Problema en pollensa agatha Christie Traducción: Stella de Cal






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usted de su sueño? —preguntó Poirot.

La chica negó con la cabeza.

—¿Y a usted, míster Cornworthy?

—No; no me dijo ni una palabra. Yo tomé una carta que me dictó para usted, pero no tenía la menor idea de por qué quería consultarle. Creí que podría tener relación con alguna irregularidad de algún negocio.

Poirot preguntó:

—¿Y ahora puedo saber los detalles de la muerte de míster Farley?

El inspector Barnett interrogó con la mirada a mistress Farley y al doctor Stillingfleet, tomando luego la palabra.

—Míster Farley tenía costumbre de trabajar en su despacho del primer piso todas las tardes. Tengo entendido que se proyectaba una fusión de negocios muy importante.

Miró a Hugo Cornworthy, quien dijo:

—Autobuses de Línea Unidos.

—En relación con ese acuerdo —continuó el inspector—, míster Farley había accedido a conceder una entrevista a dos periodistas. Muy pocas veces concedía entrevistas; aproximadamente una vez cada cinco años, según tengo entendido. En consecuencia, dos periodistas, uno de Asociación de la Prensa y otro de Periódicos Unidos, llegaron aquí a las tres y cuarto, hora para la que habían sido citados. Esperaron en el primer piso, a la puerta del despacho de míster Farley, que era donde solían esperar las personas citadas por él. A las tres y veinte llegó un mensajero de las oficinas de Autobuses de Línea Unidos con unos papeles urgentes. Fue introducido en el despacho de míster Farley, donde entregó los documentos. Míster Farley le acompañó a la puerta y desde allí dijo a los dos periodistas: «Siento hacerles esperar, señores, pero tengo que ocuparme de un asunto urgente. Haré lo posible por terminar pronto.» Los dos periodistas, míster Adams y míster Stoddart, manifestaron que esperarían lo que hiciera falta. El volvió a su despacho, cerró la puerta... y nadie volvió a verle vivo.

—Continúe —dijo Poirot.

—Un poco después de las cuatro —prosiguió el inspector—, míster Cornworthy salió de su despacho, contiguo al de míster Farley, y se sorprendió al ver que los dos periodistas aún seguían allí. Quería que míster Farley firmara algunas cartas y le pareció conveniente recordarle también que aquellos dos señores estaban esperando. Por consiguiente, entró en el despacho de míster Farley. Con gran sorpresa por su parte, al principio no pudo ver a míster Farley y creyó que la habitación estaba vacía. Entonces vio una bota que salía de debajo de la mesa (la mesa está colocada frente a la ventana). Se dirigió rápidamente a la mesa y encontró a míster Farley en el suelo, muerto, con un revólver al lado. Míster Cornworthy salió corriendo de la habitación y dio instrucciones al mayordomo para que telefoneara al doctor Stillingfleet. Aconsejado por éste, míster Cornworthy informó también a la Policía.

—¿Oyó alguien el disparo? —preguntó Poirot.

—No. El tránsito es muy ruidoso aquí y la ventana del descansillo de la escalera estaba abierta. Con todos los camiones que pasan y con las bocinas hubiera sido muy improbable que alguien lo hubiera oído.

Poirot asintió pensativo.

—¿A qué hora se supone que murió? —preguntó.

Stillingfleet dijo:

—Examiné el cadáver tan pronto llegué aquí, es decir, a las cuatro y treinta y dos minutos. Míster Farley llevaba muerto por lo menos una hora.

Poirot tenía una expresión muy grave.

—Entonces parece posible que su muerte haya ocurrido a la hora que me dijo..., es decir, a las tres y veintiocho minutos.

—Exacto —dijo Stillingfleet.

—¿Había huellas en el revólver?

—Sí; las suyas.

—¿Y el revólver?

El inspector cogió la palabra.

