Problema en pollensa agatha Christie Traducción: Stella de Cal






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EL SUEÑO




Hércules Poirot fijó en la casa una mirada apreciativa. Sus ojos vagaron un momento por los edificios vecinos, las tiendas, la gran fábrica a la derecha, los bloques de pisos baratos en la acera de enfrente. Luego volvió de nuevo sus ojos a Northway House, reliquia de otros tiempos, de unos tiempos de espacios amplios y de ociosidad, cuando verdes campos circundaban su señorial arrogancia. En la actualidad, Northway House era un anacronismo, sumergida y olvidada en el torbellino febril del Londres moderno, y ni un hombre de entre cien podría decir dónde se encontraba.

Aún es más, muy pocos sabrían a quién pertenecía, aunque su dueño figurara entre los diez hombres más ricos del mundo. Pero el dinero, del mismo modo que puede conseguir publicidad, puede hacerla callar. Benedict Farley, el excéntrico millonario, había preferido no anunciar su residencia. A él mismo se le veía pocas veces, ya que muy raramente aparecía en público. De cuando en cuando se le veía en reuniones de Consejos de Administración, dominando fácilmente a los demás consejeros con su figura enjuta, su nariz aguileña y su voz áspera. Aparte de esto, no era sino una famosa figura de leyenda. Se hablaba de sus extrañas mezquindades, de sus generosidades increíbles, así como de otros detalles más íntimos, como su famosa bata de trozos de distintos colores, a la que se le calculaban veintiocho años, su invariable régimen de sopa de col y caviar, su odio a los gatos. Todas estas cosas las sabía el público.

Hércules Poirot también las sabía. Era todo lo que sabía del hombre a quien iba a visitar en aquel momento. La carta que llevaba en el bolsillo de su abrigo decía poco más.

Después de contemplar en silencio durante uno o dos minutos aquella melancólica reliquia del pasado, subió los peldaños que conducían a la puerta principal y pulsó el timbre, mirando la hora en su pulcro reloj de pulsera, que había acabado por sustituir al voluminoso reloj de cadena, compañero suyo durante tantos años. Sí, eran exactamente las nueve y media. Como siempre, Hércules Poirot llegaba exactamente en punto.

La puerta se abrió, después de un intervalo prudencial. Contra el iluminado vestíbulo se recortaba la silueta de un ejemplar perfecto del género de los concienzudos mayordomos.

—¿Míster Benedict Farley? —preguntó Hércules Poirot.

La mirada impersonal del mayordomo le miró de pies a cabeza, sin intención ofensiva, pero de un modo eficaz.

«En gros et en detail» aprobó Poirot para sus adentros.

—¿Ha sido usted citado, señor? —preguntó la suave voz del mayordomo.

—Sí.

—¿Su nombre, señor?

—Monsieur Hércules Poirot.

El mayordomo se inclinó, haciéndose a un lado. Hércules Poirot entró en la casa y el mayordomo cerró la puerta tras sí.

Pero todavía faltaba cumplir otra formalidad antes que las diestras manos del mayordomo cogieran el sombrero y el bastón del visitante.

—Le ruego me perdone, señor. Tengo que pedirle la carta.

Con parsimonia, Poirot sacó de su bolsillo la carta doblada y se la tendió al mayordomo. Éste se limitó a pasarle la vista por encima, devolviéndosela luego con una inclinación. Hércules Poirot la guardó de nuevo en el bolsillo. Su texto era muy sencillo:
«Northway House, W. 8.

Monsieur Hércules Poirot

Muy señor mío: Míster Benedict Farley quisiera entrevistarse con usted para pedirle su valioso consejo. Le agradecería que se sirviera pasar por la dirección arriba indicada a las 9,30 de la noche, mañana (jueves), si ello no supone molestia para usted.

Atentamente.

Hugo Cornworthy


Secretario.
P. S.: Tenga la bondad de traer consigo esta carta.»
Con ademanes diestros, el mayordomo liberó a Poirot de su sombrero, bastón y abrigo.

-¿Quiere tener la bondad de subir al despacho de míster Cornworthy? —dijo.

