellos que deseaban recuperar en los ochenta algo del movimiento de psicología radical de los setenta.


Algunos de estos autores, otros no, por cierto, se denominarán ‘psicólogos críticos’. Algunos de ellos simplemente tienen interés en desarrollar una descripción más adecuada del lenguaje y del self y no están directamente interesados en la comprensión y cambio de las estructuras de poder que mantienen a esas formas de lenguaje y personalidad en el lugar que ocupan. Aunque el feminismo, por ejemplo, tardíamente fue reconocido como fuente importante de ideas críticas en los debates sobre la posibilidad de un nuevo paradigma (Reason y Rowan, 1981), y ha habido intentos de conectar el trabajo feminista con el análisis del discurso (Wilkinson y Kitzinger, 1995), este movimiento social radical, tan importante en los debates paralelos de la sociología o de la política, ha sido rápidamente marginado o silenciado. El trabajo feminista, que había aparecido en la psicología radical y en el movimiento de psicoterapia de los setenta (Brown, 1973; Radical Therapist Collective, 1974) emergió en los debates académicos de la mano de la psicología social (Wilkinson, 1986) para ampliar su radio de acción a la práctica de la psicología en general (Burman, 1990). El activismo de gays y lesbianas, que fue muy rápidamente reivindicado por el trabajo norteamericano más mainstream bajo la forma de una ‘Psicología Gay o de Lesbianas’, en la última década, tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña, ha sido un recurso y un foro importante para la gestación de envites prácticos e ideológicos contra la disciplina (Brown, 1989; Kitzinger, 1987). Dado que todavía queda, sin embargo, un enorme impulso reflexivo radical en todas esas líneas de trabajo, la psicología radical debería esbozar conexiones entre todos esos análisis preocupados por la construcción del conocimiento psicológico y las funciones políticas de éste.
La psicología crítica, que ya es muy sensible a la producción histórica de los conceptos y enfoques de la disciplina, debe estar atenta al hecho de que las ‘alternativas’ sólo operan como tales alternativas en contextos muy determinados. Como botón de muestra muy general, hay están las cuestiones referidas al ‘relativismo’ y el ‘realismo’ que en psicología operan de manera muy diferente según sea el contexto en el que se plantean, y, por supuesto, no hay nada que marque qué es una posición necesariamente ‘radical’ y qué es una posición ‘conservadora’. La psicología crítica no debería definirse siempre como ‘relativista’ (aunque sea posible tratar todos los objetos de la disciplina como construcciones sociales) o siempre como ‘realista’ (aunque se desee dar una explicación de todas las condiciones sociales subyacentes que dan origen a ciertas ideas en la disciplina) (Parker, 1998). A pesar de que la psicología crítica puede aunar una amplia variedad de perspectivas críticas, ésta no prescribe que una posición epistemológica sea pre-eminente sobre la otra. Esto incluye la reflexión sobre la desactivación que a veces lleva a cabo el relativismo de algunos argumentos radicales y el aliento que otras veces da el realismo a las vindicaciones de verdad que hace la disciplina frente a sus críticos. A pesar de todo esto, una declaración sobre las ventajas y desventajas políticas de las diferentes disciplinas parece requerir algún tipo de apuesta realista.
Con respecto a los enfoques específicamente críticos, podemos encontrar ocasiones en que los defensores de éstos, puedan ser cómplices, en otros contextos, con las prácticas más conservadoras de la disciplina. El trabajo de Kelly, por ejemplo, es todavía una teoría de la personalidad completamente mainstream en los Estados Unidos, y los autores británicos más fenomenológicamente radicales y seguidores de la línea que marca el trabajo de ese autor no pueden publicar en sus revistas. Otro ejemplo es el ‘dialecto británico’ de la Metodología-Q. En las manos de ‘Beryl Curt’ ha sido una herramienta para un trabajo radical muy distinto del que esta metodología ha generado en los Estados Unidos y toda una inspiración para una generación de lo que ahora podría llamarse ‘psicólogos críticos’ (Curt, 1994; Stainton Rogers et al., 1995).