—Era el que guardaba en el segundo cajón de la derecha de su mesa, tal y como le dijo a usted. Mistress Farley lo ha identificado. Además, la habitación sólo tiene una puerta, la que da al descansillo. Los dos periodistas estaban sentados exactamente enfrente de la puerta y juran que nadie entró en la habitación desde que míster Farley les habló hasta que míster Cornworthy entró, un poco después de las cuatro.

—¿De modo que todo parece indicar que míster Farley se ha suicidado?

El inspector Barnett sonrió.

—No habría la menor duda, a no ser por un detalle.

—¿Que es...?

—La carta que le escribió a usted.

Poirot sonrió a su vez.

—¡Comprendo!... ¡Donde interviene Hércules Poirot surge inmediatamente la idea de asesinato!

—Exacto —dijo el inspector brevemente—. Sin embargo, después de haber aclarado usted la situación...

Poirot le interrumpió.

—Un momentito —se volvió hacia mistress Farley—. ¿Había sido hipnotizado alguna vez su marido?

—Nunca.

—¿Había estudiado hipnotismo? ¿Estaba interesado en el asunto?

Ella hizo un movimiento negativo con la cabeza.

—No lo creo.

De pronto su autodominio pareció venirse abajo.

—¡Aquel sueño tan horrible! ¡Es tan extraño! ¡Eso de que haya soñado lo mismo noche tras noche..., y luego..., es como si..., como si hubiera sido acosado, empujado a la muerte!

Poirot recordó lo que Benedict Farley le había dicho: «Hago lo que realmente deseo hacer: matarme.»

—¿Se le había ocurrido alguna vez —preguntó Poirot— que su marido tuviera deseos de suicidarse?

—No... bueno, algunas veces estaba un poco raro...

Intervino airada Joanna Farley, con voz clara y despectiva:

—Papá nunca se hubiera suicidado. Tenía demasiado cuidado de su persona.

El doctor Stillingfleet dijo:

—La gente que amenaza suicidarse, miss Farley, no suele ser la que realmente se suicida. Por eso muchos suicidios parecen inexplicables.

Poirot se puso en pie.

—¿Se me autoriza ver la habitación donde ocurrió la tragedia? —preguntó.

—Por supuesto. Doctor Stillingfleet...

El doctor acompañó a Poirot escalera arriba.

El despacho de Benedict Farley era mucho más grande que el de su secretario. Estaba lujosamente amueblado con amplios butacones tapizados de cuero, una gruesa alfombra de lana y una mesa espléndida, de tamaño extraordinario.

Pasando detrás de la mesa, Poirot se dirigió al lugar, delante de la ventana, en que la alfombra mostraba una mancha oscura. Recordó las palabras del millonario: «A las tres y veintiocho minutos abro el segundo cajón de la derecha de mi mesa, saco un revólver que guardo allí, lo cargo y me dirijo a la ventana... Y entonces..., y entonces me pego un tiro.»

Movió la cabeza pensativo. Luego dijo:

—¿Estaba abierta la ventana como ahora?

—Sí; pero nadie pudo entrar por ahí.

Poirot asomó la cabeza. No había antepecho alguno, ni balaustrada ni cañería. Ni siquiera un gato hubiera podido entrar por aquel lado. Enfrente se alzaba la desnuda pared de la fábrica, una pared sin ventanas.

Stillingfleet dijo:

—¡Vaya habitación para despacho de un millonario, con esa vista! Es como mirar a la pared de una cárcel.

—Sí —dijo Poirot. Retiró la cabeza y se quedó mirando a la masa de sólido ladrillo—. Creo que esa pared es importante.

Stillingfleet le miró con curiosidad.

—¿Quiere usted decir... psicológicamente?

Poirot se había acercado a la mesa. Sin propósito definido, al parecer, cogió un par de pinzas extensibles. Apretó las asas y las pinzas se extendieron en toda su longitud. Con cuidado, Poirot cogió una cerilla usada que había junto a un butacón, a cierta distancia, y la depositó en el cesto de los papeles.

—Cuando haya terminado usted de jugar con eso... —dijo Stillingfleet irritado.

Hércules Poirot murmuró:

—Un invento ingenioso.