Le condujo por la ancha escalera. Poirot le siguió, dirigiendo miradas de admiración a los objets d'art de estilo rico y recargado. Sus gustos en arte siempre habían sido un poco burgueses.

En el primer piso, el mayordomo llamó con los nudillos a una puerta.

Poirot alzó las cejas muy ligeramente. Aquella era la primera nota discordante. ¡Porque los mejores mayordomos no llaman a las puertas con los nudillos y aquél era, sin duda alguna, un mayordomo de primera!

Era, por decirlo así, el primer contacto con las excentricidades de un millonario.

Una voz gritó algo desde el interior. El mayordomo abrió la puerta y anunció (de nuevo Poirot percibió una deliberada ausencia de protocolo):

—El caballero que usted esperaba, señor.

Poirot entró en la habitación. Era bastante grande, amueblada muy sencillamente en un estilo funcional. Archivadores, libros de consulta, un par de butacones y una gran mesa de aspecto imponente, llena de papeles convenientemente ordenados. Los rincones de la habitación permanecían en la penumbra, porque la única luz provenía de una gran lámpara de mesa con pantalla verde, colocada en una mesita, junto al brazo de uno de los sillones. Estaba colocada de modo que la luz daba de lleno en las personas que se acercaban desde la puerta. Hércules Poirot pestañeó un poco, calculando que la bombilla debía de ser por lo menos de ciento cincuenta vatios o más. En el sillón se sentaba una persona, vestida con una bata hecha de trocitos de distintos colores... Benedict Farley. Tenía la cabeza echada hacia adelante, en una postura característica, sobresaliéndole su nariz ganchuda como si fuera el pico de un pájaro. Un penacho de pelo blanco, semejante a la cresta de una cacatúa, le salía de la frente. Detrás de los gruesos cristales de sus gafas le relucían los ojos, que escudriñaban con desconfianza a su visitante.

—¡Je! —dijo por último, con voz áspera y chillona—. Conque es usted Hércules Poirot, el famoso detective, ¿verdad?

—A su disposición —dijo Poirot cortésmente, inclinándose, con una mano en el respaldo de la silla.

—Siéntese, siéntese —dijo el anciano, irritado.

Hércules Poirot se sentó, dándole de lleno el resplandor de la lámpara. Desde la penumbra, el anciano parecía estudiarle atentamente.

—¿Cómo sé yo que es usted Hércules Poirot? —preguntó malhumorado—. Contésteme.

De nuevo extrajo Poirot la carta de su bolsillo y se la tendió a Farley.

—Sí —concedió de mala gana el millonario—. Eso es. Eso es lo que le dije a Cornworthy que escribiera —la dobló y se la tiró—. Conque es usted el hombre, ¿verdad?

Con una ligera ondulación de la mano, Poirot dijo:

—Le aseguro que no hay trampa.

De pronto, Benedict Farley se rió entre dientes.

—¡Eso es lo que dice el prestidigitador antes de sacar la paloma del sombrero! Decirlo es parte del truco, ¿sabe?

Poirot no contestó. Farley dijo de pronto:

—Está pensando que soy un viejo desconfiado, ¿verdad? Sí, lo soy. ¡No confíes en nadie! Ésa es mi divisa. No puede uno fiarse de nadie cuando se es rico. No, no, no conviene.

—¿Quería usted —insinuó Poirot suavemente— consultarme algo?

El anciano asintió.

—Eso es. Compra siempre lo mejor. Ésa es mi divisa. Vete al experto y no mires el precio. Habrá notado usted, monsieur Poirot, que no le he preguntado cuáles son sus honorarios. ¡Y no pienso preguntárselo! Luego me envía usted la cuenta... Por eso no vamos a reñir. Los idiotas esos de la lechería se creían que podían cobrarme los huevos a dos chelines con nueve peniques, cuando el precio del mercado es de dos con siete, ¡pandilla de bandoleros! No consiento que me engañen. Pero tratándose del hombre que está en la cumbre, es otra cosa. Ese hombre vale el dinero que cuesta. Yo también estoy en la cumbre y lo sé.