La fenomenología, en particular, tiene una lamentable historia de connivencia con el régimen de apartheid en Sudáfrica, mientras que los enfoques experimentales y de laboratorio que estudiaban desde la psicología social el conflicto de grupo se han constituido allí como verdaderos recursos críticos. El psicoanálisis ha gozado de prestigio y poder en la psicología mainstream de algunas zonas de Escandinavia como ‘psicología del ego’ y como teoría lacaniana en partes de Sudamérica. En estas zonas, las alternativas radicales han tenido que mirar a otros espacios académicos para encontrar su soporte teórico. Mientras que la actividad teórica ha sido una de las importantes fuentes del trabajo radical, así ha ocurrido en Francia (Sève, 1978), o en la habitualmente llamada ‘Psicología Crítica’ en Alemania (Tolman, 1994) y por extensión en Dinamarca, ha operado, por otro lado, como psicología mainstream en los estados burocratizados de la Unión Soviética y Este de Europa hasta la década de los noventa. En esta línea, la berlinesa Kritische Psychologie intentó construir una ‘ciencia del sujeto’, y aunque su trabajo frecuentemente reivindicó la conexión con la práctica, también permitió un trabajo puramente académico y científico que no necesitó conectar con los usuarios de los servicios de psicología (Tolman y Maiers, 1991). El rechazo de esa ciencia en particular no soluciona el problema más general que nos ocupa. También podemos mencionar que los enfoques ‘postmodernos’ más aparentemente radicales han podido ser utilizados, la India es un ejemplo que viene al caso, para sostener prácticas culturales de opresión. Tal ejemplo muestra claramente que eso que puede parecer más ostensiblemente crítico dentro de una disciplina académica puede, llegado el caso, no constituirse a sí mismo como crítico de la opresión que sufre la mujer en otras partes del mundo. (Mitter, 1994).
El margen radical
En el margen radical del interior de la psicología están aquéllos que han sacado a la luz las asunciones ideológicas y los juegos de poder de la disciplina. El desarrollo de una ‘reflexividad disciplinaria’ en psicología (Wilkinson, 1988) ha presentado debates y formas de organización que han sido desarrolladas en otras ciencias humanas y políticas feministas, y ciertos foros institucionales, como es el caso de la revista Feminism Psychology (Psicología feminista), han proporcionado un espacio para iniciativas académicas y prácticas que señalaban el sexismo, heterosexismo, racismo y opresión de clase de la disciplina (Kitzinger et al., 1992; Bhavnani y Phoenix, 1994; Walkerdine, 1996). La psicología crítica, en la medida en que es posible para una actividad que incorpora hombres y mujeres trabajando para desafiar y cambiar la así llamada disciplina, es también una ‘psicología feminista’.
Versiones últimas de la reflexión crítica sobre la moralidad y la política de la psicología (Prilleltensky, 1994), la auto-denominada ‘Psicología Crítica’ (Fox y Prilleltensky, 1997) o la ‘Psicología Social Crítica’ (Ibáñez e Íñiguez, 1997), ahora incluyen perspectivas feministas. Y a su vez, las propias perspectivas feministas en la disciplina han auto-desarrollado una reflexión crítica, una deconstrucción progresiva y fuertes conexiones con la práctica (Burman, 1998; Burman et al., 1995). Uno de los particulares esfuerzos de las psicólogas feministas ha sido comprometerse con su derecho a organizarse separadamente como mujeres. En algunos contextos, tales como el del Reino Unido, ha sido necesario argumentar que hay un dominio intelectual específico que requiere una organización académica diferente. En otros contextos, tales como el de Escandinavia, la organización de las mujeres en la psicología se ha dado al abrigo de una actividad sindical, lo que ha hecho posible conectar, más allá de la disciplina, con amplias cuestiones relacionadas con la práctica y la opresión.
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