Y colocó de nuevo las pinzas en la mesa. Luego preguntó:

—¿Dónde estaban mistress y miss Farley a la hora de... la muerte?

—Mistress Farley estaba descansando en su habitación, en el piso de encima de éste. Miss Farley estaba pintando en su estudio, en el último piso de la casa.

Distraídamente, Hércules Poirot tamborileó con los dos dedos en la mesa durante un minuto o dos. Luego dijo:

—Me gustaría ver a miss Farley. ¿Podría usted decirle que viniera aquí un momento?

—Si usted quiere...

Stillingfleet le miró con curiosidad, saliendo luego de la habitación. Transcurridos unos dos minutos la puerta se abrió y entró Joanna Farley.

—¿Tiene usted inconveniente, mademoiselle, en que le haga unas cuantas preguntas ?

Ella le miró con serenidad.

—Pregunte todo lo que guste.

—¿Sabía usted que su padre tenía un revólver en su mesa escritorio?

—No.

—¿Dónde estaban usted y su madre..., es decir, su madrastra, no es así?

—Sí; Louise es la segunda mujer de mi padre. Sólo es ocho años mayor que yo. ¿Iba usted a decir?

—¿Dónde estaban ustedes el jueves de la semana pasada? El jueves por la noche, quiero decir.

Ella pensó un momento.

—¿El jueves? Espere que piense. ¡Ah, sí! habíamos ido al teatro. A ver El perrito que se rió.

—¿No mostró su padre deseos de acompañarlas?

—Nunca iba al teatro.

—¿Qué solía hacer por las tardes?

—Se sentaba aquí y leía.

—¿No era hombre muy sociable?

La chica le miró directamente a los ojos.

—Mi padre —dijo— era una persona sumamente desagradable. Nadie que viviera en estrecho contacto con él podría tenerle el menor cariño.

—Eso, mademoiselle, es hablar con claridad.

—Le estoy ahorrando tiempo, monsieur Poirot. Me doy perfecta cuenta de lo que busca usted. Mi madrastra se casó con mi padre por el dinero. Yo vivo aquí porque no tengo dinero para vivir en otro sitio. Hay un chico con el que me quiero casar, un chico pobre; mi padre le hizo perder su empleo. Quería, ¿comprende?, que me casara bien..., cosa muy fácil, porque voy a ser su heredera.

—¿Pasa a usted la fortuna de su padre?

—Sí. Es decir, dejó a Louise, mi madrastra, un cuarto de millón de libras, exentas de impuestos, y hay algunos otros legados; pero el resto viene a parar a mí -sonrió de pronto—. Conque ya ve usted, monsieur Poirot, que tenía muchos motivos para desear la muerte de mi padre.

—Ya veo, mademoiselle, que ha heredado usted su inteligencia.

Ella dijo, pensativa:

—Mi padre era inteligente... Sentía uno su poder, su fuerza conductora...; pero se había vuelto amargo, áspero..., no le quedaba nada de humanidad...

Hércules Poirot dijo en voz baja:

Gran Dieu, pero ¡qué imbécil soy!...

Joanna Farley se volvió hacia la puerta.

—¿Algo más?

—Dos preguntitas. Estas pinzas —cogió las pinzas extensibles—, ¿estaban siempre en la mesa?

—Sí. Papá las usaba para coger cosas. No le gustaba agacharse.

—Otra pregunta. ¿Tenía su padre buena vista?

Ella se le quedó mirando.

—No...; no podía ver nada, es decir, no podía ver sin las gafas. Había tenido mala vista desde que era un chiquillo.

—Pero ¿veía bien con sus gafas?

—¡Ah!, sí; con las gafas veía muy bien, naturalmente.

—¿Podía leer periódicos y letra pequeña?

—Sí, sí.

—Eso es todo, señorita.

Joanna Farley salió de la habitación.

Poirot murmuró:

—He sido un estúpido. He tenido la solución todo el tiempo delante de las narices. Y, como estaba tan cerca, no pude verla.