Hércules Poirot no respondió. Le escuchaba con atención, inclinando un poco la cabeza hacia un lado.

A pesar de su rostro impasible, en su interior se sentía desilusionado. No podía decir exactamente por qué. Hasta aquel momento, Benedict Farley había parecido muy auténtico, es decir, se había ajustado a la idea general que de él se tenía, y, sin embargo..., Poirot estaba desilusionado.

«Este hombre —dijo para sus adentros con profundo desagrado— es un charlatán... ¡nada más que un charlatán!»

Había conocido otros millonarios, también excéntricos, pero en casi todos ellos había encontrado una especie de fuerza, una energía interior que había merecido su respeto. Si hubieran llevado una bata de retazos de colores hubiera sido porque les gustaba llevar una bata así. Pero la bata de Benedict Farley, o al menos así se lo parecía a Poirot, era fundamentalmente un objeto de guardarropía. Así como el hombre era fundamentalmente teatral. Poirot estaba seguro de que cada palabra pronunciada por Farley era dicha para causar impresión.

—¿Quería usted consultarme algo, míster Farley? —repitió con voz desprovista de entonación.

La actitud del millonario cambió bruscamente.

Se inclinó hacia delante. Su voz se convirtió en un gruñido.

—Sí. Sí... Quiero ver qué dice usted, saberlo que piensa... ¡Ir siempre a la cumbre! ¡Ése es mi sistema! El mejor médico..., el mejor detective..., entre los dos está la cosa.

—Hasta ahora, monsieur, no comprendo.

—Claro que no —saltó Farley—. No he empezado todavía a contarle nada.

De nuevo se inclinó hacia adelante y espetó bruscamente una pregunta:

—¿Qué sabe usted, monsieur Poirot, de los sueños?

El detective alzó las cejas. Esperaba cualquier cosa menos aquello.

—Para eso, monsieur Farley, le recomiendo el «libro de los Sueños», de Napoleón..., o la moderna psiquiatría.

Benedict Farley dijo escuetamente:

—He probado ambas cosas...

Se produjo una pausa. Luego, el millonario empezó a hablar, primero con voz que era casi un susurro y que fue subiendo gradualmente de tono.

—Siempre es el mismo sueño, noche tras noche. Y tengo miedo, se lo aseguro; tengo miedo... Siempre igual. Estoy sentado en mi despacho, al lado de éste. Sentado ante mi mesa, escribiendo, hay allí un reloj, lo miro y veo la hora..., exactamente las tres y veintiocho minutos. Siempre la misma hora, ¿entiende? Y cuando veo la hora, monsieur Poirot, se que tengo que hacerlo. No quiero hacerlo, odio hacerlo, pero tengo que hacerlo...

Su voz se había convertido en un chillido.

Imperturbable, Poirot dijo:

—¿Y qué tiene usted que hacer?

—A las tres y veintiocho minutos —dijo Benedict Farley con voz ronca— abro el segundo cajón de la derecha de mi mesa, saco un revólver que guardo allí, lo cargo y me dirijo a la ventana. Y entonces... y entonces...

—¿Sí?

Benedict Farley dijo en un susurro:

—Entonces me pego un tiro...

Se produjo un silencio. Luego Poirot dijo:

—¿Ése es su sueño?

—Sí.

—¿El mismo todas las noches?

—Sí.

—¿Qué ocurre después de pegarse usted el tiro?

—Me despierto.

Poirot movió lentamente la cabeza, pensativo.

—Por simple curiosidad, ¿tiene usted un revólver en ese determinado cajón?

—Sí.

—¿Por qué?

—Siempre lo he tenido. Es mejor estar preparado.

—¿Preparado para qué?

Farley dijo, irritado:

—Un hombre de mi posición tiene que estar en guardia. Todos los ricos tienen enemigos.

Poirot no continuó con el tema. Permaneció en silencio durante un momento y luego dijo:

—¿Cuál es el verdadero motivo que le hizo llamarme?

—Se lo voy a decir. Primeramente consulté a un médico..., a tres médicos, para ser exacto.

—Siga usted.

—El primero me dijo que todo era culpa de mi régimen alimenticio. Era un hombre mayor. El segundo era un joven de la moderna escuela. Aseguró que todo dependía de cierto hecho que había tenido lugar en mi infancia a aquella hora, a las tres y veintiocho. Dijo que estoy tan decidido a no recordar aquel hecho, que lo simbolizo matándome. Ésa fue su explicación.

—¿Y el tercer médico? -preguntó Poirot.

Benedict Farley, furioso, alzó la voz, que se convirtió en un chillido.

—Es un hombre joven también. ¡Tiene una teoría ridícula! ¡Sostiene que estoy cansado de la vida, que mi vida me resulta tan insufrible que quiero terminar con ella! Pero como reconocer este hecho sería reconocer que soy un fracasado, cuando estoy despierto me niego a aceptar la verdad. Pero estando dormido, todas las inhibiciones son eliminadas y hago lo que realmente deseo hacer: matarme.

—Su punto de vista es que usted, aunque sin saberlo, desea suicidarse, ¿no? —dijo Poirot.

Benedict Farley chilló:

—Y eso es imposible, ¡imposible! ¡Soy completamente feliz! ¡Tengo todo lo que quiero, todo lo que el dinero puede comprar! ¡Es fantástico, es increíble que a alguien se le ocurra mencionar siquiera semejante cosa!

Poirot le miró con interés. El temblor de las manos, la estridencia vacilante de la voz, parecían indicar que quizá la negativa fuera demasiado vehemente, que la misma insistencia en negar era sospechosa. Pero se limitó a decir:

—¿Y cuándo intervengo yo, monsieur?

Benedict Farley se calmó de pronto y se puso a dar golpecitos enérgicos en la mesa que tenía al lado.

—Existe otra posibilidad. Y, si es cierta, usted es el hombre indicado. ¡Es usted famoso, ha tenido usted cientos de casos fantásticos, inverosímiles! Si alguien puede saberlo, ese alguien es usted.

—¿Saber el qué?

Farley bajó la voz, hasta convertirla en un susurro.

—Supongamos que alguien quisiera matarme... ¿Podría hacerlo de esta manera? ¿Podría hacerme soñar ese sueño, noche tras noche?

—¿Quiere usted decir por hipnotismo?

—Sí.

Hércules Poirot estudió la cuestión.

—Me figuro que sería posible —dijo por fin—. Es más bien asunto para un médico.

—¿No ha encontrado usted ningún caso así en su vida profesional?

—De ese tipo precisamente, no.

—¿Comprende usted adonde quiero ir a parar? Me obligan a que sueñe siempre lo mismo, noche tras noche, noche tras noche..., hasta que un día la sugestión sea demasiado fuerte... y la siga. Haga lo que tantas veces he soñado: matarme.

Hércules Poirot movió la cabeza lentamente.

—¿No lo cree usted posible? —preguntó Farley.

—¿Posible? —Poirot movió de nuevo la cabeza—. Ésa es una palabra que no me gusta.

—Pero ¿lo cree usted improbable?

—Sumamente improbable.

Benedict Farley murmuró:

—El médico dijo lo mismo...

Luego, alzando de nuevo la voz, chilló:

—Pero ¿por qué tengo ese sueño? ¿Por qué? ¿Por qué?

Hércules Poirot movió la cabeza, pensativo. Benedict Farley dijo bruscamente:

—¿Está usted seguro de que nunca ha tropezado con un caso como éste?

—Nunca.

—Eso es lo que quería saber.

Con delicadeza, Poirot se aclaró la garganta.

—¿Me permite que le haga una pregunta? —dijo.

— ¿Qué pregunta? ¿Qué pregunta? Diga lo que quiera.

—¿De quién sospecha usted que quiere matarle?

Farley saltó:

—De nadie. De nadie en absoluto.

—Pero ¿se le pasó la idea por la imaginación? —insistió Poirot.

—Quería saber... si existía la posibilidad.

—Hablando según mi experiencia personal, yo diría no. Por cierto, ¿le han hipnotizado alguna vez?

—Por supuesto que no. ¿Cree usted que me prestaría a semejante payasada?