Una vez más se asomó a la ventana. Abajo, en el estrecho espacio que separaba la casa de la fábrica, vio un pequeño objeto oscuro.

Hércules Poirot movió la cabeza, satisfecho, y bajó de nuevo la escalera.

Los demás seguían en la biblioteca. Poirot se dirigió al secretario.

—Míster Cornworthy, quiero que me relate usted con detalle todas las circunstancias relacionadas con la carta que me escribió míster Farley. Por ejemplo, ¿cuándo la dictó?

—El miércoles por la tarde, a las cinco y media, si no recuerdo mal.

—¿Le dio instrucciones especiales para echarla al correo?

—Me dijo que la llevara yo mismo.

—¿Y lo hizo usted así?

—Sí.

—¿Le dio instrucciones especiales al mayordomo respecto al modo de recibirme?

—Sí. Me dijo que le dijera a Holmes (Holmes es el mayordomo) que iba a venir un señor a las nueve y media. Tenía que preguntarle el nombre y pedirle que le enseñara la carta.

—Unas precauciones un poco extrañas, ¿no le parece?

Cornworthy se encogió de hombros.

—Míster Farley —dijo, escogiendo las palabras— era un hombre bastante raro.

—¿No dio más instrucciones?

—Sí. Me dijo que podía salir, que tenía el resto de la tarde libre.

—¿Y lo hizo usted?

—Sí. En seguida de cenar me fui al cine.

—¿Cuándo regresó usted?

—Volví a las once menos cuarto.

—¿Volvió usted a ver a míster Farley aquella noche?

—No.

—¿Y no mencionó el asunto a la mañana siguiente?

—No.

Poirot hizo una pausa; luego prosiguió:

—Cuando vine no me pasaron al despacho de míster Farley.

—No. Me dijo que le dijera a Holmes que le pasara a usted a mi despacho.

—¿Por qué? ¿Lo sabe usted?

Cornworthy negó con un movimiento de cabeza.

—Nunca discutía las órdenes de míster Farley —dijo fríamente—. Le hubiera molestado que lo hiciera.

—¿Solía recibir a sus visitas en su propio despacho?

—De costumbre, sí; pero no siempre. Algunas veces las recibía en mi despacho.

—¿Había alguna razón para ello?

Hugo Cornworthy consideró la cuestión.

—No..., no lo creo...; nunca me paré a pensar en ello.

Volviéndose hacia mistress Farley, Poirot preguntó:

—¿Me permite usted que llame a su mayordomo?

—Desde luego, monsieur Poirot.

Muy correcto, muy cortés, Holmes acudió a la llamada.

—¿Llamaba la señora?

Mistress Farley señaló a Poirot con un gesto. Holmes se volvió hacia él muy atento.

—Usted dirá, señor.

—¿Qué instrucciones recibió usted, Holmes, la noche del jueves en que vine yo aquí?

Holmes se aclaró la garganta y luego dijo:

—Después de cenar, míster Cornworthy me comunicó que míster Farley esperaba a monsieur Hércules Poirot a las nueve y media. Yo tenía que averiguar el nombre del señor y comprobarlo mirando una carta. Luego tenía que conducirlo al despacho del secretario míster Cornworthy.

—¿También le dijeron que llamara a la puerta con los nudillos?

Al rostro del mayordomo asomó una expresión de desagrado.

—Ésa era orden de míster Farley. Tenía que llamar a la puerta siempre que introdujera alguna visita..., alguna visita de negocios, se entiende —añadió.

—¡Ah, eso me tenía perplejo! ¿Recibió usted alguna otra instrucción con respecto a mí?

—No, señor. Cuando míster Cornworthy me dijo lo que acabo de repetirle a usted, salió a la calle.

—¿Qué hora era?

—Las nueve menos diez, señor.

—¿Vio usted a míster Farley después de eso?

—Sí, señor. Le llevé un vaso de agua caliente a las nueve, como de costumbre.

—¿Estaba entonces en su despacho o en el de míster Cornworthy?

—En su despacho, señor.