—Entonces creo que podemos decir que su teoría es decididamente improbable.

—Pero ¿y el sueño, hombre, y el sueño?

—El sueño es muy extraño, ciertamente —dijo Poirot pensativo. Permaneció en silencio un instante y luego dijo—: Me gustaría ver la escena de este drama, la mesa, el reloj y el revólver.

—Naturalmente; vamos a la habitación de al lado.

Recogiendo los pliegues de su bata, el anciano se enderezó a medias en su sillón. Luego, de súbito, como si una idea le hubiera asaltado de pronto, volvió a sentarse.

—No — dijo —. No hay nada que ver allí. Le he contado todo lo que hay que contar.

—Pero me gustaría verlo por mí mismo...

—No hace falta —saltó Farley—. Me ha dado usted su opinión. Eso es todo.

Poirot se encogió de hombros.

—Como guste —dijo levantándose—. Siento, míster Farley, no haberle podido ayudar.

Benedict Farley tenía la vista fija enfrente de él.

—No quiero rollos ni tonterías —gruñó — . Le he dicho a usted los hechos, usted no puede sacar nada en limpio de ellos..., asunto liquidado. Puede usted enviarme la cuenta por la consulta.

—No dejaré de hacerlo —dijo el detective secamente, encaminándose luego hacia la puerta.

—Espere un momento —llamó el millonario-. La carta..., démela.

—¿La carta de su secretario?

—Sí.

Poirot alzó las cejas. Metió la mano en el bolsillo, sacó una hoja doblada y se la tendió al anciano. Éste la examinó detenidamente, poniéndola luego en la mesita, con un gesto de asentimiento.

Hércules Poirot se dirigió de nuevo a la puerta. Estaba desconcertado. En su imaginación le daba vueltas y más vueltas a la historia que le acababan de contar. Sin embargo, en medio de su preocupación mental, le molestaba la sensación de algo mal hecho, y no por Benedict Farley, sino por él.

Con la mano en el tirador de la puerta, se hizo la luz en su mente. ¡Él, Hércules Poirot, había cometido un error! Entró de nuevo en la habitación.

—¡Mil perdones! ¡Interesado por su problema, he cometido una tontería! La carta que le di..., por error, metí la mano en el bolsillo de la derecha, en vez de hacerlo en el de la izquierda...

—¿Qué es eso? ¿Qué es eso?

—La carta que acabo de darle..., una disculpa de mi lavandera con respecto al trato que da a mis cuellos...

Sonriendo en son de disculpa, Poirot hundió la mano en el bolsillo izquierdo.

—Ésta es su carta —dijo.

Benedict Farley se la arrebató gruñendo.

—¿Por qué diablos no se fija en lo que hace?

Poirot recobró la comunicación de su lavandera, se disculpó cortésmente una vez más y salió de la habitación.

Durante un momento se detuvo en el descansillo de la escalera. Era de buen tamaño. Directamente enfrente de él había un gran banco de roble, de respaldo alto, y una mesa larga. En la mesa había revistas. Había también dos butacas y una mesa con flores. Le recordó un poco la sala de espera de un dentista.

El mayordomo estaba abajo, en el vestíbulo, esperando para abrirle la puerta.

—¿Le busco un taxi, señor?

—No; gracias. Hace buena noche. Iré andando.

Hércules Poirot se detuvo en la acera, esperando un momento en que el tráfico fuera menos intenso para cruzar la calle.

Una arruga surcaba su frente.

«No —dijo para sí—. No entiendo nada. Nada tiene sentido. Es lamentable tener que reconocerlo; pero yo, Hércules Poirot, estoy completamente desconcertado.»
Eso fue lo que podríamos llamar el primer acto de drama. El segundo acto tuvo lugar una semana después. Empezó con una llamada telefónica de un tal doctor John Stillingfleet.

El doctor dijo, con notable falta de decoro profesional:

—¿Es usted, Poirot, viejo zorro? Le habla Stillingfleet.

—Sí, amigo mío. ¿De qué se trata?

—Le hablo desde Northway House, la casa de Benedict Farley.

—¡Ah!, ¿sí? —la voz de Poirot se animó—. ¿Y qué tal está... míster Farley?

—Farley ha muerto. Se pegó un tiro esta tarde.

Permanecieron un momento en silencio. Luego Poirot dijo:

—Siga.

—Ya veo que no le ha sorprendido mucho. Sabe usted algo del asunto, ¿eh, viejo zorro?

— ¿Qué le hace a usted pensarlo así?

—Bueno; no se trata de ninguna deducción brillante de telepatía, ni de nada por el estilo. Encontramos una nota de Farley dirigida a usted, citándole para hace cosa de una semana.

—Comprendo.

—Tenemos aquí un inspector de Policía inofensivo; hay que andarse con cuidado cuando uno de estos millonarios se quita de en medio. Pensé que a lo mejor nos aclararía usted algo. ¿Podría dejarse caer por aquí?

—Voy inmediatamente.

—Así se habla, viejo. Un trabajito sucio, ¿verdad?

Poirot se limitó a repetir que iba inmediatamente para allá.

—¿No quiere usted levantar la liebre en el teléfono? Muy bien. Hasta ahora.

Un cuarto de hora más tarde Poirot estaba sentado en la biblioteca, en una habitación larga, baja de techo, situada en la parte de atrás del piso bajo del Northway House. En la habitación había otras cinco personas: el inspector Barnett, el doctor Stillingfleet, mistress Farley, viuda del millonario; Joanna Farley, su única hija, y Hugo Cornworthy, su secretario particular.

El inspector Barnett era un hombre discreto, de aspecto militar. El doctor Stillingfleet, cuyos modales profesionales eran completamente distintos de su estilo telefónico, era un joven de treinta años, alto y de rostro alargado.

Mistress Farley, evidentemente mucho más joven que su marido, era una mujer hermosa y morena. Ni su boca dura ni sus ojos negros dejaban traslucir la menor emoción. Parecía completamente dueña de sí. Joanna Farley era rubia y pecosa. Había heredado de su padre la nariz ganchuda y la barbilla saliente. Tenía una mirada inteligente y aguda. Hugo Cornworthy era un hombre un poco anodino, vestido muy correctamente. Parecía inteligente y eficiente.

Tras los saludos y las presentaciones de rigor Poirot relató sencilla y claramente los incidentes de su visita a Northway House y la historia que le había contado Benedict Farley. No pudo quejarse de falta de interés por parte de sus oyentes.

—¡La historia más extraordinaria que he oído en mi vida! —dijo el inspector—. Un sueño, ¿verdad? ¿Sabía usted algo de esto, mistress Farley?

Ella hizo un ademán de afirmación.

—Mi marido me habló de ello. Le tenía muy disgustado. Yo..., yo le dije que era mala digestión..., su régimen alimenticio, ¿sabe? Era muy raro, y le propuse que llamara al doctor Stillingfleet.

El joven negó con la cabeza.

—No me consultó a mí —dijo-. Según lo que cuenta monsieur Poirot, presumo que fue a Harley Street1.

—Me gustaría conocer su opinión al respecto, doctor —dijo Poirot—. Míster Farley me dijo que había consultado a tres especialistas. ¿Qué opina usted de las teorías que expusieron?

Stillingfleet frunció el ceño.

—Es difícil decirlo. Tiene usted que tener en cuenta que lo que él le dijo a usted no fue exactamente lo que le dijeron a él. Era la interpretación de un profano.

—¿Quiere usted decir que cambió la terminología?

—No precisamente eso. Quiero decir que le habrán dado su parecer en términos técnicos, él habrá tergiversado un poco el sentido y luego lo refunde con sus propias palabras.

—¿De modo que lo que me dijo a mí no fue exactamente lo que los médicos le dijeron?...

—Sí; eso viene a ser. Lo interpretó todo un poco mal, no sé si me entiende.

Poirot asintió pensativo.

—¿Se sabe a quién ha consultado? —preguntó.

Mistress Farley negó con la cabeza, y Joanna Farley observó:

—Ninguno de nosotros tenía la menor idea de que hubiera consultado a nadie.

—¿Le habló a
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