—¿No observó usted nada fuera de lo normal en la habitación?

—¿Fuera de lo normal? No, señor.

—¿Dónde estaban mistress y miss Farley?

—Habían ido al teatro, señor.

—Gracias, Holmes. Eso es todo.

Holmes se inclinó y salió de la habitación. Poirot se volvió hacia la viuda del millonario.

—Otra pregunta, mistress Farley. ¿Veía bien su esposo?

—No. Sin gafas, no.

—¿Era muy corto de vista?

— ¡Oh!, sí; no podía valerse sin sus gafas.

—¿Tenía varios pares de gafas?

—Sí.

—¡Ah! —dijo Poirot. Y se echó hacia atrás—. Creo que con esto concluye el caso...

Se hizo el silencio en la habitación. Todos miraban al hombrecillo, que se acariciaba el bigote con expresión complacida. El rostro del inspector mostraba perplejidad, el doctor Stillingfleet fruncía el ceño, Cornworthy se limitaba a mirar sin comprender, mistress Farley parecía atónita y Joanna Farley anhelante.

Mistress Farley rompió el silencio.

—No comprendo, monsieur Poirot —dijo irritada—. El sueño...

—Sí —dijo Poirot—. El sueño era muy importante.

Mistress Farley se estremeció.

—Nunca creí en nada sobrenatural —dijo—; pero ahora... soñarlo noche tras noche...

—Es extraordinario —dijo Stillingfleet—. ¡Extraordinario! Si no fuera usted quien lo dice, Poirot, y si no lo supiera de buena tinta... —tosió turbado, volviendo a adoptar su actitud profesional—. Perdón, mistress Farley; si el propio míster Farley no le hubiera contado a usted la historia...

—Exacto —dijo Poirot. Sus ojos, que había tenido entornados, se abrieron de pronto. Parecían muy verdes—. Si Benedict Farley no me lo hubiera dicho...

Hizo una pausa, dirigiendo una mirada al círculo de rostros atónitos que le rodeaba.

—Algunas de las cosas que ocurrieron aquella noche me parecían completamente inexplicables. Primero, ¿por qué insistir tanto en que trajera conmigo la carta en que me citaron?

—Identificación —sugirió Cornworthy.

—No, no, querido joven. Esa idea es ridícula. Tiene que haber alguna otra razón de mucho más peso. Porque míster Farley no se limitó a pedir que yo presentara la carta, sino que de modo tajante me pidió que la dejara aquí. Y aún es más, ¡ni siquiera la destruyó! La encontraron esta tarde entre sus papeles. ¿Por qué la conservó?

La voz de Joanna Farley interrumpió, diciendo:

—Quería que, si le pasaba algo, se conocieran los detalles de su extraño sueño.

Poirot hizo un ademán de aprobación.

—Es usted sagaz, mademoiselle. Ése debe ser, no tiene más remedio que ser, el motivo de haber guardado la carta. Cuando míster Farley muriera tenía que conocerse la historia de aquel extraño sueño. Aquel sueño era muy importante. Aquel sueño, mademoiselle, era vital. Voy a ocuparme ahora —continuó— del segundo extremo. Después de escuchar su historia le pedí a míster Farley que me mostrara la mesa y el revólver. Parecía a punto de levantarse para hacerlo, y de pronto se niega. ¿Por qué se niega?

Esta vez nadie anticipó la respuesta.

—Haré la pregunta de otra manera. ¿Qué había en el cuarto contiguo que míster Farley no quería que yo viera?

Todos continuaron en silencio.

—Sí —dijo Poirot—; es difícil contestar a esta pregunta. Y, sin embargo, había una razón, una razón muy importante, para que míster Farley me recibiera en el despacho de su secretario y se negara en redondo a llevarme a su propio despacho. Algo había en aquel cuarto que no podía dejarme ver. Y ahora llego a la tercera cosa inexplicable que ocurrió aquella noche. Míster Farley, en el momento en que me marchaba, me pidió que le entregara la carta que me había escrito. Inadvertidamente le di una comunicación de mi lavandera. La miró y la puso en la mesa que tenía al lado. Ya en la puerta, me di cuenta de mi error y lo rectifiqué. Después de hacerlo salí de la casa y, lo confieso, estaba completamente desconcertado. Todo aquel asunto, y especialmente el último incidente, me resultaba del todo inexplicable.

Pasó la mirada de uno a otro.

—¿No comprenden?

Stillingfleet dijo:

—No veo qué tiene que ver su lavandera con el asunto, Poirot.

—Mi lavandera —dijo Poirot— tuvo mucha importancia. Esa desgraciada que estropea los cuellos de mis camisas, por primera vez en su vida fue útil a alguien. Pero tienen que verlo ustedes..., ¡es tan claro! Míster Farley echó una mirada a aquella comunicación; una mirada debía haberle bastado para ver que aquélla no era la carta que quería..., y no se enteró. ¿Por qué? ¡Porque no pudo verla bien!

El inspector Barnett dijo vivamente:

—¿No tenía puestas las gafas?

Hércules Poirot sonrió.

—Sí —dijo—. Tenía puestas las gafas. Por eso precisamente es tan interesante este punto.

Se inclinó hacia adelante.

—El sueño de míster Farley era muy importante. Soñó que se suicidaba, y poco después se suicidó. Es decir, estaba solo en una habitación y fue encontrado allí con un revólver a su lado, y nadie entró en la habitación ni salió de ella a la hora en que se produjo el disparo. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que tiene que tratarse de un suicidio, ¿verdad?

—Sí —dijo Stillingfleet.

Hércules Poirot movió la cabeza en sentido negativo.

—Por el contrario —dijo—. Se trata de un asesinato. Un asesinato fuera de lo corriente y planeado con gran habilidad.

De nuevo se inclinó hacia adelante, dando golpecitos en la mesa y con los ojos muy verdes y muy brillantes.

—¿Por qué no me permitió míster Farley que pasara a su despacho aquella noche? ¿Qué había allí que no debía dejárseme ver? Creo, amigos míos, que allí estaba... ¡Benedict Farley en persona!

Poirot sonrió a los rostros atónitos que le circundaban.

—Sí, sí; no digo ninguna tontería. ¿Por qué míster Farley, con el que yo había estado hablando, no se dio cuenta de la diferencia entre dos cartas completamente distintas? Porque, mes amis, era un hombre de vista normal, que llevaba puestas unas gafas de cristales muy gruesos. Esas gafas dejarían prácticamente ciego a un hombre de vista normal. ¿No es así, doctor?

Stillingfleet murmuró:

—Así es..., naturalmente.

—¿Por qué tuve la impresión al hablar con míster Farley de estar hablando con un charlatán, con un actor que estuviera representando un papel? ¡Porque estaba representando un papel! Imaginen la escena. El cuarto en penumbra; la luz, bajo la pantalla verde, vuelta en sentido contrario a la figura de la butaca. ¿Qué vi yo? La famosa bata de retazos de colores, la nariz ganchuda (fabricada con esa sustancia tan útil, la masilla), el mechón de cabellos blancos, los gruesos cristales que ocultaban los ojos... ¿Qué pruebas tenemos de que míster Farley tuviera aquel sueño? Sólo la historia que se me contó a mí y las palabras de mistress Farley. ¿ Qué pruebas tenemos de que Benedict Farley guardara un revólver en su mesa? Igual que antes, sólo lo que se me dijo a mí y la palabra de mistress Farley. Dos personas llevaron a cabo esta superchería, mistress Farley y Hugo Cornworthy. Cornworthy me escribió la carta, dio instrucciones al mayordomo, salió aparentando ir al cine, pero volvió en seguida, entrando con su llave; se fue a su cuarto, se caracterizó y representó el papel de Benedict Farley. Y con esto llegamos a esta tarde. Llega por fin la oportunidad que había estado esperando míster Cornworthy. En el descansillo hay dos testigos que podrán jurar que nadie entró ni salió del despacho de Benedict Farley. Cornworthy espera hasta que está a punto de pasar una gran cantidad de coches. Entonces se asoma a su ventana, y con las pinzas extensibles que ha cogido de la mesa del despacho contiguo sostiene un objeto contra la ventana de este cuarto. Benedict Farley se acerca a la ventana. Cornworthy retira rápidamente las pinzas, y mientras Farley se echa hacia fuera y por la calle pasan los camiones y coches, dispara contra él el revólver que tiene dispuesto. No puede haber testigos del crimen. Cornworthy espera más de media hora, luego coge unos papeles, esconde entre ellos las pinzas extensibles y el revólver y sale al descansillo, dirigiéndose a la habitación contigua. Coloca de nuevo las pinzas en la mesa, deja el revólver en el suelo, después de apretar contra él los dedos del muerto, y sale corriendo con la noticia del «suicidio» de míster Farley. Dispone las cosas de modo que aparezca la carta dirigida a mí y que llegue yo con mi historia, la historia oída de labios de míster Farley, sobre su extraordinario «sueño» y la extraña fuerza que le arrastraba al suicidio. Algunos crédulos discutirían la teoría del hipnotismo, pero la consecuencia primordial de la historia sería probar sin lugar a dudas que la mano que había disparado el revólver había sido la de Benedict Farley.

Hércules Poirot dirigió sus ojos al rostro de la viuda, un rostro ceniciento, abatido, aterrorizado...

—Y a su debido tiempo —terminó suavemente— hubiera llegado el final feliz. Un cuarto de millón de libras y dos corazones latiendo al unísono...

John Stillingfleet y Hércules Poirot iban andando por el costado de Northway House. A su derecha se alzaba la elevada pared de la fábrica. Sobre ellos, a su izquierda, las ventanas de los despachos de Benedict Farley y Hugo Cornworthy. Hércules Poirot se agachó y cogió un pequeño objeto, un gato negro de peluche.

Voila! —dijo—. Esto es lo que Cornworthy sostuvo con las pinzas

extensibles contra la ventana de Farley. ¿Recuerda usted que odiaba los gatos? Naturalmente, corrió a la ventana.

—¿Por qué diablos no salió Cornworthy a recogerlo después de haberlo tirado?

—¿Cómo iba a hacerlo? Hubiera sido muy sospechoso. Después de todo, si alguien encontraba este objeto, ¿qué creería? Que algún niño había estado jugando por aquí y se le había caído.

—Sí —dijo Stillingfleet suspirando—. Eso es probablemente lo que hubiera pensado una persona corriente. Pero el bueno de Poirot, no. ¿Sabe usted, viejo zorro, que hasta el último minuto pensé que iba usted a ir a parar a alguna teoría muy sutil sobre un asesinato «sugerido», psicológico y retumbante? Apuesto algo a que esos dos pensaban lo mismo. ¡Buena pieza la Farley! ¡Qué barbaridad, cómo estalló! Cornworthy pudo haberse salvado si ella no se hubiera puesto nerviosa, abalanzándose sobre usted y tratando de estropear su bello físico con las uñas. ¡Le libré de ella en el momento justo!

Hizo una pausa y luego dijo:

—Me gusta la chica. Es valiente y tiene cabeza. Me figuro que me tomarían por un cazadotes si hiciera alguna tentativa...

—Llega usted tarde, amigo. Ya hay alguien sur le tapis. La muerte de su padre ha allanado para ella el camino de la felicidad.

—Pensándolo bien, tenía un buen motivo para quitar de en medio a su desagradable padre.

—El motivo y la oportunidad no bastan —dijo Poirot—. ¡Hay que tener también mentalidad criminal!

—Me gustaría saber si sería usted capaz de cometer un crimen, Poirot —dijo Stillingfleet—. Apuesto algo a que saldría muy bien parado. En realidad, sería demasiado fácil para usted, quiero decir, sería completamente antideportivo.

—Esa —dijo Poirot— es una idea típicamente inglesa.

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